25 May 2009
La Pedriza, un buen lugar para perderse
A escasos 5o kilómetros de Madrid se ubica la Pedriza, el mayor sistema granítico de Europa. Se trata de un espacio natural salpicado de riscos, arroyos y praderas, localizado en la vertiente sur de la Sierra de Guadarrama, a los pies del municipio madrileño de Manzanares del Real. Uno de los enclaves preferidos de senderistas, montañeros y escaladores que los fines de semana se convierte en un hervidero de domingueros en busca de aire puro.
Los curiosas formaciones rocosas ofrecen al visitante un paisaje espectacular y único. La tranquilidad puede respirarse a medida que se avanza hacia el interior del Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares, un espacio que suministra a Madrid el oxígeno que le roban los gases derivados de la actividad humana.

Me escapo con frecuencia la Pedriza, cuando mi cuerpo y mi mente me piden un respiro y mi bolsillo, mi administrador personalizado, me dice que no es buen momento para realizar grandes gastos. Aquel fin de semana de marzo debíamos haber ido a un remoto pueblecito de Guadalajara pero la falta de autobuses nos obligó a rediseñar los planes. La Pedriza, quedaba cerca y nos ofrecía varias rutas para disfrutar del monte.
Comenzamos a recorrer el PR-1, siguiendo las marcas blancas y amarillas, que arrancan desde Manzanares. El cominezo de la ruta es suave y sosegado, paralelo al curso del río Manzanares. Paulatinamente, los accesos se van haciendo más angostos y empinados, como los buenos vinos, la ruta mejora con el tiempo. Cuando me planto en el campo, me asilvestro, y pierdo la noción del tiempo, de modo que soy incapazaz de ofrecer referencias temporales.
Tras un tiempo indeterminado, la ruta se hizo muy complicada. Llevaba años yendo a la Pedriza y nunca había llegado hasta ese punto de la ruta. El sendero no estaba definido y las marcas blancas y amarillas eran cada vez menos visibles. Además, literalmente, había que escalar para continuar. Después de años yendo a la Pedriza, después de haber recorrido senderos de muchos bosques, me encuantro con que la mejor ruta que he hecho en mi vida, la tenía en la "parcela de mi casa", en la Pedriza. Disfruté como un enano encaramándome a las rocas y ascendiendo por un estrecho camino entre dos enormes masas de granito.
Subido en lo alto de la montaña de piedra, divisé el horizonte, a los lejos se observaba la Capital, Madrid, presidida por los cuatro rascacielos de Plaza de Castilla, y ataviada con una horrible boina negra tejida con el humo de la polución. Tras unos minutos de descanso, iniciamos el descenso.
Como la aventura tiene que buscarse, decidimos volver al pueblo recorriendo otro sendero distinto para ver un paisaje nuevo, mala idea. No conocíamos el camino y, sin saberlo, en lugar de haber iniciado el descenso, estábamos recorriendo una nueva ruta. El sol estaba planeando esconderse y, para máyor dramatismo, comenzó a llover. Caminamos un buen trecho sin ver ni oír a nadie, la sensación de estar perdidos acudió a nuestra mente. Recordé entonces la historia de dos amigos, que se perdieron en la Pedriza y fueron rescatados por un ermitaño.
La luz menguaba y seguíamos sin saber dónde nos estaban llevando nuestros pies. Llevabamos un demasiado tiempo sin podernos orientar. Por suerte, escuchamos voces y corrimos a su encuentro. Se trataba de un grupo de senderistas. Les preguntamos cómo se iba a Manzanares, se miraron entre ellos y nos dijeron que ibamos en sentido contrario (maldije mi sentido de la orientación en silencio). Como nos vieron un poco exhaustos, nos ofrecieron la posibilidad de ir con ellos hasta una de las salidas y completar el resto del trayecto hasta el pueblo en la cómoda plaza trasera de un coche. Mi cuerpo se amotinó, y aceptamos de buen grado la invitación.
En el trayecto les hablamos de nuestros amigos perdidos y la historia del ermitaño. La casualidad quiso que aquel grupo de senderistas conociese al anacoreta, Iñaki, y que justo antes de encontrarnos hubiesen estado en su cueva tomándose un tentenpié. El mundo es un pañuelo, pensé.
LLegamos hasta los coches e iniciamos la vuelta a casa, mientras nos contaban la leyanda del Cancho de los muertos, el punto desde el que observé Madrid.
Aquel día dormí como un niño chico, dando gracias a la suerte providencial por habernos enviado aquel grupo de senderistas. No era la primera vez que me perdía en el campo, ni la primera vez que alguien me rescataba pero me daba rabia haberme perdido en el monte que más veces he visitado. Eso sí, la próxima vez iré con más ciudado.
02 Mar 2009
Paredes blancas
He necesitado un tiempo de respiro, ya he tomado aire.
Este relato de ficción, basado en hechos reales, va para mis amigos de Guadalcanal.
¡Un abrazo a todos!
Dicen en Guadalcanal que la tierra que se extiende bajo este pueblo sevillano fue pisada otrora por los primeros hombres. Dicen que moros y cristianos se batieron a muerte ante los muros de la Iglesia de Santa María de la Asunción. Dicen que su nombre navegó por el mar para posarse sobre una de las islas Salomón y bautizar célebres batallas de hombres contra hombres. Todo eso dicen a los viajeros, que como yo, han arrastrado sus pies hasta este enclave de paredes blancas.
Los tiempos han cambiado y el pueblo también. Nada escapa ya a la aldea global gobernada por ese poderoso caballero. Sin embargo,las gentes de Guadalcanal conservan leves matices del pasado; sólo hacen falta unas horas para comprobar que el tiempo responde a otros parámetros en esas tierras.
Los jóvenes que conocen la historia del pueblo se jactan de ser grandes bebedores, y hasta en esto se encuentran vestigios del pasado: hasta Cervantes habló del vino de Guadalcanal. Hoy, sin embargo, se prefieren las mezclas de licor y refresco, más acordes con los tiempos que corren.
Soy testigo privilegiado de las costumbres de la juventud, es más, las he padecido. Es tradición en verano salir de “Gira” (realmente nunca vi escrita la palabra), que dicho de otra forma, consiste en ir a un cortijo y dar rienda suelta a los placeres del alcohol y la pitanza para rendir culto a ese Dios pagano, Baco.
Es en este punto donde arranca la historia, centrada en el paradigma Guadalcanalense, personificado en la figura de Samuel: Moreno de ojos pequeños, gruesa porte y estandarte de las viejas costumbres, las cuales defiende con un fino hilo de voz. Precisamente fue en el cortijo de este Fuellador, donde experimenté toda la pasión que derrocha este rincón de paredes blancas.
La liturgia de la “gira” arrancó temprano. Danzas rituales al son de las melodías del verano, foros de actualidad alrededor del barril de cerveza y ejercicios aeróbicos en la alberca del cortijo. La mañana transcurre amena, abriendo camino a la tarde, marcada por la sagrada hora de la pitanza. Las crepitantes brasas de la barbacoa dan el pistoletazo de salida para la vorágine: la mesnada del regodeo se afana en recobrar las fuerzas a base de chorizos, pancetas y jugosos filetes de cerdo emparedados entre dos rebanadas de pan. Samuel, nuestro hombre, necesita recuperar mucha energía y da buena cuenta de lo que sobre el fuego se cocina.
La zambra continúa hasta que el sol se esconde sonrojado por la vergüenza ajena que le genera cuanto ve. De nuevo, las brasas iluminan los ojos hambrientos y exhaustos de las huestes de Dionisos que salivan en torno al fuego. La noche se convierte en aliada silenciosa. Sólo la luna y algunas aves nocturnas son testigos del declive. Agotado el barril de pisto, los jóvenes se aferran a las mezclas con refresco mientras danzan frenéticamente al son de melodías electrónicas. En el ambiente flota el denso humo de los vegueros del buen humor que no hace más apresurar el desenlace del evento.
De madrugada, la batalla ha terminado para muchos. Soldados derrotados yacen en el suelo; sólo unos pocos permanecen aun en pie a la espera de lo que pueda acontecer; las parejas se retiran a rincones discretos donde poder expresar libremente su pasión, lejos de las miradas escrutadoras.
Sentado sobre una piedra, Samuel parece lamentarse, algo en su interior le está devorando las entrañas. Sus ojos, inyectados en sangre, están fijos en algún punto, más allá de lo mundano. Se levanta con firmeza para dirigirse a los supervivientes.
-¿Queda algo de comer?- Pregunta con un agudo hilo de voz. El grupo mira en derredor sin encontrar algo que llevarse a la boca. Manuel, con desasosiego, se sumerge a toda prisa en la oscuridad de la noche sevillana, desapareciendo del cortijo.
Pasaron veinte minutos. Nadie sabía con exactitud el paradero de nuestro hombre y comenzaron la cávalas fúnebres. Temerosos por la salud de su amigo, fueron en su busca. Los olivos del cortijo formaban un denso mosaico que enturbiaba la visión. De súbito, se escucharon unos gritos desesperados que se acercaban, tras el mosaico de olivos. Una silueta surgía de las sombras con una bulto inquieto en las manos. Era Samuel que portaba un cochinillo vivo. Ante la estupefacción del grupo, Manuel argumentó que tenía hambre. Colocó al lechón sobre un tocón de madera y lo sacrificó.
El fuego volvió a iluminar la madrugada. Nuestro homo Guadalcanalensis cocinó aquel pobre animal para echar el cierre de la velada. El día había sido largo y a ciertas horas y en ciertas condiciones, la gula eclipsa a la regia moral. De este modo, hasta los más puritanos se unieron al banquete.
El término de la “gira” recordaba al final de los largometrajes de los irreductibles galos; faltaba Asuranceturix, aunque su ausencia fue cubierta, con creces, por el hilo melódico que emanaba del cassette.
30 Nov 2008
El gato moribundo
Madrid es una ciudad sumida en un irremediable proceso de desculturización. Con ello no quiero decir que los ciudadanos estén sufriendo pérdidas en su conocimiento, es más bien, que aquello que diferenciaba Madrid de otras ciudades españolas y europeas está desapareciendo. Ahora, cuando veo películas de los años 40, en las que los madrileños se enseñoreaban de su cultura, siento lástima por el resultado de este mundo globalizado.

Los “gatos” están en peligro de extinción y el chotis, dentro de poco, sólo será recordado en el día de la paloma por unos cuantos nostálgicos del celuloide en blanco y negro. Ya no hay pichis ni chulos, simplemente ciudadanos del mundo actual, sin más distinciones que las de la tribu urbana o la clase social a las que pertenecen. El rastro de los domingos se ha convertido en un mercadillo de grandes dimensiones. Las casquerías, los callos, las manitas y otros platos tradicionales de la cultura culinaria matritense han sido sustituidos por hamburguesas, pizzas y kebabs.
Cada vez menos madrileños hacen gala de ese dialecto del castellano que arrastra cada sílaba de la palabra. Nadie esconde los pulgares bajo las axilas para defender sus ideas, poniéndose de puntillas durante un segundo con un movimiento ágil y rápido. Los gatos hemos olvidado esas frases populares que demostraban la picardía del pueblo, sólo recuperables a través de la literatura o el cine.

Hemos llegado a ese punto de uniformidad global que ya tienen muchas ciudades del mundo. Por Madrid podemos ver las mismas multinacionales que en Nueva York, París, Londres, Bruselas o Nueva Delhi. Todo es idéntico, y los pocos detalles que nos diferencian ya son parte de los madrileños sino de los programas de la concejalía de turismo que se encarga de explotarlo para los turistas. Incluso ha cambiado la imagen de madrid: antes la cibeles y la puerta de Alcalá eran los símbolos de la ciudad, ahora han sido sustituidas por las Torres kio y los rascacielos del complejo empresarial Business area. Sin duda, un buen ejemplo de que el dinero se ha convertido en el centro de la cultura madrileña.
Supongo que es el resultado irremediable del paso del tiempo pero me pregunto qué pensará de todo esto la Cibeles…
17 Nov 2008
La vieja olma de Frumales
El esqueleto de una vieja olma milenaria preside el paisaje de Frumales, un veterano pueblo segoviano. Antaño, sus ramas daban cobijo a las charlas de los mayores y los juegos de los chiquillos, convirtiéndose en el centro de la vida de un pueblo, que cómo el tronco muerto del viejo árbol, se extingue poco a poco. Ahora la mayor parte de sus habitantes tiene más de 60 años y han pasado muchas estaciones desde el último nacimiento. El último vecino del pueblo nació cuando el arroyo Cerquilla aún se desbordaba con el deshielo. Ahora, la explotación del agua para regadío deja pasar por la localidad un finísimo hilo de arrollo.
Dicen que plantaron la olma en el siglo XI, para que diera sombra a los fieles mientras esperaban a entrar a la iglesia románica del pueblo, que por entonces estaba construyéndose. Pasaron los años y la vieja olma fue testigo del trasiego de los habitantes de Frumales que cargaban en latas la resina de los pinares para venderla. También veía pasar a los trabajadores del campo que regresaban a su casa tras una dura jornada. Mientras tanto, algún pillo se escondía en el interior de su tronco, de nueve metros y medio de diámetro, para burlar la vigilancia de su madre, que preocupada, gritaba el nombre del pequeño. Todo eso se conserva en la memoria de los mayores que no dudan en contar todas las historias que vivieron en su infancia.
Cuando me planté frente a la olma, ya muerta desde finales de los años 80, pensé en lo majestuosa que debió ser en vida, pero sobre todo, pensé en el simbolismo de la muerte de ese querido árbol. Supongo, por empatía, que cuando se cayó la última hoja, los habitantes de Frumales debieron pensar en su pueblo, en lo que fue y en lo que se ha convertido. Siento lástima por todos aquellos parajes que fueron fuentes de vida otrora y que ahora, con la migración a las ciudades y la devaluación de la vida rural se han ido convirtiendo en pueblos residenciales donde unos pocos vecinos mantienen viva la llama del pasado.
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El Mochilista
David Nogales
Cansado de la vida mongólica de los Fruitis, sobre todo, harto del agonías de Gazpacho, decidí recorrer mundo. Viajar me ha hecho descubrir muchas cosas que daba por hecho y eran completamente erróneas. He convertido mitos y leyendas en verdades y he deshecho prejuicios. Desde hace unos años soy adicto al viaje y necesito, cada cierto tiempo, salir con una mochila al hombro para descubrir un nuevo país.
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