30 Sep 2008
De vez en cuando
A Guadalupe la conocí en un burdel. Todo en ella era llamativo, desde su rostro hasta las ropas ajadas que usaba para despertar cierto interés por lo que se tapaba tras ellas. Solo sus piernas eran un vértigo incansable de mirar. Era tan dueña de sí que solo se acostaba con quien ella quería. Me acuerdo que cuando me ofrecí me miró sin decir nada dejándome en el mismo sitio donde había pronunciado ese ¿qué pasa, preciosa?. De lo vulgar a los basto se llega en pocos pasos pero de lo provocativo a lo interesante hay una recorrido largo y lleno de interesantes estaciones intermedias.
En una de esas ocasiones en que, borracho o queriendo estarlo me acerque al alegre lupanar, no se cual será la mirada, la forma de esa misma o el gesto agotado de un cuerpo marcada por la insatisfacción que al pasar la puerta ni esta blasfemó. Al entrar note una voz conocida y cómo me sacudía de una de las magas mientras recorría las tres estancias de ese maravilloso pasillo. Entre las sonrisas y la estupidez dejé que mis pasos recorrieran el adornado suelo hasta caer rodando golpeado por el marco de una puerta que había buscado, seguro, mi cabeza ladeante para probar mi furia.
Con la mano taponaba el corte de la frente mientras encontraba a esa preciosidad pelirroja los lunes, morena los martes y viernes, rubia el resto. Sus ojos, no sabría decir el color exacto de esos ojos afilados que marcaban una profunda raya negra hasta finalizar en el rabillo de los párpados.
Al rastro de sangre le acompañaba el perfume penetrante de Guadalupe, su aroma era la señal del celo en una berrea de ciervos. Vi llegar el primer guantazo, al segundo mis manos cubrían mi rostro frente a esa descomunal mujer que dejaba caer una y otra vez, por la derecha y por la izquierda, sonoros golpes seguidos de gritos y jadeos que juro no eran míos. Era tal mi estado de excitación que me meé encima. Las manos con sangre resbalaban frente a mi rostro y mi pantalón caído dejaba al descubierto una ridícula cola sacudida por la inercia del resto del cuerpo. Semejante imagen solo podría llevarme mas bajo en el escalafón de los puteros y borrachos, impotente ante un sexo sobrehumano.
A las siete y media de la mañana me desperté sobre unas sábanas arrugadas. Mi ropa estaba, parte en el suelo y otra parte revuelta junto a las mantas y el edredón y la almohada. No podía creerlo, estaba tan golpeado y con tantos cardenales que pensé estar en una de la celdas para vagabundos y maleantes de la jefatura de disturbios.
Salí de aquella habitación encaminando mis torpes pasos hacia la calle pero no sabia bien dónde estaba la puerta de salida. Todo estaba oscuro y parecía vacío. Mis manos perseguían la línea recta de las paredes colocando las palmas contra el gotelé. Un marco, dos, al tercero atravesé decidido con al cabeza como primer guía. Mil personas me miraban asombrados salir por detrás de las cortinas del escenario, estaba en un teatro junto a otros tres compañeros actores.
Me debía tocar decir algo ya que me miraban todos en señal acusadora. Tras un breve instante de agónica contemplación, rompí a llorar. Los aplausos llovían sobre el aire en una formidable cascada mientras con las manos sobre el rostro y las rodillas en tierra gemía desconsolado. -Juan incorpórate hombre que ya hemos terminado.
Tras el monologo de hojas sedientas de verdades mi personaje volvía a ser yo como su principal responsable. Mi trabajo de amante se había acabado por esa noche, era hora de recoger el mérito. Despachaba unos autógrafos mientras me dirigía al vestuario. – Buen trabajo, Juan, eres un gran actor, lo único que procures no mearte encima en cada sesión, te vas a deshidratar.
Era verdad, era un gran actor haciendo la obra de su vida, el monólogo de la muerte. Entre árboles y atracadores irrumpían en la mañana de mi detención y muerte la ciencia de la palabra. Nunca había entendido como a un bandido que van a ajusticiar le da por decir tantas cosas y de tanta profundidad como a mi personaje. Los últimos minutos de la representación los ocupaba yo con esas frases tan profundas que ignoraba el destino para aventurar el enigma de un hombre que moría.
La transformación que me ocurría encima de las tablas del teatro era como un renacer a mi mismo. Dejaba de ser yo para formar parte de las hojas, de las letras y frases que soltaba frente a unos espectadores consciente de su silla confortable, sus pies juntos y las palmas de las manos buscando la mejor postura. No se bien que tenía esa obra, ese monólogo pero me hacia perder el rumbo, en ocasiones el responsable de los focos tenia que hacer verdaderos juegos para poder enfocarme en un extremo del escenario, apartado del grupo, de los figurantes, incluso del decorado. El director me permitía ese lujo por la capacidad de transmitir que se podía absorber de la interpretación. Ese mareo agotador de frases incombustibles me hacia una y otra vez el hombre mas sabio del mundo, el conocedor de los secretos de la muerte, el propio personaje invadido de la fuerza de sus gestos, de la amarga franqueza de quien se desnuda frente a otros.
Mientras bajo las escaleras que me llevan a la calle, recuerdo una frase frágil de mi personaje, la masco cada vez con distintos dientes: “ven, muerte, no te temo. Ven mientras vomito estas letras que dejaré como recuerdo en mis uñas negras de la tinta de esta vida que me ha tocado. No olvides que mi ahogo no es por falta de aire, ni de sangre, es por haberte visto tantas veces escaparte a tu propia cueva, en los rincones de la amargura, de la eterna espera de tu tiempo”. Mientras me abre el celador la puerta subo las solapas de mi abrigo, hoy llueve. Son las nueve y media de al noche, me iré a tomar un bocado.
26 Jun 2008
Más piedras en el camino.
¿Qué pasa a los amantes que se distancian?¿qué sucede cuando parece perderse la ilusión entre quienes se dijeron amor?. Menos mal que el sentimiento es quien nos tiene y no a la inversa. Nos publicitamos como ejemplos de amor y contra amor cuando animamos a la naturaleza. Mar, montaña, cielo, nubes, desierto, agua, tierra, aire. Locuaces, parcos, íntimos de lo real, no dejamos de ser transmisores, estancados, huero seco, vacío. Al mar le llamo amante, a las olas amado, ¿dónde esta el secreto, dónde esta, pues, el sujeto de ese amor?. Me temo que desasimos a lo real de lo imaginado, viviendo esto como aquello, siendo aquello lo sentiente. Riámonos de las torpezas pues somos payasos del amor.
Dime ¿cuánto dolor aguantan las venas?. Dime, ¿hay algo tras cada latido sin sangre en tu corazón?. Hay palabras simples para preguntas inagotables, hay letras que no cesan en generar dudas. Veo el dolor corriendo por tus venas que te hacen latir de sangre. Muerdes unas palabras, derramas unas letras. Una nueva generación mata un puñado de preguntas. Miserables labios, arrancaré uno a uno todos tus besos para escupirlos al olvido de la crueldad. No haces sino interrogarme, ¿será esa, será otra?. Una certeza te doy, la edad que tengo soy.
Venía andando, entretenido con una bolsa blanca, de esas casi transparentes entre las manos. Me asalto tu cara, tense las manos mientras mis pulgares estiraban trozos cada vez más pequeños de plástico. Eres egoísta hasta cuando piensas en tí misma, pero eres tan vulgar. Ni la arena del mar puede esconder sus secretos a las olas que la lavan. Son ya quince las extensiones entre los extremos de mi bolsa, son quince y harán desaparecer su forma. No habrá bolsa, sólo trozos de su historia.
Recreo entre mis dedos las blancas sábanas, los sacos en las parcelas verdes, el lago, la montaña, la playa solitaria. La historia que nos posee, nos hace libres y esclavos, dueños y serviles. El tiempo que esta en nuestras manos es memoria. La alegría de amanecer junto a ti hace que las flores sean todas distintas, en su color, en su belleza, momentos cercenados por el aire que pasó. Si he de juzgar mi vida, lo haré contando tus besos, los que me diste y los que me perdí, los que quisiste darme y los que diste por amor.
No dudo de ti; la ballena tampoco espera, ni la red mantienen sus mil ojos siempre abiertos. Son las cuerdas que hunden mis párpados en la oscuridad de tu silencio, los mil reproches con que golpeas mi pecho. Ni a los peces, ni a las algas se les dijo que el mar es su prisión y su vida. Nadie me hablo de lo profundo que tienes el alma para arrancar mi historia pegada junto a tus besos.
Aunque nunca lo queramos reconocer hay dos vidas. Una, la real, la que no sucede; la otra, la que nos imaginamos. En la primera parece que el autor principal, el yo, es otro distinto y que lo que le da su sentido, su vitalidad, es de lo que carece. Cada diez años y en alguna decena dos o tres veces, debería ser obligatorio mirar al espejo y describir qué se ve. La vida que imaginamos que nos pasa es aquella en la que uno mismo, original y dueño de sus actos, controla los acontecimientos y los coloca en la sucesión correcta, para que no se antepongan unos a los otros, o los otros a uno. Bastan quince minutos de fiero realismo, la enfermedad, la muerte, la estupidez, para elevar estas letras a encabezado de un libro: soy mi vida. No olvidemos que, aunque ligeros, los sueños pesan.
24 Jun 2008
Otra de aformismos, que dicen donde dije digo
Han circulado tres automóviles. Dos llevan las luces encendidas, uno no. Está amaneciendo. Los tempranos rayos de sol comienzan un día mas. La luz va poseyendo la carretera mientras las ruedas se comen los kilómetros. Dos coches apagan las luces, a uno se le encienden. El cristal del rocío, el mármol y el cobre reflejan luminosidad. Una gran boca se traga el brillante féretro. El funeral despide el cortejo mientras cuatro rostros pálidos matan los colores. Hay una libertad que asusta, una libertad que nunca hierra.
Tengo un dolor en el pecho que me ocupa la vida entera y una vida que remite dos golpes de azada al día. Entre un intervalo y otro clavo mis dedos entre ideas, unas que vienen, otras que son impuestas. Diez puntos que son las diez yemas mas cálidas que un aliento, más húmedas que un beso, sudan mientras busco esta pena que me tiene colgando. No es cuestión de pesimismo, es que hay cosas que se acaban y nunca mas vuelven. Por más que la materia se transforme no muta en lo que deseamos, más en el deseo, que es impersonal y postmoderno.
Corren, lágrimas, sobre tu tez de arena que secan sus pasos entre duna y duna de tus pestañas. Largas, cada vez mas largas, una tras otra suicidan su dulzura por calmar tu llanto. La siguiente recorre rápida y lapidaria el ingrávido sepulcro, a esta la sigue la primera que se creyó la última pero que no cesa. Gorda y barriguda llega a la mejilla la gran bola, no sucumbe. Fiel agradecida la punta de la lengua devuelve a su útero de agua el dolor que se calma. De nuevo, el zascandil, tiene las llaves de casa.
Cada cierto tiempo, la historia en la que todos intervenimos, crea un monstruo que digiere tantas heces que termina conociendo el olor de todos nuestros miedos. El héroe, como el abanico, refresca y hasta eriza cuando pone excesivo empeño. El perfecto amante tiene un poco de cada, huele nuestros temores y salva del anonimato gemidos que no dejan de ser nombres. Yo, en mi caso, prefiero seguir buscando entre fantasmas lo real que pueda haber: el carácter del barro, el cuerpo de pantera, la inteligencia del agua y la frescura olvidada. También hay brujos en esta historia, que inventan pócimas que a veces salen y otras fallan.
Hay tantos mundos como ojos que lo miran; mentira. De hecho hay tres mundos: el supermundo de donde vienen el amor, el deseo, el odio y la envidia; el micromundo cuyos primeros habitantes no necesitan el aire para respirar, ni los alimentos para vivir, ni tienen principios o moral; por último el rectomundo lleno de hielos que flotan entre palabras “eleganteadas”, pasajes de oro en libros con cantos de piedra y ojos, y oídos, y lenguas sin mentes, solo cuerpos, libres y sueltos; azar de órganos de seis lenguas un ojo o un ojo tres oídos y ninguna lengua. Salud a los que van a morir.
He visto un móvil que me miraba a los ojos y dijo su nombre. Tenía las manos pegadas a un cristal. Me dijo que lo mismo hablaba desde un coche que en el andén del metro, que son sus manos delicadas o adustas y gruesas, que le gusta cambiar de funda, desde marfil a plástico anaranjado y su voz, y sus ojos también cambian cuando se le antoja. Reía tintineando, como las grullas, como unas margaritas vivas al olor, meneaba su tallo. No tienes vida propia, eres de adorno, mascullo; yo canto cuándo y dónde quiero, interrumpo a los amantes y despierto a los niños, soy yo y no podrás verme, soy ruido.
16 Jun 2008
De nuevo veo los ojos de adelfa
De nuevo veo los ojos de adelfa. Son engañosos. Me han dicho que se muere, que los frutos del tiempo debe recogerlos antes del final que se antoja próximo. Siempre que a la vida se le resta poder de fructificar buscamos un culpable, sea material cercano o un espíritu libre de los confines de nuestro mismo sufrimiento. La espera de un resultado anticipa una obra de ingeniería familiar: lo que era bueno y servia se convierte en digno de relegar siendo lo más deshabitual norma. El que no hacia su cama ni comía en casa se convierte en un hacendoso amo de sus feudos y la comida pasa a un secundario lugar entre los temas importantes del día. Prima la praxis, todo debe estar hecho o con la apariencia de estar. Es entonces cuando el ser humano que centraba su vida en esas labores ve frutos de su labor, los amargos son muchos, ni la comida es como la suya ni sabe que se podía hacer todo con tan poco esfuerzo dejando todo a gusto de la mayoría conformista hasta la exigencia. La satisfacción, de ver cómo se puede organizar una familia centrada en la cesión de las tareas del hogar al hado de llegar y que estuviesen hechas.
Los milagros de este modo se han sucedido en tantos hogares que el reparo del daño traía una nueva forma de entender el sufrimiento, paliativo de las labores. De nuevo se deja de lado lo fundamental, el sentido de ese hueco a llenar, que es una vida y su propio desarrollo. Me temo que hay una asignatura pendiente, la desnaturalización de la normalidad. Igual que no es normal para un paisano del pueblo más recóndito de esta piel de toro ver por sus calles una pareja de senegaleses vendiendo lo último de Bisbal en DVD, aprender a dejar de ser quien se es para ser recuerdo ha de ser algo que se aprenda, que se pueda preparar.
Nos hemos quejado con frecuencia de la frialdad de los médicos que en un pasillo desnudo nos comunica con una franqueza digan de estúpidos que aquello que ha centrado cariño, amor, ternura y cercanía se convertirá en breve en pasta para otros seres, menos animados. El decir es necesidad, hasta el cotilla lo sabe.
No nos diferenciamos mucho en el duelo de otros seres vivos, nos adaptamos a la nueva situación hasta su desenlace con la precariedad de quien ama por la fuerza de la costumbre. Cuando un día ves las escaras en carne sobre esos pechos que una vez te dieron de comer con las pústulas fijas, el amor en el sentimiento, eres capaz de girar todo en su centralidad.
Mi deseo es hoy el de comprensión, de solidaridad y ayuda próxima a estos y otros que han, como yo hice, descentralizar mi futuro en beneficio de quien me vio nacer durante la caída del pesimismo, de esa lluvia que empapa y hace llorar. El tiempo pasará y saldrá de nuevo el sol, la caducidad en que vivimos nos empuja, como esa mano invisible que nos sostuvo hasta vernos andar.
22 Abr 2008
La vida rara
La vida es como un cajón de cosas llenas de utilidad, todas necesarias en su tiempo, ahora puro recuerdo de su imprescidibilidad. Vas pasando los motivos nostálgicos por tus manos a la vez que se te hace presente el último momento en que lo utilizaste, quién te lo regalo, el día anterior que dejaste en el mismo sitio la misma sensación. Parece una fórmula matemática, la proporción de tiempo es igual a la suma de las veces que no se ha movido multiplicado por los cajones y cajas sucesivas de donde se ha ido cambiando para parar al mismo lugar de la mente, el lateral izquierdo.
Cuando son cosas, el reloj despertador, la navaja suiza multiusos, el llavero recuerdo de París, o las cartas de motocicletas, un simple vistazo sirve para sintonizar la importancia del recuerdo. Otra cosa es cuando aparecen papeles, fotos que cubrieron la historia personal por el manto de la complejidad. Entonces, hasta los mas racionales de los seres humanos curiosean las palabras que puede, se sepan de memoria: “ni todo el cariño del mundo me separará jamás de esta, la mejor de tus sonrisas”. El placer interno despierta, a la vez que la escamada de la epidermis toma cierto grado de excitación. Es el amor a sentirnos amados, algo así como querernos por ser querido, en matemáticas la elevación al cuadrado del amor. Permanecer en ese estado es difícil y enfermizo pero saber sentirlo nos hace únicos en ese instante, originales por las fracciones de segundo que componen el rubor.
Al trasladar los objetos ,las cajas cargadas de papeles paseamos años de juventud, de madurez o la simple jovialidad en que podemos vivir. Cuanto más nos movemos menos es la carga con que atesoramos los cofres de presentes. Lo malo es encontrar un lugar frecuentado donde su hueco sea pasto del tiempo y de nuestro repentino afán de búsqueda de la linterna de petaca, muestra del museo inexistente de cosas que inventa el mercado por el simple hecho de crear más objetos que acumular. Los rastros que se podrían hacer en tantas calles de tantos pueblos, cómo se pierde ese lugar al fondo de un trastero, una azotea, un sótano, inservible a la utilidad depredadora. No somos diferentes de tantos otros, que tienen un ordenador lleno de archivos sin mas utilidad que permanecer. De todas formas no son comparables. Tomar entre las manos algo a verlo reproducirse en una máquina, pero quién no ha olvidado el video de su comunión, de su boda o bodas, del nacimiento de su primer amor.
La presencia, esto es la clave. La presencia es saber que ese cajón está, sea donde fuere pero está. Los rostros más amados al cabo del tiempo de su perdida se hace sobre otros espejos, mini películas en que fantaseamos para hacer de lo inasible algo tan cercano que brotan lágrimas o pudores más íntimos. La revelación es tan sencillo para los santos como para un ciego una pared de gotelé. Tomar relieve sobre una misma imagen, darla más forma que la mera lectura de unas palabras o la visión de unos rostros queridos, presentarse como el director, el actor, la cámara y hasta el tapiz donde proyectamos tantos deseos, en ese instante somos más vivos, somos vida en un cajón.
Una vez dije que la vida al morir es el rojo corazón que no late. Tómame en tus manos, abre mi lengua en forma de pestillo, de manilla, de cartón que tengo hoy que hacerte vivir, que quiero golpear tus recuerdos, sacudirte para abrazar el aire que dejas escapar, que es tu mejor sonrisa.
17 Abr 2008
La pereza en forma de aforismo.
He visto a algunos ricos que se reían. En su sonrisa y en su risa he visto sus preciosos dientes blancos. He visto a algunos poderosos reírse, y entre sus dientes soltar palabras con poco aire, sin apenas gasto. He visto, prosigo, que se reían de alguna otra gente, que se sonreían entre la malicia y la ignorancia. Desde la necesidad del sufrimiento hasta la creación de empleo, desde la mirada curiosa hasta la incredulidad del que no ve aún teniendo ojos, desde la falta de costumbre hasta la cómoda mirada de quien encuentra razón de todo. He visto por tener ojos y querer usarlos. Me recorre en ocasiones una extraña sensación y un oscuro pensamiento: esto se podría evitar, aquello sería mejor de otro modo, alguien se lucra con todo esto. Al pesimismo le supera el optimismo y a este el realismo. Se es realista siendo ciego, aún teniendo el beneficio de los ojos. Cuando sepa quien es el enemigo y le vea, le sacare sus ojos para ponerle los míos, tal vez así yo sea feliz y él tenga unos ojos nuevos.
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¿De quién es el tener medida? De tantos estúpidos que tienen la crueldad como única herramienta de su existir. Todo el oro que posee tu piel es vapor cálido que aspiraría para llenar mis pulmones de sentimientos. Todos mis sentidos están cubiertos de silencio mientras no posea el aire posado de tu cuerpo. Te acaricio y me pregunto si es esta la forma del amor. Acompáñame hasta la tumba de mi muerte para enterrar juntos la vida terrible y dar paso a nuestra desnudez. Recordaré tu calma, tú, recuerda mis palabras.
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Dicen que te ví, aunque iba con los ojos cerrados mientras andaba por la calle. Dicen que te salude y te dije “hola”, aunque tengo sellados los labios al andar. Dicen que estuve amable y te invité acompañando las palabras con un suave gesto de las manos. Donde dicen dice, digo decir. Dije que te ví, aunque simulé cerrar los ojos para no verte mientras andaba por la calle. Dije que te salude con un “hola”, aunque sólo moví los labios. Ante la vergüenza de verte frente a frete y el placer secreto que ello me dio la mejor retirada fue enfrentarme a mi miedo.
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Uno todas las tardes de mundo, las uno con las manos bien abiertas, las tengo ante los ojos, cerrando los párpados y posándolas en una respiración: uno, dos, tres ...desaparecen entre la muerte de uno a otro latido de corazón. Te tengo frente a mi, te desnudo, te amo, te deseo, uno, dos, tres...el mundo de mis manos cierra mis ojos y mis párpados ante la muerte de mi corazón: uno, no, dos, respiro.
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No somos dueños ni de nuestras vidas. Los animales tenían sed, las chimeneas aullaban, llovía tan fuerte que se hizo monzón y el elefante sacudió su calor, la jirafa bebió todo su cuello. La casa de barro y paja se caía mientras sus ocupantes , con sus tambos de aceite llenos de agua, corrían para salvarse. El azar es lo que lleva a uno a ser ladrón, el azar y vivir en una gran ciudad. El terrorista sueña con una idea, la fantasía más vieja de la historia, el sacrificio humano redentor. La vida la labramos, unas veces da fruto, otras no. La vida es personal, sólo pide vida. Vive, vive hasta que te duela. Si sólo eres dolor, has llegado al final de tu vida, aunque a veces, el dolor te hace sentirte vivo; más esto último, y es mi opinión, no es vida.
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Todas las luces de colores presagiaban una fiesta por todo lo grande. El grupo que comenzaba a ensayar sus instrumentos, la alegría en forma de humo. Eran las once y vibró la guitarra. A eso de la una te vi. Un cinturón fino ceñía tu cintura y colgaban de ti besos como sonrisas. Eres preciosa, le susurre al pasar junto a mí. Sus ojos lanzaron a sus palabras y entre ellas entendí que eras de otro. Rodó entre la música el sudor de tanto público. Me uní a ti de la mano, te callaste y sin soltar esa compañera infiel, saltamos sin miedo. Todos nos vieron, como quien ve una ola tras otra en plena marea Finalizó el concierto. Me miraste, sonreíste, me diste un beso. Tus pasos los perdí entre la multitud. Grite tu nombre y vinieron quince más, treinta, setenta, cada uno llamaba a su miedo por su nombre propio. Esboce de alegría buscando tu miedo. Mañana lo hallaré y con tu aroma en mis labios sigo mintiendo.
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Tengo un ángel en mi cartera. No le puse nombre. Mi ángel, o mejor mi serafín, es de color plata con las manos recogidas en una trompeta. Los carrillos los tiene hinchados como si fuese a soplar su angelical instrumento en cualquier momento. Le llevo desde hace tiempo. Es de esas cosas que sabes cómo llego a ti pero que guardas por innecesaria. Nunca me ha hablado este ángel que mi carné de conducir guarda, pero la foto que lo acompaña parece sonreír ante la mirada atenta del guardia. Con este ángel, que no es rubio pero tiene sexo, he cruzado países en busca de su homónimo dorado. Ahora busco el de carne, el ángel que acompaña, en otros miles de carnets, la soledad del rostro grapado. Aunque sé que puede que lo pierda, lo importante fue tenerlo, sin retenerlo en su ida.
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Tres bocas he abierto para comerte mejor. La del estómago, nudo de mis nervios; la de mis labios, alfil de mis monedas; la de mis ojos, estrellas en su ocaso. Seis palabras compusieron sabios y torpes, seis dedales de nácar para agujas cargadas de llantos y risas, remiendos de lo viejo y de lo nuevo: nunca jamás olvides quien te amo. Hay besos no dados con heridas, cicatrices mas profundas en la historia de mis tiempos.
02 Abr 2008
León, Felipe llamas a tu cola.
Quizás hayas averiguado ya que lo importante emigra, con la misma velocidad con que estamos seguros de no perder ese instante, inmortalizar esa lágrima que jamás podrá ser sustituida, recoger entre las manos un cabello tan dorado, tan puro envoltorio de belleza, o cerrar un arrepentimiento sin haber abierto otra herida. La realidad es que es así, es cierto que eso no sucederá, pero también es cierto que volverá a pasar, tal vez con otro dolor, con otro amor; tal vez cuando no estés preparado o cuando has estado organizando todo con tanto cuidado que es imposible que no suceda. Decir obviedades es cargar el tiempo de botellas con mensajes de piedra, más recaemos con tan suma facilidad que parece sencillamente normal que en un entierro se diga que la vida es así o que la prueba de tu amor sea un te quiero como jamás lo hice.
En momentos de turbación es bueno sentarse unos instantes, si se puede cerca de un río o a la orilla de mar. Pasar momentos o mejor dejando que los momentos pasen por ti, estar, como sentimiento de adhesión calma. Alguna lectura dice que hay personas que se miran al espejo, recomponen su rostro frente a sí mismo, identificando lo que es más propio de él que su cuerpo, sus ojos, el pensamiento de verse reflejado. Jugar con la parsimonia no está hecho para todas las cabezas, algunas se pierden en ella, otras la desdoblan como un reloj en el desierto del lirismo, pero ojo, igual que la soledad para el asceta es una maravilla, para otro puede ser perder un tiempo de ocio gratuito. Igual que hay drogas legales y otras no tanto para dormir el sueño de la originalidad en un mar de gestos o en la absoluta voluntad del equilibrio, !cuidado¡ la mente es un territorio con leyes poco precisas.
No me muevo en el mundo de lo relativo como chicle de todos los sabores, de todas las bocas, no. Por gracia o desagracia parece que lo que entendemos por vida hace que ahora leas estas letras e hizo que alguien las escribiera, las pensara, juntando ideas ligables o no. Movidos en el mundo de lo aparente donde bello va con bello y al fuego le encantan nuestros bosques, diferenciar lo mediato del fin, pervertir nuestra madurez de inocencia o saltarnos una dieta tal vez, solo tal vez, nos acerque a un razonable equilibrio. La enajenación que no la locura, es hoy un deporte al que nos apuntamos si nos interesa. Depender de la opinión banal o no, que se pueda tener sobre nosotros, aleja o acerca ese querido equilibrio, que puede no ser querido, pero congruente en su locura. Cuando cambié los pantalones del niño de unos amigos al hacerse pis no le dije loco, ni enajenado, le dije: enano saca la cola al bajar los calzoncillos no hagas pis con ellos en la cintura. A lo que me contestó: no llegaba.
25 Mar 2008
La mar de mi mente.
Las resacas del mar, largas para el marinero, dejan un espectáculo difícil de olvidar. Las olas se suceden como necesitadas o enlazadas todas a la misma corriente, a la misma ola que pertenece a una sola, gigante. Vista en ese momento que estamos nosotros, espectadores singulares sobre el amplio horizonte, sobre unos ojos que se cubren igual de las lágrimas de un mar que llora como por la palma sedienta ante el abrasador cegamiento de un rayo de sol. La resaca nos puede dejar ciegos por un instante en que lo dulce y lo amargo, lo salado y lo propio se disuelve en un caudal enrojecedor. Pasar mucho tiempo con quien necesita estar solo es como vivir en un mar de resaca, como agitarse en el cemento de una inmensa ola ataviado tan solo de unas palabras. No son las palabras el lenguaje que entiende quien se ciega en su propio miedo o se obstina por vivir dormido un día a día plagado de nuevos momentos. Más quien no desea ser mas que quien fue ha de dejar de vivir en este mundo para atarse en las olas de una resaca que lleve a la lejanía desde donde se habla.
En el principio el mar cubría todo, como el amante desea acariciar a su amada. Los guiños de la luna hacen que bajemos la guardia dos veces en un mismo día, como el hijo que olvida quien es para ser la correspondencia de un paje, el letrero donde mirar o un surco para plantar el cerezo que no veremos, con los frutos rojos que no comeremos. En los juegos de la mente las palabras parecen tomar cuerpo desde una siesta que dura años, hasta un movimiento repetitivo y generador de las mayores de las tranquilidades. La placidez del mar en los días de otoño deja un poso de comida. Envenenar el mar con la porquería de los restos más preciados del hombre, sembrar una playa con la angustia de miles de animales muertos, dejar sin respirar bajo la negra capa del poso de nuestra propia necesidad y mentira, es un azote tan humano.
No puedo dejar de pensar, y no por ello se que estoy más vivo que quien no lo hará jamás. Los horizontes desde una barca parecen mas cercanos a medida que nos movemos, lo malo es que vistos desde la mente, puede que la barrera de los propios ojos nos limite el horizonte a una piedra inquebrantable. Al dar por terminados los diferentes oleajes en que nos hemos metido o en los que nos hemos visto llevados por una resaca o por otra, sacamos los pies del mar, dejamos secar la piel al roce del viento mientras circulamos por un desierto teniendo el oasis al lado. Es una de las paradojas del ser humano, preferimos negarnos a beber hasta ahogarnos en una resaca, un desierto de significados, de rostros sin cara, en definitiva una mente sin vida, una gota de sal seca al sol, caída en algún lugar de la playa..
20 Feb 2008
Un nombre y una foto
Me he quedado mirándote, entre las sábanas que son nuestras palabras y los huecos que hemos dejado al recuerdo en el olvido de la mente. He visto en la foto colgada que tengo de ti la sonrisa fresca de una juventud sin tocar, a estrenar. Has desgastado el aceite pero la mecha no esta consumida, es la cuerda invisible que unge tu frente, la diadema del flequillo caído, devuelto al orden en un gesto largo de pereza.
Sigo con los dedos de mi frente tu largo y fresco cuello que baja como una cascada alargada entre la coleta de tus cabellos y el busto de tu rostro. Te he visto girar los dedos señalando una puerta con los ojos entreabiertos y el rabillo de la comisura de tus párpados me han seguido. Soy uno más entre tus cejas largas y curvadas simulando la caricia de un dedo sobre la media luna. Continuo con las yemas de mis dedos acariciando el final de tu párpado como si fuera infinito. Son tus pómulos, un poco hundidos, el relieve de un oasis en medio de la calma de un mar de arena, y me mezo en su frescura posando a tu contacto mis labios.
De nuevo estoy al principio desde donde comencé a soñar contigo. Tu mentón, de ligera caída, obliga a girar mas tus gestos con la boca cuando alimentas el diálogo con palabras nueva. Tus labios, largos y afinados por el aire avivan el placer de contemplarte mientras hablas, rehacen las facciones más severas como el arrullo al acunado, durmiendo los sentidos. El encantamiento tiene una melodía imposible de perturbar. Dejando soltar el aire, escapa en el alfeizar de un beso una mueca cómplice. He de creer que es a mi en quien permaneces quieta, he de pensar que dejas libre algún que otro suspiro como alivio de un corazón cargado de amor.
Mientras llueve intermitentemente, en algún lugar de tu pasado se esta despertando al amanecer de una nueva aventura una bocanada de sinceridad.
18 Ene 2008
En todas las ideas hay un resto de ingenuidad
En todas las ideas hay un resto de ingenuidad, como si se quisiera decir algo más con la insinuación de que se dice. Este lenguaje que resulta cifrado no es más que hablar en suposición, esto es queriendo decir algo que no se sabe. Cuando hablamos de leyes aseveramos injustamente afirmaciones no del todo comprobadas, de ahí numerosas equivocaciones y generalizaciones que universalizan desde comportamientos éticos hasta barbaridades en un contexto sólo entendible para quién se beneficia de todo ello. No es por ello que la desesperación o la no intervención agarroten en nuestros miembros, impidiendo una transición a la acción. La confirmación de todas las realidades es imposible así como controlar todas las circunstancias que operan en la toma de un determinado razonamiento por el que guiaremos nuestro actuar. En el mundo de lo fingido son numerosas las trampas que ponemos para concluir en lo cierto. Fingido puede ser desde un comportamiento hasta ahora la razón que nos guíe para actuar de ese modo con esas y como uno puede entender al estilo de Hegel el avance de la razón en la historia como la superposición de un pueblo por otro pueblo, de un caudillo por otro caudillo. No obstante, la religión, y en concreto las monoteístas, no han sucumbido a un avance, más bien, han generado desde su núcleo central elegías o sectarismos que han hecho en más débil su misma fundamentación.
En la lucha de fuerzas están constante avance, si se entiende por avance ese mismo progreso. En una misma nación lo fingido y lo mentiroso cubre muchas veces el espacio vacío dejado por una realidad a la que esa misma falta de sentido deja herida como idea, incluso como interpretación de un hecho real. Es por eso que la razón en cuanto espacio civil de justo entendimiento, al modo de las escuelas alemanas, debe experimentar un empuje aclarado en numerosas circunstancias. La verdad se esconden en esquinas que al doblarlas nos pueden mostrar lo falso que es creer sin ver. Llegados a este punto la famosa opción de Pascal en el mundo jansenista de la creencia nos cuestiona esa vedad afirmada. Al llevar el límite mas allá de sí mismo ya sea por la intuición , la creencia rompe con la hábito de suscribir lo dicho hasta la escuálida figura de la realidad pelada por la eliminación una tras otra de sus circunstancias o “peros” que hacen avanzar hacia una franja del abismo auto impuesto.
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Mejor mancharse de tinta que escupir al aire
hicamo1En las palabras dichas o calladas, escogidas en ocasiones, fruto del azar en otras, rodean la comunicación de todo cuanto hacemos. El lenguaje dice de quien somos de lo que nos arraiga a la tierra, de los ojos que no podemos mirar sin imaginar el rosto que los agrupa.
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