04 Ene 2009
Mi resolución de comienzo de año
No uso hacer resoluciones de año nuevo, pero si debiera comenzar ahora, mi primera resolución para este año sería leer todos los días una página de las “Meditaciones” de Marco Aurelio.
Muchos estudiosos consideran que en su espíritu e ideas, las Meditaciones no son originales, pues derivan de la escuela filosófica denominada Estoicismo, sin embargo, son el testimonio lucido de las metas y resoluciones que un estadista, —nada menos que el Emperador de Roma—, un ciudadano y un hombre profundamente consciente de sus limitaciones y de las de sus congéneres se fijó como rumbo para su vida. Los escribió en griego, —como “Notas para mi mismo”— en su tienda de campaña, mientras viajaba y guerreaba tratando de reparar un imperio que había comenzado a desmoronarse. Consciente de la vanidad y futilidad del poder, sabedor que no era degollando a los bárbaros germanos que se debería conseguir el honor y la posteridad, escribe “Alejandro de Macedonia y su mulero, una vez muertos, se convirtieron en lo mismo. O bien regresaron a las mismas razones del Universo, o se dispersaron de igual manera en los átomos”
He copiado, impreso con letras muy grandes y colgado sobre mi mesa la primera nota del Libro II:
“Al amanecer, dite a ti mismo: me voy a tropezar con un indiscreto, un desagradecido, un insolente, un envidioso, un insociable. Todo esto les sucede por su ignorancia del bien y del mal. […] no puedo sufrir daño por obra de ninguno de ellos, pues ninguno me cubrirá de vergüenza; y no puedo enfadarme con un pariente ni odiarlo, porque hemos nacido para una tarea común, como los pies, como las manos, como los parpados, como las hileras de dientes superiores e inferiores. De modo que obrar unos contra los otros va contra la naturaleza y es obrar negativamente enojarse y volverse de espaldas”
Otro pensamiento muy apropiado par mi incapacidad de concentrarme: “¿Te descentran los accidentes exteriores? Proporcionate tiempo libre para aprender algo bueno y cesar de andar de la ceca a la meca. Todavía tienes que guardarte también de otra distracción, pues deliran también los que se cansan de la vida a fuerza de actividad, sin tener una meta adonde dirigir todo su impulso y, en una palabra, su imaginación.”
¿Tiene alguien resoluciones que va dejando para mañana y el tiempo pasa y no sabe como comenzarlas? Marco Aurelio nos dice claramente que debemos vivir “como si ya te fuese posible marcharte de la vida, así es preciso que hagas, digas y pienses cada cosa” después de todo como decía su maestro Epicteto “somos un alma que sostiene un cadáver”
Me he preguntado si las Meditaciones son el producto de la resignación o la desesperación de quien sabía que su mujer lo engañaba abiertamente y que tenía preferencias abyectas para escoger sus amantes entre esclavos y gladiadores, y que Comodus, su supuesto hijo y heredero, no era más que un pusilánime y bueno para nada salvo para las orgías y los vicios sádicos y rijosos —en realidad no era hijo de Marco Aurelio, sino como toda Roma lo murmuraba era el producto de una noche de orgías, de su abyecta esposa con unos gladiadores cubiertos de sangre después de las luchas—. Pero el Verisimus, como Adriano lo llamaba por su legendaria honestidad, que hubiera podido con una simple orden eliminar a su infiel esposa y al hijo bastardo, decidió perdonar las afrentas y no dejarse manchar por la ignominia de la propia venganza.
Rufus Fears, amigo de Martín Bleuler, y gran clasicista y profesor en varias universidades en Estados Unidos, comentaba en la cena de fin de año que, precisamente entre el pensar y actuar está la diferencia entre un político y un intelectual, y que Julio Cesar o Trajano nunca hubieran escrito las Meditaciones, porque ellos estaban ocupados realmente en manejar el imperio y no en discernir si dar la orden de eliminar a algún enemigo del imperio era moral o inmoral.
Su comentario me apenó mucho, pero no quise contradecirlo, especialmente porque me habían invitado tan sólo por llenar un espacio en la mesa, y para mi entre todos los héroes romanos de los que se habló esa noche quedará Marco Aurelio como mi favorito, precisamente por su temple moral, por su obsesión por la verdad, la honradez y la rectitud de espíritu. Lo que está sucediendo ahora en el mundo es la obra de los condottieri: de aquellos que creen que la “acción” es lo único que cuenta, especialmente cuando está asociada al enriquecimiento fácil y de procedencia dudosa.
Les deseo un feliz comienzo de año.
21 Dic 2008
Carta de Montserrat Pi: ¿qué significa enamorarse?
Estimado XXXXX XXXXX,
En esta época de Navidad he querido hacer de nuestra sesión semanal de análisis algo especial, por ello le envío este pequeño extracto de una de mis operas favoritas, y le cuento en pobres palabras las ideas y asociaciones que me provoca. Espero que estas líneas lo muevan a reflexionar y a compartir conmigo y, especialmente, con usted mismo sus experiencias sobre el amor.
Fogoso aprendiz de poeta, Alfredo Germont es joven e ingenuo. Desde hace un tiempo frecuenta la sociedad parisina, cínica, salaz e hipócrita. En este mundo de satines y oropeles encuentra a Violeta Valery, bella de la noche y efimera reina de este mundo nocturno, Magdalena decimononica sin esperanza de encontrar a su redentor. Y sin embargo, como un milagro de Navidad, lo imposible sucede.
Sucede de manera súbita y violenta, como a Alfredo en La Traviata “un día feliz me apareciste”. El amor: un esplendor, un fulgor enceguecedor. Milagro, don del cielo, encantamiento, obsequio suntuoso e inesperado, encandilamiento. Sólo los artistas y quizá los amantes, presas del divino furor, logran decir de él algo que valga la pena. Porque es una gloria tan exaltante como un encuentro inesperado, como un azar favorable, como la inmensa felicidad de recobrar algo que se ha perdido: un dracma, un niño (Evangelio de San Lucas, 15: 3-32), la salud, el “tiempo perdido” de Proust, y al mismo tiempo se es consciente que es un hecho nimio e insignificante: “La mayor felicidad que pueda dar el amor, es estrechar la mano por primera vez a la mujer que se ama” (Stendhal, “Del amor”). Es tan subitaneo el placer y la iluminación que quedamos sin aliento, agotados, radiantes. “Todos los días se elevan claros y serenos para ellos” dice Racine, en su Fedra.
En francés, se suele hablar de “coup de foudre”: resplandor vivísimo e instantáneo producido en las nubes por una descarga eléctrica, pero también repentino fuego o resplandor. Se alude aquí a su cualidad subitanea. En efecto, ocurre de manera imprevista, como cuando dicen las abuelas y las tías solteronas de modo figurado “matrimonio y mortaja del cielo baja”; está ahí, acechando, silencioso, y de repente, el golpe que congela, que quita el aliento. Choque electrizante, violento pasmoso, y luego antes que la feliz víctima se pueda recuperar, el fulgor, encanto, y después por un tiempo más o menos largo, la ceguera. Irrupción, conmoción: el enamorado está perdido, no sabe lo qué le sucede, finalmente, penosamente, se da cuenta que está herido. Demasiado tarde: la sensación —el dolor de la llaga o felicidad del subitaneo extasis— se asemeja a la herida producida por una afilada hoja que sólo se nota por la sangre que de ella mana y que, más tarde duele, se inflama, se infecta y muchas veces “jamás cicatriza”, como lo proclama el Parsifal de Wagner.
El golpe, la llaga, la desazón, la iluminación, el fuego: imágenes inmemoriales y siempre recurrentes, eternamente nuevas como el mar. El choque provoca reacciones en cascada, llamados sentimientos, deseo, pasión; es el impulso y la tensión del amor y el deseo, ese esfuerzo (conato) que se transparenta por la impaciencia de los ojos, del corazón, del oido, de todo el cuerpo, ese transporte por encima del espacio y el tiempo (ansiosos de apariciones, de cartas, atento al sonido del teléfono, la llegada de un mail, al sonido del SMS entrante en el mobil), esta concentración sobre un solo objeto, esta nostalgia de una Itaca de repente (o, finalmente) descubierta.
Pero ¿de dónde proviene esta atracción hacia un ser que sólo un choque imprevisto hace descubrir como el bien, la patria, el centro de todo? Tocado, equivalente actual de “loco”. El impacto amoroso vuelve a alguien “loco” por alguien. El enamorado, como un loco, está tocado, manifiesta sentimientos inexplicables, de orden irracional o inconsciente, sufre sus emociones como si fueran corporales, y resiste mil martirios (a menudo injustificados), y se descubre victima de un choque, de una herida, recibida no se sabe de dónde o en qué momento, ni por quién ni por qué, y que sin con razón o no, pasa por su origen.
Inexplicable y por ende inefable, sino por los recursos líricos de la poesía: imágenes, figuras de estilo, metáforas, juegos retóricos y asociaciones de la imaginación, para los cuales todo amor que se quiere singular, excepcional, reconocible entre miles como un bella melodía, trata de salir de los lugares comunes, de las formulas buenas para todo y de los clichés que le imponen las costumbres, las leyes y las rutinas sociales. Un amor es absolutamente especial, idiomático como un lenguaje. Nada menos exultante que un “te amo” dulzón o un “te quiero” de tarjeta electrónica, encarnación inconsciente de un modelo convenido. Si es profundo, fuerte y verdadero, el amor inventa su lenguaje, a medida de su singularidad creadora, se hace artista, explora las seducciones infinitas del lenguaje y de sus formas, de los analisis literarios (cartas amorosas, cuentos, novelas, teatro, cine, representaciones en pintura, escultura: ¿qué enamorado no tiene su obra fetiche?, sin olvidar, Becquer, Rousseau, Stendhal, Nietzche, Proust.
Afecto, el amor es un problema vital, de orden sensible, estético y poético, no de conceptos. ¿Por qué los filosofos se meten con él? ¿No es el amor, por esencia, inefable y refractario a la conceptualización? Paradoja: en vez que la filosofía pueda explicar el amor, es él quien la fundamenta. Según Platón, Spinoza, Schopenhauer, Nietzche y Freud, la filosofía no consiste solamente en el ejercicio de la razón teorica procediendo por conceptos, sino que constituye también una cierta forma de expresión del deseo, es decir una cierta manera (perversa o rara) de amar, de “hacer el amor”, aún si habla de él por acercamientos, por negaciones, o trata de ir más allá para llegar a su verdad, a su sentido humano singular o absoluto trascendente —más allá de las ilusiones de las cuales se alimenta.
Proteico, sus formas y variaciones son infinitas: amor-pasión de los amantes (el amor por excelencia), amor filial o parental, amor al arte, el amor por las cosas bellas, amor amistoso o “platonico”, amor hetero o homosexual, amor a Dios, de las mujeres, de los hombres o el amor de Dios, de los niños o animales, el amor de “Saint-Simon por las espinacas” del cual nos cuenta Stendhal. ¿Dónde está la unidad conceptual del amor?
La declaración de amor que Alfredo le hace a Violeta ha terminado, pero nuestra discusión sobre el amor queda abierta. ¿Y usted, querido amigo y paciente, no teme enamorarse, una vez más?
Cordiales Saludos,
Monteserrat Pi.
10 Dic 2008
Remedios la bella, Remedios Varo y las locuras intemporales

Un personaje misterioso sentado en un pupitre escolar dibuja aves, con divertida expresión. Divertida, pues esa sonrisa apenas esbozada en la comisura de los labios la asemeja a una emplumada Mona Lisa. El instrumento de cuerda que lleva colgado del cuello —como antaño las monjas portaban las llaves del convento—, acaso recuerda el arpa becqueriana:
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas
como el pájaro duerme en la rama
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
Polydactila, ella misma es un ave, una lechuza, símbolo de sabiduría, ambivalente personaje Ovidiano de las Metamorfosis, se llamaba Nyctimene y huye de la luz del día y de los hombres por profunda vergüenza de un crimen incestuoso. Parece decirnos este cuadro los ingredientes mismos de la creación: colores, música y conocimiento.
Lo he recibido esta mañana. El mensajero de DHL, impulsado tal vez por morbosa curiosidad, insistió en que se trataba de una entrega personal y que debía recabar la firma del receptor del envío personalmente. Llegó hasta la biblioteca acompañado por Fritz y al verme sin la esperada camisa de fuerza o babeando como un energúmeno, casi no podía ocultar su decepción. A través del plástico con burbujas de aire que lo protegía, lo he reconocido en seguida, y mi emoción ha sido la misma de aquella mañana luminosa en que lo contemplé por primera vez en la Sala Carlos Pellicer, del Museo de Arte Moderno del D.F.
Podría ser la celda de una cartuja —o, tal vez, irónicamente— la eburnea torre en la que los artistas se encierran o —ay, a veces—, son encerrados. Pero la misteriosa artista, en pacifica concentración, entregada a su taumaturgico disfrute, dibuja aves, que cobran vida, merced la estelar luz que entra por una de las ventana y que mágicamente parece ser convocada por el triangulo de cristal que ella sostiene en la mano izquierda. El espectador o testigo de este pasmoso espectáculo percibe la destreza y agilidad de la mano creadora, porque apenas si remonta el vuelo uno de ellos, otro está ya cobrando vida aún cuando no se le haya terminado de colorear la cola. Un tercero no ha tenido tiempo aún de abandonar su nido de creación y otro más no se decide a marchar y picotea algún mendrugo en el suelo del taller.
Sin refrenar su admirada curiosidad, y quizás envalentonado por la concentración de la artista en su propio arrebato creativo, el espectador se invita al singular taller y constata las especiales maquinas y atrezos de esta nocturna operaria: a su diestra una suerte de retorta, conformada por dos ovos —aunque visto y considerado el resultado final de la artistica producción podrían también ser dos mágicos huevos— unidos por una valvula y sostenida en gracioso equilibrio por un trípode.
La retorta es alimentada por una larga y sinuosa pipeta que se conecta con el exterior y que aporta maravillosa materia primera, ya que por prodigiosa alquimia vemos que de ella se destilan los colores básicos y primigenios de la pintura: rojo, azul y amarillo, los cuales según los teóricos cromáticos del siglo XVIII —entre ellos Goethe—, podían por sustracción engendrar todos los colores del arco iris. Aunque una mirada más lega y menos jactanciosa nos incline a pensar en la sangre, el agua y el oro, como los elementos básicos que los alquimistas medievales utilizaban en su búsqueda por la piedra filosofal. Una mezcladora a manivela permanece abandonada al fondo de la habitación, quizá mostrando una fase superada del proceso creativo. En el angulo dos prodigiosas botijas intercambian liquidos de manera autónoma.
Llevados por un ingenuo optimismo, habíamos pretendido caminar por la avenida más larga del mundo, desde Coyoacan hasta el casco antiguo y después de apenas un par de horas debimos abandonar ahogados por la altura y el tufo inclemente de los coches. Y sin embargo, nuestro agotamiento se disipó por encanto al ingresar al museo, y contemplar sus cuadros.
Conversando sobre las pinturas de Hieronimus Bosch le hablé de ella a la doctora Montserrat Pí, mi psicoanalista. Ella sólo la conocía de oidas y se emocionó mucho cuando en una de nuestras sesiones le dije que Remedios Varo era casi su paisana, pues había nacido en Anglès, cerca de Gerona, y quedó encantada con la anécdota según la cual, García Márquez le puso su nombre al personaje más misterioso de Cien años de soledad, después de conocer sus pinturas, allá en México, ciudad donde ambos habían coincidido sin saberlo y donde Remedios había muerto cinco años antes de que García Marquez terminara su novela.
Ahora recibo una de esas maravillosas y carísimas reproducciones que el Museo de Arte Moderno de México vende con certificado de copia artística. Reconozco la fina caligrafía de la Montserrat, de trazos inseguros debido a la ceguera: “La creación es una manera de sacarse los pájaros de la cabeza”, me escribe con una cierta ironía y al final me pone un emoticón de “guiñar el ojo”. Me gusta tocar la madera —masonita, se llama según la breve descripción que acompaña la reproducción— sobre la que está pintada “Creación de las aves”. No es muy grande, sólo 56x62 cm. Es tiempo de remover el cartel que hace publicidad al museo de arte de Basilea, —Pienso, mientras mentalmente calculo el espacio disponible en la única pared libre de la biblioteca.
No tengo a mano ningún libro sobre Remedios Varo o Leonora Carrington —amigas intimas y nombres que se pronuncian inseparables como Picasso y Bracque, como Verlaine y Rimbaud—, pero me prometo leer sobre ella, sobre ese furor atemporal de crear un mundo similar al del Bosco más de mil años después. Entender las palabras de Octavio Paz, sobre ella: Un verdadero artista no es un ser ejemplar: es un ser fiel a sus visiones..
07 Dic 2008
Mi regalo de San Nicolás
Fue un día de San Nicolás lluvioso y frío. Varios pacientes recibieron consolas de vídeo juegos y sudokus electrónicos por parte de familiares y amigos, otros recibieron suntuosos paquetes de chocolates trufados. En general, había un ambiente festivo en el manicomio, y el Director Maynard permitió que se apagaran las luces una hora más tarde.
Yo también recibí un regalo: me llegó por correo. Y aunque no me fue enviado por el anciano calvo de Patara, igualmente me ha dado mucho placer: se trata de un ejemplar del El clavo en la pared de nuestro conocido amigo Jesús Ortega.
Y como se suele hacer con los juguetes que recibimos por reyes o navidad, yo gustosamente quiero compartir mi regalo con vosotros, a través de las notas que fui haciendo al hilo de la lectura.
La vida colgada de un clavo


Tiene algo menos que cien páginas, y se lee como se ve una buena película, sin sentirlo. Quizá una de Robert Altmann, para completar la comparación. Y quizá —para más pelos y señales— una de sus mejores producciones: “Short Cuts”, basada en el homónimo libro de Raymond Carver.
Y es que El clavo en la pared también está compuesto de diez historias, no como en la película, que no llegan a siete, sino como en el famoso libro de cuentos de Carver. Empero las historias del “Clavo en la pared” no están entrelazadas y los personajes no se saltan de una historia a otra: aunque bien podrían hacerlo. Los diez cuentos de “El clavo en la pared” son historias soberanas y autónomas, y cada uno de ellos deja al lector un rescoldo de sentimientos inolvidables respecto a lo que es la vida, el amor y el fracaso en ciertos momentos claves de nuestra existencia.
En la narración que abre el libro, El Zurdo, nos encontramos en el mundo de la infancia escolar: brutal y despiadada. La vida domestica tampoco es ideal: algo mejor que animales domésticos, los niños son tratados con cuidado, pero sin amor. Como era de uso en las escuelas de muchos paises civilizados hasta mediados de los cincuenta, ser un niño zurdo es considerado un defecto y debe ser corregido, “atandole la mano izquierda, —Por tu propio bien”. Y sin embargo ese “defecto” se convierte en el punto de contacto e identidad entre dos hermanos, y que posibilitará ser solidarios.
Bésame —de lejos mi favorito— es una bella y trágica historia de amor. El lector asiste a ese momento de la vida de todo hombre, en que debe aceptar que ya no es un adolescente. De hecho, la historia es narrada por él: ese personaje anónimo con el que cualquier aprendiz a adulto sabrá identificarse. Y es que ese filisteo, algo gordo y calvo, podría ser cualquiera de los compañeritos de la escuela del barrio de la primera historia, veinte, treinta años después. Su incapacidad de amar se focaliza en un gato sobre el cual va a desencadenar todas sus frustraciones y que lo arrastrará a rencontrar una soledad que nunca había abandonado. La heroína de esta historia es Razia, un personaje con reminiscencias de las Mil y una noches, misteriosa como las arenas rojizas del Eufrates y que inútilmente trata de mostrar lo que es el amor a un niño —encerrado en el cuerpo de un hombre— incapaz de reconocerlo.
El cuento que da título al libro y que es el central, es la historia de un hombre adulto, afincado en una vida gris, sin aristas. Bernardo es vendedor y uno de los mayores logros de su vida es haber vendido un coche diario durante un mes. Es un ente taimado y rencoroso, incapaz de devolver los gestos de afecto que Nieves, su compañera de viaje, le ofrece. En un día de cielo azul ceruleo parte al encuentro de su madre, de su pasado. Y aunque el lector intuye el triste desenlace de la historia, no puede evitar seguir la debacle emocional de Bernardo, quien detrás de esa fachada de triunfador de medio pelo, es un vulgar yonki. Es en este cuento que aparece el clavo en la pared, que delata un cuadro o fotografía ausente, pero que también simboliza esa incapacidad de mostrar sus sentimientos, de abrirse a las relaciones humanas que los personajes de esta historia manifiestan y que son como el hilo rojo que sutilmente recorre las historias de este libro de cuentos.
Si volviéramos al símil con las películas de Altmann, El perdón no es un cuento, es un flashback —una imagen de la vida en el pasado o futuro— de un exiliado que ha fracasado y que ronda bares de mala muerte en Bangkok pidiendo dinero a los turistas. Allí, en ese reino nocturno de crapula y mendicidad bufonesca se cruzará con su padre. Es un choque de miradas y sentimientos culpables que no comunican y que al explotar delante del lector dejan un extraño sentimiento de conmiseración. El título y las palabras finales no develan tanto lo que sucede como lo que pudo haber sido entre esas dos líneas paralelas que desaparecen en la noche.
Incluso, los cuentos fantásticos o menos realistas como son La manzana de Neuman y Gonadotropina revelan de pronto, el primero, un personaje obsesionado, sin sentimientos que tan sólo una fama dudosa recuperará para la historia. Y el segundo, un hombre desamorado, que teme afrontar, no su posible responsabilidad paterna, sino su capacidad de mostrarse solidario con su pareja. Son los cuentos más breves de la serie, una o dos escenas transportados por las pinceladas certeras del narrador, en las cuales sus personajes se revelan de cuerpo entero para el lector.
Los dedos del tiempo es una fascinante historia de amor que deja al lector con la nostalgia y el deseo de verla transformada en el capítulo inicial de una larga novela. Braulio comete delitos de caballero: roba libros y durante una de sus andanzas encuentra una bella ladrona de libros. No hay comunicación humana entre ellos, una cámara silenciosa equidistante los sigue, mientras ellos perpetran sus eruditas fechorías. En ese silencio, sostenido por las miradas y el roce de los dedos hábiles de los ladrones y del juego de los títulos y autores podría surgir la comunicación, una relación humana. Pero ésta se frustra cuando la ladrona de libros es capturada y Braulio, no sólo no hace nada para socorrerla, pero inseguro de su propia capacidad se ensaña en su complice para salir indemne de la situación. El pasado remoto en el que se sitúa el relato acrecienta ese sentimiento de soledad irreparable y arrepentimiento emocional que le queda al personaje.
Sin querer es un título con sibilina ambigüedad, pues el lector queda con la duda de si lo narrado desde la voz del protagonista está sucediendo —o, quizá, ha realmente sucedido— o si se trata de la elucubración de una perversa fantasia. Pero no importa, pues lo que el cuento propone es la posibilidad de adentrarse en la interioridad más profunda de un individuo refractario a la vida social o amorosa.
El título del noveno cuento, La segunda vez, —quizás de manera velada— advierte al lector que visitará nuevamente el mundo infantil del narrador. De manera similar que en “Los dedos del tiempo”, en que los libros son una posibilidad de tender un puente fugaz entre dos seres humanos, acá la escritura de un texto escolar abre las posibilidades de reconocimiento social y comunicación para un niño tímido y apocado, pero esa oportunidad no será aferrada y un desconocido y terrible castigo se cierne sobre él.
La lectora nos transporta al tiempo narrado de “Novecientos” de Bertolucci. Don Victor es una suerte de Quijote decimonónico, que vende tierras y ganado, y se encierra a cal y canto a escribir, como respuesta a una tragedia que el lector sólo intuye de lejos. La hija de la Ermitaña, es la narradora de la historia y a través de sus ojos y de su discurso desordenado el lector es testigo de la debacle de un mundo de excesos aparentemente artísticos pero fútiles e improductivos. Allí también el conocimiento y reconocimiento del amor llega demasiado tarde.
Pero no debe pensar el lector de esta nota que ahora sabe de qué trata El clavo en la pared, pues los diez cuentos escritos por Jesús Ortega son mucho más que las historias que relata. Hay en este puñado de relatos una visión del mundo que existe y se transmite a sus lectores gracias a la artesanía y savoir faire de un narrador que conoce la profesión milenaria de armar y contar historias. Nada menos.
03 Dic 2008
Goethe o la oscuridad del dolor
Son apenas veinte segundos, y sin embargo la impresión en el oyente es de una duración casi insoportable. Es el sonido de un piano: afiebrado, obsesivo, casi infernal. Sin ser ruido, aún no es música —o, la es pero de una naturaleza primitiva—. Tocado en octava, otorga un ambiente ominoso al ataque de la composición: tresillos incesantes y urgentes que imitan un caballo lanzado al galope.
La voz del tenor irrumpe como una liberación, aunque el motivo del caballo a rienda suelta acompañará de manera acuciante toda la canción. Es una balada, sus personajes aparecen lejanos en el tiempo y en el espacio, y sin embargo él nos habla de ellos como si los tuviera delante.
Cuando su analista, el Dr. Gustav Maurer, lo presenta, miro a mi psiquiatra con descreimiento y luego con asombro. Pensé que estaba en la cárcel, que había sido sentenciado a muchos años de prisión.
La balada continua: azotado por el viento, un padre atraviesa la noche a caballo. Lleva un niño, cuya voz angustiada y temerosa nos hará saber que es el hijo de ese hombre que con contenido terror intenta tranquilizarlo y mantenerlo abrigado contra sí. El niño está asustado y esconde su rostro contra el pecho del jinete, „¿Padre, no lo ves?, Es el rey de los Elfos“ le dice. Es el rastro de la niebla, hijo mio.
Una voz impregnada de sospechosa dulzura, le habla al niño:
"¡Dulce niño ven conmigo!
Jugaré maravillosos juegos contigo;
Muchas coloridas flores están en la orilla,
Mi madre tiene muchas prendas doradas."
Él narra su versión de los hechos, ampliamente difundidos por la prensa de la época. El dolor que sintió, la frustración, la rabia que lo llevó a lacerarse los brazos con un trozo de vidrio de botella. Le brillan los ojos, cuando nos cuenta de la decisión que tomó, de como la realidad se ensordeció como las noches en Georgia cuando cae la nieve y el mundo se vuelve silencioso. Del viaje de cuarenta y cinco horas en un camión desde Ossetia hasta Zurich, sin dormir, sin comer, con una sola pregunta en la cabeza: ¿Por qué?
Una y otra vez el padre trata de encontrar una explicación para las aprehensiones de su hijo: es el viento que entre las hojas mustias murmura:
"¿No vienes conmigo buen niño?
Mis hijas te atenderán bien;
Mis hijas hacen su danza nocturna,
Y ellas te arrullaran y bailaran para que duermas."
El miedo del niño crece hasta transformarse en verdadera angustia. Y el padre, tratando de encontrar una explicación "Hijo mío, hijo mío, claro que lo veo: brillan los sauces grises."
La balada ha terminado. Vitali termina de contar su historia, ha aprendido alemán perfectamente en estos años. Konstantin de diez años y Diana, su hermana, fueron seleccionados por sorteo. Uno de los padres podía acompañarlos, claro, preferían a la madre porque así ellas podían ayudar a atender a los niños. De todas maneras, yo no podía, estaba trabajando en la nueva autopista. —Soy ingeniero.
"Te amo; me encanta tu hermosa figura;
Y si no haces caso usare la fuerza."
"¡Padre mío, padre mío, ahora me toca!
¡El Rey de los Elfos me ha herido!"El padre tiembla y cabalga mas aprisa,
Lleva al niño que gime en sus brazos,
Llega a la alquería con dificultad y urgencia;
En sus brazos el niño estaba muerto.
El accidente fue terrible, el Tupolev 154 de Bashkirian Airlines provenía de España; de un campamento de verano. Entre la frontera Suiza y Alemana el avión se encontró de pronto en la misma ruta que un avión cargo de DHL. El controlador de tráfico estaba solo en la torre de control, parece que se había adormentado, le dio la orden de descender, —el sistema anticolisión del avión señalaba que debía ascender—. El piloto ignoró el mensaje de la maquina, siguió la voz de la radio, y setenta personas, sobre todo niños, murieron. Kaloyeb fue el primer familiar en llegar al lugar del accidente en Überlingen, un diminuto pueblo sobre el lago de Constanza. El mismo encontró a su hija bajo un árbol, parecía dormida, con un rasguño en el rostro. Tenía cuatro años.
La misma noche que Vitali Kaloyeb descendió del camión que lo transportó de Berlin a Zurich se dirigió a Kloten, cerca del aeropuerto de Zurich, tocó a la puerta del controlador que había provocado el accidente, y luego de una breve discusión le enterró un cuchillo de cocina de catorce centímetros en el estomago y luego caminó hasta la estación de policía del aeropuerto y se entregó.
Parece que su conducta en prisión ha sido ejemplar y le ha valido una liberación anticipada por buen comportamiento y está siguiendo esta biblioterapia por indicación del juez que ordenó su puesta en libertad y su psiquiatra tratante. Las copias que nos han repartido, donde se explica cómo Herder tradujo el „Rey de los Elfos“ del danes, y como Goethe modificó la historia introduciendo una sola voz y remplazando a las damas del bosque, quedan abandonadas sobre las mesas.
Vitaly ha dejado de hablar y el piano insoportable suena de nuevo.
27 Nov 2008
Creer en Dios y temerle a los payasos
Según la lista de participantes, debe ser de Barcelona. El autor que le ha tocado para su sesión de biblioterapia es “San Juan de la Cruz”, pero presenta su ponencia en un francés impecable. Se sonroja un poco cuando nos cuenta que la traducción al francés es de ella y que ha partido de la traducción de Gaultier de 1620. Traducidos al francés, los versos de San Juan tienen una musicalidad similar a la de los parlamentos de Racine: la misma pasión, la misma voluptuosidad contenida, los mismos intentos de insanas fugas. Ella nos habla de los mágicos 999 versos que componen la obra total del poeta carmelita. Nos habla de sus encarcelamientos y sus fugas en medio de la noche. De cómo su obra fue censurada por su propia congregación y sólo se publicó treinta años después de su muerte. Nos cuenta también de las polémicas sobre ciertos versos de la última estrofa, que aún ahora son objeto de violentas disputas, entre los carmelitas españoles y franceses.
Se llama Andrea L. y debe tener menos de treinta años, sus grandes ojos son de un color verde oscuro e intenso, como las hojas del pino navideño, que de forma completamente extemporánea decora la sala que ocupamos. Cuando habla, sus manos finas parecen dirigir una orquesta invisible: a la derecha los arcos, más allá los vientos, al fondo las percusiones. Y así, poco a poco, Andrea L. nos va deshilvanando su historia personal, mechada con citas de la poesía de San Juan y otras de Sor Juana y de Santa Teresa, también nos habla de Thomas Kempis y Bossuet. Acababa de recibir su doctorado, por la Blanquerna, en Filosofía Clásica, con una tesis de título imponente, Preguntas nuevas sobre Aristoteles y su influencia en La Maquina de Ramón Llull. Fue por ese entonces cuando le sobrevino el cataclismo interno y no pudo dejar de llorar por varios días. Encerrada en su piso del Monistrol de Montserrat, jamás había llorado tanto, no podía comer, sufrió una conjuntivitis, hubo riesgo de deshidratación. —No a causa del llanto o las lagrimas. Sonríe, otra vez con el rostro arrebolado. Sino porque la melancolía me impedía comer o beber. Algo dentro de mí había dejado de funcionar. Sabía que algo se había roto, pero no sabía qué
Su voz es pausada, sus afirmaciones terminan en una ligera forma interrogativa, que mantiene a los que la escuchamos absortos en sus palabras: abandonar la enfermedad mental, la noche —ella la llama así—, significa salir de sí mismos, abandonarse, para a partir de lo más profundo de esa noche y buscar el encuentro con Dios: cauterio para su herida. —Yo también he sufrido, dice. Yo también me he sentido sola y perdida en la mitad de la noche, entre bosques y espesuras, he tratado de buscar esa almunia florida de la que San Juan habla. Sé que tengo mucho camino por recorrer, hasta sentir nuevamente “el aire de la almena”. Le brillan los ojos, cuando habla de ello: mantener ese blog dedicado a la defensa de las mujeres víctimas de la violencia domestica, también le ha ayudado. Sonríe con autoironia cuando nos habla del origen de sus problemas: —Es inverosímil, dice. Se van a reír, nos advierte. Cuando finalmente nos lo dice, nadie entiende de qué se trata.

—Sufro de Coulrofobia.
—No se preocupen, sonríe. Yo también busqué en el Diccionario y la palabra no existe. En Google sin embargo hay unas cien mil entradas entre inglés y castellano. El artículo, en español, de la Wikipedia lo estamos redactando conjuntamente con la doctora Pí de Barcelona, mi analista. No ha podido asistir, porque perdió la coincidencia en París. La coulrofobia es la fobia o miedo irracional a los payasos. Las causas de la coulrofóbia no son claras aunque la mayoría de los pacientes coinciden en que lo que más les aterroriza de los payasos es el maquillaje excesivo, a menudo acompañado de la nariz roja y del color extraño del cabello, y el hecho que ocultan su verdadera identidad.
Durante la pausa de café, evito hablar con Andrea L, aún si quisiera preguntarle sobre la Máquina de pensar de Llull. No creo que salir de la locura, sea como encontrar a Dios, creo que si yo encontrará a Dios o cualquiera de vosotros lo hiciera se volvería realmente loco. Hace unos días aprendí —me lo explicó el Dr. Bleuler— que el Delirium Tremens no es causado por exceso de alcohol, como yo creía, sino por falta de él. Algo así es la locura, cuando nos falta, deliramos.
24 Nov 2008
El "meme" de los libros, su inventor y yo
Fue un personaje singular, comprometido con las causas justas pero que sabiamente eligió el exilio antes que entregarse a luchas facciosas tan comunes en la época en que le tocó vivir. Organizador de luchas de gladiadores, poeta, y —si debiéramos prestar oídos a los cotilleo de la época—, pederasta a sus horas. A contra corriente de los hábitos de la Roma Imperial, en que los ricos huían a sus lujosos cortijos en cuanto podían, era él un urbanitas irredento que jamás abandonó su casona sobre el monte Quirinal, y que prefería el frondoso y salvaje bosque original en vez de jardín. Su único y —mi ver— más admirable lujo fue que jamás se escuchó en su mesa otra voz que la de un lector y como cuenta su biógrafo siempre “se preocupó de ofrecer a sus invitados el placer de la lectura combinado con el de la buena mesa”.
Se llamaba Titus Pomponius, también llamado, el Atico, y si debiéramos atribuirle a alguien la invención de las listas de libros que felizmente ha azolado nuestras bitácoras en los días pasados, sería a él. Quien tenga en su lista de favoritos a Cicerón lo conocerá, pues el “De amicitia” le está dedicado.
Porque Titus Pomponius es considerado el primer editor profesional de la literatura occidental. En su austera propiedad, trabajaba un equipo de copistas y traductores (el mismo era un experto en griego, de ahí su sobrenombre— y además mantenía tertulia en una de las vias principales de Roma. Más que una tienda, era un lugar de encuentro para poetas, intelectuales y patricios desocupados, quienes llegaban a discutir de las últimas novedades literarias y colgaban sus listas de libros favoritos en la puerta de su local. Y estoy seguro que de haber existido Internet en su época habría mantenido un Blog literario.
Si Pomponius Atico fue el inventor de las listas librescas, fue Philo de Bizancio quien en su libro “De las siete maravillas” dio inicio a una de las listas más famosas y cambiantes de la historia y que estoy seguro muchos recuerdan aún haber tenido que memorizar en la escuela. Hacer listas parece ser inherente a nuestra cultura, la razón más obvia es el mecanismo mnenmónico de la lista.
Las listas literarias están seguramente ligadas con los catálogos, y las bibliotecas públicas. Fue durante el renacimiento temprano que Petrarca, poeta y bibliófilo (editor de las cartas de Cicerón a Pomponio), quiso legar su biblioteca a la ciudad de Venecia, pero por desgracia a su muerte sus libros se desperdigaron, llegando hasta nosotros sólo las listas de sus libros.
Otra famosa lista libresca de la cual forzosamente tengo que acordarme, es la del donoso escrutinio de la biblioteca del Quijote que hiciero el cura y el barbero. Escena visionaria llena de emoción y tragedia en la historia universal del libro.
La lista literaria más discutida y que mayor revuelo causó en todas las universidades del mundo fue la publicada por el pretencioso Harold Bloom en su libro El canon occidental hace unos quince años. La lista inicial de Harold Bloom era de veintiséis escritores —a quienes él consideraba la esencia de nuestra cultura occidental—, y las malas lenguas cuentan que sus editores le ofrecieron un millón de dolares si expandía la lista. Menos controvertida, y más humilde en sus pretensiones, la Biblioteca Personal de Borges, compuesta por cien títulos que habla de los libros, los cuales "le proporcionaron dicha y que le gustaría compartir" con sus lectores.
No he podido sustraerme a la emoción y osadía de perpetrar una lista de lecturas y también ante la amable invitación de varios de vosotros. He leído la mayoria de las listas publicadas, con admiración, sorpresa y en algunos casos con emocionada gratitud. La mía es una más que ofrezco con humildad y amistad a Isabel Perez del Pulgar, Nuria Millet, Karmen y Blas Martinez quienes en los días pasados amablemente me han invitado a jugar.
Hacer esta lista, ha sido una especie de introspección, un intento, seguramente vano, de entender un poco porque soy como soy. Mi criterio no podía ser que cronológico, pues mis primeros libros fueron los que más me han marcado. Algunos se convirtieron en compañeros de toda la vida, otros quedaron allí en el fondo de mi memoria macerándose y seguramente corrompiendome el alma.
Las mil y una noches. En su versión infantil y muy pronto gracias a mi abuela en una bellísiama edición de tapas rojas en dos tomos. El miedo y la maravilla combinadas y la navegación en ese meandro de historias seguramente fue lo que más atrajo de niño.
Memorias de una pulga. Novela pornográfica que leí a los diez años y que seguramente es el origen de todos mis problemas emocionales. La leí seguramente sin entenderla pero maravillado de esa pulga que sigue las aventuras enrevesadas de un convento de curas rijosos y niñas y monjas insaciables.
Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach, era la edición de mi hermana, y se lo robé para leerlo encerrado en el baño durante horas. La soledad, la búsqueda. Seguramente terminó de dañarme el poco cerebro que me había dejado el libro anterior.
Don Quijote. El martirio de mi niñez, mi padre me hizo transcribir muchos capítulos como ejercicio de caligrafia. También mi primera humillación, porque cuando le conté a mi madre que ya podía leer, ella me quitó el libro y me dijo “A ver cuentame, de que trata el libro”.
El lobo estepario. Herman Hesse. El libro que le hizo creer a un adolescente que podía ser alguien diferente de quien era.
La Divina Commedia. Dante Aligheri. Libro que se debe prohibir a niños menores de doce años, sobre todo con las ilustraciones de Doré. Lo robaba de la biblioteca solo para ver las ilustraciones.
La piel de zapa. Novela mágica de Balzac, sobre la maldición de los deseos.
La educación sentimental. Flaubert. La única historia de amor que no puedo leer sin llorar.
El jugador. Dostoyevski. Como hacer del vicio de jugar una virtud para destruirse.
Historia del Corazón. Vicente Aleixandre. Quien me reconcilió con la poesía y me convenció que una historia de amor puede ser contada en poemas.
Diccionario Crítico Etimológico. Pascual Corominas. Tan maravilloso como las Mil y una noches.
Los libros anteriores me fueron dados por la vida y el azar, si pudiera hacer una lista de libros que fueron como mujeres que vi pasar y me gustaron y que aprendí a amar y a entender, para poder gozar de ellas, mi lista sería:
- La Divina Commedia –. Un árbol de historias maravillosa sobre el amor, la fantasía y 1000 años de literatura
- El Fausto – Primera Parte - Historia de amor con final obvio
- Fábula de Polifemo y Galatea - Poesía pura para pintores
- Poesía – Ungaretti - El dolor hecho poesía
- El Doctor Faustus – Thomas Mann - Música y filosofía hecha novela
- Tristan e Isolda – Beroul - La más bella y apasionante historia de amor
- Rubaiyat – de Omar Khayyam – Erotismo hecho palabras, que resiste cualquier traducción
- Entre la realidad y el deseo – Cernuda - La mejor poesía moderna en español
- Cantos – Leopardi - Melancolía dolorosa hecha imágenes
- Ensayos - Octavio Paz – De quien aprendí a pensar y razonar
No puedo olvidar a Titus Pomponius quien fue especial hasta en la forma de su muerte, pues fue el primer paciente que eligió morir por eutanasia. Se dejo morir de hambre para evitar alimentar a la enfermedad que lo postraba.
PS
Invito a hacer sus listas o dejarlas acá a:
- Demonicus Imprimatur - del Blog Psico Delirium
- Paco Nadal
- Remedios de Flores en el ático
- Eduardo Montagut Contreras
- Pat
- Patricia de Souza - del blog palincestos .
22 Nov 2008
Yo el monstruo: mi sesión de biblioterapia
Remember that I am thy creature; I ought to be thy Adam, but I am rather the fallen angel, whom thou drivest from joy for no misdeed.
—Porque aquí, a diez kilómetros del centro de Ginebra en lo que ahora es un coto de exclusividad para ultra millonarios, banqueros y petroleros árabes, Lord Byron pasó casi dos años recibiendo y departiendo con otros escritores e intelectuales ingleses, escribiendo la primera versión de Childe Harold's Pilgrimage, el drama gótico Manfred, y el poema The Prisoner of Chillon y escandalizando a los pacatos ginebrinos, muchos de los cuales llegaron a pagar para observarlo desde el Hotel Inglaterra —del otro lado del lago— con un telescopio. El Dr. Charcot cuenta más anécdotas pero yo he dejado de escucharlo y pienso más bien en el libro que me ha tocado leer.
A diferencia de la torre de Babel que pretende llegar al cielo, y que merced a la intervención divina queda inconclusa o a los fallidos intentos de pacto diabólico del Doctor Fausto, la culminación de los años de estudio e investigación son para Victor Frankenstein a la vez éxito y derrota monumental. Porque ese cuerpo apolíneo con lustroso cabello negro y perfecta dentadura, se levanta como un Lázaro remendado, parchado a base de los ideales más nobles de la ilustración y los fragmentos de cadáveres que la revolución francesa ha producido. Agonía y limite viviente entre lo humano y lo divino, el monstruo de Ingolstadt se yergue como metáfora y reflexión sobre el acto mismo de la creación humana moderna.
Su primer gesto sensible —como el Adán de Miguel Angel— es tender la mano a su creador, pero su amago de sonrisa y sus primeros incoherentes sonidos son repudiados por un padre vano y superficial, que ve en ese vástago sin nombre tan sólo una monstruosidad, “que ni siquiera Dante hubiera podido imaginar”. Y sin embargo, la fealdad de esa especial creatura no es extraordinaria: la piel amarillenta, que transluce las venas y las arterias, es característica de los sifilíticos y gonorreicos que abundan en la Europa de inicios del Siglo XVIII, los ojos acuosos que transparentan hasta las mismas blanquecinas fosas oculares, son propios de los alcohólicos enloquecidos por el el ajenjo y el aguardiente casero.
El edificio del manicomio ginebrino de Bellevue es una copia cabal del nuestro: una villa de planta palladiana pero de atenuada exuberancia gracias a la formación calvinista del arquitecto que las construyó a inicios del siglo dieciocho. Gran cancela de hierro de dos hojas, patio empedrado, y rodeadas de un discreto bosque jardín. La gran diferencia con la nuestra, es la vista imponente sobre el lago de Ginebra, otra no menos importante es su vecindad con la famosa Villa Diodati, situada en el número 9 de, antaño Chemin de Ruth, ahora calle Byron.
La sesión de biblioterapia de este fin de semana ha iniciado: somos seis pacientes de otros tantos centros psiquiátricos los seleccionados para el experimento. Cada uno de los seis pacientes ha debido leer un libro, y deberán hablar de él. El principio de la biblioterapia es simple, bastante antiguo y parejamente desconocido: sus inicios datan de la segunda guerra mundial, cuando los soldados heridos y mutilados tardaban mucho tiempo en recuperarse y algunas lecturas más o menos edificantes les eran propuestas y en algunos casos aplicadas para sobrellevar la carga de la recuperación de sus lesiones. Los textos de rigor de la época eran “El libro de Job” o el ensayo de Carlyle sobre los héroes.
Cuántas interrogantes morales en la mano tendida de Frankenstein y en el rechazo de su creador. Esa fealdad, que quizá pueda ser leída como nuestro pecado original y que es monstruosamente transmitida al objeto de la creación. Pero esa fealdad es también el testimonio de la imperfección e incapacidad de la ciencia e inteligencia humanas. Y esa misma fealdad no es acaso el monumento a la hybris de pretender “conseguir el conocimiento que busca adquirir su dominio y transmitirlo contra los enemigos elementales de nuestra raza”, es decir la busqueda del poder de la inmortalidad.
Y empero, ese bastardo, mezcla de la alquimia y ciencia moderna, y que en la novela aparece tildado de horrible, de grotesco, y aborrecible reclama y exige su derecho a la vida y a la felicidad, por el sólo hecho de estar vivo. Cómo no reconocer en estas exigencias la base de nuestra legalidad postmoderna, la jurisprudencia de las “class actions” americanas. Las discusiones sobre el estado providencia y la responsabilidad que le compete para proteger a sus ciudadanos, pues el monstruo moderno claramente lo dice: “Yo soy tu creatura, a la cual estás unido por vínculos disolubles sólo por la muerte de uno de nosotros” y más adelante: “Recuerda que soy tu creatura; debería ser tu Adán, pero soy más bien el angel caído, que tú echaste de la gloria sin culpa alguna”.
En 1816, año de escritura de la primera versión de la novela, su autora, Mary Shelley apenas había cumplido diecinueve años y vivía “apestada” de la sociedad victoriana, por vivir en el pecado con su prometido, Percy Shelley —uno de los poetas mayores del romanticismo inglés—. Irónicamente, eran los Shelley quienes realmente vivían en el escándalo hippie “avant la lettre” que los ginebrinos le atribuían a Byron, pues Percy Shelley se había declarado adepto del “amor libre”, abandonado su mujer y dos hijos, y convivía con la casi adolescente Mary y su media hermana Claire, quien—un año más joven que Mary— se había hecho amante de Byron en Londres y los había convencido de visitarlo en Ginebra.
En unos minutos terminará su presentación el paciente de Zurich. Ha hablado de “Acto de Fé” de Elias Canetti y del amor desmedido por los libros. Después hablaré yo de nuestro parecido con el monstruo del Dr. Frankenstein. Deseadme suerte!
El viento helado de Noviembre trae la música de Samuel Barber desde la Villa Diodati.
18 Nov 2008
El misterio de la pintura vacía

Abiertas, las puertas ofician de bisagra entre la doméstica intimidad que se ofrece al ojo del espectador del cuadro y la mirada del indiscreto visitante que se apresta a ingresar en una casa respetable del Siglo XVII. La inevitable sorpresa se la lleva el espectador, pues al asomarse a la realidad del cuadro, que por artificio trompe l’oil se revela tras la representación de la puerta, descubre un recinto familiar misterioso, signado por la ausencia de sus habitantes.
Los cambiantes diseños en el embaldosado delimitan los diferentes ámbitos sociales: el público, con un recibo decoroso mas no ostentoso, un espacio intermedio que podría ser la salida a un patio interior, tenida cuenta la luz que lo distingue y el espacio privado con un embaldosado en blanco y negro, resabio de un viaje a Sevilla del dueño de la morada o del pintor. La representación de los mismos ha sido dividida en una serie de planos hábilmente separados por un juego de luz y perspectiva. Así, el ojo del espectador pasa del claroscuro del recibidor, al intenso fulgor del espacio de distribución, a una luz mitigada que ilumina la habitación que se adivina la central. En la pared del salón, cuelgan dos pinturas, pero sólo una capta la atención del espectador otorgándole profundidad a la representación y creando una perspectiva vertiginosa en el espectador, pues el cuadro visible sobre la pared a su vez representa una habitación: un aposento en el que se desarrolla una escena domestica, quizá entre una madre y un niño. Lo que deja adivinar al espectador que tras la oportuna pared o en alguna parte de este lar abierto la verdadera intimidad resta protegida.
Como ante todo ambiente que encontramos inesperadamente vacio, el espectador, el visitante —y usted también, casual o asiduo lector, si se ha interesado en desentrañar este aparente misterio— no podemos evitar poblar, completar, animar este espacio pulcro y ordenado pero que enigmática y hasta inverosímilmente se muestra abandonado.
Y esta vez el espectador, con la mirada atenta, acompaña al indiscreto visitante que se devuelve sobre sus pasos y reinicia una inspección con mirada escrutadora y se contiene para no exclamar con voz queda y en el vacío un Hola solitario.
El recibidor que invita con modestia pero muy atento a las prácticas bien burguesas de la limpieza, muestra a un lado una oronda escoba de retama casi como anfitriona del hogar. A su lado cuelga un delantal, curiosamente suspendido en lo que se podría imaginar un colgador para el capote del dueño de la casa, o la capa de la señora.
El salón o quizá comedor —aunque no es redundante informar al observador que esos habitáculos no se independizaron hasta bien entrado el siglo XVIII—, está amoblado con enseres domésticos de una cierta suntuosidad: una mesa cubierta con un mantel labrado y que termina con una ostentosa cenefa de raso. Si el indiscreto visitador se decidiera por el osado gesto; al tiento, probablemente la silla forrada en cuero revelaría una cierta temperatura, pues es licito intuir que el libro abierto que yace abandonado boca abajo —si cabe el símil— y cuya lectura ha sido interrumpida con una brusquedad voluntaria estaba siendo leído por su ahora ausente lector o lectora. La vela apagada al desgaire y a medio consumir sobre el candelero de plata da cuenta del tiempo transcurrido.
Y el observador se pregunta: Por qué el manojo de llaves ha quedado abandonado, colgando de la cerradura de la puerta. Qué urgencia tan acuciante, tan pertinaz ha hecho que el ama de llaves o el patrón de la casa (o, ambos) abandonen la seguridad del hogar y —como si dijéramos al escape y a la carrera— desaparezcan de la línea de fuga y provoquen este enigmático vacío. Y por qué esas pantuflas, —o tratándose de los países bajos, más bien, galochas— yacen ahí en medio de todo, al garete y quién es su dueño.
Ralf me cuenta que en el Siglo XIX, al cuadro se le añadieron un gato, una niña sentada, una fecha y la firma —falsa— de Pieter de Hooch, otro gran pintor del círculo de Vermeer. Pero que luego en sucesivas restauraciones han sido cuidadosamente borrados. Poco después me pregunta —con una sonrisa socarrona— ¿Qué crees que están haciendo los personajes que no se ven? Retrocedo ante la reproducción de Van Hoogstraten que Ralf ha colgado en su habitación y sonrío pensativo. ¿Y usted?
13 Nov 2008
Suicidios sin comentarios
En el barullo, los agentes de la policía y los enfermeros me hacen preguntas como si yo fuera parte del personal y no un paciente. Claudia, la médico portuguesa de la ambulancia, en un rapto de celo profesional, me reporta todo el tratamiento que le han aplicado a la paciente, sobre una de las mesas en las que normalmente se sientan doce pacientes y un enfermero-celador. Para controlar el cuadro de excitación psicomotriz se le indicó: flunitrazepam dos ampollas intramuscular, haloperidol una ampolla intramuscular y diazepam una ampolla intramuscular. Al parecer, ella había caído presa de espasmos cuando el servicio de vídeo vigilancia la trasladó a la enfermería del manicomio, demasiado pequeña para dar cabida a todo el personal que se convocó al llamar a urgencias.
Ha intentado suicidarse. En las últimos días o semanas, quizá nunca lo sepamos —aunque tampoco importa— acumuló pastillas de alprazolam y esta tarde después de la comida las ingirió. El servicio de urgencias del hospital cantonal despachó una ambulancia y le han practicado un rescate digestivo. Denominación políticamente correcta del “lavado gástrico” que está fuera de uso, como me lo explica una de las enfermeras del servicio de urgencias. También me corrige cuando le hablo de intento de suicidio: me mira con condescendencia y usa la palabra “autoeliminación”.
A lo lejos se escucha una sirena que parece sonar cada vez más próxima. El sonido llega deformado al refectorio de la casona manicomio, ahora improvisada en sala de primeros auxilios. Apenas son las cinco de la tarde, pero la penumbra del atardecer vuelve amenazadores y siniestros a los árboles del parque-jardín
Me han traído de vuelta los libros que Riva V. estaba leyendo: Obras de Cioran en la edición Quarto de Gallimard y uno de nuestros tesoros bibliográficos: Las penas del joven Werther, en la edición de Leipzig de 1775. No tiene un gran valor comercial, como rápidamente lo constató Ralf hace algunas semanas, pero sí crítico: es la edición que Goethe hizo copiar a mano y en base a la cual revisó y corrigió hasta redactar la edición definitiva del Werther, tal como se le conoce hoy en día. Lo más notable de esa edición son los versos de Goethe que servían de epígrafe al libro. Disculpad mi seguramente imperfecta traducción.
Todo joven añora así amar
Toda doncella ser amada así
Ay, el más sagrado de nuestros deseos,
¿Por qué brota de él tan amargo dolor?Tú lo lloras, tú lo amas, alma querida,
Salva su memoria de la ignominia;
Mira, su espíritu te saluda desde su infierno:
Se un hombre y no me sigas.
Entre las páginas del Werther encuentro una fotografía de Riva, seguramente un autorretrato, en clave irónica. Es sólo una suposición, claro, pero que de pronto me revela una certeza. Esta fotografía en oposición a mis recuerdos, les lleva una ventaja: es ella, y al contemplarla mi memoria no podrá deformarla, su materialidad escapa a la usura de mi descripción.
Ningún texto me puede dar esta certeza. Es el infortunio (o, más bien, volubilidad) del lenguaje: no poder autentificarse. El sino del lenguaje está ligado a esta impotencia, o, para expresarlo de manera positiva: el lenguaje es por naturaleza ficcional: para tratar de convertir el lenguaje en no-ficcional, necesitaría una maquinaria enorme: debo invocar la lógica, o, en su defecto a un juramento. Pero la fotografía, ella no inventa: del sujeto de la misma, —en mi caso, Riva V,— podremos siempre decir por lo menos que existió.
Si algún día alguien encuentra esta fotografía robada entre mis libros quizá pueda saber que su historia y la mía no fueron inventadas.
A lo lejos se escucha una sirena que parece sonar cada vez más próxima.
Un bibliotecario especial
La Biblioteca del Manicomio
Declarado DementePor suerte o por desgracia veo el mundo desde una atalaya algo particular, un manicomio. Que nadie troque en tragedia o queja estas notas escritas desde los bajos fondos de la vida.
Oficialmente soy un loco más de esta casa, pero al mismo tiempo soy bibliotecario de ella en mis ¿horas de cordura?; no sé por cuanto tiempo pueda serlo, pero disfruto el tiempo que me quede.
Epigrafes
Demencia (Del lat. dementĭa).
1. f. Locura, trastorno de la razón.
2. f. Med. y Psicol. Deterioro progresivo e irreversible de las facultades mentales que causa graves trastornos de conducta.
Real Academia Española ©
“En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”.
Quijote, Capitulo I
Para venir a lo que no eres
has de ir por donde no eres.
San Juan de la Cruz
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