09 Jul 2008

El día del Inventario

Escrito por: Pablo Cepero el 09 Jul 2008 - URL Permanente

Dedicado a todos los empleados inadaptados de las grandes estructuras comerciales.


Cuando hasta la música más celestial suena a sentencia condenatoria, cuando ves que cada desnivel de las calles o cada pequeño escalón son un sutil empujón más hacía el cadalso entonces es cuando estás preparado para la última estocada. El último paso hacia la muerte de todo tipo de afirmación identitaria o del sufijo auto- o de la primera persona del singular y la entrada a otra dimensión de mecánico aletargamiento domesticado, una supervivencia física del cuerpo pero una suerte de coma psíquico del individuo. Estos eran los destellos de cruda lucidez que aún resplandecían en las horas previas al día del inventario.

Antes había existido todo un trabajo previo de anulación existencial y de conversión a los dogmas de fe corporativos, una tarea erosiva y constante en la que participaban hasta los esbirros conversos que estaban, como yo, en el último puesto de la infranqueable escala jerárquica. Qué extraordinaria labor habían realizado con el contradictorio y superficial heavy de la sección de enfrente, el enamorado de Satán; cómo declamaba orgulloso la felicidad de su mundo inconformista de los años ochenta. En especial cuando a diario nos martilleaba con su tema “Queremos juerga” de Obús, su exabrupto predilecto de inconsciente desinhibición con el que compensaba alegremente el encierro y el sometimiento que pesaba sobre nosotros. El tiempo transcurría allí como en un abyecto nirvana atemporal en el que el imperceptible pero continuo y regular parpadeo de los tubos fluorescentes te hacía poner en cuestión la existencia de los días y las noches y de la rotación de los planetas: sólo existía un espacio y un tiempo y estos eran únicos, imperecederos, perfectos y sintéticos, todo ello bajo la apariencia de un inacabable bucle ochentero.

En estas circunstancias la muerte, no por metafórica menos destructiva, era sólo una consecuencia natural. Estaba instrumentada por un rito iniciático decisivo tras el cual era imposible salir indemne. Se llama el día del inventario. Una sencilla herramienta emisora de un fino y aparentemente inofensivo rayo láser, complementada por un estridente y letal pitido, esta era el arma demoníaca con la que íbamos a autolesionarnos a lo largo de todo el fatídico día: daños cerebrales irreversibles que nos deparaban un dócil porvenir semivegetativo.

Ya estaba preparado para la cámara de gas.

Sin embargo todo transcurrió con la sencillez y la limpieza de una guillotina. Puede que fueran horas o lustros, miles o millones de sonidos agudos, pero desde el primer pitido aprehendí que no importaba. Había ocurrido.

En el instante en que la altísima autoridad, con su bendición, nos invitó a que partiéramos a nuestras casas o allá a dónde se nos reclamara, yo ya era un cachorrito necesitado de la manada. No me hubiera incomodado permanecer a su lado, de hecho me parecía lo más natural, pero acaté desorientado su designio. Sólo en el momento en el que me alejé de la magnética protección de aquellas paredes realicé que era un hombre vencido y al mismo tiempo todavía un superviviente. Tal vez existiera alguna esperanza al fin y al cabo. Aún corría la sangre por mis venas. Quedaba una remota posibilidad perteneciente a los dominios de lo inescrutable de que este autómata despertara; por medio del azar o a través de una enmarañada combinación de la voluntad, de la psique y de una reacción química inesperada. O eso era lo que pretendían que pensara.


27 Oct 2007

Jóvenes realizadores en San Juan de Luz versus cine arqueológico en Irún

Escrito por: Pablo Cepero el 27 Oct 2007 - URL Permanente

Otra de las crónicas eliminadas por error y sin sus comentarios


Tras el estruendo producido por los fastos del Festival de San Sebastián e intentando hacer pervivir a la escena cinematográfica en el marco de los confines periféricos llega el turno de los infrafestivales, pequeñas muestras de cine de carácter local y aspiraciones especializadas. Separados por apenas unos días y un puñado de kilómetros, se han dado cita dos eventos de distinto calado a un lado y otro de la frontera: el 12º Festival Internacional de Jóvenes Realizadores de Saint Jean de Luz y la 7ª edición del Festival Internacional de Cine Arqueológico del Bidasoa en Irún. Cutrevisión estuvo allí.


El más atractivo envoltorio de corresponsal de Cutrevisión, frente al de cronista clandestino no ha sido suficiente para desembarazarse de las esclavitudes alimenticias y para conseguir la butaca de excepción que francamente ambicionábamos; por esto, una vez más lamentamos que la cobertura del acontecimiento se haya visto mermada y nuestra mirada incompleta y fragmentada.


SAINT-JEAN-DE-LUZ

Uno no puede dejar de preguntarse la pretensión de un Festival como el de los jóvenes realizadores. Durante su desarrollo progresa la sospecha cada vez más latente de un acontecimiento para la galería, en el que las élites políticas locales puedan esparcirse y con el que se pueda epatar al colectivo de jubilados acomodados que constituye el grueso de la afluencia esperada. Por ende, se ha creado un Festival de Cine de jóvenes realizadores como se podía haber organizado un concurso internacional de piruetas circenses, excelente iniciativa por otra parte, pero que tal vez no alcance las cotas de glamour que está pequeña localidad costera ha decidido que se merece.

Muchas son las taras que presenta pues, la organización de este festival; podrían destacar, a pesar de los recursos económicos disponibles, la falta de participación ciudadana en la organización, la ausencia de secciones paralelas, exposiciones, ponencias o ediciones de textos propios, pero la más flagrante de todas es la de no atenerse ni siquiera a la acepción original por la que se define el festival: los jóvenes realizadores o mejor, la coartada de la savia nueva en el paraíso del jubilado. Si bien el concepto de joven realizador es semánticamente discutible, pensamos que en una manifestación de este género debería primar el afán de experimentación, rebeldía o inconformismo. Es evidente que hemos errado en nuestro pronóstico.

La única idea coherente que podemos hilvanar sobre el sentido y la relación de este festival con la ciudad que lo acoge es la de la juventud perdida de sus organizadores o la de la promesa de vivir una nueva juventud como reclamo de una campaña promocional invitando a la tercera edad a visitar la zona.

Observando detenidamente la sección oficial a concurso podemos constatar como no solamente la media de películas realizadas por los participantes asciende a tres filmes (de media insistimos) sino que una buena parte de los seleccionados vienen ya precedidos por consolidadas carreras en otros ámbitos cinematográficos como el de la intrepretación, el guión o la producción. Valgan como muestra el productor de Lolafilms Manuel Lombardero con su tercera película Tuya siempre o la segunda realización de la actriz Idit Cebula, con 20 años de experiencia en interpretación a sus espaldas. Aunque esta cuestión semántica de la juventud (de por si arbitraria y discriminatoria hacia el talento de cineastas más maduros pero menos precoces) se podría solucionar con la apelación de nuevos realizadores, lo que deja entrever es la poca voluntad de riesgo en la programación de este festival. Teoría esta sustentada por alguno de los patrocinadores, que definen los valores del festival como los de “la evasión el ocio y el entretenimiento”(Nicolas Jacquemin, catálogo del Festival)

Estamos pues frente a un festival de consumo interno, autogestionado y autodeglutido, con una escasa relevancia cinematográfica, un aun menor impacto popular y tal vez alguna repercusión mediática de carácter local, como por ejemplo esta cobertura de Cutrevisión.

Cutrevisión tuvo el privilegio de poder asistir a una de sus sesiones, el que sería futuro ganador del premio del público y el de interpretación femenina. Ce soir je dors chez toi de Olivier Baroux es una comedia romántica de teléfonos blancos con alguna especificidad parisina pero con una coherencia tal con el género que concluye con un reencuentro apasionado en el corazón de Nueva York. El filme fue presentado por su encantadora actriz principal (¿fue casual su premio?) y por el realizador, que se mostró emocionado y terminó de encandilar a su auditorio sentenciando: “Siempre vengo a pasar mis vacaciones aquí”


IRUN

Si tan divergentes fueron las impresiones que nos causaron las entrañas del Festival Internacional de Jóvenes Realizadores ¿Qué expectativa debemos crearnos con un Festival de Cine Arqueológico?

La apuesta de un cine arqueológico parece arriesgada porque no conocemos el objeto al que estamos enfrentándonos. En un ejercicio de predicción adivinatoria imaginamos sesudos científicos mostrando en soporte audiovisual sus últimas investigaciones o los más recientes aparatos tecnológicos que facilitan la labor del arqueólogo. Todo ello frente a un auditorio de múltiples nacionalidades e universidades. Así que por un lado suponemos que debe primar la función de ponernos al día sobre las gestas del mundo de la arqueología que puedan hacernos cambiar la visión de la historia tal como la conocíamos hasta el momento.

Pero también la clara apelación de “cine” nos hace presuponer una impronta de calidad avalada por capacitados profesionales del sector cinematográfico que pueda abarcar tanto el documental como la ficción. Es decir en segundo lugar, está la autoconsciencia del medio que se está utilizando para comunicar ese evento arqueológico, el manejo del lenguaje audiovisual. Es extraña la conjunción de ambas variantes. De hecho, aquí es donde encalla la mayor parte de las propuestas presentes, sumergiendo al sufrido espectador de este tipo de acontecimientos en un eterno sopor.

Imágenes largas y planas, sempiterno acompañamiento musical, interminables reencuadres de fotografías ilustrativas o paisajes característicos, implacable voz en off descriptiva. El resultado es un espectador amordazado y con la mirada coaccionada.

Pocos ejemplos escapan a esta dinámica, algunos sin abandonar esta especie de mandamientos de esta categoría fílmica, introducen algún elemento rítmico o algo más dinámico, muy propio de los usos y costumbres que han hecho evolucionar al documental de corte histórico en las últimas décadas: la dramatización con actores que hacen las veces de egipcios, vaqueros... o los científicos implicados en la transmisión del espectáculo que exclaman en cada secuencia ¡nunca había visto nada parecido! O ¡es la primera vez que se registra algo así¡

Esto nos hace enlazar con la siguiente cuestión ¿Para qué público está dirigido un festival de estas características? O bien se pretende incidir en el aspecto más divulgativo (torturar escolares) o/y accesible para el gran público (documental de ocio o turístico), para lo cual no hace falta centrarse en los últimos avances científicos o los hallazgos recientes más notables que cambien nuestra concepción del musteriense achelense. O por el contrario no se puede dar palio a un público ávido de circo y cuentos y se exige ser escrupulosos con las innovaciones en torno a la disciplina.

La conjunción de ambos aspectos se nos presenta extremadamente difícil. Y es justo lo que los responsables de este festival parecen haber pretendido. Se han intentado conservar estas dos opciones en una misma sección a concurso, implicando a la población local, con la gratuidad de las sesiones, un premio del público y un lugar en la agenda de actividades de la ciudad.

La empresa es ambiciosa, pero debe ser revisada. El gran perjudicado de todo ha sido el cine, víctima de una contienda entre dos frentes, el del entretenimiento televisivo y el del rigor científico, sin encontrar una forma fílmica que ampare la simbiosis de ambos, si es que existiera y esperando que la criatura no sea monstruosa.

01 Oct 2007

La contracrónica del Festival de Donostia/San Sebastián

Escrito por: Pablo Cepero el 01 Oct 2007 - URL Permanente

Borradas por error, vuelvo a colgar las dos crónicas publicada en octubre de 2007 (aunque esta vez sin los comentarios, irrecuperables)


Entrevista digital a Mikel Olarciregui, director del 55º Festival de San Sebastián en El Pais.com el 28 de septiembre de 2007.

P. En lo que respecta al menos a la prensa y televisión francesas es sorprendente la poca atención que prestan al festival, ¿cree que se está recuperando la trascendencia mediática internacional que se le presupone a un festival en teoría al mismo nivel que Berlín o Venecia? ¿Qué medidas han tomado? Por cierto, a pesar de un bagaje digno en historia del cine no me han aceptado ni de voluntario. Un saludo.

Muchas gracias por vuestro interés y lamento no haber llegado a contestar a todas las preguntas formuladas, aunque creo que las he ido contestando estos días en todos los medios de comunicación. Que disfrutéis del cine y de un Festival. Gracias a todos los espectadores que han abarrotado las salas en estos días y gracias a los que con su cobertura hacen llegar nuestro festival a un público más amplio. Eskerrik Asko

Mi pregunta era justo la que precede a este mensaje de despedida, por lo que interpretándolo como un consuelo malintencionado, debo admitirla como respuesta indirecta.

Tras los infructuosos intentos realizados para colaborar con el festival de cine de San Sebastián he de resignarme a pulular por la ciudad como un indocumentado. Camino por la tangente del Festival cruzándome con los “legales” que pasean sus acreditaciones como un médico se exhibe con su bata y su estetoscopio. Me confundo entre los abundantes esnobs y marujas que ambientan el evento y que aportan un significado más profundo a la noción de escaparate de excepción inherente al Festival. La libre opinión sienta cátedra.

He conseguido un salvoconducto, previo riguroso pago ante la autoridad competente, para algunas de las sesiones, seleccionadas en base al azar y los horarios. Esta oportunidad ha motivado la necesidad moral de este escrito. Como el más respetado periodista o crítico me embarco en un simulacro artificioso que me pueda servir de catarsis para superar la cruda realidad, la de no ser más que un vagabundo en un festival sin más criterio que mi opinión. Como los insignes profesionales, debo mostrar la capacidad de hablar de cualquier película de cualquier época y lugar, sin miedo a sonrojarse. Debo disimular mi ignorancia con la maestría de un tertuliano de programa matutino.

Esta es la crónica de un clandestino de puntillas por un festival que las circunstancias han hecho alternativo: sin ruedas de prensa, sin glamour, sin recepciones y sin canapés. Pero siempre con una manzana y unas galletas en la mochila.

A continuación presento la selección oficial igualmente clandestina del 55º Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Por riguroso orden de visionado.

El honor de abrir la sesión inaugural encubierta fue para Susanne Blier, realizadora danesa apenas conocida en España, pero que llegaba avalada por el sello DOGMA, con su película Te quiero para siempre (Elsker dig for evigt, 2002). En la misma línea de un DOGMA más académico y enfocado para el gran público como Italiano para principiantes (Italiens for begyndere, Lone Scherfig 2000), la gran aportación de esta película es la voluntad de superar unas normas (el famoso decálogo) a las que voluntariamente se adscribe, dejando clara la necesidad de establecer unos límites y unos referentes para poder trascenderlos. O visto de otro modo, explorando los márgenes interpretativos de unas normas que siempre poseen una carga de ambigüedad. Sirva de ejemplo el cómo Blier juega con el sonido en la diégesis, empleando una música introductoria que luego resulta proceder de los auriculares de la protagonista, un efecto ampliamente utilizado pero que adquiere un nuevo significado inscrito en las reglas de esta pantomima posmoderna inventada por Trier y sus acólitos. Así se desarrolla una película en un continuo debate entre las reglas y la distorsión de la percepción subjetiva.

Por otros derroteros camina Hana Makhmalbaf con Buda explotó por vergüenza (Buda az sharm foru rikht, 2007). La última y precoz (sólo 18 años) integrante del clan de los Makhmalbaf cultiva un terreno bien abonado por la familia cinematográfica iraní. Desde el punto de vista de la infancia y cargada de límpidas metáforas se nos narran las dificultades de una niña en su empeño por hacerse con un cuaderno e asistir a la escuela. Makhmalbaf solventa con un gran oficio las propuestas iniciadas por su padre y el tío Kiarostami, enfrentándonos a situaciones brutales sobre la guerra, la violencia o la situación de las mujeres, que se impregnan en nuestra retina poéticamente y con la suavidad de una caricia. Una notable y eficaz primera película en la que demuestra una perfecta aprehensión de una de las tendencias cinematográficas de las últimas décadas.

En esta edición ha estado representado uno de los ilustres segundones de la nouvelle vague francesa, al menos en lo que respecta a la incompleta memoria cinematográfica española, tan afectada por importantes lagunas. Nos estamos refiriendo a Philippe Garrel. Puede que su relevancia en el seno de esta corriente sea discutible, pero de lo que no cabe duda es de ser paradigmática. Los gestos, la estética, los temas escogidos corresponden casi miméticamente a la idea preconcebida o la expectativa de cómo podemos imaginar la nouvelle vague en un sólo destello. Liberté, la nuit (1983) lo atestigua: el modelo policiaco, el eterno tema del amor, la contestación política y las posibilidades del lenguaje poético, todo bajo la alargada sombra de Godard. Un concepto de cine alternativo hoy casi extinto.

En la exploración de los clásicos también nos topamos con otro de muy distinto calado, portavoz de la otra cara que otrora separaba más limpiamente que ahora a la producción de cine entre arte e industria. Henri King obviamente está del lado de los estudios de Hollywood y su engranaje empresarial. La recepción de su película La colina del adiós (Love is a many-splendored thing, 1955) nos enfrenta a un melodrama que bajo el análisis de unos ojos contemporáneos pasaría mejor por ciencia-ficción. Este cine rebosa una serie de convenciones morales, unas relaciones hombre-mujer, unas representaciones de lo sexy o lo seductor tan alejadas de los conciertos que hoy gobiernan a los espectadores, que en vez del Hong-Kong colonial de finales de los años 40, con un poco de imaginación, el filme podría ser situado en una futura colonia de Marte de un nuevo universo kitsch. Tan solo la propaganda anticomunista y la condescendencia con el colonialismo al que están expuestos los habitantes nativos de Hong-Kong, consiguen retrotraernos a épocas pasadas.

La otra aportación francesa al festival viene a darnos curiosamente una lectura complementaria de la muestra de Phillipe Garrel. El hombre que camina (L’homme qui marche, 2007) de Aurélia Georges intenta reconstruir la vida de un escritor olvidado y abandonado a su suerte. Sin haber recibido nunca el reconocimiento del que podía haber gozado, como muchas otras figuras a lo largo de los tiempos, al final es la historia o, como en este caso, el cine, el que se encarga de recogerlo de la cuneta. El extravagante poeta Viktor Atemian se imbrica en los mismos circuitos en los que transita Garrel en los años 70 y acaba masacrado por no saber adaptarse a las imposiciones de la sociedad de consumo. De ahí que se toquen los mismos temas clásicos sobre la política, el amor o la poesía de la intelectualidad francesa que veíamos en el cine de Garrel, pero de una forma revisionista y crítica con el periodo. En cuanto a su estructura, el filme está marcado por la elipsis, como si pretendiera hacer una reconstrucción de un puzzle con los retazos de vida que se han podido recuperar de este personaje, pero lamentablemente no consigue ensamblar del todo las piezas y el resultado de la película acaba siendo tan borroso como el de la identidad de su protagonista.

En los tiempos que corren es prácticamente imposible evitar la presencia del extremo oriente en los festivales; muchas lenguas expertas han desbancado ya a Nueva York como centro artístico mundial y lo sitúan en algún lugar del Asia oriental. El honor en esta ocasión de hacer de embajador de la mayor fábrica de ideas del momento corresponde a la película de Hong Kong Ceot oi kap gei/Exodus (2007) del realizador Pang Ho-Cheung. Como idea de marcada actualidad, es remarcable la que inspira el argumento: la de un sindicato de mujeres asesinas confabuladas para acabar con los hombres y terminar así con la humillación histórica de la que hasta entonces habían sido víctimas. Formalmente, el cuento no destila la misma originalidad. Tras una primera e impactante secuencia sacada de la más pura mitología kubrickiana, el relato transcurre por las veredas habituales del género policiaco, eso si, con estilo y pericia; a esto hay que añadirle las vicisitudes propias de la extraña simbiosis de influencias entre oriente y occidente, asunto este que escapa a la mirada efímera de este cronista.

Y si el cine asiático contemporáneo era inevitable, por supuesto, el homólogo estadounidense no lo puede ser menos. La realización que nos ha tocado en suerte ha sido Talk to me (2007) de Kasi Lemmons. Bienintencionado biopic comprometido con la comunidad afroamericana de EEUU, traza los pasos de un admirado locutor de radio en el Washington de los años sesenta. Ralph Waldo “Petey” Green era conocido por un pasado turbulento y una aguda sinceridad en su dialéctica. Lemmons pone su empeño en no aislarse entre las barreras de un sectarismo etnicista y localista para proponer un discurso pacifista de un valor universal. Para ello recurre a unas imágenes de una efectiva factura académica. Sus diálogos ingeniosos y buenas interpretaciones podrían haber hecho de esta producción igualmente un telefilme de calidad, si se hubiera planteado en estos términos.

Henri King ha participado por partida doble en esta selección aleatoria del Festival. Ahora es el turno de ¡Y supo ser madre! (Stella Dallas, 1925) Esta excepcionalidad debería encontrar justificación en la disparidad de sus dos obras escogidas, la primera sonora y en color, y la que nos ocupa, muda y en blanco y negro. Además, con Stella Dallas es inevitable remitirse al socorrido tópico en el que nos preguntamos sobre el devenir de la historia del cine de no haber terminado el sonido, con la evolución natural de un cine mudo todavía lleno de posibilidades. Asistiendo al visionado de los lances de esta sacrificada madre uno no puede sino sucumbir a la idea de que con Stella Dallas se está asistiendo al germen del esquema de incontables narraciones dramáticas futuras. De esta manera el análisis deja paso a la admiración, constatando la fuerza y la vigencia de un clásico.

Finalmente, el vasto panorama cinematográfico abarcado se clausura en Latinoamérica. La última de las proyecciones en adherirse a la causa de esta crónica es Las niñas del joven chileno Rodrigo Marín. Entre otras muchas cosas Las niñas (2007)es la inmersión en el universo femenino a través de la extraña química establecida entre dos mujeres. La de Marín, es la única de las propuestas presentada en formato de video. Al mismo tiempo constituye la iniciativa más valiente vista hasta la fecha. Aunque su iniciativa esté sin depurar y hasta inconclusa, prima la tendencia a buscar nuevos caminos, a explorar otras texturas de la imagen, a experimentar con la libertad de movimientos y la intimidad que ofrece un medio como el video, más manejable y económico, menos limpio que el celuloide y aún en plena transformación. Rodrigo Marín procede de la Escuela Nacional de Cine de Chile, que aunque ofrece una pequeña producción y unos recursos limitados, está elaborando un corpus fílmico de cierta consistencia y estilo que podría acabar afirmándose en la posteridad. Recordemos como el año anterior pudimos asistir a similares postulados con la presentación en Biarritz de la estimable Rabia (2006), de su compañero de escuela Oscar Cárdenas.

Un festival siempre quedaría inconcluso sin una entrega de premios. Es de recibo por lo tanto admitir que ha sido una edición equilibrada y con un buen nivel de calidad, lo que sin duda dificulta la decisión en la entrega del Premio de la Crítica Clandestina. La concesión de esta recompensa será, a nuestro pesar, inevitable y necesariamente injusta.

Tras ardua deliberación se ha decidido otorgar el Premio ex-aequo a Stella Dallas y a Elsker dig for evigt, medida descaradamente salomónica, pero que no puede pasar por alto la validez y autenticidad de vías clásicas aun abiertas junto con las acertados desafíos contemporáneos planteados en torno al objeto que hoy seguimos llamando cine. Es posible que muchos consideren este premio previsible y amañado. De todos modos es necesario recordar que únicamente aporta el leve reconocimiento de los juicios de valor de un cronista desconocido.

Enhorabuena a los premiados y reitero mis agradecimientos a los organizadores del Festival por su receptiva predisposición para con los colaboradores altruistas que de alguna manera han contribuido al desarrollo y renombre de tan imprescindible evento.

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Espacio de crónica, crítica y análisis dedicado principalmente al cine pero en el que también caben otras manifestaciones culturales.

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