14 May 2008
Caracoles y vida rastrera
Estos días pasados de lluvia y reclusión forzosa en casa me ha venido a la mente esa época en que ver caer gotas de agua del cielo no era algo excepcional y el ritual de salir a buscar caracoles tampoco. De esto último quería hablar hoy: De esos animales rastreros y babosos, los caracoles. A mí me encantaba salir de cacería menor con mis papis, pisar charcos, calzarse las botas de agua, lucir chubasquero... Lo que no asimilaba tanto era ese momento en que mi madre ponía a los pobres caracoles en una especie de gabia y los metía en la cazuela a fuego lento... muy lento. "Es para engañarlos" me decía, tan pancha. Aseguraba que si los escaldaba rápido se escondían dentro de su caparazón y luego no había quien los sacase de dentro del laberinto. Esta especie de tortura casera a mí me dejó marcado. Veía el fuego azul del fogón como el infierno de Dante y a mi madre como un Torquemada versión sur de Tarragona. "¡Pobres bichos!" "Si el problema está en la cáscara, ¿Por qué no cogemos babosas directamente? pensaba mientras sacaban espuma por la boca y trataban inutilmente de sacar sus cabezas de entre las rejillas. "Toda la vida a ritmo lento y ahora, en el momento de la muerte, más lentitud todavía."
Después, claro, llegaba el momento de comerlos. Otra cosa que no entendía: si comer estos animales es costumbre en Francia y en Lleida, ¿por qué lo debíamos hacer nosotros, gente de mar y habituados a los caracoles marinos? pero como en mi casa se llevaba el remedio rápido ante un motín gastronómico (es decir: la colleja de efecto oblicuo-cervical) no insistía mucho y me veía obligado a empalar el cornudo cuerpo del caracol a través del mondadientes. Mientras masticaba los restos mortificados del molusco terrestre y se iba formando una especie de goma de mascar en mi boca, pensaba en lo crueles que somos los humanos y en que nuestra mente está más torcida que la espiral de la cáscara de estos bichos. Era de los pocos momentos en mi vida en que me planteaba pasarme a la secta de los vegetarianos, pero en medio de mis profundas meditaciones llegaba a la conclusión de que era una tontería, pues los caracoles se pasan todo el santo día devorando lechuga, ergo tragarte un caracol viene a ser como zamparte un concentrado de verduritas...
Yo sólo pido una cosa: Si existe el rollo este de la reencarnación, espero que en mi próxima vida no me toque ser caracol.
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Siempre nos quedará el recurso de utilizar la baba de caracol como cosmético. este anuncio, aunque parezca increible, va en serio:
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En el tintero
david-fluxaSi me dan a escoger entre mil palabras y una imagen, me quedo con las palabras. Prefiero ponerle imaginación y formar la imagen en mi mente aunque a veces no corresponda a la realidad. Y si además ese grupo de palabras forman una historia interesante, mejor aún. Aquel que lea este blog debe decidir si vale la pena seguir leyendo estas palabras. En caso contrario, recomiendo seguir navegando por el cosmos cibernético. Si decides quedarte, sé bienvenido. La suerte ya está echada...
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3 comentarios · Escribe aquí tu comentario
mala dijo
Siempre es mi tía la que los cocina, y me los trae tan preparaditos ellos (que ricosss). Tan solo una vez los he cocinado, y despues de estar nosecuantodias haciendo esas cosas guarras para limpiarse, tuve que ponerles en salmuera (pobrcillos ellos, venga a soltar aquellas babas amarilas) luego cocerlos (otro monon de babas) total que despés de dos días no me sentía capaz de hincarles el palillo. ¡No me extraña que mi hijo sea vegetariano! (lo de imaginar que comes lechuga en lugar de caracoles no es mas que un descargo de conciencia... que te gustan mas de lo que admitessss)
Unsaludo
jpolinya dijo
Cuando recogíamos el arroz y secábamos los campos quedaban charcos con ranas, anguilas y tencas.
Cuando llovía, salíamos a fer caragols entre los campos de mandarinas.
Cuando íbamos a la playa, vora mar (a la puritita orilla que dirían los mexicanos), escarbando con las manos, recogíamos tellinas (mucho más finas que los berberechos) y algún pequeño cangrejo amarillo con su mancha blanca en el lomo.
Con los brotes tiernos del hinojo se hacía un potaje de semana santa con un sabor amargo encantador.
En Albalat, pueblo al lado del mío, cazaban las ratas de los arrozales, tan lustrosas y gordas y bien alimentadas ellas, para la paella.
Mi padre, cuando escardando la hierba (birbant) encontraba lletsó (similar al diente de león) lo traía a casa para tomarlo frito con ajos.
Costumbres que se van perdiendo, y alimentos que van desapareciendo por la contaminación, y por el ¿asco?
Salut
mala dijo
Jpolinya... de asco nada... que me los comiiiiiiiii... todosss. Ayer me trajo mi tía un taper llenito... estais invitados!!! (si llegais a tiempo)
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