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23 Dic 2008

Nunca saltes de un tren en marcha...¡o sí!

Escrito por: danogor el 23 Dic 2008 - URL Permanente

Acabábamos de visitar la acrópolis de Atenas y nos habíamos cansado de ver ciudades. Los madrileños envidiamos las ciudades costeras porque la playa es una gran desconocida que visitamos sólo en período estival. Decidimos darnos un chapuzón en el Mediterraneo. El gran problema es que no conocíamos la geografía griega y no teníamos ninguna referencia de playas. En realidad, no nos preocupaba la idea de no saber dónde ir. Decidimos subirnos a un tren y bajarnos en la primera estación en la que se viese playa.

Pendientes del paisaje, con la nariz pegada al cristal del tren, vimos una preciosa playa rodeada por un cinturon de montañas. Henar se puso nerviosa, cogió las mochilas y se dirigió a la puerta del tren. - ¡Vamos ahí, que es una playa chulísima! -. El tren se detuvo en un apeadero frente a la exótica playa. Sin pensarlo, Henar abrió la puerta y saltó. Yo asomé la cabeza y comprobé que nadie se bajaba. Aquello no era una estación, el tren se había detenido por casualidad pero no para que nadie se bajara. Traté de avisar a Henar pero ya era demasiado tarde, el tren había arrancado. Me puse nervioso sin saber muy bien qué hacer, si saltar o ayudar a Henar a subir. Finalmente extendí la mano para que subiera pero el tren iba cogiendo velocidad y encima yo estaba en miad de la puerta, estorbando.

Comenzamos a chillarnos el uno al otro: yo decía que subiera, ella que bajara. Henar desistió y vi como se quedaba atrás. En medio segundo pensé en en lo desastroso que sería separarnos. Casi sin pensarlo, me coloqué la mochila y salté del tren. En las películas esto siempre sale bien. En la vida real, saltar de un tren en marcha supone darse un golpe contra el suelo. ¡Plaf! justo ahí fueron a parar mis huesos. Levanté la vista y vi a Henar corriendo hacia mí mientras gritaba -¡Falta una mochila!-. ¡Mierda!.

Menos mal que no viajábamos solos, la suerte se nos había acoplado desde que aterrizamos en Milán. Por la puerta del tren se asomó una mano haciendo gestos y acto seguido nuestra mochila salió volando yendo a parar al suelo. Luego una cara morena se asomó sonriendo mientras gesticulaba diciendonos: menos mal que me he dado quenta que si no...

Estábamos sanos y salvos, pero ahora estábamos perdidos. Miramos enderredor en busca de un cartel o algun tipo de información que nos dijera dónde nos encontrábamos y cómo podíamos salir de allí. Nada de nada. Allí sólo había dos vías de tren y mucha gravilla. Como no teníamos nadie para desahogarnos, nos tiramos los trastos el uno al otro. Yo la recriminaba que no tenía que haberse tirado. Ella que la tendría que haber ayudado a subir. Al final nos sentamos en un escalón para pensar.

Tras unos minutos los dos llegamos a la misma conclusión: no hay mal que por bien no venga. Al fin y al cabo, nos encontrábamos a unos metros de la playa y un baño nos vendría muy bien. Más tranquilos comenzamos a caminar por el pueblo. La gente nos miraba como si fuésemos bichos raros. Supongo que les sorprendería ver a dos extranjeros por allí. Nos dirigimos a la comisaría para que nos orientaran. Una vez allí, el agente que nos atendió no sabía nada de inglés. Nos preocupamos un poco. No sabíamos ni el nombre del pueblo y lo que es peor, no sabíamos cómo regresar a Atenas.

Continuamos andando por el pueblo. Nuestra tercera compañera, la suerte fue a pedir ayuda a unos chicos que estaban tomándose un refrigerio en el porche de su casa. Uno de los chavales se levantó de la silla y vino hacia nosotros. En un inglés confuso nos preguntó de dónde éramos.- de España- le contestamos. Al chico le pareció genial poder intercambiar unas palabras con unos españoles. Aprovechando la tesitura le preguntramos dónde estábamos y cómo podíamos regresar a Atenas. Al parecer, habíamos llegado a un sitio que se llama algo parecido a Nepamoy y había un tren de vuelta a Atenas a las ocho de la tarde. Eran las tres, así que disponíamos de varias horas de playa. Agradecimos al chico la información y nos fuimos hacia la playa.

Con tantas emociones nos entró sed. Además, necesitábamos algún sitio para ponernos los bañadores. Vimos un bar y entramos. Desde la puerta se escuchaban gritos y risas: ambiénte de bar. Al pasar por la puerta todo el bar se quedó mudo. Nos observaban como si nunca hubiesen visto a unos mochileros. Nos sentamos en la barra y pedimos dos cervezas. Uno de los camareros vino y nos preguntó en inglés de dónde éramos. Tras responderle se dirigió en griego a la audiencia del bar y cuando calló todo el mundo volvió a la normalidad, retomando la conversación que mantenía antes de nuestra aparición. Uno de los clientes comenzó a charlar con nosotros. Nos dijo que no llegaban muchos turistas al pueblo. Él era marinero, se dedicaba a la pesca. Hablamos un rato de su trabajo y finalmente me ofreció trabajo como pescador. Le dije que me lo pensaría. Terminamos nuestras cervezas y nos despedimos del bar.

Como dos niños ilusionados, nos dirigimos a la playa. ¡Por fin!. Llegamos a una preciosa costa rodeada de montañas. Era un mar interior poco profundo y con una temperatura deliciosa. Dejamos nuestras mochilas sobre la arena, extendimos las esterillas y corrimos al agua. Magnífico y justo chapuzón aquel.
Parecíamos dos cachorros jugando en el agua.

Cansados de agua, nos tumbamos sobre las esterilla para observar el horizonte. Henar tras pensar un rato me dijo - Es increible, hace un rato estábamos al borde del colapso, perdidos, cabreados y sin saber qué iba a ser de nosotros. ¡Y ahora mira! Tomando el sol en una playita preciosa -. Le respondí sonriendo -Al final nos ha salido bien eso de saltar del tren, ¿eh? -

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El Mochilista

Cansado de la vida mongólica de los Fruitis, sobre todo, harto del agonías de Gazpacho, decidí recorrer mundo. Viajar me ha hecho descubrir muchas cosas que daba por hecho y eran completamente erróneas. He convertido mitos y leyendas en verdades y he deshecho prejuicios. Desde hace unos años soy adicto al viaje y necesito, cada cierto tiempo, salir con una mochila al hombro para descubrir un nuevo país.

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