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04 Sep 2007

Defixiones - I

Escrito por: cronopioslamm el 04 Sep 2007 - URL Permanente

Redes infernales

Se trataba de una fría noche de diciembre. La lluvia y el invierno caían copiosamente por toda la ciudad. Javier manejaba deprisa, en completo silencio, atormentándose con el incesante golpeteo de las gotas que se desplomaban contra el techo de su carro. Los charcos comenzaron a moldearse, y al caer la lluvia en ellos se formaban ante los ojos de un conductor exacerbado, círculos concéntricos matizados con los colores del arco iris. Monótono y penetrante, el efecto de la lluvia parecía afectar la tranquilidad de Javier.

–Seguramente hoy también vendrán –dijo para sí mismo, y quizá también para Dios, en un tono de voz muy leve, casi inaudible.

Además de las sudoraciones típicas de su estado, experimentó una sensación helada que poco o nada tenía que ver con el clima decembrino; era como un frío que recorre el alma cuando algo nos asusta, cuando algo nos pone nerviosos.

–¡Por favor Dios mío, no permitas que aparezcan, te lo suplico! –oró en vano Javier, pues pronto llegaría a casa y con ello tendría que vivir una pesadilla que se había vuelto recurrente y que amenazaba con destruirle la cordura: arañas.

Sus amigos solían burlarse de él cuando les hablaba de sus visiones, de las arañas que cada vez con mayor frecuencia venían a atormentarlo, a tratar de arrancarle con sus dientes afilados la piel que cubria sus débiles huesos,. Pero la gente no prestaba atención a Javier cuando hablaba de esto, simplemente no eran capaces de comprender la razón y la médula de un miedo que aunque pareciera algo fútil, en realidad encerraba un secreto oscuro y ominoso capaz de desatar una desgracia, pues este miedo era provocado por una clase de arañas que no pertenecían a este mundo.

–¡Son demonios que desean mi alma, lo sé! –pronunció Javier con desesperación, al tiempo en que se aferraba al crucifijo que un par de horas antes robara a uno de sus compañeros de juerga.

Antes de pisar el acelerador en dirección hacia su casa para darle fin a ese calvario, Javier luchó unos momentos contra su memoria para tener acceso a ese banco de recuerdos que podría ayudarlo a salir avante de semejante encuentro; imágenes que le ayudarían a sacar fuerza de flaqueza a partir de su errática y distorsionada memoria. Revivió los momentos sucedidos unas horas atrás, tiempo en que compartiera sus inquietudes con sus amigos de toda la vida. Al principio ninguno de ellos quiso darle crédito a su temor, se mofaron e hicieron la burla habitual que un grupo de amigos haría al escuchar algo así. Lo cierto es que Javier sintió que debía sacarles algo más que un simple chiste con respecto a su condición. Él sabía que ellos sufrían en secreto, y que seguramente un mal como el suyo el miedo en su más tosca esencia también les aquejaba. Javier podía distinguir esta verdad en presencia de todos ellos, reconociéndolo con la perspicacia propia de un adicto que distingue a los suyos, en una multitud o entre los invitados de una cena respetable; el miedo como las normas de una cofradía, como un idioma común que todos hablaban en silencio; un miedo desgarrador debajo del sonido inútil y tramposo de las palabras.

Un tiempo semejante a una eternidad transcurrió sin que ninguno de sus amigos supieran qué decirle en aquel momento, salvo por dos personas que trataron de guiarlo por el mejor de los caminos. Uno de ellos, Esteban, le sugirió el suicidio como el único método que con certeza habría de terminar con su terror nocturno, deteniendo de manera definitiva sus visiones. Javier por momentos consideró sensato este consejo, reconociendo para sí mismo que ya no había más esperanza y que nunca habría de ponerle fin a ese sufrimiento que le atormentaba. Pero fue otro amigo suyo, Sebastián, quien menos extremista le recomendaría a Javier algo mucho más positivo: que dejara de lamentarse, que mejor se decidiera a dar pelea, a enfrentar y darle muerte a esos demonios de forma definitiva

Cansado e incapaz de recordar con exactitud el método que su amigo le sugiriera para arrancar de raíz ese mal que pretendía condenarlo, Javier detuvo su carro veinte metros antes de llegar a su casa. Una vez más se encontraba invadido por el miedo; un miedo envolvente como el aire y también invisible, por instantes sin forma exacta, sin olor ni tacto ni sabor, y otras veces como una sustancia añadida a todas las cosas, un veneno perceptible, casi nunca demasiado amargo, tan fácil de ingerir –sin náuseas– que se había convertido en uno de los juegos que mantenían en acción la química de su cuerpo y de los estados de su alma. Era el miedo acelerando los golpes del corazón y latiendo en el pulso, en el segundero de su existir.

Sin más tiempo que perder, había llegado el momento para el que se había preparado durante todo el trayecto a casa: era el momento de la confrontación; del hombre en contra de las criaturas abyectas que el infierno había engendrado para la perdición de las almas.

–No dejaré que me atrapen en sus redes –sentenció con aplomo. Y tras una leve pausa, finalizó–: Tengo que acabar con esta locura.

Javier abrió la puerta de su casa, procurando no hacer demasiado ruido. El silencio le recibió junto a un aire gélido que sopló de afuera hacia adentro, como empujándole a pasar sin más demora. Con precaución, Javier examinó el interior de su casa como si se tratase de un perímetro de guerra, esperando encontrar en cualquier punto al abominable enemigo. Pero no había nada, no había rastro alguno de su presencia; todo parecía estar en relativa paz.

Aliviado por el rídículo e ingenuo pensamiento de que esa noche todo transcurriría sin sobresaltos siniestros, que no tendría que luchar por su vida, Javier dio un respiro disponiéndose a tomar asiento sobre un banquillo de metal que se encontraba en la sala, pero pronto se encontró a sí mismo inmóvil, crispado de pies a cabeza. Primero fue apenas una sombra, un movimiento casi imperceptible en el rincón a su derecha, cerca del perchero. Después, prácticamente de la nada, aparecieron unas extrañas burbujas que flotaban a intervalos regulares, elevándose hasta fundirse con el techo. Pasaron más de cinco minutos para que la figura hiciera completa su aparición. Era una araña gigantesca y rabiosa, abominable, indescriptible en su grado de vileza.

Cuando sintió su presencia, Javier se reincorporó de la posición relajada que había tomado momentos antes, poniéndose de pie, y se preparó para el inminente ataque, revelando un coraje y una determinación que nunca antes se había atrevido a mostrar en su vida. Ahora él podía ver sin titubeos a esa vomitiva araña, que se encontraba ansiosa por el contacto con su piel. Estaban en condiciones similares; eran dos almas solitarias, dos depredadores a punto de enfrentarse en una batalla que sólo podría conocer un ganador. En una acción rápida y escalofriante, la enorme araña se lanzó contra Javier, prendiéndose de una de sus piernas con ahínco, aferrada en el abrazo a no dejarle ir, a estar junto a él a como diera lugar. Javier, al grado del paroxismo, fue capaz de no dejarse abatir por el terror que le invadía, e ignorando el latido frenético de su corazón, tomó con seguridad el pequeño banco de metal en el que previamente se sentara, y lo azotó en repetidas ocasiones sobre la cabeza de la monstruosa criatura, decidido a matarle. La fuerza de los golpes que le fue reventando el cráneo por espacios cada vez más deleitables, terminó por abandonar a la grotesca criatura en el suelo, exánime después del encono que Javier mostrara durante la pavorosa confrontación.

Aún estremecido y con el cuerpo del hórrido animal tirado a sus pies, Javier se permitió sonreír maliciosamente durante unos segundos, para después caer desfallecido a causa de la impresión.

Durante la madrugada del sábado, la lluvia cesó y Javier consiguió despertar de la inconsciencia que le había provocado su desmayo. Al abrir los ojos se encontró con los resabios naturales de su adicción al crack y a otras drogas que, con frecuencia, luego de consumirlas en cantidades desmedidas, solían provocarle alucinaciones con arañas gigantes. Lo único que no era natural en el patético cuadro de su condición, era tener a un lado suyo el cadáver de Amanda, su pequeña hija de ocho años de edad.


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24 Ago 2007

Transexual Transtextual

Escrito por: cronopioslamm el 24 Ago 2007 - URL Permanente

Y cuando despertó, la meretriz todavía estaba allí.


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23 Ago 2007

Autopista Anafiláctica

Escrito por: cronopioslamm el 23 Ago 2007 - URL Permanente

Se trataba de una pausa desértica. Sombras por doquier, los caminos vanos, atestados de vehículos en líneas retorcidas por la cantidad y la distancia; los conductores secos, sin lágrimas ni corazón, en espera de una luz o de una persona que les permitiera avanzar y dejar atrás aquel tráfico homicida.

–¿Tan mal te fue en el supermercado?
–No sabes, fue peor que eso.

Los anaqueles, que como valladares se erguían grotescos sobre nosotros, en su metal bloquearon el libre discurrir del aire, acelerando la putrefacción, no sólo de mis alimentos, sino también de mi propio ser.

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Somos cuatro estudiantes de la carrera "Literatura y creación literaria", impartida en la cultural Casa Lamm. Nos esforzamos en nuestros textos, no sólo con la esperanza de convertirnos en escritores, sino porque las palabras significan una pasión para nosotros.
Esperamos que les guste lo que lean aquí. Los comentarios siempre serán bien recibidos (mientras no le falten al respeto a nadie).
Hemos decidido publicar bajo seudónimo para poder participar en concursos de literatura sin tener problemas por la difusión virtual de los mismos.

Saludos!

Acuarela, Laranjinha, St. Patrick y Hada Urbana.

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