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06 Jun 2007

Hüzün, sobre la amargura que no es melancolía

Escrito por: glforcen el 06 Jun 2007 - URL Permanente

Hay veces, pocas, que lo presuntamente convencional nos deja perplejos ante la maravilla. (Por ejemplo un premio Nobel que nos descubre a quien, posiblemente, no hubieramos descubierto de otra manera)


Hay veces, pocas, que al leer lo que alguien ha escrito sentimos que alguien se adelantó a decir lo que nosotros queríamos haber dicho (El fragmento que sigue es un ejemplo)


Hay veces, cada vez menos a medida que nos hacemos mayores, que descubrimos voces que nos hacen volver a sentirnos parte del mundo ( A mi me ha pasado, hace poco, con Pamuk)


Lo que sigue es una pequeña joya: su explicación de lo que es la amargura que envuelve a los habitantes de Estambul....pero se podría tratar de otras amarguras..... de otras ciudades, de otros momentos


"Pero ahora estoy intentado hablar no de la melancolía, sino de la amargura, que tanto se parece a aquella,(...) Eso significa que hay que observar los lugares y los momentos en que se confunden el sentimiento mismo y el entorno que hace que la ciudad lo sienta. Hablo de los padres que regresan a casa con una bolsa en la mano bajo la la luz de las farolas suburbiales en noches que caen demasiado pronto. Hablo de los libreros ancianos que se pasan el día tiritando de frío en sus tiendas esperando un cliente después de una de esas crisis económicas que se producen cada dos por tres; de los barberos que se quejan de que los hombres se rapan y se afeitan menos después de las crisis; de los marineros que, cubo en mano, limpian los viejos vapores del Bósforo amarrados a muelles vacíos con un ojo en la lejana y pequeña televisión en blanco y negro y que poco después se quedarán dormidos en el barco; de los niños que juegan al fútbol entre los coches en estrechas calles adoquinadas; de las mujeres de cabeza cubierta que llevan bolsas de plástico que en remotas paradas esperan sin hablar entre ellas un autobús que nunca llega; de las vacías casetas de los ciaques de las antiguas mansiones; de las cases de té llenas hasta la bandera de desempleados, de los proxenetas que las noches de verano se patean pacientemente las aceras con la esperanza de encontrarse algún turista borrocho en la mayor plaza de la ciudad; de las multitudes que corren a toda prisa para no perder el transbordador las tardes de invierno, de las mujeres que por las noches esperan a sus maridos que no acaban de llegar, y que entreabren las cortinas para echar un vistazo a la calle; de los ancianos con casquetes de punto que venden en los patios de las mezquitas opuúsculos religiosos, rosarios y ungüentos para peregrinos; de las entradas de decenas de miles de bloques de pisiso todas iguales, de las mansiones hijas de palacios en las que cada tabla del suelo gime con un crujido ahora convertidas en dependencias del ayuntamiento; de los subibajas rotos de los parques vacíos, de las sirenas de los barcos en la niebla, de las murallas de la ciudad, ruinosas desde los tiempos de Bizancio, de los mercados que se quedan desiertos por las noches, de los viejos cenobios convertidos en ruinas, de los miles de casas cuyas fachadas han pedido el color por la suciedad, el óxido y el hollin, de las gaviotas que permanenen inmóviles bajo la lluvia en boyas oxidadas cubiertas de algas y mejillones; de los enormes caserones centenarios de los que en el día más frío de invierno apenas surge una delgadísima columna de humno de la única chimenea; de las multitudes masculinas que pescan desde el puente de Gálata; de las frías salas de lectura de las bibliotecas; de los fotógrafos callejeros; del hedor a mal aliento del cine de techos dorados en tiempos famoso y ahora convertido en sala porno por cuya puerta entras hombres avergonzados; de las calles en las que no puedes ver ni una sola mujer en cuanto se pone el sol; del gentio que se acumula los días de viento del sudoeste, medio calurosos, medio borrascosos, a las puertas de los burdeles controlados por el ayuntamiento; de las mujeres jóvenes que hacen cola a la puerta de las carnicerías donde se vende carne barata; de las bombillas pálidas de los luminosos que se tienden entre los alminares los días de fiesta; de los carteles de los muros, rotos y garabateados por todas partes; de los agotados coches americanos de los cincuenta que sirven de taxis colectivos, que gimen rezongando mientras suben cuestas pronunciadas por las sucias calles de la de la ciudad y que de tratarse de una ciudad de Occidente ya estarían en un museo; de las multitudes que llenan los autobuses hasta la bandera; de las mezquitas a las que les roban continuamente los caños y el plomo que recubre las cúpulas, de los cementerios que parecen vivir como un segundo mundo en la ciudad y de sus cipreses; de las pálidas luces que brillan por las noches en los vapores que hacen el servicio Kadiköy_Karaköy; de los niños pequeños que intentan vender en la calle un paquete de pañuelos de papel al primero que se les ponga por delante; de las torres del reloj que nadie mira; (...)del hombre que desde hace cuarenta años vende en el mismo sitio postales de Estambul; de los pordioseros que se aparecen en el rincón más inesperado y de los que todos los dían repiten las mismas palabras en la misma esquina; del intenso olor a retrete que de repente te llega a las narices en las calles más frecuentadas, en los vapores, en los pasajes, en los pasos subterráneos, (...)de los emigrantes que esperan en los muelles de Gálata, de los restos de verduras, frutas, basura, bolsas de plástico, sacos, cajas de cartón y de madera que quedan esparcidos por el suelo las noches de invierno después de que levanten los puestos de los mercados; de las bellas mujeres cubiertas con velo que regatean vergonzosas en ellos; de las madres jóvenes que caminan a duras penas por la calle tirando de tres niños; de la vista del Cuerno de Oro cuando se mira hacia Eyüp desde el puente de Gálata; de los vendedores de roscas de pan absortos en el paisaje mientras esperan clientes en el muelle (...) de las jóvenes que trabajan hasta el amanecer para entregar a tiempo un pedido por el salario más mínimo de la ciudad repansando costuras y botones en pisos de calles laterales ahora repletos de máquinas (...)de que todo esté roto y avejentado, de que la ciudad entera contemple a las cigüeñas que vienen de los Balcanes, de Europa oriental y del norte cuando se acerca el otoño y que pasan sobre el Bósforo y las islas cuando se dirigen al sur; y de las multitudes varoniles que regresan fumando a sus casas después de un partido de la selección anciona, y que cuando yo era niño siempre terminaban con una seria derrota

Orhan Pamuk Estambul, Ciudad y Recuerdos, Ed. Mondadori Bcn 2006