20 Ago 2008

¿EN MANOS DE QUIÉN ESTAMOS?

Escrito por: herasolmo el 20 Ago 2008 - URL Permanente

Este artículo aparecía hoy en el Día de Córdoba. Es del que fuera senador Enrique Bellido, del Partido Popular. Diría que es uno de los pocos artículos escritos por alguien del PP con los que coincido casi en su totalidad, y por eso he querido enseñarlo:

Los casos de corrupción detectados en el antiguo gobierno balear del popular Jaume Matas han reabierto de nuevo el debate sobre nuestro modelo de partidos y, fundamentalmente, sobre la extracción social de quienes los integran ante la escasa calidad ética y moral de muchos de sus miembros.

El propio vicepresidente del PP balear y presidente del PP de Mallorca, Pere Rotger , ha reconocido los hechos, pedido disculpas por los mismos y además de avisar de la posibilidad de que salgan a la luz nuevas irregularidades, ha cargado contra las NNGG del Partido Popular en Baleares al incluir entre sus miembros a personajes movidos más por su inquietud de medrar en la vida política, para así abrirse camino laboral, que por el compromiso con una sociedad que, a la vista de los acontecimientos, lo que buscaban era esquilmar, en base a las prerrogativas que les bindaban sus cargos públicos para la adjudicación de diferentes contratos con la administración.

Algo nada nuevo si conocemos desde dentro la evolución de los partidos políticos en España, cada día menos ideologizados, más huérfanos de principios, y parasitados por individuos que nada o casi nada pueden aportar a la mejora de la sociedad.

Hace ya muchos años que acuñé la frase de que "era necesario llegar a la política a través de la vida y no a la vida a través de la política" y lo acontecido en Baleares, como lo que a diario sucede en la mayoría de nuestras instituciones públicas y partidos políticos, viene a darme la razón.

La sociedad española no puede soportar que sus máximos representates políticos, los gestores de sus intereses locales, autonómicos, nacionales e internacionales, provengan, en gran medida, de una posición social, intelectual y laboral que para nada ha conocido el sacrificio de la competitividad, salvo el que en algunos casos pueda establecerse en las aulas de los institutos o la universidad, forjados, por el contrario, en la lucha intestina partidaria, de la que son maestros, la cual representa su mejor escuela a la hora de desarrollar su representatividad institucional.

Los efectos, ya los estamos viendo, en unos casos, como en Baleares, son delictivos, y en otros simplemente entran en el capítulo de la incompetencia, con el daño añadido que la misma genera en la propia sociedad en la que instalan sus reales posaderas. De ahí que el diálogo institucional haya dejado paso a la intransigencia y la crispación política como mejores armas con las que justificar un cargo y que nuestro parlamentarismo se haya convertido en uno de los más pobres de Europa, tanto en calidad de conceptos como en dialéctica, como se recogía en un reciente estudio realizado por un organismo europeo de prestigio.

Quedaron atrás aquellos años del inicio de nuestro proceso democrático o, muchos más lejanos, los de la I y II República, en los que, al margen de diferencias ideológicas, quienes nos representaban acuñaban, en su generalidad, un bagaje de conocimientos infinitamente superior al que pueden exhibir gran parte de nuestros políticos actuales, lo que, además de las urnas, les dotaba de una acreditación que hoy no poseen.

Pero no es sólo culpa de estos precoces prosperantes la posición que ocupan sino, fundamentalmente, de quienes poseen las riendas de los partidos, que han visto en esta masa joven, facilmente manipulable, de colabordores, su mejor cuerpo de guardia con el que realizar las más arriesgadas, y muchas veces desafortunadas, misiones de ataque y soportar numantinamente la defensa de sus propios status personales en la dirección de las organizaciones políticas.

Son ellos quienes han impuesto el absurdo concepto electoral de que una imagen joven vende más que una madura, sometiendo a nuestras instituciones a un proceso de "juvenilización" estética que en nada ha ido unido al de capacitación personal y ética para las funciones a desempeñar.

Y no es que defienda unos partidos políticos en los que sus bases desdeñen a la juventud.No, ni mucho menos. Muy al contrario, apuesto por una juventud hasta tal punto comprometida con sus principios que cuando deba hacer público ejercicio de dicho compromiso lo haga con la solidez y las garantías que les pueda ofrecer el conocer la sociedad para la que ha de trabajar políticamente desde las múltiples facetas que hoy en día escapan a quienes monopolizan su formación en las sedes de los partidos.

El caso de Turismo Joven del gobierno balear representa, efectivamente, el extremo más negativo de este proceso de despersonalización de la vida política, pero no hace falta sino girar una mirada a nuestras instituciones, también las cordobesas, para despertar las dudas sobre en manos de quienes estamos.

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