En estéreo - Tú blog de música por Dario Manrique

12 Ago 2009

Escrito por dario-manrique

12 Ago 2009 - Enlace

Martin Scorsese escribe sobre Woodstock (y II)

Esta es la segunda parte del texto escrito por Martin Scorsese sobre su experiencia como parte del equipo que filmó la película de Woodstock, cuando se cumplen 40 años de la celebración del festival. El director lo ha escrito como prólogo del libro "Woodstock: Three Days That Rocked the World". La primera parte de este texto se publicó en una entrada ayer.

Creo que ayudó -desde luego me ayudó a mí- que en momento tan temprano como la noche del viernes, la idea de que nos encontrábamos inmersos en algo más que un concierto de rock, de que era un evento histórico, nos asaltó a algunos de nosotros. Hacia el sábado noche, por usar el cliché, "el mundo entero estaba observando"; Woodstock estaba en la televisión y en el resto de la prensa. Creo que es posible que mucha de la gente entre el público quisieran subrayar el contraste entre esta congregación pacífica y los disturbios del año anterior en la convención demócrata de Chicago.

Pero nosotros, los cineastas, no las teníamos todas con nosotros. Sí, John Calley, parte del nuevo equipo de gerencia en Warner Bros, había acordado cubrir los costes de los alquileres de las cámaras y los rollos de película, una suma que luego recordaría como unos 15.000 dólares o, comentaba, "algo así como una comida en Las Vegas". También recordaría que, si nos hundíamos, podría recuperar esa modesta suma simplemente vendiendo lo que filmamos para futuros documentales. Pero la financiación para completar la película no estaba garantizada. (...)

Así que la película de Woodstock fue, en todos los aspectos, una apuesta arriesgada. Rodajes como este lo son la mayoría de las veces, pero ello era especialmente así en esos días, cuando los conciertos de rock no eran el género asentado que son ahora. Desde el principio se había hablado mucho -especialmente pro parte de Wadleigh, por lo que recuerdo- de usar mucho la pantalla dividida en la película. Había una sensación de simultaneidad en Woodstock, de que ocurrían muchas cosas a la vez, que se prestaba a esa aproximación. Se había alquilado un gran espacio sobre una sala de billares, también cerca de la calle 86, para proyectar en la pared el metraje en bruto. Se podía poner el material de seis o más cámaras sobre esa pared. Había algo visceralmente excitante en ello. Se convirtió en el sello estilístico de la película; más importante, al darle el mismo tiempo a las actuaciones y al público, Wadleigh podía recrear la experiencia por completo para el público del cine. No lo podría haber hecho con una película puramente lineal.

Había suficiente material para una película de siete horas, razón por la cual, en sus variadas encarnaciones de vídeo casero, Woodstock ha cambiado un poco de forma a lo largo de los años, sin traicionar a su esencia. Pero ha ocurrido algo más curioso en estos 40 años. Creo que sin la película, el concierto no bubiera sido más que una nota a pie de página en la historia cultural y social de los 60, representada por una foto en un libro, una línea o dos en los libros de historia. Lo que la película hizo, y continúa haciendo, es destilar la experiencia de Woodstock y, más importante, conservarla vibrante y viva. La nota a pie de página se ha convertido en un hito, la manera para mi generación de recordarnos quienes éramos entonces y de medir el camino que hemos recorrido desde entonces. También ha sido, de manera más significativa, una forma para las generaciones recientes de contactar con el caótico espíritu de los 60. O mejor, con una parte de ese espíritu: la parte más feliz.

11 Ago 2009

Escrito por dario-manrique

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Martin Scorsese escribe sobre Woodstock (I)

Esta semana se cumple el 40 aniversario del festival de Woodstock, que se celebró del 15 al 18 de agosto de 1969. El director Martin Scorsese, que entonces tenía 26 años, acudió al festival como parte del equipo que rodaría la famosa película de "Woodstock". Esta es la primera parte de lo que ha escrito para el prólogo del libro "Woodstock: Three Days That Rocked the World", de Mike Evans and Paul Kingsbury. Mañana, la segunda parte.

"Mi perspectiva sobre Woodstock es... limitada. ¿Cómo de limitada? Bueno, la mayor parte de ese largo fin de semana de agosto de 1969 estuve confinado en una plataforma de unos tres metros de ancho, a la derecha del escenario, bajo una fila de amplificadores, intensamente concentrado en los músicos y sus actuaciones. Iba a ser uno de los montadores de la película de Woodstock, y mi trabajo consistía en quedarme con las imágenes que íbamos a necesitar al ponernos a montar. Teníamos siete cámaras para cada actuación y, hasta el punto en que me podía comunicar con ellos (sorprendentemente bien, dadas las adversidades), trataba de dirigir su atención a lo que ellos no podían percibir, dado que sus ojos estaban pegados a los visores.

Había, de vez en cuando, temas más preocupantes, como tratar de permanecer de pie en ese pequeño espacio lleno de gente. Todos dependíamos los unos de los otros para nuestro bienestar. Si alguien me hubiera empujado me hubiera caído de la plataforma. Pero eso no ocurrió. No había manera de conseguir comida o de ir al baño. Probablemente la mejor hamburguesa que me he comido en la vida fue cortesía de Arthur Barron, el director de documentales, que de alguna manera nos subió una bolsa durante los conciertos del viernes.

Casi no pude ver vi al público, tan concentrado como estaba en la acción sobre el escenario. Era simplemente una inquieta presencia detrás de nosotros. De cuando en cuando veía a Michael Wadleigh, el director [de la película), con su cámera, los auriculares torcidos, tratando de contactar con los otros cámaras por radio. En su mayoría, estábamos tratando de captar lo que pudiéramos, aunque me da la impresión de que teníamos una curiosa (quizá juvenil) confianza en que íbamos a tener algo bueno que llevarnos a Nueva York.


Allí es donde había empezado esta aventura. Wadleigh y yo nos habíamos conocido en la escuela de cine de la NYU, y él había filmado el metraje en 16 mm blanco y negro de ¿Quién llama a mi puerta?, mi primera película. A finales de los 60 unos cuantos estábamos compartiendo cuartos de montaje en la West 86th Street de Manhattan (...) Todos éramos entusiastas, naturalmente, del cine, pero Wadleigh y yo éramos igualmente entusiastas del rock. Creía, y sigo creyendo, que formaba la banda sonora de muchas de nuestras vidas, nos movíamos a través de los días con sus ritmos arrogantes. Ya sentíamos nostalgia por los pioneros del rock de los 50 -Fats Domino, Little Richard, Jerry Lee Lewis, Chuck Berry- cuya obra ya casi no se ponía. Tuvimos la idea de montar un concierto con ellos y su música, para filmarlo. Luego comenzamos a escuchar rumores sobre el festival de Woodstock. Pronto nos quedó claro que probablemente iba a incluir al conjunto de músicos populares más importante de la historia. Wadleigh decidió ir a ver si podía servir como modelo para lo que queríamos hacer. Comenzamos a recibir llamadas suyas diciendo que en su lugar deberíamos filmar esta serie de conciertos.

Aparte de nuestra pasión compartida por la música, casi ninguno de nosotros era lo que podíamos llamar un hippie, aunque Wadleigh ya tenía una considerable barba antes de ir a Woodstock (...) Yo aún no me había comprado nunca un par de vaqueros; mi estilo era el de un licenciado muy normalito. Y tampoco era de ninguna manera una persona de campo. Aquejado de asma, era alérgico a casi todo lo que la naturaleza pudiera ofrecer. Pero ahí estábamos todos, hambrientos, exhaustos, luchando con el hecho de que entre las prioridades entre los promotores de Woodstock no estaba el bienestar de los cineastas.

Tenían problemas más acuciantes. No sé a cuánta gente esperaban ese fin de semana, pero desde luego no a medio millón. Y estaban sobrepasados a todos los niveles: comida, saneamiento, staff médico. Las torres de focos amenazaban con desplomarse y los campos se estaban transformando en un mar de barro. No es ningún misterio porqué esa multitud fue hasta Woodstock: Era la promesa de escuchar a tantos grandes músicos en un solo lugar, en un corto periodo de tiempo. Para algunos puede ser un misterio cómo, de principio a fin, Woodstock fue un encuentro pacífico. O sea, cualquier cosa pudo haber ido mal. A veces miro hacia atrás y pienso: "¿Y si alguien se vuelve loco? ¿Y si alguna droga no funciona, o funciona demasiado bien, y deciden asaltar el escenario?". Hoy la gente idealiza el espíritu de Woodstock, pero creo que contenía los elementos nunca espol eados de algo más amenazante".

22 May 2009

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El single más caro del mundo: 29.000 € por una rareza de Motown

Hace unas semanas se subastó una de las dos copias conocidas de Do I Love You (Indeed I Do), el único single de Frank Wilson, compositor y productor de Motown en los 60 y 70. Lo vendió, a un postor desconocido, el DJ escocés Kenny Burrell por 25.742 libras, casi 29.000 €. Él lo había comprado en 1997 por 15.000 libras.

Me fascinan las estupideces particularidades del coleccionismo profesional de discos. Fijaos en la foto del single, con un autógrafo del cantante en la galleta. Pues en algunos foros la gente se escandalizaba, preguntándose cómo Burrell había sido tan imbécil de pedirle a Wilson que se lo dedicara, "estropeando" así el disco, que perdió valor. Quiero pensar que Burrell no pensó en ese momento en la pasta que iba sacar en el futuro por el vinilo, sino que se comportó como un fan, simplemente quería un autógrafo y una dedicatoria.

¿Qué tiene este single para estar tan valorado? Es una buena canción, un single bailable, con pegada, 100 % Motown, pero por supuesto su valor está en su rareza. La historia es que Frank Wilson, compositor y productor de éxitos souleros de segunda división, entró a mediados de los 60 en nómina de Motown, en la rama discográfica que Berry Gordy, el capo de Detroit, ínauguró entonces en Los Ángeles. Wilson, que tenía una voz apreciable y buenas pintas (aunque no era un Marvin Gaye), quiso probar y lanzarse como cantante, interpretar por primera vez sus propios temas. Gordy aceptó en un principio, pero luego pensó que no, que Wilson estaba mejor detrás de los focos y, en su habitual modus operandi de "este es mi cortijo y hago lo que quiero", ordenó parar la producción del disco. Algunas fuentes dicen que incluso mandó destruir las 250 copias promocionales -para que se pincharan en las radios- que se llevaban fabricadas, y de las que ahora sólo quedan dos... o tres, si hacemos caso a la historia que dice que el propio Gordy rescató años después una copia, cuando la canción ya se había convertido en un hito del Northern Soul.

No sé lo chafado que se quedaría Wilson después de aquello, pero el caso es que siguió componiendo y produciendo, y es autor o coautor de maravillas como el fabuloso Love Child de las Supremes o Keep on Truckin', de Eddie Kendricks. Ya en los 70, dejó Motown, tuvo un despertar espiritual y se convirtió en pastor, ocupación que aún desempeña (todo un clásico entre los intérpretes negros: que les pregunten a Little Richard o Al Green).

Contaba un columnista del Times que hace poco hubo una gran campaña en Escocia para que no saliera del país Diana y Acteón, un cuadro de Tiziano que, aunque pintado para Felipe II, llevaba ya siglos en la colección de un noble escocés. Finalmente, tras la presión de personalidades de la cultura y políticos, la National Gallery of Scotland lo compró por 50 millones de libras. Stuart Cosgrove, el columnista, se preguntaba porqué no se hacía lo mismo con el Frank Wilson, si se trata de algo parecido: evitar la salida de un tesoro cultural de Escocia. Por supuesto, nadie le ha hecho caso. Está claro que una pieza de coleccionismo musical no se puede comparar con una ilustre pintura. Eso es alta cultura, yunou...

04 May 2009

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'Ohio': La justa indignación de Neil Young

Hoy 4 de mayo se cumplen 39 años del asesinato de cuatro estudiantes norteamericanos a manos de la Guardia Nacional en la Universidad de Kent, en Ohio. Este suceso inspiró a Neil Young para componer Ohio, una de las mejores canciones de la discografía de Crosby, Stills, Nash & Young y, podría decirse, de la suya propia.

Young quedó particularmente impresionado al ver fotos como esta de arriba, que le sirvió para ganar un Pulitzer a un estudiante de fotoperiodismo,John Filo . A grandes rasgos, lo que ocurrió es que los estudiantes de Kent, como los de otras muchas universidades de EE UU en esos años, se estaban manifestando contra la guerra de Vietnam y su reciente extensión a tierras camboyanas. Un par de días antes habían incendiado un edificio del ejército, con lo que se declaró la ley marcial y se llamó a la Guardia Nacional, que ese lunes 4 de mayo disparó contra la multitud, matando a cuatro universitarios e hiriendo a otros nueve. La justificación -que luego demostró ser falsa- es que un francotirador había tirado desde una azotea y los guardias respondieron disparando.

La canción que Neil Young compuso sólo unos días después era clara, concisa y furiosa, señalando claramente al presidente Nixon como último responsable desde el primer verso: "Vienen soldados de hojalata y Nixon". Después, repite continuamente la frase: "Four dead in Ohio". CSN&Y la grabaron casi a la primera toma el 15 de mayo y presionaron a su compañía para que se editara a las pocas semanas como single. Muchas de las emisoras comerciales se negaron a ponerla, pero las FM alternativas sí lo hicieron, y pronto Ohio se convirtió en unas de las canciones emblemáticas de la contracultura y su compromiso antibélico.

Aquí están CSN&Y tocándola en directo.

Hay una emocionante versión en acústico en el directo de Neil Young Live at Massey Hall, de 1971 (pero que no salió hasta hace un par de años). No la encuentro en vídeo, pero sí he dado con una versión de 4 Way Street, un grupo texano de homenaje a CSN&Y, que aquí la clavan y además se han currado un videoclip con imágenes de las manifestaciones estudiantiles.

Aunque no incluya Ohio en el repertorio de su gira actual, espero ansioso el momento de ver a Neil Young en el Primavera Sound barcelonés (el 30 de mayo, y al día siguiente estará en San Sebastián).

17 Abr 2009

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Viva la República (y a bailar)

Llego con tres días de retraso, pero nunca es tarde si la dicha es buena: Viva la República.

De todas maneras, hoy tiene todo el sentido del mundo esta entrada porque en Madrid se celebra una fiesta republicana. Más concretamente, un Guateque Cósmico Republicano (oh yeah, pedazo de nombre). Será en el Barbú Bar, en la calle Santiago (al lado de la calle Mayor), y habrá -me cuentan- música de baile a cargo de tres pinchas, canciones combativas y alguna cosica de los años 30. En esta última categoría seguro que suena el Himno de Riego o alguno de los temas de la Guerra Civil que grabaron Los Canallas. Por ejemplo, esta ska-rockera versión del Si me quieres escribir.

Repetimos: que viva la República, y no sólo la Segunda, sino la hipotética Tercera. Yo intentaré echarme unos bailes aborbonizados, aunque antes -otra recomendación seria- iré al Gruta 77 a ver a los estupendos Los Chicos (el grupo más divertido del garage patrio), que tocan con los Pedro Delgados, una banda de bluegrass de... Amsterdam.

15 Abr 2009

Escrito por dario-manrique

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Cuando me obsesioné con Springsteen

Ayer se publicó en La Ruta Norteamericana, el gran blog de música yanqui (y derivados) del amigo Fernando Navarro, un texto sobre mi obsesión adolescente. Hoy lo subo a En Estéreo, pero no tardéis en visitar La Ruta, merece la pena.

En pocos momentos de mi vida he sido fan-fatal de nadie. Si descontamos un breve episodio pre-adolescente madonniano, motivado más que nada por el despertar hormonal (era la época más guarrona de Madonna), creo que nunca he estado más obsesionado con nadie que lo que lo estuve con Bruce Springsteen de 1991 a 1994 (año más, año menos).

Ciertamente, no fue la mejor etapa de Springsteen, musicalmente hablando: Human Touch y Lucky Town (ambos del 92) son bastante flojitos, la E Street Band había sido temporalmente despedida, e incluso el anterior disco (Tunnel of Love) no figura entre lo mejor de su discografía. Pero mi fanatismo venía de unos años antes, exactamente del 2 de agosto de 1988. Esa noche mis padres me llevaron a ver a Springsteen con la E Street Band al Vicente Calderón, y fue una experiencia iluminadora: casi 3 horas de rock & roll en estado puro que hicieron mella en mi infantil mente de onceañero (aquí está el repertorio que sonó). Me impresionó el derroche de energía, cómo se podía estar cantando y bailando con esa intensidad, no sólo sin caer rendidos al suelo, sino además disfrutándolo -como era obvio que lo estaban haciendo-, tanto los músicos sobre el escenario como las miles de personas que estaban viéndolos.

La semilla de esa noche fue creciendo y dos o tres años después ya me sabía toda la discografía springsteeniana al dedillo (salvo quizá Nebraska, que reconozco que se me hacía durillo), e hice todas aquellas cosas que los fans hacen: compraba camisetas, almacenaba recortes de prensa sobre mi ídolo, leía biografías suyas (recuerdo sobre todo una, muy desencantada, de Ignacio Juliá, llamada Promesas rotas), etc. Llegué a comprar grabaciones piratas, incluso: contacté con un tipo que vendía bootlegs de conciertos y me pillé el de aquella noche de agosto de 1988 ¡¡en casete!! El sonido era horrendo, se escuchaba más a la gente que el tío con la grabadora tenía alrededor que al grupo. Sólo oí esas dos cintas una vez, pero consideré que, por su valor simbólico, la pequeña fortuna que me habían costado (2.000 pelas, las dos) merecía la pena como inversión.

Pasó el tiempo y la "Fiebre Brucista" fue remitiendo, ante el descubrimiento de sonidos más "modelnos". The Ghost of Tom Joad, por ejemplo, no me interesó demasiado, y no hice ningún esfuerzo por ir al concierto del Palacio de Congresos de Madrid (de lo que hoy me arrepiento, claro). Pero nunca ma avergoncé de esa fiebre, y recuerdo esos años de mono-dieta con tremendo cariño. Con los años he vuelto a recuperar el interés por Springsteen, aunque sus discos nuevos no me producen la excitación de, digamos, un Darkness on the Edge of the Town, tal vez mi favorito. También les tengo especial cariño a los dos primeros álbumes, el Greetings from Ashbury Park, N. J. y The Wild, the Innocent & the E Street Shuffle. De este último es la canción con la que me despido, la excitante The E Street Shuffle.

Ah, por cierto, las cintas del concierto del Calderón están desaparecidas, debí de tirarlas en alguna limpieza de casetes/mudanza. Una pena... ¿No tendrá alguien una grabación de esa noche? Me vale en cinta...

30 Ene 2009

Escrito por dario-manrique

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40 años del último concierto de los Beatles

Hoy se cumplen 40 años del último concierto de los Beatles, que dio lugar a una de las imágenes más icónicas de la historia del rock: los cuatro tocando en la azotea del edificio de su compañía, Apple, en Savile Row, en el centro de Londres.


No sé si ellos sabían en ese momento que esa iba a ser su última actuación, pero sí eran conscientes de que llevaban un montón de tiempo (desde agosto del 66) sin tocar en directo, decisión que tomaron ante la imposibilidad de que se oyera su música por encima de los gritos de los fans.

Sin aviso ninguno, ante un público compuesto por amigos, empleados de Apple y algunos sorprendidos viandantes (hay quien lo vio incluso desde los tejados de otros edificios), los Beatles y el teclista Billy Preston subieron a la azotea de Apple a última hora de la mañana del jueves 30 de enero. Antes de que la policía londinense les obligara a acabar, les dio tiempo a tocar cinco canciones, algunas de ellas repetidas: Get Back, por ejemplo, fue interpretada tres veces; Don't Let Me Down, dos, igual que I've Got a Feeling (las otras fueron Dig a Pony y One After 909).

Todas estas canciones aparecerían en Let it Be, el álbum final de los Beatles, así como en la película del mismo nombre, de la que sale este Don't Let Me Down.

La última versión de Get Back, que cierra la película, es buenísima. Rodeados de bobbies (se dijo que el director, Michael Lindsay-Hogg, tenía preparados algunos extras vestidos de polis), McCartney cambia incluso la letra, haciendo referencia a que Jojo, el protagonista de la canción, va a ser detenido por tocar en una azotea. Además, a los 30 segundos alguien apaga el ampli de George Harrison, que lo vuelve a encender momentos después. Cuando acaban, el ganso de Lennon da las gracias: "En nombre del grupo y nosotros mismos, y espero que hayamos pasado la audición".

14 Ene 2009

Escrito por dario-manrique

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La revista 'Fonorama' y los conjuntos de música moderna

Se ha reeditado en facsímil Fonorama, una de las primeras revistas en tratar el pop y otras músicas modernas en España. Por ahora sólo me he pillado un número, pero me haré con más, porque merece la pena.

El ejemplar que me he comprado es el de abril de 1964. Hay que tener en cuenta la temprana fecha: no hacía un año y medio de las primeras matinales del Price y el rock español estaba en pañales. El número en cuestión tiene un especial de grupos de Barcelona, escena -reconocen- más desarrollada que la de Madrid. Hay que puntualizar que Fonorama tenía su redacción en la capital, y en el editorial del comienzo reconocen cierta "hostilidad" al principio por parte de los barceloneses hacia la revista, "que suponían sólo de Madrid". Se entrevistan a grupos como Los Sírex o Los Mustang (que afirman parecerse "primero a los Shadows, y después a los Beatles"), y la polémica que aparece en todos los artículos es la de los carnets profesionales: en el franquismo los músicos debían estar afiliados al sindicato (único) y pasar un examen de solfeo que, obviamente, la mayoría de los grupos de pop no podían aprobar.


Además, me ha hecho gracia la entrevista a otro grupo catalán, Los Mangas Verdes, que afirmaban no querer grabar discos porque "los discos no son, en España, un buen medio para ganar dinero", algo que se podría aplicar ahora, 45 años después... (Finalmente, Los Mangas Verdes registrarían un EP).

Entre preciosos pósters a todo color de bandas como los cubanos Llopis o los mexicanos Teen Tops (ambas pioneras del rock en español), hay otro sorprendente artículo: el del Padre Alejandro, ¡un cura argentino ye-yé! Acompañado de pies de foto fantásticos como "Sotana y alegría: Así es el Padre Alejandro", el sacerdote cuenta que comenzó escuchando música "de vaqueros y después jazz", y defiende incluso el twist, ritmo tachado de inmoral en España: "Dios es alegre y amigo de toda su creación, luego a priori el twist es obra suya. Bien canalizado, cómodo, no puede ser malo". Yo no sé en qué estarían pensando los señores de la censura, pero a mí este cura me parece un rojazo...

Fonorama se puede conseguir en Internet en www.lenoir.es, aunque yo lo he comprado, en Madrid, en La Integral, bonita tienda que no puedo más que recomendar.

13 Ene 2009

Escrito por dario-manrique

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Adiós a Ron Asheton, una mala bestia simpática

¡Canastos! Me piro unos días de Madrid y el cielo se cae sobre mi cabeza. Vaya perra le entró a alguna con llamarme pijo cuando lo único que quería decir en la entrada del 7 de enero es que necesitaría que el día tuviera 30 horas para que me diera tiempo a escuchar toda la música que me gustaría... Pero lo peor ha sido la muerte de Ron Asheton, el guitarrista de los Stooges. El pobrecico, ya lo habréis leído, murió de un infarto entre Nochevieja y Año Nuevo, pero no lo encontraron hasta el día de Reyes.

Iggy Pop aparte, era mi Stooge preferido. Primero, obviamente, porque sin el cafre sonido de su guitarra no existirían canciones tan aplastantes como Search and Destroy o 1969 (tremendo wah-wah se marca). Además, porque era uno de los tipos que me pareció más simpático de todos los que hablan en Por favor, mátame, la historia oral del punk recopilada por Legs McNeil y Gillian McCain. En el libro, que recibió una merecida (y currada) reedición hace un par de años por parte de Discos Crudos, Asheton tiene algunos momentos gloriosos, como cuando cuenta lo fatal que le parecía que Iggy tuviera una novia de 14 años (ellos tenían alrededor de 20)... hasta que la chica le presentó a su mejor amiga, también de 14, con la que terminó en la cama, por supuesto. También me reí como una bestia cuando cuenta la extraña sensación de encontrarse compartiendo una pila de cocaína en un camerino neoyorquino con Miles Davis: "Imaginad la escena: La cabeza de Miles Davis al lado de las cabezas de los Stooges haciendo SNIIIIIIF".

Leyendo Por favor, mátame se constata que el punk fue un invento norteamericano y no británico, y que el grupo punk primordial fueron los Stooges. Sólo hay que ver este vídeo de arriba y alucinar con el sonido y la actitud de Iggy (pese a la mala imagen). Otra cosa en la que se adelentó Asheton a los Pistols y demás fue en su fascinación por la estética nazi: sirva como prueba la foto, en la que evita que el descerebrado del cantante se automutile hasta la muerte en un concierto...

Pese a lo triste de una muerte tan temprana (a los 60 años), el mayor de los Asheton tuvo en los últimos años el reconocimiento que no gozó en la primera etapa de los Stooges. Sus conciertos de regreso no decepcionaron (al menos el que vi yo en el Azkena vitoriano, divertidísimo), y el disco que editaron en 2007, The Weirdness, no estaba nada mal. Se quedó sin ver cómo su grupo entraba en el Rock & Roll Hall of Fame, pero al menos pudo actuar en grandes escenarios, delante de miles de personas conocedoras de la leyenda de estos punks de Detroit.

12 Ene 2009

Escrito por dario-manrique

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La BSO de Mad Men: Música con sabor a whisky y cigarrillos

Todas las buenas series de televisión surgidas en los últimos años tienen algo en común: nos muestran algo que hemos visto chopocientas veces (el western, el cine de mafiosos, el de vampiros, el género policíaco) pero de una manera que jamás nos imaginábamos, rompiendo nuestros esquemas mentales y los tópicos más arraigados.

También ocurre con Mad Men, ambientada en el epicentro de la publicidad mundial, la Madison Avenue de Nueva York, a principios de los 60, un curioso momento-bisagra: la estética y sobre todo la mentalidad aún sigue siendo la de los 50, pero se adivinan importantes cambios (desde la incorporación de la mujer al mundo laboral al mismo nivel que el hombre al perfeccionamiento del lenguaje publicitario como jeringuilla que inocula las virtudes del consumismo como hoy lo conocemos).

Sorprende, además, lo mucho que beben y fuman los protagonistas de la serie, fuera de toda corrección política, detalles que contribuyen a dibujar una sombra más en esa aparentemente perfecta sociedad estadounidense, oscuridad que el cine de entonces no reflejaba (excepción hecha, por ejemplo, de Billy Wilder y su El apartamento).

A quienes hayáis visto la inquietante Mad Men tal vez no os haya llamado la atención la música que allí suena. Cierto, pues goza de menos protagonismo del que tenía en series como Los Soprano. Por eso resulta aún más curiosa la fiebre Mad Men que está triunfando en EE UU, que ha resucitado no sólo la música de la época sino también su la estética en espectáculos como Mad Men Revue, que giran por todo el país reviviendo -como si el rock & roll nunca hubiera ocurrido- el espíritu de los crooners de casino y los grupos de inocentes chicas como las McGuire Sisters (no tan inocentes, sabemos ahora: una de ellas fue durante mucho tiempo la novia semi-oficial del mafioso Sam Giancana).

La banda sonora de la serie recoge algunas de estas estupendas canciones, ligerezas como el Botch-A-Me de Rosemary Clooney, la versión del Volare de las ya mencionadas hermanas McGuire, baladas de Bobby Vinton o Vic Damone (un Sinatra de segunda división), o el famoso Fly Me to the Moon cantado por Julie London.

En la web de Canal +, cadena que ha comenzado a emitir la segunda temporada hace unos días, se pueden ver algunos de los momentos musicales de la serie, como este de las Andrew Sisters. Os dejo con un vídeo de Julie London cantando Fly Me to the Moon. Yo, mientras, voy a ponerme otro whisky on the rocks y a prender otro cigarrillo sin filtro.

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Demasiados discos, demasiados festivales y conciertos, demasiadas noticias… Darío Manrique propone una hoja de ruta para no perderse en la jungla musical del siglo XXI.

Darío Manrique escribe sobre música en Rolling Stone, Efe Eme, On Madrid o Citizen K mientras suda tinta para escuchar las montañas de discos que tiene acumulados.

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