Escrito por dario-manrique
15 Abr 2009 - Enlace
Cuando me obsesioné con Springsteen
Ayer se publicó en La Ruta Norteamericana, el gran blog de música yanqui (y derivados) del amigo Fernando Navarro, un texto sobre mi obsesión adolescente. Hoy lo subo a En Estéreo, pero no tardéis en visitar La Ruta, merece la pena.
En pocos momentos de mi vida he sido fan-fatal de nadie. Si descontamos un breve episodio pre-adolescente madonniano, motivado más que nada por el despertar hormonal (era la época más guarrona de Madonna), creo que nunca he estado más obsesionado con nadie que lo que lo estuve con Bruce Springsteen de 1991 a 1994 (año más, año menos).
Ciertamente, no fue la mejor etapa de Springsteen, musicalmente hablando: Human Touch y Lucky Town (ambos del 92) son bastante flojitos, la E Street Band había sido temporalmente despedida, e incluso el anterior disco (Tunnel of Love) no figura entre lo mejor de su discografía. Pero mi fanatismo venía de unos años antes, exactamente del 2 de agosto de 1988. Esa noche mis padres me llevaron a ver a Springsteen con la E Street Band al Vicente Calderón, y fue una experiencia iluminadora: casi 3 horas de rock & roll en estado puro que hicieron mella en mi infantil mente de onceañero (aquí está el repertorio que sonó). Me impresionó el derroche de energía, cómo se podía estar cantando y bailando con esa intensidad, no sólo sin caer rendidos al suelo, sino además disfrutándolo -como era obvio que lo estaban haciendo-, tanto los músicos sobre el escenario como las miles de personas que estaban viéndolos.
La semilla de esa noche fue creciendo y dos o tres años después ya me sabía toda la discografía springsteeniana al dedillo (salvo quizá Nebraska, que reconozco que se me hacía durillo), e hice todas aquellas cosas que los fans hacen: compraba camisetas, almacenaba recortes de prensa sobre mi ídolo, leía biografías suyas (recuerdo sobre todo una, muy desencantada, de Ignacio Juliá, llamada Promesas rotas), etc. Llegué a comprar grabaciones piratas, incluso: contacté con un tipo que vendía bootlegs de conciertos y me pillé el de aquella noche de agosto de 1988 ¡¡en casete!! El sonido era horrendo, se escuchaba más a la gente que el tío con la grabadora tenía alrededor que al grupo. Sólo oí esas dos cintas una vez, pero consideré que, por su valor simbólico, la pequeña fortuna que me habían costado (2.000 pelas, las dos) merecía la pena como inversión.
Pasó el tiempo y la "Fiebre Brucista" fue remitiendo, ante el descubrimiento de sonidos más "modelnos". The Ghost of Tom Joad, por ejemplo, no me interesó demasiado, y no hice ningún esfuerzo por ir al concierto del Palacio de Congresos de Madrid (de lo que hoy me arrepiento, claro). Pero nunca ma avergoncé de esa fiebre, y recuerdo esos años de mono-dieta con tremendo cariño. Con los años he vuelto a recuperar el interés por Springsteen, aunque sus discos nuevos no me producen la excitación de, digamos, un Darkness on the Edge of the Town, tal vez mi favorito. También les tengo especial cariño a los dos primeros álbumes, el Greetings from Ashbury Park, N. J. y The Wild, the Innocent & the E Street Shuffle. De este último es la canción con la que me despido, la excitante The E Street Shuffle.
Ah, por cierto, las cintas del concierto del Calderón están desaparecidas, debí de tirarlas en alguna limpieza de casetes/mudanza. Una pena... ¿No tendrá alguien una grabación de esa noche? Me vale en cinta...








6 comentarios Escribe tu comentario