04 Jul 2008

Nuevos Españoles

Escrito por: Norberto Rodríguez Colman el 04 Jul 2008 - URL Permanente

Retrógrados los hay en todas partes, y esa misma mezcla de miedo e ignorancia, no reconoce frontera alguna, religión o color de piel. La historia de la humanidad está plagada de flujos migratorios que han escrito capítulos importantes en el desarrollo de la humanidad.

Culturas enteras han emigrado huyendo de la esclavitud, la miseria e incluso en busca de nuevas conquistas. Estados Unidos es un ejemplo de país forjado en exclusiva por el impulso de sus inmigrantes, que dicho sea de paso, eran gente de campo en su gran mayoría, y han sido los hijos de estos quienes han levantado una gran nación, convirtiendo aquel país en una potencia mundial, que lejos de ser la ideal, tiene una cultura propia, fuerte y que ha sabido imponerse en buena parte del mundo.

Argentina es otro claro ejemplo. A principios del siglo pasado el 70 % de su población estaba conformada por inmigrantes europeos, lo cual le valió de un carácter muy especial en el continente americano, conformando una identidad propia en la mezcla cultural que acabaría fortaleciendo con sus aciertos y desatinos a los argentinos en el mundo.

Dos países que se erigieron sobre un terreno virgen a mano de sus inmigrantes, con un mosaico cultural que se fue mezclando hasta ser una sola cosa.

En España es distinto. La identidad cultural es muy fuerte, son otros los tiempos que corren y otras son las formas de integrarse, aunque el rechazo, se viva en el siglo que se viva, siempre ha sido el mismo.

Las estadísticas, para estupor de los más ignorantes, cuenta que la natalidad se ha elevado en España gracias a la inmigración. Un dato que a nivel económico debería relajar a quienes ven en ello una pérdida de su estado de bienestar, ya que serán los niños nacidos de esos emigrantes, los que pagarán en el futuro las pensiones de quienes quejan hoy.

Pero al margen de los datos económicos, sólo la ignorancia y el desconocimiento de aquellos que no han tenido la oportunidad de crecer rodeado de otras culturas, hace que rechace con tanto fervor lo inevitable. Y que sirva como apunte que a nadie parece importar la francamente espectacular inmigración británico-alemana que reposa sobre la Costa del Sol, como si la postal perfecta fuese un alemán leyendo Der Spiegel tumbado en la playa, y la foto a ocultar sea la de un ciudadano ecuatoriano recogiendo las mierdas del bar en el que trabaja.

En cualquier caso, los nuevos españoles ya están aquí, y muchos de ellos tienen padres árabes, peruanos, senegaleses. Y son esos nuevos españolitos, que hablan un perfecto catalán o que se visten de chulapos en las fiestas de Madrid, los que mantendrán viva las tradiciones que entienden como propias sin despreciar la de sus padres.

Temer, temer y seguir temiendo, es el recurso de quién se niega a asumir esta nueva realidad que lejos de dinamitar la identidad, la enriquece. España no es la misma que en la edad media, ni la del siglo pasado se parece a esta. Hay que seguir evolucionando. La identidad es algo que no deja de crecer, porque lo que deja de crecer es fósil en los libros de historia, alimento para la arqueología. Basta un poco de cultura para entender la cantidad de civilizaciones ocultas bajo las arenas del olvido. Y un dato más, si escarbamos bajo el suelo de Madrid o Barcelona, por citar sólo un par de ejemplos, las encontraremos.

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