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16 Jun 2009

Cincuenta y dos horas después

Escrito por: cronopioslamm el 16 Jun 2009 - URL Permanente

Cuando despierto mi madre no está, mi hermana tampoco. Una mañana gris se extiende al otro lado de mi ventana. Agradezco que sea sábado y no tenga que salir corriendo al trabajo. Miro el reloj: he tardado más de media hora en despertarme por completo. Entonces recuerdo que el teléfono estuvo sonando y así fue como supe que no había nadie más en el departamento. ¿Quién llamaría tan temprano? Tampoco sé por qué no están ellas ahí, en sábado, a las siete y media de la mañana.

Como de costumbre, en la cocina me preparo café y dos huevos, pero apenas pruebo el primer bocado cuando vuelve a sonar el teléfono. Salgo a contestar al pasillo.

¿Sí? —digo, con parte del huevo aún en la boca.

¿Joven Bernardo? Habla María, la enfermera de la señora Carmen.

Termino de pasarme el bocado. Me siento en la silla de la mesa del teléfono y trato de mantener la voz firme.

¿Qué sucede? ¿Fue usted quien llamó hace cerca de una hora?

Sí, era yo, no supe qué hacer cuando no me contestaron y decidí esperar para marcar de nuevo. Siento mucho molestarlo a esta hora, pero la señora Carmen insiste en que suba usted.

¿Está jugando? Hágame el favor de salir del departamento de mi abuela y de no volver a marcar. Puede dejar las llaves bajo el tapete —respondo, y cuelgo el auricular. No quiero ni pensar en tal descaro.

Regreso a la cocina. La llamada me ha provocado náuseas. Deslizo los huevos por el plato hasta el bote de basura y pienso que tal vez mi madre haya dejado alguna nota en el espejo del baño. Le doy un trago al café, ya tibio, con la esperanza de aplacar un poco la sensación de espasmos en la boca de mi estómago.

No hay nada en el baño. Me lavo los dientes y el asco se aleja un poco. Pienso en Carmen todo el camino hasta mi cuarto y me acuesto con las rodillas pegadas al pecho. Entonces recuerdo que mi madre planeaba ir a ver a uno de los hermanos de mi abuela para saber si la cripta de la iglesia San José estaba a nombre de ella o de alguno de sus hermanos ya fallecidos. Dejo que mis pensamientos corran vagos entre las últimas imágenes relacionadas con mi abuela y decido que debo subir a ver si la enfermera se ha ido ya.

Me pongo una camiseta negra, los primeros pantalones que encuentro en el armario y unos zapatos deportivos. Tomo las llaves de ambos departamentos y salgo al cubo de las escaleras. La enfermera está parada algunos escalones arriba del descanso de mi piso.

Señor Bernardo, perdone si lo molesté, yo sólo hago lo que me parece correcto. No es bueno que la señora Carmen permanezca como ahora.

Comprendo, pero no puede estarse metiendo en la vida de los demás. Se le ha liquidado ya lo que le debíamos por sus servicios, haga el favor de entregarme su juego de llaves. Nosotros nos ocuparemos de lo que hace falta.

Sí, aquí están —dice ella, con la mirada perdida en los mosaicos del escalón en que está parada, pero no parece que las traiga en las manos y tampoco que vaya a dármelas pronto—. No permitirá usted que pase más tiempo, ¿verdad?

Las llaves, María —repito, y extiendo la mano. Ella rebusca en sus bolsillos y alza la vista por un momento cuando me las entrega—. Tendrías que haberte marchado ya.

Su mirada es furtiva (¿Hay un dejo de rencor en sus ojos? No, seguro es sólo mi imaginación.)

Sí, señor Bernardo, pero es que no puedo... Alguien debe hacer algo —dice. Yo no tengo deseos de repetirme. No me parece que una enfermera deba juzgarnos. Cada quien ve la vida a su manera y actúa en consecuencia, tan simple como eso. Como no contesto, ella sólo agrega—: Su abuela y yo confiamos en usted.

María vuelve a bajar la mirada y pasa a mi lado. Parece molesta, tal vez indignada, pero no habla más. Desciende por las escaleras hasta desaparecer después del rellano.

No sé si subir hasta el departamento de mi abuela o regresar al nuestro. Al final decido volver y encuentro a mi hermana subiendo las escaleras.

¿Despierto en sábado a esta hora, hermano? ¿Estabas con...? ¿Estabas arriba?

Me despertó María. No, no terminé de subir.

¿La enfermera?

Asiento. Las últimas palabras de la conversación con ella resuenan en mi cabeza: Su abuela y yo confiamos en usted. Su abuela y yo confiamos en usted...

¿Te dio las llaves? Desde que se acabó, mamá lleva insistiéndole para que las regrese.

Extiendo la mano y las enseño. Después uso las mías para abrir nuestro departamento y cuelgo todas en el portallaves de la entrada.

¿Sabes algo de mamá? —pregunto mientras me quito los zapatos deportivos.

Sí, habló con el tío David.

Entonces, ¿la cripta está a nombre de la abuela?

Mi hermana no responde, se sienta en la pequeña sala de la casa, se quita los zapatos, dobla las piernas para poder abrazarlas y apoya la cabeza sobre las rodillas. Me mira fijo.

No. Vamos a tener que conseguir dinero para otra —dice, como queriendo escupirlo de una sola vez y no repetirlo nunca.

Y para lo demás, también para lo demás. —Su abuela y yo confiamos en usted. Su abuela y yo confiamos en usted: la voz de la enfermera persiste.

Ambos callamos. Me siento en otro sillón e imito su forma de sentarse. Reflexiono sobre el dinero que no tenemos, pero termino pensando en mi propia muerte, con los ojos clavados entre mis pies.

Yo no quiero una cripta, quiero que me entierren. —Las palabras despegan de su camino por el tapete a los ojos de mi hermana, quien ahora me mira esperando que le explique. Lo hago—. Las criptas me parecen antinaturales. Frías. Algo que te separa de la tierra y de los vivos, rompe el ciclo orgánico que se ha de seguir. Si te entierran formas parte de la vida; tu cuerpo, quiero decir. Es algo natural, parte de un todo.

¿Y para qué me dices eso? —contesta, mientras reanuda su búsqueda en la alfombra.

No sé, para que lo sepas por si vives más que yo y no tengo otra persona que se preocupe por mi muerte o mi cuerpo.

Mmm... no quiero seguir hablando de eso. Voy a dormir un rato —dice, baja las piernas y se dirige a su cuarto. Nunca le ha gustado hablar de la muerte propia ni ajena.

Pienso en María, en la abuela Carmen y en su departamento desmembrado, casi vacío. Siempre he creído que los muertos también pueden sentirse solos.

Hada Urbana

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03 Oct 2008

Lalibélula

Escrito por: cronopioslamm el 03 Oct 2008 - URL Permanente

Bajar a la alberca. No está fría. Templar, templar, templar el cuerpo. Una, dos, tres, cuatro brazadas. Cuatro. Respiro. Cuatro. Respiro. Arriba, abajo las piernas. Cuatro. Respiro.

Nadar 50 metros. Antípodas del inicio. Descansar. Ver una libélula muerta flotar hacia mí. Descansar. Ver. A la libélula (fría) y a la gente nadar. Una, dos, respirar; cuatro respirar.

Metros, metros, cientos metros. Arriba, abajo. Luz de sol. Luz que aparece. Luz que ciega. Luz que sube. Arriba, arriba. El inicio.

Antípodas de estrella.

Descansar, brazadas, descansar, brazadas.

Dolor, una, dolor, dos, tres, cuatro, dolor. Flotar. Descansar.

Metros, cientos metros.

El pánico, gritos. Una, dos, descansar, ver un cuerpo flotar. La libélula fría, la luz de sol. Una nadadora inerte, boca abajo, no respirar.

Girar el cuerpo (no respirar), sacar de la alberca (no respirar), arriba gritos, abajo pánico. Gente, dolor.

Antípodas de inicio.

La libélula, fría. La nadadora, respirar. Luz de sol que aparece.

Templar, templar, templar su cuerpo; respirar. Descansar.

Salir de la alberca. Antípodas del inicio.

Frío en el cuerpo.

La libélula.

Laranjinha

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24 Feb 2008

Nada

Escrito por: cronopioslamm el 24 Feb 2008 - URL Permanente

los mejores mueren a menudo por su propia mano

sólo por alejarse,

y aquellos que quedan atrás

nunca pueden entender cabalmente

por qué alguien

desearía

alejarse

de

ellos

Charles Bukowski


No había sido un buen día. La tétrica rutina de la jornada laboral puede resultar agobiante para la mayoría, sobre todo si limita y extirpa la espontaneidad, sacrificando impulsos para dejarlos atrapados en un mundo de costumbres que no acepta la individualidad y pretende uniformarlo todo: que busca que la gente lea y escuche las mismas cosas, recurra a las mismas diversiones, posea los mismos temores y objetos de esperanza; y tenga las mismas aspiraciones vacías que la idea del “progreso” ha inculcado en la mente obtusa de las masas.

Inmerso en una monotonía deprimente, Fernando caminaba por la avenida cuando decidió depositar algunos tragos en su estómago: una necesidad del alma. Entró en el primer bar que halló y se sentó en un rincón para beber con presteza; deseaba sentir el calor del whisky recorrer su cuerpo, tal como una inyección de heroína que va directo al torrente sanguíneo. Mientras apuraba su tercer trago, miraba a los demás bebedores de la noche. Al extremo opuesto, una pareja de hombres parecía apartarse de todo lo que les rodeaba: Seguramente son homosexuales, dijo estas palabras con desprecio, en una voz apenas audible, casi un susurro.

Soltó una carcajada. Se burló de un imbécil que le recordaba a sí mismo: le parecía patético. Había cierta gracia en ello; a unas cuantas mesas a su izquierda se encontraba el sujeto en cuestión: un tipo con facha de oficinista mediocre que contemplaba su vaso con una expresión de mártir, prácticamente resignado a su destino. Todos en aquel bar parecían ser muy distintos, pero tenían más en común de lo que ellos mismos pudieran admitir: eran patéticos y uniformes. La similitud que los unía era un mal chiste; estar ahí, encontrarse en ese lugar para tratar de liberar sus penas con bebidas embriagantes y otros estupefacientes; dañar el hígado para sanar un corazón, esnifar para no dormir, pretender engañar a la memoria por algunas horas, aunque más tarde tuvieran que despertar con un fuerte dolor de cabeza y la seguridad de no haber hallado solución alguna para sus aflicciones.

En medio de tanta risa burlona, Laura acudió de golpe a su mente, desgraciándole el rostro con la llegada de su recuerdo. Malhumorado, le preguntó al vaso de whisky por qué nadie era capaz de amarlo o siquiera de prodigarle caricias como a un perro callejero. Al no obtener respuesta consumió la bebida de inmediato, experimentando una vez más una escocedura que aliviába por instantes su dolor.

Después del décimo vaso, los tristes acontecimientos de los meses recientes tocaron a su puerta, trayendo de vuelta una pesadumbre que recorrió su memoria como una espiral; desde el creciente desprecio hacia esa mujer hasta los momentos en que la dejaba dormida ahí, en una cama que le era tan ajena como ese cuerpo carente de significados. Fernando no alcanzaba a comprender por qué ambos se encontraban en esa situación agonizante. Hacía tan poco tiempo que las promesas de amor, los sueños y las sonrisas de sus rostros ocupaban los espacios que ahora se encontraban vacíos. No supo qué responderse. ¿Acaso el único culpable era él? ¿O el tiempo y las acciones se conjugaron para desmantelar aquella estructura que él llamaba "amor"? Tal vez se trataba de un complot llevado a cabo por fuerzas misteriosas y lejanas a su comprensión.

Estuvo alrededor de tres horas sumido en estas cavilaciones, con los ojos a punto de desbordarse, mirando algún punto en el abismo insondable de su bebida. Se levantó para salir de aquel lugar, encontrando una madrugada fría que le arrojó a la cara un aire enrarecido con olor a monóxido. Aunque fuera un error, necesitaba visitar el apartamento en busca de algunos pasos perdidos, de aromas sepultados por el polvo y de ese olor a viejo, encerrado entre cuatro paredes. Caminó varios minutos entre callejones –o atajos, según su intoxicado juicio– sintiendo una desorientación al borde de la paranoia, hasta que tomó un respiro y aclaró sus ideas: Allá está su edificio... como a unas diez calles, pensó para sus adentros, cansado y con el rostro pálido, quizá como resultado de toda la ingesta de alcohol, o tal vez por la mortificante sensación que le provocaba el sólo pensar en ella, en encontrarla ahí, siempre inquisidora e injusta, con displicencia, molesta con todo lo que él hacía o dejaba de hacer.

Luego de recorrer con pasos lánguidos esas diez calles, Fernando se encontró frente a frente con la puerta de Laura. Atolondrado y titubeante, se detuvo por una eternidad que duró unos cuantos parpadeos, incapaz de poder entrar en el departamento. El instante se prolongó durante muchos parpadeos más hasta que, luego de derrotarse a sí mismo en un debate mental que jamás podría ser explicado de una manera lógica, emprendió la acción. Se dispuso a entrar, oyó el lento chirrido metálico de la cerradura, pero no todo marchaba bien. Se podían percibir las señales ominosas: las luces encendidas y el equipo de sonido tocando los Caprichos de Paganini a tan altas horas de la madrugada eran síntoma de que algo andaba mal. Recorrió todas las habitaciones ebrio y encolerizado, pero sobre todo confundido. La frustración parecía adueñarse de sus lágrimas; al llegar a la habitación que él y Laura compartían, la encontró vacía... una cama intacta y todo en perfecto orden. Salvo por la música y las luces, la desolación reinaba en aquel piso. ¿En dónde podría estar? La llamó en voz alta sin recibir respuesta, cuando llegó hasta sus oídos un sonido de agua corriendo. Se encontraba en el baño, no había duda, probablemente tomando una ducha. Caminó hasta el cuarto de baño y, tal como lo supuso, el foco encendido y la luz que escapaba por debajo de la puerta le dijeron que ella estaba ahí. Abrió la puerta confirmando sus sospechas al encontrarse con Laura y su cuerpo exangüe sumergido en la tina.

El agua se desbordaba por los costados, teñida de un rojo intenso. Fernando dio algunos pasos para observar el rostro contraído, sin expresión alguna de dolor. Sus muñecas presentaban cortes perfectos. Tocó los brazos para sentir la piel gélida. Algo se rompió en su mundo interior; tal como Laura, ahora él tampoco sentía dolor o temor alguno: parecía encontrarse más allá de las fronteras materiales. Acerco su mentón a la frente de Laura y acarició los cabellos húmedos, aproximó sus labios a la boca matizada de un color azulado, le arrancó un último beso y se dio media vuelta, rehaciendo el camino hacia su habitación. Miró de nuevo la cama vacía, atrapado por una serie de recuerdos que se agolparon de forma estrepitosa en su cabeza, atropellándolo. Ésa era la cama donde la había amado, el sitio donde tantas noches fue arrojado a la oscuridad, donde se entregó de lleno al salvajismo de su pasión, teniendo entre sus brazos aquella mentira que significaba todo en su vida... ¿Y qué tenía ahora? Nada… Nada, dijo para sí mismo... y sí, quizá para ella también.

Era inevitable fantasear con ello; le parecía curioso y un tanto mórbido el pensarlo, pero la idea le acechaba sin parar: parecía que ella estuvo condenada al olvido desde siempre, desde el primer hola...

Fernando sabía perfectamente que con el olvido la vida se termina de forma definitiva, y que con esto se hallaba completamente solo una vez más. Esbozando una sonrisa, se arrojó a la cama que le tuviera tan concentrado momentos antes, postró su cabeza en la almohada y contempló el techo. Un extraño calor no relacionado con el alcohol se apoderó de su ser. Cerró los ojos lentamente, y una frase murió sin ser formada...

–Me alegra que hayas muerto.


St. Patrick

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12 Feb 2008

Machete y mezcal

Escrito por: cronopioslamm el 12 Feb 2008 - URL Permanente

El pocillo de café salpicó la parrilla percudida.

La tierra sonaba a cada paso, las piedritas no lastimaban su pie. Tomó un montón de tortillas, una cazuela con frijoles y tres chiles verdes.

Extendió la primera tortilla sobre la palma de la mano, y la llevó directamente a la cazuela. Cuidó que el caldillo de los frijoles no se escurriera y terminara en el petate que la mesa ocultaba bajo su sombra.

Terminó con el estómago inflado de tanto maíz y tanto café. Enrolló una sábana de franela que utilizó como almohada y, recostándose, se alcanzó una botella de mezcal.

Harto de beber se dirigió, violento y borracho al corral. Su mirada era incapaz de enfocar a los puercos y al caballo. Volvió la cabeza a la derecha, el movimiento circular de la cola de la vaca le provocó náusea. Acarició el lomo de la mula echada, preguntándole el porqué de su maldita soledad. No recibió respuesta. Con lágrimas en los ojos y el cuello tieso de coraje, golpeó con la mano abierta la cara del animal. Éste bufó, iracundo, y lo pateó en la espinilla ¡Hija de tu puta madre! Corrió hasta la esquina del corral; una caída lo enfureció aún más. Con la mano derecha cogió el machete y se abalanzó sobre la mula. Empezó por la cabeza, siguió por las costillas, hasta las patas. Paró, jadeante, con la soledad apretándole la garganta.

Acuarela

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14 Ene 2008

Sólo Un Día

Escrito por: cronopioslamm el 14 Ene 2008 - URL Permanente

Despiertas extrañado, con una sensación nueva. El reloj marca las 6:45 así que decides tomarte esos quince minutos más de sueño. No puedes, algo te incomoda, ese olor…

¡El olor! La realidad te fulmina y quedas sentado en tu cama, ordenando lo que piensas; no quieres celebrar aún, la habitación está a oscuras ¿será cierto? ¿Por fin tienes olfato?

Abres la ventana. Apenas está amaneciendo y te das cuenta que viene de fuera. Como nunca has olido nada en tu vida, le has atribuido al amanecer el olor de los huevos revueltos con jamón que está haciendo tu vecina. Con una sonrisa curiosa, hueles el piso, la ventana, la pared, tus discos, que aunque no huelan a nada, estás tan emocionado que juras que sí.

Vas al baño, descubres lo que es el mal olor. Abres la llave y te das un regaderazo; nada, lo que huele es el shampoo, no el agua que cae.

A lo largo del día, vas aprendiendo a que huelen tu ciudad, el tráfico, los puestos callejeros, tu compañera de trabajo, tu loción, el jefe, la noche, tu compañera de trabajo…

Estás tan contento que al dormir filosofas un rato y piensas que tal vez sí, la corrupción y la justicia tengan olor. ¿Y si mañana todo vuelve a la normalidad? Ni se te ha pasado por la cabeza.

Que lástima, tal vez así sí hubieses olido el gas que salía de la estufa, llenaba tus pulmones y te asfixiaba lentamente.

No llegaste a saber a que huele la muerte.

Laranjinha

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30 Dic 2007

El castillo de la consciencia

Escrito por: cronopioslamm el 30 Dic 2007 - URL Permanente

A la puerta de mi castillo se encontraba un visitante, lo invité a pasar y comenzamos el recorrido. Primero lo llevé a descubrir las posibilidades en las habitaciones. La cara de mi visitante era indefinida, pero eso parecía no importarle en lo absoluto.

Luego de subir 33 escalones, llegamos finalmente a mi habitación. Con detenimiento miró los posters de superhéroes pegados en mi pared, la grabadora desconectada, el closet plagado de ropa que nunca uso, un par de cajas repletas de cosas, mis katanas, mis calzones sucios tirados en el suelo, y el buró junto a la cabecera de mi cama. El visitante, todavía sin un rostro que pudiera detallar, se detuvo un instante frente al buró, y tomó con su mano izquierda un lápiz labial de color rosa.

Sentí calor propagarse por mis mejillas, y con presteza me acerqué al visitante para tomar el objeto entre sus dedos, intentando no ser demasiado tosco o grosero. Apenado, arrojé el lápiz labial a la basura, asegurándole al extraño que ese objeto no era mío: era de ella, de Clara. ¿Y quién demonios era Clara? Hasta ese momento lo había olvidado casi por completo; hacía tantos años que no deparaba en su recuerdo, en lo que alguna vez sentí y me ató a ella. El extraño no quiso saber más al respecto y salió de mi habitación, dejándome por un momento ahí, contemplando con fijeza el lápiz labial en el basurero. Entre las comisuras de mis labios murmuré algo inentendible y sonreí. Recordé su boca, humectada y dulzarrona, ensombrecida únicamente por aquel despreciable olor: el olor que entraba por debajo de su puerta.

Clara vivía en una colonia pobre, cerca de un río llamado “El río de los remedios”, lugar donde solían tirarse deshechos de todo tipo, desde basura industrial, hasta cadaveres de las víctimas del crímen. Durante el lapso que fuimos novios, las visitas a la casa de Clara se me antojaban repugnantes y desesperanzadoras; recorrer esas calles a medio pavimentar, olisqueando esa fresca brisa de excremento, pescado y basura, provocaba mucha angustia y asco en el fondo del estómago. La naúsea natural iba y venía por momentos, dependía básicamente de la intensidad del hedor del río, que a su vez se encontraba a merced de sus caudales que podían arrastrar menor o mayor cantidad de basura, dependiendo de cuanto hubieran tirado ese día en sus aguas. Pero la angustia en mi estómago no se resolvía tan fácilmente como mis náuseas.

Una vez que entraba a casa de Clara, el ritual de los enamorados comenzaba para ambos, compartiendo caricias, sonrisas y besos… besos que involucraban intercambio de aliento. Cuando nos veíamos fuera de su casa, Clara solía hablar sin parar acerca de los cuentos que escribía, parecía una máquina de vomitar palabras, y entre más hablaba, más cordial e íntima se volvía nuestra relación. Desafortunadamente su casa era el único obstáculo para ambos. En su hogar prácticamente no hablábamos, sólo veíamos la televisión y nos besábamos en contra de mi voluntad. Alrededor de unas 5 veces por cada lapso de media hora, el olor del río de los remedios solía introducirse por debajo de la puerta, por las cerraduras, por las ventanas, por cada poro de la casa, y su hedor pronto impregnaba el lugar, mezclándose de manera asquerosa con nuestros alientos. Bajó cada beso, el cálido aliento de Clara me acariciaba la nariz, y yo sufría lo indecible cada vez que me llegaba ese olorcillo a heces fecales, leche podrida y toda suerte de combinaciones cárnicas en estado de descomposición, combinadas en la aborrecible molcajete gigante que era el llamado río de los remedios. Nunca supe como remediar aquel problema; a veces intentaba respirar por la boca para poder besarla, pero nunca obtuve resultados favorables, por el contrario, las náuseas empeoraban y la idea devolver el estómago en la boca de mi novia, o de hacerle pensar que era ella quien me daba asco, y no aquel fétido río al que ella ya se había acostumbrado, angustiaba a mi corazón, a mi estómago y a mis púlmones, haciéndome sentir miserable.

Menos contagiado por la nostalgia, la piel se me erizó al recordar esos momentos tan difíciles. Jamás me hubiera gustado terminar mi relación con ella, pero no tenía otra opción: era estar con ella y dejar de respirar por completo, o estar lejos y llenar mis pulmones con tranquilidad. Elegí lo último por encima de la conexión que aparentemente nos unía.

Después de sumergir el lápiz labial en el basurero con mi pié, corrí detrás del extraño visitante, quien ya no se encontraba más en el piso de arriba. Al bajar los 33 escalones nuevamente, lo descubrí junto a mi computadora, auscultando con detenimiento un bate de beisbol hecho de madera: El objeto en cuestión se encontraba desportillado, cosa que llamó la atención de mi visitante, y que en mí provocó una gran risa. Me causaba mucha gracia, pero si aquel sujeto pensaba que el estado tan deplorable del bate se debía a que yo fuera un gran deportista, entonces estaba sumamente equivocado; aquel bate era el objeto predilecto de mi padre a la hora de agarrarse a golpes con rufianes, y de ahí que estuviera tan desgastado. De nueva cuenta le quité el objeto de la mano y lo recargué en una pared, y sin poder evitarlo miré en uno de sus costados superiores, cerca de la punta, una pequeña mancha roja. Era pintura, pero eso no me impidió recordar la sangre de aquel día.

Cuando tenía ocho años, mi madre, mis hermanos, mi abuela y yo vivíamos en un viejo edificio abandonado. El lugar había sido dejado por todos los inquilinos, y solamente quedábamos nosotros ahí, aferrados a quedarnos; aunque la realidad era que no teníamos dinero para irnos a otro lugar, y que estábamos en pleito legal con el dueño que no veía la hora de poder corrernos. Pero en el edificio, si bien eramos los únicos inquilinos humanos, no eramos los únicos habitantes: había gatos; muchos gatos, todos ellos salvajes y espantosos como ellos solos, pero su presencia servía para ahuyentar a las ratas.

Recuerdo que la primera vez que alguien mencionó algo oficial sobre la locura no oficial de mi abuela, fue por causa de los gatos. Mi abuela solía alimentar a estos horripilantes animales, quienes usualmente proliferaban en la azotea y actuaban agresivos cuando veían a un ser humano subir por cualquier situación; ya fuera mi hermano y sus amigos llevando chicas al cuarto de la sirvienta para tener sexo con ellas, o ya fuera la sirvienta tendiendo la ropa limpia, o por qué no, también teniendo sexo con los novios que metía casi a escondidas. Todos regañaban a mi abuela por darle cobijo a esos gatos infernales, y yo pregunté por qué hacía ella eso, y mis hermanos me dijeron que lo hacía porque estaba loca. ¿Por qué estaba loca? Según ellos, porque uno de los hermanos de mi madre, un tío al que jamás tuve el gusto de conocer, se quitó la vida dándose un balazo en la cabeza, y eso la desquició. Desde mi infantil punto de vista, mi abuela no era tan loca como mis hermanos argumentaban: sí, era una mujer de carácter difícil, irritable y un poco excentrica, decía que veía ángeles y demonios y que podía hablar con las palomas del parque, pero loca como tal no me parecía. Mi abuela pudo haber estado loca, pero ella fue la primera que me hizo conocer un poco más sobre la muerte, y eso, en cierta medida, se lo agradezco. Una noche uno de los gatos fue envenenado por uno de los vecinos, y a causa del veneno y de una pelea que sostuvo contra otro gato salvaje, quedó gravemente herido en la zotehuela de mi edificio. Sus lamentos de agonía se extendieron por todo el edificio, llenando cada hueco con el espantonso estribillo de dolor que emiía. Curioso, bajé los escalones para ver al felino en sus últimos momentos, todavía inconsciente de lo que eso significaba. El olor que expelía el cuerpo del gato era intolerable y muy extraño. Alrededor suyo había sangre fresca y sangre coagulada, su cuerpo supuraba a raíz de las heridas de su pelea, y de su boca salía un pequeño hilo de vómito; pero no olía a vómito en particular, tampoco a sangre, ni mucho menos a putrefacción: el olor era intenso y cruel, y no se parecía a nada que hubiera olido antes. “Huele a muerte”, me dijo mi abuela cuando llegó y me vio observando al gato. Muerte, a eso olía mi edificio, a muerte, era un hedor cuyas propiedades olfativas no eran del todo claras para mí, salvo la particularidad de carne pudriéndose, pero que más allá de lo que decían a mi nariz, hablaban más claro a mi espíritu, llenándolo con tristeza, desesperación y un poco de miedo. Finalmente, luego de que su olor y sus quejidos inundarán todo el lugar, un amigo de mi hermano, harto de escuchar al gato agonizar, se decidió por ayudarle a bien morir. Lo recuerdo bien: Julio tomó el bate de beisbol y tras arrojarle una manta encima al animal, azotó con fuerza el bate en el cráneo del felino un par de veces, hasta que finalmente lo mató. Julio metió al animal en un bolsa de basura y se lo llevó en la cajuela de su carro, con el macabro propósito de aventárselo a alguien en la calle, quizás a uno de sus amigos.

El extraño visitante se rió. Su cara seguía sin tener forma, pero su risa era estridente y molesta. No le hice caso y lo invité a seguirme a la cocina. El visitante se sentó en la mesa y yo le puse un plato hondo, listo para servirle de comer. Me acerqué a la estufa, y en el interior de la cazuela ví la sopa de fideos burbujar con el calor, invitándome a comerla con su exquisito aroma.

“Huele a muerte” me dijo el visitante. Anque me pareció de mal gusto su comentario, no comenté nada y serví en su plato una módica cantidad de sopa mientras que en mi tazón, un poco más hondo, me serví dos veces más que a él. El aroma de la sopa me hizo salivar, después de todo es mi olor favorito. Nunca supe como hacía ella para prepararla, supongo que era algo fácil, aunque de verdad ninguna sopa me sabía o me olía como la suya. En la nariz me sabía a pollo endulzado con jitomate. Sí, era eso: jitomate, muy dulce, combinado con una especie de caldo o de consomé de pollo. El olor me hizo esbozar una leve una sonrisa, remitiéndome a una calidez tan tierna y tan viva que no sentía desde que era niño.

“Huele a muerte”, insistió el visitante, molestándome antes de probar bocado. “No es verdad” le respondí con vehemencia “la sopa de mi madre no puede oler a muerte”. Envuelto en un resplandor violaceo, el visitante se esfumó por completo, opacando el olor de la sopa de mi madre con un vomitvo hedor parecido al del gato muerto y al del río de los remedios. Indignado me levanté de la mesa y traté de huir lo más lejos posible, pero la peste me siguió sin tregua. Repleto de pánico me senté en el tercer escalón de mi castillo, y lloré amargamente, sintiendo como la peste me acorralaba el corazón. Al borde de la asfiia lo comprendí todo, y entonces el sueño terminó de forma abrupta.

Empapado en sudor dentro de la cama de mi madre, en un departamento que en nada se parecía a un castillo y sí era más semejante a una mazmorra, desperté con los ojos a punto de desbordar su liquido. Habían pasado tan sólo 3 días después de la muerte de mi madre, y desde entonces yo me negaba a aceptarlo. Mi esposa entró al cuarto, eludiendo con gran equilibrio todos los trebejos que se encontraban tirados, intentó hacerme plática, pero yo no estaba de humor. Me dijo que ella y mis hermanos ya habían empacado todo lo rescatable de sus pertenencias, y que lo demás se encontraba listo para ser tirado. Yo quise gritarle, mandarla al diablo por querer enviar las cosas de mi madre a la basura, pero fue a causa del olor que me contuve; entrando por la puerta mi niñez se coló entre las moléculas del aire, recordándome que mi madre nunca dejaría de estar conmigo, sin importar que hubiera muerto.

–Tu hermana preparó sopa de fideo para que comamos todos, ¿quieres que te sirva un plato?

–Sí, Elena… por favor. Pero que sea mucha, porque tengo mucha hambre.

Mi esposa se levantó y fue a la cocina junto a mis hermanos. La tristeza que me embargaba había desaparecido, y en su lugar una sensación de paz se introdujo por mi piel, llegando hasta mis huesos. En mi nariz ya no olía a muerte, ni tampoco olía a un amor infructifero… olía a paz: olía a la sopa de mamá.

St. Patrick

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25 Nov 2007

Ensueño

Escrito por: cronopioslamm el 25 Nov 2007 - URL Permanente

El día comenzaba a desvanecerse. La noche, con su plétora de rumores y aromas frescos, se cernía sobre mí con lentitud. Un viento viejo, perdido y desaforado, se obstinaba en empujarme. Al borde del paroxismo, la mujer del vestido blanco huye, corre a toda prisa. Sostengo el cuchillo en una mano y corro detrás de ella gritando su nombre. Agotada, se detiene en el pasto y me espera. Titubeo tan sólo un instante pero, sabiéndola acorralada, me acerco a ella, parsimonioso, pero firme. Llego y me agito. La beso. Muerde mi boca con salvajismo. Me agito. Se agita también. Corto la tela despacio, haciendo tiras de lo que fuera su vestido.

La recuesto sobre el pasto helado y percibo como su carne se eriza con el frío. La cubro con mi cuerpo contra su voluntad, intento besarla, pero ella me aparta. El desnudo metal se calienta, arde. Acaricio su piel con mis labios y ella me besa. La miro fijamente, me recuesto en sus senos y la calma nos abandona junto con los últimos jirones de tela. En su cabello y manos, olisqueo su odio. Divago cerca de su vientre, suelto el cuchillo y espero que huya; pero no lo hace, se sienta frente a mí, me dibuja con el filo de su mirada. Me acerco a ella y arranco hojas de pasto; se las arrojo. Me río y me empuja. De manera intempestiva se levanta y sale corriendo nuevamente, loca por vivir.

Cuchillo en mano la persigo, y ella, cansada de correr, se esconde detrás de un arbusto. Entusiasmado, voy a su encuentro. La tomo de los brazos y la arrojo con fuerza al suelo; le caigo encima, la envuelvo con mis labios y oigo como de su cuerpo brota todo su desprecio. Se resiste, me pega en las costillas y yo casi ni lo siento. Luchamos de nuevo, marca mi cara con las uñas, damos vueltas sobre el pasto, y al final quedo debajo de ella. Me aprisiona con sus piernas y toma mi cabeza con las manos. Me besa ávidamente, me asfixio. Pega un alarido y se ríe a carcajadas. La giro y queda boca abajo. Advierto la morbidez límpida de su espalda, apoyo sobre ella mis dientes enloquecidos, procurando no hundirlos en su carne. Vuelve el cuerpo, me saca la lengua y le sonrío.

La sorprendo con mi lengua y le hago cosquillas en el cuello, muchas cosquillas. Le confieso que la amo, y casi muerta, me bisbisea que también me ama. Todo es perfecto. Me recuesto a su lado y me canta. Miro el cuchillo a un costado mío, humedecido por la sangre de su vientre. Sus párpados lucen cada vez más pesados y se duerme; ahora soy yo quien le canta. Me digo basta, la beso en la frente y guardo sepulcral silencio. Despierta por última vez, toma mi mano ensangrentada, me maldice con una sonrisa interminable y el cielo nos cubre con sus copos grisáceos de alegría. La amo, y como una flor que se marchita, retengo su fragancia para siempre.

St. Patrick

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21 Nov 2007

Celebración (O Sobre la Belleza VI)

Escrito por: cronopioslamm el 21 Nov 2007 - URL Permanente

La belleza de las luces hizo que los niños dejaran de jugar y gritaran de emoción. Todos quisieron tener esos padres que daban fuegos artificiales de regalo a su hijo en su cumpleaños.

Unos segundos antes, el piloto detectó la fuga demasiado tarde. Justo cuando la cabina se incendiaba. Antes de explotar.

Laranjinha

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08 Nov 2007

Instantes de satín

Escrito por: cronopioslamm el 08 Nov 2007 - URL Permanente

La sangre que escurre por su frente inunda sus ojos. El aturdimiento le impide oir los alaridos de la ambulancia y las preces de algunas mujeres morbosas que acudían para ver el accidente.

El calor humedece sus mejillas, y una sensación desoladora baja por su espalda, escurriéndose como un témpano a través de su espina. Bruno lo siente en cada hueco entre sus músculos, en todos los huesos rotos y en las vísceras que empapan su entrepierna. Aunque no puede ver ni escuchar a los paramédicos discutir sobre su estado, el hedor de sus entrañas impregnando el asfalto le revela que pronto morirá.

Tembloroso, Bruno desea irse con una sonrisa e intenta recordar a Amanda. Incapaz de volver a verla o de escucharla, hace un último esfuerzo por trasladarse en el tiempo, recorriendo a tientas el único trayecto que podía llevarlo a ella. Sin acceder a su rostro o a su voz, puede volver a sentir, humectando su carne, el sudor del cuerpo de Amanda; el cabello enmarañado entre sus dedos, y la saliva tibia que invade su cuello y su boca. La textura de algodón de sus muslos y la fina vellosidad de Amanda se detienen sobre los labios resecos de Bruno, erizándole la piel. Sus manos se posan por un instante en su cuerpo desnudo, y su barba irrita por última vez las suaves mejillas de ella con cada roce.



Las intermitentes punzadas en sus costados y pecho se detienen. Estremecido por el dolor y el placer, el corazón de Bruno se colapsa, dejándolo exánime y con una sonrisa sin dientes en el rostro.


St. Patrick

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06 Nov 2007

Ficción (O sobre la Belleza IV)

Escrito por: cronopioslamm el 06 Nov 2007 - URL Permanente

La belleza de la rosa hizo que uno a uno de la decena de alumnos aspiraran su olor.

En la noche, sola en el salón, la flor abre sus pétalos volviéndose negros. En ese instante, los alumnos mueren asfixiados.

La rosa amaneció 10 veces más bella…

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Cronopios!

Somos cuatro estudiantes de la carrera "Literatura y creación literaria", impartida en la cultural Casa Lamm. Nos esforzamos en nuestros textos, no sólo con la esperanza de convertirnos en escritores, sino porque las palabras significan una pasión para nosotros.
Esperamos que les guste lo que lean aquí. Los comentarios siempre serán bien recibidos (mientras no le falten al respeto a nadie).
Hemos decidido publicar bajo seudónimo para poder participar en concursos de literatura sin tener problemas por la difusión virtual de los mismos.

Saludos!

Acuarela, Laranjinha, St. Patrick y Hada Urbana.

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