13 Feb 2011

Infidelidad

Escrito por: mpb el 13 Feb 2011 - URL Permanente

Un dato me sobrecogió: llevo 3 semanas sin actualizar el blog. Y eso que acaba de nacer. Supongo que la desidia y la pereza me retratan bastante bien. Pero hay otro sustantivo que, últimamente, toma forma humana para acompañarme. La infidelidad.

Acostumbramos a centrar ese término, el de la infidelidad, en el aspecto amoroso, en el de las relaciones de amor. El modus operandi de la infidelidad es simple llevado al acto. Le eres infiel a tu pareja con otra persona. Que si es en cuerpo o en mente, eso es otro tema y cabe abrir un debate. Si es tan importante el descuido como para romper tu relación, también. Depende de las personas.
El problema es cuando la infidelidad la llevas a otro plano y, lo peor, la víctima y el verdugo eres tú mismo. Somos buenos, los humanos, justificándonos. Yo soy de los de "la culpa nunca es mía". Soy capaz de excusarme, de encontrar resquicios de culpa en el plano que no me compete. Soy de los que comparte la culpa con las víctimas de sus errores. Eso que me llevo...
La duda que me asalta ahora es cómo enfoco la infidelidad a mí mismo. Cómo culpo a otro de mis errores cuando soy yo la única persona que realiza la acción y sobre el que recae el resultado.
Resumiendo: he fumado. Sí, lo he hecho. Mi yo fumador se presentó ante mí con un cigarro, me lo puso entre los labios, me lo encendió y apretó mis pulmones. El humo penetró en mi organismo con intensidad; parte se depositó en los pulmones y otra parte subió con fuerza hasta la cabeza. Resultado: maravillosa sensación al volver a verme inundado de humo en el pecho, pero incómoda la reacción de mi cerebro.
Y es que la cabeza dio varias vueltas de campana. Algunas estaban relacionadas con la reacción química (supongo que química, soy de letras puras...) que desarrolló el tabaco en mi organismo, lo que me regaló una sensación de mareo que hacía mucho que no sentía. Otras vueltas estaban protagonizadas por el peso de la culpa que recaía sobre mis hombros, sobre todo porque no tenía con quien compartirla. Mi yo ex fumador me miraba de reojo a través del reflejo de los espejos cuando volví a entrar en el local. Era peor su mirada que la de la persona con la que había compartido mi momento de infidelidad.
Si cuando le eres infiel a alguien, el secreto lo puedes guardar en un cajón para que nunca salga, cuando el sufridor eres tú, no hay escapatoria. En medio de la gente que pasaba aquella noche de viernes entre música y copas, yo me sostenía agarrado a mi mirada en el espejo. Y comencé la conversación más dura que he tenido conmigo hasta ahora:
"Eres débil. Muy débil. ¿Por qué lo has hecho? Solo piensa en lo bien que estás sin el humo, en lo fácil que es levantarse sin toser. ¿Por qué lo has hecho?".
Soy contestón por naturaleza, así que tengo mi justificación preparada para exculparme delante de los espejos. No es complicado, por lo menos para mí.
Yo fui fumador social, pero una novia me convirtió en fumador pasional. Quiero volver a esa época en la que me fumaba un cigarro por la noche y el día siguiente volvía a ser un espacio sin humo. Ni se me pasaba por la cabeza encender un cigarro fuera del ámbito del ocio nocturno. Ahora, igual.
Mi yo ex fumador me ha perdonado, me ha dicho que no pasa nada, que confía en mí. Yo confío en él, confío en que es más fuerte que el estúpido yo fumador que me cautivó durante años. Es cierto que esquivo los espejos después de degustar el tabaco en el exterior de un local, pero lo mejor es que no tengo que esquivarlo a la mañana siguiente. Soy infiel, pero miro con quién, con qué y por qué.
El día que las infidelidades me vayan a matar, tomaré cartas en el asunto. Mientras, me permito el maravilloso lujo de ponerme los cuernos de vez en cuando, en esos momentos en los que el recuerdo pasado en el cuerpo salta por encima de todos. Y lo diviso entre la gente. Y me saca fuera a fumar con algún que otro fumador social.
A veces, la vida sin espejos sería más fácil para los infieles...

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20 Ene 2011

Pequeños Pasos (Menopáusico)

Escrito por: mpb el 20 Ene 2011 - URL Permanente

Los primeros pasos son los más importantes. Como los niños pequeños cuando empiezan a andar, son pasos que revelan torpeza y escasa costumbre. El equilibrio aún está en formación, todavía no es más que un soporte irreal del cuerpo y los muebles y esquinas se convierten en enemigos cruciales en el camino. Algo así le ocurre al ex fumador.

Los primeros pasos son, o deben ser, pequeños. Esos tumbos del niño los das en multitud de ocasiones. No sabes manejarte sin el cigarro entre los dedos o prensado por los labios. Dicen que, además del hábito físico de fumar, el conocido como "mono", existe una relación directa entre el tabaco y las acciones. Entre en juego la peligrosa rutina.
La rutina es un enemigo real de la vida misma. "¿Por qué rompisteis...?". "No sé, la rutina". Sí, la rutina, que lo envuelve todo. Esta (no me acostumbro a no tildar este pronombre...), aplicada al tabaco, funciona de la siguiente manera; si en tu rutina de leer un libro entraba fumar, es muy complicado que leas sin fumar. Si fumabas mientras cocinas, es muy complicado no tener el impulso de hacerlo. Mi madre me preguntaba siempre si fumaba mientras estudiaba. Y le contestaba que no. Y era verdad, no lo hacía. No, por lo menos, cuando quería estudiar de verdad. A ella le aliviaba saber que no había vinculado aquella actividad al tabaco. Pero había otras que sí lo estaban.
Un claro ejemplo en mi caso son las esperas. Soy, como digo muchas veces, prepuntual. Es decir, me adelanto como mínimo cinco minutos a la hora de la cita. Es una enfermedad como otra cualquiera pero que carece de tratamiento conocido. Por lo menos, yo no lo conozco. Sometido a esas esperas, que superaban los cinco minutos porque la enfermedad endémica del resto de la gente es la impuntualidad, me aliviaba encender mi cigarro y convertirlo en mi compañero. Así, me importaba menos esperar porque estaba acompañado de mi Camel. Era una de mis rutinas: fumar mientras esperaba.
En los primeros pasos de ex fumador, he tenido que vencer a la rutina, que doblegar por completo las ansias de caer en ella y encender un cigarro. Y, como es algo habitual en mi vida, me tocó esperar en mi tercer día como ex fumador. Era un pequeño paso para mi yo humano, pero un gran paso para mi yo ex fumador. Y nunca 15 minutos se hicieron tan largos. Los dedos tenían vida propia y terminaban chasqueándose entre sí, fruto del nerviosismo y del vacío de la nada entre ellos. De vez en cuando, acción robótica: el brazo se elevaba a la altura del pecho, la mano se acercaba a los labios y los dedos rozaban mis labios.
Y los sudores son reales, casi de menopáusico. Copan manos y frente. Y todo con el frío madrileño acechando entre los abrigos. Para contrarrestarlos, camino en pequeños círculos; juego con las manos entrelazando los dedos; busco cosas irreales en los bolsillos; observo el abono transporte, que me devuelve una foto de mi yo fumador. Y hablo con él en secreto. "Tú lo hubieses llevado mucho mejor".
Pasados los quince minutos, aparece la cita. "¿Estás bien?". "Sí, sólo un poco menopáusico". Han sido mis primeros pasos. Han sido pequeños, pero han sido.

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18 Ene 2011

Malos Humos

Escrito por: mpb el 18 Ene 2011 - URL Permanente

Lo primero, supongo, será presentarme. Hola: soy un ex fumador. Es cierto que no alcanzo a categorizarme; quiero decir que es complicado valorar hasta qué punto soy un ex fumador con respecto a los demás ex fumadores. Tampoco soy capaz de valorar cómo era de fumador. Fumaba, sí. Gastaba dinero en ello, sí. Molestaba a otros, seguro. Pero no puedo cuantificar ninguna de las referencias anteriores. Ahora soy eso, un ex fumador. O un neo fumador pasivo. Vamos, que he cambiado de estatus.
Antes me mataba por propia iniciativa, por el gusto que da morir por placer; ahora, en cambio, me matan los demás. Ya puedo poner malas caras, reventar el cigarro del ajeno con mi comentario despreciativo. Puedo ser, en fin, uno más unido a la corriente de la crucifixión del tabaco. Y con más derecho que los que no han probado un cigarro en su puta vida. Y más mérito, seguro.
Y en lo de cuantificar mi grado de ex fumador, pues estoy en esas. Que si soy muy ex fumador, que si no lo soy lo suficiente. A modo de presentación, también diré que llevo algo más de dos semanas sin fumar. Siendo sincero, he fumado algo. Poco. Escaso. De noche y auspiciado por una cerveza en la mano. Y no me he sentido mal ni que me fallaba a mí o a mi propósito.
El último cigarro real (los que han venido después han sido imaginarios, ya que los fumé en sueños o no alcanzaron la categoría de real en aquel momento) lo fumé en el salón de mi casa mientras veía la televisión el 1 de enero del 2011. Eran las 23.30. Estábamos a media hora de que entrase en vigor la nueva ley anti tabaco y decidí dar las últimas caladas al filtro marrón de un Camel. Las últimas caladas como fumador activo, de los que disfrutan fumando, de los que restriegan su condición a los meapilas anti humos. Fueron momentos para la recreación.
Cada aspiración era una contracción del corazón; cada calada, un último beso a la muerte. Era tan duro como besar a la mujer que amas en la cola de embarque de un maldito aeropuerto. En este caso, la mujer era fina y llevaba conmigo varios años; el aeropuerto era mi sofá con sus cojines resguardándome del hielo que cubría mi espalda.
Y me desperté al día siguiente. No era otra persona. Era el mismo, pero sin fumar. Me tomé el café y obvié el tabaco. Me duché y ni me percaté del cigarro. Salí a la calle y perdí de vista el humo. Cogía un avión que me devolvía a Madrid después de unas merecidas (o no tanto) vacaciones de Navidad. Y en el asiento del condenado vuelo de Ryanair me dije a mí mismo que, cuando superase las dos semanas con mi nueva condición a cuestas, entraría en El País y me crearía un blog de ex fumador.
Y aquí estoy.

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