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24 Feb 2008

Nada

Escrito por: cronopioslamm el 24 Feb 2008 - URL Permanente

los mejores mueren a menudo por su propia mano

sólo por alejarse,

y aquellos que quedan atrás

nunca pueden entender cabalmente

por qué alguien

desearía

alejarse

de

ellos

Charles Bukowski


No había sido un buen día. La tétrica rutina de la jornada laboral puede resultar agobiante para la mayoría, sobre todo si limita y extirpa la espontaneidad, sacrificando impulsos para dejarlos atrapados en un mundo de costumbres que no acepta la individualidad y pretende uniformarlo todo: que busca que la gente lea y escuche las mismas cosas, recurra a las mismas diversiones, posea los mismos temores y objetos de esperanza; y tenga las mismas aspiraciones vacías que la idea del “progreso” ha inculcado en la mente obtusa de las masas.

Inmerso en una monotonía deprimente, Fernando caminaba por la avenida cuando decidió depositar algunos tragos en su estómago: una necesidad del alma. Entró en el primer bar que halló y se sentó en un rincón para beber con presteza; deseaba sentir el calor del whisky recorrer su cuerpo, tal como una inyección de heroína que va directo al torrente sanguíneo. Mientras apuraba su tercer trago, miraba a los demás bebedores de la noche. Al extremo opuesto, una pareja de hombres parecía apartarse de todo lo que les rodeaba: Seguramente son homosexuales, dijo estas palabras con desprecio, en una voz apenas audible, casi un susurro.

Soltó una carcajada. Se burló de un imbécil que le recordaba a sí mismo: le parecía patético. Había cierta gracia en ello; a unas cuantas mesas a su izquierda se encontraba el sujeto en cuestión: un tipo con facha de oficinista mediocre que contemplaba su vaso con una expresión de mártir, prácticamente resignado a su destino. Todos en aquel bar parecían ser muy distintos, pero tenían más en común de lo que ellos mismos pudieran admitir: eran patéticos y uniformes. La similitud que los unía era un mal chiste; estar ahí, encontrarse en ese lugar para tratar de liberar sus penas con bebidas embriagantes y otros estupefacientes; dañar el hígado para sanar un corazón, esnifar para no dormir, pretender engañar a la memoria por algunas horas, aunque más tarde tuvieran que despertar con un fuerte dolor de cabeza y la seguridad de no haber hallado solución alguna para sus aflicciones.

En medio de tanta risa burlona, Laura acudió de golpe a su mente, desgraciándole el rostro con la llegada de su recuerdo. Malhumorado, le preguntó al vaso de whisky por qué nadie era capaz de amarlo o siquiera de prodigarle caricias como a un perro callejero. Al no obtener respuesta consumió la bebida de inmediato, experimentando una vez más una escocedura que aliviába por instantes su dolor.

Después del décimo vaso, los tristes acontecimientos de los meses recientes tocaron a su puerta, trayendo de vuelta una pesadumbre que recorrió su memoria como una espiral; desde el creciente desprecio hacia esa mujer hasta los momentos en que la dejaba dormida ahí, en una cama que le era tan ajena como ese cuerpo carente de significados. Fernando no alcanzaba a comprender por qué ambos se encontraban en esa situación agonizante. Hacía tan poco tiempo que las promesas de amor, los sueños y las sonrisas de sus rostros ocupaban los espacios que ahora se encontraban vacíos. No supo qué responderse. ¿Acaso el único culpable era él? ¿O el tiempo y las acciones se conjugaron para desmantelar aquella estructura que él llamaba "amor"? Tal vez se trataba de un complot llevado a cabo por fuerzas misteriosas y lejanas a su comprensión.

Estuvo alrededor de tres horas sumido en estas cavilaciones, con los ojos a punto de desbordarse, mirando algún punto en el abismo insondable de su bebida. Se levantó para salir de aquel lugar, encontrando una madrugada fría que le arrojó a la cara un aire enrarecido con olor a monóxido. Aunque fuera un error, necesitaba visitar el apartamento en busca de algunos pasos perdidos, de aromas sepultados por el polvo y de ese olor a viejo, encerrado entre cuatro paredes. Caminó varios minutos entre callejones –o atajos, según su intoxicado juicio– sintiendo una desorientación al borde de la paranoia, hasta que tomó un respiro y aclaró sus ideas: Allá está su edificio... como a unas diez calles, pensó para sus adentros, cansado y con el rostro pálido, quizá como resultado de toda la ingesta de alcohol, o tal vez por la mortificante sensación que le provocaba el sólo pensar en ella, en encontrarla ahí, siempre inquisidora e injusta, con displicencia, molesta con todo lo que él hacía o dejaba de hacer.

Luego de recorrer con pasos lánguidos esas diez calles, Fernando se encontró frente a frente con la puerta de Laura. Atolondrado y titubeante, se detuvo por una eternidad que duró unos cuantos parpadeos, incapaz de poder entrar en el departamento. El instante se prolongó durante muchos parpadeos más hasta que, luego de derrotarse a sí mismo en un debate mental que jamás podría ser explicado de una manera lógica, emprendió la acción. Se dispuso a entrar, oyó el lento chirrido metálico de la cerradura, pero no todo marchaba bien. Se podían percibir las señales ominosas: las luces encendidas y el equipo de sonido tocando los Caprichos de Paganini a tan altas horas de la madrugada eran síntoma de que algo andaba mal. Recorrió todas las habitaciones ebrio y encolerizado, pero sobre todo confundido. La frustración parecía adueñarse de sus lágrimas; al llegar a la habitación que él y Laura compartían, la encontró vacía... una cama intacta y todo en perfecto orden. Salvo por la música y las luces, la desolación reinaba en aquel piso. ¿En dónde podría estar? La llamó en voz alta sin recibir respuesta, cuando llegó hasta sus oídos un sonido de agua corriendo. Se encontraba en el baño, no había duda, probablemente tomando una ducha. Caminó hasta el cuarto de baño y, tal como lo supuso, el foco encendido y la luz que escapaba por debajo de la puerta le dijeron que ella estaba ahí. Abrió la puerta confirmando sus sospechas al encontrarse con Laura y su cuerpo exangüe sumergido en la tina.

El agua se desbordaba por los costados, teñida de un rojo intenso. Fernando dio algunos pasos para observar el rostro contraído, sin expresión alguna de dolor. Sus muñecas presentaban cortes perfectos. Tocó los brazos para sentir la piel gélida. Algo se rompió en su mundo interior; tal como Laura, ahora él tampoco sentía dolor o temor alguno: parecía encontrarse más allá de las fronteras materiales. Acerco su mentón a la frente de Laura y acarició los cabellos húmedos, aproximó sus labios a la boca matizada de un color azulado, le arrancó un último beso y se dio media vuelta, rehaciendo el camino hacia su habitación. Miró de nuevo la cama vacía, atrapado por una serie de recuerdos que se agolparon de forma estrepitosa en su cabeza, atropellándolo. Ésa era la cama donde la había amado, el sitio donde tantas noches fue arrojado a la oscuridad, donde se entregó de lleno al salvajismo de su pasión, teniendo entre sus brazos aquella mentira que significaba todo en su vida... ¿Y qué tenía ahora? Nada… Nada, dijo para sí mismo... y sí, quizá para ella también.

Era inevitable fantasear con ello; le parecía curioso y un tanto mórbido el pensarlo, pero la idea le acechaba sin parar: parecía que ella estuvo condenada al olvido desde siempre, desde el primer hola...

Fernando sabía perfectamente que con el olvido la vida se termina de forma definitiva, y que con esto se hallaba completamente solo una vez más. Esbozando una sonrisa, se arrojó a la cama que le tuviera tan concentrado momentos antes, postró su cabeza en la almohada y contempló el techo. Un extraño calor no relacionado con el alcohol se apoderó de su ser. Cerró los ojos lentamente, y una frase murió sin ser formada...

–Me alegra que hayas muerto.


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20 Ene 2008

Rembrandt

Escrito por: cronopioslamm el 20 Ene 2008 - URL Permanente

Siguiendo con las malas repeticiones de mi vida, la otra tarde volví a visitar La montaña de piedra imán; una librería en donde esperaba encontrar el Paraíso Perdido de John Milton. De momento no pude evitar compadecerme por mi persona. La librería había obtenido su nombre por un texto de Scheherazada en sus 1001 Noches, descubrimiento que hasta hacía muy poco ignoraba, y que había logrado sumar a mi lista interminable de conocimientos inútiles gracias a una conversación casual con unos amigos. Pensando en mi propia historia y en la forma en que ella y yo nos habíamos conocido, durante años pensé que el nombre de la librería, de algún modo curioso, hacía honor a las propiedades magnéticas de un imán, y no a un cuento de origen persa.

Luego de reflexionar de manera absurda en torno a esa cuestión, me dispuse a mirar unos libros de John Stewart Mill en un aparador, cuando inesperadamente escuché su voz. Era ella. Al principio no pude ubicarla con exactitud y definir a quién pertenecía, pensé que era una confusión, pero de todas formas me decidí a echar un vistazo. Era Milenka. Hablaba por teléfono acalorádamente, podía notarse un dejo de molestia en sus palabras y eso me hizo sonreír un poco. No pensé en acercarme a saludarla, hacía más de siete años que no la veía y con seguridad apenas y podría recordarme; aunque yo no había sido capaz de olvidarla. Siempre reía cuando le aseguraba que ella era una persona imposible de olvidar; sus palabras siempre terminaban irritándome, pero nunca por mucho tiempo. Ella era la única persona que podía controlarme así: bastaba sólo una sonrisa suya para sepultar todo lo malo que pudiera haberme hecho. En aquellos días la amaba intensamente; pero a decir verdad eso no ha cambiado mucho desde la última vez que estuvimos juntos.



La miré iniciar su caminata y un impulso extraño me llevó a seguirla; aún conservaba esa soltura en los pasos, tanta seguridad impresa en sus movimientos me maravillaban, tan ajena a este mundo, tan indiferente. Hace diez años que nos conocimos y nunca podré olvidar ese momento. Fue una tarde de septiembre en que visité por primera vez La montaña de piedra imán. Por curiosidad contemplé un tomo de Hobbes: Leviatán, cuando de pronto, alguien me preguntó si me interesaba la filosofía. Aparté la vista del libro para encontrarme con los ojos del azul más profundo que había visto en mi vida, y para contemplar un largo y hermoso cabello que caía en capas sobre su rostro. Me miraba con una fijeza muy extraña, y yo apenas alcancé a responder que sí, que sí me sentía interés por la filosofía, pero no sobremanera. Soltó su primer carcajada, tan espontánea y convulsionando todo su cuerpo. Tienes una risa muy chusca le dije cuando nos conocimos mejor. Me tendió la mano y me dijo su nombre, tan fuera de tono como todo lo que ella era o hacía. Después de ese encuentro me ví envuelto con la persona que más influencia haya ejercido en mi vida; me marcó, me dejó errado como un animal. Nunca me había interesado así por ninguna mujer; la mayoría de ellas no me producían gran emoción; las veía como seres caprichosos que pretendían manipularte, y hasta ese día había preferido llevar el control de las emociones ajenas, sea esto, manipular a otros. El hastío que me producía el ritual del enamoramiento, toda esa parafernalia de cortejos y salidas, de clics insatisfechos eran algo que me causaba repulsión. Pero Milenka me rompió muchos esquemas. Me llevó a decir cosas que había olvidado o que me negaba a decir. Siempre tuvo una avidez por conocer mi pasado, aunque al mismo tiempo mantuviera gran reserva acerca de sí misma. Hoy no recuerdo con precisión por qué nos separamos… no, es mentira, sí lo recuerdo pero todavía me es difícil aceptarlo. Lentamente, cada día fuí desgastándola, a pesar de que siempre supe cuanto amaba su libertad y cuanto despreciaba los compromisos. No podía evitarlo, necesitaba saber que ella estaba conmigo; fue el gran amor de mi vida y la peor de todas las mujeres. También fue la mejor. Me entendía. Hizo todo cuanto pudo por salvarnos, y yo también. Pero nunca conseguimos eliminar esa cosa masculina. Bastaba con que ella mostrara atención a otro hombre para que yo me pusiera malo de rabia. Se me notaba en la cara y en la voz. A ella le parecía demasiada falsedad el no atenderles aunque estuviesra yo presente. Su honradez y su sinceridad me hacían despreciarla, mas nunca conseguí alejarme… lo intenté muchas veces, engañarme y engañar al corazón. Pero con Milenka eso no era posible me conocía mejor que yo mismo; siempre estaba un paso adelante.

Después de salir de la librería, todavía vociferando en el teléfono, Milenka se detuvo y tomó asiento en un café al aire libre. Me senté también, alejado de ella y a sus espaldas. Aun así conseguí escuchar lo que solicitaba al mesero: un café express. Ordené una gaseosa mientras la miraba encender un cigarrillo. El humo deformaba su imagen cuando de pronto apareció un tipo que se sentó en su mesa. Se besaron y de inmediato entendí la relación; el sujeto tenías rasgos árabes, algo que para ella era irresistible. Recuerdo bien aquella cena; después de una discusión acerca del mejor lugar para tener sexo, terminó llevándome a un restaurante de comida italiana. Nos atendió presto un mesero con tipo de árabe, y tras ordenar, comenté qué menuda era la combinación: un árabe sirviendo comida italiana. Me pidió dejar esa actitud pueril. Durante toda la cena ellos se dirigieron miradas, parecían ignorar que yo me encontraba ahí. Cuando nos llevaron la cuenta, mantuvo un momento en sus manos la mano del chico. No dije absolutamente nada, y después de pagar salí de aquel sitio. Me alcanzó presurosa para abrazarme por la espalda y preguntame: ¿Me amas? Fue con tanta gracia y naturalidad, que me olvidé por completo de lo ocurrido momentos atrás. Ahí mismo le pedí que viviera conmigo. Al día siguiente nos encontrábamos en la búsqueda de aquel apartamento que le agradara lo suficiente. Visitamos más de veinte durante la siguiente semana, hasta que encontramos uno con balcón. En cuanto lo vió, exclamó emocionada que no necesitabamos más, que era el lugar perfecto. Obviamente se debía al balcón, pero hizo otro de sus comentarios raros de toque mordaz: Es por el balcón, cariño... quizás algún día te canses de mí y deseés arrojarte por él.

Milenka terminó su cigarro, y de forma enconada comenzó a discutir con el tipo que la acompañaba en el café; no me sentí sorprendido, de hecho me parecía extraña tanta armonía; era demasiada la perfección considerando que ella adoraba discutir, enzarzarse en buenos combates verbales. Era algo que yo también adoraba a mi modo, pero que de manera palutina fue abriendo un abismo entre los dos. Pedía que se le amara tal como era, con todas sus contradictorias actitudes y carácter dominante; pretendía ser mi dueña sin atarse, siendo libre de cualquier yugo que la uniera a mí. Tras una riña, le pregunté la razón de su carácter tan incongruente, pero selló el debate con una frase aplastante: Lo que se contradice no siempre es mentira, sólo es más complicado. No hubo más. Siempre fuí débil para con ella, llevaba el control de nuestra relación, aunque ilusamente yo tratara de dejar en claro que eso no era así. Ella, a sabiendas del poder que poseía sobre mí, no me negaba ese pequeño aliento a mi ego. Pero ambos sabíamos cuál era la realidad. En algún otro momento dijo que amar era una declaración abierta de debilidad, y que por eso ella nunca amaría profundamente. En más de una ocasión le confesé que la amaba, pero me sorprendió al decir que lo sabía, que lo supo desde la tarde en que nos besamos por primera vez. Una noche nos fuimos a la cama, pero por la madrugada desperté y me senté en un sillón que había dentro de nuestra habitación. La contemplé mientras dormía. Cuando amaneció, se incorporó sobre su almohada para preguntarme qué hacía yo ahí, observando, a lo que contesté: Mirando tu único momento de debilidad.

Pensándolo bien, no fue el imán de la librería lo que me atrajo a ese lugar hace tantos años, no… fue ella, fue la propia Milenka quien me llamó, invadiendo mis pulmones con el sabor de la eternidad; la eternidad del amor, que por supuesto, es muy breve y dolorosa.

Luego de la discutir con el árabe, Milenka olvidó que eran amantes y lo golpeó con una sonora bofetada, dejándolo plantado en el asiento, alejándose de él y del lugar, sin darle mayores explicaciones. Desde mi prudente distancia, pude ver al tipo confundido, sin saber cómo reaccionar con respecto a ella; si optar por seguirla o mejor quedarse ahí, sentado y sin hacer nada. Sin duda este sujeto conocía el carácter explosivo de Milenka, pensamiento que me llevó a recordar aquel día en que se fue de mi lado. Una tarde regresé a nuestro apartamento para encontrarme con una nota. Escribió que dejaba la copia de sus llaves y también me pedía que alimentara a nuestro gato. Ni una sola frase de despedida o motivos de su partida. Yo los conocía bien. No tuve necesidad de buscar en los cajones, porque estaba seguro de que no había dejado rastro de su presencia, todo lo que me quedaba era su aroma flotando en el ambiente y un apartamento lleno de recuerdos. Busqué en nuestro armario y encontré una botella de whisky. Desde que estábamos juntos había dejado de beber con la frecuencia de antaño, pero las reglas cambiaron en el instante en que se marchó sin decir adiós, así que decidí castigar a mi hígado una vez más. Me senté durante un momento en la cama para beber directo de la botella, cuando Rembrandt brincó sobre la mesa; olisqueaba el aire, creo que también se había dado cuenta de que ella se había marchado, que no regresaría, y que lo único que nos quedaba era el perfume de su piel. Traté de acariciar al maldito gato, pero éste se escapó rápidamente y apenas conseguí rozar su pelaje negro. Pensé: “Eres igual que tu dueña”. La soledad sacudió las cuatro paredes de mi habitación, y el eco me devolvió la fuerza de su silencio.

Aún cuestionándome qué clase de cosa pudo haber hecho el tipo árabe para enfadar tanto Milenka, pagué la cuenta de mi soda y me levanté de mi asiento para regresar a las calles. Durante mi caminata volví para ambos lados, pero no pude ver a Milenka por ninguna parte; sin duda abordaría un taxi o tal vez iba por ahí caminando, riéndose por haber dejado a su compañero como un idiota en aquel café. Metí la mano a mi bolsillo y saqué un cigarro, otro hábito nefasto que Milenka me había dejado con su influencia. Intenté encenderlo, pero caí en cuenta de que había olvidado mi encendedor en la mesa del café. Al no sentir deseos de regresar, arrojé el cigarro a un charco de agua formado en la acera. Alcancé a ver como el cigarró formaba ondas en él, y también sonreí por eso. Lo sé, había sido un día con demasiadas sonrisas. Todavía inmerso en los círculos concéntricos de agua alrededor del cigarro, me ví distraído por el pasó de un auto a gran velocidad. Arrancado de mi nube de contemplación, alcancé a ver al conductor: era ella. El semáforo anunció un alto inminente, y fue entonces cuando Milenka y yo cruzamos miradas después de tantos años. Ella alcanzo a esbozar una sonrisa con exquisita ligereza. Me miró detenidamente, sin apartar su dulce rostro del encuentro. En segundos pasó por mi mente todo lo que viví a su lado, desde la felicidad, hasta los dolorosos momentos que con brutalidad me proporcionó. Pude ver sus fulgurantes ojos azules con fijeza, perdiéndome en el insondable abismo de su cruel belleza. El tiempo se detuvo, y no me quedó más opción que transportarme a aquella noche en que, después del amor, la abracé por la espalda cuando ella hizo la pregunta irrevocable: ¿Cuánto tiempo crees que podrás amarme? a lo que yo respondí: Toda la vida.

St. Patrick

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30 Dic 2007

El castillo de la consciencia

Escrito por: cronopioslamm el 30 Dic 2007 - URL Permanente

A la puerta de mi castillo se encontraba un visitante, lo invité a pasar y comenzamos el recorrido. Primero lo llevé a descubrir las posibilidades en las habitaciones. La cara de mi visitante era indefinida, pero eso parecía no importarle en lo absoluto.

Luego de subir 33 escalones, llegamos finalmente a mi habitación. Con detenimiento miró los posters de superhéroes pegados en mi pared, la grabadora desconectada, el closet plagado de ropa que nunca uso, un par de cajas repletas de cosas, mis katanas, mis calzones sucios tirados en el suelo, y el buró junto a la cabecera de mi cama. El visitante, todavía sin un rostro que pudiera detallar, se detuvo un instante frente al buró, y tomó con su mano izquierda un lápiz labial de color rosa.

Sentí calor propagarse por mis mejillas, y con presteza me acerqué al visitante para tomar el objeto entre sus dedos, intentando no ser demasiado tosco o grosero. Apenado, arrojé el lápiz labial a la basura, asegurándole al extraño que ese objeto no era mío: era de ella, de Clara. ¿Y quién demonios era Clara? Hasta ese momento lo había olvidado casi por completo; hacía tantos años que no deparaba en su recuerdo, en lo que alguna vez sentí y me ató a ella. El extraño no quiso saber más al respecto y salió de mi habitación, dejándome por un momento ahí, contemplando con fijeza el lápiz labial en el basurero. Entre las comisuras de mis labios murmuré algo inentendible y sonreí. Recordé su boca, humectada y dulzarrona, ensombrecida únicamente por aquel despreciable olor: el olor que entraba por debajo de su puerta.

Clara vivía en una colonia pobre, cerca de un río llamado “El río de los remedios”, lugar donde solían tirarse deshechos de todo tipo, desde basura industrial, hasta cadaveres de las víctimas del crímen. Durante el lapso que fuimos novios, las visitas a la casa de Clara se me antojaban repugnantes y desesperanzadoras; recorrer esas calles a medio pavimentar, olisqueando esa fresca brisa de excremento, pescado y basura, provocaba mucha angustia y asco en el fondo del estómago. La naúsea natural iba y venía por momentos, dependía básicamente de la intensidad del hedor del río, que a su vez se encontraba a merced de sus caudales que podían arrastrar menor o mayor cantidad de basura, dependiendo de cuanto hubieran tirado ese día en sus aguas. Pero la angustia en mi estómago no se resolvía tan fácilmente como mis náuseas.

Una vez que entraba a casa de Clara, el ritual de los enamorados comenzaba para ambos, compartiendo caricias, sonrisas y besos… besos que involucraban intercambio de aliento. Cuando nos veíamos fuera de su casa, Clara solía hablar sin parar acerca de los cuentos que escribía, parecía una máquina de vomitar palabras, y entre más hablaba, más cordial e íntima se volvía nuestra relación. Desafortunadamente su casa era el único obstáculo para ambos. En su hogar prácticamente no hablábamos, sólo veíamos la televisión y nos besábamos en contra de mi voluntad. Alrededor de unas 5 veces por cada lapso de media hora, el olor del río de los remedios solía introducirse por debajo de la puerta, por las cerraduras, por las ventanas, por cada poro de la casa, y su hedor pronto impregnaba el lugar, mezclándose de manera asquerosa con nuestros alientos. Bajó cada beso, el cálido aliento de Clara me acariciaba la nariz, y yo sufría lo indecible cada vez que me llegaba ese olorcillo a heces fecales, leche podrida y toda suerte de combinaciones cárnicas en estado de descomposición, combinadas en la aborrecible molcajete gigante que era el llamado río de los remedios. Nunca supe como remediar aquel problema; a veces intentaba respirar por la boca para poder besarla, pero nunca obtuve resultados favorables, por el contrario, las náuseas empeoraban y la idea devolver el estómago en la boca de mi novia, o de hacerle pensar que era ella quien me daba asco, y no aquel fétido río al que ella ya se había acostumbrado, angustiaba a mi corazón, a mi estómago y a mis púlmones, haciéndome sentir miserable.

Menos contagiado por la nostalgia, la piel se me erizó al recordar esos momentos tan difíciles. Jamás me hubiera gustado terminar mi relación con ella, pero no tenía otra opción: era estar con ella y dejar de respirar por completo, o estar lejos y llenar mis pulmones con tranquilidad. Elegí lo último por encima de la conexión que aparentemente nos unía.

Después de sumergir el lápiz labial en el basurero con mi pié, corrí detrás del extraño visitante, quien ya no se encontraba más en el piso de arriba. Al bajar los 33 escalones nuevamente, lo descubrí junto a mi computadora, auscultando con detenimiento un bate de beisbol hecho de madera: El objeto en cuestión se encontraba desportillado, cosa que llamó la atención de mi visitante, y que en mí provocó una gran risa. Me causaba mucha gracia, pero si aquel sujeto pensaba que el estado tan deplorable del bate se debía a que yo fuera un gran deportista, entonces estaba sumamente equivocado; aquel bate era el objeto predilecto de mi padre a la hora de agarrarse a golpes con rufianes, y de ahí que estuviera tan desgastado. De nueva cuenta le quité el objeto de la mano y lo recargué en una pared, y sin poder evitarlo miré en uno de sus costados superiores, cerca de la punta, una pequeña mancha roja. Era pintura, pero eso no me impidió recordar la sangre de aquel día.

Cuando tenía ocho años, mi madre, mis hermanos, mi abuela y yo vivíamos en un viejo edificio abandonado. El lugar había sido dejado por todos los inquilinos, y solamente quedábamos nosotros ahí, aferrados a quedarnos; aunque la realidad era que no teníamos dinero para irnos a otro lugar, y que estábamos en pleito legal con el dueño que no veía la hora de poder corrernos. Pero en el edificio, si bien eramos los únicos inquilinos humanos, no eramos los únicos habitantes: había gatos; muchos gatos, todos ellos salvajes y espantosos como ellos solos, pero su presencia servía para ahuyentar a las ratas.

Recuerdo que la primera vez que alguien mencionó algo oficial sobre la locura no oficial de mi abuela, fue por causa de los gatos. Mi abuela solía alimentar a estos horripilantes animales, quienes usualmente proliferaban en la azotea y actuaban agresivos cuando veían a un ser humano subir por cualquier situación; ya fuera mi hermano y sus amigos llevando chicas al cuarto de la sirvienta para tener sexo con ellas, o ya fuera la sirvienta tendiendo la ropa limpia, o por qué no, también teniendo sexo con los novios que metía casi a escondidas. Todos regañaban a mi abuela por darle cobijo a esos gatos infernales, y yo pregunté por qué hacía ella eso, y mis hermanos me dijeron que lo hacía porque estaba loca. ¿Por qué estaba loca? Según ellos, porque uno de los hermanos de mi madre, un tío al que jamás tuve el gusto de conocer, se quitó la vida dándose un balazo en la cabeza, y eso la desquició. Desde mi infantil punto de vista, mi abuela no era tan loca como mis hermanos argumentaban: sí, era una mujer de carácter difícil, irritable y un poco excentrica, decía que veía ángeles y demonios y que podía hablar con las palomas del parque, pero loca como tal no me parecía. Mi abuela pudo haber estado loca, pero ella fue la primera que me hizo conocer un poco más sobre la muerte, y eso, en cierta medida, se lo agradezco. Una noche uno de los gatos fue envenenado por uno de los vecinos, y a causa del veneno y de una pelea que sostuvo contra otro gato salvaje, quedó gravemente herido en la zotehuela de mi edificio. Sus lamentos de agonía se extendieron por todo el edificio, llenando cada hueco con el espantonso estribillo de dolor que emiía. Curioso, bajé los escalones para ver al felino en sus últimos momentos, todavía inconsciente de lo que eso significaba. El olor que expelía el cuerpo del gato era intolerable y muy extraño. Alrededor suyo había sangre fresca y sangre coagulada, su cuerpo supuraba a raíz de las heridas de su pelea, y de su boca salía un pequeño hilo de vómito; pero no olía a vómito en particular, tampoco a sangre, ni mucho menos a putrefacción: el olor era intenso y cruel, y no se parecía a nada que hubiera olido antes. “Huele a muerte”, me dijo mi abuela cuando llegó y me vio observando al gato. Muerte, a eso olía mi edificio, a muerte, era un hedor cuyas propiedades olfativas no eran del todo claras para mí, salvo la particularidad de carne pudriéndose, pero que más allá de lo que decían a mi nariz, hablaban más claro a mi espíritu, llenándolo con tristeza, desesperación y un poco de miedo. Finalmente, luego de que su olor y sus quejidos inundarán todo el lugar, un amigo de mi hermano, harto de escuchar al gato agonizar, se decidió por ayudarle a bien morir. Lo recuerdo bien: Julio tomó el bate de beisbol y tras arrojarle una manta encima al animal, azotó con fuerza el bate en el cráneo del felino un par de veces, hasta que finalmente lo mató. Julio metió al animal en un bolsa de basura y se lo llevó en la cajuela de su carro, con el macabro propósito de aventárselo a alguien en la calle, quizás a uno de sus amigos.

El extraño visitante se rió. Su cara seguía sin tener forma, pero su risa era estridente y molesta. No le hice caso y lo invité a seguirme a la cocina. El visitante se sentó en la mesa y yo le puse un plato hondo, listo para servirle de comer. Me acerqué a la estufa, y en el interior de la cazuela ví la sopa de fideos burbujar con el calor, invitándome a comerla con su exquisito aroma.

“Huele a muerte” me dijo el visitante. Anque me pareció de mal gusto su comentario, no comenté nada y serví en su plato una módica cantidad de sopa mientras que en mi tazón, un poco más hondo, me serví dos veces más que a él. El aroma de la sopa me hizo salivar, después de todo es mi olor favorito. Nunca supe como hacía ella para prepararla, supongo que era algo fácil, aunque de verdad ninguna sopa me sabía o me olía como la suya. En la nariz me sabía a pollo endulzado con jitomate. Sí, era eso: jitomate, muy dulce, combinado con una especie de caldo o de consomé de pollo. El olor me hizo esbozar una leve una sonrisa, remitiéndome a una calidez tan tierna y tan viva que no sentía desde que era niño.

“Huele a muerte”, insistió el visitante, molestándome antes de probar bocado. “No es verdad” le respondí con vehemencia “la sopa de mi madre no puede oler a muerte”. Envuelto en un resplandor violaceo, el visitante se esfumó por completo, opacando el olor de la sopa de mi madre con un vomitvo hedor parecido al del gato muerto y al del río de los remedios. Indignado me levanté de la mesa y traté de huir lo más lejos posible, pero la peste me siguió sin tregua. Repleto de pánico me senté en el tercer escalón de mi castillo, y lloré amargamente, sintiendo como la peste me acorralaba el corazón. Al borde de la asfiia lo comprendí todo, y entonces el sueño terminó de forma abrupta.

Empapado en sudor dentro de la cama de mi madre, en un departamento que en nada se parecía a un castillo y sí era más semejante a una mazmorra, desperté con los ojos a punto de desbordar su liquido. Habían pasado tan sólo 3 días después de la muerte de mi madre, y desde entonces yo me negaba a aceptarlo. Mi esposa entró al cuarto, eludiendo con gran equilibrio todos los trebejos que se encontraban tirados, intentó hacerme plática, pero yo no estaba de humor. Me dijo que ella y mis hermanos ya habían empacado todo lo rescatable de sus pertenencias, y que lo demás se encontraba listo para ser tirado. Yo quise gritarle, mandarla al diablo por querer enviar las cosas de mi madre a la basura, pero fue a causa del olor que me contuve; entrando por la puerta mi niñez se coló entre las moléculas del aire, recordándome que mi madre nunca dejaría de estar conmigo, sin importar que hubiera muerto.

–Tu hermana preparó sopa de fideo para que comamos todos, ¿quieres que te sirva un plato?

–Sí, Elena… por favor. Pero que sea mucha, porque tengo mucha hambre.

Mi esposa se levantó y fue a la cocina junto a mis hermanos. La tristeza que me embargaba había desaparecido, y en su lugar una sensación de paz se introdujo por mi piel, llegando hasta mis huesos. En mi nariz ya no olía a muerte, ni tampoco olía a un amor infructifero… olía a paz: olía a la sopa de mamá.

St. Patrick

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25 Nov 2007

Ensueño

Escrito por: cronopioslamm el 25 Nov 2007 - URL Permanente

El día comenzaba a desvanecerse. La noche, con su plétora de rumores y aromas frescos, se cernía sobre mí con lentitud. Un viento viejo, perdido y desaforado, se obstinaba en empujarme. Al borde del paroxismo, la mujer del vestido blanco huye, corre a toda prisa. Sostengo el cuchillo en una mano y corro detrás de ella gritando su nombre. Agotada, se detiene en el pasto y me espera. Titubeo tan sólo un instante pero, sabiéndola acorralada, me acerco a ella, parsimonioso, pero firme. Llego y me agito. La beso. Muerde mi boca con salvajismo. Me agito. Se agita también. Corto la tela despacio, haciendo tiras de lo que fuera su vestido.

La recuesto sobre el pasto helado y percibo como su carne se eriza con el frío. La cubro con mi cuerpo contra su voluntad, intento besarla, pero ella me aparta. El desnudo metal se calienta, arde. Acaricio su piel con mis labios y ella me besa. La miro fijamente, me recuesto en sus senos y la calma nos abandona junto con los últimos jirones de tela. En su cabello y manos, olisqueo su odio. Divago cerca de su vientre, suelto el cuchillo y espero que huya; pero no lo hace, se sienta frente a mí, me dibuja con el filo de su mirada. Me acerco a ella y arranco hojas de pasto; se las arrojo. Me río y me empuja. De manera intempestiva se levanta y sale corriendo nuevamente, loca por vivir.

Cuchillo en mano la persigo, y ella, cansada de correr, se esconde detrás de un arbusto. Entusiasmado, voy a su encuentro. La tomo de los brazos y la arrojo con fuerza al suelo; le caigo encima, la envuelvo con mis labios y oigo como de su cuerpo brota todo su desprecio. Se resiste, me pega en las costillas y yo casi ni lo siento. Luchamos de nuevo, marca mi cara con las uñas, damos vueltas sobre el pasto, y al final quedo debajo de ella. Me aprisiona con sus piernas y toma mi cabeza con las manos. Me besa ávidamente, me asfixio. Pega un alarido y se ríe a carcajadas. La giro y queda boca abajo. Advierto la morbidez límpida de su espalda, apoyo sobre ella mis dientes enloquecidos, procurando no hundirlos en su carne. Vuelve el cuerpo, me saca la lengua y le sonrío.

La sorprendo con mi lengua y le hago cosquillas en el cuello, muchas cosquillas. Le confieso que la amo, y casi muerta, me bisbisea que también me ama. Todo es perfecto. Me recuesto a su lado y me canta. Miro el cuchillo a un costado mío, humedecido por la sangre de su vientre. Sus párpados lucen cada vez más pesados y se duerme; ahora soy yo quien le canta. Me digo basta, la beso en la frente y guardo sepulcral silencio. Despierta por última vez, toma mi mano ensangrentada, me maldice con una sonrisa interminable y el cielo nos cubre con sus copos grisáceos de alegría. La amo, y como una flor que se marchita, retengo su fragancia para siempre.

St. Patrick

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08 Nov 2007

Instantes de satín

Escrito por: cronopioslamm el 08 Nov 2007 - URL Permanente

La sangre que escurre por su frente inunda sus ojos. El aturdimiento le impide oir los alaridos de la ambulancia y las preces de algunas mujeres morbosas que acudían para ver el accidente.

El calor humedece sus mejillas, y una sensación desoladora baja por su espalda, escurriéndose como un témpano a través de su espina. Bruno lo siente en cada hueco entre sus músculos, en todos los huesos rotos y en las vísceras que empapan su entrepierna. Aunque no puede ver ni escuchar a los paramédicos discutir sobre su estado, el hedor de sus entrañas impregnando el asfalto le revela que pronto morirá.

Tembloroso, Bruno desea irse con una sonrisa e intenta recordar a Amanda. Incapaz de volver a verla o de escucharla, hace un último esfuerzo por trasladarse en el tiempo, recorriendo a tientas el único trayecto que podía llevarlo a ella. Sin acceder a su rostro o a su voz, puede volver a sentir, humectando su carne, el sudor del cuerpo de Amanda; el cabello enmarañado entre sus dedos, y la saliva tibia que invade su cuello y su boca. La textura de algodón de sus muslos y la fina vellosidad de Amanda se detienen sobre los labios resecos de Bruno, erizándole la piel. Sus manos se posan por un instante en su cuerpo desnudo, y su barba irrita por última vez las suaves mejillas de ella con cada roce.



Las intermitentes punzadas en sus costados y pecho se detienen. Estremecido por el dolor y el placer, el corazón de Bruno se colapsa, dejándolo exánime y con una sonrisa sin dientes en el rostro.


St. Patrick

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23 Oct 2007

Remozamiento

Escrito por: cronopioslamm el 23 Oct 2007 - URL Permanente

Por años traté de entender qué me pasaba, por qué había tanta animadversión de mi parte hacia los demás, o mejor dicho, hacia la vida. Mucho tiempo creí que haberme convertido en un esclavo de la universidad, en esclavo de mi trabajo y de las responsabilidades familiares y económicas, era lo que me había perturbado tanto. Pero sólo había dado con el primer escalón en descenso. La existencia misma, con su carga de soledad y vacío, me lo había arrebatado todo; sólo me quedaba una habitación parecida a un cementerio, cubierta de sombras, con el suelo alfombrado por una pátina de miseria y con los olores frescos de mi propia putrefacción. Perdí las ganas de sentir; de pronto dejó de importarme el deseo de realizarme como escritor y como ser humano; dejé de buscar el amor y de soñar con la posibilidad de conocer a una mujer que no me humillase a cambio de su tiempo y de sus besos. Mis días se transformaron en un disco rayado, angustioso y perenne, cuyo único escape residía en un lapso de paliativos inadmisibles, de conductas ilícitas que poco a poco iban perdiendo intensidad.

Sentía terror ante la inercia de mi tiempo, ante la escalada de mi amargura y al pensar que la vida había transmutado en una flor gris cuyos pétalos servían de tumba para cada uno de mis días y de mis anhelos echados a perder. Ante esa situación, sólo me restaba frenar el cosquilleo en mi garganta que antecedía al llanto, subyugar la pesadilla de mi largo insomnio, y darle cuerda al tiempo en espera de que algo sucediera: en espera de que algo pudiera sacarme del abismo donde me encontraba inmerso. Pero de nada servía ese placebo. Luego de ocho, nueve o más horas de sueño, al despertar, allí se encontraba mi patética realidad: la ventana cuadrada, el cielo monótonamente gris, la misma cama en el mismo cuarto, los libros semiabiertos sobre el piso, el sabor reseco de mi boca…

Sin embargo, esta mañana algo cambió. No sé qué fue con exactitud, pero fue una revelación transformadora, casi divina; aunque yo no creo en esas cosas. Decidí salir de mi cuarto oloroso a muerte, vestirme, echarme agua en la cara y salir a la calle. Lo primero que tocó mi rostro fue un rayo solar que me golpeó con gentileza, sin quemar demasiado, sólo dando calor a mis mejillas pálidas y resecas. Por un momento levanté los ojos y contemplé extasiado la enormidad que se posaba sobre mí, aun cuando ésta me hiciera sentir más pequeño que de costumbre.

El cielo azul, las nubes de nieve y el sol me hicieron sentir pleno, como nunca antes. Ignorando los bocinazos, los alaridos y a todas esas personas que desfilaban robóticamente unos atrás de los otros a causa del “progreso”, deambulé por las calles, acompañado por del ligero estribillo que entonaban las ramas de los árboles, y llevado del brazo por un viento fresco que daba una sensación de descanso a mis axilas. Me sorprendió una mañana radiante. Era extraño, pero la sola frescura del día y el torrente de luz que sudaba la oscura ciudad, habían desahogado mi corazón.

Fue tal mi estremecimiento, que por instantes caí en esas viejas ideas irrisorias y un tanto fatigosas de querer construir una casa, comprarme un apartamento o un auto. Incluso pensé en intentar un par de relaciones sentimentales, en tratar de ser funcional, de encajar… pensé en ser alguien o algo.

Confundido por una vibración extraordinaria en el vaivén de mi sangre, detuve mi caminata frente a una tienda departamental. Miré en la vitrina mi reflejo retorcido, pero no por las cicatrices de mi cara, sino por aquéllas que nadie podía ver ni sentir más que yo. Supe que había sido un tonto.

Un nubarrón se alejó impulsado por el aire y el sol volvió a acariciar mi espalda, iluminando mi rostro cuando su luz llegó hasta el cristal. La autocompasión había desaparecido. Una brisa de remozamiento se apoderó de mi espíritu, y con la sonrisa perfectamente amarilla, me sentí capaz de dominar la tristeza.

St. Patrick

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17 Oct 2007

Epítome de una lápida

Escrito por: cronopioslamm el 17 Oct 2007 - URL Permanente

Nunca supo quién era ni cómo descubrirse. Hubo quienes lo miraron como a un gran hermano, como a alguien talentoso, simpático, bueno e indispensable. Pero esas personas fueron sólo reflejos suyos, distorsionados, en el espejo de cualquier baño, en el retrovisor de algún conductor ebrio o en cualquier otra superficie cristalina donde le hablaron de sí mismo, de quién quiso o de quién pudo llegar a ser.

Hombre de pocas seguridades, conocía a la perfección sus limitaciones, otras veces se las inventaba, pero siempre estuvo consciente del lugar de donde venía y del lugar a donde iría a parar. Su intuición y las primeras impresiones que tenía sobre la gente y las circunstancias, se convirtieron en una tendencia o en una facultad mística para tomar decisiones sin titubeos. Yo lo sé todo, era su frase característica para demostrar su dominio o conocimiento sobre las cosas que le rodeaban, entre ellas, el futuro incierto. Por supuesto nunca tuvo control alguno sobre ninguna de estas cosas; potestad tuvo, pero sólo sobre sus propias decepciones.

Fanco y directo, mostraba ansiedad por expresar sus ideas y opiniones –aun cuando nadie se las pidiera– y nunca le importó oponerse al consenso y levantar con ello un poco de controversia; por el contrario, lo amaba, le fascinaba molestar a a los demás con la intención de formar en ellos una actitud crítica, aunque la posibilidad de causarles una paralisis cerebral del simple disgusto, tenía también su encanto.

Su más grande pasión fue enamorarse. El deseo enorme por conocer a la otra persona, por saber qué pensaba, qué música escuchaba, a qué olía su cabello, el perfume de sus ropas, qué libros leía, lo enloquecía por completo: lo convirtió en un adicto. Por eso fue el irreductible placer de la búsqueda y no el del hallazgo, la zozobra del error y no la suficiencia del acierto, lo que dio sentido a su vida.

Desidioso y muchas veces execrable, hablaba con decisión y vehemencia sobre cosas en las que creía, defendiéndolas siempre con obstinación, y en ocasiones con tosquedad. Se mordía las uñas y se pellizcaba la cara cuando necesitaba dar descanso en su interior a algo que nunca supo reconocer; sin embargo eso terminó por hacerle daño a sus manos, a su rostro, y dio lugar a un exterior fácil de describir, pero no de explicar.

Dormir en exceso y la ingesta de bebidas embriagantes eran dos de sus hábitos predilectos. Al término de cada noche, ya fuera que ésta incluyera una botella de brandy o no, su corazón de alcohol requería siempre de 14 horas de sueño; necesitaba ahogarse en las oscuras de la almohada para restaurar su desangrado espíritu.

A veces parlanchín, a veces mudo, además de beber y dormir, la lectura de comics, la comida en abundancia, y las películas –en especial las de terror–, formaban parte del menú para sobrellevar su existencia. Le gustaba la cerveza, las palomitas de caramelo, el sushi, la coca cola, los tacos, el jamón serrano, las películas cargadas de violencia y los superhéroes. También le gustaba rasurarse las axilas.

Perpetuamente compulsivo, se obsesionaba con regularidad, y una vez que una idea aterrizaba en su mente, buscaba realizarla, sin importar cuán insípido o estúpido pudiera ser esto, y sin importar lo arduo que tuviera que trabajar para alcanzarlo.

Orgulloso exclamaba: Soy una mentira que siempre dice la verdad y otras veces, mortificado y buscando aprobación, manifestaba ser una contradicción viviente, pero argumentando que no todo lo que se contradecía era mentira, sino que simplemente era un poco más complicado.

Parecía nunca tener tiempo suficiente para hacer todo lo que quería, y por ello hizo y obtuvo muy poco. Cometió graves errores, entre ellos actuar de manera soberbia por cosas que no valieron la pena, y también sentir menosprecio por sí mismo cuando debía vanagloriarse por sus escasos logros. Jamás supo disciplinarse ni explotar su potencial creativo, quizás porque su mente funcionaba de una forma intuitiva, no lineal, y los flechazos de inspiración siempre le llegaron de golpe, de la nada. Vivió tanto tiempo en su mundo interior, que muy pocas veces pudo utilizar un pasaporte de lucidez para ingresar al auténtico universo del desencanto.


Imbécil, romántico, loco, vidente: Ignacio Montejo creyó ser todas estas cosas y quizás un poco más; murió irremisiblemente soñador.


St. Patrick

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28 Sep 2007

Anhedonia

Escrito por: cronopioslamm el 28 Sep 2007 - URL Permanente

Otoño. Hoy es tu cumpleaños. Libra. Nunca he creído del todo en el zodiaco, pero creo que debí hacerle caso a mi tía, la astróloga, la loca, cuando me dijo que los de mi signo y los de la balanza no eran el uno para el otro. Es evidente que no presté atención alguna, y heme aquí, frente a tu puerta, tomando valor para irrumpir de nuevo en tu vida y con ello tratar de darle un poco de valor a la mía. Tengo que decirte lo que siento. Necesito gritarte, confesarte que sin ti mi existencia carece de todo sentido, hacerte entender que desde que me dejaste ya no soy capaz de sentir nada: ni bueno ni malo, nada. Estoy como muerto.

Intento dar el knock knock en tu puerta, pero los músculos no me responden. Estoy nervioso, pero sobre todo me siento como creí que no volvería a sentirme nunca: muy contento; contento porque sé que si Dios me quiere y me muestra su sonrisa, el final de mi historia será como el de un libro estupefaciente, con una prosa bien hilada y con un desenlace capaz de desatarnos tormentas.

Me invade el pánico de verte a los ojos. Tal vez esto de venir aquí no fue muy listo de mi parte. Temeroso por mi posible sudoración y su fetidez, recuerdo los impulsos que me trajeron hasta tu puerta. Esta mañana me levanté de la cama sin mucho afán, pero mi hermano me recomendó tratar de buscarte, de intentar recuperar lo que tuvimos. Sí, eso que nos marcó y que todavía hoy nos arde como un profundo rasguño. Mi hermano me ordenó bañarme primero, insistiendo en que no debía ser un cochino. Tenía días sin que el jabón tocara mi piel, pero la verdad es que si todo esto dependiera de mí, no me tomaría ni siquiera la molestia de limpiar mi cuerpo; si de mí dependiera, no movería ni una sola pestaña para vivir. ¿Para qué esforzarme? Aun cuando siento que sólo han transcurrido veintidós parpadeos desde la última vez que nos vimos, lo cierto es que entre nosotros ha sido mucho más tiempo que eso. ¿Cuánto ha pasado ya? ¿cinco años? ¿1820 maldiciones? ¿1300 botellas de brandy? Contaría el número de lágrimas que he derramado, pero creo que eso sería un exceso de cursilería, y por el amor que todavía te profeso no puedo permitirme ser así. Tú odias lo cursi. Tú me odias.

Mientras el agua hirviendo caía por mi espalda, pensaba en ese odio que me tienes –o que me tuviste– y no pude comprender por qué se formó tal brecha entre nosotros. Pero luego me detuve y sonreí, distraído por pensamientos más agradables. Regocijado en mi humor, recordé con nostalgia aquellos tiempos de excesos y blasfemias, cuando, siendo apenas un puberto me dedicaba sólo a beber alcohol, a dormir y a preocuparme por las chicas. Es curioso, pero ahora soy más viejo y las cosas no han cambiado mucho para mí; todavía sigo siendo un ebrio asqueroso, duermo más de lo que debería y sólo pienso en ti: sí, en ti, Violeta; en ti.

La última vez que nos vimos fue durante la boda de Víctor y Eva. Recuerdo que esa noche estuve practicando mi mitomanía para ocultar la frustración y el fracaso que cargaba a cuestas. Intenté conquistar a tus primas, a las primas de Víctor y a las primas de todos. Y no pude. Arruinado por completo, traté de sacarle la verdad al vaso, pero el mutismo se había adueñado de él y de mí. ¿Por qué terminaste conmigo? ¿Por qué? No podía entender la razón, y el vaso tampoco. Un amigo trató de echarte toda la culpa, intentó decirme que todo era a causa de tu alma; que cuando cumpliste años, ésta seguramente cambió a un color azul y por eso me habías abandonado. Me costó trabajo creer en eso de tus 24 años de azul, y por más que José Carlos intentó explicarme lo que un tal Bertrand dijo acerca de las mujeres y de la tonalidad de sus almas, no quise escucharlo. Lo único que quería era contemplarte así, bailando alegremente, dando vueltas, con una sonrisa generosa en tu rostro, derrochando esa belleza y crueldad ocultas para todos: menos para mí.

Aquí estoy todavía, frente a tu puerta, con mi ropa planchada, y un olor tan fresco como un limón. No hay ningún espejo cerca, pero puedo verme: luzco fatal. Intento desvanecer esa mirada lúgubre que pesa sobre mi cara, alegrarme porque al fin podré verte, pero no puedo. Quiero ahorcarme con el nudo de mi corbata, pero tampoco soy capaz de eso.

¿Qué me trajo hasta aquí? Hubiera sido mejor idea marcarte, saludar, darte mis felicitaciones y retirarme sin decir otra palabra. Aunque quizá hubiera sido mucho mejor llamar a tu casa, escuchar tu respiración y colgar sin anunciarme, sin hacerte saber mi identidad aunque tú misma lo adivinaras.

Cobarde y estúpido: me doy la media vuelta. No me atrevo a intentarlo. Aún si tú me aceptaras de vuelta, sé que terminaría por arruinarlo todo. Pero de pronto escucho mi corazón latir… hablarme. Me pide a gritos que no sea egoísta, que piense en él también. Sabe que si me alejo sin verte, aunque sea por última vez, no soportará otro tiempo más de agujas, y en esta ocasión sí se detendrá. Morirá. Moriremos. Aun así no soy capaz de sentirme bien, de albergar ilusiones, de enamorarme y lanzar mi cuerpo contra tu puerta, como un toro embravecido. Pero algo sucede. Es inexplicable. Pienso en tus labios humectados, en el lunar que sirve como punto final en el poema de tu rostro, y mi espíritu comienza a lubricarse. La imagen es perfecta: tu aliento tibio y mi boca partida; tú y yo, apartando lo peor de nuestro pasado y retomando lo mejor de él, fundidos en un beso mercurial.

Tal vez pensar en todo esto es excesivo: probablemente al saber que estoy aquí me cierres la puerte en la cara, o quizá sólo me saludes, me trates como un idiota o un loco y me ignores por completo. ¡Bah! tomaré el riesgo, después de todo, cuando el corazón llama, hay que hacerle caso.

Toco a tu puerta, pero en lugar del dramático knock knock que me parecía tan varonil, he decidido optar por un rosa y civilizado ding dong. Nadie atiende. Perfecto. Otro ding dong. Tu voz pregunta quién es y yo prefiero no responder. Al abrir la puerta descubro justo lo que me esperaba: estás bellísima, tanto o más que siempre. Tu saludo es cordial, aunque lo siento un poco frío, esteril, considerando todo el tiempo que tenemos de no vernos. Bueno, quizás exageré al pensar que han pasado cinco años, en realidad han sido cinco meses, pero tienes que entenderlo, Violeta: estoy enamorado de ti; y, en una situación como la mía, el tiempo es relativo. Y sobre todo, es lento y tortuoso.

Me invitas a pasar y ya ha dado inicio la primera grosería tuya. Dejas la puerta abierta, como esperando que lo mío sea sólo una visita express, algo de entrada por salida, una especie de comes y te vas. Tenías que ser panista.

Te entrego tus tulipanes, me agradeces, los colocas en un florero, y yo te digo con mi lengua asustada que necesito decirte algo –que te amo, que te extraño–, pero tú te das la media vuelta y tomas el teléfono para hacer una llamada. Luces ansiosa porque te contesten, porque te digan que sí van a venir por ti. ¡Gracias por tus finas atenciones, Violeta! Nunca debí haber venido. Me ignoras por completo. ¿Cómo se supone que arreglemos las cosas si tú no me haces caso? Claro, lo olvidaba, no se necesita de una intuición adiestrada para saberlo: lo nuestro terminó y es definitivo. Fui un tonto.

Ahora te acercas a la puerta y apresuras mi salida con una charla floja y monosilábica que me hiere. Sé que me odias, que no deseas que esté aquí, pero… ¿Quiénes son esos tipos que están en la puerta?


–Perdone usted, doctora Mariana, éste se nos peló durante la hora de visitas.

–Está bien, no te preocupes, Héctor, pero por favor llévatelo de aquí, tengo una consulta en quince minutos.

¿Mariana? Pero Violeta, ¿por qué no te llaman por tu nombre? ¡Te escondes de mí! Oh, eso no importa, amor mio: Aunque la rosa cambiara de nombre, no dejaría de ser rosa, tampoco dejaría de esparcir su aroma…

La envidia los corroe. Se nota que no saben de lo que hablo. Tras exponer su ignorancia, los enfurecidos fortachones no tardan mucho en aventarse contra mí. Me golpean, me ultrajan, subyugan mi espíritu con una brutalidad que justifica su salario y sus propias desviaciones, pero tú no haces nada al respecto; te quedas ahí, de pie, esbozando una sonrisa detestable. Fui tan ciego: tú no me amas, pero yo sí te amo, y siempre te amé, y siempre fui un ebrio, y nunca fui feliz, y nunca me alegré de mi vida, y en la boda de Víctor y Eva también fui infeliz, y contigo fui infeliz, y nunca me amaste porque fuiste fria, fria, y tu alma de color azul témpano…

Pero no lo olvides nunca: a pesar de todo, de ti y de mí, yo te amo. Te amo aunque hayas muerto, aunque me desprecies, aunque te ocultes en la doctora Solórzano, aunque te cambies el nombre…

St. Patrick

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14 Sep 2007

Zeit

Escrito por: cronopioslamm el 14 Sep 2007 - URL Permanente


Sí. Todos los hilos habían sido cortados.

La participación en el movimiento fluido, el trabajo, los estudios, las relaciones con los amigos: todo me lo arrancaron. ¿Y el amor? Ése también me fue sustraído del cuerpo; se trató de una mutilación burda y cruel que destrozó el sentido de mi trayectoria vital.

Mi existencia se estancó en una rutina macabra. El paso inexorable del tiempo me llevó a repetirme a mí mismo todos los días: con la piel pálida de abandono, con el alma revestida de prismas amargos y con el cansancio de una inmovilidad que parecía perpetuarse a cada segundo.

Tenía muy poco ya: habitaciones carentes de emoción, sedimentos de células viejas, y una patética imagen en el espejo que me apartaba de cualquier ficción que pudiera soslayar mi realidad. Siendo honesto, no me quedaba nada más que el tiempo. Un tiempo al que estaba conociendo de una forma tan íntima como nunca antes me había sido posible. Ya no era como aquél que llegué a sentir en mi sangre y en los procesos eléctricos de mi cerebro: un tiempo convertido en trabajo, en amor, en todo tipo de esfuerzo; un tiempo que aceptaba sin fijarme en él, porque tampoco él me importunaba, tan sólo se escondía decentemente detrás de mi propia actividad. Pero ahora llegaba hasta mí, desnudo, solo, con su aspecto verdadero, obligándome a llamarlo por su nombre propio, y a pensar en él de manera fija con todo su peso. Era el tiempo escueto y vacío.

Cuando suena la música, escuchamos la melodía olvidando que es sólo una de las formas del tiempo; olvidando al tiempo en sí. Ahora yo vivo una pausa. Pero claro, no se trata de la pausa general de una orquesta –cuya dimensión está estrictamente determinada por el signo en la partitura–, no: lo mío es una pausa incircunscripta… sin final preciso.

St. Patrick

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07 Sep 2007

Febril Fecha

Escrito por: cronopioslamm el 07 Sep 2007 - URL Permanente

Todo parecía indicar que sería un día perfecto. Y lo fue.

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Somos cuatro estudiantes de la carrera "Literatura y creación literaria", impartida en la cultural Casa Lamm. Nos esforzamos en nuestros textos, no sólo con la esperanza de convertirnos en escritores, sino porque las palabras significan una pasión para nosotros.
Esperamos que les guste lo que lean aquí. Los comentarios siempre serán bien recibidos (mientras no le falten al respeto a nadie).
Hemos decidido publicar bajo seudónimo para poder participar en concursos de literatura sin tener problemas por la difusión virtual de los mismos.

Saludos!

Acuarela, Laranjinha, St. Patrick y Hada Urbana.

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