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18 Jun 2011

Un año sin Saramago...

Escrito por: cronopioslamm el 18 Jun 2011 - URL Permanente

Hoy hace un año murió José de Sousa Saramago. Recordémoslo hoy con su discurso de aceptación del premio Nobel. Un abrazo, el más agradecido, José...

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer.
Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama.
Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable.
Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado.
Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera". Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera.
Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea.
Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba.
Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato: "¿Y después?".
Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo.
Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa.
Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: "No hagas caso, en sueños no hay firmeza".
Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños.
Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada.
Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.
Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían sido en personajes literarios y que ésa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar a vivir.
La misma actitud de espíritu que, después de haber evocado la fascinante y enigmática figura de un cierto bisabuelo berebere, me llevaría a describir más o menos en estos términos un viejo retrato (hoy ya con casi ochenta años) donde mis padres aparecen. "Están los dos de pie, bellos y jóvenes, de frente ante el fotógrafo, mostrando en el rostro una expresión de solemne gravedad que es tal vez temor delante de la cámara, en el instante en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca más volverán a tener, porque el día siguiente será implacablemente otro día.
Mi madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano izquierda, caída a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como un ala. Ambos pisan tímidos una alfombra floreada. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas difusas e incongruentes arquitecturas neoclásicas". Y terminaba: "Tendría que llegar el día en que contaría estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un abuelo berebere, llegando del norte de Africa, otro abuelo pastor de cerdos, una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato ¿qué otra genealogía puede importarme? ¿en qué mejor árbol me apoyaría?".
Escribí estas palabras hace casi treinta años sin otra intención que no fuese reconstituir y registrar instantes de la vida de las personas que me engendraron y que estuvieron más cerca de mí, pensando que no necesitaría explicar nada más para que se supiese de dónde vengo y de qué materiales se hizo la persona que comencé siendo y ésta en que poco a poco me he convertido.
Ahora descubro que estaba equivocado, la biología no determina todo y en cuanto a la genética, muy misteriosos habrán sido sus caminos para haber dado una vuelta tan larga. A mi árbol genealógico (perdóneseme la presunción de designarlo así, siendo tan menguada la sustancia de su savia) no le faltaban sólo algunas de aquellas ramas que el tiempo y los sucesivos encuentros de la vida van desgajando del tronco central.
También le faltaba quien ayudase a sus raíces a penetrar hasta las capas subterráneas más profundas, quien apurase la consistencia y el sabor de sus frutos, quien ampliase y robusteciese su copa para hacer de ella abrigo de aves migratorias y amparo de nidos. Al pintar a mis padres y a mis abuelos con tintas de literatura, transformándolos de las simples personas de carne y hueso que habían sido, en personajes nuevamente y de otro modo constructores de mi vida, estaba, sin darme cuenta, trazando el camino por donde los personajes que habría de inventar, los otros, los efectivamente literarios, fabricarían y traerían los materiales y las herramientas que, finalmente, en lo bueno y en lo menos bueno, en lo bastante y en lo insuficiente, en lo ganado y en lo perdido, en aquello que es defecto pero también en aquello que es exceso, acabarían haciendo de mí la persona en que hoy me reconozco: creador de esos personajes y al mismo tiempo criatura de ellos.
En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.
Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y de teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de papel y de tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo con mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que los movía.
De esos maestros el primero fue, sin duda, un mediocre pintor de retratos que designé simplemente por la letra H., protagonista de una historia a la que creo razonable llamar de doble iniciación (la de él, pero también, de algún modo, la del autor del libro, protagonista de una historia titulada "Manual de pintura y caligrafía", que me enseñó la honradez elemental de reconocer y acatar, sin resentimientos ni frustraciones, sus propios límites: sin poder ni ambicionar aventurarme más allá de mi pequeño terreno de cultivo, me quedaba la posibilidad de cavar hacia el fondo, hacia abajo, hacia las raíces.
Las mías, pero también las del mundo, si podía permitirme una ambición tan desmedida. No me compete a mí, claro está, evaluar el mérito del resultado de los esfuerzos realizados, pero creo que es hoy patente que todo mi trabajo, de ahí para adelante, obedeció a ese propósito y a ese principio.
Vinieron después los hombres y las mujeres del Alentejo, aquella misma hermandad de condenados de la tierra a que pertenecieron mi abuelo Jerónimo y mi abuela Josefa, campesinos rudos obligados a alquilar la fuerza de los brazos a cambio de un salario y de condiciones de trabajo que sólo merecerían el nombre de infames. Cobrando por menos que nada una vida a la que los seres cultos y civilizados que nos preciamos de ser llamamos, según las ocasiones, preciosa, sagrada y sublime.
Gente popular que conocí, engañada por una Iglesia tan cómplice como beneficiaria del poder del Estado y de los terratenientes latifundistas, gente permanentemente vigilada por la policía, gente, cuántas y cuántas veces, víctima inocente de las arbitrariedades de una justicia falsa. Tres generaciones de una familia de campesinos, los Mau-Tempo, desde el comienzo del siglo hasta la Revolución de Abril de 1974 que derrumbó la dictadura, pasan por esa novela a la que di el título de "Alzado del suelo" y fue con tales hombres y mujeres del suelo levantados, personas reales primero, figuras de ficción después, con las que aprendí a ser paciente, a confiar y a entregarme al tiempo, a ese tiempo que simultáneamente nos va construyendo y destruyendo para de nuevo construirnos y otra vez destruirnos.
No tengo la seguridad de haber asimilado de manera satisfactoria aquello que la dureza de las experiencias tornó virtud en esas mujeres y en esos hombres: una actitud naturalmente estoica ante la vida. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la lección recibida, pasados más de veinte años, permanece intacta en mi memoria, que todos los días la siento presente en mi espíritu como una insistente convocatoria, no he perdido, hasta ahora, la esperanza de llegar a ser un poco más merecedor de la grandeza de los ejemplos de dignidad que me fueron propuestos en la inmensidad de las planicies del Alentejo. El tiempo lo dirá.
¿Qué otras lecciones podría yo recibir de un portugués que vivió en el siglo XVI, que compuso las "Rimas" y las glorias, los naufragios y los desencantos patrios de "Os Lusíadas", que fue un genio poético absoluto, el mayor de nuestra literatura, por mucho que eso pese a Fernando Pessoa, que a sí mismo se proclamó como el Super-Camoens de ella? Ninguna lección a mi alcance, ninguna lección que yo fuese capaz de aprender salvo la más simple que me podría ser ofrecida por el hombre Luis Vaz de Camoens en su más profunda humanidad, por ejemplo, la humildad orgullosa de un autor que va llamando a todas las puertas en busca de quien esté dispuesto a publicar el libro que escribió, sufriendo por eso el desprecio de los ignorantes de sangre y de casta, la indiferencia desdeñosa de un rey y de su compañía de poderosos, el escarnio con que desde siempre el mundo ha recibido la visita de los poetas, de los visionarios y de los locos.
Al menos una vez en la vida, todos los autores tuvieron o tendrán que ser Luis de Camoens, aunque no escriban las redondillas de "Sobolos rios". Entre hidalgos de la corte y censores del Santo Oficio, entre los amores de antaño y las desilusiones de la vejez prematura, entre el dolor de escribir y la alegría de haber escrito, fue a este hombre enfermo que regresa pobre de la India, adonde muchos sólo iban para enriquecerse, fue a este soldado ciego de un ojo y golpeado en el alma, fue a este seductor sin fortuna que no volverá nunca más a perturbar los sentidos de las damas de palacio, a quien yo puse a vivir en el teatro en el escenario de la pieza de teatro llamada "Que farei con este livro?" ("¿Qué haré con este libro?"), en cuyo final resuena otra pregunta, aquélla que importa verdaderamente, aquélla que nunca sabremos si alguna vez llegará a tener respuesta suficiente: "¿Qué haréis con este libro?".
Humildad orgullosa fue ésa de llevar debajo del brazo una obra maestra y verse injustamente rechazado por el mundo. Humildad orgullosa también, y obstinada, esta de querer saber para qué servirán mañana los libros que vamos escribiendo hoy, y luego dudar que consigan perdurar largamente (¿hasta cuándo?) las razones tranquilizadoras que quizá nos estén siendo dadas o que estamos dándonos a nosotros mismos. Nadie se engaña mejor que cuando consiente que lo engañen otros.
Se aproxima ahora un hombre que dejó la mano izquierda en la guerra y una mujer que vino al mundo con el misterioso poder de ver lo que hay detrás de la piel de las personas. El se llama Baltasar Mateus y tiene el apodo de Siete-Soles, a ella la conocen por Bilmunda, y también por el apodo de Siete-Lunas que le fue añadido después porque está escrito que donde haya un sol habrá una luna y que sólo la presencia conjunta de uno y otro tornará habitable, por el amor, la tierra.
Se aproxima también un padre jesuita llamado Bartolmeu que inventó una máquina capaz de subir al cielo y volar sin otro combustible que no sea la voluntad humana, ésa que según se viene diciendo, todo lo puede, aunque no pudo, o no supo, o no quiso, hasta hoy, ser el sol y la luna de la simple bondad o del todavía más simple respeto. Sontres locos portugueses del siglo XVIII en un tiempo y en un país donde florecieron las supersticiones y las hogueras de la Inquisición, donde la vanidad y la megalomanía de un rey hicieron levantar un convento, un palacio y una basílica que asombrarían al mundo exterior, en el caso poco probable de que ese mundo tuviera ojos bastantes para ver a Portugal, tal como sabemos que los tenía Bilmunda para ver lo que escondido estaba. Y también se aproxima una multitud de millares y millares de hombres con las manos sucias y callosas, con el cuerpo exhausto de haber levantado, durante años sin fin, piedra a piedra, los muros implacables del convento, las alas enormes del palacio, las columnas y las pilastras, los aéreos campanarios, la cúpula de la basílica suspendida sobre el vacío.
Los sonidos que estamos oyendo son del clavicornio del Doménico Scarlatti, que no sabe si debe reír o llorar. Esta es la historia del "Memorial del convento", un libro en que el aprendiz de autor, gracias a lo que le venía siendo enseñado desde el antiguo tiempo de sus abuelos Jerónimo y Josefa, consiguió escribir palabras como éstas, donde no está ausente alguna poesía: "Además de la conversación de las mujeres son los sueños los que sostienen al mundo en su órbita. Pero son también los sueños los que le hacen una corona de lunas, por eso el cielo es el resplandor que hay dentro de la cabeza de los hombres si no es la cabeza de los hombres el propio y único cielo". Que así sea.
De las lecciones de poesía, sabía ya alguna cosa el adolescente, aprendidas en sus libros de texto cuando, en una escuela de enseñanza profesional de Lisboa, andaba preparándose para el oficio que ejerció en el comienzo de su vida de trabajo: el de mecánico cerrajero. Tuvo también buenos maestros del arte poético en las largas horas nocturnas que pasó en bibliotecas públicas, leyendo al azar de encuentros y de catálogos, sin orientación, sin alguien que le aconsejase, con el mismo asombro creador del navegante que va inventando cada lugar que descubre.
Pero fue en la biblioteca de la escuela industrial donde "El año de la muerte de Ricardo Reis" comenzó a ser escrito. Allí encontró un día el joven aprendiz de cerrajero (tendría entonces 17 años) una revista - "Atena" era el título - en que había poemas firmados con aquel nombre y, naturalmente, siendo tan mal conocedor de la cartografía literaria de su país, pensó que existía en Portugal un poeta que se llamaba así: Ricardo Reis.
No tardó mucho tiempo en saber que el poeta propiamente dicho había sido un tal Fernando Nogueira Pessoa que firmaba poemas con nombres de poetas inexistentes nacidos en su cabeza y a quien llamaba heterónimos, palabra que no constaba en los diccionarios de la época, por eso costó tanto trabajo al aprendiz de las letras saber lo que ella significaba. Aprendió de memoria muchos poemas de Ricardo Reis ("Para ser grande sê inteiro/Põe quanto és no mínimo que fazes"), pero no podía resignarse, a pesar de tan joven e ignorante, a que un espíritu superior hubiese podido concebir, sin remordimiento, este verso cruel: "Sábio é o que se contenta com o espectáculo do mundo". Mucho, mucho tiempo después, el aprendiz de escritor ya con el pelo blanco y un poco más sabio de sus propias sabidurías se atrevió a escribir una novela para mostrar al poeta de las "Odas" algo de lo que era el espectáculo del mundo en ese año de 1936 en que lo puso a vivir sus últimos días: la ocupación de la Renania por el Ejército nazi, la guerra de Franco contra la República española, la creación por Salazar de las milicias fascistas portuguesas. Fue como si estuviese diciéndole: "He ahí el espectáculo del mundo, mi poeta de las amarguras serenas y del escepticismo elegante. Disfruta, goza, contempla, ya que estar sentado es tu sabiduría".
"El año de la muerte de Ricardo Reis" terminaba con unas palabras elancólicas: "Aquí donde el mar acabó y la tierra espera". Por tanto no habría más descubrimientos para Portugal, sólo como destino una espera infinita de futuros ni siquiera imaginables: el fado de costumbre, la saudade de siempre y poco más. Entonces el aprendiz imaginó que tal vez hubiese una manera de volver a lanzar los barcos al agua, por ejemplo mover la propia tierra y ponerla a navegar mar adentro.
Fruto inmediato del resentimiento colectivo portugués por los desdenes históricos de Europa (sería más exacto decir fruto de mi resentimiento personal), la novela que entonces escribí - "La balsa de piedra" - separó del continente europeo a toda la Península Ibérica, transformándola en una gran isla fluctuante, moviéndose sin remos ni velas, ni hélices, en dirección al Sur del mundo, "masa de piedra y tierra cubierta de ciudades, aldeas, ríos, bosques, fábricas, bosques bravíos, campos cultivados, con su gente y sus animales", camino de una utopía nueva: el encuentro cultural de los pueblos peninsulares con los pueblos del otro lado del Atlántico, desafiando así, a tanto se atrevió mi estrategia, el dominio sofocante que los Estados Unidos de la América del Norte vienen ejerciendo en aquellos parajes.
Una visión dos veces utópica entendería esta ficción política como una metáfora mucho más generosa y humana: que Europa, toda ella, deberá trasladarse hacia el Sur a fin de, en descuento de sus abusos coloniales antiguos y modernos, ayudar a equilibrar el mundo. Es decir Europa finalmente como ética. Los personajes de "La balsa de piedra" - dos mujeres, tres hombres y un perro - viajan incansablemente a través de la Península mientras ella va surcando el océano. El mundo está cambiando y ellos saben que deben buscar en sí mismos las personas nuevas en que se convertirán (sin olvidar al perro que no es un perro como los otros). Eso les basta. Se acordó entonces el aprendiz que en tiempos de su vida había hecho algunas revisiones de pruebas de libros y que si en "La balsa de piedra" hizo, por decirlo así, revisión del futuro, no estaría mal que revisara ahora el pasado inventando una novela que se llamaría "História do Cerco de Lisboa", en la que un revisor trabajando un libro del mismo título, aunque de historia, y cansado de ver cómo la citada historia cada vez es menos capaz de sorprender, decidió poner en lugar de un "sí" un "no", subvirtiendo la autoridad de las "verdades históricas".
Raimundo Silva, así se llamaba el revisor, es un hombre simple, vulgar, que sólo se distingue de la mayoría por creer que todas las cosas tienen su lado visible y su lado invisible y que no sabremos nada de ellas, mientras no les hayamos dado la vuelta completa. De eso precisamente trata una conversación que tiene con el historiador. Así: "Le recuerdo que los revisores ya vieron mucho de literatura y vida, Mi libro, se lo recuerdo, es de historia. No es propósito mío apuntar otras contradicciones, profesor, en mi opinión todo cuanto no sea vida es literatura.
La historia también. La historia sobre todo, sin querer ofender. Y la pintura, y la música. La música va resistiéndose desde que nació, unas veces va y otras viene, quiere librarse de la palabra, supongo que por envidia, pero regresa siempre a la obediencia. Y la pintura, mire, la pintura no es más que literatura hecha con pinceles. Espero que no se haya olvidado de que la humanidad comenzó pintando mucho antes de saber escribir. Conoce el refrán, si no tienes perro caza con el gato, o dicho de otramanera, quien no puede escribir, pinta, o dibuja, es lo que hacen los niños. Lo que usted quiere decir, con otras palabras, es que la literatura ya existía antes de haber nacido, sí señor, como el hombre, con otras palabras, antes de serlo ya lo era.
Me parece que usted equivocó la vocación, debería ser historiador. Me falta preparación profesor, qué puede un simple hombre hacer sin preparación, mucha suerte he tenido viniendo al mundo con la genética organizada, pero, por decirlo así, en estado bruto, y después sin más pulimento que las primeras letras que se quedaron como únicas. Podía presentarse como autodidacta producto de su digno esfuerzo, no es ninguna vergüenza, antiguamente la sociedad estaba orgullosa de sus autodidactas.
Eso se acabó, vino el desarrollo y se acabó, los autodidactas son vistos con malos ojos, sólo los que escriben versos o historias para distraer están autorizados a ser autodidactas, pero yo para la creación literaria no tengo habilidad. Entonces métase a filósofo. Usted es un humorista, cultiva la ironía, me pregunto cómo se dedicó a la historia, siendo ella tan grave y profunda ciencia. Soy irónico sólo en la vida real. Ya me parecía a mí que la historia no es la vida real, literatura sí, y nada más. Pero la historia fue vida real en el tiempo en que todavía no se le podía llamar historia. Entonces usted cree, profesor, que la historia es la vida real. Lo creo, sí.
Que la historia fue vida real, quiero decir. No tengo la menor duda. Qué sería de nosotros si el deleatur que todo lo borra no existiese, suspiró el revisor". Escusado será añadir que el aprendiz aprendió con Raimundo Silva la lección de la duda. Ya era hora.
Fue probablemente este aprendizaje de la duda el que le llevó, dos años más tarde, a escribir "El Evangelio según Jesucristo". Es cierto, y él lo ha dicho, que las palabras del título le surgieron por efecto de una ilusión óptica, pero es legítimo que nos interroguemos si no habría sido el sereno ejemplo del revisor el que, en ese tiempo, le anduvo preparando el terreno de donde habría de brotar la nueva novela. Esta vez no se trataba de mirar por detrás de las páginas del "Nuevo Testamento" a la búsqueda de contradicciones, sino de iluminar con una luz rasante la superficie de esas páginas, como se hace con una pintura para resaltarle los relieves, las señales de paso, la oscuridad de las depresiones.
Fue así como el aprendiz, ahora rodeado de personajes evangélicos, leyó, como si fuese la primera vez, la descripción de la matanza de los Inocentes y, habiendo leído, no comprendió. No comprendió que pudiese haber mártires de una religión que aún tendría que esperar treinta años para que su fundador pronunciase la primera palabra de ella, no comprendió que no hubiese salvado la vida de los niños de Belén precisamente la única persona que lo podría haber hecho, no comprendió la ausencia, en José, de un sentimiento mínimo de responsabilidad, de remordimiento, de culpa o siquiera de curiosidad, después de volver de Egipto con su familia.
Ni se podrá argumentar en defensa de la causa que fue necesario que los niños de Belén murieran para que pudiese salvarse la vida de Jesús: El simple sentido común, que a todas las cosas, tanto a las humanas como a las divinas, debería presidir, está ahí para recordarnos que Dios no enviaría a su hijo a la Tierra con el encargo de redimir los pecados de la humanidad, para que muriera a los dos años de edad degollado por un soldado de Herodes. En ese Evangelio escrito por el aprendiz con el respeto que merecen los grandes dramas, José será consciente de su culpa, aceptará el remordimiento en castigo de la falta que cometió y se dejará conducir a la muerte casi sin resistencia, como si eso le faltase todavía para liquidar sus cuenta con el mundo.
"El Evangelio" del aprendiz no es, por tanto, una leyenda edificante más de bienaventurados y de dioses, sino la historia de unos cuantos seres humanos sujetos a un poder contra el cual luchan, pero al que no pueden vencer. Jesús, que heredará las sandalias con las que su padre había pisado el polvo de los caminos de la tierra, también heredará de él el sentimiento trágico de la responsabilidad y de ella la culpa que nunca lo abandonará, incluso cuando levante la voz desde lo alto de la cruz: "Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo", refiriéndose al Dios que lo llevó hasta allí, aunque quien sabe si recordando todavía, en es última agonía, a su padre auténtico, aquel que en la carne y en la sangre, humanamente, lo engendró.
Como se ve, el aprendiz ya había hecho un largo viaje cuando en el herético evangelio escribió las últimas palabras del diálogo en el templo entre Jesús y el escriba: "La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre, dijo el escriba, Ese lobo de que hablas ya se ha comido a mi padre, dijo Jesús, Entonces sólo falta que devore a ti, Y tú, en tu vida, fuiste comido, o devorado, No sólo comido y devorado, también vomitado, respondió el escriba".
Si el emperador Carlomagno no hubiese establecido en el norte de Alemania un monasterio, si ese monasterio no hubiese dado origen a la ciudad de Münster, si Münster no hubiese querido celebrar los 1.200 años de su fundación con una ópera sobre la pavorosa guerra que enfrentó en el siglo XVI a protestantes anabaptistas y católicos, el aprendiz no habría escrito la pieza de teatro que tituló "In Nomine Dei". Una vez más, sin otro auxilio que la pequeña luz de su razón, el aprendiz tuvo que penetrar en el oscuro laberinto de las creencias religiosas, ésas que con tanta facilidad llevan a los seres humanos a matar y a dejarse matar.
Y lo que vio fue nuevamente la máscara horrenda de la intolerancia, una intolerancia que en Münster alcanzó el paroxismo demencial, una intolerancia que insultaba la propia causa que ambas partes proclamaban defender. Porque no se trataba de una guerra en nombre de dos dioses enemigos sino de una guerra en nombre de un mismo dios. Ciegos por sus propias creencias, los anabaptistas y los católicos de Münster no fueron capaces de comprender la más clara de todas las evidencias: en el día del Juicio Final, cuando unos y otros se presenten a recibir el premio o el castigo que merecieron sus acciones en la tierra, Dios, si en sus decisiones se rige por algo parecido a la lógica humana, tendrá que recibir en el paraíso tanto a unos como a otros, por la simple razón de que unos y otros en El creían.
La terrible carnicería de Münster enseñó al aprendiz que al contrario de lo que prometieron las religiones nunca sirvieron para aproximar a los hombres y que la más absurda de todas las guerras es una guerra religiosa, teniendo en consideración que Dios no puede, aunque lo quisiese, declararse la guerra a sí mismo. Ciegos.El aprendiz pensó "Estamos ciegos", y se sentó a escribir el "Ensayo sobre la ceguera" para recordar a quien lo leyera que usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que la mentira universal ocupó el lugar de las verdades plurales, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante.
Después el aprendiz, como si intentara exorcizar a los monstruos engendrados por la ceguera de la razón, se puso a escribir la más simple de todas las historias: Una persona que busca a otra persona sólo porque ha comprendido que la vida no tiene nada más importante que pedir a un ser humano. El libro se llama "Todos los nombres". No escritos, todos nuestros nombres están allí. Los nombres de los vivos y los nombres de los muertos.
Termino. La voz que leyó estas páginas quiso ser el eco de las voces conjuntas de mis personajes. No tengo, pensándolo bien, más voz que la voz que ellos tuvieron. Perdonadme si os pareció poco esto que para mí es todo.

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17 May 2011

Poetas y Poesía

Escrito por: cronopioslamm el 17 May 2011 - URL Permanente


Hoy hace dos años murió Mario Benedetti. Ésta fue la entrada de José Saramgo en su blog, dos días después de la muerte del poeta uruguayo...

Poetas y poesía

Por José Saramago

No será con todos ni será siempre, pero a veces ocurre lo que estamos viendo estos días: que, porque ha muerto un poeta, aparecen en todo el mundo lectores de poesía que se declaran devotos de Mario Benedetti, que necesitan un poema que exprese su desconsuelo y tal vez también para recordar un pasado en que la poesía tuvo un lugar permanente, cuando hoy es la economía la que nos impide dormir. Así, vemos que de repente se establece un tráfico de poesía que habrá dejado perplejos los medidores oficiales, porque de un continente a otro saltan mensajes extraños, de factura original, líneas cortas que parecen decir más de lo que a primera vista se cree. Los descifradores de códigos no dan abasto, demasiadas enigmas para descodificar, demasiados abrazos y demasiada música acompañando sentimientos que son demasiados: el mundo no podría soportar muchos días de esta intensidad emocional, pero tampoco, sin la poesía que hoy se expresa, seríamos enteramente humanos. Y esto, en pocas líneas, es lo que está sucediendo: murió Mario Benedetti en Montevideo y el planeta se hizo pequeño para albergar la emoción de las personas. De súbito los libros se abrieron y comenzaron a expandirse en versos, versos de despedida, versos de militancia, versos de amor, las constantes de la vida de Benedetti, junto a su patria, sus amigos, el fútbol y algunos boliches de trago largo y noches todavía más largas.

Murió Benedetti, ese poeta que supo hacernos revivir nuestros momentos más íntimos y nuestras rabias menos ocultas. Si con sus poemas salimos a la calle – codo a codo somos mucho más que dos -, si leyendo “Geografías”, por ejemplo, aprendimos a amar un país pequeño y un continente grande, ahora, según las cartas que llegan a la Fundación, se recuperan momentos de amor que dieron sentido a tiempos pasados, y quién sabe si presentes. Eso también se lo debemos a Benedetti, el poeta que al morir hizo de nosotros herederos del bagaje de una vida fuera de lo común.

Tania y Mario: la libertad*

No es verdad que el mundo está todo descubierto. El mundo no es sólo la geografía con sus valles y montañas, sus ríos y sus lagos, sus planicies, los grandes mares, las ciudades y las calles, los desiertos que ven pasar el tiempo, el tiempo que nos ve pasar a todos. El mundo es también las voces humanas, ese milagro de la palabra que se repite todos los días, como un corona de sonidos viajando en el espacio. Muchas de esas voces cantan, algunas cantan verdaderamente. La primera vez que oí cantar a Tania Libertad tuve la revelación de las alturas de la emoción a que puede llevarnos una voz desnuda, sola delante del mundo, sin ningún instrumento que la acompañara. Tania cantaba a capella “La paloma” de Rafael Alberti, y cada nota acariciaba una cuerda de mi sensibilidad hasta el deslumbramiento.

Ahora Tania Libertad canta a Mario Benedetti, ese gran poeta a quien tan bien le sentaría el nombre de Mario Libertad…

Son dos voces humanas, profundamente humanas, que la música de la poesía y la poesía de la música han reunido. De él la palabras, de ella la voz.

Oyéndolas estamos más cerca del mundo, más cerca de la libertad, más cerca de nosotros mismos.

http://youtu.be/tgVAhZSMet4 PAPEL MOJADO - Tania Libertad y Joan Manuel Serrat. Del disco La Vida Ese Paréntesis con poemas musicalizados de Mario Benedetti

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24 Ene 2011

Sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo...

Escrito por: cronopioslamm el 24 Ene 2011 - URL Permanente

Puede ser que haya… otros universos, y que esos universos coexistan con el nuestro, interconectados o no.

F. Pessoa

“Muerto Fernando Pessoa Stop Salgo para Glasgow Stop Álvaro de Campos, cuando recibí este telegrama decidí regresar, me pareció como un deber…” En septiembre de 1887, Ricardo Reis nacía en Porto. Médico, exiliado en Río de Janeiro por voluntad propia cuando triunfa la República en 1910, vuelve a Portugal, a Lisboa, al enterarse por el telegrama de Álvaro de Campos, de la muerte de la persona más cercana a él: Fernando Pessoa.

José Saramago lleva la metaficción un paso más allá de lo que hizo en su momento el poeta portugués bajo el amparo del modernismo. Si éste incluso les creó una carta astral a sus heterónimos, no tuvo tiempo de pensar en la muerte de ellos (salvo la de Alberto Caeiro, quien “muere” prematuramente en 1915), entonces ¿qué sucede con Ricardo Reis, con Álvaro de Campos, con Bernardo Soares, después de la muerte de su creador? Saramago se ocupa en la novela de 506 páginas, de relatarnos lo que sucede entre las dos personalidades, durante los nueve meses (“…son nueve meses, los mismos que pasamos en la barriga de nuestras madres, creo que es por una cuestión de equilibrio…”), que dice Pessoa, deambulará en la tierra antes de partir, a dónde, no se sabe.

Se nota el interés del autor por seguir hilando cuestiones históricas con ficción. Lo había hecho en su libro anterior, Memorial del Convento, y lo volvió a hacer unos años después, ahora de manera un poco más teórica-filosófica, en Historia del Cerco de Lisboa. En El Evangelio según Jesucristo que cada quien decida si la biblia es cuestión de fe o de verdad histórica.

El título nos remarca la importancia que tiene el año: si Fernando Pessoa muere en noviembre del ´35, la mayor parte de este libro sucederá en 1936 con todas las implicaciones históricas que esto conlleva; la más importante, sin duda, la ascención al poder de la derecha en buena parte de Europa.

Si fuese un monárquico convencido, Reis estaría encantado, sin embargo no es así. El autor nos lleva por las calles de Lisboa viendo el deterioro mental, físico y principalmente emocional que va sufriendo el personaje, la desesperación por no encontrar su sitio ahora que su mentor ha muerto, la desesperanza que lo va invadiendo gradualmente al ir percatándose de que no encontrará ese sitio, y que en sí, no tiene mucho sentido seguir viviendo si al final nos olvidarán de todos modos. “…antes de nacer, aún no nos pueden ver, pero todos los días piensan en nosotros, después de morirnos, ya no nos pueden ver y cada día que pasa nos van olvidando un poco más…” Ni siquiera sirve el que se encuentra con dos de sus musas: Lidia –Vem, sentar-te comigo Lídia à beira do rio- y Marcenda –E colho a rosa porque a sorte manda./ Marcenda, guardo-a–, aquélla, recamarera del hotel donde se hospeda, y ésta, joven que va a Lisboa debido a que su mano izquierda está paralizada (acorde con los tiempos politicos que corrían en aquellos años).

La metaficción no se limita a Pessoa, el autor también hace referencias a Borges, a Dante, a Camoens y a sí mismo al nombrar a un personaje y un pasaje, de otra novela suya. No es recomendable este libro para alguien que no haya leído anteriormente a Saramago, es muy denso y abruma la cantidad de situaciones por las que pasa Reis; es mejor acostumbrarse al ritmo de otras novelas de él, antes de embarcarse a leer ésta, aunque no por ello deja de ser divertido, ameno. Si ya se ha leído a Saramago, seguro que este libro quedará dentro de los favoritos. Por otro lado, ayuda conocer algunos datos básicos acerca del poeta, sus heterónimos y lo que sucedía especialmente en Europa en 1936, así quien lo lea quedará cautivado por la cantidad de referencias y guiños que surgen página tras página en un despliegue de inteligencia y conocimientos por parte de Saramago. Sin embargo, esto mismo es lo que puede alejar del libro: la distancia que existe entre nuestro lugar y tiempo, y la Lisboa de los años treinta.

La traducción en la edición de Alfaguara-Punto de Lectura está a cargo de Basilio Losada, –quien ganó el Premio Nacional de Traducción otorgado por el Ministerio de Cultura en España en 1991, precisamente gracias a una obra de Saramago, el ya mencionado Memorial del convento lo cual es un buen síntoma de que se respeta en la medida de lo posible, no sólo la fidelidad de lo que transmite el autor, sino también el evitar el fácil juego que dan el español y el portugués por su proximidad, que podría llevar a caer en imprecisiones de lenguaje al traductor; también se respeta el ritmo tan característico de las obras de Saramago, es decir, un texto donde el relato fluye sin grandes pausas salvo las que suceden en cada capítulo. Los diálogos, claro, son entre dos personajes a la vez, separados por una coma e indicando el intercambio de ideas a través de una mayúscula; tímido regreso –¿posmoderno?– a unos doscientos años atrás cuando se instauraron en Portugal las reglas de puntuación diacrítica.

No falta en la novela una parte de penitencia: Reis va con la Virgen de Fátima debido a deslices que ocurren entre él y Marcenda. Es quizá la parte más incómoda de todo el texto debido a que contrasta con la imagen que se nos da de la Lisboa lluviosa, fría y solitaria, paralela a la situación del personaje. “Habré vivido alguna vez”, se pregunta de una manera patética, y es a partir de aquí que el declive es inminente, no está Marcenda ni física ni emocionalmente, no está Lídia, no emocionalmente, a Pessoa le queda cada vez menos tiempo en la tierra, ¿qué destino le espera a Ricardo Reis? Quizá ninguno, ni siquiera a pesar de las palabras vertidas por Marcenda páginas atrás “…se llega a un punto en que no hay nada más que la esperanza, entonces descubrimos que aún lo tenemos todo…”, ya no, menos después de escuchar las palabras de las Mocedades portuguesas y las Juventudes Hitlerianas: “No somos nada”, entonces mejor es despedirse de la escultura de Adamastor, aquél demonio del océano que impedía la navegación de Vasco da Gama y partir. ¿A dónde?, no se sabe; que el lector lo descubra en este muy recomendable libro, y lo decida.


Laranjinha

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10 Nov 2010

10 Noviembre de 2004

Escrito por: cronopioslamm el 10 Nov 2010 - URL Permanente

Érase una vez un soldado manco y una mujer que tenía poderes. Érase una vez un cura que quería volar y murió loco. Érase una vez la historia de u amor sin palabras de amor. Érase una vez un libro, Memorial del Convento. Érase una vez una guapa que fue a una conferencia. Érase una vez un Nobel que le firmó su libro y besó su frente. Érase una vez...

En la noche, a eso de las ocho, Ro se encontraba en la Biblioteca Nacional. Habíamos estado en la mañana en la casa. Ella fue luego al Corte Inglés a buscar telas para poder hacer un cojín, sin embargo los precios impidieron cualquier intento de hacerlo. Quedamos de comer juntos, pero por la hora, prefirió irse directamente a la Biblioteca Nacional y ver al Nobel. La conferencia inició y ella tomó su lugar, con su chamarra blnaca que ya se está quedando como una estampa firme de su paso por Madrid. Ro lo escuchó empezar hablando acerca del Ensayo sobre la Ceguera, y luego, del Ensayo sobre la Lucidez, con lo cual vino un poco de frustración porque ese libro aún no lo ha leído. Atenta, las palabras del portugués recorrían el auditorio, haciendo vericuetos acerca de cómo ellas, las palabras, cambian dependiendo el contexto. De un país o en sí, de un lugar a otro.
Al final de la conferencia, la sala poco a poco se comenzó a vaciar. Los que salieron presurosos, que tenían hambre o ganas de ir al baño, luego la mayoría, que se despegó de su asiento y salió de la burbuja literaria creada por el Nobel y tomaron sus cosas, un portafolio, una mochila, un abrigo o suéter, que aquí están muy a gusto, pero allá afuera el frío arrecia. Luego los que por alguna u otra razón se tardaron más de lo normal en salir. Por esperar a que todos salieran, por ponerse de una vez, aún dentro, lo que les protegerá del frío, los que se quedaron contestando el móvil y ahora sí ya toman sus cosas. Los que se tardaron el máximo, porque ahí está el escritor, y piensan que deberían ir a saludarlo, quizá un autógrafo, pero no, qué pena.
Ro esperó. Lo veía ensoñada, sabiéndose a unos cuantos metros de él. Traía consigo, un libro mío, bueno, de él, pero que yo compré: Memorial del Convento; ya algo gastado luego de haber sido uno de los elegidos para el viaje a Túnez, así que en él aún habrá algunas partículas del Mediterráneo africano. Fue el elegido porque es un libro que te deja triste y con un gesto esperanzador. De Amor.
Ya sólo están en el auditorio el Nobel y un señor que tuvo que ver con la conferencia, con el cual platica. Ro se acerca, tímida, con una sonrisa nerviosa y de emoción y adrenalina. El señor de poco más de ochenta años no lo parece. Está ahí tan lúcido como siempre. En algún lugar de por aquí andará Pilar. Pero ahora no, ahora sólo están ellos. Ro se acerca, interrumpe la conversación y la atención de los dos hombres se centra en ella. Con voz aguda, dulce, ofrece una disculpa dirigiéndose al escritor. Le pide si puede darle un autógrafo. Es para mi novio, que también quiere ser escritor, dice. El aludido acepta y toma una pluma, abre la tercera página de Memorial del Covento, ahí donde dice su nombre en la parte más alta de la página y u poco más abajo, el título. Y escribe: A Jorge, cordialmente. Abajo firma: José Saramago. El último renglón: 10.XI.2004.
Al despedirse, luego del agradecimiento, Saramago tomó las mejillas de Ro entre sus manos, la acercó y besó su frente. Un gesto amable y emotivo hacia Ro, porque se dio cuenta él del rubor, la inocencia, valentía y del gran ser humano que es ella. Un beso Nobel, que corona su rostro, para recordarnos de alzar la voz a lo injusto, de no dejar de leer y cuestionarnos, de no dejar de perseguir ser mejores y luchar por una mejor sociedad.
Ro regresó corriendo a Noblejas, a mis cursos. Llegó un poco tarde, emocionada, ya cuando llegamos al metro lo sabía todo y tampoco yo cabía de la emoción.
El beso, el autógrafo, el beso...

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25 Jun 2010

AINDA AGORA É MANHA - JOSÉ SARAMAGO

Escrito por: cronopioslamm el 25 Jun 2010 - URL Permanente

Ainda agora é manha, e já os ventos

Adormecem no céu. Pouco a pouco,
A névoa antiga e baça se levanta.
Ruivamente, o sol abre uma estrada
Na prata nublada destas águas.
É manha, meu amor, a noite foge,
E no mel dos teus olhos escurece
O amargo das sombras e das mágoas.
TODAVÍA AHORA ES LA MAÑANA
Todavía ahora es la mañana, y ya los vientos
Sosiegan en el cielo. Poco a poco,
La niebla antigua y densa se levanta.
Rubicundo, el sol abre un camino
En la plata nublada de estas aguas.
Es la mañana, amor mío, la noche huye,
Y en la miel de tus ojos oscurece
Lo amargo de las sombras y de las penas.
Traducción de Ángel Campos Pámpano

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25 Ene 2008

A Laranjinha, cordialmente

Escrito por: cronopioslamm el 25 Ene 2008 - URL Permanente

10 de noviembre de 2004

¡Por fin lo tengo! Mi novia me consiguió un autógrafo de José al finalizar su conferencia en la Biblioteca Nacional, en Madrid. Me firmó su Memorial del Convento, “a Laranjinha, cordialmente”. Para explicarme, usando uno de los mayores lugares comunes que hay: no lo puedo creer.

11 de noviembre de 2004

Abro el libro varias veces y confirmo, el autógrafo sigue ahí: “a Laranjinha, cordialmente”

3 de diciembre de 2004

Mañana nos vamos de excursión a Lisboa, la casa se va a quedar sola, mas me vale esconder muy bien el libro, que se lleven el radio, los discos, libros, nuestra ropa, comida, mi pasaporte…pero el autógrafo, ése, es mío. (Qué tal que el ladrón se llama Laranja? Mejor ni pensarlo) Listo, esquina más recóndita del armario, bajo una gabardina, atrás de unos zapatos. (Ya dejé unos euros como señuelo un poco más a la vista).

6 de diciembre de 2004

¡Coño! A buena hora me tenía que enfermar, ni modo, todo pasa por algo, ya estoy de regreso en Madrid, así vuelvo a estar más cerca de mi libro “a Laranjinha, cordialmente”.

21 de diciembre de 2004

Excursión a París, ¿y si me llevo el libro? Demasiado arriesgado ¿qué tal que se moja, se incendia, se desintegra o simplemente decide irse con algún Orange parisino?, no, mejor lo dejo (armario, gabardina, zapatos, confiaré en ustedes de nuevo)

28 de diciembre de 2004

El libro está sano y salvo… el autógrafo también! “a Laranjinha, cordialmente”

4 de enero de 2005

No puedes pasar al avión con esa maleta chaval, Pero tengo que llevarla, si le pasa algo al autógrafo usted no se va a hacer responsable, no va a ir a Lanzarote a pedirle el autógrafo a José, De quién es el autógrafo, De Saramago, De quién, Usted no lee mucho verdad, No puedes pasar esa maleta, tendrá que irse con el resto del equipaje, el libro estará seguro, No, el libro se va en mi mano

5 de enero de 2005

Ya puse el autógrafo junto a mis demás libros, los que más me gustan “a Laranjinha, cordialmente”

6 de marzo de 2005

Cumpleaños de mi novia, me peleé con ella, fuimos a un antro con amigos y no me dejó llevar el libro para que nos acompañara en el festejo, Quieres llevar el libro, estás loco, Pero anda, sería como tener a José ahí, anduve malhumorado toda la fiesta

2 de junio de 2005

Venganza: MI cumpleaños, MI fiesta, MIS invitados. Obviamente un lugar de honor lo ocupó el libro “a Laranjinha, cordialmente”.

22 de julio de 2005

Hace mucho que no veía el autógrafo, hoy lo abrí, y lloré de la emoción (“a Laranjinha, cordialmente”), lo voy a tener que pasar (otro día) a un lugar más secundario, me estoy encariñando demasiado…

4 de octubre de 2005

¡No! ¡El libro se está doblando!!!... Está bien, ahora sí lo cambio de lugar, entre dos libros gordos y enormes, para que lo aplanen. Mmm, bien, el autógrafo sigue ahí “a Laranjinha, cordialmente”.

10 de noviembre de 2005

Primer aniversario del autógrafo!, lo festejé durante todo el día leyéndolo una y otra vez “A Laranjinha, cordialmente”, “A Laranjinha, cordialmente”, “A Laranjinha, cordialmente”…

17 de enero de 2006

Debería empezar a pensar cómo resguardar el autógrafo, podría poner el libro abierto en una caja de cristal térmica con la luz adecuada, como en los museos, o arrancar la hoja y enmarcarla, y ponerlo en una caja de cristal térmica con la luz adecuada, ¡como en los museos!

19 de abril de 2006

Carajo, quiero volver a leer el libro, pero no me atrevo, no mientras el autógrafo esté ahí. Tendré que comprarme otro.

25 de julio de 2006

El Miedo. Mi madre les dijo a las muchachas que ordenan la casa que limpiaran las repisas donde están mis libros, los movieron, no acabaron y no encuentro el libro. Como esto continúe así otro día, me mato.

26 de julio de 2006

Me he atrincherado en mi cuarto, o se encuentra el libro, o yo continúo con mi huelga de hambre por tiempo indefinido.

28 de julio de 2006

Mi novia llegó de la playa donde estaba visitando a su padre. Ha regresado bajo las súplicas de mi madre. Me exige que salga, pero no, si me quiere, me querrá más flaco, pero con libro.

29 de julio de 2006

Tengo hambre

30 de julio de 2006

¡Apareció el libro!, estaba aquí en mi cuarto. ¿Cómo querían que lo viera poniéndolo hasta atrás? (“a Laranjinha, cordialmente”)

7 de octubre de 2006

Hace mucho que no veo al autógrafo, ¿seguirá ahí?, no me atrevo a abrir el libro, ¿qué tal que ya no está?

10 de noviembre de 2006

¡Segundo aniversario del autógrafo! “a Laranjinha, cordialmente”, “a Laranjinha, cordialmente”, “a Laranjinha, cordialmente”…

4 de diciembre de 2006

Me gradué de la universidad, obviamente el primero en enterarse fue el autógrafo, hasta me dieron ganas de hablarle a José para contarle (pero no tengo su teléfono)

11 de febrero de 2007

Si abro el libro, puede ser inundado por el polvo y poco a poco desaparecer, quiero verlo, pero no me atrevo, no me atrevo!

19 de mayo de 2007

Estoy empezando a imitar el autógrafo con mi propia letra, así ya no tendré que abrirlo y quedará resguardado por los siglos de los siglos.

“A Laranjinha, cordialmente”, “A Laranjinha, cordialmente”, “A Laranjinha, cordialmente”…

2 de julio de 2007

Mi novia terminó conmigo, me dijo: O yo, o el libro, Pero si todos podemos ser felices… ¡como una familia!

20 de septiembre de 2007

El libro me habla, me da ideas, guía mis actos, hace que escriba sobre él, y lo que es peor, que lo enseñe a más gente (lo que escribo, no el libro, que ese no sale, se vaya a contaminar)

18 de octubre de 2007

Me he comprado otro Memorial del Convento, sin autógrafo. El libro no me habla, está celoso, Pero es que no puedo leerte, entiéndeme, es por tu bien lo hago para protegerte ¡no eres tú, soy yo!

15 de enero de 2008

El autógrafo y yo hemos terminado.

Lo mandé al estudio.

22 de octubre de 2008

He salido ya con otros libros, algunos buenos, otros aburridos.

Pero sigo de vez en cuando pensando en el Memorial.

2 de abril de 2009

Hoy, despacio y sin hacer ruido, me acerqué a mi libro, sonreí: ¡tantas cosas vividas juntos! Recuerdo a José y leo su dedicatoria una y otra vez:

“A Laranjinha, cordialmente”, “A Laranjinha, cordialmente”, “A Laranjinha, cordialmente”

Laranjinha

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10 Jul 2007

El Evangelio Según Jesucristo

Escrito por: cronopioslamm el 10 Jul 2007 - URL Permanente

La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre” escuchó Jesús de uno de los sacerdotes del templo. José, su padre terrestre, no dio aviso a los habitantes de Belén sobre las intenciones infanticidas de Herodes. Huyó del poblado, refugiándose en una cueva con María y Jesús recién nacido, mientras veinticinco niños eran asesinados. José pudo evitarlo. Sería la culpa su cruz que tendría que cargar hasta ser efectivamente crucificado, al ser confundido como un integrante de un grupo de rebeldes subversivos.

La culpa.

Jesús tendría el mismo destino. Sostener el peso de su cruz de culpabilidad, soportar el error del padre e intentar expiarlo sin conseguirlo; llevar a cuestas esa vida que obtuvo a cambio de la muerte de niños y sufrimiento de madres, hasta cumplir su destino histórico en el Gólgota.

José Saramago vive desde hace 15 años en la isla española de Lanzarote. En 1991, publicó El Evangelio Según Jesucristo, que, en palabras del entonces Secretario de Estado Adjunto de Cultura de Portugal, Sousa Lara, era un libro blasfemo; y decidió vetarlo de la lista de novelas portuguesas candidatas al Premio Europeo Literario. Saramago, en vista de la censura sufrida en su país, abandonó Lisboa asentándose en aquella isla integrante de Las Canarias.

Su libro provocó que muchas voces conservadoras se alzaran y le recriminaran su libre interpretación de los Evangelios. Al autor pareció importarle poco. Y al contrario, cada reproche que recibía, parecía darle la razón sobre la intolerancia humana, tema tan tratado en sus novelas, tan nuestro de cada día.

El Evangelio Según Jesucristo tuvo el problema de ser tomado literalmente por las mentes cuya fe es frágil. No soportaban leer retratado a un Jesús más humano que divino. Y creo que en ello radica la importancia de la obra.

Jesús nace como todos nosotros; no es la ayuda divina quien logra la concepción, sino una madrugada de sexo entre José y María lo que logra el milagro. Ella da a luz en las afueras de Belén en una cueva, y el padre da luz a la culpa. Así que junto con Jesús nació la cruz que llevaría hasta sus 33 años, cuando muere. La llevaría en su infancia al cuidado de su madre, al ser el mayor de sus hermanos; la llevaría cuando ve a su padre crucificado por un error humano o un castigo divino, como quiera verse; al entrar en la pubertad y derrotar en una discusión ideológico-filosófica a los sacerdotes del templo; al tener por mentor en su juventud al Diablo; al conocer a María Magdalena y hacerse su pareja; al reclutar 12 seguidores; al escuchar de Dios y de Lucifer, que decidieron de mutuo acuerdo mandarlo a la tierra como no más que un instrumento para crear la mayor religión del futuro, pero que para ello tendría que predicar, compartir enseñanzas y morir.

La imagen contrasta completamente con nuestras ideas preconcebidas de Jesús; pero no es difícil entender a este hombre con tintes divinos. Nos lo imaginamos con dudas, con miedos, recriminando a Dios su lugar y función en la historia de la humanidad. ¿Por qué se ha puesto sobre los hombros de una sola persona la carga de todos los pecados cometidos? ¿Por qué Él tiene que llevar todo ese peso, el de Dios y Lucifer, el de la humanidad, el de su padre, el de Él mismo?

La idea e importancia de la obra radica en transmitirnos que lo trascendental no es si Jesús era un hombre común o el Hijo de Dios, creo que aquí lo importante es reconocer su mensaje: amarse los unos a los otros como Él nos ha amado. Si cumpliéramos cabalmente en todos los ámbitos de nuestra vida esto, ¿no viviríamos en una mejor sociedad?

La novela nos da la idea de un Jesús utilizado e incomprendido, y considero que el autor implícitamente lo traslada a nuestros días, por Iglesias que lo usan como foco de poder olvidando y tergiversando sus palabras a conveniencia suya, alejándose cada vez más de sus mensajes y enseñanzas.

La Iglesia Católica portuguesa se quedó con las ganas de excomulgarlo; lástima, Saramago es un ateo declarado.

Laranjinha


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Sobre este blog

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Cronopios!

Somos cuatro estudiantes de la carrera "Literatura y creación literaria", impartida en la cultural Casa Lamm. Nos esforzamos en nuestros textos, no sólo con la esperanza de convertirnos en escritores, sino porque las palabras significan una pasión para nosotros.
Esperamos que les guste lo que lean aquí. Los comentarios siempre serán bien recibidos (mientras no le falten al respeto a nadie).
Hemos decidido publicar bajo seudónimo para poder participar en concursos de literatura sin tener problemas por la difusión virtual de los mismos.

Saludos!

Acuarela, Laranjinha, St. Patrick y Hada Urbana.

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