Woody Allen vuelve a New York. Eso ya de por sí es una buena noticia. No es que su periplo europeo (que parece que proseguirá) no haya dado buenas películas, dejando a un lado el truño de Vicky Cristina Barcelona. Pero es que esta vuelta a sus orígenes y a sus paisajes urbanos de costumbre también trae una vuelta a la brillantez y al mejor humor en su escritura.
En Whatever works, Allen exagera y estira los tópicos, eso es cierto. La América profunda, reflejada en la familia Celestine, pueblerina y reprimida; la cosmopolita (y, a ratos, un tanto superficial) New York, retratada en los amigos del protagonista. El amor en sus encarnaciones menos habituales, la familia en su vertiente tradicional y no tanto, la brillantez intelectual y las dificultades que conlleva (para el que la posee y para los que viven con él).
Pero sobre todo, estira su propio tópico, esta vez encarnado en Boris, un ex-profesor de física hipocondríaco, grosero, soberbio, misántropo y sarcástico, magistralmente interpretado por Larry David. Pero cuando vemos a Larry David, estamos escuchando a Woody Allen; imposible disociar la persona del personaje. Sin embargo, sería injusto no mencionar la aportación de David, su sonrisa irónica y su complicidad, que probablemente hacen al personaje más simpático de lo que lo hubiera hecho Woody Allen.
Lo mejor de esta película es, como solía ocurrir, el guión. Rápido, divertido, a ratos realmente brillante. Lo peor, algún que otro recurso demasiado fácil. Pero es que uno no lo puede evitar. De Woody Allen siempre espero lo mejor de lo mejor. Y está vez se ha quedado cerca.













A ver, vamos por partes: