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28 Oct 2008

Un pistolero en Bratislava

Escrito por: danogor el 28 Oct 2008 - URL Permanente

No tengo fijación con Bratislava, simplemente mi paso por aquella ciudad eslovaca fue más intensa que por otros destinos. En cuatro días, experimenté mucho más de lo que puedo vivir en un año en mi hogar.

De nuevo, me sitúo en la estación de tren: techos altos, paredes con baldosines agrietados, bancos de madera astillados y descoloridos, ventanas quedradas y un denso silencio que lo invade todo. En el centro de la estancia, dos mochileros fatigados y hambrientos, buscando un rincón para dormir un par de horas antes de coger un tren a Budapest. Son las 2 de la madrugada

Hace una hora que el último tren del día cerro sus puertas para partir hacia un destino anónimo. Ya no hay viajeros; por los rincones,cuerpos harapiéntos disfrutan de un mundo mejor en sus sueños. No quedan huecos para nuestros huesos. Puede que esta noche no durmamos.

Encontramos un lecho junto a la oficina de información. Es buen sitio, el final de un pasillo. Dejamos nuestras mochilas y extendemos los sacos de dormir.

Aunque estoy lejos de mi casa, conservo la costumbre de ir al servicio antes de dormir. El WC es más tétrico que el resto de la estación. La suciedad se acumula en las esquinas, las paredes y puertas son lienzos para grafiteros y pintores ocasionales. Mientras orino, entono una canción infantil. Se escuchan unos ruidos en la puerta, alguien entra. Un tipo rubio, con cara de miembro del hampa, entra en el WC imitando torpemente mi canción, en clave de mofa.

Mientras salgo por la puerta miro con desagrado al tipo rubio, expresandole mi desacuerdo por su absurda burla. El rubio inmovil en la puerta del WC, no me dejaba salir. Saltaron mis alarmas. Le digo que quiero salir y me responde con una mueca. Decido apartarlo con el brazo y al poner mi mano contra su pecho algo golpea el suelo emitiendo un sonido metálico. Al mirar hacia el ruido, me entra pánico: era una pistola. El hombre rubio me mira fijamente mientras recoge el arma. Con la pistola en la mano, me sonríe y se aparta a un lado dejándome salir.

Vuelvo al rincón donde está el improvisado campamento.Creo que esta noche no podré dormir.

05 Ago 2008

EL EXTRAÑO ANCIANO ESLOVACO

Escrito por: danogor el 05 Ago 2008 - URL Permanente

Era la tercera vez que llegabamos a la estación de tren de Bratislava y aquel lugar comenzaba a ser tan familiar como el salón de mi propia casa. De hecho, ya teníamos algunos conocidos que vagaban por el perímetro de la estación en busca de un cigarro, una moneda o un trago de licor. Eran aproximadamente las doce de la noche y nuestro plan era extender los sacos para dormir en la sala de espera. La noche era muy cerrada y el personal que frecuenta la estación no genera demasiada confianza; estábamos cansados y comenzamos a barajar la posibilidad de yacer en una cama. Después de una improvisada reunión decidimos por unanimidad tratar de encontrar un alojamiento en el centro de Bratislava.
Nos dirigíamos a la parada de taxi cuando un hombre mayor de piel completamente pálida y vestido con sombrero y gabardina negros nos paro. -¿Os puedo ayudar en algo, jóvenes?- Le mire a la cara, tras la sombra del sombrero brillaban unos ojos azules que transmitían una profunda tristeza. En silencio, el anciano metió la mano en una bolsa de plástico y nos sacó una vieja fotografía. Me la ofreció pero el grupo ya había echado a andar. Le di las gracias y me marché.

En la parada de taxi, Albert ya había comenzado a negociar con dos taxistas que hablaban entre ellos en eslovaco. Uno de ellos prefijó un precio por acercarnos hasta el centro, a un supuesto albergue. El otro parecía disconforme y protestó a su compañero alzando la voz. Nos dio otro precio distinto. Aquello nos hizo sospechar y decidimos abortar la misión. Amablemente nos despedimos de los taxistas y nos fuimos a la parada de tranvía.

De camino para allá, volvió a aparecer el anciano de negro con su bolsa de plástico y, esta vez, iba acompañado por una famélica anciana de cabello negro. Me sejeto de brazo y sin decirme nada me extendió una fotografía. Aquello pintaba mal. Albert me dijo que seguramente fuese un anciano que había perdido el norte y por lo visto aquella teoría parecía cierta. Volví a despedirme del anciano y continuamos hacia la parada de tranvía.

Allí sentados, analizamos el plano de la ciudad, debatiendo sobre el camino a seguir. Henar, soltó una leve carcajada y nos avisó de que el anciano venía hacia nosotros con la fotografía en la mano. -¡Joder, qué pesado!- dijimos.

Ya sobre nosotros, el anciano incansable comenzó a pasarnos fotografía en las que se veían jóvenes viajeros con mochila al hombro. En algunas de las fotos aparecía él con unos cuantos años menos. La pareja de ancianos se nos quedaron mirando en silencio. Al rato es nos preguntó por nuestro país de origen y le respondimos que eramos españoles. Introdujo la mano en la bolsa y sacó una vieja foto en la que salían dos chicas, al dorso, un escrito de las viajeras aseguraba que "Edmund" había sido muy hospitalario y que había preparado el desayuno de la mañana. Al parecer, aquel hombre nos podía alojar.

Durante el viaje de tren a Bratislava unos viajeros argentinos nos dijeron que en Bratislava había un hombre que alquilaba habitaciones muy baratas pero que tenía el síndrome de diógenes y su casa parecía un estercolero, lleno de bolsas de basura. Por su aspecto, aquel anciano vestid de negro tenía todas las papeletas para ser anfitrión de la basura.

Eran las doce y media, y nuestras posibilidades de encontrar cama se iban reduciendo. Teníamos que elegir: irnos con la extraña pareja de ancianos o probar suerte en el centro de la ciudad. Finalmente nos quedamos con la primera opción.

El anciano se presentó como Edmund Toós. Sacó unos billetes de tranvía y nos fuimos a su casa, a las afueras de Bratislava. Ibamos con un poco de recelo.
llegamos a su casa, un chalet con jardín exterior. Cuado abrió la puerta todos nos temimos lo peor, pero no, la casa estaba limpia. Subimos hasta las habitaciones que con unas camas que nos parecieron estar hechas con trocitos de nube. Edmund nos doi unas llaves de la casa, se despió y nos dijo que maána desayunaríamos en el jardín. El Olimpo de los Dioses no debía ser muy distinto de aquella habitación.

A las diez de la mañana sonó la puerta del cuarto. Al otro lado Edmund nos avisaba de que el desayuno ya estaba servido. Bajamos al patio, delicadamente decorado con todo tipo de plantas. En el centro del patio, nos esperaba un delicioso desayuno a base de café, tostadas, huevos revueltos y zumo de naranja que había preparado nuestro entrañable Edmund.

Cuando terminamos de desayunar, estuvimos un buen rato hablando con Edmund sobre su vida, sus aficiones. El anciano sacó unas cervezas y nos mostró su más valioso tesoro: su colección de monendas del mundo. En aquel momento me sentí afortunado por haber conocido a aquel hombre. Era muy mayor pero la vida rebosaba a través de sus ojos azules. Me sentí a mal por haberle rechazado varias veces en la estación de tren y tuve la necesidad de compensarle. En mi bolsillo siempre llevo dos monedas, una peseta rubia y cincuenta reales de las antiguas. Se las di a Edmund y le expliqué qué eran. El anciano no cabía en sí de gozo, me dio las gracias varias veces, le interrumpí y le dije que quien verdaderamente se merecía las gracias era él por su magnifica hospitalidad.

Si viajais a Bratislava id a casa de Edmund Soós, es el perfecto anfitrión, os dejó la dirección: Záborského 25, 831 03 Bratislava. Tlf: 444 57 951. Mvl: 0902278683

16 Jul 2008

LA RUTA DE LA CERVEZA DEL ESTE

Escrito por: danogor el 16 Jul 2008 - URL Permanente

¡Cuánto tenemos que aprender de nuestros vecinos del este!. Empezando por Bélgica y acabando por Polonia. La cerveza en aquellos países es una forma de vida. Cada persona tiene su marca favorita y dispone de un abanico muy amplio donde elegir. Para empezar, el botellín no existe y el tamaño clásico es la pinta, que dicho en cristiano es medio litro de birra. Este es el motivo por el cual salir de cañas suele terminar en un profundo estado de embriaguez. Además, y esto es un gran error por su parte, fuera de España no sirven esas tapitas que tan bien sientan junto a la birrilla y se bebe con el estómago vacío.

Cuando me propuse hacer un viaje por algunos países del este, nunca pensé que la protagonista indiscutible del periplo fuese la cerveza. Desde la primera parada en Frankfurt me di cuenta que mi compañera de viaje iba a ser una rubia espumosa. (Aunque a medida que fui alternando con cervezas terminé prefiriendo las morenas tostadas)

Las primeras cervezas fueron unas Warfteiner, rubia de sabor suave. Con ese nombre sólo pueden ser alemanas. Antes de despedirme de los germanos degusté una mítica Paulaner tostada que me dejó entusiasmado. El próximo destino era Bratislava, en Eslovaquia. Aunque se bebe mucha cerveza no tiene la fama internacional que puede tener su hermana, la República Checa. Aun así, son destacables algunas cervezas como Zlaty Bazant, Kelt, Corgon, Smadny Mnich o Topvar.

Tras un viaje de tren de ocho horas llegamos a la estación de Budapest, capital de Hungría, donde realmente me di cuenta de la importancia de la cerveza en la vida de los europeos del este. Una vez arregladas las cuestiones del alojamiento y la planificación, decidimos ir a comprar. En el supermercado descubrí un rincón exclusivamente destinado a las cervezas. El sitio ocupaba aproximadamente el 15 por ciento del establecimiento y albergaba más de doscientos tipos de cerveza. Casi me pongo a llorar. Avisé a mi compañero de viaje, un barcelonés muy salao que se llama Albert, y entre los dos decidimos llevarnos un menú de degustación de cervezas, aprovechando que en nuestra habitación del albergue había nevera.

Si os soy sincero. Recuerdo perfectamente la emoción de la primera cerveza, una Kozel checa. Incluso recuerdo la segunda una suave y fresquísima Pilsner Urquell. La tercera, se me aparece un poco borrosa. La cuenta termina en la cuarta aunque la cata fue bastante más larga. En principio, íbamos a planificar el itinerario a seguir pero obviamente nos quedamos anulados ante tanto bebercio y desistimos. Lo que sí nos quedó claro es que nos quedaríamos un par de días en Budapest para aprender más de su cultura. Por cierto, muy reseñables las cervezas Borsordi, Dreher, Soproni Ászok y Kaiser. Y a petición de un ex residente Húngaro, Antonio Casero, destaco también la Arany aszok, la más bebida en Hungría.

Esto se acaba pero continuará…

08 Jul 2008

DEDYNKI, EL DESTINO SORPRESA

Escrito por: danogor el 08 Jul 2008 - URL Permanente

El recorrido en coche duró unos minutos que aprovechamos para conversar con la familia que amablemente accedió a llevarnos. Nos comentaron que el lugar al que nos dirigíamos era un enclave de turismo checo, sobretodo en invierno cuando se abrían las pistas de esquí.

El coche nos dejó enfrente de un elegante hotel de madera. El hombre de voz grave nos acompañó hasta la recepción, recogió las llaves de la habitación y nos las entregó.

El destino sorpresa al que habíamos llegado se llamaba Dedinky, un pequeño pueblo de montaña levantado al pie de un enorme lago y rodeado de montañas pobladas de esbeltos árboles. La bruma flotaba sobre el agua convirtiendo aquello en un paraje mágico. Había algunos barcos pescando bajo un sol debilitado por la niebla y algunos senderistas se encaminaban hacia la montaña.

Hacía tan sólo una hora que nos encontrábamos perdidos en algún lugar de Eslovaquia y ahora nos hallábamos en uno de los paisajes mas hermosos que he conocido. Es la brujería de la aventura de viajar.

Dejamos el equipaje en la habitación del hotel y nos dimos un paseo por el pueblo. La gente nos miraba con curiosidad, no suelen llegar allí mochilistas. Había casas encaladas con tejados negros de pizarra y cuidados jardines. Vimos un chiringuito y nos sentamos a disfrutar de unas cervezas. Una pareja de niñas se cruzó con nosotros y nos saludó en eslovaco. Nosotros respondimos con un hello. Las niñas se dieron la vuelta y con la cara arrugada por la sorpresa, replicaron-¿helloo?

Allí nadie hablaba inglés, así que todo se hacía por señas. A la hora de comer se nos antojaron unas salchichas enormes que habíamos visto a unos comensales. Al llegar a la barra del chiringuito, el camarero nos ofreció un listado de platos, pero estaban escritos en eslovaco y no los entendíamos. Queríamos salchichas, así que fuimos hasta la mesa donde las estaban y se las mostramos al camarero. Otro problema vino a la hora de pagar, en la lista figuraba un precio pero nos cobraron más, parece ser que allí se paga por peso, o al menos, eso entendimos. De todos modos, nos daba igual, no habíamos llegado al paraíso para discutir sobre el precio de una salchicha sino para disfrutar de él.

04 Jul 2008

EL VIAJE TRUNCADO A DOBSINKA

Escrito por: danogor el 04 Jul 2008 - URL Permanente


El viaje sin planificación tiene sus riesgos pero por lo general ofrece muchas recompensas. Tras un intenso periplo europeo, se nos ocurrió llevar nuestros pies a laalta montaña eslovaca.

En Bratislava, conocimos a L´udovit Stur, un historiador que nos habló de una vieja cueva glaciar en la localidad de Dobsinka. La idea era interesante.

El trayecto en tren dura unas ocho horas con trasbordo en Magercany. El problema de alejarse de la capital es que se reducen las posibilidades de encontrar gente que hable castellano, inglés o francés.

Con muchas dudas, nos bajamos en Dobsina, un apeadero muy cercano a la cueva. Se avecinaba la crisis, era un apeadero, sin taquilleros, sin gente, sin casas. Una estación en mitad del campo con un hermoso letrero de horarios que nos dejo claro que no podríamos regresar a Bratislava hasta la mañana siguiente. Tratamos de subir al tren pero las puertas se habían cerrado y no había más viajeros que compartieran destino con nosotros. Estábamos solos en algún punto de Eslovaquia.

Caminamos durante algunos minutos por el margen de una carretera. Era muy temprano y la humedad mordía los huesos. Vimos un cartel enorme con una foto preciosa en la que aparecían unas esbeltas estalactitas. ¡Era la cueva de Dobsinka! La alegría duro un instante, debajo de la sugerente foto, un letrero en ingles advertía que los lunes se cerraba la cueva al turismo. Era lunes.

De nuevo como al principio, sin gente, sin casas sin tienda de campaña. Tiré el macuto al suelo y di una patada a una enorme piedra causándome un dolor terrible en los dedos de los pies.

Entre mis maldiciones, me pareció escuchar voces que venían del camino de la cueva. Me puse en pie para ver mejor. Efectivamente, una familia se acercaba hacia nosotros. Ellos seguramente también se encontraron con la gruta cerrada. Corrí hacia ellos.

El padre, un hombre corpulento de voz grave me miró y me pregunto: - Can I help you? Le contesté un yes, tan efusivo que todos se echaron a reír. Les conté toda la historia y se quedaron un rato pensativos. Nos dijo que el pueblo más cercano estaba a unos 15 kilómetros y que había allí un hotel rural rodeado de montañas con vistas a un precioso lago. Nos indicó la dirección. Me puse la mochila al hombro y me despedí de ellos siguiendo el camino que nos había indicado. ¿Es que vas a ir andando?, me preguntó. Encogí los hombros y soltó una grave carcajada, mientras se apartaba un teléfono móvil de la oreja - Os he reservado habitación en el hotel, si queréis os llevamos en coche, no está lejos de aquí. Creo que mi rostro fue lo suficientemente expresivo. Le acompañamos a su coche, hacia un nuevo destino desconocido, pero eso ya pertenece a otra historia

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El Mochilista

Cansado de la vida mongólica de los Fruitis, sobre todo, harto del agonías de Gazpacho, decidí recorrer mundo. Viajar me ha hecho descubrir muchas cosas que daba por hecho y eran completamente erróneas. He convertido mitos y leyendas en verdades y he deshecho prejuicios. Desde hace unos años soy adicto al viaje y necesito, cada cierto tiempo, salir con una mochila al hombro para descubrir un nuevo país.

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