01 Jul 2008

De nosotros, política, políticos, pueblos, pobres, familia y sociedad

Escrito por: J. Enrique Cáceres-Arrieta el 01 Jul 2008 - URL Permanente

“Todos los hombres se jactan del mejoramiento de la sociedad y ninguno de ellos mejora”. –Emerson-

Política y democracia: ¿qué son?

Antes de abordar tan interesante tema, conviene definir qué es política. Para mí, política es el arte y ciencia de gobernar, o el arte y actividad de gobernar un país. Saber y hacer bien las cosas para que lo emprendido sea fruto de la excelencia, sin pretender ser perfecto. La política es un arte no porque debamos ser artistas, sino porque son infaltables la creatividad y el ingenio. Es una ciencia debido a que trabajamos con realidades (situaciones, hechos, personas), y aunque la vida en sí permite el ensayo y error, hay circunstancias políticas que demandan soluciones que nos conduzcan a feliz puerto; sin improvisaciones.

Cuando el político no sepa qué dirección tomar, es el momento de reconocerlo ante el altar de su ser y consultar a otros que le colaboren a fin de ver la luz que él no ve. Pero para ello necesita una cuota de sinceridad y humildad, ausentes en no pocos políticos. A veces será necesario el sano sentido común y ser consciente de que dos más dos son cuatro aquí o en China.

Antes de emprender el viaje del desarrollo de este ensayo, cabe preguntarnos qué es democracia. Hablamos tanto de democracia y en su nombre decimos y hacemos muchas cosas. Pero, ¿qué es democracia? El vocablo democracia (gr. δημοκρατία) proviene de dos términos griegos: demos que quiere decir pueblo, y krátos que es autoridad, gobierno, fuerza. (Muchos políticos se inclinan más por el poder y la fuerza que por el buen gobierno de sus actividades políticas; empiezan por la política y terminan por la politiquería)

En sentido literal y teórico, democracia es el gobierno del pueblo. O la intervención y predominio del pueblo en los asuntos políticos de su país. Es el pueblo quien ejerce (en teoría) su soberanía a través de sus representantes en el Estado, a quienes eligió en elecciones libres y directas. Los gobernantes son el capitán que conduce el barco, pero el timón es el pueblo. Cuando el capitán (gobernante) no deja que el timón (pueblo) participe en la dirección de la nave y manipula al pueblo, hay serios problemas. El político (capitán) en cada gran decisión debe consultar al pueblo (timón), más si esa decisión puede perjudicar a la nación (en nuestro ejemplo, chocarse y hundirse el barco). No sugiero que para cada decisión los gobernantes consulten al pueblo, pues sería engorroso y demasiado costoso, sino abstenerse de tomar medidas inconsultas. Si cree que para mejorar las condiciones del trabajador debe reformar ciertas leyes y el Código de Trabajo, el político deberá consultar con los sectores involucrados y permitir que sean ellos quienes decidan junto con el Gobierno. El gobernante no deberá imponer su voluntad. Por imponerse nuestros gobernantes suelen meterse en dificultades; crean serios problemas a su país y arruinan su vida pública y privada.

Por naturaleza, los seres humanos somos más dados a resaltar lo malo que lo bueno; a tener más pendientes y ponderar más los errores que los aciertos. Si te vistieras de blanco y tuvieras una pequeña mancha en el bolsillo de la camisa, ¿en qué crees que el humano promedio se fijará en primera instancia? ¿En que luces espectacular y pareces un ángel, o en que tienes una “odiosa” mancha en el pecho? Seguro que se fijarán en la manchita y no en tu traje de tres piezas, sombrero y zapatos blancos finísimos. Por tal razón el político debe ser consciente de que un solo desatino puede manchar sus muchas buenas obras, aunque entre ellas esté proporcionarles empleo, vivienda, vestido y alimento a los pobres de su país. Y aunque su popularidad alcance niveles nunca antes vistos. Ahí estriba el sumo cuidado de que el político mida bien sus pasos para no pisar en arenas movedizas. “Las moscas muertas hacen heder al perfume del perfumista; así una pequeña necedad, al que es estimado como sabio y honorable”, sentencia Salomón.

¿Por qué digo que el pueblo es quien ejerce en teoría su soberanía a través de sus representantes en el Estado? No lo digo porque no crea en la democracia. Creo en ella y la defiendo. Pero como observador de mi propia conducta y de la de otros seres humanos sé que la fiebre no está en la manta, sino en el enfermo. La democracia no es mala en sí, el mal está en el corazón humano. Como cualquier otro sistema político, la democracia es imperfecta porque su creador es imperfecto. Esa defección se incrementa aún más por la corrupción del corazón de la raza humana. La política no “es sucia” como creen muchos. El mal está en el hombre y la mujer, en el político.

Fíjate que en el principio todo era perfecto: en el Cielo y en la Tierra. Pero como los seres creados por Dios tenían libertad de someterse a Dios o no, se formó la pelotera. Y los efectos de un choque de voluntades nos alcanzaron a nosotros. Hoy, casi todo el mundo quiere hacer lo que le viene en gana. Unos quieren imponer su voluntad sobre otros. Nietzsche y Adler hablan de “voluntad de poder”, que más adelante analizaremos.

Nuestros pueblos gobiernan en teoría debido a que en América no gobernamos gracias a los malos y mediocres políticos que tenemos. Desde casi nuestro nacimiento político poco ha sido lo que de veras hemos ejercido como derecho inalienable de dirigir el destino político de nuestras naciones.

Si no eres demócrata, eres autócrata

El verdadero demócrata permite que el pueblo gobierne a través suyo. No toma decisiones trascendentales por sí solo sin consultar al pueblo, que al fin y al cabo es el soberano en una verdadera democracia. Si un gobernante toma decisiones importantes sin consultar al pueblo, no es demócrata, sino autócrata. El pueblo (demos) no es la autoridad (krátos), sino el político, que en este caso es un politiquero. Temo que la grandísima mayoría de nuestros gobernantes no son demócratas, sino autócratas; politiqueros. Son demagogos; manipulan al pueblo al distraerlo con nimiedades con el objetivo de que pierda el interés en temas que redundan en beneficio del país. Son el ejemplo perfecto de “pan y circo”. Estos políticos actúan como el hombre que le endulza el oído a una bella dama y la abandona luego de conseguir lo que quería.

Desde que tengo memoria, los políticos de cualquier país (más en los que están en vías de desarrollo) no gozan de credibilidad (ni siquiera entre sus hijos). No por culpa del pueblo, sino de ellos mismos puesto que dicen una cosa y hacen otra. Por lo general, cuando un político dice “no” es “sí”. Y cuando dice “sí”, es “no”. Un político afirmó hace un tiempo a la prensa: “Yo no dije lo que dije, sino todo lo contrario”. ¡La gran flauta! ¿Qué fue lo que dijo que no dijo? “¿Cómo dice que dijo?”, diría Cantinflas. Obvio, en nuestros países no hay ese tipo de políticos. (Me da la impresión de que al padre de esa criatura se le cruzaron los cables por los nervios ante la prensa, o no conectó la lengua al cerebro antes de hablar, muy típico de los políticos)

La credibilidad de nuestros políticos está en duda desde hace muchos años. Y ellos poco o nada hacen al respecto porque siguen jugando a la política al prometer y no cumplir. Ahora bien -en honor y respeto a la verdad-, una cosa es ver el partido de fútbol desde las gradas y otra muy distinta es hacer tú los goles. Es muy fácil criticar cuando estás sentado en las gradas viendo el partido (eres oposición al gobierno); mas, ¿qué harías o puedes hacer cuando eres tú el jugador o el que está sentado en el puesto político? Si las cosas son de ese tamaño, entonces, señor político, no prometas nada de lo cual no estás seguro que puedas cumplir. Mejor es que no prometas y cumplan, y no que prometas y no cumplas ni años. El dicho dice: “no prometas al pobre ni debas al rico”. Y, tú que eres opositor, no hables más de la cuenta. No todo lo que hacen los gobiernos es malo.

La excelencia política

Hay quienes no creen que un político pueda ser un excelente político, y catalogan “demasiado ingenuos” a los que piensan lo contrario. A pesar de los malos y mediocres políticos, estoy convencido de que un político sin pretender ser perfecto puede alcanzar un nivel de excelencia como puede lograrlo cualquier otro profesional. Negarle la excelencia a un político porque el común de los políticos dejan mucho que desear sería no creer que hay periodistas, escritores, sicoterapeutas y teólogos excelentes solo porque hay malos periodistas, escritores mediocres, terapeutas que se enredan con sus pacientes y teológos liberales. La perfección entre los mortales no existe, pero la excelencia es posible en medio de la mediocridad. Bien lo manifiesta Goethe: “El único hombre que no se equivoca es el que nunca hace nada”. ¿Se equivocó Dios al pedirle al patriarca Abraham “sé perfecto [hebreo tamím = sincero, intacto, íntegro] delante de mí”? Dios no se equivoca ni se equivocó al hablarle de tal manera al “padre de la fe”, no obstante los errores posteriores de Abraham. Si quieres equivocarte, generaliza. Y no hagas nada si no quieres equivocarte. La vida es ensayo y error, y es de los que se atreven, no de los espectadores ni del perro del hortelano que no come ni deja comer.

La Historia registra cualquier cantidad de excelentes políticos y estadistas que en su momento engrandecieron a su país y nos legaron el ejemplo imperecedero de sus grandes obras y pensamiento. Extensa e interminable sería la lista de los nombres que estarían en ella.

El porqué de este ensayo

¿Por qué el título De nosotros, política, políticos, fanatismo, pueblos, intereses, entidades de crédito internacionales, ricos, pobres, familia y sociedad? Porque haremos un recorrido por cada uno de esos enunciados y porque la política debe estar al servicio de nuestro país, no colocar el país al servicio de nuestra política o partido político, como lo hemos hecho todos estos años. John F. Kennedy dijo en cierta ocasión: “No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate que puedes hacer tú por tu país”. Da pesar y vergüenza que muchos políticos secuestren, sometan y pongan el país al servicio de sus intereses socio-económicos y de su partido. Les preocupan más sus finanzas y salud política de su partido que el bienestar de la tierra que los vio nacer. El país puede caerse a pedazos, siempre y cuando no afecte sus intereses y su partido. Llenan su boca de patriotismo e hinchan el pecho de amor por la patria, pero les interesa un pepino el país. Son como el novio que le dice a su novia: “Amor, por ti recorrería montes, subiría collados, escalaría montañas, ascendería picos y cruzaría ríos y océanos... te veré el fin de semana si no llueve”. Esos señores políticos (preferiría llamarlos politiqueros) tienen partido, mas no tienen país. Por consiguiente, sería conveniente enviarlos a Marte o Júpiter para que por la necesidad de sobrevivir busquen agua y descubran si hubo o no vida allí, y así ganen el Nobel que les otorgarían por tal descubrimiento. Si no tienen país, no pertenecen a este planeta. No son terrícolas, sino extraterrestres. Político, sé político, no fanático. Sé racional, no irracional. Depón el amor al dinero y preocúpate por tu nación.

De un tiempo para acá, me he propuesto aplicar la máxima de escribir para cambiar yo primero y ayudar a que otros también cambien. Por consiguiente, si este escrito llegara a transformar el modo de pensar y de actuar de una sola persona para cambiar ella y ayudar a que otros cambien, ya sea como humano o político, sentiré que no he usado mis neuronas en vano.

‘Yo no soy político’

Con el objeto de “evitar discusiones”, algunas personas afirman ser “apolíticas”. ¿Será verdad que hay apolíticos? No creo que alguien sea apolítico, como no creo que haya gente que no crea en Dios. Que yo no esté envuelto en actividades políticas no significa que sea apolítico, “sin política”. Que niegue a Dios no quiere decir que no crea en Él; pues solo se niega lo que existe. Queramos o no, todos participamos directa o indirectamente en cuestiones políticas, bien con el voto, nuestra conducta como ciudadanos, opiniones, o bien con comentarios. “Si no te metes con la política, la política terminará metiéndose contigo”, sentencia Lenin.

Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista.

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata.

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista.

Cuando vinieron a buscar a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío.

Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.

Esto escribió el pastor Martin Niemöller al ser indiferente a todo y todos, hasta que vivió la persecución y no hubo nadie para socorrerle.

Aunque no lo admitamos, las decisiones políticas de los gobernantes afectan mi bienestar socio-económico. Cierto es que suba quien suba, o esté quien esté en el Gobierno incidirá poco en el desarrollo como profesional o persona en el sujeto promedio. Esto es, en su decisión de triunfar en la vida y ser lo que quiere ser. Pero, ¿qué sobre otras políticas de gobierno esgrimidas por los gobernantes? ¿En la seguridad social y el desempleo, por ejemplo? Como no creo en el voto interesado o vendido, tampoco comulgo con el abstencionismo ni el voto en blanco en las elecciones.

Familias y países partidos

por el fanatismo político

En pleno siglo XXI hay gentes que pelean y matan por cuestiones políticas. (Hay lo adeptos del partido y los adictos al partido. Temo que los segundos son más, pues ni siquiera saben porqué están en un partido político o la razón por la que apoyan a dicho partido. Y es lamentable que no pocas veces es gracias a esas personas que malos políticos o partidos inoperantes llegan al poder.) Familias y países que viven divididos porque unos son de un partido y otros de otro partido. Viven partidos, y una familia o un país partido desaparece. “Todo reino [familia o nación] dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no quedará en pie”, advierte Jesús. El proceso de desaparición es lento pero seguro si las partes en conflicto no logran un acuerdo, no hay genuino arrepentimiento de parte del agresor, no se perdonan, no sanan las heridas y no se comprometen a respetarse y no agredirse más. “¿Andarán dos juntos, si antes no se han puesto de acuerdo?”, pregunta el profeta Amós. (¡Es hora de que la palabra empeñada y los acuerdos se respeten! En tiempos de nuestros antepasados era un honor cumplir la palabra dada y los convenios. Era tal el respeto por tu palabra o promesa dada, que no había necesidad de hacerla constar por escrito. Hoy, ni impresa ni certificada ni tallada en piedra es respetada, pues es de “listos” incumplir la palabra empeñada. ¡Qué bochorno!)

Huelga señalar que la intolerancia política o religiosa ha hecho de países ricos y hermosos campos de batalla, hambre y miseria donde solo reinan el odio, la intransigencia, la división y la contienda. “Frutos de la carne”, diría san Pablo. El fanatismo cualquiera sea su naturaleza es mal consejero y pésimo pagador. Si hay una virtud cardinal digna de ser parte de la personalidad de una persona es el equilibrio, entendido como ser de un solo ánimo, imparcialidad al juzgar, templanza y sensatez en actos. Fácil es ser extremista, lo difícil es ser comedido. En las artes marciales (entiendo que también en otras disciplinas), no es la fuerza, altura ni el peso lo fundamental, sino el equilibrio. Si en plena acción logras dar el golpe indicado en el momento justo y el lugar preciso para defenderte (las artes marciales son una herramienta para defenderte, no para agredir) y mantener el equilibrio de tu cuerpo, saldrás bien librado de la agresión de tu oponente.

Según la óptica del fanatismo político, los enemigos son mis familiares, conocidos y amigos que abrazan distinta ideología a la mía, o no piensan igual que yo. “Al enemigo hay que exterminarlo”, o “callarle la boca”, proclaman. ¿Acaso no nos enseña nada el desmembramiento de países que otrora fueron una sola nación? La obcecación lo único que ha logrado en nuestros pueblos americanos ha sido arrojarnos al despeñadero de la bancarrota y desespero. ¿Cómo es posible que países con abundantes riquezas naturales y excelente potencial humano hoy estén con una mano adelante y otra atrás? Sin embargo, otros no cuentan con muchos recursos naturales y son pequeños en extensión territorial pero son prósperos y ricos. El mal endémico de los países americanos es la corrupción, el desgreño económico, la intolerancia y el desamor al trabajo honrado. Caldo de cultivo propicio -mas no justificable- para la aparición de bandas organizadas de delincuentes comunes, guerrilleros y terroristas y de locos deseos de algunos americanos (del continente americano; no hablo de estadounidenses) de volver a los aciagos días de dictaduras militares que defecaron en nuestro continente y se pasaron el estiércol por la cara.

¿De vuelta al pasado

de dictaduras militares?

Esos deseos irracionales de volver a dictaduras militares no son nuevos. En varios países americanos muchos de esos militares han vuelto a las andanzas políticas y han logrado la presidencia de la República, un escaño en el congreso, o sus hijos y familiares han conseguido ocupar altos cargos en el engranaje político de su país. Más, hasta el Sol de hoy existen partidos políticos -que fueron el brazo político de los dictadores militares- a los cuales muchos ciudadanos dan su voto y apoyo. Una de tres: 1) Lo hacen por ignorancia; 2) más o menos saben lo que hacen, pero no les importa porque la emoción puede más que la razón; 3) tienen fuertes intereses económicos en esos partidos o sus esperanzas de mejorar sus finanzas están puestas en dichos colectivos políticos.

“Los [pueblos] que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”, asegura Jorge Santayana. Reza el dicho que “el hombre es el único ‘animal’ que tropieza con la misma piedra”. Quitando lo de animal, es cierto que tendemos a cometer los mismos errores. El neurótico por sus conflictos emocionales una y otra vez vuelve al mismo círculo vicioso hasta tanto deje de luchar con el conflicto, lo acepte y empiece a trabajarlo. Hay que perdonar, pero sin olvidar los indecibles días de dictaduras militares que con su cuota de violencia, abuso oficializado, muertos y desaparecidos desterraron la justicia y la verdad, sembrando el caos, ruina y desesperanza en nuestros pueblos.

Por mi propio bien debo perdonar al agresor, aunque no haya reconocido sus faltas, muy típico de los militares de las ya desaparecidas dictaduras de América. Como dice el Dalai Lama, “si no perdonas por amor, perdona al menos por egoísmo, por tu propio bienestar”. Esto es, si no quieres o no puedes perdonar -es natural que no sientas amor por el otro- hazlo por ti; por tu salud emocional. ¿Quién dijo que perdonar es fácil e implica olvidar? No es fácil, pero muy sanador. Si olvidáramos el pasado, sufriríamos de amnesia, por decir lo menos. Perdonar es recordar sin dolor, ni resentimiento y no exponerme a que me vuelvan a abusar. Debo poner límites sanos, no murallas. Si pongo un muro, en realidad no he perdonado. “Te perdono, pero ya no será igual que antes”, es la clásica condición que pone quien no ha perdonado. La primera divisa de perdón que debo hacer efectiva es perdonarme a mí mismo. Perdonarme por los errores cometidos y aceptarme tal como soy. ¡Perdonémonos el pasado para poder sanar hoy!

Por malinterpretar el perdón y exponernos a que nos sigan pisoteando, estoy convencido de que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Y es falso que “la voz del pueblo es la voz de Dios”. Dios nunca se ha equivocado ni se equivocará. Pero los pueblos sí se equivocan al escoger mal a sus representantes en el Gobierno. ¿Quién inventó que “la mayoría tiene la razón todo el tiempo”? Lo inventó un político que creyó en la infalibilidad de las encuestas porque le favorecían. Las encuestas solo son el reflejo del momento. Cambian como cambia el ánimo de un niño.

No me parece conveniente que el presidente de la república sea elegido con menos del cincuenta por ciento o con el cincuenta por ciento de los votos emitidos. Debe ser elegido con más del cincuenta por ciento para que sepamos que en verdad fue la mayoría quien lo eligió, aunque esa mayoría se haya equivocado. Si un candidato no lograra más del cincuenta por ciento de los votos, debe haber una segunda ronda para decidir el futuro presidente de la república.

De no darse, a mí en lo personal me da la impresión de que la minoría gobernará la nación sobre la mayoría. Y, reitero, no es que crea que la mayoría tiene la razón todo el tiempo porque no es así. Sucede que no pocas veces es la minoría -los “ridículos”- los que están en lo cierto. Y la mayoría está “más perdida que cucaracha en baile de gallinas”, dice el dicho. ¿Quiénes creyeron, aceptaron y dieron su vida por el Evangelio de Jesús? Comparados con las grandes multitudes que lo oyeron de los mismísimos labios del Maestro, fueron un puñado de hombres y mujeres. ¿Cuántos buscan un proceso de recuperación que los ayude a resolver sus conflictos sico-emocionales? Pocos. Y de esos pocos, ¿cuántos perseveran hasta resolver la mayor parte de sus conflictos? Unos cuatro.

La violencia engendra más violencia

Por otra parte, los guerrilleros y terroristas con sus actos bestiales y facinerosos se granjean la mala voluntad de los pueblos además de diezmar la seguridad social de todos; sobre todo del ciudadano de a pie que no tiene porqué ser receptáculo de las transferencias de ira, frustraciones y traumas de sujetos con problemas de personalidad. Como expresaría mi abuela, “la cabuya se rompe por el lado maluco”. Zig Ziglar les diría a los desalmados: “No patees al gato”, pues no tiene la culpa. Somos expertos en justificar nuestras faltas culpando al perro, al gato y al loro. Desde Adán, hemos expiado nuestras culpas culpando a Raymundo y todo el mundo.

Martí señala: “Los bárbaros que todo lo confían a la fuerza y a la violencia nada construyen, porque sus simientes son de odio”. “Quien siembra tormentas cosecha tempestades”, afirma el popular adagio. La naturaleza en su sabiduría legada del Creador nos enseña que segarás lo que siembras. Ni más ni menos. Y ciertas filosofías orientales hablan de la “ley del Karma”, que al final de cuentas es lo que escribe san Pablo al manifestar: “No te dejes engañar; de Dios nadie se mofa; pues todo lo que el hombre siembre, eso mismo segará”. Si siembro limón, ¿cómo pretendo cosechar mangos? Eso lo sabemos, pero la irracionalidad de la sociedad enferma en que nos movemos la hace esperar frutos que no ha sembrado.

Sería bueno que quienes usan a Martí como caballito de batalla para sus movimientos guerrilleros, terroristas y tiranos para someter y asolar a pueblos enteros pusieran en práctica las palabras del prócer cubano. Obvio, es más fácil hablar que practicar. “Del dicho al hecho hay mucho trecho”, dice mi abuelita. “Para otros tengo consejos, pero para mí no tengo”. Gandhi solía decir que creía en Cristo pero no en los cristianos por ver como los supuestos cristianos hollaban a su indefenso pueblo. ¡Cómo nos gustan las máscaras! Tenemos una para cada circunstancia de la vida. A veces la conducta es tan obvia que la máscara ya no engaña, pues “por sus frutos los conocerás”, señala Jesús.

A los gobernantes sugeriría yo que sopesen las situaciones antes de tomar decisiones que más tarde pueden ser contraproducentes. Señores políticos, es tiempo de que sus decisiones sean libres y no esclavas de intereses ajenos al bienestar de su país. No puede ser claridad en la calle y oscuridad en casa. A los subversivos con ansias de poder señalaría que lo busquen a través del voto limpio de los pueblos. Es triste expresarlo, pero el común de los guerrilleros de hoy han abandonado lo ideológico -en otros tiempos era loable y digno de respetar a quien luchaba claramente por sus ideales, aunque fuesen equivocados- para incursionar en el temerario camino del terrorismo y el narcotráfico.

Cuidado como canalizamos

las emociones

Al extremismo con rostro religioso le recordaría que la dispensación (gr. oikonomia = gobierno familiar, mayordomía) de la ley del Talión quedó atrás y Dios hoy en el siglo XXI nos demanda a los creyentes en un solo Dios verdadero vencer el mal con el bien. “Amar no solo al que te ama, sino también a tu enemigo, pues haciendo esto, harás que le arda la cara de vergüenza”, dice san Pablo. Tarea para nada fácil, pero tampoco imposible. Está demostrado que el amor y la pacificación (Jesús, Gandhi y otros) no solo nos dan la victoria al final de cuentas, sino que además redundan en la salud mental y emocional de todos, incluida la nuestra. Sabemos cómo empieza la violencia, pero no cómo acabará. Es erróneo pensar que “la venganza es dulce”. Aun cuando te dé un sentimiento de satisfacción no te devolverá lo perdido, y tu conciencia espiritual te perseguirá y robará el sentimiento de falsa satisfacción y tu paz, hasta tanto lo hayas arreglado contigo mismo y con Dios, salvo que tengas la conciencia cauterizada (gr. kausteriazo) y la mente reprobada (gr. adokimos). A los tres grupos: gobernantes, grupos subversivos y movimientos religiosos extremistas vale acotar que el fin no justifica los medios.

Una palabra más sobre el sentimiento de venganza que viene a la vida cuando han violentado nuestros derechos. Es fácil hablar o escribir “no nos venguemos. Dejémoslo a Dios”. Es real que aunque el ser humano escape de la justicia del hombre no correrá la misma suerte con Dios. Pero, cuando han pisoteado nuestros derechos, nos han robado algo o hemos perdido a un ser amado por la acción malévola (o accidental) de otro, la sangre nos hierve, la presión arterial sube o baja, la adrenalina se desboca y el corazón palpita como si fuera a estallar en mil pedazos, la mente y el entendimiento se nublan de manera tal que pareciera que el cerebro explosionará en cuestión de segundos, ¿nos dan ganas de abrazar y bendecir al otro? ¡No! Lo menos que deseamos es “cogerle por el pescuezo y retorcérselo como se mata a la gallina”, así decimos o pensamos en medio de la ira.

El Maestro expresa: “Si solo amas al que te ama, ¿qué recompensa tendrás? ¿No hacen también lo mismo los publicanos [los que no conocen a Dios]. No seas igual a ellos”.

Debo confesar que desde hace pocos años entiendo mejor lo que enseña Jesús sobre la ira y el no entrar en pleito con nadie. Jesús sabía muy bien que la ira mal canalizada o acumulada contra el prójimo o el hermano es un veneno letal con raíces capaces de crecer tan rápido como las raíces de la palmera, hasta deteriorar la salud mental y emocional. También sabe el Maestro que al entrar en pleito con alguien mi organismo empieza a segregar ácidos que repercuten en mi malestar no solo físico, sino también emocional y mental. ¿Por qué crees que no pocas personas sufren de úlceras, acidez estomacal, hipertensión, tensión arterial, etc.? Es debido a su mala manera de canalizar las emociones. No sugiero que nos dejemos abusar y no pongamos límites. (Que sean límites sanos, no enfermos) Cuando toca ponerlos, hay que hacerlo, hasta Jesús y sus discípulos los pusieron. Empero, a veces por salvaguardar nuestra salud integral (espíritu, alma y cuerpo) es preferible lo que aconseja san Pablo cuando dice: “¿Por qué mejor no sufres el agravio?”. De ahí entonces la necesidad de tener discernimiento y entendimiento para saber cómo actuar en ciertas circunstancias de la vida. Bruce Lee en sus películas daba la impresión de solo reaccionar ante la agresión física. De ahí que ningún insulto o improperio le perturbara.

San Pablo al escribir acerca de la emoción ira advierte: “Cuidado, no sea que haya una raíz de amargura, te estorbe, y por ella muchos sean contaminados [la iglesia, la familia, la sociedad, el país, el planeta]”. Al inicio la ira no representa problema ya que se trata de una reacción natural. Dios puso en nosotros las emociones para nuestra protección. Lo dañino está en lo que hacemos en los siguientes segundos que vivenciamos el sentimiento: ¿lo canalicemos o lo arrojamos al inconsciente sin trabajarlo y librarnos de él? Muchos de nosotros guardamos y arrastramos verdaderos grilletes de ira en la vida (ira contra mamá, papá, un hermano mayor, etc.), y esa ira mal canalizada o acumulada revienta más tarde en el cuerpo en sus diversas facetas de enfermedades corporales, o nos impele a cometer locuras. “El que fácilmente se enoja hará locuras”, asevera Salomón. La epidemia de nuestra civilización es la tensión emocional y el estrés. A fin de canalizar y sacar la ira o cualquier otra emoción, está a nuestra disposición la terapia de la raqueta de tenis para golpear el colchón, o el saco de boxeo para darle puñetazos. Los ejercicios de bioenergética de Alexander Lowen pueden auxiliarnos a descargar emociones retorcidas o añejas.

El fracaso de políticas económicas

La condición socio-económica de nuestra América es caótica y desesperante porque entre otras cosas vivimos endeudados hasta la coronilla y pagando intereses impagables. La deuda externa se ha convertido en eterna, y la clase media está condenada a desaparecer. Si seguimos así, solo habrá ricos y pobres. Millonarios y miserables. Bien lo afirma Hobbes: “El hombre es el lobo del hombre” (homo homini lupus). Mi abuela dice que “el pez grande se come al chico”. ¿Globalización? ¿Qué es? Sin entrar en tecnicismos y subterfugios, la resumiría en dos palabras: ¡Riqueza y miseria globalizadas! No existe término medio. Roberto Carlos canta: “Yo no estoy contra el progreso si existiera un buen consenso. Errores no corrigen otros, eso es lo que pienso”.

Los políticos y entidades de crédito mundiales debieran entender que una metida de pata no corrige otra metida de pata. Si la embarraste, es lógico que hagas lo posible por enmendar el error, pero si no se puede, es preferible dejarlo así a meter la otra pata. En realidad, dudo que haya buenas intenciones en ciertos fondos de crédito internacionales. Lo que más percibo son las ansias de mantener asfixiadas y avasalladas a las naciones para luego imponer mezquinos intereses y programas absurdos a nuestros países. Los tiempos de la esclavitud no han pasado. Antes colonizaban, sometían y exterminaban a nuestros pueblos. Hoy, nos subyugan gracias a don Mamón etiquetado con el nombre de préstamos mundiales.

Cada año las entidades financieras internacionales sacan reportes e informes en los que comunican que la distribución de las riquezas en la mayoría de países americanos es de “total inequidad”. Es comprensible que nos informen de nuestros males, pero ¿qué hacen al respecto los millonarios y multimillonarios que tienen millones invertidos en las susodichas entidades de crédito? Comparado con lo que debieran y pudieran hacer, pienso que poco o nada es lo que hacen. Con tal actitud son como el profeta de mal agüero que pronostica destrucción y muerte, pero no revela qué hacer para evitarlos o levantarnos luego de la catástrofe. ¿De qué sirve diagnosticar cáncer o sida si al enfermo solo le proporcionamos una pomadita para que se aplique en el lugar afectado? Critica, pero da soluciones. Si no vas a dar soluciones, sino paliativos, sería mejor que no abrieras la boca ni movieras tu pluma, pues vas a transmitir algo ya sabido. Ayúdanos más bien a solucionar los problemas. Como dice la canción, “no quiero nada regalado”. No queremos limosnas ni que nos regales el pez, sino que nos enseñes a pescar y nos ayudes a ir donde están los peces, que por cierto no están en un cubo de agua.

Hace unos años, un banco de préstamos internacionales y sus filiales ubicadas en diferentes partes del mundo fue investigado por acusaciones de corrupción en proyectos financiados por él. A estas alturas del partido, ni los bancos de préstamos internacionales escapan de los corruptos. Si allá llueve, acá no escampa. ¿Tocará guardar la plata debajo del colchón como todavía hace mi abuelita? Si lo haces, ¡ten cuidado de que no te roben el colchón! Si pasara, te quedarías sin plata y durmiendo en el piso; con lo caro que están los antigripales y otros medicamentos. Hoy está prohibido enfermarse y hasta morirse.

El subdesarrollo está en la mente

Es evidente e innegable que hay personas que viven en condiciones de necesidad y falta de lo más esencial para vivir porque su actitud ante la vida es subdesarrollada. “Tal cual es su pensamiento en su corazón, tal es el hombre”, expresa Salomón. Dicho en otras palabras, yo soy lo que pienso de mí. Creo que gran parte del subdesarrollo de nuestros países es debido a nuestra mentalidad de mendigos. Si creemos que somos ciudadanos de segunda o tercera categoría, lo seremos y se reflejará en nuestro entorno familiar y nación, aunque tengamos los mejores economistas y administradores del planeta. Para muchos (latino) americanos, ser latino es sinónimo de inferior o minusválido mental. (Coloco latino entre paréntesis porque muchísimos aceptan ser latinos, pero aseguran no ser americanos. Para ellos el americano es el estadounidense. Y para los estadounidenses y muchos ciudadanos del mundo el americano es solo el estadounidense. Hay los que ignoran que todo nacido en el continente americano es americano y los que se sienten inferiores al estadounidense) Es imprescindible cambiar de actitud para empezar a ser diferente. “La pobreza se ve en los ojos”, decía Santiaga Márquez de García, la autora de los días de Gabriel García Márquez. Jesús asevera que “el ojo es la lámpara del cuerpo”. De manera que mi cuerpo tendrá luz si mi lámpara funciona bien, o ve lo que debe. Pero como el ojo es necio -lo digo no para excusar a los mirones y vida ajena- “el ojo no se cansa de ver, ni el oído de oír”, escribió Salomón.

La otra cara de la moneda es que los partidos y políticos tradicionales poco o nada han hecho por sus países. Más son las políticas demagogas y pródigas que las políticas coherentes con la realidad y necesidades de los pueblos. Casi sin excepción, los políticos americanos han sido sujetos escasos de entendimiento y limitada visión del futuro. Han “gobernado” en la inmediatez de sus circunstancias y la impotencia incomprensible de no empinarse sobre los problemas. Por tal razón, en lugar de resolver dificultades nos han legado problemas. Si parodiamos a don Quijote, diríamos de nuestros políticos: “Casi nunca dejan una puerta abierta en los problemas, para dar remedio a ellos”. Si esos problemas hubiesen sido atacados de raíz y a tiempo nuestros pueblos no estuviesen en el estado deplorable en que están hoy, y otro gallo cantaría. El sueño de Bolívar y otros próceres americanos fuera realidad. Mas parece que “hemos arado en el mar”, expresaría Bolívar.

La soberbia y mediocridad de un político salen a flote después de que un excelente político y hombre de entendimiento y visión ha dejado el cargo. Su sucesor en lugar de dar seguimiento a los grandes logros y avances mata y sepulta lo que debió continuar a beneficio de la nación. Así nos la pasamos en el mismo círculo vicioso sin avanzar ni un milímetro. Sí creo en la reelección inmediata de excelentes políticos. ¿Que necesitamos madurez política para ello? ¡Cierto! Pero yo no aprendí a nadar sin antes tragar agua. No aprendí a manejar bicicleta sin caerme y darme unos golpes. La vida es ensayo y error. Nadie nace sabiendo. Los que nacen sabiendo son muy pocos y los llamamos genios. ¿Que el costo político puede ser muy elevado? Puede que lo sea. Lo bueno cuesta y por ello hay que pagar el precio, mas los frutos recogidos nos hacen olvidar los malos ratos y el sufrimiento. Después de dar a luz, la mujer no se acuerda por lo que pasó al ver la bendición que tiene entre sus brazos. Con el objeto de superar el dolor, es insoslayable darnos el permiso de sentir ese dolor con toda su intensidad y profundidad. Hasta tanto no lo hagamos el displacer será arrojado al inconsciente, de donde saldrá cada vez que algo lo detone o evoque para hacernos la vida de cuadritos. La paz espiritual y mental que hoy podemos disfrutar de manera gratuita le costó al Hijo de Dios su vida en la cruz romana.

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Soy periodista. Mis pasatiempos preferidos son leer, escribir, investigar. Creo en el respeto a las ideas (creencias) y filosofía (cosmovisión) de los demás, pues las ideas se refutan con ideas y hechos reales, no con irrespeto ni insultando a los que no piensan igual que yo. No respondo críticas destructivas ni irrespetos. Pero agradezco muchísimo las críticas constructivas y nutritivas. Parafraseando a Benito Juárez, diríamos: El respeto al pensamiento ajeno es la paz.

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