09 Sep 2009

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Escrito por: diego-beas el 09 Sep 2009 - URL Permanente

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22 Jul 2009

Clinton, Obama y la nueva visión mundial

Escrito por: diego-beas el 22 Jul 2009 - URL Permanente

El rediseño de la política exterior de Estados Unidos dio un paso fundamental la semana pasada con el primer gran discurso de la secretaria de Estado; sobre la relación entre Clinton, Obama y la confección de una nueva visión mundial.

El 7 de junio de 2008 Hillary Clinton dio el discurso más difícil de su vida. “Esta no era exactamente la fiesta que tenía planeada” comenzó diciendo la entonces candidata demócrata a la nominación presidencial. Dieciocho meses después de lanzar su campaña presidencial, la ex primera dama se encontraba en la lona, derrotada política y aritméticamente por el mejor candidato surgido jamás de las filas del partido. Clinton, estoica, felicitó a su rival y pasó página.
Mucho ha sucedido en el poco más de un año que ha transcurrido desde entonces: Obama se convirtió en el primer presidente negro de Estados Unidos y, inspirado en ese modélico y legendario gabinete de Lincoln, invitó a su ex rival a representar al país en el mundo.
¿Movimiento de piezas estratégico —buscaba inhabilitarla en 2012—? ¿Unión de fuerzas? ¿Deferencia política? ¿Presión interna del partido? Mucho se especuló —y se especula todavía— sobre el motivo que llevó a Obama a convertir a Hillary Clinton en su secretaria de Estado.
Lo cierto, un año después de aquel discurso, es que la antigua rivalidad entre Obama y Clinton quedó enterrada y que la pareja forma hoy un tándem funcional que se dispone a redefinir drásticamente la manera en la que Estados Unidos se relaciona con el mundo.
Hasta la semana pasada el perfil de la secretaria de Estado se había mantenido bajo y algunos ya comenzaban a especular si la Casa Blanca estaba moviendo los hilos de ‘Foggy Bottom’ desde la distancia, sofocando las iniciativas de Clinton.
El miércoles pasado, en un discurso ante la sede del Council on Foreign Relations en Washington, Clinton hizo mucho no sólo para acallar a sus críticos y reivindicar su papel como jefa de la diplomacia estadounidense, pero para exponer las bases —el marco intelectual— de la gran reforma estructural que se propone acometer el Gobierno de Obama.
La secretaria de Estado ofreció la más detallada explicación dada hasta la fecha sobre el prisma desde el que el Gobierno ve temas como el terrorismo internacional, el cambio climático, el extremismo integrista, la proliferación nuclear y la emergencia de nuevas potencias regionales.
La parte más reveladora del discurso de Clinton fue el desgranamiento de la filosofía del Gobierno respecto a la forma en la que encara los grandes problemas internacionales. Clinton los llama collective action problems. Esto es, problemas cuya verdadera solución escapan los ámbitos nacionales —incluso de Estados Unidos—. “Tenemos que reconocer que ningún país puede solucionar estos problemas por sí solo”, afirmó Clinton en un tono que marca un cambio radical de trayectoria. Pero, matizó con razón, así como ningún país puede resolver estos problemas por sí solo, ninguno puede ser resuelto sin Estados Unidos. “Los temas son demasiado complejos, demasiados actores compiten por ganar influencia, desde potencias emergentes a corporaciones a grupos criminales; desde ONG’s hasta Al Qaeda; desde los medios de comunicación controlados por el Estado hasta personas que utilizan Twitter”.
En suma, Clinton describió la nueva topografía del poder en el siglo XXI y explicó cómo piensa adaptarse a ella el Gobierno de Barack Obama.
La filosofía la podríamos englobar en lo que llamó smart power, un balance entre el “poder duro” de los realistas y el “blando” de los que abogan por limitar la intervención y funciones del ejército.
Clinton delineó cinco grandes objetivos que Estados Unidos pretende conseguir por medio de la puesta en práctica de este nuevo ejercicio del poder: poner al día y crear nuevos vehículos de cooperación con sus aliados (reforma de la OTAN, ONU, etc.); abordar de manera respetuosa a aquellos que están en desacuerdo (Irán, Corea del Norte, et. al); priorizar el desarrollo internacional como uno de los pilares de la política exterior estadounidense —es una de las economías avanzadas que menos ayuda al desarrollo aporta—; integrar los esfuerzos militares y civiles en las áreas de conflicto en el mundo; y utilizar de manera inteligente el poder económico y la influencia política del país para liderar con más éxito.
Según Clinton, los objetivos se alcanzarán construyendo un marco internacional basado en la ampliación de los consensos. Incorporando a nuevos actores, temas y realidades. El reto es crear una arquitectura global en la que “los Estados tengan incentivos para cooperar y cumplir sus responsabilidades y desincentivos para cruzarse de brazos y sembrar discordia y división”. Esto es, crear un marco internacional vigoroso y eficaz en el que el costo de marginarse resulte demasiado alto.
Clinton destacó la importancia de las potencias emergentes en el proceso: “China, India, Rusia, Brasil, Turquía, Indonesia y Suráfrica”, dijo, serán cruciales para conformar y poner en marcha esta nueva agenda (la automarginación de México de esta lista —en la que solía aparecer hasta hace un quinquenio— es muy sintomática de la trayectoria que sigue el país).
La secretaria de Estado cerró el discurso con una frase del panfletista del siglo XVIII Thomas Paine, autor de Common Sense. “Tenemos en nosotros mismos el poder de reiniciar el mundo nuevamente”.
Parece que el sentido común está de vuelta en Estados Unidos —al menos en su política exterior—. Así, libre de los corsés ideológicos que ataron al país durante los últimos años, la Administración Obama se lanza a transformar las relaciones con el mundo. Clinton, firme, está al mando.

08 Jul 2009

El acceso, la influencia y los nuevos medios

Escrito por: diego-beas el 08 Jul 2009 - URL Permanente

El jueves pasado, la versión digital de Politico —la más reciente adición al mundo de los medios en Washington, un diario principalmente electrónico con una pequeña tirada en papel creado para la era digital— amanecía con una auténtica bomba de relojería en portada: el Washington Post, el diario por tradición de la clase política, el que se lo jugó todo publicando los ‘Pentagon Papers’, el que derribó a un presidente mitómano, comenzaría a vender acceso a sus reporteros y equipo editorial.

La historia en Politico explicaba cómo en una de las reorganizaciones recientes del Post, el equipo que encabeza la sección comercial decidió incorporar a las actividades del diario la organización de eventos y conferencias que reunirían a políticos, lobbies y a los medios. En otras palabras, el periódico pretendía erigirse como punto de encuentro entre los principales jugadores políticos de Washington.

Hasta aquí nada anormal o decididamente llamativo. El escándalo está en quiénes y a qué coste podían acceder a los eventos. El primero de ellos, programado para el 21 de julio y centrado en el tema más caliente del verano en Washington —la discusión de la reforma sanitaria—, tenía un precio de nada menos que 25,000 dólares y se celebraría en casa de Katherine Weymouth, directora general del periódico, nieta de la legendaria Katherine Graham —la mujer que hizo del Post un diario serio y reputado a principios de los años setenta—. La maquinación fue tal que incluso se ofrecían atractivos paquetes: 11 eventos a lo largo del próximo año por sólo 250.000 dólares.

La historia es fascinante porque encapsula el espíritu de los tiempos que se viven en Washington: cómo funciona e interactúa el poder político y mediático; cómo se pierde y se gana acceso al Gobierno; y, sobre todo, cómo los nuevos medios están transformando a una velocidad aterradora la forma en la que funciona la propia manera de hacer política en la capital.

Los salones y restaurantes en los hoteles más caros de Washington ceden a otro tipo de vehículos a través de los cuales hoy se practica la política (pregúntenselo a la enigmática Sarah Palin, desaparecida en Alaska desde hace días pero que puntualmente arenga a sus seguidores a través de mensajes en Facebook).

El contexto es más amplio. Con su circulación en claro y sostenido descenso, la sección de clasificados desapareciendo a aún mayor velocidad, nueva competencia en Internet y lectores cada vez menos acostumbrados a leer en papel, el Post —y muchos otros diarios— buscan cómo reinventar su negocio. Nuevos servicios que mitiguen la sangría presupuestaria que sufren.

Aunque organizar eventos y conferencias no es una nueva ocurrencia, que un periódico bien conectado y prestigiado utilice su marca y redacción para vender acceso político, resulta más que sorprendente.

“El acceso, y su prima hermana, la influencia, definen la cultura política en Washington”, dice David Carr, columnista de medios del New York Times, un diario que no escapa a los problemas del cataclismo que ha supuesto para la prensa escrita la llegada de Internet. “Se gastan millones de dólares para contratar al lobby, a los publicistas y los abogados correctos, para tener la oportunidad de compartir una noche con las personas que controlan su destino”. Y quién mejor para conectar a todos estos intereses —pensaron los que vigilan las cuentas del diario— que el Washington Post.

La reacción al escándalo ofrece también varias reveladoras lecciones sobre cómo se reconfigura la influencia y el poder.

En cuestión de minutos, la noticia, que como ya decía apareció por primera vez en Politico —otro dato irónico: la publicación fue fundada por dos ex redactores del Post hartos de los corsés de los medios impresos—, se había reproducido por la red a una velocidad que habría impedido que hasta el equipo de relaciones públicas más competente evitara los efectos de su propagación.

El defensor del lector del propio Post respondía así a la noticia horas después de su publicación: “Para un periódico con historia y tradición que cuida su reputación y sus estándares éticos, esto se acerca mucho a un desastre en las relaciones públicas”. En el largo plazo, sugiere, la única forma de reparar el daño es con buen periodismo; en el corto, sometiéndose a los mismos niveles de transparencia que exige el diario de las instituciones e individuos que cubre.

Así, el círculo parece cuadrarse: en la era de Internet, la información está conectada por vasos comunicantes omnipresentes y bidireccionales; su monopolio se ha evaporado casi por completo; sea el de los diarios, el Gobierno o las grandes corporaciones (quizá estas últimas continúan siendo las más hábiles para mantenerlo).

Por lo pronto, el diario que derribó a Nixon canceló los eventos y pidió disculpas. Faltan por aclarar muchos detalles sobre cómo y quién fraguó la idea. Pero no importa, la lección más importante quedó clara desde el principio: el acceso, la influencia y la propia información se dispersan, se licuan y reaparecen de formas sorprendentes e inesperadas.

We.gov

Escrito por: diego-beas el 08 Jul 2009 - URL Permanente

Las tecnologías de la información se convierten en la punta de lanza de un movimiento que se propone reinventar el funcionamiento democrático de Estados Unidos; el Personal Democracy Forum es el mejor escaparate para atestiguar de primera mano el germen de la transformación.

Las reinvenciones crónicas de Estados Unidos han venido en todo tipo de sabores: de un país rural y despoblado —concentrado en la costa este— se extendió hasta el extremo más occidental que le permitió la geografía; de estar compuesto principalmente por inmigrantes del norte de Europa, se convirtió en un crisol que asimiló a millones de personas de todos los puntos del planeta; de una economía principalmente agrícola se transformó en un imperio industrial que durante el último siglo ha marcado el ritmo al resto del planeta. Y así, muchos ejemplos más.

La última versión de estas transformaciones viene en un sabor inesperado: silicón, chips y una red invisible que lo conecta todo (casi todo).

El ordenador —masificado desde mediados de los años ochenta— en conjunto con la explosión de la conectividad a través Internet —masificada a partir de mediados de los noventa— está provocando un cambio sísmico que convulsiona todo tipo de actividades y reconfecciona prácticas centenarias.

En los últimos años los cambios provocados por la informática se aceleran —debido a su creciente adopción— y comienzan a transformar uno de los pocos reductos a los que le faltaba llegar. El de la política, la participación democrática y el gobierno.

El Personal Democracy Forum se reúne una vez al año para analizar la evolución de estos cambios. El tema de esta edición fue conciso: We.gov. O cómo los ciudadanos se pueden apropiar de su (propio) Gobierno.

Con Obama cómodamente instalado en la Casa Blanca —el tema del año pasado se centró en el aspecto electoral y cómo utilizar las tecnologías de la información para organizarse políticamente—, el debate ha pasado ahora a cómo utilizar la tecnología para mejorar las prácticas del gobierno (lo que aquí llaman ‘governance’, una palabra sin equivalente directo en español, ¿olvido, indiferencia, aversión o simplemente falta de costumbre del mundo hispanohablante?).

En Estados Unidos comienza a emerger lentamente un nuevo marco para entender la participación ciudadana en los asuntos públicos. Obama, por mencionar sólo un ejemplo, está inventando una nueva forma de comunicarse con la ciudadanía. No sólo le ha dado voz a nuevos canales de expresión surgidos en la red en el último lustro —blogs, diarios digitales, activistas—, también ha demostrado que se puede hablar directamente con la ciudadanía sin mediadores —las bofetadas con guante blanco del Gobierno a los medios tradicionales han sido varias ya y marcan el comienzo de una redefinición drástica de esta relación—.

En el fondo del debate de las nuevas tecnologías y la política se encuentra el tema de la participación democrática. Durante siglos y debido a la complejidad y dimensiones de las sociedades, los sistemas políticos crearon sofisticados (e intrincados) sistemas de representación que tienen la finalidad de darle voz a la ciudadanía en los asuntos del gobierno. Sobra mencionar aquí la variedad de perversiones que han suscitado; basta con decir que han sido todo menos eficaces.

Sin embargo, se comienza a asomar una alternativa —o al menos una corrección sustantiva—: la posibilidad de utilizar la tecnología para crear nuevas avenidas para tratar y resolver la siempre contenciosa relación entre ciudadanía y gobierno. Y una vez más, Estados Unidos se dispone a tomar el mando. Comienza a experimentar con nuevas fórmulas para involucrar de manera directa y efectiva a la ciudadanía en los problemas del país.

El lunes, por ejemplo, Michael Bloomberg, alcalde de Nueva York, en una videoconferencia en directo a través de Skype, lanzaba ante el Personal Democracy Forum una iniciativa para hacer más eficaz las inspecciones sanitarias en los restaurantes de la ciudad. La alcaldía hará pública la información de éstas a cambio de que los ciudadanos se involucren y creen aplicaciones y contribuyan ideas para agilizar la denuncia de locales insalubres.

O, ayer, el CIO del país —‘Chief Information Officer’—, Vivek Kundra, presentaba una nueva herramienta que permite rastrear el gasto público con un grado de especificidad que lleva a todo un nuevo nivel la rendición de cuentas y la transparencia en el gobierno.

Ambos ejemplos no son más que la punta del iceberg de una nueva tendencia que con toda seguridad se acelerará y profundizará en los próximos años.

Las dos jornadas del foro se pueden resumir en una frase: cómo utilizar la tecnología para empoderar al ciudadano, acortar la distancia con el Gobierno y crear un modelo de relación más eficaz y constructivo.

Estados Unidos ha comenzado el ensayo. El objetivo no es otro que reinventar la democracia. Si la energía y determinación que atestigüé estos dos últimos días en Nueva York son una guía, no tardarán mucho en conseguirlo.

18 Jun 2009

Twitter en Washington

Escrito por: diego-beas el 18 Jun 2009 - URL Permanente

La última moda en tomar Washington por asalto es el servicio de micro blogging Twitter —140 caracteres lanzados al ciberespacio sin ton ni son—, utilizado desde por líderes del Congreso hasta por la mayoría de las compañías del Fortune 500.

Como suele suceder con frecuencia en Estados Unidos, una moda, una creación reciente, una nueva tecnología, toma súbitamente por asalto el interés colectivo y en cuestión de meses se vuelve parte integral de la vida nacional. La adición más reciente a la lista es Twitter, una página en Internet que permite enviar mensajes de hasta 140 caracteres. Hace tres años el servicio no existía; hoy en Washington los políticos no pueden imaginar su vida sin él.

Sobre en qué consiste exactamente Twitter y cómo funciona no hay mucho más que añadir. Un limitado número de caracteres en los que el usuario sintetiza al máximo un mensaje, una idea, una noticia.

“Anoche nos despedimos de Gilbert, nuestro querido y leal Daschund. Un buen amigo, triste de que no esté acurrucado a mi pies”, escribía ayer por la mañana George Stephanopoulus, un reconocido periodista de ABC y antiguo portavoz de Bill Clinton, en su perfil de Twitter.

O estos dos mensajes de Claire MaCaskill, popular senadora de Missouri y uno de los miembros del Congreso que más utiliza la herramienta: “Reunión en el Departamento de Defensa. Muy importante. Muchos gastos en contratos militares”. Seguido de: “De vuelta en casa, para preparar la cena de cumpleaños de mi hermano. Sus favoritos: pierna de cordero, espinacas, lasaña y ensalada”.

Por banal y poco interesante que pueda parecer, hasta el día de ayer, MaCaskill, miembro de los comités de las fuerzas armadas y de comercio, ciencia y transporte del Senado, tenía más de 25.000 seguidores en Twitter.

Nada en comparación a los más de 400.000 de Newt Gingrich, el antiguo líder de la bancada republicana en la Cámara de Representantes y hoy uno de los críticos más feroces de Obama —y uno de los republicanos que encabezan las quinielas para las presidenciales de 2012—.

Hace un par de semanas, horas después de que Obama nominó a Sonia Sotomayor para ocupar un asiento en la Suprema Corte de Justicia, Gingrich lanzó este mensaje a través de Twitter: “Un hombre blanco racista estaría obligado a no aceptar el nombramiento. Una mujer latina racista también”.

Las palabras del ex congresista de Georgia causaron la que quizá fue la primera crisis política de la era Twitter. En parte explicada por la economía de palabras y en parte por la franqueza irreflexiva a la que se presta el formato. Gingrich fue criticado duramente y días después se vio obligado a reconocer que se precipitó en su juicio y ofreció una disculpa.

“Apuesto a que en los próximos 12 meses algún político tendrá que renunciar a su cargo por algo que escribió en Twitter”, me comentó Paul Saffo, profesor de Stanford y gurú tecnológico, en una visita reciente a Silicon Valley.

El pasado 21 de abril, Gavin Newsom, el alcalde progresista de San Francisco hacía este anuncio en el servicio de micro blogging —medio millón de seguidores—: “Es oficial, me presentaré a las elecciones de gobernador de California. Quería que fueran los primeros en saberlo. Necesito su ayuda. Miren el vídeo: http://tr.im/iOCN y reenvíen el mensaje”.

Lo fascinante de casos como el de Gingrich o Newsom es que nos ofrecen una ventana a la comunicación política del futuro: instantánea, breve —imprescindible para ser instantánea— y, quizá la característica más revolucionaria, sin intermediarios —¿cuál será el papel de los medios en este nuevo ecosistema de comunicación? ¿tienen algún papel?—.

La locura por Twitter no sólo ha permeado entre políticos. El servicio se ha convertido de la noche a la mañana en la herramienta preferida de publicistas y expertos en mercadotecnia que buscan lo último en instrumentos para tomar el pulso al animo colectivo y escuchar en directo la conversación nacional. Por ahora, cuenta con más de 22 millones de usuarios —con un ritmo de crecimiento este año del 1.382%, saque cada quien las cuentas de hasta dónde puede llegar—.

Twitter se puede ver como una colección arbitraria de mensajes sin mucho sentido; pero también como un torrente de información actualizada al instante sobre lo que pasa por la cabeza de millones de personas.

Starbucks, Dell, Microsoft, Coca-Cola y decenas de otras compañías han establecido en semanas recientes nuevas posiciones dentro de la empresa para dar seguimiento, analizar y participar de esta nueva forma de conversación.

El otro ámbito en el que Twitter ha irrumpido con fuerza es en el de los medios de comunicación. La lista de acontecimientos que primero fueron revelados en Twitter crece día con día: un terremoto en California a finales de 2006, el avión que acuatizó frente a Nueva York en enero, los atentados terroristas en Bombay en noviembre pasado y el alzamiento ciudadano en Moldavia en abril.

La instantaneidad y ubicuidad de la herramienta están provocando que hasta la propia televisión parezca un vestigio de las comunicaciones del siglo XX —no diré nada sobre dónde quedan las ediciones impresas de los periódicos—.

¿To tweet or not to tweet? Esa es ahora la pregunta en Washington.

02 Jun 2009

Obama, en El Cairo

Escrito por: diego-beas el 02 Jun 2009 - URL Permanente

Obama se dirige mañana al mundo musulmán en el discurso de política exterior más esperado de la joven presidencia; sobre lo que podemos esperar de las palabras del presidente y qué significan en el contexto de la redefinición estratégica que acomete el Gobierno.

El Cairo, Egipto. 4 de junio de 2009. El lugar y la fecha se pueden considerar ya un punto de inflexión en las relaciones de Estados Unidos con el mundo, especialmente el musulmán. Sea porque mañana Obama pronuncie un discurso arriesgado y rompedor que ponga un punto y aparte definitivo a la tormentosa relación que ha tenido con éste desde el 11-S, o por la razón contraría, porque el presidente estadounidense se estrelle contra la compleja realidad de la relación y presente un discurso plagado de tópicos y buenas intenciones que no cambien nada sustancial.

Ambas posibilidades son reales; lo que finalmente suceda será la medida más concreta para valorar el éxito o fracaso inicial de la política exterior del nuevo Gobierno. Obama se juega mucho mañana en Egipto.

El discurso no será ni protocolario ni uno más en la ya larga lista de alocuciones presidenciales. El que tendrá lugar en la universidad de El Cairo es una apuesta estratégica que busca reorientar la trayectoria que ha seguido la relación de Estados Unidos con el mundo musulmán durante prácticamente la última década.

Se trata del meditado discurso —se anunció pocos días después de su triunfo electoral el 4 de noviembre— en el que Obama debe anunciar al mundo que los días aciagos de la Administración Bush han quedado definitivamente atrás, que los impulsos bélicos de Estados Unidos han cedido y que a partir de ahora el país asumirá un papel más constructivo en el escenario internacional.

El público principal al que se dirige son los 1.300 millones de musulmanes. Desde los más de 200 millones de Indonesia hasta los pobladores del Magreb, de Oriente Medio y los suburbios de París, pasando por los 2,6 millones que viven en Estados Unidos.

Queremos volver a liderar con el ejemplo, dijo Obama a la BBC en la víspera de su primera incursión en el mundo Árabe. “Parte de lo que queremos decirle al mundo es que algunos valores son importantes en los momentos difíciles, quizá especialmente en los más difíciles, y no sólo en los fáciles”.

Esto en clara alusión al enorme esfuerzo que realiza el Gobierno actual por alejar a Estados Unidos de las posiciones impopulares que asumió a lo largo de los últimos ocho años. El presidente va a El Cairo a proponer “un diálogo abierto entre Occidente y el mundo musulmán”, que permita dejar atrás “malos entendidos”.

El discurso llega después de una serie de gestos cuidadosamente orquestados que tuvieron como objetivo distender y preparar el terreno para las palabras de mañana.

Primero fue una entrevista exclusiva a la televisora qatarí Al Arabiya —la primera concedida por el presidente—, después el mensaje de Noruz —el año nuevo iraní— al mundo de habla persa —un gesto inédito en el que Obama se dirigió directamente a la población— y, finalmente, un discurso ante el Parlamento turco en abril en el que trazó las líneas generales de los cambios se espera concrete mañana.

La relación de Estados Unidos con el mundo musulmán pasa, inevitablemente, por la compleja y retorcida política de Oriente Medio, el apoyo estadounidense a Israel y el futuro de un estado Palestino.

En semanas recientes el pulso entre la Administración Obama y la recién estrenada y frágil coalición liderada por Benjamín Netanyahu ha escalado y representará una dificultad adicional mañana cuando Obama camine sobre la cuerda floja e intente encontrar un equilibrio entre su amistad con Israel y su apoyo a la creación del estado Palestino. El lunes, Netanyahu apretaba las tuercas y rechazaba la exigencia estadounidense de frenar los asentamientos en Cisjordania. Uno de los puntos clave en el mensaje de El Cairo será ver qué posición toma Obama en este conflicto frente al mundo musulmán.

Dos puntos críticos adicionales cuadran el intríngulis: ¿hasta dónde quiere llevar Estados Unidos la retórica y las acciones de la promoción democrática? Obama se enfrenta al dilema de cómo romper con la tradición neoconservadora que tanto daño hizo a Estados Unidos durante el primer Gobierno de Bush sin solapar a regímenes represivos —Egipto, aliado de Estados Unidos, siendo uno de ellos—. La respuesta a la pregunta será clave para, en su momento, valorar en qué consiste exactamente —o si llega a existir— la Doctrina Obama en política internacional.

Y, segundo, ¿hasta qué punto las acciones del nuevo Gobierno representan un cambio real respecto a las de su predecesor? Al margen de su habilidad retórica, Obama está obligado a poner sobre la mesa no sólo palabras conciliadoras, sino acciones palpables que muestren avances concretos en ese ansiado alejamiento.

Ha llegado el momento de la verdad. A lo largo de la campaña Obama lo dijo muchas veces: si era elegido presidente el mundo cambiaría su visión de Estados Unidos. Mañana, en El Cairo, tiene que hacerlo realidad.

Podría ser su primer gran éxito en política exterior; o su primer gran fracaso.

26 May 2009

El futuro de la prensa escrita

Escrito por: diego-beas el 26 May 2009 - URL Permanente

El paisaje mediático en Estados Unidos sufre la mayor transformación de su historia; las tecnologías de la información —con Internet a la cabeza— redibujan una industria en la que nadie tiene asegurada la sobrevivencia.

¿Qué tienen en común The Seattle Post Intelligencer, The Christian Science Monitor, The Rocky Mountain News y The Tucson Citizen, aparte, claro está, de que todos son diarios que comenzaron a circular en el siglo XIX?

Lo que comparten los cuatro —junto con una lista aún más amplia — es el triste honor de haberse visto obligados a poner fin a su edición impresa en los últimos meses —el último caso, el de The Tucson Citizen, sucedió apenas el sábado, después de 138 años de circulación ininterrumpida.

Afirmar que la prensa está en crisis en Estados Unidos se está volviendo cada vez más lo que aquí llaman un understatement —una afirmación que no alcanza a describir el alcance de lo que sucede—. Hasta hace muy poco se hablaba de la convergencia digital y de un futuro prometedor de convivencia híbrida. Hoy, algunos, directamente ponen en duda la capacidad de sobrevivencia de una industria que a lo largo de al menos los dos últimos siglos ha sido consustancial a la conformación de sociedades plurales y democráticas.

Hace unas semanas, el comediante de la NBC, Jay Leno, sintetizaba con ingenio el quid de la cuestión: “Felicidades al New York Times, esta semana ganó cinco premios Pulitzer, ¡cinco!”. Antes de añadir, “sí, leí la noticia en Internet, en Google News”.

¿Por dónde pasa el futuro de la prensa impresa en Estados Unidos —y, para tal caso, del resto del mundo, que, con el debido retraso, se limita a imitar las tendencias iniciadas aquí—?

El lunes, un foro en la Brookings Institution con dos de las mentes más lúcidas en el tema intentó responder la pregunta. Michael Kinsley —editor fundador del portal Slate, uno de los primeros experimentos de periodismo digital— y Walter Isaacson —ex director de la CNN y hoy presidente del Alpen Institute—.

La pregunta de fondo —la que todos los directores de los grandes diarios intentan responder con desesperación— es cómo encontrar un modelo de negocio en la era digital; aún más, cómo tazar el valor monetario de la información en una época en la que ésta circula libremente y se reproduce prácticamente sin costes marginales.

En la opinión de Isaacson, la crisis actual es, en parte, una crisis de monopolios. Cada ciudad tiene un diario —o un par de diarios— que domina el mercado publicitario. “El problema de Los Angeles Times”, ejemplificó Kinsley, “es que hoy sus lectores tienen acceso al New York Times, y al Financial Times y al Wall Street Journal”.

El estrepitoso descenso de la circulación de los diarios —17% sólo este año— tiene, sin embargo, un matiz no exento de ironía: sucede en un momento en el que la demanda por información de calidad es mayor; cuando, en otras palabras, hay más consumidores de noticias que nunca.

El caso del New York Times es particularmente interesante e ilustrativo. El diario sin duda más reputado del mundo, con la redacción y cobertura más amplia —1.200 redactores y más de 25 corresponsalías en los cinco continentes— y, a pesar de ello, en serios aprietos económicos.

El lunes, en la portada de la sección de negocios del propio periódico, David Carr, columnista que cubre prensa y medios, se preguntaba directamente: “¿podrán los propietarios del Times sobrevivir los cambios históricos que sacuden a los medios?”

La prensa escrita ha sido golpeada doblemente, por la crisis del papel y la crisis económica. Con una deuda de mil millones que se resiste a ser refinanciada y un descenso sostenido de la circulación, la Dama Gris lucha por su vida. Y lo hace mejor que nadie.

El Times tiene, sin lugar a dudas, la mejor y más innovadora estrategia digital. Experimenta no sólo con distintos modelos de cobro —una vez más, cambiará su esquema en los próximos meses—, pero con nuevos formatos y modelos de distribución. Su sitio, por ejemplo, cuenta con más de 70 blogs sobre todo tipo de temas que van desde las experiencias de sus corresponsales en Bagdad hasta bitácoras que ahondan en energías renovables o las últimas tendencias en el mundo del código abierto —haciendo su parte para profesionalizar un nuevo género periodístico que algunos continúan tratando como de segunda clase—.

Hace un par de semanas, el dueño del diario, Arthur Sulzberger, participaba en el lanzamiento del Kindle DX, el nuevo artilugio de Amazon diseñado específicamente para la lectura de diarios y textos académicos —una pantalla del tamaño de un libro de texto que se conecta a la red de móviles y de la cual descarga el periódico del día en sólo segundos—.

Y la pasada semana, presentaba Times Reader 2.0. Una aplicación desarrollada por el propio periódico a medio camino entre un navegador y una replica de la versión impresa que representa un paso importante en la búsqueda del soporte de distribución del futuro.

En Brookings, el consenso giró en torno a un paisaje mediático completamente transformado de aquí a pocos años. ¿Qué forma tendrá? Demasiado pronto para saberlo. Será, eso sí, radicalmente distinto al actual.

Por ahora, existe una certeza, lo que aquí llaman dead tree journalism —tinta, papel y publicidad— tiene los días contados. Y, una vez más, Estados Unidos corre con la innovación, mientras el resto…

14 May 2009

A 50 años de 'The Americans'

Escrito por: diego-beas el 14 May 2009 - URL Permanente

The Americans de Robert Frank cumple 50 años de su publicación en Estados Unidos; un libro que no sólo revolucionó el mundo de la fotografía, presentó a un país-continente diverso y desconocido que se reveló ante los ojos de muchos por primera vez.

“Esa loca sensación en América” comienza escribiendo Jack Kerouac en la introducción al libro, “cuando el sol caliente las calles y la música emana de una rocola o de un funeral cercano; eso es lo que Robert Frank logró captar en tremendas fotografías que hizo durante sus viajes por carretera en un viejo coche usado”.

Quién mejor para presentar el libro de Frank que Jack Kerouac, el escritor de la generación beat que había inmortalizado —y mitificado— mejor que nadie la forma de viaje americana por antonomasia: el road trip. En On the Road —o En el camino, como se tradujo en español—, Kerouac escribe no sólo un manifiesto generacional, sino una oda a una peculiar —y novel— forma de viajar cuya única finalidad es desplazarse y abarcar el espacio, recorrer los confines de un país-continente que, desde hacía sólo unos años —la creación del automóvil—, estaban por vez primera al alcance y capricho de casi cualquiera.

Kerouac realizó tres viajes de punta a punta del país para investigar su libro; el tercero de ellos, en 1950, tomó un giro inesperado en Denver que concluyó en los burdeles de Ciudad de México.

El viaje de Frank por la geografía americana es, en más de un sentido, el símil visual de lo que Kerouac hizo en On the Road con la escritura.

La aventura comenzó en 1955. Después de viajar errante por Europa y Sudamérica, Frank, un inmigrante suizo que apenas llegaba a la treintena, presentó un proyecto a la fundación Guggenheim para viajar por Estados Unidos y, en sus palabras, “ver lo que resulta invisible para los demás”. Así, con una beca de la fundación y una pequeña cámara Leica, se lanzó a recorrer el país durante varios años.

“Después de ver sus fotos”, explica Kerouac, “no es fácil saber qué resulta más triste, si una rocola o un ataúd”. Eso se debe, concluye el escritor Beat, “a que siempre está haciendo fotos de rocolas y ataúdes”.

Frank viajó de este a oeste y de sur a norte con el objetivo de observar y revelar los misterios del Estados Unidos de la posguerra; un país que, a pesar de haber salido victorioso y pararse por primera vez en la cima del poder mundial, mantenía las ambivalencias y conflictos sociales de siempre. La pobreza, las desigualdades, la división racial; la lente del fotógrafo las capturó. La esperanza, el optimismo y la laboriosidad de un país que estaba en el proceso de entender que había alcanzado el pináculo; también.

La historia de la publicación del libro es curiosa. No sucedió inicialmente en Estados Unidos porque, consideraban algunos aquí, salía de los cánones fotográficos del momento; la primera edición se publicó en 1958 en París. La única edición que no contiene la famosa introducción de Jack Kerouac. La editora francesa consideró que el texto era demasiado corto y de poco interés para el público francés. Prefirió acompañar las fotos con textos de Simone de Beauvoir, Faulkner, Henry Miller y John Steinbeck, así como con una ilustración de portada de Saul Steinberg.

La edición de 83 fotografías —con la introducción de Kerouac— que hoy se conoce y que consagró a Frank como uno de los observadores más agudos de la realidad estadounidense no se publicaría hasta un año después.

La fotografía de portada es una impactante muestra —y síntesis— del resto del libro: un primer plano de un trolebús que circula por alguna ciudad anónima que sabemos se sitúa en el sur: los pasajeros blancos se sientan cómodamente en la parte delantera; los negros —incluyendo a un hombre que mira con angustia directamente en la lente— en la trasera.

Fue tomada en Nueva Orleans, en 1955, el mismo año en el que un asiento en disputa en un autobús en Birmingham y una anónima costurera de Alabama se convirtieron en el símbolo máximo de un movimiento que transformaría y dignificaría al país.

El propósito del trabajo de Frank no es la denuncia social, sino, como él mismo lo dice, en hacer visibles esos rincones —y realidades— invisibles para tantos. Lo logra más por medio de la evocación que del reportaje periodístico: un grupo de hombres contemplativos a las afueras de una funeraria en Carolina del Sur; unos urinarios en un estación de tren en Memphis en donde un negro le da brillo a los zapatos de un blanco; un coche cubierto con una lona y custodiado por dos enormes palmeras, en Long Beach, California; unas cuantas casas esparcidas en un desolado descampado de Nebraska; un hombre vestido de vaquero en Nueva York.

Y por último —una de mis preferidas—, la carretera interestatal 285 en Nuevo México. Una línea interminable iluminada sutilmente que sólo se interrumpe por el horizonte. Evoca, mejor que cualquier otra foto que conozca, esa vastedad geográfica tan importante en la construcción del sueño americano.

The Americans, un enriquecedor antídoto contra el tedio del ciclo informativo 24/7.

06 May 2009

Specter, Souter y la fortuna política

Escrito por: diego-beas el 06 May 2009 - URL Permanente

En política, la fortuna es impredecible, caprichosa y, casi siempre, escasa. Pero, a pesar de ello, nada impide que en determinados momentos llegue en abundancia, en dosis inesperadas que de golpe trastueque el balance de poder.

En esencia, eso fue lo que le sucedió a Obama la pasada semana. Justo cuando el nuevo presidente libraba con éxito ese primer obstáculo simbólico de los 100 días, dos anuncios inesperados —sin relación entre sí— se convirtieron en la prueba más fehacientes de cómo las decisiones de apenas tres meses de gobierno han modificado ya de manera significativa el escenario político.

El viernes, David Souter, miembro desde 1990 del selecto club de nueve jueces que forman la máxima instancia judicial del país, decidía dejar voluntariamente su asiento en la Suprema Corte de Justicia.

En la mayoría de los países una baja en su tribunal más importante no es de interés para la mayoría ni tiene repercusiones políticas inmediatas en el conjunto del sistema; en Estados Unidos, en cambio, sí.

Tan pronto se hizo pública la jubilación voluntaria del juez, incontables grupos de presión —dentro y fuera de Washington— comenzaron a afilar navajas y a intentar llevar agua a su molino. Me explico: una vacante en la Suprema Corte de Justicia es vista por amplios y diversos grupos sociales como una oportunidad futura de moldear el sistema, de influir políticamente y de, sobre todo, asegurarse que ciertas prerrogativas no sean afectadas —o, en su defecto, en el caso de grupos opositores, su oportunidad para afectarlas—.   

Grupos a favor del aborto, grupos en contra, a favor de las armas, en contra, de la religión en el espacio público, en contra; todos buscan afectar un nombramiento de este tipo.

Así, la oportunidad de nominar y confirmar —el cargo requiere aprobación del Senado— a un juez al máximo tribunal no sólo no se toma a la ligera, suele convertirse en el escenario de épicas batallas políticas que estigmatizan presidencias y parten al país en dos.  

A Obama, la ocasión le llega temprano en su Gobierno. Y, como ya insinuaba al comienzo, la razón no es fortuita. George W. Bush no tuvo la posibilidad de hacer su primera designación hasta octubre de 2005, más de cuatro años después de asumir la presidencia.

La decisión de Bush de proponer a Harriet Miers —una abogada cercana al presidente sin cualificaciones para el puesto y que garantizaba máxima lealtad a las causas conservadoras— al cargo supuso, junto con la debacle del manejo de las consecuencias del huracán Katrina —sólo un mes antes, en septiembre de ese año— el giro decisivo que dejó plenamente al descubierto la incompetencia y partidismo con el que Bush manejó importantes asuntos de la nación.

Bush fue obligado a recular y proponer una alternativa. Lo hizo en el momento en el que tuvo lugar la segunda y última baja en la Corte de su presidencia. Nombró, y con mayoría republicana en el Congreso, logró que éste aprobara a dos jueces profundamente conservadores: John Roberts y Samuel Alito.

David Souter —un juez moderado, propuesto por George Bush padre y considerado apóstata por la derecha— se retira ahora porque, después de la ideologizada imposición de los jueces mencionados, cree dejar en mejores manos la elección de su sucesor.

Dos días antes del anuncio de Souter, tuvo lugar otro, éste de Arlen Specter —un senador Republicano de Pennsylvania—, que redondeó la fortuna de Obama y confirmó que, en efecto, nos adentramos en una nueva era política muy distinta a la que concluyó el 20 de enero pasado. Specter, después de más de 40 años, abandona el partido Republicano y se une al Demócrata.

Más allá del halago político para Obama y su partido, el gesto es importante porque le otorga a los Demócratas la codiciada mayoría calificada que necesitarán no sólo en el proceso de confirmación del candidato —o candidata— que proponga Obama para la Suprema Corte, sino para piezas fundamentales de la agenda legislativa del presidente —energía y reforma sanitaria, principalmente—.

Se cuenta que Obama se enteró de la deserción de Specter el martes por medio de una nota escrita entregada en el curso de una reunión; siete minutos más tarde estaba al teléfono con el nuevo miembro del partido garantizándole su apoyo y el de los Demócratas.

Al margen de las consecuencias prácticas que traerán los dos sismos que han sacudido Washington en días recientes, la importancia de éstos radica, de manera más amplia, en que comienzan a hacerse visibles los efectos del estilo Obama.

Cuatro —u ocho— años al ritmo de estos poco más de 100 días y Estados Unidos habrá consumado una más de sus históricas reinvenciones. 

30 Abr 2009

Cien

Escrito por: diego-beas el 30 Abr 2009 - URL Permanente

“La lluvia descendió, y llegaron las inundaciones, los vientos soplaron, y golpearon la casa, pero ésta resistió”. Palabras —algunos reconocerán— del Sermón de la Montaña; utilizadas por Obama en el que considero su mejor discurso desde que asumió la presidencia. “Estaba construida sobre una roca”, añadió antes de advertir, “no podemos reconstruir la economía sobre el mismo monte de arena. Debemos construir nuestra propia casa sobre una roca”.

Con su don habitual de palabra, su claridad de ideas y haciendo por completo suya la responsabilidad y peso de la oficina que preside, el nuevo presidente dibujó un matizado escenario; con trazos finos y cuidados explicó dónde se encuentra el país actualmente y hacia dónde propone llevarlo. Sucedió en la universidad de Georgetown hace dos semanas en un discurso que aunque no brilló como otros por su lirismo, sí fue una clase magistral sobre qué llevó al país al borde del precipicio.

“Muchos americanos”, dijo Obama, ‘’se deben estar preguntando cómo encajan todos nuestros programas y políticas en una estrategia integral que lleve a esta economía de la recesión a la recuperación y eventualmente a la prosperidad”. Y a renglón seguido, simplemente lo explicó.

Habló, en primer lugar, sobre el estado en el que recibió al país: “las recesiones no son inusuales: las economías y los mercados suben y bajan de manera natural, y eso lo hemos visto a lo largo de la historia. Pero esta recesión es diferente. No fue provocada por un descenso típico del ciclo económico. Fue ocasionada por la tormenta perfecta de irresponsabilidad y malas decisiones que se extendieron de Wall Street a Washington y a ‘Main Street’”.

Seguido de una detallada explicación sobre la cadena de irresponsabilidades específicas que desataron la crisis: el rol que jugaron las millones de hipotecas adquiridas por personas que bajo ningún criterio cumplían los requisitos para obtenerlas; de cómo las entidades que las otorgaban las utilizaron como fuentes de ingreso; de cómo los bancos de inversión crearon productos financieros supuestamente tan sofisticados que lograban eliminar el riesgo; y de cómo, finalmente, el último eslabón en la cadena —las agencias de calificación— participó alegre y ciegamente de esta orgía crediticia.

Un listado más de razones que llevaron a la crisis pero que, en boca de Obama, se convierte en una agenda de prioridades y reformas que como presidente se propone llevar a cabo.

Cien días han dado para mucho en el cambio de las formas en Washington. Mientras un discurso de Bush era un gran tratado maximalista de buenas intenciones y metas —carente de la tonalidad de grises que cualquier tema de estas dimensiones tiene—, los mejores de Obama son detalladas hojas de ruta que diagnostican un problema y proponen soluciones escrupulosamente fundamentadas.

Joe Klein de Time lo dice aún mejor: “Quizá el cambio más importante del pasado inmediato es la forma en la que Obama ocupa el espacio público: sereno en las ocasiones en las que Bush parecía agitado, elocuente cuando Bush era zafio, conciliador más que provocador”.

En pocos lugares han quedado estas diferencias tan claras como en el discurso en Georgetown y su explicación de la crisis bancaria. El presidente, primero, estableció los hechos (el sistema de crédito colapsó); planteó las disyuntivas políticas para solucionarlo (crear un modelo de rescate ad hoc o nacionalizar); y concluyó explicando por qué eligió el primer camino (en el largo plazo, calculó el presidente, terminará costando menos a los contribuyentes).

En estos primeros cien días, en relación a la tocada economía, dos fueron las medidas que marcaron las acciones del nuevo Gobierno: el paquete de estímulo más ambicioso de la historia —787 mil millones de dólares— y un presupuesto que aunque no ha sorteado todos los obstáculos en el Congreso, se plantea también como el más ambicioso en al menos dos generaciones —3.55 billones de gasto que reorientan en 180 grados las prioridades del país—.

El otro asunto que marcó esta primera etapa —éste quizá de naturaleza más simbólica— sucedió a miles de kilómetros de aquí, en las costas del océano Índico, en una operación de las fuerzas especiales de la Marina. Con el rescate del capitán Richard Phillips, Obama se sacudió de golpe un fantasma que ha cazado la conciencia del Partido Demócrata desde al menos Jimmy Carter —algunos dirían que desde Kennedy y Bahía de Cochinos— y que tiene que ver con su pusilanimidad en el uso de la fuerza militar.

El rescate en el Índico fue una operación altamente sofisticada y coordinada en la que Obama no sólo fue minuciosamente informado de su desarrollo, en al menos dos ocasiones autorizó personalmente el uso de la fuerza. Su eficacia fue tal que incluso suscitó un debate en círculos militares y de seguridad sobre cómo mejor emplear en el futuro la superioridad militar estadounidense.

Cien días después de aquella gélida mañana de enero en el Mall, Obama se encuentra plenamente al mando de la nave, con un plan de vuelo claro y definido y, sobre todo, habiendo demostrado ya una competencia y habilidad en la toma de decisiones no vista desde hacía mucho tiempo.

Cien días, pues, bien aprovechados.

Sobre este blog

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Desde la América de Obama

Este espacio se propone ser un registro de los cambios que están teniendo lugar en Estados Unidos: el final de una era, el nuevo Gobierno y las enormes expectativas que giran en torno al nuevo presidente. Escrito desde la invaluable perspectiva que proporciona Washington, D.C.

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Sobre el autor

Diego Beas es periodista y analista de Estados Unidos. Estudió política internacional en el King's College de la Universidad de Londres y periodismo en el diario El País. Escribe la columna Ruta 66 para el diario Reforma de Ciudad de México. Actualmente vive y trabaja en Washington, D.C., donde prepara un libro sobre la campaña de Obama, la influencia de las nuevas tecnologías en la política y los primeros pasos del nuevo Gobierno.

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