25 Ago 2011

Bienaventurados los laicos

Escrito por: Carol Bret el 25 Ago 2011 - URL Permanente

Dice el señor Ratzinger que vivimos un momento de peligroso relativismo moral y no le falta razón, a excepción de que sólo es peligroso para él y para todo aquél que carece de dos dedos de frente.

El pensamiento relativista, en lo que a la moral se refiere, advierte que lo dado por bueno en una cultura es entendido como malo en la cultura vecina, que no hay un bien absoluto ni un mal absoluto, y que el tiempo va transformando las creencias mientras las circunstancias van cambiando. Prueba de ello es la historia legislativa de los pueblos: acciones que se criminalizan un día habían sido honorables tiempo atrás, condenas que antes fueron clementes son un día abusivas, prohibiciones que llevaban a la picota son loables un par de siglos después.

Cada religión tiene sus propios, y pretendidamente únicos, dioses verdaderos, que pueden ser uno y trino según qué casos. Hay todo un menú de religiones o credos al gusto del consumidor y para cada creyente su Verdad es la verdadera. Así las cosas, Ratzinger puede decir misa, pero sólo puede otorgarse el conocimiento de una verdad absoluta: la suya propia, exactamente igual que cada cual. El peligro, por tanto, no está en el relativismo sino en su ausencia. Todo tirano se pronuncia en términos absolutos dando evidencia de su gilipollez absoluta, nulidad suprema, estulticia soberana, etc.

La última Jornada Mundial de la Juventud es buena muestra de esto que digo: más de un millón de creyentes peregrinaron para ver una actuación de su ídolo: Ratzinger, un hombre que dice poseer la verdad y que advierte sobre el peligro de discernir cada uno con su propio intelecto. Un intelecto que, no lo olvidemos, tampoco será nunca absolutamente original ya que es a través de la cultura que pensamos lo que pensamos y sentimos lo que sentimos.

Estamos inmersos en una vorágine de acontecimientos de gran trascendencia: cambio climático, revolución tecnológica, revolución de la información, sucesión vertiginosa de planes educativos, crisis del Capitalismo… Todos estos factores, y muchos más, son condicionantes inmediatos en nuestro acontecer cotidiano. Es de suponer que, en semejante contexto, muchas personas reaccionen buscando el cobijo de un absoluto al que abrazarse con fuerza. Dios es un bocado muy atractivo: omnipresente, omnipotente, omnívoro… Y sin embargo, no es el único absoluto en absoluto: la Estética se ha enseñoreado, y la Ciencia se publicita a conciencia, mientras que para muchos el Lujo es lo único que cuenta y nada más.

Cada siervo fiel de un absolutísimo tirano mental o moral, ha caído presa de su ídolo de manera, por lo general, de lo más natural, como si eso fuera lo que todos los demás esperasen de él o de ella. No hay vergüenza, sino orgullo, en la creencia firme de un absoluto, ya que son numerosos los que así piensan y actúan: Mis amigos lo hacen es el primer mandamiento en el decálogo de un adolescente, por ejemplo. Ese lo puede ser amar a dios sobre todas las cosas, también por ejemplo.

Absolutismo mental es la religión que defiende Ratzinger para los jóvenes peregrinos; que sean todos iguales, que no piensen. Demos gracias a que el dios de los cuatro vientos no le dejó terminar su elocución... El dios de los cuatro vientos en YouTube

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19 May 2011

Por arte de política

Escrito por: Carol Bret el 19 May 2011 - URL Permanente

El bipartidismo, ese terrible mal del que adolecen las democracias cuando envejecen, está encarnado en la manera en que nos expresamos cada día los ciudadanos: somos de izquierdas o de derechas. Esto limita nuestras opiniones y pone impedimentos al libre pensamiento, al juicio lógico necesario para tomar decisiones apropiadas. La fantasía de las izquierdas y las derechas debe ser desterrada de nuestro lenguaje, de nuestro pensamiento, si queremos enfrentar los problemas de nuestras sociedades, tan plurales.

Esto implica un esfuerzo enorme por parte de cada uno de nosotros. Es difícil que quien está cómodo en su posición haga el esfuerzo de probar otros puntos de vista, que quien vive instalado en cierto bienestar pasivo se proponga modificar su posición. Pero es un ejercicio el de pensar que, si se hace seriamente, honestamente, tratando de despojarnos de las trampas que nos han inculcado y que hemos dado por válidas sin cuestión, enriquece la vida de la persona al ampliar sus horizontes. Esto es sabiduría. Lo contrario se conoce, muy sabiamente, como estrechez de miras.

La persona que se conduce sabiamente en su vida no se deja atrapar por conceptos vacíos, ni por propagandas, ni por complejos de ningún tipo, ni por creencias ciegas, ni por lo que se supone que se espera de ella. Los prejuicios son mucho más perniciosos para el pensamiento que todas las paradojas y todas las ironías juntas, porque es sencillo descubrir la paradoja y empaparse de ironía, pero el prejuicio es sigiloso, se filtra en el discurso cuando menos uno espera. Es la labor del sabio estar atento a esas trampas, detectar esas falacias. Del mismo modo que es la labor de cada uno cuidar de sí, de su voz como ciudadano y no ceder, o vender, o alquilar, o renunciar a su responsabilidad para consigo mismo y con todos los demás.

Dicho esto, me alegro de poder terminar un artículo, por fin, festejando la vitalidad, la sabiduría y la responsabilidad de todas las personas que en estos momentos están reunidas en las plazas de sus pueblos ejerciendo el arte de pensar públicamente; es decir, el arte de la política.



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30 Abr 2011

Ideología

Escrito por: Carol Bret el 30 Abr 2011 - URL Permanente

Hace unos días tuve la suerte de descubrirles a dos jóvenes personas los mundos de Nietzsche y de Marx. Una de ellas gimoteó ante la idea del eterno retorno, así que parece que algo sí debió comprender, quizás demasiado. Esta experiencia, por muy sutil que semeje, tiene tuétano de sobra para mascar.

En ello estoy desde entonces. Le doy vueltas al asunto de las ideas, que entiendo yo de tres tipos: las buenas, las malas y las que duelen. Las primeras son arte, juego, humor; las segundas no. Y las que duelen son las que derriban a las demás cuando se nos ocurren, o nos las ocurren. Todas las ideas, como ideas que son, están sometidas a la amenaza constante de que pueda sobrevenir, de pronto, una nueva idea, una idea de las que duelen. Así que, expuestos estamos -por mucho que nos protejamos tras nuestras preciosas apariencias- al cambio, al deterioro, a la sorpresa y al enojo. También al odio tendemos cuando nos despistamos y dejamos que alguna mala idea tome relevancia sobre otras que, buenas o no, son sin duda mejores consejeras.

Las ideas han de caer un día, todas ellas, como las frutas del árbol que maduran. De no caer unas pocas, no podrían renacer las nuevas. Argumentar a favor de las propias ideas, mientras están verdes todavía, es también una idea, a mi parecer muy buena. Pero seguir aferrándose cuando ya maduró el mundo y otro fruto pretende brotar, cuando otra idea reclama su oportunidad, es necedad y codicia.

Los ciclos vitales no discriminan a nadie, tampoco a la política ni a la religión. Éstas están también sometidas al cambio, al paso de los acontecimientos, a ser sustituidas por otras ideas, a caer. Y las nuevas ideas, que suelen ser dolorosas pues nacen matando a las viejas, tendrán que caer también un día. Igual que morimos todos, se mueren nuestras ideas. Del mismo modo que cada día nacen criaturas inocentes, nos van dejando las que ya se envejecieron, las que ya perdieron la inocencia y ven con desconfianza el porvenir. Es lógico que vean negro el futuro los que están llamados a extinguirse en la pronta brevedad del día siguiente.

Las ideas vienen y van. Muchas de ellas son olvidadas para siempre, otras pretenden ser válidas para toda una humanidad tan plural que ni a entenderse a sí misma alcanza. Las ideas orgullosas de la verdad absoluta, las que necesitan agarrarse como lapas al cerebro rocoso del sólido en preceptos -y prejuicios.

Me parece a mí que las mejores ideas son las que se saben ideas y no tienen pretensiones de vivir para siempre. Las ideas que abren puertas, que vienen a derribar dogmas y creencias ya tan magras que tiesas. Esas son las ideas que merece la pena permitirse pensar; las que ensanchan la libertad de las personas, las que dicen sí a la diferencia, a la ex-centricidad, al pleno desarrollo de las facultades de cada cual en todos los ámbitos de la vida.

Yo desconfío de todas las ideas porque para eso están, triste condena de las fantasmagorías, que no hallan poso en el que encarnarse. Las pienso todas ellas, las rumio bien, trato de encontrarles chicha, razones, sometiéndolas a la lógica y a la ilógica, a la estética y a la paradoja. Y todas caen. Esta es mi idea: que todas las ideas caen. Supongo que un día cualquiera tendré que adolecerme de que también esta idea habrá caído. Mientras que, lo que vendrá en su lugar todavía no [se] me ha ocurrido.

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28 Mar 2011

El discurso político es siempre engañoso: Libia

Escrito por: Carol Bret el 28 Mar 2011 - URL Permanente


Llevaba tiempo deseando leer a Hannah Arendt y no había encontrado la ocasión. Esta semana pasada en la biblioteca, mientras ojeaba sin orden ni concierto los lomos del expositor, resaltó entre el conjunto el libro más pequeño de todos. Me acerqué para leer el título, que decía Sobre la violencia. En estos días en que la cuestión ética de la intervención militar en Libia está extendida sobre el tapete, se hace muy atractivo un título así. Y así fue que leí por fin a Arendt.

La legitimidad, cuando se ve desafiada, se basa en una apelación al pasado mientras que la justificación se refiere a un fin que se encuentra en el futuro. La violencia puede ser justificable pero nunca será legítima. Su justificación pierde plausibilidad cuanto más se aleja en el futuro el fin propuesto. Nadie discute el uso de la violencia en defensa propia porque el peligro no sólo resulta claro sino que es actual y el fin que justifica los medios es inmediato.[71-72]


Hagamos un ejercicio deductivo partiendo de esta cita de Arendt que hoy os expongo. Si aplicamos estas palabras al caso de Libia, vemos a Gadafi defendiendo su legitimidad como líder apelando a la evidencia de que así ha sido durante los últimos treinta años; a Sarcozy reconociendo únicamente al grupo rebelde como intermediario legítimo y a Merkel preguntándose quién es este nuevo fantasma que recorre Libia en concreto y África en general, sin saber muy bien en qué lugar situar la supuesta legitimidad de unos y de otros.

No es de extrañar que los insurgentes levanten recelo entre un grupo político europeo que está sometiendo a sus respectivos pueblos a duras restricciones en beneficios sociales, pues tampoco sería la primera vez que el “espíritu revolucionario”, si es que tal entidad existe, se extendiese de pueblo en pueblo como la pólvora.

En cuanto a esta cuestión de la justificación, los aliados tienen un argumento irrefutable al que están obligados: la defensa de los civiles. Si negamos que deban tomar partido en estas cuestiones, debemos rechazar también, consecuentemente, la existencia de la ONU, ya que afirmamos abiertamente que no sirve para nada. Demos por supuesto entonces, dado que a día de hoy la ONU existe, que su justificación es válida por obligada: hay que intervenir en Libia para evitar que Gadafi masacre a su pueblo. Otra cuestión es si su motivación es ésta misma o si más bien huele a Brent en sus conciencias, pero ésta ya es otra historia.

Si la intervención en Libia está justificada por el fin inmediato de evitar una masacre, es importante que este fin, como Arendt subraya, sea inmediato, que no se dilate en el tiempo; pues de lo contrario, resultará cada vez menos justificable y, proporcionalmente, cada vez más ridículo.

De hecho, ya está empezando a ser así. Personas que hace un mes suspiraban por una intervención, se indignaban ante la pasividad de los estados democráticos y no daban crédito a la lentitud de negociación de los gobernantes europeos, han pasado en pocos días a defender la legitimidad de Gadafi. Para cambiar de opinión tan velozmente hay que tener una clara vocación política, pues de lo contrario, como le ocurre a una ciudadana cualquiera, lo que surge es la duda y no la certeza.

De todos modos, sea Gadafi legítimo tirano o tirano a secas, la violencia sigue siendo, siempre, a-legítima. Es decir, que podrá justificarse o no el uso de la violencia según la ocasión lo requiera, pero no puede ejercerse la violencia de manera legítima. [1]

Así que la cuestión sigue siendo: ¿Está o no está justificada la intervención en Libia? Bonita encrucijada. Según Hannah Arendt, solo nos queda decir que ayer era más justificable intervenir de lo que lo será mañana. Que cuantos más días pasen actuando sobre suelo -o cielo- libio las fuerzas de la ONU, menos sentido tendrá su presencia allí.

Parece ser intrínseco al discurso político el hecho de que todos los callejones nos lleven a decir “digo” donde antes dije “Diego”. Esto es lo que nos pasa por “ser en el tiempo”: que cambiamos, que nos adaptamos a las circunstancias como podemos, algunos como bellacos.

Pero también es por esto que, afortunadamente, desechamos gobiernos o sistemas ya caducos y nos organizamos de acuerdo a nuevos parámetros. Y fíjense que todo esto comenzó cuando bajamos –o nos caímos- del árbol, así que miren si es viejo.

Nota: [1] Es en este sentido que ninguna guerra es “legal” o “legítima”. El único marco donde se encarna la legalidad en este asunto es en el heterogéneo grupo de voluntades libias, es decir, en la gente de Libia. Por ello, lo más dramático de todo esto es que el pueblo libio está sufriendo una guerra civil, que es la peor de todas las guerras. En un momento así, la legitimidad permanece suspendida en el aire, esperando a ver en qué manos caer.

Bibliografía:

ARENDT, HANNAH, Sobre la violencia. Alianza Ed., Madrid, 2005. [Primera edición de Hannah Arendt en 1970]

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26 Feb 2011

El beneplácito de la duda

Escrito por: Carol Bret el 26 Feb 2011 - URL Permanente


Me siento a escribir con la esperanza de que surja algo bonito que contaros. Pero estos días soy más esponja que dispensario; necesito escuchar.

Necesito saber que no han muerto más personas en Libia. Quiero ser sorprendida por un corresponsal que cuenta que Javier Bardem aprovecha su candidatura a los premios del cine estadounidense para hacer llegar a sus colegas de profesión la voz de los espectadores, sus gustos, sus deseos y sus habilidades tecnológicas.

Imagináos que alguien enlaza en facebook la noticia de que en los últimos meses no ha habido muertos en las carreteras, ni mujeres asesinadas por sus parejas. Que el último proxeneta se ha abstraído del mundo y se ha condenado al ostracismo del que sólo se ama a sí mismo.

Decidme si no sería una delicia amanecer con la noticia de que ya a nadie le parece que sea necesaria la policía. El decreto de transformar las cárceles en locales de ensayo, aprendizaje y juego. Leer una última publicación del BOE en la que la Administración se declara superflua a sí misma y se disuelve porque, dicen, la población es tan responsable, tan libre y tan amable, que no hay necesidad de papeles, pues hablando se entiende la gente.

Yo busco esas noticias, husmeo la prensa, reviso blogs, asisto al telediario... Pero no encuentro lo que busco sino todo lo contrario. Sí, queridos, lo sé. Yo misma lo he dicho a veces, que el mundo es zafio y absurdo y así también son las vidas de sus gentes. Pero está siempre la duda. El beneplácito de la duda, que es, finalmente, lo que me ha puesto a escribir acerca de la esperanza de que surja algo bonito que contaros.

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14 Feb 2011

Álex de la Blogosfera

Escrito por: Carol Bret el 14 Feb 2011 - URL Permanente

Álex de la Iglesia, aunque luzca desafortunado apellido, sabe vestirse igualmente de caballero, como la salada Sardá, clásica e imprescindible payasa, y HABLAR, que no ser pelele, ni necio, ni mequetrefe. Hablar con seriedad y contundencia, con toda la razón a disposición de la elocuencia.

Da gusto escuchar HABLAR en vez de cacarear, para variar en estas famosas galas donde los engalanados ególatras se vanaglorian y se celebran. Qué bien cuando alguien utiliza sus diez minutos de fama para elevar el tono, tocar el meollo, quitarse el corpiño y ripiar como solo los muy payasos hacen con tanto decoro. Qué gran gusto ver que a pesar de tener pelos en el fociño, no se le han enredado en la lengua y se ha soltado a decir y a demostrar que responder por uno mismo ante cualquier tribuna, ante cualquier juicio o falta de tal cual, consiste en ponerse serio y HABLAR.

Y en estas estoy, haciendo merecida alabanza del último Sancho Panza. Hablando del primer presidente de la academia del cine que reconoce públicamente y aun a riesgo de ostracismo y cicuta, que la industria del cine ha de cambiar si quiere sobrevivir.

Algo ha muerto. Algo ha nacido. Y en el parto, el telón del teatrillo ha caído.

He ahí a un hombre, he pensado.

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24 Dic 2010

La cultura del engreimiento

Escrito por: Carol Bret el 24 Dic 2010 - URL Permanente

La Cultura ha levantado sus armas, que son sus nombres, bajo un único argumento: comer. Quieren comer, como es notable y además, evidente. Y, aunque yo resulte redundante, para mí no hay mayor argumento en defensa de un fundamento que el de comer. De verdad que es muy poco más lo que ansío. Eso sí, quisiera leer, ver buen cine, poder discrepar con cualquiera, sea del nombre que sea, político, artista o bloguero, rey del mambo o putero, de cualquier tema que incumba a la vida. Esto es mi gusto.

Actuar por un impulso ético, no premeditado, sino encontrado de pronto, porque responde plenamente a las propias aspiraciones; esto también es mi gusto. A veces se presenta ante una un modo de hacer algo a este respecto, respecto de lo que sea: en este caso, respecto de manifestar mi gusto por hacer las cosas de otra manera: con generosidad y desinterés. Y con este minúsculo gesto a años luz de alevoso, sumarme a la protesta contra la llamada “Ley Sinde”, contribuí más en este parlamento que con todos los votos que me he ahorrado hasta el momento. O eso me quieren hacer creer. ¿Por qué no reacciona el parlamento con tanto aspaviento cuando cientos de miles de personas, tanto del equipo rojo como del azul (simplificando, que hay confianza) se echan a las calles en procesión civil; esto es, en la verbena de la manifestación? Todo esto es legítimo, pero no atienden. Y ahora tiemblan porque hay comentarios en Twitter. Porque las páginas que ellos mismos pretendían cerrar, se auto-cierran por un día. ¿Es lógico que esto les moleste?

Y los artistas, entiendo que coman. Pero no entiendo que defiendan el canon además de sus derechos sobre su propia obra, y que permitan a los buitres del sector (editores, distribuidores, publicistas, críticos, etc.) que se vayan lucrando a lo largo de toda la cadena de producción de sus ingenios. Sus lectores estamos aquí cerquita, a una pantalla de distancia. No hay necesidad de intermediarios. Yo me afiliaré a sus blogs y pagaré una cuota: a la de los artistas de mi gusto, claro está. Ahí leeré sus novelas, ahí accederé a sus películas, ahí recibiré un servicio cultural que ellos me ofrezcan, cada uno hasta el punto que desee para sí y su obra. Y que le ponga un precio que le permita vivir con dignidad. ¿Que esto implica un cambio en el sistema editorial? Totalmente. Pero no perjudica al artista; simplemente prescinde del intermediario.

Lo contrario a esto, es decir, lo que ellos defienden, es como pretender conservar a pleno rendimiento los talleres de los amanuenses en las bibliotecas de los monasterios. Eso sí es una utopía económica y no la de aprovechar las nuevas tecnologías para renovar un mercado obsoleto, desde un punto de vista ecológico, además de industrial.

Es necesario debatir más allá del derecho a comer, que ése es básico y no da lugar a dudas. El problema es de otra índole y ellos lo saben. Hay una crisis social. Una crisis de confianza y una pesadumbre pegajosa en todas partes. No debemos discutir acerca de si yo robo y tú te lucras o si fulanito tuiteó no sé qué. Lo que está aquí de fondo es qué vamos a hacer con todo esto que está entre nuestras manos, que usamos a diario y que nos permite nuevas posibilidades de entender el mundo, y con el mundo también la Cultura, como no podía ser de otro modo.

Comer es un grandísimo argumento que yo ratifico cada mañanita. Pero tenéis que entender que a quien se preocupa más por la educación que por la economía, le parezca una herramienta de trascendencia bíblica este invento de acceder cómodamente a parte de la producción cultural mundial. Me niego a suplicar cultura. No es cultura el no dar.

¡Oíd el grito de esta sociedad! Está clamando en sus adentros, que es el clamor más angustioso. Tanta inseguridad hay ante lo que vendrá, que ya todos tenemos miedo siquiera de opinar. Vale de mentiras, vale de chantajes, de amenazas con penalizar al usuario (siempre podemos haceros un boicot, no seáis ilusos), ya vale de mirarse el ombligo y querer tirar de la manta. Los negritos que cruzan el estrecho también quieren comer. ¿Todos somos ladrones?

Vivimos un momento de tránsito. Esto es bueno. Es un jaleo de mucho cuidado, la verdad. Pero basta tener un poco de humor y tratar de aceptar la situación. Lo cual significa que si la ocasión requiere despertar del letargo y debatir profundamente en el estómago de esto que llamamos nación, sea lo que sea que en realidad es, y tratar de llegar a algún acuerdo que se parezca a lo que diría un cuerdo, estamos en el deber ético de hacerlo.

Vamos, que comer comemos todos. Pero, ¿y cómo nos organizamos para que, efectivamente, comamos todos, leamos todos y todos compartamos nuestra cultura? Porque, señores míos tan sabios, la producción de la élite cultural no es la única cultura que produce un pueblo, sino una parte ínfima de la gran creatividad de todas sus gentes. Repito, la gran creatividad de todas sus gentes.

Si Menéndez Pidal hubiera pensado como vosotros: “bah, lo que canten las gentes no tiene valor cultural, sólo nosotros los duchos tenemos derecho a hacer cultura”, nos habríamos perdido los hermosos romances de la tradición lírica popular.

Blogueros, internautas, no os dejéis confundir: vosotros sois la verdadera cultura de este país, digan lo que digan los representantes de la Cultura oficial. No temáis por opinar en contra de Savater o de cualquiera. A lo largo de la historia, han sido muchos también los pensadores que ahora os darían la razón.

Siempre a través de la paz.

Felices fiestas.


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06 Nov 2010

Que viene el Papa

Escrito por: Carol Bret el 06 Nov 2010 - URL Permanente

[Desde Compostela]

Es emocionante sentir la ilusión de los católicos ante el advenimiento de su líder espiritual. Tanta gente desplazándose desde los rincones más dispares para estar en Santiago de Compostela hoy, ante Benedicto XVI.

Respeto profundamente las creencias religiosas de cualquier individuo y cualquier comunidad; a veces, hasta he envidiado un poco la facilidad de que hacen gala para con el frenesí, el llanto y la exaltación los devotos católicos.

Dentro de este respeto general que procuro siempre profesar a mis congéneres [aunque en muchas ocasiones me vea obligada a ello por mi propia moralidad, no por convencimiento racional], se incluyen, como no podía ser de otro modo, también quienes creen que Dios no existe, es decir: los ateos.

Pues bien, tengo muchos amigos ateos y también muchos amigos católicos.

Mis amigos ateos, haciendo uso de su derecho como ciudadanos libres nacionalizados en el estado español [aconfesional éste], habían pensado hacer pública su repulsa hacia la visita del Papa por medio de la vía democrática más al uso: la manifestación.

En una manifestación, de lo que se trata es de que un grupo de ciudadanos hagan uso de su libertad de opinión públicamente “manifestando” una idea, bien de apoyo a una ley o de protesta contra la misma; bien haciendo notar una situación injusta, bien reclamando cualquier mejora en los servicios que el estado está obligado a ofrecer a sus miembros.

El problema es que, el día de la visita del Papa, el estado no permite a los ateos manifestar su indignación ante dicha visita, con los gastos y trastornos que conlleva para la ciudadanía compostelana. Mis amigos ateos, a día de hoy, tienen miedo de darse cita tras unas pancartas que recen [nunca peor dicho]: “Eu non te espero” en el parque de la Alameda. Hoy no pueden, porque hoy los católicos tienen más derecho que todos los demás.

Lo que me indigna verdaderamente, es que toda una ciudad se paralice ante un acto que representa a un porcentaje muy limitado de ciudadanos [los católicos], sometiendo al resto a una incongruencia legal: un estado aconfesional que pone por encima los derechos de culto de una religión sobre los derechos de manifestación del resto. Y todo ello, bajo la indignante y preocupante amenaza de la carga policial.

Por muchas vueltas que le doy, no acierto a comprender cómo es posible que en pleno siglo XXI, los jóvenes ateos y agnósticos de mi ciudad, que suponen la inmensa mayoría, tengan miedo de salir a las calles para defender públicamente su opinión [una opinión absolutamente constitucional, por otro lado] porque temen que las fuerzas policiales de su propio estado les abran la cabeza con una porra o un pelotazo de goma.

Pero no me extraña que teman, no sería la primera vez que las piedras de la ciudad monumental se salpican de sangre. Y aquella vez no venía el Papa, sino el señor Fraga Iribarne.

Qué triste que las cosas hayan cambiado tan poco desde entonces.

En este vídeo podéis ver la situación real en las calles compostelanas grabada por alguno de sus ciudadanos.

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04 Nov 2010

Tener o no tener [la razón]

Escrito por: Carol Bret el 04 Nov 2010 - URL Permanente

Ya sé que no es buena cosa que te saquen los buenos humones ya de mañana. Es por esto que escribo aquí lo que escribo y no cualquier otra cosa.

Imaginad que un dia temprano os acercáis bajo la lluvia y embotados por el sueño hacia un curso sobre una disciplina cualquiera. Depués de unas horas, cuando la clase ha terminado, os cobijáis en un café para pasar el resto de la mañana hasta la hora de comer. Hasta aquí todo perfecto.

Con lo que no contaba yo, a pesar de conocer a Murphy y sus múltiples verdades, era con la conversación inminente que arreciaba más fuerte que la tormenta en la calle. Daban ganas de arrojarse al diluvio con tal de no librar aquella terrible batalla.

Cuando alguien no quiere darte la razón, no importa con cuanta claridad evidencies que efectivamente la tienes. Hay personas que no ceden, que se empeñan. Ésta de la que hablo en concreto, decía “no, no, no, no” incensantemente mientras yo trataba de explicarme. Eso sólo bastaría para enervar a un impaciente, pero además, repetía después mis palabras en defensa de su argumento en un rocambolesco ejercicio de reducción al absurdo pero sin premisa que negar, sin sentido alguno. En fin, que parecía una conversación entre psicóticas; una que si “lo que quiero decir es que” y la otra “que no y no y no...” Hasta que nos despedimos rápidamente, sin afecciones de ningún tipo y dos grandes interrogantes sobre la cabeza, supongo. Desde luego que yo estaba cargada de incógnitas. ¿Habría hecho yo algo que molestase a esta persona? ¿Sería que sentía animadversión genética hacia mi fenotipo? ¿Estaba malinterpretando cada palabra por distracción? ¿Estaría estresada? ¿Me explicaría yo mal?

Lo cierto es que estas conversaciones suceden una mañana cualquiera y descolocan a una. Yo quisiera que las personas se dejaran convencer cuando presentas argumentos lógicos y ejemplos cotidianos, demostraciones empíricas, hechos irrefutables, etc. Pero no ocurre así, sino todo lo contrario. Cuando una persona encuentra una idea que la satisface de algún modo, que la mantiene contenta durante un tiempo al menos, es verdaderamente difícil hacer que deje de aferrarse a ella. Mucho más habitual es que preste oídos sordos, en ocasiones literalmente, y trate de desviar la conversación hacia otros derroteros para acabar fingiendo algún tipo de demostración forzosa.

Dejémonos convencer por las buenas razones, si es que las consideramos buenas. Y dudemos siempre de tener razón, aunque la tengamos. Es por esto que a mí me asalta la duda y pienso si sería que yo no me explicaba bien, o que hay algo errado en mi ejercicio deductivo. Pero por más vueltas que le doy, no lo descifro. Será, quizás, que, después de todo, yo tenía razón y mi tertuliana se había levantado obtusa aquella mañana.

Lo bueno de los sinsentidos es precisamente el poco sentido que tienen.

sin sentido
se siente
el sinsentido

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Presentación

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demasiado humano

Aquí expongo mi opinión acerca de los asuntos públicos, o políticos, que despiertan mi atención. Resulta que, fatalidades de la vida, no era tan fácil después de todo cumplir aquella vieja premisa del “conócete a ti mismo”. Tratando de conocer al menos un poquito “al resto” es como se entretiene el homínido humano. Y en estas estamos: preguntándonos si la inteligencia es un don divino o una desadaptación congénita. Sean bienvenidas todas vuestra opiniones al respecto.

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