02 May 2008

Recursos Humanos

Escrito por: Norberto Rodríguez Colman el 02 May 2008 - URL Permanente

No era un día especialmente bonito ni hacia una temperatura especialmente agradable, de hecho, hasta el etiquetado que envasaba su café y emulaba el diseño de una reconocida marca había perdido el color, el aroma y toda probabilidad de sentarle bien.

En algún momento de aquella mañana, a medio camino entra la cama y la ducha, entre el café y la tostada, incluso puede que momentos antes de montarse en el tren o subir al autobús, algo había cambiado en él, y había decidido que aquel día fuese diferente, que aquella mañana fuese inolvidable y que se la dedicaría al completo, pero no para ir a cortarse el pelo, tampoco iría a comprar ropa o recorrer tiendas de electrónica. No compraría discos ni se tiraría horas al teléfono.

Decidió también, posiblemente entre sorbo y sorbo o mientras contemplaba los paisajes que le devolvía la ventana del autobús, que no se dedicaría a ir al cine ni se dejaría llevar por lo último en música. No acudiría al teatro ni se engancharía a Internet a proveerse de un buen revolcón.

La mañana se desarrolló tal cual lo tenía previsto, como cada día. Aún somnoliento, se dirigió al servicio y tras una paja algo más extensa de lo habitual, se dio una ducha rápida y escogió la ropa que se pondría para acudir al trabajo. Y fue a trabajar.

No le importó el retraso del tren ni viajar con el doble de gente en los vagones. No le importó. Tampoco prestó especial importancia a los estornudos en un espacio tan cerrado, ni a la ensalada de perfumes baratos, olor a tabaco y hedor de mañanas que no son de hoy ni ayer.

Llegó al trabajo con la puntualidad acostumbrada, y lejos de pensar ni por un instante en abandonar su empleo o renunciar a su asiento, se dirigió al departamento de Recursos Humanos, tranquilo.

Le atendieron con una sonrisa y con la misma sonrisa explicó que le gustaba trabajar en aquella empresa, que se identificaba con su trabajo y que deseaba seguir creciendo junto a ellos. También les dijo que su contrato era precario y no se correspondía con las necesidades reales ni podría con ese papel desenvolverse en un mundo real.

Les dijo también, que su categoría profesional no se correspondía con el trabajo que realizaba y que estaba cansado de poner el culo y permitir que se saltasen la legalidad, mientras les invitaba a ganar la misma mierda de sueldo que le estaban pagando a él, desempeñando el mismo trabajo y sintiendo que su cabeza pendía de un hilo día a día. Dijo que no estaba obligado a hacer más horas extras y mucho menos por tan poco dinero, y que de hecho, no las haría.

Les dijo que lamentaba profundamente que tras una imagen tan cuidada de cara a los clientes, hubiese tanta rata y tan poca vergüenza. Metió su mano en el bolsillo y obsequió al responsable de recursos humanos con unos caramelos rellenos que sin pestañear le aceptaron. Les agradeció la atención prestada y les informó que se dirigiría en ese momento al Ministerio de Trabajo a denunciarles por todas la irregularidades.

Fue ahí, en ese instante, al hablar de irregularidades, cuando sonaron todas las alarmas del edificio, mientras el equipo de Recursos Humanos estallaba en carcajadas. Reían sin parar, y aquellas risas taladraron sus tímpanos hasta despertarle.

En algún momento de aquella mañana, a medio camino entra la cama y la ducha, entre el café y la tostada, había decidido que todo continuaría igual. No era un día especialmente bonito ni hacia una temperatura especialmente agradable, pero aquello no le importó

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Victoria_CPA dijo

y que paso despues?

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