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09 Jun 2012

RAFAEL BOTí: LA OBRA DE UNA VIDA ENTERA

Escrito por: defesesfinearts el 09 Jun 2012 - URL Permanente

por Héctor Martínez Sanz, Revista Madrid en Marco


Cuando voy por el cementerio a honrar la memoria de los míos, es habitual que pasee por entre las tumbas honrando la memoria también de los otros. Recojo alguna vela caída o alguna vasija que no supo soportar el empuje del viento y las recoloco. Y miro los nombres sobre las lápidas, y lamento ver que haya fecha reciente grabada sobre ellas. Uno más que se suma a este silencioso vecindario de flores, cruces y velas. Tan sólo un par de tumbas más allá de la de mi familia, me descubrió mi hermano el lugar de reposo del pintor Rafael Botí, fallecido en 1995. Bajo un libro esculpido con su retrato en relieve descansa un artista del que injustamente poco había sabido hasta ahora y para el que escribo estas líneas como otra forma de honrar su nombre; porque por él puedo hacer algo más que recomponer lo que rompe el viento cuando pasa, y es hablar de aquello contra lo que ni el viento ni el tiempo nada pueden: La obra de una vida entera.
Los paisajes de Madrid y Córdoba, la explosión de color en las flores, el campo abierto y los recovecos cordobeses y madrileños se ofrecen en las pequeñas y cálidas ventanas de Botí. Llama la atención, precisamente, lo ausente, lo que no aparece en su pintura: la figura humana nítida y clara –tan presente en Romero de Torres, maestro, aunque no tan influyente como lo fuera Vázquez Díaz-. El protagonista, único y principal, es la naturaleza misma en su sentido de suelo y tierra. El ser humano, casi siempre femenino, cuando aparece no lo hace sino empequeñecido frente a la amplitud del mundo. Se ha dicho mucho sobre su otra maestría, la música, y el reflejo que ésta tendría en su obra como la musicalidad y armonía de la naturaleza. Cabe añadir más, pues tal armonía del trino del pájaro que podemos llegar a imaginar, sólo es posible por la ausencia que señalamos: es importante en Botí el silencio humano, tanto como lo es el silencio, la pausa, en una partitura.
Las pinturas de los años 20 irradian ese amor neoimpresionista por la grandeza del paisaje y la visión más subjetiva y emocional del postimpresionismo, así que recorren un camino con paradas en Cezanne, Gauguin, Matisse Van Gogh y Seurat, como en El canal de Fuenterrabía (1926) -cuya barca, además, recuerda La Grenouillère de Renoir-, o Jardín botánico de Madrid (1928). Precisamente el Botánico vuelve a ser motivo en 1933 con Árboles del botánico, de cierto tinte surreal y onírico, correspondiendo con la época y las tendencias, a través de un azul fantasía y una figuración detallista que ya empleara en Fuente Goiri (1925) y de nuevo en otra obra emblemática de la década de los 30: El Retiro (1933). Estas dos últimas obras, hechas en el mismo año, época que él mismo describe como la época en la que «se pusieron de moda los hombres feos», delatan que Botí se encuentra todavía entre dos tierras pictóricas: la definición y pureza de la primera contrastan con la preferencia por la mancha de color de la segunda; dicotomía que va a resolverse a lo largo de toda su obra en favor del color como enseñan sus bodegones de flores o Patio de La Madama (1961) y Fuente de La Madama (1982), así como en obras de su última etapa, que veremos.

En su pintura de posguerra, Madrid no surge como la gran urbe, sino cual campo, como en Moratalaz (1942) o más claramente en Paisaje de Madrid (1942). El color terroso y el espacio abierto, el arbóreo botánico, flores diversas, patios como el de Museo Romántico (1945) o el rincón de la casa de Lope de Vega en el Rincón del huerto (1947)… el Madrid de Botí está lejos de ser la gran ciudad y el centro neurálgico, sino que es un Madrid de paisaje y tierra, de rincones donde la naturaleza sigue haciendo sus maravillas. Es el Madrid pueblo, el Madrid naturaleza y no sólo el Madrid ciudad, un Madrid de bullicio bordeado de silencio.
Dos obras de la década de los 60 tienen un especial relieve por la reinterpretación de géneros clásicos en la historia del arte. Se trata de Cítara (1960) y del Retrato de una vaca (1965). En ambas, la tradición clásica se ve remodelada por la intuición artística de Botí. La primera, por ser una modernización de las vanitas flamencas, sustituyendo la clásica calavera por una muñeca de porcelana –que retomará como tema en Bodegón de la muñeca (1986)-, los viejos libros de duro lomo por cuadernos, la pluma por el lápiz, los instrumentos de viento por un cornetín, y en el fondo la cítara, conectando con el mundo antiguo y recordatorio de la brevedad de la vida. Persiste en la obra de Botí el memento mori a pesar de que aquellas vanitas se reforzaban por la atmosfera oscura que envolvía la escena, y Botí, en cambio, propone una escena luminosa y de colores claros. La segunda, la singular vaca retratada, animaliza un género preferentemente antropocéntrico y emblemático dentro de las artes desde el Renacimiento, y en cierto sentido, humaniza el rostro del animal, paciente, serio, casi señorial, y no lo limita a un mero objeto de estudio –como hiciera, por ejemplo, Jordaens-, en un excelente juego de luz y sombra–verdadero núcleo de la obra- y puro color. Casi parece un acto de rebeldía artística en el que la vaca consigue ese lugar privilegiado que los hombres han ocupado durante siglos. Un curioso género que tiene hoy en la poco conocida Marie-Hélène Stokkink y sus acuarelas Vaches un referente y que nos retrotrae al arte rupestre y, una vez más, al campo, a lo rural y a la naturaleza, al fundamental animal doméstico de granja. -Unido a Pastoral (1974) y las referencias otros animales que podemos encontrar en Botí, como son, por ejemplo, el exótico y tan de vivo colorido como expresivo Guacamayo (1966)-.

Ya en las pinturas de la década de los 80, Botí se vuelve más austero y geométrico en los paisajes, tiende a desaparecer definitivamente la línea y queda el lienzo dividido en secciones y planos de color –De la casa de campo (1984) o Nota vespertina (1986)-, y breves trazos rápidos y repetitivos de manchas rayano en el expresionismo abstracto -Flores (impresión) (1987) Flores en el campo (1989) y Jardín (1990), la última con francas semejanzas, por ejemplo, con el pintor luso Hilario Teixeira Lopes-; un expresionismo que conjuga a la vez con una vuelta a lo posimpresionista y a pinturas que recuerdan a la amplia galería de árboles y bodegones florales de Van Gogh, y paisajes al modo de Cezanne.


Color, luz, espacio y naturaleza, como vemos, son las cuatro palabras que definen el concepto que Botí imprime a sus obras. Década tras década son denominadores comunes de una pincelada experimentada, trabajada y simplificada en el tiempo y que parece llevarnos desde el mirador del amplio paisaje hasta el pétalo de la flor, en un zoom naturalista y equilibrado de pulso espontáneo. Ambos momentos se contienen en pequeños formatos, demostrando la versatilidad de Botí para expresar lo abierto o el detalle. Eleva el campo cordobés a la universalidad de la Naturaleza, y nos aproxima al sentido de la tierra perdido en la modernización. Pero un sentido alejado de la mera concepción regionalista, que subraya la relación íntima y trascendente del pintor con su entorno. Escudriña una y otra vez los mismos lugares, los mismos espacios, el mismo campo o el mismo patio ajardinado, los parques madrileños… y nunca su mirada se deposita de igual modo, nunca de la pintura resulta una serialización, sino cuadros absolutamente diferenciados, particularizados en su momento de ejecución; cuadros que merecen una mayor difusión dentro de la pintura española como baluarte de posibilidades, pintura tan condicionada hoy día por la influencia del movimiento efímero y la revisión e imitación del pasado. Botí es un eslabón de la pintura del que las jóvenes generaciones pueden asirse y explorar.


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04 May 2012

POR ENTRE LAS SÁBANAS Y LOS SUEÑOS, RITA MARTORELL

Escrito por: defesesfinearts el 04 May 2012 - URL Permanente

sabana XIV 2010

por Héctor Martínez Sanz, Revista Niram Art

Acto cotidiano donde los haya, despertar, levantarse y hacer la cama. A veces he pensado cómo es posible haber llegado a semejante revoltijo de tela a lo largo de la noche. Tan sólo recuerdo su estado de perfección racional y geométrica al hundirme entre ellas y el caos que en la mañana gobierna a las sábanas. Pero es un acto enfermizo, de necesidad de orden, el devolverles su estiramiento, borrar sus arrugas y los caprichos de los pliegues nocturnos. No había reparado aún en las ondulaciones, en las curvaturas que impresas todavía figuraban las partes de mi cuerpo, en el dibujo que trazaban como soporte de mis sueños. Algunos duermen y apenas se mueven. Sus sábanas quedan como estaban al principio, impolutas de cualquier requiebro del cuerpo y el subconsciente. Otros nos retorcemos de lado a lado, vuelta y vuelta, hasta cartografiar el mundo que se ve con los ojos cerrados. Un mapa, ciertamente, indescifrable, pero que con la debida ciencia aún no inventada, sería posible traducir. Pocas veces recordamos el sueño, en breves destellos cuatro imágenes y un guión improvisado con grandes lagunas entremedias. Sin embargo, ahí están las sábanas para decirnos cuan inquietos o tranquilos soñamos, desvelando una intimidad mayor incluso que el desnudo del cuerpo. Ahí, entre las telas, colchas y edredones, queda una huella más nuestra que nuestro porte físico, más verdadera que aquélla que nos esforzamos en enseñar cotidianamente a los demás.

La intuición me la sugiere la serie de obras “Sábanas” (2006-2010) de la artista Rita Martorell. En sus manos cenitales las sábanas se han convertido en un espacio interior, en un volumen que da expansión a la mente onírica, en túneles –Sábana I, 2006 y Sábana III, 2010- hacia otro mundo en el que el hombre se abandona cuando la consciencia se apaga. Entre líneas y volutas barrocas, rayando en lo gótico en algunos casos, glamorosos rosáceos y púrpuras nos acogen y sumergen con formas de surrealismo abstracto, engalanadas y luminosas. No obstante, las Sábanas de Martorell resbalan con acentuada simetría, tienen un centro de gravedad del que carecen las mías. No se trata de la sábana cual quedara, sino de un juego estético perfectamente elaborado y que parece influenciarse del psicodiagnóstico de Roschard –Sábana IV, 2006 o Sábana VII, 2008-. No deja de ser curioso que este último sea un método que se halla en la frontera de lo científicamente riguroso y lo estéticamente apreciable. Y en el caso de Martorell, diríamos que también. Sin ser una prueba científica de la personalidad, sino un trabajo artístico equilibrado y original, ¿qué duda cabe que nos lleva hacia nosotros mismos? La indefinición y la constante pareidolia nos provoca, como el test, a intentar generar algo figurativo, formas reconocibles, antes que quedarnos con lo indeterminado e irreal. Algo en lo que jamás nos esforzamos cuando nos cubrimos por las sábanas o apoyamos la cabeza en el almohadón. Por ello, la serie Sábanas prácticamente se sitúa en el límite mágico, en la aduana de caros impuestos, entre la consciencia y el subconsciente, como quien rapta un momento enigmático del sueño y lo pone ante los ojos despiertos.

Próxima en elaboración al ready made, e intermediado por la fotografía y la digitalización, no descontextualiza el objeto tal como hicieran Duchamp y compañía, sino que lo prolonga en su sentido hacia los estados de ánimo y la sensación. La sábana, dentro de su universo semántico, se despliega en sugerentes composiciones caleidoscópicas –Sábana XIV, 2010- y surrealistas, donde los ejes de luz y sombra intensifican la alusión a la quimera, y la sutilidad gobierna la dirección de las formas. Su sentido de sábana, antes que perderse a favor de lo artístico, refuerza su insinuación metafórica intencional. Una insinuación que tiene más de refugio íntimo e intransferible que de erotismo. No me resultan ser las sábanas de la pareja, sino las sábanas de uno solo, de un único ser según se precipita hacia el sueño, que se metamorfosean en inspiradas apariencias y representaciones de la imaginación.

Las Sábanas de Martorell se alejan, de esta manera, de otras experimentaciones contemporáneas del ready made más agresivas y decadentes desde “Cama” (1955) de Robert Rauschenberg, hasta la polémica “Cama” (1998) de Tracey Emin. Muy al contrario, Rita Martorell desprende la pureza de un color inmaculado y la integridad de las formas en una construcción viva y positiva, a caballo entre la realidad y la fantasía. Nos traslada texturas tersas y suaves, y con éstas la impresión cómoda y relajada del espacio creado.

Martorell ha trabajado incesantemente sobre el hombre y su cuerpo. De hecho, juntas la serie Cuerpos y la serie Sábanas, fueron el núcleo de la exposición “Live your Dreams” en Milán, a comienzos de este año. Ahora bien, en Sábanas, se centra en la ausencia del cuerpo y su sola evocación como habitante de las telas, cuya configuración la artista confecciona con trazos de profunda poesía. El hombre sigue presente, aunque transfigurado en la inmaterialidad de su mente, abriéndonos como espectadores a un espacio inaudito. La invitación de Rita Martorell no puede ser más vitalista: Vive tus sueños.

Y ahora, ¿quién volverá a atreverse a recomponer la cama al volver de los sueños sin echar una mirada a su dibujo? Quizás la cama esté deshecha, pero es muy probable que una obra de arte se haya realizado por medio de nuestro contorno. Las sábanas guardan siempre algo más que nuestro calor al recostarnos y envolvernos con ellas. Entre ellas nos depositamos, y en ellas, al renacer del nuevo día, queda la imagen, cual sábana santa, de un hombre y sus ilusiones, que viene del calvario y se prepara para la resurrección siguiente. Probablemente, sean las sábanas el mejor lienzo y el mejor autorretrato posible en el arte.

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27 May 2011

ENTRE UNICORNIOS Y MARIPOSAS

Escrito por: defesesfinearts el 27 May 2011 - URL Permanente

(C) Tudor Serbanescu

por Héctor Martínez Sanz

Revista Niram Art Nº 3-4/2011


Tudor Serbanescu habla un poco de español, no demasiado, lo suficiente para entendernos. Va de aquí para allá por la sala, viene y va, sonríe, se muestra muy amigable… lo que en España venimos a llamar un hombre campechano, es decir, según los diccionarios, llano y cordial, sin formulismos ni ceremonias, franco y sencillo. Fue Martín Cid quien me dijo que Tudor había fundado una sala de exposición en una tahona en su tierra natal de Teleorman (Rumanía). Es algo insólito, sí, pero nada alejado de la campechanía con la que le describo. Pan y Arte, que no falten, podría ser el lema que, a buen seguro, Tudor firmaría al momento.

Disfrutamos de su obra a primeros de este octubre pasado. Asistí como público en la presentación y esto me permitió recrearme, más que otras veces, en las obras expuestas. Por ejemplo, en la pureza de sus vírgenes a lomos de blancos unicornios sobre un azul inconmensurable e impoluto, surrealista. Efectivamente, estas obras nos aproximan a los mundos de fantasía, de hadas, y nos sumergen bajo el embrujo de los Oneiros como frágiles pompas. Tudor aprovecha la fuerza expresiva del mitológico animal para transmitir cargas emocionales sacando la mirada del niño que en cada uno de nosotros habita y contempla. Así, el Unicornio cabizbajo, triste, del acrílico El silencio del unicornio, como su potencia rampante en La guerra o en La lucha del unicornio –contra lo que creo un Hipogrifo, enemigo mitológico natural de los caballos-, pinturas que nos recuerdan a Palas Atenea o el mito de San Jorge contra el Dragón. Las vírgenes funden medio cuerpo con el Unicornio, símbolo precisamente de la virginidad, creando una armonía perfecta de lo puro y femenino. Ejemplo de lo último lo tenemos en el óleo La virgen unicornio, en el que las melenas caen simétricas y los rostros de mujer y animal se asemejan dentro de la fusión corporal.

La serie “Unicornios”, combinando óleo y acrílico, es narrativa. Estamos ante “Cuentos de hadas” –título de la exposición-, y observamos cabalgadas, avisos, mensajes y luchas. Sin dificultad podemos imaginar al Unicornio trotando o cabalgando a gran velocidad de un cuadro a otro, como portador de un mensaje al mundo, en planos medios, sin necesidad de tener todo el porte del animal a la vista. Son los ojos, los ollares, la cerviz, la melena, el tupé, los que sirven de indicativo del movimiento, como en El castillo fantasma y en El mensajero.

El motivo del caballo es fundamental en estas y otras obras de Tudor Serbanescu. Caballo I y Caballo II, acrílico y óleo, respectivamente, son buena muestra de ello, junto a varias de las obras pertenecientes a la serie “Dibujos”, donde aparecen el caballo alado Pegaso, o escenas costumbristas de monta en las que la figura del animal ha sido trabajada con esmero para entregarnos un magnífico ejemplar.

Hay en Tudor Serbanescu una reverencia a la ancianidad rural, o, mejor dicho, a la robusta experiencia vital y sus raíces naturales. Rostros de vejez como fruto que pende de las débiles ramas de secos árboles, los cuales dejan intuir un fuerte arraigo en la tierra a través de sus hercúleos troncos. Al contemplar estas imágenes, recordaba un extraordinario poema de Gloria fuertes titulado Labrador que empezaba diciendo: “Labrador/ ya eres más de la tierra que del pueblo/ ya barruntas la lluvia y te esponjas,/ ya eres casi de barro./ De tanto arar, ya tienes dos raíces/ debajo de tus pies heridos y anchos”, y terminaba con la estrofa “Te has ganado la tierra con la tierra/ no quiere verte viejo en la labranza/ te abre los brazos bella por el surco/ échate en ella, labrador, descansa”. El hombre de campo se encorva hacia la tierra que tanto ha trabajado, y también en ella ha de encontrar su descanso, su lecho, como tantas otras semillas que sembró a lo largo de la vida. Se entrega, se vuelve simiente, se fusiona con la naturaleza y nunca abandona sus raíces. Es un tema universal de la vida rural, una alegoría mítica y poética que nos devuelve a la humildad y esfuerzo del campesino, a su sabiduría ancestral y su culto a la Diosa Madre.

Aún más llama mi atención la tinta china en las creaciones de Tudor Serbanescu. De líneas curvas y manchas emergen abstractas representaciones, sinuosas y sugerentes, deformadas y separadas de la figuración. Destaca de entre ellas una bella Mariposa en movimiento, de ondulados y líricos trazos, de la que pareciera surgir, plegando sus alas, otra de las tintas, la folklórica Bailarina. O, quizás, al contrario, del baile se despliegan las alas para elevar el vuelo con ligereza y fragilidad. Como sea, ambas tintas monocromas expresan la gracilidad del movimiento con fineza y soltura en los gestos, conjuntando complejos trazos ascendentes y descendentes en un perfecto equilibrio vertical. De similar estilo, aunque en líneas más sencillas es El violonchelo, donde, al igual que vimos que ocurría entre la virgen y el unicornio, el instrumentista y el instrumento se fusionan en una sola figura musical, al son del cual bien pudieran danzar la bailarina y la mariposa.

Pureza y fantasía, raíces, naturaleza, nostalgias y armonía del movimiento son las claves que se esconden bajo la piel de Tudor y también sobre cada soporte y textura en los que él deposita, por medio del color o la tinta, la peculiar mirada afable y animosa, sonriente, que tiene del mundo que le rodea, de su pasado y su presente, de una vida que camina ente mariposas y unicornios, entre Pan y Arte.

II

… Y ME VOLVÍ UNICORNIO

Dos años hace que contemplé por primera vez las obras de Tudor Serbanescu. Fue también cuando lo conocí. Desde entonces, él ha mejorado su español, mientras que yo no he mejorado mucho en su lengua. Mea culpa. Esto no ha impedido que hayamos estrechado nuestra amistad, tanto como para haber terminado en uno de sus cuadros, convertido en unicornio por un comentario dicho al aire. Tiempo después de la exposición “Cuentos y hadas” (2009), hablando con él, se me ocurrió decirle: si algún día me retratas, por favor, hazme unicornio. Tampoco pensé que fuera a hacerlo. Pero, como ocurre con los genios de las lámparas maravillosas, hay que tener cuidado con lo que se desea; y aún más si se desea en voz alta y al lado de uno está el genio, porque podría hacerse realidad. Así sucedió conmigo. Pasados unos meses, un naciente cuerno sobresalía de mi frente en uno de los cuadros de Tudor.

Verse retratado es siempre una experiencia extraña. Y para el artista es un riesgo cuando se trata de amigos. Se somete a su juicio y, lo que es más grave, sobre la imagen pictórica que el artista tiene de ellos. Además, el retrato en pintura es una de las cimas del arte. Sin embargo, Tudor creó algo aún más maravilloso: no fue el retratarme, sino el volverme unicornio. Me convirtió en uno de los personajes mitológicos más importantes para él en su obra y me dotó de su significación como símbolo del conocimiento, la ilusión y la libertad, de la pureza, la fuerza y la nobleza, y como el portador de un mensaje junto a uno de mis libros: Pentágono (Ed. Niram Art 2010). Sí, verse retratado es una experiencia extraña, pero más extraño todavía es verse hecho símbolo dentro del universo pictórico de Tudor. Él me ve de ese modo en su pintura y no soy quien para discutírselo.

Ya desde el arte medieval, pasando por Rafael, Moreau y llegando a Dalí, el Unicornio ha sido motivo de representación tanto artística como literaria, inspiración de un mundo totalmente otro y opuesto al que vivimos cotidianamente, un guía para la evasión hacia la fantasía de un lugar donde las pompas de jabón no explotan sino que flotan infinitamente por el aire. En los Unicornios de Tudor Serbanescu leo lo que escribiría Lorca: «El unicornio quiere lo que la rosa olvida», contrastando una belleza efímera y limitada con la belleza, sabiduría y elegancia del mitológico animal. No es un mero símbolo, como la rosa, sino que el Unicornio pertenece al diccionario iconográfico del hombre como una creación imaginaria. El Unicornio quizás no exista en nuestro mundo más que dentro de nosotros mismos, como lo más nuestro que hay, mientras que la rosa y su misterio no están en nuestras manos.

Ver un Unicornio es un hecho excepcional y Tudor Serbanescu lo sabe. Acariciarlo es más complicado aún. Tan sólo la virginal doncella puede acercarse a él. Acaso sea por esto que sea el unicornio el protagonista de la escena y el artista escatime en otros recursos que no sean el color y el fondo. Con la limpieza del color realza la pureza blanca del unicornio y con los fondos lo dota de profundidad. Del mismo modo, Tudor hizo de mi cabello unas crines y de mi camisa blanca el albo cuerpo del caballo, representó un pentágono con mi cuerpo y me colocó, dividido, sobre un fondo dual que acrecienta el misterio del Unicornio: por un lado el misterioso azul donde el unicornio rebrinca y por otro el mundo donde habito, trazando un paralelismo entre los elementos del fantástico universo que él pinta y aquellos otros que a mí me rodean.

Ahora soy un personaje más de la narración legendaria de Tudor Serbanescu, encomendada la misión de trasladar un mensaje. Quise volverme Unicornio. El genio me lo concedió… y ahora debo asumir las consecuencias.

III

EL NACIMIENTO DEL UNICORNIO

(SILVA HÍBRIDA)

A Tudor Serbanescu

Ayer fue; te dije: hazme Unicornio

Para la mujer pura,

Haz de mí la montura

Para el secreto y misterio del Todo,

Vuélveme –si puedes- ser mitológico.

Fue ayer; yo quería ser de tu mundo,

Figura, sobre el azul de tus fondos,

Blanca por el oscuro

Universo de locos.

Sí, había otro lugar en tus ojos

El país que en tus sienes

Se habita de pompas, de hadas y seres

Que el hombre de hoy olvidó poco a poco.

Y así te dije ayer:

¡Pintor, hazme Unicornio

Con tu lienzo y pincel!

Y me diste el cuerno majestuoso

Debajo del tupé,

y el albo color que pinta al corcel.

Fue ayer; para que sólo tu oído me oyera

te lo pedí con grito sordo;

y es hoy cuando recibo la respuesta:

Poeta…

… tú ya eres Unicornio

IV

DIBUJO Y TINTAS

Dibujar con tinta tiene un sabor oriental a paciencia y sensibilidad. Exige una búsqueda de la esencial belleza de las formas en su máxima simplicidad de líneas y puntos o en la pureza de los trazos. La delicadeza de la fina línea en perfecto equilibrio con la gruesa para lograr un volumen y un movimiento suaves junto a la transmisión de la ligereza de la figura. Y sobre todo, el hecho de depositar a esta última en un fondo vacío y blanco que la sostenga, creando la sensación de serenidad y trascendencia del conjunto.

Es así como surgen las tintas de la mano de Tudor Serbanescu, con precisión y espontaneidad, sugerentemente onduladas y sin excesos. Se aleja aquí de lo figurativo iconográfico que se podía observar, por ejemplo, en sus series de unicornios, y pisa el terreno de una abstracción espiritual más que conceptual. Se disuelve la figura en sus formas, reducida a lo elemental y la idea, acaso como sucedía en la escultura Pájaro en el espacio de Brancusi, mientras se sublima su belleza.

En este ejercicio de abstracción con la línea curva podemos reconocer ecos del cubismo picassiano de Guernica, donde la geometría se vuelve ondulatoria, o formas dalinianas, aunque la concepción de las figuras de Tudor Serbanescu es más próxima a las pinturas, o quizás más las esculturas, de Miró.

La línea se retuerce y se dobla sobre sí misma hasta dar una forma pura y acabada, sencilla y clara. Estamos ante un ejercicio de metamorfosis en el que el ojo espectador es protagonista en la contemplación de la composición, siguiendo, como en un problema laberíntico, las idas y venidas de las líneas de tinta, sin hallar una salida o solución más que la perpetuidad de la figura ante él y la liberación del artista al trazarlas. Probablemente sean las tintas donde Tudor Serbanescu siente mayor explosión de libertad técnica y material, dejando correr su mano sobre el papel hasta acertar en el acabamiento del dibujo, al mismo tiempo que desafían al público a una difícil interpretación. El hermetismo de algunas de ellas es manifiesto mientras que en otras, la reminiscencia figurativa permite el reconocimiento de la idea base.

El capricho de estas formas se reproduce y traslada en una serie de dibujos dedicada a los árboles, donde podemos reconocer la combinación de abstracción y simbolismo. Las arbóreas formas se retuercen igual que las líneas de las tintas, lo que nos lleva a pensar en la naturalidad del dibujo de las tintas, tan hermético, decíamos, en un comienzo. Y es que las tintas tienen su fecha en 2007, y es a lo largo de 2008 cuando se crean simultáneamente a la serie de los árboles.

Muy importante es observar como en los árboles, los troncos y ramas se comportan como las líneas de las tintas, marcando direcciones en tensión pero armonizadas simétricamente y equilibradas en su grosor. Por otro lado, el simbolismo del árbol en Tudor Serbanescu llega de modo inmediato al espectador: la robustez, la edad, la experiencia y las raíces junto a la naturaleza. Dicho de otro modo, la esencia de la vida. Pero además, su verticalidad actúa como eje de trascendencia, como axis mundi, como columna que une tierra y cielo, y resuelve el ciclo vida y muerte siendo su prolongada vida una continuación de nuestro limitado tiempo junto a ellos en este mundo. En lugar de usar el tópico del mar y su infinitud poética, Tudor recurre al longevo árbol como hogar eterno para los que se marcharon, fusionados ahora con la naturaleza que los alimentó. Por tanto, comprobamos como la serie de los árboles también está impregnada del halo metafísico y trascendente que emanaban sus tintas.

Como vemos, Tudor Serbanescu pone, en sus dibujos y tintas, la misma sensibilidad y lirismo que en los óleos, reverenciando a la imaginación, la fantasía y la vida como categorías sobre las que orbita la felicidad suya y de todo ser humano. Ciertamente siempre es una alegría, siempre se esboza una sonrisa, ante su obra.



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09 May 2011

ENTREVISTA CON LORENZO MIJARES, TEATRO DE HEMOFICCIÓN

Escrito por: defesesfinearts el 09 May 2011 - URL Permanente

Lorenzo Mijares

por Héctor Martínez Sanz, en Madrid en Marco

Lorenzo Mijares, dramaturgo, director, actor, promotor cultural y artístico, dirige actualmente la Compañía de Teatro de Hemoficción con sede en Barcelona, representando las obras vanguardistas del género de la Hemoficción del escritor Juan Trigos en España y Europa a través de los Festivales de Teatro de Hemoficción, que se encuentran en su IV Edición. Ha recibido numerosos premios entre los que se cuenta el Trofeo Eugene Ionesco en la II Edición de los Premios Niram Art celebrada en Madrid en 2010.

Madrid en Marco: Querido Lorenzo, te agradecemos infinitamente tu atención para nuestra Revista. La última vez que te vimos, a comienzos de diciembre, recibías el “Premio a la Celebridad España 2010” aquí en Madrid. Celebridad de España siendo de México es un poco extraño. ¿Lo ves como un reconocimiento español a todo tu esfuerzo puesto en este país?

Lorenzo Mijares: Sin duda lo es. El premio me lo otorgan aquí por mi labor en España. También debo decir que para una comunidad como la rumana, en España es fácil valorar el esfuerzo que supone para un extranjero conseguir logros importantes fuera de su país. Esto, un inmigrante lo sabe, y por esta razón yo lo he recibido como un doble reconocimiento a mi trabajo. Estoy doblemente agradecido.

MM: Precisamente, muchas veces te hemos oído decir en las funciones que la Hemoficción es un regalo que traéis de México para España y la humanidad. ¿Corresponde la acogida del público al regalo?

LM: Nunca agradeceremos bastante a Beethoven por sus sinfonías ni a Dostoyevski por Los Hermanos Karamásov y siempre nos quedaremos cortos con Shakespeare ante el descomunal regalo que nos hizo solo con Hamlet. Pero lo que sí te puedo asegurar es que el impacto de la Hemoficción siempre es brutal.

MM: Ahora mismo la Compañía de Hemoficción tiene su residencia en Barcelona y pasa también varias temporadas en Madrid. El III Festival de Teatro de Hemoficción recorrió España y Europa, por Turín, Roma. Como teatro de vanguardia tiene una proyección espectacular, más que un teatro convencional. ¿A qué lo achacas?

LM: Yo lo atribuyo a la universalidad del arte. La Hemoficción es profundamente Mexicana pero al mismo tiempo es universal y atemporal, no conoce fronteras. Este año hemos ido a Nueva York con enorme éxito. Estaremos en Ravensburg, Alemania, iremos a Bucarest…..¡y será apenas el IV Festival!

MM: No voy a pedirte que nos des una definición de Hemoficción, pero sí que nos hables sobre uno de sus principios fundamentales: “el crimen es un modo de purificación, forma de aligerar el peso de la culpa y una forma de alcanzar el mayor grado de conciencia”.

LM: No lo sé. Tú lo reconoces en tu pregunta como uno de sus principios fundamentales. Yo no lo sé. Sólo sé que los seres humanos, mirados a profundidad, somos de terror. El egoísmo, la avaricia, la codicia, la miseria, la mezquindad, la incapacidad de afecto, la envidia y el odio están más presentes de lo que nadie quiere aceptar y basta sólo un poco de seriedad para verlo sin dificultad. Lo que ocurre es que asusta admitirlo. Es muy jodido verlo y mucho más lo es cuando tiene que admitirlo uno mismo. Es más “fácil” jugar a ser generosos y bondadosos. La Hemoficción juega sin vergüenza y sin pudor con eso que somos y nos sumerge en ficciones cargadas de profundidad y de una veracidad aterradora que, gracias al creador, también están llenas de poesía y belleza.

MM: Para Antonin Artaud: “Esta crueldad, que será sangrienta en el momento que sea necesario, pero no de manera sistemática, puede ser identificada con una especie de pureza moral severa que no teme pagar a la vida el precio que sea necesario”. No ya en tanto que actor, sino como director, ¿Cuánto de Atonin Artaud hay en la Hemoficción y cuánto hay en ti de ambos?

LM: Yo amo a Artaud y siempre he respetado sus grandes ideas sobre el teatro y el arte. Y sé que nací para ser (hacer) Hemoficción. Espero con esto responder a tu pregunta. ¿Cuánto hay en mí de ambos? Me parece que somos un mismo espíritu, por ello Artaud fue a México a buscarnos y ya nos encontramos. Yo siempre he sabido que lo único importante es el refinamiento cultural del que habla Artaud, el crecimiento espiritual, eso nos humaniza y con esto podemos dejar algo mejor el mundo a los que vienen. Es mi única responsabilidad.

MM: Juan Trigos es el creador del movimiento de Hemoficción. Él se purifica escribiéndolo. Tú lo diriges y lo representas. ¿Te sientes el brazo ejecutor del crimen? ¿Cómo es esa purificación en ti tras actuar?

LM: (Risas) ¡Veo que te gusta la sangre! Yo no sé hasta que punto he digerido la Hemoficción. O debo decir, si terminaré de digerir las obras que he llevado a la escena. Sí soy el brazo ejecutor en tanto que la Hemoficción me ha exigido una congruencia cruel y despiadada, de la que habla también Artaud, pero te puedo decir que gracias a esa crueldad es que he conseguido crecer como persona y como artista. Cada representación me hace acumular fuerza y certeza. El crecimiento es interno. En este sentido sí soy brazo ejecutor. Yo siempre digo a mis aprendices que un actor crece sobre el escenario en la medida en que alcanza congruencia bajo el escenario. Ahí está la verdadera purificación en mi experiencia.

MM: De hecho, cuando recogías el Trofeo Eugene Ionesco en la 2ª Edición de los Premios Niram Art (junio 2010), decías: “suelo funcionar mejor en un personaje [de Hemoficción] que dentro de éste que ven ahora. Por eso me refugio en el arte”. ¿Es también Lorenzo Mijares un personaje de Hemoficción?

LM: No. Yo soy hijo de mis progenitores y a ellos agradezco, soy hijo del medio en el que crecí, de mi país, de la cultura y educación que recibí de mis padres, de esas precisas cosas que me ocurrieron…. y en mi búsqueda incansable, entre teatro, fiestas, libros, copas, fugas, huidas y diversos revolcones, encontré el sentido de mi vida al reconocerme en la Hemoficción, “choque brutal”, pero no como un personaje sino, más bien, como un apendice motríz de esa elevadísima poesía dramática.

MM: Es un teatro de lo grotesco, esperpéntico, cruel, donde el crimen es consecuencia y el acento recae más sobre su origen: convenciones sociales dentro de la familia, por ejemplo. No es el dolor físico, sino moral, psicológico, que causa la sociedad y que todos sufrimos. ¿Cómo es posible expresar algo tan inmaterial en un espacio escénico?

LM: No lo sé. Por eso amo la Hemoficción desde que me inicié con Déjame que te mate para ver si te extraño. Porque Juan Trigos, con la Hemoficción, lo consigue como yo siempre lo deseé. Desde que era yo un niño siempre quise encontrar un caldero en que aflorara sólo la verdad entre tanta putrefacción, entre tanta contradicción, entre tanta hipocresía, entre tanta y tanta mierda. ¿Cómo conseguirlo? ¿Cómo decir la verdad sin sucumbir en tantas contradicciones? Yo no lo sé, pero en la Hemoficción lo he encontrado.

MM: En un artículo describí la Hemoficción como “herejía socio-civil”. ¿Te parece ajustada la expresión?

LM: Se queda corta, muy corta. El arte es sublime. Y siempre, cualquier definición se quedará corta. La Hemoficción está viva.

MM: Ahora hablo como espectador. En cada representación hay una especie de magia, de velo invisible que va cayendo. El público pasa del rechazo a la curiosidad, a la risa y a la seriedad en un vaivén de emociones, hasta la identificación con lo que acontece. Es una continua provocación irrespetuosa al “respetable” –permíteme la expresión para el juego de palabras-, un golpearle sin pausa. ¿Podríamos decir que la verdadera víctima de cada representación es el público? ¿Es necesaria la catarsis en la audiencia para el éxito de la representación?

LM: Yo anhelo que así sea. Para mí lo es. Cada representación es una aventura emocional desconocida y grandiosa. Y deseo profundamente que lo sea para quien lo comparta conmigo. Pero ¿necesaria? Para mí la representación es un éxito por el hecho mismo de hacerla. Llevar a cabo una representación de Hemoficción es un éxito. Para mí lo es, para aquéllos con quienes comparto la escena. A mí me transforma internamente, a mí me ayuda a ser mejor ser humano, me hace más pleno y eso pretendo enseñar a mis pupilos y compartirles siempre. A mí me ayuda a agradecer a la vida y compartir apasionadamente lo que más amo hacer, que es Hemoficción. Eso ya es para mí un gran regalo. Si además el público lo comparte, pues más feliz y más agradecido estoy.

MM: ¿Se trata de catarsis individuales, colectivas o ambas?

LM: Ambas. Maravilloso.

MM: Una de las obras, sin duda, más aplaudidas y reverenciadas es “Contra-sujeto”… Para mí resulta paradigmática de toda la Hemoficción teatral. En tu opinión, ¿a qué crees que se debe el éxito de “Contra-Sujeto”?

LM: Es un monólogo que te tiene mucho más que atento durante casi dos horas. Esto ya es insospechado…..es un “tur de force” y además un reto enorme para cualquier actor. Trece personajes de lo más variopintos. Supongo que ahí radica el éxito descomunal que esta obra tiene. Un actor haciendo trece personajes durante casi dos horas.

MM: Sin embargo, la obra de Juan Trigos que te hechiza, que te produce una colisión es Déjame que te mate para ver si te extraño, en 1999… tanto como para fundar la Compañía de Teatro de Hemoficción y promover esta vanguardia en España y el mundo desde entonces… ¿Qué ocurrió en 1999?

LM: (Risas)… pues en pocas palabras te cuento. Con Déjame que te mate para ver si te extraño supe que tendría que renunciar a todo para dedicarme profunda, profesional y seriamente al arte. Y eso. Ahhhhhhh!!!! Ser artista alrededor de una charla de café es fácil, hasta prestigio te da… pero la congruencia que pide el arte!!!!! Me ha resultado muy difícil. Escuchar sólo a mi intuición. Hacer oídos sordos a todas las voces familiares, de amigos, dejar la vida estable, la economía estable, las comodidades… en fin, lo establecido. Supe que tendría que dejar de jugar al “director consentido y favorecido que vive un poco del cuento” para comprometerme seriamente con mi trabajo. Y bueno, llevo apenas doce años de haber sufrido este choque brutal y maravilloso.

MM: En tu “Manifiesto” afirmas algo que hoy nos resulta extraño a todos: “Debo confesar que el primer resistente a la Hemoficción fuí y he sido yo, me avergonzaba de solo pronunciar la palabra durante años, además me dolía, me incomodaba, me irritaba, me violentaba, me molestaba enormemente, me ha dolido hasta lo más profundo”. ¿Por qué?

LM: Porque me daba vergüenza. ¿Hemoficción yo? Me decía. Me parecía poco para mí. (Risas)… claro… para mi tonto ego inflado. Vengo de la escuela de los directores que son dramaturgos, y aunque nunca he creído en ello (sé que es vulgar y pretencioso)… lo tenía metido en el culo….¿¡Cómo YO sometido a una dramaturgia!? Y por otro lado me golpeaba el hecho de venerar (-porque en el arte, si se quiere ser alguien, hay que tener la capacidad de venerar a otro artista). Y venerar a un muerto es sencillo, pero ¡a Juan Trigos!, ¡Un vivo! Difícil. A mí me costó mucho trabajo reconocer su grandeza. Hoy me siento absolutamente privilegiado y elegido de ser el pionero de esta vanguardia cultural pero hube de doblegar a mi propia estupidez.

MM: No obstante, ahora eres su profeta…

LM: Humilde emisario de esta voz divina… (Risas)… y me divierto lo indecible!!!

MM: Para terminar, recordaremos a nuestros lectores una frase que repites incesantemente junto a otras que ya hemos citado: “La Hemoficción ha llegado hasta aquí para quedarse”. Confiamos en que no solamente la Hemoficción, sino también Lorenzo Mijares venga a Madrid y se quede con nosotros. Gracias por lo que haces, Lorenzo.

LM: Gracias a ti por darme nuevamente la oportunidad de compartir esto que amo tanto. Y seguiré diciendo: La Hemoficción es un concilio espiritual con nuestra madre patria España.

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08 May 2011

El Agujero, novela de Stefan Mitroi

Escrito por: defesesfinearts el 08 May 2011 - URL Permanente

Stefan Mitroi

por Héctor Martínez Sanz, Madrid en Marco


Portada
El año pasado se publicó, gracias al trabajo de Dan Caragea, la versión portuguesa de la novela Gaura (2004) de Stefan Mitroi, con el título O Buraco, Água viva, Água morta -”El agujero. Agua viva, Agua muerta”, en español-. Precisamente es esta traducción, con portada del artísta pintor Romeo Niram , la que he tenido oportunidad de leer sin demasiadas dificultades, por lo que la recomiendo mientras no exista versión española de la novela.

Son varios los elementos que se entremezclan en esta novela. Sumergidos en la cotidianeidad de una aldea, Purani, Mitroi comienza el relato con el siempre misterioso halo de una maldición: todas las mujeres que se casan con un varón de la familia Preducel, terminan abandonadas dando a luz un varón que, a su vez, repetirá la historia con otra desafortunada. Todos los varones marchan de viaje y no vuelven. Pero, ¿qué sería de una aldea sin las habladurías y rumores? La maldición se ve envuelta de toda una suerte de historias acerca de qué les ocurrió a los Preducel, desaparecidos y sin que se volviera a saber de ellos. Esta imaginación de los vecinos surte un efecto en la novela: nos introduce en sucesos extraordinarios que van creando el ambiente a la historia que se nos narra, el viaje del último de los Preducel, Anghel, casado con Paulina y con un hijo, Sebastián. Un viaje extraño, sorprendente, que parece repetir, una vez más, la conocida maldición: Anghel, pocero, empieza una noche un agujero por debajo de la tierra, interminable, kilométrico, durante años, donde desaparece y del que sólo vuelve contadas veces, porque según avanza en su labor va siendo más difícil retornar. Sus pretensiones son un auténtico secreto para gran parte de la aldea y para el propio lector. De nuevo, las habladurías y rumores: va en busca de la Fuente de la Vida, el agua milagrosa que confiere una eterna juventud. Cierto o no, la aldea de Purani se ve revuelta ante la posibilidad de tener el mágico líquido al alcance de su mano. Y el lector se encuentra rodeado completamente de hechos fantásticos y fabulosos.

Stefan Mitroi emplea todo este marco para evidenciar ciertos temas actuales, como por ejemplo, el aprovechamiento político de la ingenuidad del pueblo, además de las inherentes consecuencias existenciales. Los más viejos del lugar se desesperan, e incluso creen en ello cuando Ciocanel, burócrata filósofo, utiliza los medios de comunicación para dar veracidad al rumor que corre de boca en boca como un mito ancestral. Todos en la aldea creen en la existencia de la Fuente de la Vida porque “lo han visto en la televisión”. La irracionalidad de la búsqueda o del mito, y la aún más irracional fe ciega en la “caja tonta” sirven para que Ciocanel salga elegido Alcalde en las elecciones. Tras ello, una serie de desgracias arrecian en la aldea: un devastador terremoto, una tremenda sequía, un torrencial diluvio y el ataque sanguinario de insectos, asolarán la aldea y los campos. Ciocanel, en esta ocasión, usará a Anghel Preducel y su agujero como cabeza de turco al que echar las culpas de tanta desgracia.
Junto a la ácida crítica de la realidad o el paisajismo de la población, son de subrayar el humor que Stefan Mitroi introduce por medio de la pregunta filosófica, no sin cierta ironía, el lirismo de gran parte de la novela como si estuviéramos ante un verdadero poema en prosa, y la fuerte presencia del mito. En cuanto al humor, destaca el personaje de Ciocanel, al comienzo del libro, como Secretario de Cámara, que atormenta a la población con sus interrogaciones filosóficas cada vez que un aldeano se acerca al despacho necesitando una certificación o documento sellado -nacimientos, matrimonios, defunciones…-. Las cuestiones planteadas son de este tenor: ¿Por qué las hojas de los árboles son amarillas en otoño y verdes en primavera? ¿Por qué del Girasol no sale nunca trigo? ¿Cómo la hierba verde se transforma en leche dentro de la barriga de la vaca? ¿Cómo cabe todo el roble en una bellota? ¿Por qué los peces no se oxidan si están todo el día dentro del agua?
En esos dias Ciocanel estaba muy feliz. ¡Dios mío, como buscaban ellos, tan minuciosamente, los significados ocultos del mundo! ¿Por qué los oceános son oceános y de donde vino toda esa inmensa cantidad de agua… Por qué los americanos y los rusos no consiguen atrapar los relampagos para usarlos los unos contra los otros como un arma?… Sería algo más poderosos que una bomba atómica o que los cohetes com ojivas nucleares (…). Y porque los actuales monos siguen siendo monos y ya no se transforman en seres humanos?
- Por que no les interesa. No te das cuenta que hay cada vez más hombres que se esfuerzan por transformarse en monos. Esto revelea que es más conveniente que sea así y no al contrario.


El lirismo, por ejemplo al narrar la muerte del tío Toma:
Anghel aprendió el oficio más rapidamente de lo que Toma pensara. Parecía que lo intuía. Poco timepo despues, el tío comenzó a ganar el color de la tierra en la que había cavado pozos toda su vida y, después de algunos días de sufrimiento, se mudó, con las manos descansando sobre el pecho, dentro de ella.


Pero, sobre todo el lirismo está presente en las cartas de Anghel Preducel, cobrando en intensidad cuando se descubre el gran secreto mítico. Anghel se encuentra con los Preducel desaparecidos bajo tierra, y con toda la historia de los muertos de Purani, quienes, mueran donde mueran, terminan por habitar el suelo profundo de la aldea. Este encuentro con los espíritus se narra poéticamente:
No creas que ellas están en algún oscuro agujero. Al principio, cuando las encontre, no entendí bien lo que iba a suceder. Yendo más hacia abajo, vi un gran prado bajo mis pies, el cual, si tener cielo por encima, estaba iluminado. La luz provenía del fondo de la tierra. Era una luz tenue, sin brillo. Abandoné las cuerdas y dí algunos pasos sobre la pradera. Ví a lo lejos, casi imperceptible, una especie de niebla, pero, después de acercarme, comprobé que eran unas blancas toallas que flotaban a poca altura, ahora para un lado, ahora para el otro, sin llegar a tocarse. Después percibí que la luz venía de ellas. Vi que alguien me llamaba. Mi corazón debería haberse detenido por el susto, pero no sentí ningún miedo. Algunas de esas toallas de nebulosa leche se aproximaron hacia mí y tomaron forma de personas. Persona de vapor, mejor dicho.


Sin cielo ni infierno, los muertos viven bajo la tierra, la misma tierra en la que son enterrados. Ningún Preducel abandonó a sus mujeres, sino que, al contrario, las amaron apasionadamente. Si no volvieron, fue porque el destino se cruzó en su contra. Especialmente curiosa es la historia del bisabuelo Gheorghe Preducel, único hombre que conocía la lengua de los animales y las plantas, y que un día de febrero, como cada año, marchaba hacia el bosque a visitar al Santo Vlasie junto al gran Roble donde éste vivía. Allí también se reunían todos los animales del bosque para cantar la llegada de la primavera. Era un verdadero milagro. Pero el Santo, sintiéndose ya sin fuerzas, pasó el testigo a Gheorghe. Otros antepasados se vieron envueltos en las duras circunstancias de guerras.
Las cartas de Anghel aportan el último rasgo que quiero señalar: el romántico. En ellas se contienen expresiones de amor, además de ser escritas en el mundo subterráneo de los espíritus, durante un periplo de evasión, tan próximo a los tonos del Romanticismo.

El agujero -O Buraco en portugués-, es una novela breve, lírica, romántica y realista, atravesada de costumbrismo y mitología legendaria, donde podemos observar el talento de Mitroi para manejar las imágenes fabulosas propias del género infantil al que también ha estado consagrado, desde el cuento hasta el teatro. Se trata de un autor único en su especie y su literatura, cuya introducción en España merecería ser estudiada con detenimiento.

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01 Jul 2010

El escritor Héctor Martínez Sanz dedica premio recibido en Portugal a José Saramago

Escrito por: defesesfinearts el 01 Jul 2010 - URL Permanente

Miércoles, el 30 de junio del 2010, durante la Gala Anual organizada por el Movimiento de Arte Contemporáneo de Portugal (MAC), tuvo lugar la XVI Edición de los Premios para Arte y Cultura MAC.

Entre los artistas, medios de prensa e instituciones culturales premiados en Portugal, han destacado los premios ofrecidos para el fomento de la cooperación cultural española – portuguesa.

El escritor español Héctor Martínez Sanz, director de la Revista de Arte y Ensayo Madrid en Marco ha sido galardonado por su actividad crítica.


“Portugal es el país más cerca de nosotros y tal vez por eso mismo bastante desconocido. Creo que es nuestro deber común, tanto de los españoles como de los portugueses hacer esfuerzos para acercarnos más del punto de vista cultural y artístico. Dedico este Premio, recibido por un escritor español en Portugal al gran José Saramago, que pertenece a Portugal, a España, al mundo.”

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19 Feb 2010

Lanzamiento del libro Pentágono de Héctor Martínez Sanz, Niram Art Editorial

Escrito por: defesesfinearts el 19 Feb 2010 - URL Permanente

Miércoles, el 10 del marzo del 2010, en la Sala de Baile del antiguo Casino Militar, Centro Cultural de los Ejércitos (Gran Vía 13, 28013, Madrid), tendrá lugar el lanzamiento del libro Pentágono de Héctor Martínez Sanz , evento organizado por la Editorial Niram Art .


Prólogo: La Torá de Héctor Martínez Sanz de Romeo Niram

Traducción por Eva Defeses

Héctor Martínez Sanz ofrece al lector español, con este libro-ensayo, un sorprendente viaje en el universo de cinco gigantes del espíritu universal. Ninguno de los cinco miembros de su Pentágono es desconocido para el público español: Constantin Brancusi – el padre de la escultura moderna-, Emil Cioran – el nihilista del siglo XX-, Eugène Ionesco – el maestro del “teatro absurdo”-, Tristán Tzara – el fundador del movimiento dadaísta-, Mircea Eliade – llamado “el Historiador de las Religiones”.

Al leer su libro, tuve la impresión de estar viendo una cautivante película documental, que dejaba adivinar a un director bien documentado y capaz de introducir a sus espectadores en una fascinante aventura del descubrimiento de la condición de la creación; es decir, lo que eleva al ser humano hasta la condición de creador, de dios, como también suena el título elegido por el autor para uno de sus anteriores libros de filosofía: “Comentarios a Unamuno y aquéllos que quisieron ser como dioses”, publicado en el 2006 por las Ediciones Antígona.

Hay, por lo tanto, una sutil corelación con este nuevo libro que se propone descubrir las huellas inmortales dejadas en la tierra roja de la mortalidad por estas cinco grandes personalidades creadoras. Además de compartir con nosotros algo de su propia experiencia y de su entendimiento personal, como también de ofrecernos una ayuda concreta a la hora de entender, si no la esencia de la obra, por lo menos los mecanismos misteriosos que han determinado a cada uno de los cinco elegidos (los caminos sinuosos de la escultura, la poesía, el teatro, la filosofia y la historia de las religiones), Héctor Martínez Sanz parece ser un hombre con la obsesión de la inmortalidad. Aunque se dirige más hacia el ensayo y a los debates sobre las obras de otros creadores, Martínez es, él mismo, un creador, siendo empujado por el mismo deseo que ardió en el corazón de los antiguos patriarcas bíblicos. “Discutir con Dios” tal vez sea la más antigua tradición judía y una característica del hombre inteligente. Desde Abraham a Moisés y hasta los días de hoy, Dios ha sido interrogado, contendido, reñido, negado y provocado a todo tipo de retos y competiciones por las mentes humanas más brillantes.

Casi siempre, nos dice la tradición judía, el que gana es el Hombre. De este modo, Héctor Martínez no se limita solamente a exponernos las maravillosas creaciones de algunos célebres hombres de la cultura. Delicado, con alma de poeta, sin la rudeza de poner en nuestra frente una interrogación en blanco y negro, a la vista de todos, Héctor Martínez sabe insinuar y así consigue que nos planteemos nosotros mismos la pregunta: ¿Es este el camino hacia la inmortalidad, hacia el llegar a ser unos dioses? ¿El arte? ¿La creación? Ésta es la pregunta de Héctor Martínez en todos sus escritos, sea cual sea la forma escogida: poesía, ensayo, relato, novela.

“El Tiempo es relativo” nos dice Einstein, y Héctor Martínez añade con una sonrisa: “cada noche lucho con el ángel de Dios”. Esa terrible noche de combate encarnizado del desierto judío se repite en cada hombre-creador, desde hace miles de años, cada vez que se sienta en frente del escritorio o de una tela en blanco. La noche en que, en la soledad de la árida tierra roja, Israel luchó con el ángel (¿o tal vez haya sido la inspiración?) es el momento del nacimiento de la humanidad creadora y consciente. Es la noche de Héctor Martínez y, a la luz de la alborada, el nacimiento está terminado y el escritor-guerrero recibe un nuevo nombre-título: Pentágono.

Escribir sobre el autor de este libro, por conocerlo personalmente, es una tarea, si no incomoda, por lo menos difícil, debido a su personalidad compleja. Héctor Martínez es filósofo, poeta, escritor, crítico de arte, poseedor de una inteligencia lúcida capaz de marcar para nosotros las “escaleras” que subieron los miembros del Pentágono hasta alcanzar la apoteosis de los dioses, pero también de un espíritu romántico y de un talento nato como contador de historias. Héctor Martínez es un escritor de contrastes, uno de los pocos que logran escribir un ensayo con un ritmo capaz de mantener alerta el interés del lector, a veces adornado con flores de sensibilidad poética, ejemplos de pensamiento lúcido y armonías épicas.

En “Pentágono”, Héctor Martínez nos revela un alma de novelista, nos cuenta una historia, una parábola, mejor dicho, con cinco personajes. “Érase una vez” podría ser el mejor comienzo, “érase una vez un artista, un filósofo, un poeta, un dramaturgo y un historiador”. El cuento fluye suavemente, las frases son despejadas, el ritmo ágil está puntuado con impresiones personales que aportan una calurosa sensación de intimidad al tono de la narración. Se trata de un cuento con héroes, con dioses, con seres humanos como tú y yo, lector. Hasta podría decir que es un libro de aventuras. Paso a paso, conocemos a pájaros que son inmortalizados en el vuelo, a un héroe que subió hasta las cumbres del desespero, a una cantante calva y a un joven que juega recortando y reordenando palabras o a un mago que se propone estudiar a todos los dioses de los hombres. El libro “Pentágono”, lejos de ser un ejercicio del estilo ensayista, es una guía para cualquier viajero que se aventura en la tierra del hombre-creador, del hombre-dios, hacia la montaña Sion de la creación humana. Al subir el Sion de Martínez, descubrimos en sus vertiginosas alturas el más simple de los objetos: un espejo. Pero hay que subir el sendero más abrupto hasta el fin para poder encontrarlo.

Héctor Martínez Sanz nos invita a una incursión en el pensamiento de estos creadores, a un descubrimiento sutil de las referencias de estos monstruos sagrados del arte y de la cultura universal. Si Sócrates nos incita a que nos conozcamos a nosotros mismos, Héctor Martínez Sanz, con base en una armoniosa estructura filosófica personal, nos llama a que conozcamos a los que han logrado subir hasta la cumbre del genio humano. Después de haber recorrido la radiografía del pensamiento de estos cinco grandes hombres, descubrimos con asombro nuestra propia esencia: “y habiéndose quedado Jacob solo, estuvo luchando alguien con él hasta rayar el alba.” (Génesis 32:24)


Nota del Editor Horia Barna

Para la cultura y la civilización del siglo XX, la importancia de los cinco retratados en este libro (Constantin Brancusi, Emil Cioran, Eugène Ionesco, Tristan Tzara y Mircea Eliade) casi podría valer por la del Único plasmado en el Pentateuco. No es ninguna blasfemia o un gratuito juego de palabras, es una tentativa de acercarlos (repito: acercarlos) a la perfección, al camino de Creación y Re-Creación que ellos mismos han profesado durante el maligno siglo pasado.

Todos ellos se lanzaron de algún modo u otro en la necesaria reconquista de la más alta tradición, señalando la invalidación de la misma por las desgracias que trajo la modernidad de la civilización occidental, ya indefinida, contradictoria y moribunda, como efectos secundarios y daños colaterales en su afán de afirmar al hombre como “ombligo del mundo”… Intentaban explicarnos la humanidad agonizante, la perdida casi inevitable de sus pilares y sus valores, pero también las vías para reencontrarlas, los desperfectos de manifestación general tirando a absurdo, su dolencia y su anhelo (inconscientes ambos) de perder y de volver a encontrar los orígenes, lo sagrado y lo puro que antaño lograban situar el hombre un su sitio natural y armonioso dentro del universo.

La mirada fresca y española de Héctor Martínez Sanz, autor intrépido de “Pentágono”, este libro sobre estos cinco grandes del siglo XX, representa algo más que un grano de arena; era necesaria como lo es cada grano de trigo que se siembra junto con otros mil millones, otra y otra vez, concienzudamente con la esperanza de llegar a nutrirnos.


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03 Feb 2010

VIDEO: El Poeta HÉCTOR MARTÍNEZ SANZ - HOMENAJE A CONSTANTIN BRANCUSI

Escrito por: defesesfinearts el 03 Feb 2010 - URL Permanente

Homenaje a Constantin Brancusi

Poesía "Piedras" dedicada a Constantin Brancusi, por el poeta
Héctor Martínez Sanz , recital poético en Espacio Niram, Madrid

http://www.espacioniram.com

PIEDRAS Alejandrinos arromanzados
Homenaje a Constantin Brancusi
d
e Héctor Martínez Sanz

Antes de tus manos, existieron todas las piedras,
Naturales y consistentes como los besos,
Bloques con rostros de musas que duermen
Mientras el genio en el taller moldea sus sueños,
Piedras que nos ocultan la inocencia del niño,
Docena de sillas y una mesa del silencio.
Aquí, ¿qué se cena?
Chissstt... aquí no habrá comida,
Ni ostia, ni vino, ni altares venidos del cielo,
Sólo dos amantes en uno, sólo un abrazo,
Sólo una puerta a la esencial realidad que vemos.
De la piedra emergen el mundo y todo su origen,
Huevo empollado por dioses del curvo universo
Sobre el pedestal de la pura simplicidad
Presente en los inicios del infinito tiempo;
Lloverán piedras ovaladas sobre los ríos
Para dormir, serenas y en paz, sobre su lecho,
Para erosionarse por la fuerza de las aguas
Que, como un artista, tallan forma y movimiento,
Esculpen su verdad, penetran sus interiores,
Rebuscan en sus almas hasta su ser auténtico.
Caerán piedras como cae el granizo de tormentas,
Sobre los montes, valles y picos del terreno,
Para dejarse pulir en las vivas caricias
Que saben dar el cincel y la maza del viento,
Para sentir el latido por cada buen golpe
Que intenta sacar su pétreo corazón del cuerpo.
Serán tus manos, o tus dedos, hijos del mundo,
Hermanos de la piedra, los que hagan todo esto,
Los que tan sólo con una de ellas en la palma
Sabrán que tienen ante ellos
...el espacio entero.

Video: Defeses Fine Arts

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