30
Sep
2008
El patio de recreo
Cuando Blake aterrizó en Madrid para empezar una nueva vida en una nueva ciudad, no se imaginaba que se iba a tropezar con su pasado. Fue una casualidad que se encontrara con Jared, un antiguo compañero de colegio, en un vagón del metro. Menos casual fue que empezaran a hablar y decidieran quedar en un pequeño café para ponerse al día de sus respectivas vidas. También fue casual que Jared siguiera en contacto con Sophie que también era compañera de colegio y, gracias al azar o al destino, vivía en la ciudad. Cuando los tres se encontraron el día indicado en el pequeño café, se saludaron cortésmente como si no hiciera casi veinte años que no se vieran. - Bueno, Blake, cuéntanos, ¿cómo es que has acabado en Madrid?-preguntó Jared, visiblemente emocionado nada más sentarse Sophie lo escrutaba sin que ningún tipo de expresión se reflejara en su rostro - Bueno, me ofrecieron un trabajo como profesor de música y lo acepté- respondió Blake - ¡¿Eres músico?! ¡Debe de ser un trabajo fantástico!- exclamó Jared - Bueno si has acabado de profesor, tampoco se podría decir que te ha ido muy bien, ¿no?- intervino de pronto Sophie Blake bajó la mirada hacia la humeante taza de café que le acababan de poner delante - La verdad es que encontrar trabajo en el mundo de la música es más difícil de lo que creía. Dar clases no es que me entusiasme mucho pero al menos me da un sueldo fijo - Hablas como si no aspiraras a nada más- dijo Sophie después de dar un pequeño sorbo a su café solo Blake se encogió de hombros e intentó evitar la intensa mirada de su antigua compañera - Pero háblenme de ustedes, ¿a qué os dedicáis? - Yo soy agente de bolsa- dijo Jared con una radiante sonrisa - ¿Enserio?- preguntó Blake asombrado mientras veía como su compañero sorbía ruidosamente la nata de su cappuccino - Todo el mundo reacciona igual- comentó Sophie sonriendo por primera vez en toda la velada - Es algo muy fascinante, incluso yo diría que divertido- respondió Jared - Si, hacer ricos a otras personas es muy divertido- dijo Sophie irónicamente – Yo soy empresaria, dirijo una empresa editorial - Vaya, eso suena importante- comentó Blake – me acuerdo que de pequeña te encantaba mandar - ¡Sí es verdad! Una vez hiciste que todos nos pusiéramos a revolver el colegio entero porque habías perdido una pulsera. Algunos profesores incluso te temían- dijo Jared divertido - Ya pero aquello solo era un juego de niños, algo sin importancia- respondió la aludida - Aquellos sí que eran buenos tiempos, si hubiera sabido lo que era la vida me habría quedado anclado en la infancia como Peter Pan- alegó Blake que parecía haberse perdido en los recuerdos de su infancia - ¡Qué dices! La infancia estuvo bien pero si no hubiéramos crecido no hubiéramos podido disfrutar de todas las cosas buenas de la vida, ¿no crees Sophie? - Yo pienso que lo especial de ser un niño es que después creces. El ser humano ha de perseguir siempre el crecer, madurar y aprender para poder comprender mejor el mundo en el que vive - Qué profundo- dijo Jared con un cómico suspiro - Sigues siendo tan melancólico como siempre Blake, si vives continuamente en el pasado nunca tendrás presente- - Yo no vivo en el pasado- se defendió Blake- solo digo que cuando éramos niños vivíamos sin tantas preocupaciones -Bueno no os peleéis- intervino Jared para calmar la creciente tensión- ¿os acordáis de cuando embadurnamos de cola la silla del profesor de lengua y se quedó pegado? Esta vez los tres se rieron recordando el episodio. Les dio un pequeño ataque de risa y no pudieron parar hasta unos minutos después - Estuvo paseándose por todo el colegio con la silla pegada al trasero- rememoró Blake tras recuperarse - Se lo merecía por habernos suspendido a todos- dijo Sophie recuperando su seriedad habitual
21
Sep
2008
Ella y yo
La primera vez que la vi fue justo después de nacer yo. No recuerdo mucho de ese primer encuentro, solo sé que ella estaba allí. Era apenas una sombra borrosa pero me miraba fijamente sin moverse. Al principio no me gustaba nada, la miraba temeroso distinguiendo su silueta de entre las demás y me echaba a llorar cuando me dejaban solo con ella hasta que conseguía que alguno de mis padres apareciera para calmarme. Recuerdo que tenía ganas de huir de esa presencia pero mi cuerpo no me respondía.
17
Sep
2008
Diamond
Érase una vez un príncipe encerrado en lo alto de la torre de un castillo. Sus padres, los reyes del reino de Diamond, lo habían encerrado cuando era niño para que madurara y se prepara para cumplir sus funciones como futuro rey. El príncipe Declan había sido un niño muy inquieto y activo. Su mayor sueño era pasarse toda la vida recorriendo el mundo, lo que no le dejaría tiempo para sus tareas como monarca de Diamond. Así que sus padres decidieron encerrarlo en la torre hasta que fuera lo suficientemente mayor para aceptar la corona y todo lo que esta conllevaba.
Sin embargo, los reyes no eran malas personas. Todo lo contrario, se desvivían por el bien de su pueblo. De hecho, un día a la semana abrían las puertas del castillo real para que todos los ciudadanos que quisieran poner una queja se pudieran presentar con su petición a los soldados reales y si esta era aceptada, los ciudadanos podían hablar directamente con los reyes. Uno de esos días se presentó Elisabeth, la hija mayor de un campesino que, al igual que sus hermanas, ayudaba a su padre en el feudo que poseían. Ese era el asunto que quería tratar ya que el caballero que les alquilaba las tierras se llevaba la mayor parte de la cosecha de modo que no quedaba suficiente para que su familia subsistiera.
Su queja fue aceptada y pudo exponerla ante los reyes. Estos la escucharon amablemente y dijeron que esperara fuera. Ellos mandarían un soldado que fuera con ella hasta el feudo y hablara con el caballero para arreglar el asunto. Así que Elisabeth salió a los jardines y empezó a pasear contemplando la belleza del inmenso jardín decorado con flores de todos los colores. De repente oyó a alguien cantando y se acercó hasta el lugar del que provenía el sonido. Allí estaba el príncipe Declan, asomado a la venta y observando aburrido el horizonte. Cuando percibió la presencia de Elisabeth paró de cantar con una exclamación de asombro.
- Hola- saludó Elisabeth para calmar al príncipe que la miraba asustado- ¿quién eres?
- Soy el príncipe de Diamond- dijo él con hastío
- ¡Oh, vaya!- exclamó Elisabeth poniéndose roja y realizando una torpe reverencia
- No te molestes- contestó él- ¿cómo te llamas?
- Elisabeth- respondió ella- he venido a poner una queja por la situación del feudo de mi familia, no pretendía molestaros
- No me molestas, todo lo contrario, la verdad es que aquí encerrado no tengo muchas oportunidades de entablar conversación
En ese momento se oyeron los pasos del soldado que venía a buscar a Elisabeth y esta tuvo que ir a su encuentro y marcharse. Pero al día siguiente volvió a colarse en los jardines sin que la vieran para hablar con el príncipe. Y al día siguiente también y al otro y al otro. Así fue como el príncipe Declan le contó que seguía queriendo viajar por todo el mundo aunque también quería ser rey.
- Podrías viajar durante un tiempo y luego volver- propuso Elisabeth- me encantaría acompañarte en esa larga travesía por el mundo
- Y a mí me encantaría que me acompañaras- dijo Declan con una sonrisa- pero estoy encerrado en esta torre y no puedo salir
- Quizás tú no puedas salir pero yo puedo sacarte- dijo Elisabeth con decisión
Al día siguiente, antes de ir con el príncipe, fue al mercado y compró la cuerda más larga y resistente que encontró. Cuando llegó a la torre del castillo, le lanzó un extremo al príncipe y le dijo que la atara a una columna. El príncipe Declan hizo todo lo que le dijo, ansioso por salir de su cárcel y tras asegurar la cuerda se descolgó por la ventana.
Después de escabullirse del castillo burlando la vigilancia de los soldados, Elisabeth y Declan compraron provisiones y dos caballos. Luego cabalgaron lo más rápido que pudieron hacia los límites del reino. Pasaron dos años viajando por todas partes y transcurridos ese tiempo volvieron a Diamond. Los reyes se alegraron mucho de volver a ver su hijo que había desaparecido dos años atrás sin dejar rastro
- Madre, padre- les dijo después del jolgorio inicial- he estado recorriendo el mundo durante dos años y he aprendido muchas cosas. Considero que ya estoy lo suficientemente preparado para asumir mis tareas como rey.
- Además- añadió- he encontrado una mujer que me hace feliz- dijo haciendo una seña a Elisabeth que hasta ahora había permanecido en un discreto segundo plano
- Ya le he pedido su mano, y con vuestra bendición espero poder casarme con ella
Los padres de Declan accedieron al enlace y Elisabeth y Declan se unieron en matrimonio. Poco después fueron coronados como los nuevos reyes de Diamond.
Fin
06
Sep
2008
Volver
Cuando por fin me senté en mi asiento en el avión después de más de media hora de retraso deseé que se hubiera retrasado más. Mientras los demás pasajeros localizaban sus sitios, saqué un pequeño espejo de mi bolso y me dediqué a retocar mi maquillaje para disimular los nervios. Cuando me cansé de mirar mi cara consumida discretamente por el pánico, volví a poner el espejo en el bolso y luego lo aferré con fuerza en mi regazo. El momento temido llegó pronto y el avión se empezó mover, primero lentamente pero fue cogiendo velocidad al llegar a la pista de despegue.
Me agarré firmemente a los reposabrazos de la butaca e intenté pensar en Tenerife. Por fin podía regresar a mi isla, con mi familia y mis amigos. Había pasado cinco años trabajando en una empresa en el extranjero y, ahora que se había acabado el contrato, podía volver a Tenerife. Estos pensamientos no evitaron que un escalofrío de terror me inundara cuando sentí que el avión dejaba de estar en contacto con el suelo.
- Oiga, ¿está usted bien? Está muy pálida
Abrí los ojos que se habían cerrado casi involuntariamente. La voz procedía de un anciano que estaba sentado a mi lado. Parecía tener una edad muy avanzada y, aunque tenía la cara surcada de ligeras arrugas, sus rasgos seguían desprendiendo amabilidad. Tenía los ojos clavados en mí, en lo que se adivinaba una mirada de preocupación.
- Sí, estoy bien. Solo es que tengo pánico a volar
-¡Ah!- exclamó el anciano con una radiante sonrisa – sé qué es eso-
- ¿Usted también lo padece?- pregunté ligeramente sorprendida
- No, yo no pero mi difunta mujer si lo padecía
- Vaya, lo siento- dije, aunque sin saber si me refería a que hubiera perdido a su mujer o a que ella padeciera pánico a volar
El anciano volvió a sonreír y, con un suspiro clavó su mirada en las nubes que se veían por la ventanilla.
- ¿Viaja a Tenerife por turismo?- pregunté, en parte por curiosidad y en parte para distraerme de la angustia que tenía alojada en mi estomago
- No- rió el anciano- a mi edad ya no se hace turismo. En realidad, vuelvo a mi hogar después de pasar más de veinte años en la Península
- ¡¿Enserio?!- exclamé, divertida por la coincidencia- yo también. Bueno, aunque yo solo he estado fuera cinco años
El anciano me sonrió de nuevo
- Ahora ya tienes mejor cara, debes estar muy contenta por regresar
Asentí más animada
- Y usted ¿tiene ganas de volver?
- En otras circunstancias estaría muy feliz pero ahora ya me da igual
Le miré sin comprender
- Verás, si de verdad lo quieres saber…- empezó a explicarse- Este es mi último viaje. Voy a mi tierra a morir
Me quedé callada por la sorpresa. En mi cabeza surgían muchas preguntas pero no podía articular palabra
- ¿Por qué? ¿Está enfermo?- conseguí decir por fin
- No, pero simplemente me ha llegado la hora. Soy un hombre muy viejo, ya he vivido bastante
Le miré horrorizada, ese hombre iba a morir. Aunque lo que dijera fuera lógico, todos morimos algún día. Le debió parecer muy graciosa mi cara porque soltó una débil carcajada antes de cambiar de tema. Yo accedí a que se desviara de la conversación pero en mi mente seguí pensando en lo que acababa de decir.
Cuando aterrizamos en el aeropuerto de Tenerife, salimos juntos del avión y nos despedimos cortésmente. Él se alejó con paso ágil pero pausado y se perdió entre la marea de personas que abarrotaban el aeropuerto. Entonces oí una voz conocida y aparté la mirada del anciano. Fui corriendo a abrazar a mi familia, deseosa de empezar una nueva vida en mi tierra aunque sabía que nunca me olvidaría de aquel anciano que volvió a su hogar para morir.
16
Ago
2008
El espíritu del mar 3
Al día siguiente, Lexie se dirigió a una vieja casa situada en el barrio de los ricos que quedaba a poca distancia del muelle. Todavía resonaban en su cabeza las palabras del fantasma como si se las estuviera contando en ese instante.
“Verás, yo antes de morir era pescador. Cuando era joven me enamoré perdidamente de la chica más guapa que he visto en toda mi vida. Estuvimos saliendo bastante tiempo pero el padre de ella quería casarla con un hombre rico aunque ella le detestara porque estaba enamorada de mí. Y yo de ella. Éramos muy felices juntos. Pero la noticia de que esperaba un hijo mío me devolvió a la realidad. Yo era demasiado pobre para mantenerla y más para afrontar los gastos que supondría un hijo. Así que pensé que estarían mucho mejor con aquel hombre rico y le mentí, le dije que no la quería y les abandoné. No sabes cuánto me arrepiento, porque no he dejado de amarla ni un solo día de mi miserable vida”.
Lexie se aproximó al gran caserón que tenía un aspecto oscuro y sombrío y subió los escalones que separaban la calle con la puerta. Tocó suavemente con los nudillos y acudió a abrirle una sirvienta. Le dijo que buscaba a la señora de la casa y la sirvienta sin decir una palabra se sumergió en el interior de la casa que permanecía en penumbra. Lexie se quedó clavada en el umbral de la puerta, preguntándose si debía seguir a la sirvienta al interior de la casa pero enseguida unos pasos se aproximaron a la entrada. Un hombre joven, debía tener más o menos su edad, se acercó hasta ella. Vestía con ropa oscura y tenía la cara pálida y lucía unas enormes ojeras que le daban un aspecto enfermo y cansado. Lexie volvió a preguntar por la señora de la casa y, ante su asombro, el hombre se echó a llorar.
- Acaba de morir- le anunció el hombre cuando pudo calmar un instante sus sollozos
- Oh! Vaya, lo siento- dijo Lexie, incapaz de encontrar otras palabras a causa de la sorpresa
El hombre hizo un gesto para quitarle importancia y cerró la puerta. A través de ella, Lexie pudo escuchar que volvía a proferir unos lastimeros sollozos cuyo sonido fue perdiéndose poco a poco en la distancia.
Lexie se volvió y avanzó lentamente entre las sombrías casas. De repente un gato negro la adelantó trotando elegantemente en dirección a la playa. Lexie tuvo un presentimiento y se apresuró a seguir al gato que no dio muestras de percatarse de su presencia. Llegaron a la playa cuando el sol se acababa de poner pero la oscuridad no le impidió ver dos figuras fantasmales fundidas en un abrazo eterno. Allí estaban el hombre y su amada, juntos por fin tras toda una vida separados y susurrándose las palabras que no se pudieron decir. El gato los observaba inmóvil a una distancia prudente pero cuando las figuras se separaron avanzó hasta llegar al lado de la mujer.
- Soy tu guía, debes seguirme a la siguiente fase- dijo entonces el gato, para sorpresa de Lexie que permanecía inmóvil a unos pocos metros
La mujer se agachó y lo acarició tiernamente, con un brillo de reconocimiento en su mirada. Entonces se levantó y, mirando al hombre, le tendió la mano. Así juntos, el pescador y su amada se adentraron en el mar siguiendo al gato negro hasta que de repente desaparecieron sin dejar rastro.
Lexie permaneció unos segundos más intentando descubrir por dónde habían desaparecido los fantasmas aunque sabía que era tarea inútil. Luego se volvió y empezó a caminar hacia su casa, agradeciendo en cada paso el inmenso regalo de estar viva.
09
Ago
2008
El espíritu del mar 2
Esa noche, Lexie durmió intranquila, intentándo convencerse de que todo había sido mentira o una simple alucinación. Cuando consiguió dormir tuvo un sueño muy extraño. Se encontraba en la pequeña playa situada junto al muelle. Estaba paseando por la orilla cubierta por pequeñas piedras de un color muy oscuro cuando distinguió una figura en el agua. La luna salió en ese momento desde detrás de una nube y descubrió que la figura era su ex novio que la llamaba con una voz dulce. Tenía los brazos abiertos como si quisiera abrazarla y gritaba que la quería y que dejarla había sido un error. Lexie sintió una gran emoción y se arrojó al agua para encontrarse con su enamorado. Cuando el agua le llegaba al cuello y estaba a pocos metros de él, la figura cambió y se dio cuenta de que era el hombre que se había encontrado en el muelle. Casi en el mismo instante que el hombre se abalanzaba hacia ella, Lexie abrió los ojos. Estaba tumbada en la playa y entonces se dio cuenta de que el sueño había sido real. Algunas personas le rodeaban y le explicaron lentamente que un pescador la había rescatado cuando se estaba ahogando en el agua. Ella dio las gracias y se fue a su casa todavía confusa y aturdida.
-¿Qué quieres?- preguntó Lexie recelosa
- Creo que ya lo sabes, quiero matarte- respondió él
- Pero ¿por qué?- dijo ella entre indignada y aterrada
- Porque me lo dijo la gaviota
Lexie le miró confusa, sin entender lo que decía. El hombre volvió a soltar un suspiro y se dispuso a contar su historia
- Veras, yo era pescador. Una noche a altas horas de la madrugada me dispuse a salir a pescar, era un día desapacible y el mar estaba muy picado pero necesitaba el dinero que me darían por la pesca. Estaba en el muelle tranquilamente y, cuando me agaché para reponer el cebo, una ola enorme se abalanzó sobre mí. Cuando abrí los ojos estaba flotando en la orilla de la playa y entonces comprendí que estaba muerto. No me preguntes cómo lo supe, pero lo supe. Luego salí del agua y una gaviota se acercó a mí; me explicó que era mi guía. Al parecer, todos los humanos tenemos un guía, que es un ser con forma de cualquier animal o persona, que nace exactamente en el mismo instante que tú con el único propósito de guiarte a la siguiente fase cuando estés muerto. Eso me explicó la gaviota pero yo no quería morir porque todavía me quedaba un asunto pendiente y atrapé al ave y le empecé a retorcer el cuello para que me dijera cómo seguir vivo. Así le conseguí sacar que la única manera era matando a una persona viva, de modo que esa persona muriera en mi lugar. Sin embargo apreté más de la cuenta y maté a la gaviota. O sea, que tengo que matarte porque si no estaré vagando eternamente ya que no tengo un guía que me lleve a la siguiente fase.
Cuando acabó de hablar, el hombre volvió a suspirar. Lexie tragó saliva con dificultad y observó al fantasma que pretendía matarla. De repente se le ocurrió una idea
- Oye, has dicho que tenías un asunto pendiente. Si quieres, te puedo ayudar y a cambio tú me dejas vivir.
El espectro se quedó pensativo y acarició su blanca barba mientras volvía a observar el paisaje que se mostraba por la ventana. Luego volvió la cabeza hacia Lexie.
- Bueno, vale - dijo el hombre encogiendo los hombros tras observarla un rato - siempre puedo matar a otra persona
Continurá...
04
Ago
2008
El espíritu del mar
Aunque todavía no había anochecido, el día se presentaba oscuro debido a las amenazadoras nubes que cubrían el cielo. El viento soplaba con fuerza y las olas rompían furiosamente contra los diques situados enfrente del muelle. Allí se encontraba Lexie, una joven mujer que permanecía impasible justo al lado del pequeño faro en el extremo del desierto muelle. El viento le azotaba la cara, revolvía su pelo y la empujaba hacia atrás pero ella seguía firme contemplando la inmensidad del mar que se revolvía inquieto. Las lágrimas que emanaban de los ojos de Lexie permanecían solo unos segundos en sus mejillas ya que luego eran barridas por las ráfagas de aire y se perdían para siempre como si nunca hubieran existido. Lexie sollozaba en silencio e inmóvil. Se sentía perdida y confusa desde que su novio había cortado con ella después de dos años saliendo. No comprendía por qué lo había hecho, había sido tan repentino que todavía no se lo acababa de creer.
- Nadie merece que derrames tantas lágrimas por él- dijo de repente una voz a su lado
Lexie se sobresaltó y miró al hombre que había hablado. No lo había oído llegar aunque el estruendo del viento era tal que incluso le costó oír sus palabras a pesar de estar a menos de un metro. Tenía todo el aspecto de un hombre de mar, quizás un marinero o un pescador, sus ropas parecían todavía húmedas y una barba blanca enmarcaba su cara llena de arrugas. Debía de tener ya una edad avanzada pero parecía fuerte y vigoroso. Lexie se limpió las lágrimas de los ojos para comprobar atónita lo que estaba viendo: la figura del hombre dejaba transparentar levemente lo que estaba detrás de él y de vez en cuando se volvía borroso.
- ¿Quién eres?- preguntó temerosa
De repente el hombre desapareció de su lado y volvió a aparecer delante de ella pero Lexie se fijo que se había pasado del filo del muelle y estaba suspendido en el aire. Lo contempló asombrada mientras el hombre la llamaba por su nombre. Había algo en él que le gustaba y siguió mirándolo hasta entrar en un trance. El hombre seguía llamándola y Lexie, que se encontraba en un estado casi hipnótico, avanzó un paso hacia el filo. Debajo de ellos el mar rugía furiosamente pero ninguno de ellos se inmutó. Cuando estaba a punto de dar otro paso, una vocecita se abrió paso a toda velocidad en la mente de la chica. ¿Qué estaba haciendo? Si seguía caminando acabaría muerta entre las rocas y luego devorada por el mar. Ella no quería morir por mucho daño que le hubiera hecho su novio.
Se paró justo en el borde y luego retrocedió asustada. Entonces el hombre, que seguía suspendido en el aire, se hinchó y se volvió más amenazador. Sus dientes se afilaron, los ojos se le empezaron a salir de las orbitas y se abalanzó hacia Lexie. Esta se volvió y salió corriendo lo más rápido que pudo. El hombre intentó detenerla apareciendo justo delante de ella pero Lexie no paró y lo atrsvesó. En ese momento sintió cómo la fría figura se fundía con su cuerpo y le quitaba un poco de energía como si una parte de Lexie empezara a morir lentamente. Pero siguió corriendo hasta llegar a su casa donde creía que estaría a salvo.
Continuará...
14
Jul
2008
La llamada
Miré a la calle desde la ventana donde estaba asomado. Varias personas paseaban tranquilas en aquella tarde de domingo, con demasiada pereza, demasiada lentitud para el vertiginoso ritmo de la ciudad, pero al mismo tiempo con las caras tranquilas y felices de los que disfrutan saboreando cada minuto, cada segundo. Yo los observaba desde detrás de la ventana con las manos en los bolsillos y una expresión neutra e impasible alojada en mi cara. Mis ojos estaban fijos en un punto que no veía pero que me permitía concentrarme en la imagen de conjunto de aquel paisaje urbano, analizando cada uno de los detalles y ninguno al mismo tiempo. Unos padres paseaban a su hija pequeña, la niña parecía que acababa de aprender a andar y sus padres la seguían acompasando su ritmo al de ella, inseguro y lento pero eficaz. Una pareja avanzaban abrazados sin ninguna prisa como si pretendieran que el tiempo se detuviera en aquel instante y les permitiera pasarse el resto de sus vidas abrazados como estaban, muy pegados el uno al otro, su respiración lenta y la sonrisa placentera en los labios. Un hombre caminaba con los hombros caídos y la mirada clavada en el suelo como si intentara descubrir algo en el suelo de gravilla, entre las hojas que habían sido desprendidas de los arboles. Todo esto lo observaba yo, asomado a la ventana con las manos en los bolsillos y una expresión neutra. De algún modo, sentía que los estaba espiando, que estaba asomado a unas vidas que no me pertenecían y que nada tenían que ver con migo. Pero no podía hacer otra cosa. Inmóvil y petrificado, solo podía mirar otras vidas para olvidar que no estaba viviendo la mía, para no ver como pasaba el tiempo en vano y para mitigar el dolor de un vacío que me llenaba por dentro.
El hombre que seguía buscando algo en el suelo con la mirada, ralentizó su paso, ya de por si lento y levantó la cabeza. Al principio pensé que estaba mirando al cielo, quizás pronunciando una súplica que lo salvara del tono gris que envolvía su figura. Pero me equivoqué, me equivoqué porque sus ojos no parecían grises sino verdes, intensos y luminosos, como los ojos de un niño. Además no estaba mirando el cielo, sino a mí. El observador observado pensé, un comentario tan absurdo y completamente inútil que lo rechacé enseguida de mi mente. Pero aquella mirada me hizo moverme, retrocedí un paso y luego otro hasta que tropecé contra la cama y me tumbé sobre ella. Allí estaba seguro, seguro del mundo y de aquella mirada tan profunda pero al mismo tiempo me sentía en peligro porque el torrente de ideas y pensamientos que había logrado postergar mientras me asomaba a la vida de otros iba subiendo, desde la suela de mis zapatos donde con gran esfuerzo los había mandado, subiéndome por las piernas y dejando un desagradable cosquilleo y luego pasando por mis entrañas y mi columna hasta explotar en mi cerebro. Viré la cabeza y allí estaba la causa de todos mis problemas. Mi móvil me miraba desafiante y burlándose en silencio de mi, de mi vida y de todo. “Es algo que tenía que pasar” la voz de ella todavía sonaba cercana y fuerte. No era algo que tenía que pasar, no si tú no lo hubieras querido. “Lo siento” dijo ella antes de colgar con su voz dulce que a mí me había sonado tan amarga.
Me levanté de un golpe. No lo sentía, no lo sentía en absoluto; porque si lo hubiera hecho no hubiera cortado aquella relación. Cogí el móvil y me quedé mirándolo. El seguía burlándose de mí, en silencio y sin hacer ruido pero a mí me dolía igual. Me acerqué a la ventana. El hombre de ojos verdes ya no estaba allí, ni los padres que seguían a su hija ni la pareja que avanzaba abrazados, habían sido remplazados por otras personas.Abrí la ventana y arrojé el móvil lo más lejos que pude, apuntando a los arboles que había más allá del paseo y una sensación de libertad me invadió en lo más profundo de mi ser. Respiré una bocanada de aire como si en varios días no lo hubiera hecho. Entonces bajé para pasear por el camino, para no seguir siendo el observador impasible que se asoma a las vidas de los demás sino una persona que se mueve y respira, una persona que está viva.
20
Jun
2008
La despedida
Miré la hora en el inmenso reloj situado sobre la puerta principal de la vieja estación de tren, las 12 menos cuarto. Salí corriendo al interior de la estación intentando esquivar a todas las personas que salían. Algunos se detenían con el ceño fruncido y empezaban a exclamar improperios contra mí. Pero ni siquiera los oía, mi mente estaba puesta en conseguir llegar a la estación antes de que… bueno, antes de que él se fuera. Por fin llegué a donde salía el tren, su tren. Me paré en medio de la marea de gente y empecé a buscarlo entre las cientos de cabezas que se movían de un lado a otro. Estaba allí, lo presentía igual que lo había hecho tantas veces en las que lo buscaba con la mirada porque lo necesitaba y él estaba allí y, sin mediar palabra me decía lo que yo esperaba oír.
De repente lo vi. Estaba detrás de un grupo de ejecutivos vestidos de traje y corbata. Él los contemplaba distraídamente con los brazos cruzados y la maleta en el suelo, al lado de sus pies. Al verme se le iluminó la cara con esa expresión infantil de un niño frente a una tienda de caramelos. No pude hacer otra cosa que echarme a reír aunque en el fondo se me partía el alma porque aquella podía ser la última vez que veía esa mirada. Me acerqué a él y extendí los brazos para darle un abrazo, quizás nuestro último abrazo. Nos quedamos un rato así mientras la marea de personas seguía fluyendo a nuestro alrededor. Me aparté y empecé a notar que unas pocas lágrimas se habían escapado de mis ojos. Lo miré a los ojos que también empezaban a llenarse de lágrimas, le dije que lo quería, que había sido un gran amigo y que nunca lo olvidaría. Quería decirle más cosas pero las palabras, a diferencia de las lágrimas, no podían salir. El me miró con ternura y me respondió que también me quería, me secó las lágrimas de la cara y cogió la maleta. Nos dimos otro abrazo y se quedó observándome con tristeza, no se quería ir, pero tenía que hacerlo, era lo mejor para él. Entonces, ocurrió, se viró y caminó hacia el tren. Solo volvió la cabeza una vez para decirme con la mirada lo mucho que me echaría de menos. Y entonces subió al tren y se fue.
Andy
Podría decir que empecé este blog para denunciar lo que pasa a mi alrededor o porque creo realmente que a alguien le va a interesar lo que digo. Pero entonces estaría mintiendo. La verdad es que empecé este blog porque me gusta escribir y punto. Solo soy una estudiante, y como tal tengo muchas cosas que aprender.
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