15 May 2008
El club de los jueves: ...and justice for all
Sibellai Bikila se mece con calma. Tiene los ojos cerrados y las manos entrecruzadas. En el reproductor de CDs del padre Pierre suena el preludio de la Suite Bergamasque. Sibellai sonríe y cuando lo hace su expresión es la de una niña pequeña, aunque no lo es. Tiene 15 años y algunas de sus amigas ya se han casado.
Recuerda la escena de hace 3 años, en esa misma estancia. Entonces no estaba el reproductor, ni la estantería de los CDs, sólo el viejo piano que el padre Pierre se trajo desde Francia cuando lo destinaron a la misión. Desde que llegó e insistió en enseñar música a todos los niños Sibellai se convirtió en alguien especial para él. Tenía un talento innato, inexplicable en medio de aquella sabana inhóspita y ardiente. Pero ni siquiera los dos años durante los cuales había sido testigo de excepción de su progresión le prepararon para aquello.
Era primavera y el calor comenzaba a ser sofocante. Era por la tarde, poco antes del ocaso. Sibellai, con sus doce añitos, se sentó en la banqueta desvencijada y el Fa grave resonó en toda la estancia. Un compás tras otro, el preludio fue creciendo con una perfección impropia de una intérprete tan joven e inmadura. Los intervalos de décima eran esquivados con precisos arpegios, los trinos y falsos mordentes se sucedían con la precisión de un experto en música barroca...
Cuando terminó el padre Pierre no pudo decir nada. Simplemente se levantó, sonrió y la abrazó. Sibellai se sentía exultante, con la euforia que sólo conocen quienes dan vida a la música a través de sus manos. El padre Pierre hizo un gesto vago, como para tomar impulso y comenzó a hablar, ahora muy serio y algo nervioso. Lo hizo en su swahili extraño de hombre blanco, la lengua que usaba cuando quería asegurarse de que Sibellai entendía perfectamente lo que quería decir. Le habló de Francia, de la Fundación, del futuro que había imaginado para ella,...
Sibellai aparta los recuerdos felices y abre los ojos. Mira sus manos. Se prepara mentalmente para levantarse.
En ese mismo instante, a veinte mil kilómetros de allí, el sargento de primera clase del cuerpo de marines de los Estados Unidos William J. Burke se estiraba el uniforme, tratando de mejorar su ya de por sí impecable aspecto. El tribunal había llegado a un veredicto.
Su abogado estaba satisfecho. Las cosas habían ido como esperaba. La ventaja de los tribunales militares era que los testimonios de civiles rara vez eran tomados en consideración, y aquello jugaba a su favor. Pero el sargento Burke no podía evitar cierto temblor. Al fin y al cabo era su carrera, eran sus veintidós años de servicio los que podían terminar abruptamente en cuestión de minutos.
El sargento se consideraba un buen hombre. Había sido entrenado, bien entrenado. Y había tomado las decisiones correctas. Aunque hubiera quien parecía no entender que las circunstancias eran excepcionales. Lo de Timmy, jodido cajún, era otra cosa. Timmy era artificiero, hacía su trabajo. Sabía que un día u otro podía terminar tiñendo una circunferencia de un metro de radio con su sangre y sus vísceras. Como de hecho sucedió.
Pero los demás... los demás eran sus hombres. Eran buenos hombres, marines americanos. ¿Cómo podía arriesgar sus vidas por tres míseras minas? ¿Cómo se lo iba a explicar a la mujer de Andy Williams, que le esperaba en Omaha con un hijo al que aún no conocía? ¿Cómo iba a darle la noticia a la madre de Chris Marston, que agonizaba entre infinitos dolores en un hospital de Montana con la única esperanza de volver a ver a su hijo antes de morir?
William J. Burke sabía que había hecho lo que tenía que hacer. Y, con la ayuda de Dios, todo este infierno terminaría pronto.
Sibellai tenía sólo recuerdos parciales. Había vuelto a casa para las vacaciones. Casi una francesita, decía su madre. El padre Pierre no podía creer lo rápido que progresaba. Estaba convencido de que llegaría lejos, aunque Sibellai nunca entendió muy bien qué quería decir con eso.
Recordaba la mañana, casi al final del verano, en que llegaron los soldados extranjeros y al soldado simpático que hablaba francés con aquel acento tan raro y que pasaba largos ratos jugando con los niños del poblado. También recordaba la explosión que lo mató el segundo día y lo nerviosos que se pusieron sus compañeros.
Recordaba sus gritos, los gestos que hacían... ninguno entendía el francés ni el swahili. Gritaron a los mayores, apuntaron a los niños. Pero los mayores no se movieron. Entonces el que parecía que mandaba les dijo algo y los soldados volvieron sus armas contra los mayores. Uno de los soldados no soportó la tensión y disparó al padre de su amiga Fré Kiwail, en la cabeza. Los más pequeños empezaron a llorar. Sibellai se mantuvo seria. Sabía que tenían que mantenerse firmes, como habían hecho los mayores. Pero ella no quería que dispararan a sus padres.
Entonces los soldados les hicieron señas... querían que entraran en la carretera prohibida. Sibellai sabía que nadie debía entrar allí, que había bombas enterradas. Algunos restos del soldado bueno seguían allí, como testigos del peligro. El hombre que mandaba les indicó cómo debían andar por la carretera, despacio y pisando fuerte.
El pequeño Haille, el primo de Sibellai, fue el primero. Haille siempre estaba de buen humor y, como se la habían caído las paletas hacía poco, Sibellai siempre le hacía cosquillas para verle reír, porque le encantaba aquella sonrisa inocente y desdentada. Haille se pasaba el día corriendo y Sibellai se alegró de que ahora pudiera correr tanto como quisiera con El Gran León por la sabana.
Luego fue Abebe, el hermano de Fré. A Abebe le picó el mosquito de pequeño y estaba enfermo a menudo. Era mucho más débil que los niños de su edad y siempre estaba callado. Sibellai pensó que Abebe no iría con El Gran León. Sin duda preferiría subir al árbol del Leopardo Blanco, a observar las vidas de los vivos, para poder aconsejar a sus familiares en sueños.
Los soldados les gritaban y gesticulaban. Sólo quedaba una, parecían decir. Sibellai andaba con mucho cuidado, manteniendo las manos en alto para protegerlas de una posible explosión. Quiso rezar al dios del padre Pierre, pero después de pensarlo decidió que no era una buena idea. Al fin y al cabo, el dios del padre Pierre se había dejado matar. No era buena solución para este problema. Y justo entonces sus recuerdos se detuvieron.
Lo siguiente que recuerda es el hospital, los vendajes, el gotero. El padre Pierre llorando desconsolado, maldiciendo su suerte por estar precisamente entonces en Francia, enterrando a su hermano mayor. Recuerda el dolor, el entumecimiento, la extraña sensación de intentar mover la pierna y el pie derechos, consciente a un tiempo de que podía hacerlo y también de que esa pierna ahora acababa un palmo por encima de la rodilla. Recuerda mirar sus manos, sus ocho dedos. Recuerda que pensó cómo le gustaría tocar el piano un rato. Quizá algo de Satie.
Este Tribunal militar, reunido en la base naval de Bethesda, Virginia, Estados Unidos de América, habiendo oído los testimonios pertinentes, ha decidido:
Primero, que en el fallecimiento en acto de servicio del cabo Timothy Spall, del cuerpo de marines, sección de artificieros, no hubo responsabilidad por parte de sus superiores. El cabo Spall cumplía con su deber y dio la vida en este cumplimiento, honrando a su patria, a la bandera y al cuerpo que lo acogió.
Segundo, que las decisiones tomadas por el sargento de primera clase William Jefferson Burke, en el ejercicio del mando de su unidad fueron irreprochables y ajustadas a la situación. El sargento Burke estableció, conforme a las ordenanzas, un perímetro de seguridad para proteger, a sus hombres y a los nativos, de las guerrillas locales y dio instrucciones precisas acerca de la peligrosidad de entrar en la zona minada tras el fallecimiento del cabo Spall. El hecho de que tres de los menores que habitaban en la aldea contravinieran explícitamente las órdenes y salieran del perímetro no se puede considerar responsabilidad directa del sargento Burke.
Este Tribunal lamenta las dos muertes acaecidas en el transcurso de los acontecimientos que hemos juzgado. El sargento de primera clase Burke, dado su ejemplar comportamiento y sus desvelos en la protección de los inocentes y de sus hombres, será recomendado para una mención al valor.
Por último, queremos dejar constancia de que son los hombres como el sargento Burke los que permiten a los Estados Unidos llevar a cabo la sagrada misión que Dios nos ha encomendado como nación: hacer del mundo un lugar mejor, con libertad y justicia para todos.
Música para el post: Gymnopédie 1 (Erik Satie).
La seño Reichel nos ha puesto esta semana como deberes un relato con un cojo (o coja, como es el caso) involucrado, así que más historias con zancada desigual en los blogs de ANA, CÁSTOR OLCOZ, CRARIZA, CRGUARDDON, ELEFANTEFOR, ELOJOQUEVES, JANPUERTA, KARMEN-JT, PAT, REICHEL, ROSA, SR. CAPULLO y UN ESPAÑOL MÁS.
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26 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Señor Capullo dijo
"¡¡¡¿¿¿Ordenó o no ordenó usted el código rojo???!!!"
Perdón, que me he ido de película...
Escocés, chapó... un relato impresionante y duro. Pero magistralmente contado, con esas dos líneas argumentales que se cruzan y descruzan... ¿Cuantos desmanes no se harán en nombre de la patria, dios y la madre que lo parió?
Un abrazo.
un-espanol-mas dijo
Un historia perfectamente contada. Original los bloques de tiempo y lugar, le dan un aire muy profesional. Con el video se lee de otra forma, tio eres un crack. Me has dejado tierno para un para de horas .... Genial. Un gran abrazo ...
elisa- dijo
Genial, Dany, me ha encantado. Un historia dura pero muy real.
Un beso
NEKANE dijo
Dany, me has dejado pegada a la pantalla, describes cada detalle con tada sutileza, que por un momento deje de leer, y sentía lo que describías.
Tengo truco....Ponga la música, antes de leer el texto, lo que me ayuda a volar a esos momentos.
BESITOS
elefantefor dijo
Tu maravilloso relato está a la altura de la admirable música que has elegido. Y la durísima realidad que nos cuentas es como las disonancias de la Gymnopédie. Enhorabuena.
Gracias y un abrazo.
elojoqueves dijo
Hola escocés. Primero que todo encantado de leerte. Y segundo ENCANTADO DE LEERTE. Joder qué bueno no??. Un fantástico relato, literariamente impecable y socialmente inquisidor frente a esa realidad de guerras, hambrunas, minas antipersona y desprecio a la vida en general y a la de la infancia en particular.
Qué pasaría si todos/as pensáramos que esos niños son como los nuestros, que pueden incluso ser los nuestros. Que son los nuestros, vaya.
Gracias Danny. Además, cuando escuche la música en casa a la tarde creo, por los comentarios, que me va a gustar todavía más.
Un abrazo.
Daniel MacGill dijo
Lord K, muchas gracias por estos comentarios y por los del foro (que los acabo de leer). Es lo que tiene la memoria visual generacional... compartimos tantas referencias que nos resulta más fácil llegar... salvo que los lectores no hayan visto "Amanece que no es poco", o algo... Un abrazo.
Juan, gracias a ti por tu ayuda en la etapa previa y por tu comentarios. Un abrazo.
Gracias, Elisa. Sí que es real... aunque tal vez nunca haya sucedido... Un beso.
Niky, me has pillado el truco... igual debería poner primero la música... no sé, en mi caso es que no hay uno sin la otra, porque sin música ni me inspiro ni ná de ná... Un beso, guapa.
Alfonso, gracias... pero no, no estoy a la altura de Satie ni de lejos lejos lejos. Ya me gustaría, ya... Un abrazo y gracias por pasarte.
Pedro, lo primero bienvenido, bien hallado y gracias por añadirme como amigo. La verdad es que mi intención era acercar esta historia a una realidad factible... que disfrutes de la música, a mí me encanta... Un abrazo.
jpolinya dijo
Vale, no te he oído, y no sé si estás o no a la altura de Satie.
Sí a la de Saki o a la de Boulle o a la de Ballard.
No sé si has tenido tiempo de leer el artículo de Barnils que posteé ayer "El diablo sobre ruedas", el primer párrafo seguro que te daría para uno de tus relatos cortos.
Un gran abrazo.
Cástor Olcoz dijo
Leyendo tu relato con ese fondo musical no he podido evitar las imágenes de
"Apocalipse now", superpuestas al texto. Esta clase de temas nos sobrecogen
hasta el punto de no acostumbrarnos a la barbarie. Sin embargo es preciso
abundar en testimonios como éste. Un cordial saludo
karmen-jt dijo
Impresionante relato, no solo por el fondo sino por la forma. Muy bien relatado, como han dicho arriba, mezclando las dos historias para lograr una mayor implicación. Y con una lectura interesante, ágil. Un abrazo. Me ha encantado.
Rosa, niña guerrera MaJiCor dijo
Como dices que luego te abrumo con tanto halago, ahora sólo opto por halagarte más pero sin decirlo ... Tu relato es lo que se dice bien narrado, ambientado, expuesto. Y el contenido que es lo más importante, sobrecoge ... enerva de impotencia que pasen cosas así.
Enhorabuena Daniel.
Con cariño te saluda Rosa.
Escocés dijo
Perdón por la ausencia, estamos teniendo dificultades técnicas en casa... vamos que hemos pillao un peazo virus que ríete tú de la peste bubónica... En fin, la vida...
J, luego me paso por tu casa... seguro que me interesa lo que tienes que contar, as usual. Y lo de escucharme... todo se andará, pero te aseguro que como Satie, pues más bien va a ser que no. Pero que no, que no, vamos.
Cástor, es una referencia excelente. No es que pensara en ello al escribir, pero no puedes evitar tener por el inconsciente esos recuerdos de pelis que has visto tantas veces y que te han marcado. Gracias por pasarte, bienvenido y un abrazo. El kit completo de "Hola, qué tal?".
Karmen, muchas gracias... espero que haya sido ágil, porque con el tochaco que os he largado esta semana... a ver si la semana que viene puedo concretar un pelín más.
Rosa, muchas gracias... es cierto que me abrumas, jejejeje, pero no es que moleste... Y desde luego si lo tuyo no es halagar... que venga el protagonista de mi próximo relato (ya está en marcha) y lo vea...
Eme dijo
Joder me he emocionado.
Escocés dijo
Gracias, M. A mí no me cuesta ningún trabajo ponerme en la piel de alguien que pierde la posibilidad de vivir la música... y me resulta aterradora. Un abrazo y mucho ánimo para THB.
quadrophenia dijo
Quizás sea una contradicción decirte que me ha gustado la forma en la que cuentas la historia pero también me ha apenado el fondo y su causa... ¡Snif...!
Perdona, Escocés, pero últimamente ando un poco con el "moco flojo", y me emociono muy fácilmente...
Besitos
Daniel MacGill dijo
Bueno, más que una contradicción a mí me parece un halago... Y oye, cuando quieras halagar, tienes abiertas las puertas de mi casa!!!!
Now put a little smile in that face of yours... que no se diga que nos está sentando mal cumplir años, ein?
Un beso, Q.
quadrophenia dijo
¡Qué jodio! Hasta que no me has hecho reir no has parado....
Is this one good enough?

No sé a tí, pero a mí los años me sientan como al vino.... al buen vino, claro.
Otro beso pa' la saca...
Daniel MacGill dijo
Bueno, Q, para eso estamos. A mí los años, qué quieres que te diga... según. A mis kilos le sientan muy bien (de hecho, tengo más que nunca!!!!!!!!), a mi pelo le sienta regular y a mí, así, en general... los años no me sientan ni bien ni mal.
Ahora, la vida... Otro beso para ti, en justa reciprocidad.
uru dijo
Daniel,,, mis púas te hacen la ola...
Gran relato y gran contenido, eres todo un perfeccionista, mis más sinceras felicitaciones. Sana envidia, me ha encantado y encima... Satie... mi compositor preferido... y para colmo... su Gymnopédie 1... mi predilecta...
Gracias
Un abrazo
Daniel MacGill dijo
Hala, pues ya es puntería...
Gracias por tus palabras, la verdad es que es importante la ayuda de los otros miembros del Club: leen las primeras versiones y luego critican (de buen rollo), aportan ideas y sugerencias que mejoran mucho los textos. Ya he visto que tú eres más de reflexión política y actualidad, pero si algún día te da por la ficción... ya sabes. Un beso musical.
Ana dijo
Inmejorable!. Un beso.
Daniel MacGill dijo
Pues coincidimos, Ana... mira que he intentado hacerlo mejor... pero nada, no hay manera, no doy para más, hija.
Un beso de perfil.
crguarddon dijo
Qué bien has elegido la música Escocés, me encanta Satie. El relato, muy, muy bueno, se beneficia mucho con las notas que no dejas. Eres un experto tallerista. Felicidades y gracias, sigo con Satie...
P.D. Siento mis ausencias y retrasos, cosas del día a día.
Escocés dijo
La música era un tiro fácil, Carmen... Muchas gracias por el halago y espero verte pronto de nuevo creando, que se ta da casi casi casi tan bien como ruborizarme
Un beso.
lareichel dijo
este sí lo había leído.
un beso majo
Daniel MacGill dijo
Pues otro beso majo para ti, a ver qué te crees...
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