Escrito por dario-manrique
10 Ago 2008 - Enlace
La mordida mexicana: "La vida no vale nada"
En la entrada sobre el Tenampa chilango prometía volver a la Plaza Garibaldi a horas más adecuadas de las que los había hecho, es decir, a horas más intempestivas. Y lo hice, en mi última noche en el DF.
Tras una cena que incluyó chapulines (saltamontes) en un sitio bastante fresa (pijo) del centro histórico, fuimos al Río de la Plata, una cantina cerca de otra de la que me habló alguien en un comentario, La Perla, que esa noche estaba cerrada por ser lunes. Allí, en un ambiente bastante chulo al que sólo le faltaba música mexicana (aunque Bob Marley tampoco está mal), cayó la primera botella de tequila. Para los no conocedores, como lo era yo antes del viaje, decir que el tequila blanco que se estila en España es pura bazofia comparado con el reposado que se bebe en México, que entra como agua y no emborracha tan rápido.
La siguiente botella tenía que ser en el Salón Tanampa y, era de ley, debía estar rodeada de mariachis. Así que por 200 pesos (12 euros) tuvimos a una increíble banda de mariachis rodeando nuestra mesa, inundándonos de canciones de José Alfredo Jiménez: No me amenaces, El rey, Caminos de Guanajuato... He de decir que José Alfredo ha sido un gran descubrimiento de este viaje. Sí, lo conocía antes de ir a México, claro, pero no calibraba su mítica estatura. Una de las cosas que me ha sorprendido es que compusiera sus canciones, yo le veía más como un Sinatra que imprimía su personalidad a los temas de otros.
A la salida del Tenampa, con el tequila quemando en las tripas, era complicado irse a dormir, pero tampoco sabíamos adónde ir un lunes por la noche en el DF, así que decidimos comprar unas cervezas (y otra botella de tequila) en un 7 Eleven cercano al hotel. Yo suponía que no era legal beber en la calle, pero no lo sabía con certeza, y -qué demonios- era la última noche mexicana. Y llegó la mordida.
A las cuatro y pico de la mañana sólo quedábamos, apurando nuestras cervezas, mi amigo Jordi y yo cuando paró un coche de la policía de DF. Tras pedirnos la documentación nos informaron de que beber alcohol en la vía pública era delito, muy educadamente (cabrones sí, pero educados también, nos vieron la cara de acojone y consideraron que no hacía falta ser rudos)... Nos dijeron que nos llevaban al coche para traladarnos a la delegación durante un máximo de 36 horas. ¡36 horas! Nuestro avión salía en 16 y, además, yo no me quería meter en ese coche ni borracho (y lo iba). Así que les pregunté, también educadamente, que de cuánto era la "multa" que debíamos pagar. Nos dijeron que de 1.500 pesos (90 euros) por cabeza, cantidad que no teníamos. Les preguntamos si no nos podían entregar la multa y la pagábamos a la mañana siguiente, pero "eso es en España, en México no funciona así. Y si no pagan, pues ya saben, a una celda rodeados de borrachos, drogados"... Nuestra idea de acercarnos a un cajero automático no les hizo mucha gracia (les exponía demasiado), así que acabaron por pedirnos lo que tuviéramos encima, que eran 500 pesos (Jordi) y 450 (yo). El tipo que llevaba la voz cantante, como en las películas, miró para los lados, cogió los billetes y se los metió en el bolsillo. Luego, en el colmo de la hipocresía, nos devolvieron las botellas antes de dejarnos marchar.
México es un país increíble y volveré allá en cuanto pueda, pero tiene un enorme problema de corrupción, acompañada de violencia, enquistada en todas las capas de la sociedad y, esto es lo más preocupante, especialmente entre quienes tienen el deber de defender a la población. Nuestra mordida fue una nimiedad, pero leer los periódicos daba pavor: secuestros con policías implicados, altos mandos detenidos por complicidad con los narcos, agentes asesinados todos los días, otros que dimiten amedrentados por los mafiosos...
Ya lo cantaba hace décadas José Alfredo: "No vale nada la vida, la vida no vale nada. Comienza siempre llorando, y así llorando se acaba. Por eso es que en este mundo la vida no vale nada".
