16 Jun 2008
No way out.
El hombre estaba sentado en su silla de ruedas al amor de unas faldas que caían desde la mesa camilla del cuarto donde se supone que debía estar viendo la televisión; sobre esa mesa y en grupos heterogéneos y dispersos se podía ver algunos libros, fotografías esparcidas de lo que fueron grupos metidos en sobres, con sus bandas de negativos muy próximas al lado de la mesa donde el hombre, que remedio, permanecía sentado; un reloj de bolsillo de la marca Roskoff, con tapa, que perteneció al padre y al abuelo del inválido y tres bidones pequeños de gasolina para rellenar mecheros , ya vacios. Por encima de las faldas camilleras que cubrían las piernas del hombre una almohada grande y bastante usada dejaba la impresión visual de un trapecista caído sobre la red.
El hombre contemplaba todo aquello como si contemplase los recuerdos de toda su vida, eso, su casa era lo que tenía tras una vida vulgar como cualquiera de los ciudadanos de esas urbes dormitorio que rodean a las grandes ciudades, mujeres si, mujer no; hijos… ¿quién sabe? pero reconocidos ninguno, trabajo, viajes, compañeros más que amigos, y la felicidad perpetua de que se hacía siempre lo que él quería, sin dar explicaciones a nadie ni depender de nadie ni que nadie dependiese de sus decisiones.
Y a punto de jubilarse llegó la enfermedad que lo dejó ahí sentado con ese lastre perpetuo que en un tiempo fueron sus piernas; los servicios sociales le mandaban una persona por la mañana y otra por la noche y con eso podía defenderse dentro de su pequeño piso, de ese lugar que había sido su nicho ecológico durante más de treinta años… ese era su ambiente su entorno vital, allí conocía cada ruido cada olor, cada sensación que se trasmitía por los muros y conocía perfectamente su lugar de origen casi sin necesidad de prestarle atención, ese era su mundo, y desde la enfermedad todo su mundo. Mañana, los servicios sociales le llevarían a una residencia donde sin duda iba a estar mejor cuidado y atendido, pero no serían los mismos sonidos, ni los mismos olores, ni la misma libertad… al viejo oso le quieren hacer abandonar su osera para llevarle a un lugar donde otros osos como él, únicamente esperaban la muerte.
El disparo apenas repercutió en los pisos de alrededor bien rodeado el revólver por la almohada que estuvo sobre las piernas del hombre de la silla de ruedas, pero el fogonazo si tuvo la intensidad suficiente como para prender la gasolina de la cual estaba impregnada la almohada, los negativos y las fotografías que estaban sobre la mesa también húmedos de gasolina… en menos de veinte minutos todo el cuarto de la televisión era una antorcha que amenazaba propagarse por todo el edificio… los bomberos hicieron lo que pudieron gracias a una llamada anónima que les permitió llegar en seguida.
483 palabras.
Original en el blog de El Tostao.
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