04 Nov 2008
El infierno del manicomio y mi tía Baltasara
Es un monstruo enorme de cedro u alguna otra madera preciosa y seguramente prohibida. Tiene puertas a modo de celosías y está recargado de volutas rococó y taraceas por doquier. Me hace recordar uno parejamente espantoso, propiedad de una tía solterona y que ella amorosamente llamaba “mi bargueño”. Los veíamos una vez al año —a la tía y al malhadado mueble—, fecha especial y lúgubre en que la tía Baltasara nos invitaba a una cena invariable a base de canapés de pollo correoso y cidra acida. Solían asistir sólo mis padres y la abuela, pero mi madre obligaba a asistir a aquel de nosotros que hubiera suspendido algún curso en el colegio. A los niños nunca nos daba regalos y nos amenazaba con dejarnos como herencia la monstruosa alacena. Al morir Baltasara, en una especie de entierro clandestino, allá entre los olivares de Boadilla del Monte, a las afueras de Madrid, su hermano trato de enterrarla en él.
El director de nuestro Centro de Rehabilitación de la Salud Mental —como ahora llama Maynard a nuestro Manicomio—, guarda en el suyo botellas de whisky centenarias y una colección de habanos a un lado. En el otro un centenar de libros que constituyen nuestro Infierno. Toda biblioteca que se respete tiene su Infierno. Ese lugar que alberga los libros destinados a ser leídos tan sólo por uno cuantos elegidos, los censores, y cuyo acceso es negado a los lectores comunes. Maynard me explica que esos métodos están completamente anticuados y que el ha decidido devolver los libros a la biblioteca, y por eso me pide que les de prioridad en la indexación y fichaje y que me ayude Fritz a llevármelos lo más pronto posible. La asistente de Maynard, una arpia que sin consultar jamás la agenda siempre me niega las citas, le hace recordar a su jefe que libros tan valiosos no deben abandonarse al albedrío de los pacientes sin control alguno. Maynard asiente de mala gana y me pide que trabaje en su estudio por las mañanas, de manera tal que cada día yo pueda dar de alta algunos libros en el nuevo sistema. Visiblemente contrariado por no poder utilizar el arcón para guardar la nueva provisión de malteados escoceses que veo en la esquina de su habitación, me dice al irse: —Trate de terminar lo más pronto posible.
La arpía y yo nos quedamos frente y frente. —Nadie más que yo entra a su estudio a solas. Me dice con un dejo de orgullo.
—Yo no puedo trabajar si alguien me mira: sufro da ansiedad. Le miento, pues en realidad soy un exhibicionista y me encantaría trabajar en una de esas peceras rodeado de cientos de personas.
—Tiene una hora. Me espeta al tiempo que bloquea el teléfono de Maynard con un código y se asegura que las gavetas del escritorio estén bien cerradas.
— Ante esa caverna de caoba llena de libros, siento que se me acelera la respiración. No los toco, inclino la cabeza veinte, treinta cinco grados hasta que puedo leer con claridad algunos títulos: es verdad que la miopía no me ayuda.
Una cierta decepción se apodera de mi cuando veo que varios de estos libros están acá simplemente porque son ediciones de lujo y no porque esté prohibida su lectura: una edición inglesa en cuarto y a todo color de “El desnudo” de Keneth Clark —vergüenza para Alianza Editorial, pienso—, una primera edición de Master y Johnson de “Human sexual response”, una edición autografiada por el propio Foucault de “La historia de la locura en la época clásica”. Una edición numerada de “Historia de O” de Pauline Réage, varios libros de Helmut Newton.
Trato de encontrar algo realmente prohibido, algún libro que hubiera valido la pena robar o esconder de sus lectores: quizá la edición de la Pleiade de Sade en tres volúmenes. La anoto en la lista para poder llevármela de ahí. Finalmente hago unos descubrimientos algo escabrosos, “Las once mil vergas o los amores de un Hospodar” de Apollinaire, publicado en 1907 como novela pornográfica. Una edición de “Nana” con grabados de Bellenger, una edición increíble de “Madame Edwarda” de Bataille, publicada bajo el seudónimo de Pierre Angélique.
No me he dado cuenta y la hora ha pasado. La arpía ha vuelto y sus ojillos de vieja tratando de enhebrar una aguja me miran con un rencor inexplicable. —Ya he terminado. Le digo, mientras le doy la lista. Ella cuenta los libros y coteja los títulos con la lista que le tiendo. Yo me alejo con la satisfacción de un timador que ha dado un buen golpe y me retiro a mi cubículo con mi pequeña pila de libros bajo el brazo. Sonrío y pienso en el texto que voy a escribir, y me digo: "Continuará, seguro que continuará."
Un bibliotecario especial
La Biblioteca del Manicomio
Declarado DementePor suerte o por desgracia veo el mundo desde una atalaya algo particular, un manicomio. Que nadie troque en tragedia o queja estas notas escritas desde los bajos fondos de la vida.
Oficialmente soy un loco más de esta casa, pero al mismo tiempo soy bibliotecario de ella en mis ¿horas de cordura?; no sé por cuanto tiempo pueda serlo, pero disfruto el tiempo que me quede.
Epigrafes
Demencia (Del lat. dementĭa).
1. f. Locura, trastorno de la razón.
2. f. Med. y Psicol. Deterioro progresivo e irreversible de las facultades mentales que causa graves trastornos de conducta.
Real Academia Española ©
“En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”.
Quijote, Capitulo I
Para venir a lo que no eres
has de ir por donde no eres.
San Juan de la Cruz
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COMENTARIOS
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14 comentarios · Escribe aquí tu comentario
conciertoarte dijo
Muy bueno, demente... ¡estás loco!...
kavafic dijo
Pensé: "qué cabrón mi hermano DD, en nada de tiempo dos relatos que yo tardaría meses en planificar". Y luego pensé, sin más, "qué cabrón", pero pensando en mí por leerle, cabrón afortunado.
Te quiero, hermano. Un abrazo. Como estoy totalmente borracho te digo que me gusta tu Maynard y que tendría un rollito con tu tía. Qué biblioteca os tangan, seguro que ellos hacen buen uso de ella.
Jesús Ortega dijo
Magnífico, magnífico, DD.
Me hubiera gustado ver entre esos libros prohibidos "Los borbones en pelota", esa colección de caricaturas satíricas de los hermanos Bécquer (Gustavo Adolfo y Valeriano) sobre los rijosos y lascivos borbones españoles...
Un abrazo
Jesús
NuriaNómada dijo
Querido Demente, Sade y los otros ya no son peligrosos. Por cierto, conozco el libro de los Borbones que nombra Jesús.
Me gustaría bajar al Infierno de esa biblioteca, a esa caverna de caoba y dejar que el tiempo pasase, sin sentirlo...Pero ya tengo mi propia caverna. A Maynard le encantaría.
Una ET en Euskadi dijo
Fijate si encontrás "Letizia y el sexo" de Alvarez Rabo, ese si robalo y si fuera posible mandamelo por correo...es que la crisis me tiene mu perjudica'
¡Qué borrica la asistenta esa!. Esta un poco loca ¿No?
Salu2 primerizos
elefanteblancoster dijo
Me has dejado arrobado con el infierno de la biblioteca, el bargueño-ataud de tu tía Baltasara y esa "continuación segura" que tanto promete.
Gracias y un abrazo.
Daemonicus Imprimatur dijo
Qué preciados tesoros encontraste en la Biblio, canalla!!!
Ya me pasarás los más pornográficos un día de éstos, que necesito nuevas lecturas, ya que la serie de Hannibal Lecter, American Psycho, y los de Dexter les tengo amarillos de tanto reelerles y descargarme.
crguarddon dijo
El infierno de algunos es el paraíso de otros.
Continúa por favor.
Un abrazo DD
isaperezdelpulgar dijo
No sé porqué cuando he leído la descripción del bargeño de estilo "mortuorio" con libros en su interior, he recordado la película de Hitchcock "La soga". Un tipo de mueble de similares caracteristicas, aunque de nula decoración, es utilizado para guardar el cadaver después de haberlo vaciado. Y para dar una retorcida vuelta de turca utilizan la cuerda, empleada en el crimen, para atar un grupo de libros entregados al padre del asesinado.
Que tiempo de deleite podría uno pasar en ese "infierno " de biblioteca...........
Cuidese la miopia.
Un cordial saludo de su amiga...
Isabel
Andrea Durlacher Gorin dijo
la palabra celosía parece signifcar otra cosa.
Zahira Rosales Cala dijo
continúa por favor!
este lo he bebido de un sorbo!
LICO dijo
Paso por aquí y siempre espero la continuación...
“Llegó mi hora triunfal.
Ya puedo, como un loco bufón,
juguetear con dulces fantasías
y, libre, vencer con mi risa
otras peores locuras”
Saludos
Pedro Escudero dijo
Jajajaja Si que escondía grandes tesoros el director ese, sí. Seguro que tu los sabes apreciar mucho mejor, donde va dar. De todas maneras, y no es porque yo los haya leido, alguno de esos libros dan autentico repelús.
Un saludo,
Pedro.
Ps: Creo que el título es "Las once mil vergas" y en verdad que es escabroso (y no es porque yo lo haya leido, claro)
Uve dijo
Desde ya me cae mal la harpía esa... que manera de controlar el tiempo... y que seca xD
Saludos!
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