18 Nov 2008

El misterio de la pintura vacía

Escrito por: Declarado Demente el 18 Nov 2008 - URL Permanente

Abiertas, las puertas ofician de bisagra entre la doméstica intimidad que se ofrece al ojo del espectador del cuadro y la mirada del indiscreto visitante que se apresta a ingresar en una casa respetable del Siglo XVII. La inevitable sorpresa se la lleva el espectador, pues al asomarse a la realidad del cuadro, que por artificio trompe l’oil se revela tras la representación de la puerta, descubre un recinto familiar misterioso, signado por la ausencia de sus habitantes.

Los cambiantes diseños en el embaldosado delimitan los diferentes ámbitos sociales: el público, con un recibo decoroso mas no ostentoso, un espacio intermedio que podría ser la salida a un patio interior, tenida cuenta la luz que lo distingue y el espacio privado con un embaldosado en blanco y negro, resabio de un viaje a Sevilla del dueño de la morada o del pintor. La representación de los mismos ha sido dividida en una serie de planos hábilmente separados por un juego de luz y perspectiva. Así, el ojo del espectador pasa del claroscuro del recibidor, al intenso fulgor del espacio de distribución, a una luz mitigada que ilumina la habitación que se adivina la central. En la pared del salón, cuelgan dos pinturas, pero sólo una capta la atención del espectador otorgándole profundidad a la representación y creando una perspectiva vertiginosa en el espectador, pues el cuadro visible sobre la pared a su vez representa una habitación: un aposento en el que se desarrolla una escena domestica, quizá entre una madre y un niño. Lo que deja adivinar al espectador que tras la oportuna pared o en alguna parte de este lar abierto la verdadera intimidad resta protegida.

Como ante todo ambiente que encontramos inesperadamente vacio, el espectador, el visitante —y usted también, casual o asiduo lector, si se ha interesado en desentrañar este aparente misterio— no podemos evitar poblar, completar, animar este espacio pulcro y ordenado pero que enigmática y hasta inverosímilmente se muestra abandonado.

Y esta vez el espectador, con la mirada atenta, acompaña al indiscreto visitante que se devuelve sobre sus pasos y reinicia una inspección con mirada escrutadora y se contiene para no exclamar con voz queda y en el vacío un Hola solitario.

El recibidor que invita con modestia pero muy atento a las prácticas bien burguesas de la limpieza, muestra a un lado una oronda escoba de retama casi como anfitriona del hogar. A su lado cuelga un delantal, curiosamente suspendido en lo que se podría imaginar un colgador para el capote del dueño de la casa, o la capa de la señora.

El salón o quizá comedor —aunque no es redundante informar al observador que esos habitáculos no se independizaron hasta bien entrado el siglo XVIII—, está amoblado con enseres domésticos de una cierta suntuosidad: una mesa cubierta con un mantel labrado y que termina con una ostentosa cenefa de raso. Si el indiscreto visitador se decidiera por el osado gesto; al tiento, probablemente la silla forrada en cuero revelaría una cierta temperatura, pues es licito intuir que el libro abierto que yace abandonado boca abajo —si cabe el símil— y cuya lectura ha sido interrumpida con una brusquedad voluntaria estaba siendo leído por su ahora ausente lector o lectora. La vela apagada al desgaire y a medio consumir sobre el candelero de plata da cuenta del tiempo transcurrido.

Y el observador se pregunta: Por qué el manojo de llaves ha quedado abandonado, colgando de la cerradura de la puerta. Qué urgencia tan acuciante, tan pertinaz ha hecho que el ama de llaves o el patrón de la casa (o, ambos) abandonen la seguridad del hogar y —como si dijéramos al escape y a la carrera— desaparezcan de la línea de fuga y provoquen este enigmático vacío. Y por qué esas pantuflas, —o tratándose de los países bajos, más bien, galochas— yacen ahí en medio de todo, al garete y quién es su dueño.

Ralf me cuenta que en el Siglo XIX, al cuadro se le añadieron un gato, una niña sentada, una fecha y la firma —falsa— de Pieter de Hooch, otro gran pintor del círculo de Vermeer. Pero que luego en sucesivas restauraciones han sido cuidadosamente borrados. Poco después me pregunta —con una sonrisa socarrona— ¿Qué crees que están haciendo los personajes que no se ven? Retrocedo ante la reproducción de Van Hoogstraten que Ralf ha colgado en su habitación y sonrío pensativo. ¿Y usted?

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13 Nov 2008

Suicidios sin comentarios

Escrito por: Declarado Demente el 13 Nov 2008 - URL Permanente

En el barullo, los agentes de la policía y los enfermeros me hacen preguntas como si yo fuera parte del personal y no un paciente. Claudia, la médico portuguesa de la ambulancia, en un rapto de celo profesional, me reporta todo el tratamiento que le han aplicado a la paciente, sobre una de las mesas en las que normalmente se sientan doce pacientes y un enfermero-celador. Para controlar el cuadro de excitación psicomotriz se le indicó: flunitrazepam dos ampollas intramuscular, haloperidol una ampolla intramuscular y diazepam una ampolla intramuscular. Al parecer, ella había caído presa de espasmos cuando el servicio de vídeo vigilancia la trasladó a la enfermería del manicomio, demasiado pequeña para dar cabida a todo el personal que se convocó al llamar a urgencias.

Ha intentado suicidarse. En las últimos días o semanas, quizá nunca lo sepamos —aunque tampoco importa— acumuló pastillas de alprazolam y esta tarde después de la comida las ingirió. El servicio de urgencias del hospital cantonal despachó una ambulancia y le han practicado un rescate digestivo. Denominación políticamente correcta del “lavado gástrico” que está fuera de uso, como me lo explica una de las enfermeras del servicio de urgencias. También me corrige cuando le hablo de intento de suicidio: me mira con condescendencia y usa la palabra “autoeliminación”.

A lo lejos se escucha una sirena que parece sonar cada vez más próxima. El sonido llega deformado al refectorio de la casona manicomio, ahora improvisada en sala de primeros auxilios. Apenas son las cinco de la tarde, pero la penumbra del atardecer vuelve amenazadores y siniestros a los árboles del parque-jardín

Me han traído de vuelta los libros que Riva V. estaba leyendo: Obras de Cioran en la edición Quarto de Gallimard y uno de nuestros tesoros bibliográficos: Las penas del joven Werther, en la edición de Leipzig de 1775. No tiene un gran valor comercial, como rápidamente lo constató Ralf hace algunas semanas, pero sí crítico: es la edición que Goethe hizo copiar a mano y en base a la cual revisó y corrigió hasta redactar la edición definitiva del Werther, tal como se le conoce hoy en día. Lo más notable de esa edición son los versos de Goethe que servían de epígrafe al libro. Disculpad mi seguramente imperfecta traducción.

Todo joven añora así amar
Toda doncella ser amada así
Ay, el más sagrado de nuestros deseos,
¿Por qué brota de él tan amargo dolor?

Tú lo lloras, tú lo amas, alma querida,
Salva su memoria de la ignominia;
Mira, su espíritu te saluda desde su infierno:
Se un hombre y no me sigas.

Entre las páginas del Werther encuentro una fotografía de Riva, seguramente un autorretrato, en clave irónica. Es sólo una suposición, claro, pero que de pronto me revela una certeza. Esta fotografía en oposición a mis recuerdos, les lleva una ventaja: es ella, y al contemplarla mi memoria no podrá deformarla, su materialidad escapa a la usura de mi descripción.

Ningún texto me puede dar esta certeza. Es el infortunio (o, más bien, volubilidad) del lenguaje: no poder autentificarse. El sino del lenguaje está ligado a esta impotencia, o, para expresarlo de manera positiva: el lenguaje es por naturaleza ficcional: para tratar de convertir el lenguaje en no-ficcional, necesitaría una maquinaria enorme: debo invocar la lógica, o, en su defecto a un juramento. Pero la fotografía, ella no inventa: del sujeto de la misma, —en mi caso, Riva V,— podremos siempre decir por lo menos que existió.

Si algún día alguien encuentra esta fotografía robada entre mis libros quizá pueda saber que su historia y la mía no fueron inventadas.

A lo lejos se escucha una sirena que parece sonar cada vez más próxima.

PD. Gracias a Isabel Perez del Pulgar (alias) "La dama roja" esta historia tiene una versión paralela en vídeo. Podéis verla pinchando Aquí

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12 Nov 2008

Todo amor es atroz y todo recuerdo es amargo

Escrito por: Declarado Demente el 12 Nov 2008 - URL Permanente

Hace semanas que los tilos han cambiado de color y el resto de árboles parecen mostrar sus ramas desnudas con algo de vergüenza. La pequeña cascada está seca y descubro que no era natural, como lo creí cuando por primera vez me refugié en este rincón del manicomio. Es una tarde fría, y no sé qué demonios estoy haciendo acá: he seguido a Ralf, quien con gestos de conspirador me ha sacado de la biblioteca. Está lloviendo, el viento me azota la cara y siento que no puedo respirar. —¿Qué? Le pregunto.
—Espera. Ahora te lo muestro. Y sonríe, con cara de mercader a punto de hacer un negocio, mientras desenvuelve un objeto informe de entre unas bolsas de plástico.
—Cualquier cosa que no sean cartas de navegación impermeables, se va a estropear con esta humedad. Así que ten cuidado. Le digo, impaciente.
—Ya, no te preocupes. Mira.

Las biografías datan su encuentro en septiembre de 1871, pero su correspondencia debió comenzar algunas semanas antes, Arthur le había enviado unos poemas desde Charleville. Se habían carteado, y en un arranque de entusiasmo, el poeta consagrado, aburrido de su vida domestica, lo debió invitar a pasar unos días a París. —No tengo dinero, llevo sólo mi poesía. Le respondió, a vuelta de correo, el jovenzuelo con rostro de ángel desterrado, los cabellos castaños eternamente despeinados y ojos de azul pálido.

—¿Qué es esto? Nos van a echar de acá, y te van a meter preso. ¿Cómo se te ocurre? Espero que Fritz no esté buscándome. Por primera vez desde que llegué al manicomio siento un sudor helado que me recorre la espalda y me falta la respiración.

Los Verlaine están instalados en casa de sus suegros, los Mauthé, en la calle Nicollet, cerca del Sena. Mathilde —en la última fase del embrazo de George, su único hijo—, le toma ojeriza al insolente mozalbete con el que su esposo pasa todo el tiempo. Paul se descubre en el joven Arthur. Admira la selección exquisita de sus palabras, la energía destructiva que despiden los versos del “Barco Ebrio”. Esos versos sin artificios, sin cesuras libertinas, sin encabalgamientos. Se siente encandilado por la fuerza demoledora que proyecta ese lenguaje nuevo, de junturas precisas como en una piedra preciosa. Una noche, trasegados de ajenjo y hachis, Paul le confiesa sus pasiones prohibidas, Rimbaud no se sorprende, no se amilana: —Quiero aprender. Le dice. Todo cambia. Ya no serán los mismos. De pronto, a Verlaine su vida se le antoja insoportable, se siente culpable ante Mathilde, ante sí mismo, sus injurias contra ella en realidad son contra sí mismo. Mathilde asustada por las amenazas, hastiada de los insultos se marcha de casa. Los escandalosos amantes se instalan en un hotel cerca de la plaza Saint Michel. Los amigos lo saben y todo París lo comenta.

—Está descargada. Es de coleccionista, y en Suiza no necesitas licencia. Me dice Ralf, mientras esboza una media sonrisa y apunta hacia la cascada artificial.
—No lo entiendes, no estamos en un Club Med. Esto es un manicomio, en un hospital los pacientes no se pasean por los jardines con pistolas de coleccionista, sobre todo si han sido internados por intento de suicidio. Trato de calmarme y bajar la voz.
—No es una pistola, es un revolver, Ralf me explica con voz paciente, como si estuviera ante uno de sus clientes millonarios. —Además no funcionaría, aunque estuviera cargado, el percutor está dañado.
—Vale, entonces, deshazte de ese trozo de chatarra y déjame volver a trabajar.
—Es el revolver de Verlaine, ¿no lo reconoces? Es el Lefaucheux de 7 milimetros con cartuchos a espiga.
No miro el revolver, miro a Ralf como si hubiera recibido una sobredosis de Diazepam. —¿De qué me estás hablando?

Verlaine quiere que Mathilde y su hijo regresen, le escribe cartas diarias, le implora perdón. Amenaza con matarse si no regresan. Mathilde exige que Rimabaud abandone París, a lo que Verlaine accede. Verlaine parece volver a la normalidad, incluso encuentra un trabajo estable en "La Lloyds" de la rue Laffitte.
Después de algunas semanas, Rimbaud regresa secretamente y un día encuentra a Verlaine en “El Cadran”, hoy en día “El Central”, esquina de Drouot y Grange Batelières. Las borracheras recomienzan, y una noche en vez de ir a buscar un médico para Mathilde huye a Bruselas y luego a Londres.
Sus vidas, se convierten en una vorágine de encuentros y despedidas, de nostalgias insufribles por la esposa y su hijo cuando Paul está con él, y de intolerables necesidades cuando él está lejos. El cinco de Julio de 1873, la madre de Verlaine visita de improviso a su hijo en Bruselas, Rimbaud ya está en camino a visitarlo desde París, el 8 de Julio llegará a Bruselas: nuevos conflictos ahogados en ajenjo. Luego de una borrachera monumental, Rimbaud anuncia su partida, Verlaine se lo impide, saca el Lefaucheaux que había comprado en la armería Montigny un día antes para suicidarse, y dispara una, dos veces. Rimbaud esquiva los tiros y ligeramente herido, huye, vuelve a las Ardenas donde terminará “Una temporada en el infierno”. Verlaine es detenido, juzgado y encarcelado, dos años más tarde sale de prisión, aunque nunca más se verá libre de la maldición que lo acompaña.

—El revolver con que Verlaine disparó a Rimbaud. Apareció hace dos años en Bruselas. Uno de mis clientes me lo ha dado para que lo ponga a la venta. Me dice Ralf, satisfecho de verme finalmente interesado.

Toco el arma, la culata de madera torneada a mano. El acero labrado, como algunos modelos de las espadas de Toledo. Las recamaras para los seis cartuchos están vacías. Y me pregunto si este objeto me acerca a ellos, a su pasión desesperada y recuerdo unos versos de Rimbaud, en la traducción del poeta Bacarisse, y que yo repetí toda la secundaria sin entender.

El acre amor me ha henchido de embriagador letargo.
Lloré mucho. Las albas son siempre lacerantes.
Toda luna es atroz y todo sol es amargo.
Qué se rompa mi quilla y vaya al mar cuanto antes.

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08 Nov 2008

Un paciente especial, el marqués de Sade

Escrito por: Declarado Demente el 08 Nov 2008 - URL Permanente


Estáticos, los cuerpos aparecen al lector dispuestos como en ciertas alegorías pictoricas del renacimiento: arracimados, entrelazados, montados unos sobre otros. Son renacentistas también, esas formas generosas, esos cabellos que se adivinan rubios y rizados, los ojos azules, las miradas fogosas. Y lo son también las columnas, el drapeado de las cortinas, el diseño de los muebles, y los escasos vestidos que a veces los personajes portan.

Empero, tras ese estatismo que se descubre al lector como decoración hecha de cartón piedra se percibe de pronto el ruido de lamidos frenéticos, interjecciones, maldiciones. Estertores más que aullidos de las bacantes alcanzando penosamente las cimas de un placer raquítico y elusivo.

Al falso frenesí carnal sigue la disquisición filosófica o moral, la exposición sobre la naturaleza o la ciencia. Es el momento en que la historia, las referencias a textos clásicos, reales e inventados: todo es utilizado, mezclado, tergiversado, poco importa, —se está haciendo literatura. Y al igual que antes, las lenguas, la saliva, las secreciones crapulosas, son ahora las ideas y las palabras las que se convierten en instrumento de placer. Un placer en el cual, finalmente, el lector participa, y con resultados menos magros que el físico. Bienvenidos, a la antecámara del universo sadiano.

Ni siquiera puedo llamarlo un descubrimiento, pues fue el Dr. Bleuler quien me advirtió esta mañana de su existencia: un cartapacio de piel labrada y lijosa color vino, con pequeños herrajes cubiertos de orín. Cubierta de una finísima capa de polvo que me hizo estornudar. Dentro, ordenados minuciosamente, facsímiles de los grabados de Philippe Chéry, han sido re -numerados a mano y deberían ser parte de una de las primeras ediciones de Juliette, probablemente la de 1797, impresa en Holanda y que según el catálogo electrónico de la Biblioteca Nacional Francesa llevaba el título serpentinesco de “Juliette, o las prosperidades del vicio, que sigue a La Nueva Justine, obra decorada con 60 grabados.

El interés del narrador sadiano es universalista y similar al de Google: sus personajes se entregan a sus desmesurados y rijosos placeres menos por el gozo que por un afán de catalogarlos y etiquetarlos. Su objetivo final es el mismo que el D’Alambert y Diderot: compilar una enciclopedia, con todas las variantes del exceso sexual, que ingenuamente, él llama libertinaje. Su vocación la misma que la de Linneo: establecer una taxonomía del crimen.

Minski —quien desgraciadamente no aparece en ninguno de los grabados— más que un personaje, es un fenómeno de la naturaleza, una especie de huracán Catherina. Tiene un miembro de 24 pulgadas con el cual goza y asesina al mismo tiempo. Utiliza en vez de muebles, cuerpos de jóvenes desnudas sobre los cuales se hace servir ardientes banquetes. Sus postres preferidos son las defecaciones de sus victimas, las cuales son criadas y mantenidas tan sólo para calmar su siniestro ardor. Minski reúne el Eros y el Thanatos en sí: no puede eyacular sin matar. Cuando el monstruo descarga una maquina infernal se acciona y asesina de dieciséis maneras diferentes a otras tantas desdichadas.

Durante la comida le pido al Dr. Bleuler que me expliqué el origen de estos grabados: —Un paciente francés los tenía consigo. — ¿Son originales? le pregunto.
—Son grabados de finales del siglo XIX. Tendrían un valor bibliográfico si estuvieran integrados a alguna edición de la época. Pero como estampas sueltas no creo que tengan mucho valor. No podemos considerarlas siquiera propiedad del instituto, me advierte Bleuler, pues la familia del paciente podría aparecer un día de estos. Mi psiquiatra me cuenta otras historias que me dejan sorprendido y perplejo, parece ser que Xavier Sade —actual marqués y descendiente de Donatien Alphonse François— es muy amigo del director Maynard y que frecuentemente se visitan.

He pasado la tarde mirando los grabados y tratado de encontrar alguno de ellos publicado en la red y no lo he logrado. Finalmente y ha regañadientes he conseguido que Fritz me preste su móvil para hacerle una fotografía a uno de ellos, con un resultado más bien decepcionante.

Comparadas con las historias de padres que encierran a sus hijas en sótanos durante décadas, o las historias de redes de pedofilos que incluyen políticos y policías, es cierto que los excesos de Juliette parecen más bien refinados e intelectuales. Durante mi adolescencia Sade estuvo de moda: el bicentenario de su muerte, la publicación de las obras completas; en 1986, por Jean-Jaques Pauvert. Hoy en día, su interés no ha desaparecido, según Google hay más de un millón y medio de entradas en la red.

Mientras ordeno los grabados en la carpeta de cuero, pienso en su extraña carrera: veintisiete años en distintas cárceles y en un asilo de locos, manuscritos destruidos, libros secuestrados, y a pesar de todo, una voluntad inquebrantable de seguir escribiendo. Es esa la única obsesión que me gustaría conservar.

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04 Nov 2008

El infierno del manicomio y mi tía Baltasara

Escrito por: Declarado Demente el 04 Nov 2008 - URL Permanente

Es un monstruo enorme de cedro u alguna otra madera preciosa y seguramente prohibida. Tiene puertas a modo de celosías y está recargado de volutas rococó y taraceas por doquier. Me hace recordar uno parejamente espantoso, propiedad de una tía solterona y que ella amorosamente llamaba “mi bargueño”. Los veíamos una vez al año —a la tía y al malhadado mueble—, fecha especial y lúgubre en que la tía Baltasara nos invitaba a una cena invariable a base de canapés de pollo correoso y cidra acida. Solían asistir sólo mis padres y la abuela, pero mi madre obligaba a asistir a aquel de nosotros que hubiera suspendido algún curso en el colegio. A los niños nunca nos daba regalos y nos amenazaba con dejarnos como herencia la monstruosa alacena. Al morir Baltasara, en una especie de entierro clandestino, allá entre los olivares de Boadilla del Monte, a las afueras de Madrid, su hermano trato de enterrarla en él.

El director de nuestro Centro de Rehabilitación de la Salud Mental —como ahora llama Maynard a nuestro Manicomio—, guarda en el suyo botellas de whisky centenarias y una colección de habanos a un lado. En el otro un centenar de libros que constituyen nuestro Infierno. Toda biblioteca que se respete tiene su Infierno. Ese lugar que alberga los libros destinados a ser leídos tan sólo por uno cuantos elegidos, los censores, y cuyo acceso es negado a los lectores comunes. Maynard me explica que esos métodos están completamente anticuados y que el ha decidido devolver los libros a la biblioteca, y por eso me pide que les de prioridad en la indexación y fichaje y que me ayude Fritz a llevármelos lo más pronto posible. La asistente de Maynard, una arpia que sin consultar jamás la agenda siempre me niega las citas, le hace recordar a su jefe que libros tan valiosos no deben abandonarse al albedrío de los pacientes sin control alguno. Maynard asiente de mala gana y me pide que trabaje en su estudio por las mañanas, de manera tal que cada día yo pueda dar de alta algunos libros en el nuevo sistema. Visiblemente contrariado por no poder utilizar el arcón para guardar la nueva provisión de malteados escoceses que veo en la esquina de su habitación, me dice al irse: —Trate de terminar lo más pronto posible.

La arpía y yo nos quedamos frente y frente. —Nadie más que yo entra a su estudio a solas. Me dice con un dejo de orgullo.
—Yo no puedo trabajar si alguien me mira: sufro da ansiedad. Le miento, pues en realidad soy un exhibicionista y me encantaría trabajar en una de esas peceras rodeado de cientos de personas.
—Tiene una hora. Me espeta al tiempo que bloquea el teléfono de Maynard con un código y se asegura que las gavetas del escritorio estén bien cerradas.
— Ante esa caverna de caoba llena de libros, siento que se me acelera la respiración. No los toco, inclino la cabeza veinte, treinta cinco grados hasta que puedo leer con claridad algunos títulos: es verdad que la miopía no me ayuda.
Una cierta decepción se apodera de mi cuando veo que varios de estos libros están acá simplemente porque son ediciones de lujo y no porque esté prohibida su lectura: una edición inglesa en cuarto y a todo color de “El desnudo” de Keneth Clark —vergüenza para Alianza Editorial, pienso—, una primera edición de Master y Johnson de “Human sexual response”, una edición autografiada por el propio Foucault de “La historia de la locura en la época clásica”. Una edición numerada de “Historia de O” de Pauline Réage, varios libros de Helmut Newton.

Trato de encontrar algo realmente prohibido, algún libro que hubiera valido la pena robar o esconder de sus lectores: quizá la edición de la Pleiade de Sade en tres volúmenes. La anoto en la lista para poder llevármela de ahí. Finalmente hago unos descubrimientos algo escabrosos, “Las once mil vergas o los amores de un Hospodar” de Apollinaire, publicado en 1907 como novela pornográfica. Una edición de “Nana” con grabados de Bellenger, una edición increíble de “Madame Edwarda” de Bataille, publicada bajo el seudónimo de Pierre Angélique.

No me he dado cuenta y la hora ha pasado. La arpía ha vuelto y sus ojillos de vieja tratando de enhebrar una aguja me miran con un rencor inexplicable. —Ya he terminado. Le digo, mientras le doy la lista. Ella cuenta los libros y coteja los títulos con la lista que le tiendo. Yo me alejo con la satisfacción de un timador que ha dado un buen golpe y me retiro a mi cubículo con mi pequeña pila de libros bajo el brazo. Sonrío y pienso en el texto que voy a escribir, y me digo: "Continuará, seguro que continuará."

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03 Nov 2008

A mis insanos lectores de "La Comunidad": Gracias!!

Escrito por: Declarado Demente el 03 Nov 2008 - URL Permanente

En un rapto de frenesí y, con permiso del Dr. Bleuler, inscribí vuestra "Biblioteca del manicomio" a un concurso de Blogs en el que participan 4500 blogs y 3900 blogeros.

Con mucho orgullo quiero contaros que hemos terminado de finalistas en la Categoría "Expatriados" con 17 votos.

Este reconocimiento lo considero como uno a "La Comunidad", a la amistad y calor con el que me habéis arropado.

Y quiero dedicároslo enteramente!!

"Declarado Demente"
Bibliotecario de "La biblioteca del manicomio"

02 Nov 2008

El sueño de Ursula y mi recuerdo

Escrito por: Declarado Demente el 02 Nov 2008 - URL Permanente

El sosegado pero intenso resplandor de la luz indica al observador que los maitines han concluido y le recuerda la fragilidad de la heroína de la historia, quien aún duerme; rendida de fatiga, seguramente provocada por las largas horas de lectura. De hecho, la misma luz que ilumina el rostro de la durmiente, ilumina el libro de horas, que yace abierto sobre la mesilla de estudio.

El aposento es amplio como no podría serlo el suyo, allá en la remota y austera Bretaña del año mil, donde el estilo de las casitas enanas de piedra hasta hoy en día perdura. El chiaroscuro que envuelve la intima escena resalta más bien la perfecta geometría de una habitación veneciana del renacimiento temprano. Y sin embargo, la atmósfera que destila a los insanos espectadores que contemplamos la escena es más de celda conventual que de mujeril dormitorio.

El tálamo nupcial, burilado con arabescos y ornado de ricas colgaduras —primer regalo de un novio que se anuncia impaciente y fogoso— es usado con estudiado recato, y resalta más aún la esperanza de la joven que se ha prometido en secreto a un amor imposible y divino. Así, ante una segunda mirada a esta abierta intimidad, el observador intuye una misteriosa mudanza en estos objetos, aparentemente domésticos: del lecho nupcial en monumental catafalco, de las claraboyas marítimas en rosetones catedralicios que colorean delicadamente la luz. Los muebles con sus remates apuntando al cielo y los adornos de la habitación en cierto modo también aluden a una gótica catedral, cuyos fundamentos lleva ya la joven dormida en lo profundo de su alma.

Ella, descansa muy leve: las purpuras mantas presagian su pasión y martirio, y las blancas sabanas son ya santo sudario. Peregrina, en búsqueda de los labios sellados que la tranquilidad ofrece, por dictado divino abandonará la vida muelle que a su alcurnia debe. Lo sabe y lo siente que los sueños pesan más que la realidad. Cuando su mirada de niña lo contempla, el Atlas de la pared —regalo de su maestro de griego—, se torna en un Cristobalón que lleva el mundo.

La corona que yace a los pies de la cama nos dice de su desapego por el siglo y el ruido mundano. La mano en la sien, pareciera mostrar al invitado la angustia de haber sido prometida por su padre a un príncipe de tierras impías allende los mares, o quizá muestra al indiscreto espectador como un oído aguzado recibe la voz del divino mensajero.

En esta escena envuelta en un pacato claroscuro, el alado mensajero irrumpe a la diestra del cuadro —por donde apenas se adivina una puerta—, proyectando una sombra en forma de lanza, provocada por una luz de origen y naturaleza diferente. Porta la palma de la pasión en la derecha que anuncia el final suplicio y el doloroso rencuentro con el amado.

“Tres años has de viajar y hablarás de Dios a los hombres” Le anuncia el ángel. “Diez damas te acompañaran, y cada una de vosotras por mil doncellas vírgenes seréis servidas”, “Y no temas, al final conocerás al señor como es tu ardiente deseo”.

Ahora en esta noche lluviosa, mientras miro y remiro esta postal que he recibido de ella, trato de recordar los detalles de nuestra vida, inútilmente. Recuerdo una mañana de otoño y la visita a la Galeria dell'Accademia: yo no lo sabía —era el día de su santo—, y para los polacos el onomástico es más importante que el cumpleaños, y ella es polaca. Y ella quería ver las pinturas de Carpaccio, y yo no lo sabía. Tampoco sabía yo que los sueños pesan más que la realidad. Lejos de ella, encerrado en este manicomio, esta noche empiezo a entenderlo.

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27 Oct 2008

Carta a la Doctora Pí: mis extrañas asociaciones

Escrito por: Declarado Demente el 27 Oct 2008 - URL Permanente

Estimada Doctora Pi,

Gracias por el catálogo del Museo de la Galeria de Pintura de Dresden, que me ha hecho llegar con el Dr. Bleuler. No sabía que usted también había participado en el congreso sobre la “Locura en época de crisis”. Me dice el Dr. Bleuler que las ponencias han sido interesantes, y que — Quizás, pronto recibamos algún paciente en intercambio de otras clínicas psiquiátricas.
— ¿Cree Usted que yo podría ir de intercambio a Barcelona? El Dr. Bleuler con su habitual sentido del humor me ha dicho que lo discutirá la próxima vez que el Comité examine mi expediente, pero eso será sólo hasta finales de año.

Entre la lluvia que no cesa desde esta mañana y las pilas de libros que me quedan por indexar y fichar, su catalogo se me aparece como esa dosis extra de Prozac que nunca recibimos. Lo he abierto al azar, siguiendo su recomendación de no intentar leer las enciclopedias de la primera a la última página. He caído sobre una “Magdalena” de Mengs. Bajo la reproducción una cita de Duby:

“Desde finales del siglo XIII, pintores y escultores se afanaron en dar a la Magdalena esa imagen ambigua y turbadora. Sin cesar, incluso los más austeros, incluso Georges de La Tour. Hasta Cézanne”

.

Es un oleo de formato moderado de apenas 48 x 64 cms. Aunque no lo menciona el catalogo, por las costumbres de la época, estará usted de acuerdo conmigo, que debió ser encargada para alguna capilla privada. Le cito este detalle ya que como decía Panofsky “los errores de percepción más grandes en la historia del arte se han cometido por estudiar las obras en las Historias de Arte”. Además, siguiendo sus instrucciones he tomado nota de toda asociación libre que me despierte esta imagen, y a continuación se las transcribo.

"Así en el cielo como en la tierra..."

Me intriga esa mujer semi desnuda que aparece en la reproducción. Según la Enciclopedia Biblica de la Trecanni, Magdalena es mencionada en dieciocho ocasiones, lo cual hace de ella la mujer más visible de Los Evangelios. Ese cuerpo alabastrino y su furiosa melena son su escudo y su estandarte: “María, llamada la Magdalena, de la que habían salido siete demonios”, como dice Lucas. No conoce otra manera de mostrar su devoción que utilizando su cuerpo, “Colocándose por detrás, llorosa, empezó a regarle los pies con sus lagrimas y luego secarlos con sus cabellos, a cubrirlos de besos, a ungirlos con un perfume que llevaba”. Marco y Mateo transmiten la escena de similar manera: “con un frasco de alabastro, conteniendo un nardo preciosísimo; rompiendo el frasco, le derramó el perfume sobre la cabeza”

A mi parece decirme, soy Magdalena, acá en mi refugio de Saint Baume, sigo leyendo sus palabras, en esta áspera cueva donde he hallado recojo y consuelo. Ha sido un largo viaje desde Judea, he sido acompañada por Maximo, uno de los 73 apóstoles. Nadie sabe aún de mi precaria existencia y vivo recóndita y abocada a la lectura de sus palabras. A veces caigo en ensueños, y cuando cierro los ojos me sigue el recuerdo de esa voz suave y decidida que sabía encender mis sentidos “ábreme, hermana, amiga mía, mi paloma, quitame con tus besos el frío del relente de la noche” me decía, y yo que me había entregado venalmente a miles de hombres, sólo con él aprendí el placer de consagrarme por amor.

Oh, mi amado, cómo sabían sus besos hacer destilar esa mirra encendida desde mis más recónditas entrañas, la sabiduría de sus dedos dulcemente me liberaban del desasosiego y mi cuerpo se desleía lentamente sobre el suyo noche a noche. Y me sonreía complacido, cuando yo extenuada en mi dulce martirio me sofocaba y no podía ascender más y descabalgando de mi placer, oh amor, descubría los más dulces sabores de miel y leche que sólo su cuerpo sabía prodigarme: con él aprendí la dulce comunión de los cuerpos.

Podrá llegar la muerte, mas yo la espero gozosa porque nada cambiará nuestros encuentros. Noche a noche, en esta roca, mi amado me visita, y en la grave oscuridad, cuando el silencio a lo lejos es acompasado por el zureo de las palomas, mi cuerpo se eleva nuevamente y me convierto en estuche adamascado para su espada flamígera y liberadora.

Estimada Montserrat, espero que sepa usted ayudarme a entender estas imágenes ciertamente inquietantes que esta pintura piadosa despierta en mi.

Atentamente,

Paciente XXXXX
(a) Declarado Demente

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25 Oct 2008

Cómo matar por amor

Escrito por: Declarado Demente el 25 Oct 2008 - URL Permanente

“Todo está consumado” pensó; y sin embargo, atenta a las lecciones de estilo y retórica de la madre Bernarda, escribió en la carta a su padre “Ya nada importa”. No podía concentrarse y le temblaban un poco las manos. La algazara callejera subía hasta la ventana de su habitación. A pesar de las largas horas de viaje, sabía que no podría dormir pero apoyó la cabeza entre sus manos y entrecerrando los ojos sonrió.
Quizás debido a la muerte prematura de su madre, desde su niñez sintió que su destino se hallaba entrañablemente unido al de las heroínas trágicas de esas piezas de teatro escritas por su bisabuelo Corneille —aunque ella nunca las viera representadas. En el colegio de monjas de Caen había aprendido de memoria pasajes enteros de “Las Vidas paralelas” de Plutarco. Niña aún, había adivinado los sufrimientos del amor leyendo las poesías inflamadas de Racine y había intuido las paradojas de la justicia recitando los fogosos parlamentos del teatro de Voltaire. Conoció los sentimientos, pero nunca conocería el amor: Henri de Belzunce, sobrino de la abadesa y directora de la escuela de Caen, con los años, había dejado de ser el compañero de juegos de su niñez para convertirse en el amoroso amigo que le enviaba misivas con olor a lirios. Al llegar al pueblo las noticias de la toma de la Bastille, habían bailado y celebrado enlazados. Esa noche bajo los fuegos de artificio, ebrios de libertad, igualdad y fraternidad, Carlota le había concedido un primer y largo beso y había sentido las manos inexpertas de Henri revolotear sobre su blusa de muselina y ella acalorada había reído fuerte y lo había tomado de la mano y habían corrido hacia la plaza mayor de Caen.

Al sueño de la revolución había seguido una pesadilla de terror. Cientos de amigos y conocidos Girondinos habían terminado descabezados por la sangrienta maquina que fue instalada en la plaza principal, en la misma tarima donde poco tiempo atrás la banda del pueblo tocaba las noches de retreta. Otros habían sido transportados en grilletes a las mazmorras de París y nunca más se había sabido de ellos. Una noche bastó para que Henri y todos los soldados de su guarnición fueran devorados por una turba sedienta de sangre. Había aprendido dolorosamente que cualquiera podía ser declarado enemigo de la revolución, bastaba que su nombre fuera mencionado en las listas que se publicaban en todo el país. Los gacetilleros azuzaban las masas analfabetas que se agolpaban en las esquinas y los bares a escuchar las noticias. Para conjurar el peligro de perderse él y toda su familia, su padre compraba sólo la prensa revolucionaria. Carlota leía las páginas como un necrológico y sin esfuerzo alguno, aprendió a reconocer los nombres que firmaban los infamantes artículos: Dantón, Robespierre, Marat.

Al abrir los ojos, vio que la luz iluminaba el lecho de la habitación y supo que habían pasado varías horas. Tomo nuevamente la pluma y esta vez escribió una misiva para él:


"13 de Julio de 1793,
Marie Anne Charlotte Corday, al ciudadano Marat,
Basta que yo sea infeliz para saberme acreedora de su protección”.

Al lado de los papeles estaba el cuchillo de destazar que había comprado esta mañana en el Palais Egalité. Lo escondió entre sus ropas como si fuera una obscenidad y salió a la calle. Subió al carruaje que la estaba esperando. No sabía bien como lo haría, pero llegaría a él, lo haría por Henri y, por los miles de Girondinos que aún no habían muerto y que él quería ver desaparecer de la faz de la tierra.

—El editor no recibe. Está enfermo. Respondió Catherine Evrard, la hermana de la amante de Marat. Una mirada fría y recelosa la recorrió de hito en hito.
—Por favor, entréguele esta nota y dígale que tengo nombres. Casi le tembló la voz.
—Un momento. La mujer de manos resecas y sucias desapareció detrás de la puerta.
Unos instantes después, la puerta se abrió, y la misma voz dijo —Pase, pero sea breve. Está muy enfermo.

Era cierto —pensó al verlo—, la sífilis le carcome el cuerpo y ya no soporta las ropas. La sala de baño olía a vinagre y él tenía la cabeza vendada con unos fomentos de mostaza. Carlota sintió asco y pena.
—Dígame, mi bella. Dijo, con voz meliflua a la vez que le tendía una mano escamosa y reseca. —Dígame los nombres, y yo los mandaré a la guillotina en unos días.
Durante el juicio, no sabría en qué momento, ni cómo, pero de pronto el cuchillo de destazar cerdos estaba en su mano y en vez de tenderle el papel con los nombres que el asesino esperaba, Charlotte Corday lo estaba hundiendo en el pecho esmirriado de Marat.

22 Oct 2008

La mujer se vence con paciencia

Escrito por: Declarado Demente el 22 Oct 2008 - URL Permanente


Esta mañana, Ralf —nuestro insano y emasculado Banquero— pasó por la biblioteca. Como siempre, se trataba de una visita interesada pues traía bajo el brazo una lujosa funda roja, que por su forma adivine enseguida debía ser una de sus última adquisiciones bibliofilas.

Para evitarle los rodeos de obligación, le dije —Muéstrame tu última adquisición.

Me hizo señas de que no hablara tan alto y empujándome a la mesa más lejana de la puerta de la biblioteca me mostró el libro, como si fuera el botín de un golpe. En efecto, se trataba de un ejemplar de un Libro de Emblemas de comienzos del Siglo XVII. —¿Es del Banco? Le digo en broma. —No. Es mío, pero necesito que me ayudes a entender algunas cosas. Me responde.

El ejemplar está bien conservado y el papel en que fue impreso todavía está confeccionado a base de restos de algodón y lino: de ahí su calidad y longevidad. Ha sido impreso en Amsterdam y los burilados de época parecen haber sido hechos en cobre. Por una inscripción manuscrita en italiano de la primera página, se deduce que el libro fue comprado en Florencia en 1634.

A pesar de no ser muy valioso en términos bibliofilos, el libro tiene un diseño interesante y muy moderno. Está ilustrado en todas las páginas impares, contiene textos muy cortos, y ya en la época no debían suponer ningún problema de derechos de autor, pues se trataba de citas de Séneca, Diogenes Laercio y otros poetas clásicos. Pero quizá lo más moderno del libro es que se trata de una edición multilingüe: latín, español, italiano, francés y alemán u holandés. SIn embargo, no se trata de traducciones, cada texto es una versión distinta que conserva una unidad temática, se trata de poesías de más o menos calidad que el Editor seguramente compraba por líneas a algún escribidor.

Pasamos la mañana ojeando el libro y tratando de entender algunos de sus textos. Muchos de sus grabados son temas clásicos también tratados por los pintores del renacimiento. Decidimos que el más interesante es uno de Socrates y Ralf le hace sendas fotografías para publicar su anuncio en Ebay.

En el grabado Xantipa le echa agua sucia a Socrates quien armado de paciencia le responde “No dudaba que después de los truenos llegara la lluvia”

Y esta es la poesía que acompaña el grabado (he modernizado el español)

Sino tiene remedio
De una mujer, que es propia, la braveza
Con uno y otro medio,
Considere el casado que es grandeza,
Y sufrido el viaje.
Pues con el diablo se metió en pasaje:

Socrates pudo solo,
Darle el mayor ejemplo de sufrido,
Que habra de Polo a Polo,
Que en su Xantipa brava hoy ha vencido
Del agua la insolencia,
Pues la mujer se vence con paciencia

Muchos siglos después de que Socrates y Platón hubieron muerto, Diogenes Laercio lanzó el chisme de que la esposa de Socrates, Xantipa, era una cascarrabias y que había atormentado a Socrates buena parte de su vida. Pues el libro de Otto van Veen retoma la leyenda y hace inventar un grabado, que tendrá mucha fortuna. El tema y sus variaciones circuló en muchos libros de este estilo y fue retomado luego por pintores de la época como el holandés Reyer van Blommendael.

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La Biblioteca del Manicomio

Por suerte o por desgracia veo el mundo desde una atalaya algo particular, un manicomio. Que nadie troque en tragedia o queja estas notas escritas desde los bajos fondos de la vida.

Oficialmente soy un loco más de esta casa, pero al mismo tiempo soy bibliotecario de ella en mis ¿horas de cordura?; no sé por cuanto tiempo pueda serlo, pero disfruto el tiempo que me quede.

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Epigrafes

Demencia (Del lat. dementĭa).
1. f. Locura, trastorno de la razón.

2. f. Med. y Psicol. Deterioro progresivo e irreversible de las facultades mentales que causa graves trastornos de conducta.

Real Academia Española ©

“En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”.

Quijote, Capitulo I

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