19 Feb 2012

Me lo contaron

Escrito por: Miguel Rodríguez el 19 Feb 2012 - URL Permanente

Un duende me contó que una hada le dijo que escuchó a un gnomo cuando hablaba con un fantasma acerca de dos nahuales que decían conocer a un espíritu conocido por tener relación con brujas y extraterrestres que hacían viajes astrales a la cuarta dimensión sobre carruajes jalados por unicornios que eran guiados por Pie Grande y un enorme Yeti mientras un Chupacabras lanzaba cuarzos mágicos a su paso para protegerlos del mal de ojo, las malas vibras, los chakras bloqueados y la mala suerte provocada por la alineación de planetas. Yo no creí mucho en todo eso porque soy escéptico. Después de todo, ¿quién puede creerle a un duende en estos días?.

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24 Abr 2011

Crónica de una pesadilla recurrente

Escrito por: Miguel Rodríguez el 24 Abr 2011 - URL Permanente

Es extraño que a esta hora de la tarde todo se encuentre tan tranquilo en la plaza del pueblo. No hay autos, no hay gente caminando ni escucho mas sonido que el viento entre los arboles de los jardines. Empiezo a sentir cómo un sudor frío recorre mi espalda, el pulso se acelera, cuesta trabajo respirar y los cabellos de la nuca se erizan. Es la ya familiar sensación del miedo que se va apoderando de mí poco a poco. Y ya sé lo que viene después. Volteo hacia el norte, hacia la iglesia, y nada. Hacia el poniente puedo ver que la tienda de vinos de la esquina y el banco se encuentran desiertos. Al sur está el restaurante y el pequeño local donde se venden los boletos de los autobuses, pero no hay nada ahí tampoco.

Entonces lo veo. Así, a la distancia, no se ve amenazador en absoluto. Por supuesto que llamaría la atención de cualquiera, pero al principio no se siente miedo, sólo curiosidad. Yo, que ya lo he visto muchas veces antes (incontables, podría agregar) siento cómo el terror me golpea en el estómago y me deja sin aire. Ahora no puedo moverme, sólo puedo seguir aquí de pie, viendo cómo da vuelta por la esquina del cine. Espero que esta vez no me vea, aunque sé que es inútil pensarlo. Se mueve lentamente por la acera hacia el edificio donde se encuentran las oficinas municipales. No parece tener prisa, se detiene de cuando en cuando y olfatea el aire moviendo las enormes orejas. Entonces gira la cabeza y clava sus ojos rojos, inexpresivos en los míos. ¡Me ha visto!. Un reflejo, mas que un movimiento voluntario, me hace correr. Llego a la esquina de la plaza frente a la iglesia y me detengo a mirar hacia atrás. Ahora ya no lo veo, no sé donde está. ¡Debo saber en dónde está!. Camino lentamente por la plaza rumbo a las oficinas municipales. Todas las puertas que dan al frente están abiertas. No sé si acercarme a la más próxima para entrar. Ahora veo que se asoma por la puerta mas alejada y antes de que pueda verme de nuevo corro a esconderme en la primera entrada a las oficinas.
El contraste entre el brillante sol de afuera y la penumbra del interior no me dejan ver nada al principio. Poco a poco mis ojos se acostumbran y camino hacia los escritorios del fondo. No escucho nada. ¿Se habrá ido?, ¿se está acercando?. Lentamente y con cuidado vuelvo a asomarme a la puerta. ¡No!, está apenas a unos metros de la puerta parado en la acera, ¡y me ha visto de nuevo!. Corro hacia adentro tropezando con las sillas y los escritorios. Sé que todas las oficinas se comunican entre sí por puertas laterales, así que sigo corriendo pasando de una habitación a otra sin detenerme. Por fin llego a la última oficina. Ya no hay mas puertas, sólo la salida hacia la calle. Me detengo un momento tratando de recuperar el aliento y puedo escuchar el ruido de sillas y muebles arrastrando por el piso. Salgo a la calle y puedo ver que él también ha tenido la misma idea y ahora camina hacia mí. Vuelvo a entrar al edificio y él hace lo mismo. Salgo de nuevo y cruzo la calle hacia la plaza. Corriendo trato de volver al lado norte, pero él también ha cruzado hacia la plaza y me corta el camino. Regreso a las oficinas donde sé que puedo esconderme. Ahora ya no escucho nada. Por un momento pienso en quedarme quieto bajo un escritorio, pero no puedo. Tengo que saber en donde está. Salgo de nuevo hacia la acera y ahora puedo ver su lomo blanco asomando por la puerta mas alejada de donde me encuentro. Aprovecho que está de espalda y cruzo corriendo la calle hacia la plaza. De reojo veo cómo da la vuelta y viene detrás de mí. Cruzo la plaza corriendo lo más rápido que puedo. Por fin tomo la calle hacia el norte, hacia la casa. Al llegar a la esquina de la tienda miro sobre mi hombro y lo veo avanzar. Se bambolea de un modo extraño sobre sus patas traseras, las orejas enormes sobrepasan la altura de las casas a los lados de la calle, sus ojos rojos me miran sin expresión alguna. Siempre pienso que tal vez podría acercarme a él y preguntar: "¿porqué me persigues?, ¿qué quieres de mí?", pero algo me dice que eso sería inútil. Sigo corriendo pero ahora mas lentamente porque ya estoy agotado. Tengo la boca seca y las piernas ya no me responden. Cuando vuelvo a ver dónde está, me quedo paralizado. El gigantesco conejo blanco está parado justo detrás de mí. Caigo al suelo. Se detiene junto a mí y me mira olfateando el aire mientras agita los bigotes. Es todo, ya no puedo correr...Por un momento no me atrevo a moverme, luego lentamente abro los ojos y al principio no veo nada. Poco a poco empiezo a distinguir entre la oscuridad los objetos familiares de la casa de mis abuelos. Escucho el ladrido lejano de los perros. Aun es de noche. Siento el sudor correr por mi frente. Quisiera que ya fuera de día y pretendo esperar despierto hasta que lo sea. Pero a los 8 años no se tiene mucha fuerza de voluntad y al poco tiempo, sin darme cuenta, vuelvo a cerrar los ojos: La plaza vacía está frente a mí y a lo lejos, dando vuelta por la esquina del cine, veo un par de orejas enormes acercándose...

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04 Abr 2011

Laberinto

Escrito por: Miguel Rodríguez el 04 Abr 2011 - URL Permanente

Me soñé soñando un sueño en el que soñaba estar soñando.
Me soñé despertando del sueño en el que soñé que soñaba.
Sueño soñar y sueño despertar en un mismo sueño,
sabiendo que apenas hay diferencia entre dormir y despertar.
¿Cómo será soñar que sueñas dormir sin soñar?
¿Cómo será despertar de un sueño sabiendo que aun sueñas?
La pesadilla de un soñador es soñarse despertando,
y saber que se está en un sueño sin soñar..
Hoy soñaré que duermo sin soñar
y despertaré sin recordar el sueño.

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23 Feb 2011

Un cuento de brujas

Escrito por: Miguel Rodríguez el 23 Feb 2011 - URL Permanente


Durante una oscura noche y en lo mas profundo del tenebroso bosque, dos brujas discutían acaloradamente:

-Vamos a decidir de una vez por todas quién de las dos es la mejor bruja.- dijo la bruja blanca.

-Eso ya está decidido: yo soy la mejor.- contestó la bruja negra.

-Eso crees tú, ahora voy a hechizarte y conocerás mi poder.- contestó la bruja blanca mientras agitaba su varita mágica frente al rostro de la bruja negra.

-Adelante, hechízame si puedes. No creas que te tengo miedo.-replicó la bruja negra cruzando los brazos y dando la espalda a la bruja blanca con un gesto de desprecio.

-Deberías temerme más.- dijo la bruja blanca bajando su varita, y luego añadió en un tono más enigmático.- ¿Cómo sabes que no te he lanzado ya un conjuro para dominar tu voluntad? Después de todo, no has opuesto ninguna resistencia a que te hechizara.-
La bruja negra se quedó en silencio un momento y luego se dio la vuelta lentamente. Todavía permaneció en silencio un breve instante. Finalmente alejándose un poco de la bruja blanca, la miró fijamente y dijo: -Reconozco que me has hecho dudar, pero ahora voy a decirte algo que te sorprenderá: yo te he encantado para que creas que puedes vencerme. Lo hice porque estoy aburrida de ganar siempre a todas las brujas y pensé que sería divertido luchar contigo si tú creías de verdad que podías vencerme.-
Ahora era la bruja blanca quien permanecía en silencio, mientras miraba fijamente a la bruja negra pensaba en lo que debía hacer. Después de un momento que pareció interminable, la bruja blanca habló. Todavía mirando a los ojos a la bruja negra, sonrió y dijo: -Eres muy lista. Eres un digno rival. Pero ya has perdido esta batalla. Notarás que he tardado en contestarte. Eso lo hice a propósito para ganar tiempo. Pronto sabrás de lo que hablo...-. El ulular de un búho que provenía de entre las sombras de los árboles interrumpió a la bruja blanca, ésta miró hacia el lugar de donde parecía provenir el lúgubre canto y sonriendo aún mas se dirigió a la bruja negra: -¿Escuchaste eso? Es mi cómplice que ha llegado puntual a la cita.-
La bruja negra también miró hacia la penumbra del bosque tratando de adivinar dónde se encontraba aquel cómplice. Dio unos pasos hacia atrás como para alejarse de su rival y luego, levantando de nuevo su varita, amenazó a la bruja blanca diciendo:-¿Tanto miedo me tienes que pides ayuda para vencerme? Reconoces que soy mas poderosa que tú. Por eso me temes.- La bruja negra habló lentamente haciendo una pausa entre cada palabra. De pronto se escuchó el largo y lejano aullido de un lobo. La bruja negra se acercó al borde de los arboles. Su rostro quedaba oculto en las sombras cuando habló en un tono mas profundo: -!Ah!, mi aliado ya ha dado cuenta del tuyo. ¿Escuchaste su aullido? Con él me dice: "Ama, ya he cumplido tus ordenes".

Las dos brujas miraron a su alrededor preguntándose qué más se escondía en aquella oscuridad. Luego se acercaron al centro del claro y se detuvieron frente a frente. Trataban de evaluarse mutuamente pero ninguna mostraba emoción alguna en el rostro.
Largo tiempo transcurrió antes de que una de las dos hablara finalmente. Fue la bruja blanca quien habló primero: -Ya casi amanece. No podemos seguir aquí.- dijo y se dio la vuelta para dirigirse al bosque, no sin antes echar una última mirada a la bruja negra. Esta se quedó todavía un momento viendo alejarse a su rival y antes de que se perdiera entre los árboles le dijo a manera de despedida. –Esto no ha terminado-. Luego se dio la vuelta y se internó ella misma en el bosque pero en dirección opuesta a la que había tomado la bruja blanca.

El claro quedó en silencio. Ni la más leve brisa agitaba las hojas de los árboles. La oscuridad comenzaba a disiparse por el oriente cuando dos ancianas, una vestida con una túnica blanca y la otra con una túnica negra, recorrían el bosque caminando lentamente alejándose cada vez más una de la otra. Ambas iban meditando sobre lo ocurrido durante la larga noche que estaba por terminar.

-Estoy tan cansada- pensaba la bruja blanca –que lo único que quisiera es llegar a mi cama para descansar.- Se detuvo un momento al sentir el conocido dolor en las rodillas que a veces la atacaba por las mañanas. –Esta vez casi me descubre esa maldita vieja. Si no hubiera sido por el búho que cantó de pura casualidad…- la anciana no pudo evitar sonreír al recordar la cara de espanto que tenía la bruja negra cuando le explicó que todo era a propósito- ...de todos modos, casi creí que se daría cuenta-.

La anciana con la túnica negra mientras tanto pensaba: -Esa vieja bruja, ya me tiene harta. Temo que cualquier día de estos me descubrirá. Pero no, no creo que sea pronto. Soy más lista que ella. Se quedó helada de miedo cuando se escuchó el aullido del lobo y le dije que era mi aliado.- la bruja negra sonrió al recordar su ingenio. –En fin, es mejor que tenga cuidado la próxima vez. No puedo dejar todo a la suerte.- Caminando aun más lentamente se llevó las manos a la espalda al sentir una punzada de dolor. -Eso me pasa por estar tanto tiempo de pie.-

La anciana de la túnica blanca salió por fin del bosque al tiempo que los rayos de sol inundaban el sendero que conducía al pueblo. Recorrió el último tramo de la estrecha calle saludando a los vecinos que encontraba a su pasó. Finalmente llegó al frente de su casa. Era un local pequeño y modesto. En la maltratada puerta se podía leer en un cartel pintado a mano y con faltas de ortografía: “Bruja Blanca: Se hacen trabajos para dinero, amores perdidos. Lectura de cartas. Tarot.”

La bruja negra por su parte se dirigía a su casa después de haberse detenido a comprar pan para su desayuno. La vieja se detuvo un momento frente a su casa disfrutando del calor del sol sobre su adolorida espalda. En la fachada podía verse un letrero que decía: “Bruja Negra: Se deshacen trabajos de magia blanca y negra. Lectura del Tarot. Carta astral. Lectura de aura.”

Cuando finalmente ambas ancianas se sentaron pesadamente al llegar a sus respectivas casas su pensamiento era el mismo: “Ojalá que no se den cuenta nunca de que esto de la brujería es puro cuento.”

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03 Sep 2010

we are protected.

Escrito por: Miguel Rodríguez el 03 Sep 2010 - URL Permanente

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11 Dic 2009

Caminante

Escrito por: Miguel Rodríguez el 11 Dic 2009 - URL Permanente

Para Emilia.

Tú que empiezas a caminar,

¿sabes a donde tus pasos te llevarán?

¿Sabrás qué obstáculos encontrarás?

¿Tendrás listo el cayado para apoyarte en los tropiezos?

¿Creerás que el camino es interminable?

Cuando veas nubes de tormenta en el horizonte,

¿serás capaz de enfrentar el temor?

Al emprender la empinada cuesta,

¿adivinarás la suave bajada?

Dejarás pasar el paisaje sin apenas verlo,

o guardarás en la memoria cada detalle del camino.

Al detenerte a descansar,

medirás el éxito al ver lo recorrido,

o mirarás al frente esperando la siguiente curva.


Solo tú sabrás las respuestas,

tu camino es nuevo y solo tuyo.

Que tengas un buen viaje.

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11 Nov 2009

El mar (fragmento)

Escrito por: Miguel Rodríguez el 11 Nov 2009 - URL Permanente

Al mar llegan todas las penas.
Flotando cual despojos de naufragio,
entre la espuma y las algas
se lavan y se alejan.
Si, el mar es indeciso.
Las olas vienen y van,
Lo mismo acaricia que golpea,
Ruge a veces y susurra.

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30 Jul 2009

Un castillo

Escrito por: Miguel Rodríguez el 30 Jul 2009 - URL Permanente

A los 8 años y siguiendo un presentimiento, revisé el viejo ropero de mi madre. Ahí encontré bajo los abrigos, una reluciente caja de cartón que, en colores brillantes, exhibía la foto de un castillo medieval con las banderas rojas ondeando al viento. Era igual a la que tantas veces había visto en los anuncios de Exin en la tele: ¡era un castillo para armar! Me temblaron las manos y las piernas cuando al girar la caja para observar el lado opuesto, las pequeñas piezas en su interior hicieron un ruido al golpear entre sí, que a mì me pareció ensordecedor. Me quedé congelado un momento mirando a la puerta del cuarto de mi madre con la caja entre las manos. Luego la devolví lenta y cuidadosamente al lugar en donde la había encontrado entre la ropa. Salí del cuarto intrigado por el hallazgo y haciendo mil conjeturas: será que es un regalo de Navidad para mí, será que mi madre lo compró para alguien mas. Fue una larga espera hasta navidad. Cada vez que veía el anuncio de Exin en la tele, volvía la duda: de verdad será para mí?. El 25 de diciembre por la mañana, desperté con una sola cosa en mente: estará una caja de cartón con la imagen de un castillo esperándome bajo el árbol de navidad?. Cuando mi hermana me entregó un regalo envuelto en papel, no tenía que abrirlo para saber lo que contenía: el ruido de pequeñas piezas de plástico entrechocando en su interior me lo reveló antes.

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17 Jul 2009

El Viejo cap. 2

Escrito por: Miguel Rodríguez el 17 Jul 2009 - URL Permanente

CAPITULO II

-Por fin es sábado- pensó el viejo. Qué larga me pareció la semana. En verdad los últimos días habían transcurrido lentamente, mientras él se esforzaba por ignorar los recuerdos que lo asaltaban continuamente. Aunque había estado muy ocupado durante el día recogiendo la fruta de los árboles, por la noche no podía alejar de su mente aquellos como jirones de su vida, que iban y venían dejándolo exhausto y adolorido, aún más que después de la jornada de trabajo diario.

Se levantó apresuradamente para alcanzar a darse un baño antes de que llegara Adalberto. Y efectivamente, estaba terminando de vestirse cuando escuchó el familiar chiflido de su amigo apurando a sus burros en la última vereda, mientras que apenas se asomaba el sol por encima de los picos más altos de la sierra.

-Buenas. -Dijo Adalberto en cuanto vio a su amigoo.- ¿Ya esta lista la fruta?. Me traje al muchacho pa’ que nos ayude.- dijo mientras señalaba a su hijo Hipólito de 12 años, quien también saludó con una cálida sonrisa que era una copia casi exacta de la de su padre.

-Seguro, ya nomás me falta bajar unas rejas del huerto de arriba. Ayer no alcancé a traerlas antes de que oscureciera. Son cuatro o cinco.- Dijo el viejo saludando a Adalberto y estrechando vigorosamente la mano de Tito, que era como llamaban a Hipólito en su familia.

-Ah, bueno. Ahorita va Tito por ellas.- Contestó Adalberto mientras señalaba a su hijo.

-Bueno, pero primero nos tomamos un cafecito para no andar con la panza vacía, no?- Dijo el viejo mientras se dirigía a la cocina. Y luego agregó.- Total, el trabajo no se va a ir a ningún lado, así que no hay prisa.-

Adalberto y su hijo amarraron a los burros junto a unos arbustos frente a la cabaña, y siguieron a su amigo a la cocina. Además de tomar café con galletas, comieron el almuerzo que preparó el viejo acompañado de las tortillas de harina, que la esposa de Adalberto le había enviado. Al terminar el desayuno, Tito subió a la ladera de la montaña para cargar en uno de los burros las cajas de frutas que estaban en el huerto, mientras que Adalberto y el viejo cargaban el otro burro con las cajas que ya estaban en la cabaña.

Durante el trayecto a la casa de Adalberto, el viejo estuvo preguntando a Tito acerca de lo último aprendido en la escuela. Al principio el niño sólo contestaba con una sonrisa y breves palabras, pero poco a poco fue tomando confianza hasta que entablaron una animada conversación en la que participaba de vez en cuando Adalberto. Al mediodía llegaron a orillas del pueblo, donde Adalberto tenía su pequeña parcela y un huerto, además de una casa humilde y pulcramente encalada. En cuanto los dos perros de la casa olfatearon a los recién llegados, emprendieron una veloz carrera para recibirlos agitando la cola y ladrando de alegría.

Adalberto llamó a su mujer para que saludara al viejo que se sentía estimulado por la larga caminata, a diferencia del desanimo de los últimos días. Mientras Tito llevaba a los burros a la parte trasera de la casa, Adalberto y el viejo entraron al portal de la casa donde los esperaba Jacinta, la esposa de Adalberto.

Jacinta era una mujer pequeña, sus rasgos eran finos y poseía unos ojos verde claro, que miraban todo con curiosidad, aunque casi no hablaba y trataba de pasar desapercibida. El viejo pudo observar que ella llevaba puesto su eterno delantal bordado, por lo cual supo que había estado ocupada en la cocina antes de que ellos llegaran. La saludó con obvio afecto aunque sólo estrechó su mano. Ella, como siempre se sonrojó pero sonrió ampliamente y le indicó una destartalada mecedora para que se sentara. El viejo se sentó mientras se secaba el sudor de la frente con el pañuelo. Los perros que los habían recibido también reclamaban atención olfateando los pies de ambos y agitando la cola sin cesar, al tiempo que Jacinta les ordenaba que salieran del portal. Los animales parecían obedecer pero solo se retiraban un poco para volver enseguida. Finalmente Adalberto fingió lanzarles una piedra imaginaria que levantó del piso, a lo que los perros respondieron alejándose de inmediato hasta la sombra de un árbol cercano, donde se quedaron observando.

Jacinta entró en la casa y regresó con dos vasos de limonada fría que ofreció a los recién llegados. Adalberto bebió rápidamente y luego se dirigió al patio para ayudar a su hijo. Jacinta regresó a la cocina y el viejo quedó solo en el portal.

El olor de la comida llegaba hasta él desde la cocina, mezclado con el suave aroma de las flores de azahar que adornaban un limonero que crecía cerca de la cocina. La suave brisa que bajaba de las montañas mecía levemente las copas de los árboles que sombreaban el patio. Frente al portal crecían enredando su ramaje en lo alto, un nogal y un palo blanco. A un lado de la casa se encontraba un pino seguramente trasplantado de la montaña, y en el lado opuesto, junto a la acequia por la que corría el agua para riego, un enorme rompevientos dominaba a todos los demás con su extensa sombra. Más atrás se encontraba el pequeño huerto de manzanos bordeado por una cerca de alambre. Apoyados contra los troncos de los árboles y las paredes de piedra de la casa, se encontraban toda clase de recipientes repletos de plantas. Se podían ver geranios rojos y blancos, rosales de varios colores, azucenas y tulipanes. El mismo portal era un pequeño jardín. A ambos lados de la puerta había macetas con jazmines y más allá, en otros recipientes, crecían hierbabuena, ruda, menta, helechos frondosos, pequeños cactus y sábila.

El viejo se arrellanó en la cómoda mecedora y cerró los ojos disfrutando del suave viento. Escuchaba vagamente cómo Adalberto daba instrucciones a Tito, sobre la mejor forma de acomodar las cajas de manzanas. Respiró con satisfacción la mezcla de olores que le llegaban de todas direcciones y comenzó a sentir una agradable somnolencia.

Se despertó al sentir un leve toque en el brazo. Era Adalberto que lo miraba preocupado. El viejo se incorporó y se sorprendió al ver que el brillante sol del mediodía había abandonado el patio, que ahora se encontraba cubierto por sombras largas. Se dio cuenta de que había dormido por un largo rato.

-¿Qué tal le cayó el sueñito?- dijo Adalberto con una sonrisa. –Se me hace que era más el sueño que el hambre.

El viejo se levantó, no sin cierto esfuerzo y se sintió algo apenado.- ¿Me dormí mucho tiempo?- preguntó.

-Nomás unas dos horas. Si ya mi señora decía que porqué mejor no lo llevábamos a acostar, pero no quisimos despertarlo antes. Nomás que estábamos con el pendiente de que no había comido.- le respondió su amigo más tranquilo al ver que se levantaba y caminaba por el portal.

-Me hubieran despertado.- contestó el viejo alisándose el cabello. Bueno pero, ustedes sí comieron, verdad?-

-Yo sí me comí un platito de asadito de puerco, pero Jacinta no quiso. Ella dijo que lo esperaba a que se levantara-.

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16 Jul 2009

El Viejo

Escrito por: Miguel Rodríguez el 16 Jul 2009 - URL Permanente

CAPITULO 1

Study of an Old Man

-¡Cualquier lugar es mejor que éste!.- se dijo a sí mismo entre dientes mientras se limpiaba el sudor que ya le había entrado a los ojos y le impedía ver. - Cualquier otro lugar sería mejor que éste infierno. Sólo a mí se me ocurre tratar de vivir aquí.

El viejo siguió caminando cuesta arriba por el borde de una profunda cañada que era recorrida por una diminuta corriente de agua. De cuando en cuando levantaba la vista de la vereda que seguía desde hacía tres horas y miraba al cielo azul, limpio, sin nubes.

- Si por lo menos hubiera una nube que tapara un poquito éste sol.- murmuraba sin dejar de caminar.

Cada mes que bajaba al pueblo a surtirse de café, azúcar y pinturas pensaba lo mismo: Ya era hora de dejar su cabaña en el monte y regresar a vivir a la ciudad o al pueblo, por lo menos. Pero cuando ya estaba en su casa frente al lienzo y lo rodeaba la soledad y la paz, se repetía que jamás regresaría a su vida anterior.

Después de todo lo que había pasado para tener ésta libertad que ahora gozaba, no era justo renunciar a ella. Es verdad que hubo momentos en que dudó de su capacidad para enfrentarse a los problemas, pero siempre se repetía: De alguna manera las cosas se arreglarán. Y siempre resultaba cierto.

El viejo puso más cuidado al pisar por el estrecho sendero que descendía hacia la cañada perdiéndose por momentos entre la vegetación. Cuando finalmente llegó al fondo sintió el viento fresco sobre su cara y eso lo reanimó.

Mientras cruzaba la pequeña corriente de agua pisando sobre las piedras que él mismo había colocado, recordó la primera vez que había visto éste arroyo: - Vaya que si ha pasado tiempo, mucho tiempo.- murmuró.

Se detuvo un momento para acomodarse la pesada carga de provisiones que llevaba en su espalda y luego continuó pensando y caminando, pero ahora por la otra orilla del arroyo: - Este año cumpliré nueve de vivir aquí. Debo empezar a celebrar mi aniversario. Je, je.- sonrió al imaginar otra fiesta donde él sería el único invitado. Aun recordaba la última vez que había celebrado su cumpleaños, cinco años atrás. En aquella ocasión compró una botella de licor (tequila o ron, ya no lo recordaba) en el pueblo y se emborrachó sólo en su cabaña. Estuvo a punto de morir al caer por un barranco mientras corría desnudo y ebrio. Durante dos días apenas pudo levantarse y sólo comía galletas. Desde entonces no había vuelto a celebrar tan ruidosamente.

-Aquí viene lo más pesado. ¡Vamos!.- se dio ánimos al empezar a subir la empinada vereda que salía de la cañada y que marcaba la última parte del recorrido para llegar a su casa.

Lentamente se acercaba al borde de la cañada mientras sentía la tensión en todo el cuerpo, Finalmente alcanzó la parte más alta y se detuvo para recobrar la respiración.

- Uno de éstos días no voy a poder subir.- nuevamente estaba hablando en voz alta.- aunque es mejor que no me queje. Ya me han dicho que compre un burro y no he querido.-

En realidad no era sólo que no quisiera comprarse el animal, sino que además no tenía el dinero necesario. La venta de sus cuadros no le dejaba mas que lo suficiente para seguir pintando y para comprar algo de comida. El resto de sus necesidades las cubría vendiendo las manzanas, peras y membrillos que cosechaba en su huerto.

- Ya falta menos, ya huele a casa.- se dijo al percibir el aroma de yerbaniz y manzana madura que provenía del huerto. Poco tiempo después llegó a la puerta de madera y alambre de púas, y la abrió para entrar a su propiedad. Enseguida continuó recorriendo la vereda que subía zigzagueando entre los manzanos. Por fin, después de varios minutos pudo ver el techo de lámina de su cabaña que brillaba al sol de la tarde. Se detuvo a tomar un último impulso y se encaminó a la estrecha meseta donde se encontraba su hogar, desde donde tenía una vista impresionante de la ladera que bajaba hasta el profundo cañón. Incluso podía ver el camino que recorría el cañón y que conducía al pueblo.

Depositó su mochila en el suelo frente a la entrada y se dirigió a la letrina para orinar. De regreso en la cabaña tomó la cantimplora que siempre colgaba en el portal y bebió el agua fresca que contenía. Se mojó la cabeza y dejó que el agua escurriera por su cuello mojándole la camisa. Después quito el candado y la cadena que cerraban la puerta de su casa y entró en la penumbra de la cabaña que contrastaba con el brillante sol del exterior. Se sentó en la silla frente a la mesa donde había dejado los platos de la cena la noche anterior, y se quitó las pesadas botas que usaba para caminar cambiándolas por sus viejos huaraches.

Mientras sacaba las cosas de su mochila pensaba en que ya se acercaba la temporada adecuada para cosechar las manzanas; el mes próximo tendría que bajar al pueblo para vender su cosecha. Le desagradaba pensar en eso porque era la única época en que se alejaba de su casa por varios días, ya que era necesario tratar con varios compradores a fin de conseguir un buen precio de compra.

Los últimos dos años habían sido particularmente difíciles ya que no había llovido mucho (o por lo menos, no lo suficiente) y la cosecha disminuyó bastante. Sólo la calidad de sus frutas lo salvó de tener problemas más graves. Aunque éste año había llovido un poco más, el viejo aun no esperaba una cosecha abundante.

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