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26 May 2009

¿Qué documentos debo llevar en un viaje?

Escrito por: danogor el 26 May 2009 - URL Permanente

Cuando se va a hacer un viaje es imposible quitarse de la cabeza lo que se va a ver y a hacer en el país que visitemos. Buscamos información sobre destinos turísticos, zonas de interés, transporte por el país, lugares en los que dormir, etc. Luego, cuando estamos en el aeropuerto a punto de embarcar, nos dicen que nuestro pasaporte está caducado y tenemos que ir corriendo a la comisaría para sacarnos uno nuevo. Estoy seguro de que más de uno se ha quedado en tierra por ese motivo. Yo lo he vivido, aunque afortunadamente era un viaje a un país de la UE y sirvió el DNI.

Voy a hacer un listado de los documentos que se deben llevar antes de salir de viaje, nunca está de más:

DNI: fuera de España, el Documento de Identidad es válido en todos los países de la zona Schengen. Puede sustituir al pasaporte en Alemania, Austria, Bélgica, Bulgaria, Chipre, República Checa, Dinamarca, Eslovaquia, Eslovenia, España, Estonia, Finlandia, Francia, Grecia, Hungría, Islandia, Italia, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Malta, Noruega, Países Bajos, Polonia, Portugal, Rumania, Suecia y Suiza. Antes de nada, mira bien cuándo caduca.

Pasaporte: imprescindible si tienes pensado salirte de la lista de países de la zona Schengen, aunque seguramente lo sepas, se saca en las comisarías. Si no has hecho los deberes y te ves sin pasaporte antes de embarcar, las comisarías de los aeropuertos, abiertas 24 horas, pueden hacerte el favor pero sólo lo hacen en caso de urgencia. Lo mismo de antes, mira cuándo caduca.

Visado: imprescindible cuando quieres salir fuera de la Unión Europea a países con los que España no tenga acuerdos en este sentido. Para sacarlo tendrás que desembolsar una cantidad de dinero, que como todo, varía según el país. Lo puedes sacar en el consulado del país en España, aunque si vas a ir contratando los servicios de una agencia de viajes es probable que lo gestionen ellos mismos. Cada país impone sus propias normas para la obtención del visado, pero de eso ya te informarán cuando vayas a sacártelo.

Tarjeta sanitaria europea: Si vas a viajar a la zona Schengen, no vas atener ningún problema en este sentido. Basta con que acudas a cualquier Centro de Atención e Información de la Seguridad Social del Instituto Nacional de la Seguridad Social. Allí te tramitan la Tarjeta Sanitaria Europea que te permite obtener los servicios de salud fuera de España.

Seguro Médico: muy recomendable y, en muchas ocasiones, imprescindible para sacarte el visado. Para no pillarte los dedos es conveniente un seguro amplio que incluya hospitalización y repatriación, sale más caro pero a tus familiares les dejarás más tranquilos. Antes de Obtener el seguro, infórmate en el Instituto Nacional de la Seguridad Social sobre los posibles convenios entre España y el país al que vas a viajar.

Carnet de conducir internacional: Si tener pensado ponerte al volante en el país al que viajes, debes sacarte el carnet de conducir internacional para aquellos países que están fuera de la zona Schengen. Se tramitan en la Jefaturas Provinciales y Locales de Tráfico.

Carnet de alberguista internacional: Todo mochilero debe llevar su carnet de alberguista internacional para poder dormir en los albergues. Puedes sacártelo en la mayor parte de los albergues de International Hostelling, pero más vale prevenir que dormir en la calle.

Carnet internacional de estudiante: te permite obtener descuentos en transportes, alojamientos, entrada en museos, etc. Se obtiene en los Servicios de Juventud de las Comunidades Autónomas.

Si se os ocurre algún documento más, si encontráis algún error o se os ocurre algún consejo, por favor, dejad un comentario que si algo bueno tiene Internet es poder modificar la información.

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25 May 2009

La Pedriza, un buen lugar para perderse

Escrito por: danogor el 25 May 2009 - URL Permanente

A escasos 5o kilómetros de Madrid se ubica la Pedriza, el mayor sistema granítico de Europa. Se trata de un espacio natural salpicado de riscos, arroyos y praderas, localizado en la vertiente sur de la Sierra de Guadarrama, a los pies del municipio madrileño de Manzanares del Real. Uno de los enclaves preferidos de senderistas, montañeros y escaladores que los fines de semana se convierte en un hervidero de domingueros en busca de aire puro.

Los curiosas formaciones rocosas ofrecen al visitante un paisaje espectacular y único. La tranquilidad puede respirarse a medida que se avanza hacia el interior del Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares, un espacio que suministra a Madrid el oxígeno que le roban los gases derivados de la actividad humana.

Me escapo con frecuencia la Pedriza, cuando mi cuerpo y mi mente me piden un respiro y mi bolsillo, mi administrador personalizado, me dice que no es buen momento para realizar grandes gastos. Aquel fin de semana de marzo debíamos haber ido a un remoto pueblecito de Guadalajara pero la falta de autobuses nos obligó a rediseñar los planes. La Pedriza, quedaba cerca y nos ofrecía varias rutas para disfrutar del monte.

Comenzamos a recorrer el PR-1, siguiendo las marcas blancas y amarillas, que arrancan desde Manzanares. El cominezo de la ruta es suave y sosegado, paralelo al curso del río Manzanares. Paulatinamente, los accesos se van haciendo más angostos y empinados, como los buenos vinos, la ruta mejora con el tiempo. Cuando me planto en el campo, me asilvestro, y pierdo la noción del tiempo, de modo que soy incapazaz de ofrecer referencias temporales.

Tras un tiempo indeterminado, la ruta se hizo muy complicada. Llevaba años yendo a la Pedriza y nunca había llegado hasta ese punto de la ruta. El sendero no estaba definido y las marcas blancas y amarillas eran cada vez menos visibles. Además, literalmente, había que escalar para continuar. Después de años yendo a la Pedriza, después de haber recorrido senderos de muchos bosques, me encuantro con que la mejor ruta que he hecho en mi vida, la tenía en la "parcela de mi casa", en la Pedriza. Disfruté como un enano encaramándome a las rocas y ascendiendo por un estrecho camino entre dos enormes masas de granito.

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Subido en lo alto de la montaña de piedra, divisé el horizonte, a los lejos se observaba la Capital, Madrid, presidida por los cuatro rascacielos de Plaza de Castilla, y ataviada con una horrible boina negra tejida con el humo de la polución. Tras unos minutos de descanso, iniciamos el descenso.

Como la aventura tiene que buscarse, decidimos volver al pueblo recorriendo otro sendero distinto para ver un paisaje nuevo, mala idea. No conocíamos el camino y, sin saberlo, en lugar de haber iniciado el descenso, estábamos recorriendo una nueva ruta. El sol estaba planeando esconderse y, para máyor dramatismo, comenzó a llover. Caminamos un buen trecho sin ver ni oír a nadie, la sensación de estar perdidos acudió a nuestra mente. Recordé entonces la historia de dos amigos, que se perdieron en la Pedriza y fueron rescatados por un ermitaño.

La luz menguaba y seguíamos sin saber dónde nos estaban llevando nuestros pies. Llevabamos un demasiado tiempo sin podernos orientar. Por suerte, escuchamos voces y corrimos a su encuentro. Se trataba de un grupo de senderistas. Les preguntamos cómo se iba a Manzanares, se miraron entre ellos y nos dijeron que ibamos en sentido contrario (maldije mi sentido de la orientación en silencio). Como nos vieron un poco exhaustos, nos ofrecieron la posibilidad de ir con ellos hasta una de las salidas y completar el resto del trayecto hasta el pueblo en la cómoda plaza trasera de un coche. Mi cuerpo se amotinó, y aceptamos de buen grado la invitación.

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En el trayecto les hablamos de nuestros amigos perdidos y la historia del ermitaño. La casualidad quiso que aquel grupo de senderistas conociese al anacoreta, Iñaki, y que justo antes de encontrarnos hubiesen estado en su cueva tomándose un tentenpié. El mundo es un pañuelo, pensé.

LLegamos hasta los coches e iniciamos la vuelta a casa, mientras nos contaban la leyanda del Cancho de los muertos, el punto desde el que observé Madrid.

Aquel día dormí como un niño chico, dando gracias a la suerte providencial por habernos enviado aquel grupo de senderistas. No era la primera vez que me perdía en el campo, ni la primera vez que alguien me rescataba pero me daba rabia haberme perdido en el monte que más veces he visitado. Eso sí, la próxima vez iré con más ciudado.

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23 Dic 2008

Nunca saltes de un tren en marcha...¡o sí!

Escrito por: danogor el 23 Dic 2008 - URL Permanente

Acabábamos de visitar la acrópolis de Atenas y nos habíamos cansado de ver ciudades. Los madrileños envidiamos las ciudades costeras porque la playa es una gran desconocida que visitamos sólo en período estival. Decidimos darnos un chapuzón en el Mediterraneo. El gran problema es que no conocíamos la geografía griega y no teníamos ninguna referencia de playas. En realidad, no nos preocupaba la idea de no saber dónde ir. Decidimos subirnos a un tren y bajarnos en la primera estación en la que se viese playa.

Pendientes del paisaje, con la nariz pegada al cristal del tren, vimos una preciosa playa rodeada por un cinturon de montañas. Henar se puso nerviosa, cogió las mochilas y se dirigió a la puerta del tren. - ¡Vamos ahí, que es una playa chulísima! -. El tren se detuvo en un apeadero frente a la exótica playa. Sin pensarlo, Henar abrió la puerta y saltó. Yo asomé la cabeza y comprobé que nadie se bajaba. Aquello no era una estación, el tren se había detenido por casualidad pero no para que nadie se bajara. Traté de avisar a Henar pero ya era demasiado tarde, el tren había arrancado. Me puse nervioso sin saber muy bien qué hacer, si saltar o ayudar a Henar a subir. Finalmente extendí la mano para que subiera pero el tren iba cogiendo velocidad y encima yo estaba en miad de la puerta, estorbando.

Comenzamos a chillarnos el uno al otro: yo decía que subiera, ella que bajara. Henar desistió y vi como se quedaba atrás. En medio segundo pensé en en lo desastroso que sería separarnos. Casi sin pensarlo, me coloqué la mochila y salté del tren. En las películas esto siempre sale bien. En la vida real, saltar de un tren en marcha supone darse un golpe contra el suelo. ¡Plaf! justo ahí fueron a parar mis huesos. Levanté la vista y vi a Henar corriendo hacia mí mientras gritaba -¡Falta una mochila!-. ¡Mierda!.

Menos mal que no viajábamos solos, la suerte se nos había acoplado desde que aterrizamos en Milán. Por la puerta del tren se asomó una mano haciendo gestos y acto seguido nuestra mochila salió volando yendo a parar al suelo. Luego una cara morena se asomó sonriendo mientras gesticulaba diciendonos: menos mal que me he dado quenta que si no...

Estábamos sanos y salvos, pero ahora estábamos perdidos. Miramos enderredor en busca de un cartel o algun tipo de información que nos dijera dónde nos encontrábamos y cómo podíamos salir de allí. Nada de nada. Allí sólo había dos vías de tren y mucha gravilla. Como no teníamos nadie para desahogarnos, nos tiramos los trastos el uno al otro. Yo la recriminaba que no tenía que haberse tirado. Ella que la tendría que haber ayudado a subir. Al final nos sentamos en un escalón para pensar.

Tras unos minutos los dos llegamos a la misma conclusión: no hay mal que por bien no venga. Al fin y al cabo, nos encontrábamos a unos metros de la playa y un baño nos vendría muy bien. Más tranquilos comenzamos a caminar por el pueblo. La gente nos miraba como si fuésemos bichos raros. Supongo que les sorprendería ver a dos extranjeros por allí. Nos dirigimos a la comisaría para que nos orientaran. Una vez allí, el agente que nos atendió no sabía nada de inglés. Nos preocupamos un poco. No sabíamos ni el nombre del pueblo y lo que es peor, no sabíamos cómo regresar a Atenas.

Continuamos andando por el pueblo. Nuestra tercera compañera, la suerte fue a pedir ayuda a unos chicos que estaban tomándose un refrigerio en el porche de su casa. Uno de los chavales se levantó de la silla y vino hacia nosotros. En un inglés confuso nos preguntó de dónde éramos.- de España- le contestamos. Al chico le pareció genial poder intercambiar unas palabras con unos españoles. Aprovechando la tesitura le preguntramos dónde estábamos y cómo podíamos regresar a Atenas. Al parecer, habíamos llegado a un sitio que se llama algo parecido a Nepamoy y había un tren de vuelta a Atenas a las ocho de la tarde. Eran las tres, así que disponíamos de varias horas de playa. Agradecimos al chico la información y nos fuimos hacia la playa.

Con tantas emociones nos entró sed. Además, necesitábamos algún sitio para ponernos los bañadores. Vimos un bar y entramos. Desde la puerta se escuchaban gritos y risas: ambiénte de bar. Al pasar por la puerta todo el bar se quedó mudo. Nos observaban como si nunca hubiesen visto a unos mochileros. Nos sentamos en la barra y pedimos dos cervezas. Uno de los camareros vino y nos preguntó en inglés de dónde éramos. Tras responderle se dirigió en griego a la audiencia del bar y cuando calló todo el mundo volvió a la normalidad, retomando la conversación que mantenía antes de nuestra aparición. Uno de los clientes comenzó a charlar con nosotros. Nos dijo que no llegaban muchos turistas al pueblo. Él era marinero, se dedicaba a la pesca. Hablamos un rato de su trabajo y finalmente me ofreció trabajo como pescador. Le dije que me lo pensaría. Terminamos nuestras cervezas y nos despedimos del bar.

Como dos niños ilusionados, nos dirigimos a la playa. ¡Por fin!. Llegamos a una preciosa costa rodeada de montañas. Era un mar interior poco profundo y con una temperatura deliciosa. Dejamos nuestras mochilas sobre la arena, extendimos las esterillas y corrimos al agua. Magnífico y justo chapuzón aquel.
Parecíamos dos cachorros jugando en el agua.

Cansados de agua, nos tumbamos sobre las esterilla para observar el horizonte. Henar tras pensar un rato me dijo - Es increible, hace un rato estábamos al borde del colapso, perdidos, cabreados y sin saber qué iba a ser de nosotros. ¡Y ahora mira! Tomando el sol en una playita preciosa -. Le respondí sonriendo -Al final nos ha salido bien eso de saltar del tren, ¿eh? -

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10 Dic 2008

El amuleto bosnio de la suerte

Escrito por: danogor el 10 Dic 2008 - URL Permanente

Era muy temprano y el sol bañaba de luz las calles de Sarajevo. Aún no había comenzado oficialmente al día. Acabábamos de llegar a una ciudad fantasma: pocos se atrevían a deambular por sus calles. Estábamos cansados por el viaje en tren y pensamos que la mejor opción era tomarse un café caliente.

Nos sentamos en la terraza de un bar y bebimos en silencio. A esas horas no hay grandes conversaciones y es preferible ahorrar energía. Aunque nadie lo dijo, todos teníamos ganas de conocer este lugar azotado por la guerra y la sinrazón. Apuramos un último sorbo de café y comenzamos a andar sin rumbo fijo.

Las calles del centro de Sarajevo son estrechas y están flanqueadas por pequeñas casas bajas. Los comercios inauguraban un nuevo día sin demasiada prisa. Nos llamó la atención una vieja mezquita parapetada tras una férrea verja oxidada. Al parecer nadie visitaba ya ese templo. Enfrente, un viejo de ojos cristalinos nos miraba con interés. Se acercó a mí y cogiéndome del brazo me dijo -Lucky- . El anciano señalaba un hatajo de colgantes dispuestos en el suelo sobre un pañuelo rojo. Los collares se esparcían caprichosamente por el pañuelo simulando un ovillo de diminutas serpientes. Eran trozos rectangulares de cuero con un símbolo blanco en el centro. Me gustó. Sin preguntar el precio pedí al anciano que me diera dos colgantes de la suerte. Con paciencia, el anciano comenzó a deshacer en nudo que unía los amuletos.

Me puse un colgante y dí el otro a Henar. El rectángulo de cuero era blando, como si tuviese algo por dentro, sin embargo era una pieza cerrada.

Pasaron un par de años y el colgante comenzó a agrietarse por un lateral. Un hueco permitía ver una diminuta pieza blanca en el interior. La curiosidad me pudo y abrí el cuero para ver qué era. Envuelto en plástico, parecía un pequeño libro con el mismo símbolo que aparecía dibujado en el cuero. ¡Menuda sorpresa! Era una hoja de papel cuadrada de unos 20 centímetros. En cada pliegue había escrito algo en árabe. Me recordó a las chuletillas de la universidad. Me quedé con la duda de saber qué era lo que decía.

El destino es un genial confidente. Mientras compraba en una tienda marroquí de Madrid, el dueño se fijó en el colgante de Henar y le preguntó algo en árabe. No le entendimos así que retomó la frase en castellano: Esto te va a dar suerte. Después de dos años y medio de intriga, aquel marroquí nos desveló qué era lo que teníamos alrededor del cuello: es un amuleto que suelen llevar los musulmanes. Antigüamente, cuando los viajes se ralizaban a pie o en carro, los musulmanes tenían la costumbre de leer fragmentos del Corán para que Alá protegiese a los viajeros. Dentro de nuestro colgante estaban esos párrafos del Corán escritos
con letra diminuta. Nuestro collar se revalorizó.

Desde entonces, aunque no soy creyente, siempre llevo ese colgante. Cada vez que viajo, lo primero que hago antes de hacer el equipaje es colgarme al cuello el amuleto protector. Puede que no sea útil pero mientras yo crea que lo es, todo lo demás carece de importancia.

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30 Nov 2008

El gato moribundo

Escrito por: danogor el 30 Nov 2008 - URL Permanente

Madrid es una ciudad sumida en un irremediable proceso de desculturización. Con ello no quiero decir que los ciudadanos estén sufriendo pérdidas en su conocimiento, es más bien, que aquello que diferenciaba Madrid de otras ciudades españolas y europeas está desapareciendo. Ahora, cuando veo películas de los años 40, en las que los madrileños se enseñoreaban de su cultura, siento lástima por el resultado de este mundo globalizado.

Los “gatos” están en peligro de extinción y el chotis, dentro de poco, sólo será recordado en el día de la paloma por unos cuantos nostálgicos del celuloide en blanco y negro. Ya no hay pichis ni chulos, simplemente ciudadanos del mundo actual, sin más distinciones que las de la tribu urbana o la clase social a las que pertenecen. El rastro de los domingos se ha convertido en un mercadillo de grandes dimensiones. Las casquerías, los callos, las manitas y otros platos tradicionales de la cultura culinaria matritense han sido sustituidos por hamburguesas, pizzas y kebabs.

Cada vez menos madrileños hacen gala de ese dialecto del castellano que arrastra cada sílaba de la palabra. Nadie esconde los pulgares bajo las axilas para defender sus ideas, poniéndose de puntillas durante un segundo con un movimiento ágil y rápido. Los gatos hemos olvidado esas frases populares que demostraban la picardía del pueblo, sólo recuperables a través de la literatura o el cine.

Hemos llegado a ese punto de uniformidad global que ya tienen muchas ciudades del mundo. Por Madrid podemos ver las mismas multinacionales que en Nueva York, París, Londres, Bruselas o Nueva Delhi. Todo es idéntico, y los pocos detalles que nos diferencian ya son parte de los madrileños sino de los programas de la concejalía de turismo que se encarga de explotarlo para los turistas. Incluso ha cambiado la imagen de madrid: antes la cibeles y la puerta de Alcalá eran los símbolos de la ciudad, ahora han sido sustituidas por las Torres kio y los rascacielos del complejo empresarial Business area. Sin duda, un buen ejemplo de que el dinero se ha convertido en el centro de la cultura madrileña.

Supongo que es el resultado irremediable del paso del tiempo pero me pregunto qué pensará de todo esto la Cibeles…

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17 Nov 2008

La vieja olma de Frumales

Escrito por: danogor el 17 Nov 2008 - URL Permanente

El esqueleto de una vieja olma milenaria preside el paisaje de Frumales, un veterano pueblo segoviano. Antaño, sus ramas daban cobijo a las charlas de los mayores y los juegos de los chiquillos, convirtiéndose en el centro de la vida de un pueblo, que cómo el tronco muerto del viejo árbol, se extingue poco a poco. Ahora la mayor parte de sus habitantes tiene más de 60 años y han pasado muchas estaciones desde el último nacimiento. El último vecino del pueblo nació cuando el arroyo Cerquilla aún se desbordaba con el deshielo. Ahora, la explotación del agua para regadío deja pasar por la localidad un finísimo hilo de arrollo.

Dicen que plantaron la olma en el siglo XI, para que diera sombra a los fieles mientras esperaban a entrar a la iglesia románica del pueblo, que por entonces estaba construyéndose. Pasaron los años y la vieja olma fue testigo del trasiego de los habitantes de Frumales que cargaban en latas la resina de los pinares para venderla. También veía pasar a los trabajadores del campo que regresaban a su casa tras una dura jornada. Mientras tanto, algún pillo se escondía en el interior de su tronco, de nueve metros y medio de diámetro, para burlar la vigilancia de su madre, que preocupada, gritaba el nombre del pequeño. Todo eso se conserva en la memoria de los mayores que no dudan en contar todas las historias que vivieron en su infancia.

La olma sobrevivió a las inclemencias del tiempo, a las guerras, incluso al fuego y fue un microscópico hongo el que acabó con su vida. La grafiosis fue secando sus hojas a pesar de los intentos de la gente del lugar por frenar la enfermedad. El esqueleto de árbol se conserva como recuerdo de lo que fue. De vez en cuando, algún vecino contempla con melancolía la madera muerta, pensando quizás, que la inclemente muerte visita hasta las criaturas más robustas.

Cuando me planté frente a la olma, ya muerta desde finales de los años 80, pensé en lo majestuosa que debió ser en vida, pero sobre todo, pensé en el simbolismo de la muerte de ese querido árbol. Supongo, por empatía, que cuando se cayó la última hoja, los habitantes de Frumales debieron pensar en su pueblo, en lo que fue y en lo que se ha convertido. Siento lástima por todos aquellos parajes que fueron fuentes de vida otrora y que ahora, con la migración a las ciudades y la devaluación de la vida rural se han ido convirtiendo en pueblos residenciales donde unos pocos vecinos mantienen viva la llama del pasado.

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14 Nov 2008

Aterrizando en Seúl

Escrito por: danogor el 14 Nov 2008 - URL Permanente

Fotos y texto: Alberto Lebrón


Os escribo desde Seul, donde tengo previsto permanecer hasta final de año. No tengo aún noticias sobre el visado de China. Hoy sábado lo tengo libre y aprovecho para escribir mientras escucho los versos de Andrés Calamaro (luego Los Suaves dicen que se pasan un ratito por aquí, aunque con "Malas Noticias", creo. Nunca cambiarán). Hace un ratito estuve con mi buen amigo Rosendo.

Tengo pendiente comprar unos CD´s de música coreana pero ¡Cáspita! Mis dos millones y medio de la pasada semana se reducen hoy a 60.000 Won. Lo fundí todo en equipos de televisión para poder trabajar. En España sólo me quedan 9 céntimos de euro. Tampoco tengo previsto retirarlos. Los bancos piden confianza y que mantengamos en ellos nuestros depósitos. No pretendo ser un desviado de la norma a estas alturas. Mi esposa (tanto te echo de menos, mi vida) dice tener unos 300€ tras haber pagado el alquiler de la casa. Falta el coche (por cierto, está a la venta, un SEAT IBIZA nuevo del 2005) y la luz. Alguna cosa más, quizás. Claro, la comida. Es importante porque sin ella no podemos vivir. Esta semana de trabajo no la cobré. El barco pirata que me trae la plata no llegó aún.

Soy feliz. Debo dirigirme personalmente a dos excelentes amigos (y profesores de facultad). Gracias a sendas calificaciones suyas que yo no esperaba finalicé Periodismo con una nota media de 2.00 (esto es un notable pelao). Posiblemente no sea relevante para el futuro, dadas las cosas, pero me alegraron la semana. Afortunado por haber recibido cátedra de Najib, Soledad, Aragoneses, Julio Larrañaga -me animaste a estudiar Economía-, Tino Rodao, Ángel Rubio, Yruela, Rosa Cal -siento no poder haberme currado tu asignatura como debiera, tenía entonces una cita imposible con Iraq-, Ana Segovia, Pilar Equiza, Mª José Pérez, Ildefonso Soriano, Mª Victoria Gómez Alfeo, Marisa del Pozo Lite... es imposible nombrar a todos. Javier, Pedro... GRACIAS POR TODO.

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05 Nov 2008

Meteora, monasterios suspendidos en el cielo

Escrito por: danogor el 05 Nov 2008 - URL Permanente

Al noroeste de Atenas se encuentra Kalambaca, una de las ciudades más impresionantes de toda Grecia. Acabábamos de dejar atrás el mundo oriental en un viaje de más de catorce horas entre Estambul y Tesalónika. Aprovechando que estábamos en territorio griego quisimos conocer los monasterios de Meteora, construidos en la cima de esbeltas montañas de roca.


Meteora pertenece a la ciudad de Kalambaca. Para llegar allí desde Tesalónika, teníamos que coger un autobús y después un tren. Desde luego, el viaje de autobús fue de los más espectaculares que he visto, pero esa es otra historia. Tardamos seis horas en llegar a Kalambaka, eran las cinco de la mañana y convencimos a los ferroviarios para que nos dejaran dormir un par de horas en un viejo cuarto abandonado de la estación.


Nos despertamos con los primeros rayos del día que entraron en la estancia. Al salir, quedamos maravillados por la belleza del cinturón de montañas que rodeaba Kalambaka. Nuestra próxima parada era esa colosal columnata a escasos kilómetros. Cogimos un autobús que nos dejó en el centro de Meteora. Hablamos con el dueño de una tienda de souvenirs para dejar las mochilas. Al mirar hacia los monasterios, me invadió la incredulidad: no podía creer que unos monjes hayan construido con sus propias manos unos monasterios en lo alto de unas montañas de roca. Pues sí, han pasado siete siglos desde que los primeros monjes ortodoxos se subieran a lo alto de las masas rocosas para evitar los ataques de turcos y albaneses. Resulta curioso que los habitantes de los monasterios ascendieran a sus hogares con un sistema de poleas y una pequeña cesta. Ahora, se accede a través de una hilera interminable de escalones que atraviesan el corazón de las rocas.


Los monjes ortodoxos siguen siendo los amables anfitriones de los monasterios. Bueno, ciertamente son monjes y monjas ortodoxos. En total, hay seis monasterios, dos habitados por monjas y cuatro por monjes. La visita a los monasterios es obligada, eso sí, es obligatorio que las damas oculten sus piernas tras largas faldas que los propios monjes facilitan a la entrada.

Desde uno de los miradores, me paré a pensar en las grandes obras que es capaz de hacer el hombre. Al mismo tiempo pensé en lo poco que se tarda en destruir lo creado, como ocurrió con muchos monasterios durante la Segunda Guerra Mundial. Lo último que pensé, antes de que me vinieran a recoger, fue lo malo que tiene que ser quedarse sin tabaco o bajar a por pan.

Más información en:

Cuando los griegos quisieron tocar el cielo

Información sobre Meteora

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10 Oct 2008

Superar la agorafobia viajando II

Escrito por: danogor el 10 Oct 2008 - URL Permanente

Continuación de Cómo superar la agorafobia viajando I

Pasaron varios años de aquel incidente pero la impronta se había quedado en mi subconsciente. El miedo a la calle era tal, que en ocasiones, me entraban crisis de pánico y tenía que salir corriendo del lugar en el que me encontrara. Podía ser la gran vía, el metro o el parque de mi barrio, daba igual. Sentía un miedo injustificado pero terriblemente poderoso, como si una amenaza se cerniera inminentemente sobre mí para acabar con mi vida. Me sentía inseguro en cualquier lugar que no fuese mi casa. Esa fue la dinámica durante diez largos años: crisis de ansiedad, taquicardia y miedo.

Nunca se me pasó por la cabeza acudir a un psicólogo por pura vergüenza. A cambio, trataba de hacer mi vida lo más normal posible para que nadie supiera lo que me pasaba. Salía con mis amigos, hacía deporte, estudiaba… Pero siempre con esa daga ensartada en mi corazón.

Un día mi chica me propuso ir de viaje por Europa. Ella y yo solos. Lógicamente le dije que no, pero insistió tanto que no me quedó más remedio que acceder. Entonces no sabía lo acertada que fue mi decisión.

Con un miedo atroz y un nerviosismo indescriptible, partimos hacia Italia en avión. Próxima parada Milán. Al llegar a tierra italianas me volvió a atacar el miedo y me quedé paralizado: allí nadie hablaba en castellano y no conocía un solo lugar donde poder sentirme seguro. Mi santuario de paz estaba a cientos de kilómetros y por delante me quedaba un mes sin refugio. Mi chica no hablaba inglés, así que me toco el papel de encabezar todos nuestros movimientos. La situación me desbordaba.

Poco a poco me fui dando cuenta que el miedo no iba a ser buen compañero de viaje. Si quería sacar provecho de la situación, tenía que quitarme de encima ese incómodo sentimiento. Sin darme cuenta, fui olvidando mi miedo, desenvolviéndome por Milán como un pícaro. Tras Milán vinieron, Roma, Patras, Atenas, Tesalónica, Estambul, Sarajevo, Mostar, Dubrovnik…Enterré para siempre la agorafobia. Nunca más he vuelto a tener miedo.

Lo que realmente me hizo romper la barrera del miedo fue la propia necesidad de la situación. Sin pensarlo, estaba poniendo mi mente al límite: estaba al borde de un precipicio y no me quedaba más remedio que avanzar. Me vi en la necesidad de enfrentarme a la agorafobia sin posibilidad de dejarla salir, ya que todos los subterfugios que paliaban sus efectos se habían quedado en Madrid. Sólo ante una ciudad desconocida, en mi primer viaje al extranjero. Aquello que me había perseguido durante años desapareció en menos de un día.

Ahora recuerdo esa etapa de mi vida como algo pasajero, y todo gracias a ese primer viaje a la aventura. Desde entonces, aunque la agorafobia se ha desintegrado, arrastro una enfermedad mayor, una dependencia que se hace más fuerte cada día, necesito mi dosis de viaje.

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09 Oct 2008

Superar la agorafobia viajando

Escrito por: danogor el 09 Oct 2008 - URL Permanente

El mochilismo no sólo me ha proporcionado momentos inolvidables sino que, además, me ha quitado de encima un gran peso que me llevaba torturando diez años.

Me remonto a enero de 1995 para meternos en contexto. Unas horas antes de que el Real Madrid diera una soberana paliza al Barcelona por 5-0, yo andaba por las proximidades del Santiago Bernabeu con la intención de ir a una bolera situada en la madrileña zona de Azca. Para el evento, me vestí con las mejores galas, entre ellas, una flamante cazadora de borrego que mis padres me habían regalado con toda su ilusión el día anterior.

Antes de salir de casa, mi madre, con ese don que sólo las madres tienes me dijo que tuviese cuidado con la cazadora porque, al parecer, “era muy golosa”. Una vez en el Azca, mientras esperaba en compañía de un amigo al resto de la compañía, unos energúmenos ataviados con ropa militar y luciendo una hermosa cabeza rapada, nos rodearon. El más ganso de todos se acercó a mí, rodeó mis hombros con su brazo, y sin dejar de mirar mi nueva cazadora me dijo –Bonita cazadora ¿eh?- -Sí, la verdad- le contesté ingenuamente- -Pues, venga vete desabrochando la cazadora ahí-. Se me heló la sangre, sentí como mi corazón retumbaba en mi pecho, bombeando la sangre hacia todo mi cuerpo. No me podía creer la situación. Estaban intentando robarme la cazadora. A mi amigo le entró pánico y echó a correr. Uno de los cabezas rapadas grito – Eh, se escapa el pardillo, a por él- Y acto seguido cinco de esos monos rapados salieron corriendo. El resto de depredadores me rodearon mientras me decían –Nos vas a dar la cazadora por las buena o por las malas, tú verás-.

Ahora no me dan miedo, siento lástima por ellos

El miedo me mordía los píes y los brazos y comencé a temblar. Balbuceaba palabras sin sentido, rogando a mis captores que por favor me dejaran ir. La manada de lobos estrechaba aun más el círculo alrededor de mí. Finalmente me resigné y comencé a desabrocharme la cazadora.

De pronto, me acordé de unas monedas que tenía en el bolsillo y decidí rescatarlas para hacer una llamada pero el pulso me traicionó, al sacar las trescientas pesetas mi mano tembló y se cayeron al suelo. La manada, deseosa de robar tesoros, miró al suelo y como niños que recogen los caramelos de una piñata, se lanzaron a por las tres monedas de veinte duros. Los depredadores habían deshecho el círculo que me acorralaba. Sin pensarlo, me escurrí por el hueco abierto y me lancé a la carrera al grito de socorro. En realidad no era yo el que corría, era mi miedo.

Las rebajas, abarrotaban los alrededores del Corte Inglés de Nuevos Ministerios. Entré en el gran almacén y continué corriendo hasta llegar a una oficina en el interior de la tienda. Allí, exhausto y aterrado, conseguí llamar a mi casa para que mis padres vinieran a recoger lo que quedaba de mí. Ese día rompí mi último lazo de inocencia.

Después de aquella experiencia, comenzó a costarme trabajo salir a la calle. Cuando veía una cabeza rapada me escondía como una garza asustada. Día tras día fue creciendo en mi interior ese mal que los psicólogos conocen como agorafobia...

Continúa en Cómo superar la agorafobia viajando II

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El Mochilista

Cansado de la vida mongólica de los Fruitis, sobre todo, harto del agonías de Gazpacho, decidí recorrer mundo. Viajar me ha hecho descubrir muchas cosas que daba por hecho y eran completamente erróneas. He convertido mitos y leyendas en verdades y he deshecho prejuicios. Desde hace unos años soy adicto al viaje y necesito, cada cierto tiempo, salir con una mochila al hombro para descubrir un nuevo país.

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