10 Oct 2008
Superar la agorafobia viajando II
Pasaron varios años de aquel incidente pero la impronta se había quedado en mi subconsciente. El miedo a la calle era tal, que en ocasiones, me entraban crisis de pánico y tenía que salir corriendo del lugar en el que me encontrara. Podía ser la gran vía, el metro o el parque de mi barrio, daba igual. Sentía un miedo injustificado pero terriblemente poderoso, como si una amenaza se cerniera inminentemente sobre mí para acabar con mi vida. Me sentía inseguro en cualquier lugar que no fuese mi casa. Esa fue la dinámica durante diez largos años: crisis de ansiedad, taquicardia y miedo.
Nunca se me pasó por la cabeza acudir a un psicólogo por pura vergüenza. A cambio, trataba de hacer mi vida lo más normal posible para que nadie supiera lo que me pasaba. Salía con mis amigos, hacía deporte, estudiaba… Pero siempre con esa daga ensartada en mi corazón.

Un día mi chica me propuso ir de viaje por Europa. Ella y yo solos. Lógicamente le dije que no, pero insistió tanto que no me quedó más remedio que acceder. Entonces no sabía lo acertada que fue mi decisión.
Con un miedo atroz y un nerviosismo indescriptible, partimos hacia Italia en avión. Próxima parada Milán. Al llegar a tierra italianas me volvió a atacar el miedo y me quedé paralizado: allí nadie hablaba en castellano y no conocía un solo lugar donde poder sentirme seguro. Mi santuario de paz estaba a cientos de kilómetros y por delante me quedaba un mes sin refugio. Mi chica no hablaba inglés, así que me toco el papel de encabezar todos nuestros movimientos. La situación me desbordaba.
Poco a poco me fui dando cuenta que el miedo no iba a ser buen compañero de viaje. Si quería sacar provecho de la situación, tenía que quitarme de encima ese incómodo sentimiento. Sin darme cuenta, fui olvidando mi miedo, desenvolviéndome por Milán como un pícaro. Tras Milán vinieron, Roma, Patras, Atenas, Tesalónica, Estambul, Sarajevo, Mostar, Dubrovnik…Enterré para siempre la agorafobia. Nunca más he vuelto a tener miedo.
Lo que realmente me hizo romper la barrera del miedo fue la propia necesidad de la situación. Sin pensarlo, estaba poniendo mi mente al límite: estaba al borde de un precipicio y no me quedaba más remedio que avanzar. Me vi en la necesidad de enfrentarme a la agorafobia sin posibilidad de dejarla salir, ya que todos los subterfugios que paliaban sus efectos se habían quedado en Madrid. Sólo ante una ciudad desconocida, en mi primer viaje al extranjero. Aquello que me había perseguido durante años desapareció en menos de un día.
Ahora recuerdo esa etapa de mi vida como algo pasajero, y todo gracias a ese primer viaje a la aventura. Desde entonces, aunque la agorafobia se ha desintegrado, arrastro una enfermedad mayor, una dependencia que se hace más fuerte cada día, necesito mi dosis de viaje.
09 Oct 2008
Superar la agorafobia viajando
El mochilismo no sólo me ha proporcionado momentos inolvidables sino que, además, me ha quitado de encima un gran peso que me llevaba torturando diez años.
Me remonto a enero de 1995 para meternos en contexto. Unas horas antes de que el Real Madrid diera una soberana paliza al Barcelona por 5-0, yo andaba por las proximidades del Santiago Bernabeu con la intención de ir a una bolera situada en la madrileña zona de Azca. Para el evento, me vestí con las mejores galas, entre ellas, una flamante cazadora de borrego que mis padres me habían regalado con toda su ilusión el día anterior.
Antes de salir de casa, mi madre, con ese don que sólo las madres tienes me dijo que tuviese cuidado con la cazadora porque, al parecer, “era muy golosa”. Una vez en el Azca, mientras esperaba en compañía de un amigo al resto de la compañía, unos energúmenos ataviados con ropa militar y luciendo una hermosa cabeza rapada, nos rodearon. El más ganso de todos se acercó a mí, rodeó mis hombros con su brazo, y sin dejar de mirar mi nueva cazadora me dijo –Bonita cazadora ¿eh?- -Sí, la verdad- le contesté ingenuamente- -Pues, venga vete desabrochando la cazadora ahí-. Se me heló la sangre, sentí como mi corazón retumbaba en mi pecho, bombeando la sangre hacia todo mi cuerpo. No me podía creer la situación. Estaban intentando robarme la cazadora. A mi amigo le entró pánico y echó a correr. Uno de los cabezas rapadas grito – Eh, se escapa el pardillo, a por él- Y acto seguido cinco de esos monos rapados salieron corriendo. El resto de depredadores me rodearon mientras me decían –Nos vas a dar la cazadora por las buena o por las malas, tú verás-.
Ahora no me dan miedo, siento lástima por ellos
El miedo me mordía los píes y los brazos y comencé a temblar. Balbuceaba palabras sin sentido, rogando a mis captores que por favor me dejaran ir. La manada de lobos estrechaba aun más el círculo alrededor de mí. Finalmente me resigné y comencé a desabrocharme la cazadora.
De pronto, me acordé de unas monedas que tenía en el bolsillo y decidí rescatarlas para hacer una llamada pero el pulso me traicionó, al sacar las trescientas pesetas mi mano tembló y se cayeron al suelo. La manada, deseosa de robar tesoros, miró al suelo y como niños que recogen los caramelos de una piñata, se lanzaron a por las tres monedas de veinte duros. Los depredadores habían deshecho el círculo que me acorralaba. Sin pensarlo, me escurrí por el hueco abierto y me lancé a la carrera al grito de socorro. En realidad no era yo el que corría, era mi miedo.
Las rebajas, abarrotaban los alrededores del Corte Inglés de Nuevos Ministerios. Entré en el gran almacén y continué corriendo hasta llegar a una oficina en el interior de la tienda. Allí, exhausto y aterrado, conseguí llamar a mi casa para que mis padres vinieran a recoger lo que quedaba de mí. Ese día rompí mi último lazo de inocencia.
Después de aquella experiencia, comenzó a costarme trabajo salir a la calle. Cuando veía una cabeza rapada me escondía como una garza asustada. Día tras día fue creciendo en mi interior ese mal que los psicólogos conocen como agorafobia...
05 Ago 2008
EL EXTRAÑO ANCIANO ESLOVACO
Era la tercera vez que llegabamos a la estación de tren de Bratislava y aquel lugar comenzaba a ser tan familiar como el salón de mi propia casa. De hecho, ya teníamos algunos conocidos que vagaban por el perímetro de la estación en busca de un cigarro, una moneda o un trago de licor. Eran aproximadamente las doce de la noche y nuestro plan era extender los sacos para dormir en la sala de espera. La noche era muy cerrada y el personal que frecuenta la estación no genera demasiada confianza; estábamos cansados y comenzamos a barajar la posibilidad de yacer en una cama. Después de una improvisada reunión decidimos por unanimidad tratar de encontrar un alojamiento en el centro de Bratislava.
Nos dirigíamos a la parada de taxi cuando un hombre mayor de piel completamente pálida y vestido con sombrero y gabardina negros nos paro. -¿Os puedo ayudar en algo, jóvenes?- Le mire a la cara, tras la sombra del sombrero brillaban unos ojos azules que transmitían una profunda tristeza. En silencio, el anciano metió la mano en una bolsa de plástico y nos sacó una vieja fotografía. Me la ofreció pero el grupo ya había echado a andar. Le di las gracias y me marché.
En la parada de taxi, Albert ya había comenzado a negociar con dos taxistas que hablaban entre ellos en eslovaco. Uno de ellos prefijó un precio por acercarnos hasta el centro, a un supuesto albergue. El otro parecía disconforme y protestó a su compañero alzando la voz. Nos dio otro precio distinto. Aquello nos hizo sospechar y decidimos abortar la misión. Amablemente nos despedimos de los taxistas y nos fuimos a la parada de tranvía.
De camino para allá, volvió a aparecer el anciano de negro con su bolsa de plástico y, esta vez, iba acompañado por una famélica anciana de cabello negro. Me sejeto de brazo y sin decirme nada me extendió una fotografía. Aquello pintaba mal. Albert me dijo que seguramente fuese un anciano que había perdido el norte y por lo visto aquella teoría parecía cierta. Volví a despedirme del anciano y continuamos hacia la parada de tranvía.
Allí sentados, analizamos el plano de la ciudad, debatiendo sobre el camino a seguir. Henar, soltó una leve carcajada y nos avisó de que el anciano venía hacia nosotros con la fotografía en la mano. -¡Joder, qué pesado!- dijimos.
Ya sobre nosotros, el anciano incansable comenzó a pasarnos fotografía en las que se veían jóvenes viajeros con mochila al hombro. En algunas de las fotos aparecía él con unos cuantos años menos. La pareja de ancianos se nos quedaron mirando en silencio. Al rato es nos preguntó por nuestro país de origen y le respondimos que eramos españoles. Introdujo la mano en la bolsa y sacó una vieja foto en la que salían dos chicas, al dorso, un escrito de las viajeras aseguraba que "Edmund" había sido muy hospitalario y que había preparado el desayuno de la mañana. Al parecer, aquel hombre nos podía alojar.
Durante el viaje de tren a Bratislava unos viajeros argentinos nos dijeron que en Bratislava había un hombre que alquilaba habitaciones muy baratas pero que tenía el síndrome de diógenes y su casa parecía un estercolero, lleno de bolsas de basura. Por su aspecto, aquel anciano vestid de negro tenía todas las papeletas para ser anfitrión de la basura.
Eran las doce y media, y nuestras posibilidades de encontrar cama se iban reduciendo. Teníamos que elegir: irnos con la extraña pareja de ancianos o probar suerte en el centro de la ciudad. Finalmente nos quedamos con la primera opción.
El anciano se presentó como Edmund Toós. Sacó unos billetes de tranvía y nos fuimos a su casa, a las afueras de Bratislava. Ibamos con un poco de recelo.
llegamos a su casa, un chalet con jardín exterior. Cuado abrió la puerta todos nos temimos lo peor, pero no, la casa estaba limpia. Subimos hasta las habitaciones que con unas camas que nos parecieron estar hechas con trocitos de nube. Edmund nos doi unas llaves de la casa, se despió y nos dijo que maána desayunaríamos en el jardín. El Olimpo de los Dioses no debía ser muy distinto de aquella habitación.
A las diez de la mañana sonó la puerta del cuarto. Al otro lado Edmund nos avisaba de que el desayuno ya estaba servido. Bajamos al patio, delicadamente decorado con todo tipo de plantas. En el centro del patio, nos esperaba un delicioso desayuno a base de café, tostadas, huevos revueltos y zumo de naranja que había preparado nuestro entrañable Edmund.
Cuando terminamos de desayunar, estuvimos un buen rato hablando con Edmund sobre su vida, sus aficiones. El anciano sacó unas cervezas y nos mostró su más valioso tesoro: su colección de monendas del mundo. En aquel momento me sentí afortunado por haber conocido a aquel hombre. Era muy mayor pero la vida rebosaba a través de sus ojos azules. Me sentí a mal por haberle rechazado varias veces en la estación de tren y tuve la necesidad de compensarle. En mi bolsillo siempre llevo dos monedas, una peseta rubia y cincuenta reales de las antiguas. Se las di a Edmund y le expliqué qué eran. El anciano no cabía en sí de gozo, me dio las gracias varias veces, le interrumpí y le dije que quien verdaderamente se merecía las gracias era él por su magnifica hospitalidad.
Si viajais a Bratislava id a casa de Edmund Soós, es el perfecto anfitrión, os dejó la dirección: Záborského 25, 831 03 Bratislava. Tlf: 444 57 951. Mvl: 0902278683
24 Jul 2008
ASLAN, EL PÈQUEÑO LIMPIABOTAS KURDO
El pueblo Kurdo pertenece al reservado club de los sin tierra, o mejor, los sin patria. Su antiguo país, Kurdistán, desapareció hace centenares de años a causa de las intrigas históricas. Desde entonces, los kurdos luchan por conseguir un pedazo de tierra en la que poder crecer como nación. Por ahora, son considerados terroristas o ciudadanos de segunda en aquellos países en los que se divide la antigua Kurdistán: Siria, Irán, Irak y Turquía. Como le ocurrió al pueblo judío y ahora al palestino, estos "sin patria" son perseguidos, humillados y asesinados allá donde vayan pero bajo su piel Kurda late un corazón humano.
Llegamos a Estambul desde Tesalónica tras más de catorce horas de viaje en un tren que avanzaba a paso de tortuga. El viaje mereció la pena, todo un mundo exótico se erguía ante nuestros ojos que maravillados contemplaban la grandeza de lo que el hombre ha hecho con sus manos.
El sol estaba poniéndose y sus últimos rayos acariciaban los edificios de la capital turca ofreciendo un espectáculo único; como si se tratase de la mano de Midas, allí donde se posaba un haz de luz solar, el material iluminado se convertía en oro. Para verlo mejor, nos desplazamos hasta lo alto del puente que cruza el Bósforo. Después de saciarnos de belleza visual y aprovechando que el estrecho que se abría camino bajo nuestros pies separaba el mundo occidental del asiático, quisimos saber cómo era Asia.
Caminamos durante una hora dejándonos encandilar por todo lo que veíamos. Llegamos una plaza en la que una vieja iglesia romana coronaba la cima de un ascenso interminable. Grupos de personas se diseminaban por la superficie de aquel lugar y un grupo de niños jugaba al fútbol con un viejo balón. Dejamos nuestras mochilas y nos unimos al grupo de niños, que de buen grado, accedieron a dejarnos jugar. Al rato, un niño de tez morena me dijo que quería unirse al juego; en lugar de contestarle, le pasé el balón. El dueño de la bola corrió a por su pelota, la recogió y nos dijo que el niño no podía jugar. -Es kurdo- nos dijo. Todos nos quedamos en blanco y dejamos de jugar para hablar con el pequeño kurdo.
-Me llamo Aslan que significa León- nos dijo el pequeño mientras cogía un cajón de limpiabotas -Los turcos no nos quieren porque somos de kurdistán y no tenemos país- Sentado sobre su cajón nos habló de lo dura que había sido su vida a su temprana edad. Aslan se ofreció de guía para mostrarnos el verdadero Estambul, lejos de los turistas. Le seguimos.
Estrechas callejuelas con gente sentada a la puerta de sus casas, viejas tiendas de alimentación, bares con personas tomando té y fumando en shisa. Aquello era la capital de Turquía. Aslan estaba emocionado, se agarraba a nuestras manos mientras paseábamos y bromeaba diciendo que éramos sus papás y sus mamás. Después de tanta caminata nos entró hambre y decidimos cenar en la margen del Bósforo. Nos sentamos en un chiringuito en el que servían Kebabs de pescado y Aslan se apartó para no molestarnos mientras comíamos. Nos partió el corazón. -Aslan, ¿Qué haces?, ¿Es que no quieres cenar con nosotros?- le preguntó Sergi. El joven León hizo una mueca de vergüenza pero finalmente se sentó con nosotros.
Este es Aslan hablando con Sergi
Con los estómagos llenos, dimos un último paseo por la ciudad. Delante de nosotros un coche de policía frenó bruscamente y un par de agentes salieron del vehículo en dirección a Aslan, que empezó a correr. Conseguimos agarrarle y le abrazamos. Con tono severo le preguntamos a la policía qué querían, y en el mismo tono nos respondieron que ese niño era un ladrón. Encolerizados le dijimos que estaba con nosotros y que no había robado nada; nos juntamos al pequeño limpiabotas kurdo que tenía los ojos fijos en el suelo. Los agentes, frustrados, nos advirtieron que tuviésemos cuidado y se fueron. Aslan nos abrazó.
Llegó la hora de la despedida y la pena nos inundó el pecho. Al día siguiente volvíamos a Europa, a nuestra cómoda vida de occidentales, en nuestras seguras casas mientras que el pequeño Aslan tendría que seguir peleando con su entorno para sobrevivir. Las lágrimas recorrían la cara de nuestro joven amigo que se resistía a marchar. Le cayeron decenas de besos y abrazos, y pequeños obsequios que llevábamos en los bolsillos. Regresamos al hotel en silencio pensando en Aslan.
Han pasado tres años desde aquello y muchas veces me pregunto qué habrá sido de aquel niño condenado a una vida dura simplemente por no tener nación. Me consuela saber que su inteligencia le sacará de todos los problemas en los que se meta, aun así, le deseo un futuro digno de ser vivido.
!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->23 Jul 2008
El ARTISTA ALTERNATIVO DE ROMA
En cierta ocasión un buen amigo mio me dijo que si quería conocer una ciudad tenía que pasear por sus calles y mezclarme con sus gentes. De ese modo, entendería como es ese lugar realmente. Pensé en mi ciudad, Madrid; Me imaginé un turista paseando por el centro y al mismo tiempo pensé en mi propia vida como madrileño, lejos del centro, haciendo mi vida en un barrio periférico. Creo que la calle donde vivo, mi casa, mis vecinos, mis amigos, el supermercado en el que compro, eso, es Madrid, y no la Cibeles o la Plaza Mayor. Desde entonces, cada vez que viajo, busco esa calle y ese vecino que define la ciudad verdaderamente.
Roma es un museo convertido en ciudad. Vayas por donde vayas siempre hay un detalle, una columna o los restos de una antiguo edificio de la era imperial. Es, sin duda una de las ciudades más bonitas de Europa, pero al mismo tiempo es una de las ciudades más preparadas para gustar del viejo continente. Tiendas, tiendas y más tiendas que abren sus puertas a los turistas deseosos de llevarse a sus ciudades de origen un bonito recuerdo romano. Siempre he odiado eso.
Cuando recorrí el centro turístico de Roma y me sacié de grandes monumentos históricos. Me salí del itinerario turístico para perderme por la noche romana y conocer a ese vecino que define Roma. En esa búsqueda, me encontré a un tipo muy peculiar que rompía con el modelo de romano orgulloso de la cultura legada por sus ancestros. Era un vividor del día a día, un transgresor del arte incomprendido. Su museo estaba en la calle, donde suceden las cosas, y su muestra era una burla irónica del mundo materialista que hemos construido.
Entre sus obras, me llamó la atención una que se llamaba Dolce Gabbana y se trataba de unas gafas de sol rotas. Aquel hombre lo hacía por amor al arte, no quería limosnas. El corredor de una escalera de bajada era su sala de exposiciones y al final de la misma había un libro de visitas donde los visitantes podían dejar sus impresiones; había centenares de firmas de todas las partes del mundo y en todos los idomas imaginables.
Aquel artista nunca será conocido, sus obras no alcanzarán cifras millonarias ni llegarán a una gran subasta, sin embargo, aquella persona se ganó mi respeto y el de cientos de visitantes. Aquel hombre me enseñó una pequeña parcela de la ciudad de los Césares que siempre permanecerá en mi recuerdo.
Caminando hacia la estación de tren pensé: Eso es Roma.
18 Jul 2008
LA RUTA DE LA CERVEZA DEL ESTE (II)
Con las mochilas a cuestas salimos de Budapest para llegar a la capital de Bosnia Herzegovina, Sarajevo. Era muy temprano y pudimos ver el centro de la ciudad completamente sólos. Pero, como es lógico, andar cansa y necesitabamos respostar. Nos sentamos en un bar y pedidmo la cerveza local. Curioso. Se llamaba Sarajeveska Pivara y la fabricaban a escasos cien metros de donde estábamos sentados. Grupos de soldados de la ONU vigilaban la ciudad. Los cascos azules españoles vigilaban la fábrica de cerveza.
Macutos al hombro y nuevo viaje para descubrir unas cervezas que no tienen nada que envidiar a las alemanas aunque son muy poco conocidas. Se trata de las cervezas Croatas.
El tren paró en Dubrovnik que es una especie de paraiso mediterraneo en la costa Croata. Playas, paisajes mágicos, precios bajos y cerveza. ¿qué más se puede pedir? Bueno, una cosa, que sirvan la cerveza un poco más fría. Parece ser que no conocen la jarra helada de nuestros bares. Tomad nota de las recomendables cervezas Croatas: De sabor suave y del tipo lager resaltan la Karlovačko, la Pan y la Ožujsko. Pero si lo que quereis es sabor a borbotones, desgutad la Tomislav, una cerveza negra con aromas a café que entra solita. Ojo con esta mulata que es peligrosa, tiene más de siete grados.
Con la música a otra parte dimos con nuestros huesos en otro reino cervecero, Polonia. El tren de la birra nos dejó en Cracovia, al sur de Polonia. Sabía por experiencia que los polacos eran muy buenos aficionados a la rubia espumosa pero no me imaginaba quie empezaran el día tomándose medio litro de zumo de cebaza. Mientras nosotros pedíamos una triste café con magdalenas, los polacos bebían sus litrillos en vaso de pinta. ¡Qué tíos!
Si parais por Polonia, lo primero que teneis que saber es que amanece a las cinco de la mañana, no es fruto de la borrachera. Lo segundo es que os vais a perder entre tanto tipo de birra. Destacables: Tyskie, una de las que más dse beben en sus dos versiones, la tipo pils llamada Tyskie Gronie; y la tipo lager denominada Tyskie Ksiazece. Otras conocidas son Zywiek y Lech. Sin embargo no os quedeis en las conocidas, coged a granel para encontrar sabores sorprendentes y únicos. Eso sí, no os paseis porque la policia polaca no es nada amable y os puede chafar la fiesta.
16 Jul 2008
LA RUTA DE LA CERVEZA DEL ESTE
¡Cuánto tenemos que aprender de nuestros vecinos del este!. Empezando por Bélgica y acabando por Polonia. La cerveza en aquellos países es una forma de vida. Cada persona tiene su marca favorita y dispone de un abanico muy amplio donde elegir. Para empezar, el botellín no existe y el tamaño clásico es la pinta, que dicho en cristiano es medio litro de birra. Este es el motivo por el cual salir de cañas suele terminar en un profundo estado de embriaguez. Además, y esto es un gran error por su parte, fuera de España no sirven esas tapitas que tan bien sientan junto a la birrilla y se bebe con el estómago vacío.
Cuando me propuse hacer un viaje por algunos países del este, nunca pensé que la protagonista indiscutible del periplo fuese la cerveza. Desde la primera parada en Frankfurt me di cuenta que mi compañera de viaje iba a ser una rubia espumosa. (Aunque a medida que fui alternando con cervezas terminé prefiriendo las morenas tostadas)
Las primeras cervezas fueron unas Warfteiner, rubia de sabor suave. Con ese nombre sólo pueden ser alemanas. Antes de despedirme de los germanos degusté una mítica Paulaner tostada que me dejó entusiasmado. El próximo destino era Bratislava, en Eslovaquia. Aunque se bebe mucha cerveza no tiene la fama internacional que puede tener su hermana, la República Checa. Aun así, son destacables algunas cervezas como Zlaty Bazant, Kelt, Corgon, Smadny Mnich o Topvar.
Tras un viaje de tren de ocho horas llegamos a la estación de Budapest, capital de Hungría, donde realmente me di cuenta de la importancia de la cerveza en la vida de los europeos del este. Una vez arregladas las cuestiones del alojamiento y la planificación, decidimos ir a comprar. En el supermercado descubrí un rincón exclusivamente destinado a las cervezas. El sitio ocupaba aproximadamente el 15 por ciento del establecimiento y albergaba más de doscientos tipos de cerveza. Casi me pongo a llorar. Avisé a mi compañero de viaje, un barcelonés muy salao que se llama Albert, y entre los dos decidimos llevarnos un menú de degustación de cervezas, aprovechando que en nuestra habitación del albergue había nevera.
Si os soy sincero. Recuerdo perfectamente la emoción de la primera cerveza, una Kozel checa. Incluso recuerdo la segunda una suave y fresquísima Pilsner Urquell. La tercera, se me aparece un poco borrosa. La cuenta termina en la cuarta aunque la cata fue bastante más larga. En principio, íbamos a planificar el itinerario a seguir pero obviamente nos quedamos anulados ante tanto bebercio y desistimos. Lo que sí nos quedó claro es que nos quedaríamos un par de días en Budapest para aprender más de su cultura. Por cierto, muy reseñables las cervezas Borsordi, Dreher, Soproni Ászok y Kaiser. Y a petición de un ex residente Húngaro, Antonio Casero, destaco también la Arany aszok, la más bebida en Hungría.
Esto se acaba pero continuará…
14 Jul 2008
No te cueles en el tranvía de Budapest
Cuando se viaja sin dinero hay que recortar gastos y los medios de transporte suelen ser los favoritos para este tipo de ajustes económicos. En Budapest es sencillo colarse en los tranvías y en el metro porque no tienen vigilancia. Pero no os fiéis, es una trampa. Si aquí la captura del “guiri” es un buen negocio para los comerciantes, allí el guiri es el perfecto pagador de multas.
Habíamos quedado en la estación de tren de Budapest con unos mochileros catalanes. El primer desplazamiento tenía que ser en tranvía y con saldo cero. Apareció el convoy y nos subimos. Al principio pensamos que nos íbamos a poder mover de aquí para allá sin ningún problema. Qué equivocados estábamos.
11 Jul 2008
AUSCHWITZ, LA CICATRIZ DEL HOLOCAUSTO NAZI
El ser humano tocó fondo durante la Segunda Guerra Mundial. El último hilo de inocencia que albergaba el corazón de la humanidad se rompió y desde entonces nos hemos acostumbrado demasiado al sufrimiento ajeno. En la localidad polaca de Oświęcim, todavía sigue en pie un pedazo del infierno en la tierra, el campo de concentración de Auschwitz y el campo de exterminio de Birkenau. Dos estructuras que perduran para sacudir el polvo de nuestras conciencias y recordarnos los que el hombre hizo y que nunca más debería volver a hacer.

El "trabajo te hace libre", reza un letrero a la entrada del campo. El cinismo Nazi no tiene límites. En los viejos edificios de ladrillo y sus cámaras todavía resuenan los lamentos de los inocentes que fueron enviados allí por ser diferentes. Millones de vidas se disiparon por una mentalidad errónea y violenta que movilizó a todo un país.
Habíamos llegado a Cracovia, sabíamos que a unos kilómetros se encontraba este doloroso recuerdo y decidimos ir allí. El grupo inicial de viaje se había dividido y los que quedábamos, nos habíamos unido a un grupo de mochileros de Almería.
Llegamos en tren hasta Oświęcim, lugar donde se encuentra el campo. Caminamos unos kilómetros hasta situarnos ante la alambrada metálica que delimita este infierno sobre la tierra. Al verlo se me erizó la piel y me imaginé que yo era una de las víctimas que deambulaba por aquel recinto. A mi alrededor, una turba de turistas disparaba con sus cámaras fotográficas hacia todas partes.
Nos metimos en uno de los barracones donde se hacinaba a los presos. Camastros de madera se disponían en hileras del mismo modo que las celdas de una colmena. Allí dejaban sus cansados huesos tras horas interminables de trabajo. La existencia de los prisioneros se convirtió en no vida. En ocasiones, los soldados quitaban las gorras a los reos, las lanzaban cerca de la valla electrificada y obligaban a recogerla; cuando estaban cerca de la verja les disparaban por intentar escapar; Esta muerte le servía al soldado para obtener un día libre.

Recorriendo el campo dimos con una de las salas que más me han marcado. En su interior una inmenso cristal nos separaba de una masa de cabello humano que los Nazis habían cortado a las mujeres que entraban en el campo. Con el pelo acumulado hacían diversos objetos como botones. Es ese momento, me di cuenta de la envergadura de los que estaba viendo. Mis manos se paralizarón y me llené de aflicción. Decidí no fotografiar más. Aquello no era un espectáculo, era una aberración.
Desorientado, seguí caminando por diferentes salas. Vi las cámaras de gas y las incineradoras donde terminaron millones de vidas inocentes. Por fuera se veía el patio de fusilamiento, donde colgaban a los prisioneros hasta que fallecían de inanición.
En otro edificio se ubicaban las celdas de castigo. Unos habitáculos de un metro cuadrado donde encerraban durante días hasta tres presos. Muchos no superaban el cautiverio.
Salí de allí y me situé en el centro del campo. Miré en derredor y me fijé en la triple alambrada que rodeaba aquel lugar. Entonces estaba electrificada para evitar fugas. Ahora el óxido corroe aquellos grilletes.

Había tenido suficiente. El dolor de los demás de golpeó demasiado fuerte y me marche de Auschwitz. Mis compañeros de viaje querían ir al centro de exterminio, a unos kilómetros en Birkenau. No pude acompañarles . Fui al museo y compré un libro de un prisionero que sobrevivió a Auschwitz: He sobrevivido al infierno de Tadeusz Sobolewicz. Apoyado en la entrada del campo me quedé leyendo, mientras esperaba el regreso de mis compañeros.
11 Jul 2008
ES PRIMAVERA EN LOS BALCANES
Son las siete de la mañana, el sol me despierta al filtrarse por un agujero de la cortina. El tren se detiene. Hemos llegado a Sarajevo, la capital de Bosnia Herzegovina. Despierto al resto del grupo que, adormilado, comienza a recoger los macutos para pisar tierra tras ocho horas de viaje. La estación de tren está completamente desierta, únicamente tres personas se han bajado. Unos hombres charlan mientras disfrutan de una taza de té. Estamos cansados del viaje por las continuas interrupciones de militares que solicitan nuestro pasaporte al grito histérico de ¡control passport!. No tenemos alojamiento, pero esa no es nuestra principal preocupación, lo primero es desayunar. Nos dijimos a la salida pero una mujer corpulenta se interpone en nuestro camino y nos dice “welcome to Sarajevo, where are you from?”. La mujer era propietaria de un bar-locutorio y es, de alguna manera, la representante de la oficina de turismo de la estación de tren. Nos ofrece información sobre habitaciones pero no nos convence y tratamos de huir. Demasiado tarde, otra mujer de aspecto desaliñado nos ofrece hoteles para dormir; una tercera persona se dirige hacia nosotros. Tanta insistencia nos termina irritando y decidimos irnos de allí. Nos siguen durante algunos metros pero acaban por desistir ante nuestra indiferencia.
Una plaza iluminada por el sol de la mañana es lo primero que vemos de la ciudad de sarajevo. Un viejo tren tiroteado hace las veces de monumento.
El café se hace necesario. Comenzamos a caminar en busca de una cafetería. La estación no está demasiado lejos del centro de la ciudad y decidimos ir al mismisimo corazón de Sarajevo para disfrutar de nuestro desayuno.
Las calles están prácticamente desiertas a pesar de la claridad de la mañana. El día aun no ha comenzado para los bosnios. Caemos en la cuenta de que no tenemos dinero bosnio. Es necesarioir a una oficina de cambio. Paseando por las calles nos sorprenden las fachadas de los edificios, salpicadas de impactos de bala. En la ventana de uno de estos edificios un niño nos sonríe. Miro los impactos de bala de la ventana y después vuelvo a mirar al chiquillo. La vida siempre termina abriéndose camino, pienso.
Albert grita, ¡mirad un banco!, vamos a cambiar el dinero, estoy hambriento.
!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->Sobre este blog
El Mochilista
David Nogales
Viajar me ha hecho descubrir muchas cosas que daba por hecho y eran completamente erróneas. He convertido mitos y leyendas en verdades y he deshecho prejuicios. Al margen de esto he disfrutado más que un enano en el parque de atracciones. Desde hace unos años soy adicto al viaje y necesito, cada cierto, tiempo salir con una mochila al hombro para descubrir un nuevo país. Y así, de paso, poder contar a los demás lo que he vivido.
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