29 Ago 2007

El erudito de las palabras

Escrito por: EDUARDO RODRIGUEZ PEDROSA el 29 Ago 2007 - URL Permanente

El erudito de las palabras.

En la cima de una montaña, siempre fría, helada, blanca por las nieves perpetuas, puras y vírgenes. Allí, tan alto, donde la vista no alcanza y se nubla, donde los pájaros no se atreven a llegar por miedo a las fuertes corrientes, allí desde donde todo lo que ocurre en el mundo se ve a las mil maravillas, el pequeño erudito trabajaba sin descanso. Hacia ya mucho tiempo, casi desde tiempos inmemoriales, ni él mismo podía recordarlo, además, no tenía tiempo para detenerse a recordar, pues debía seguir concentrado en hacer su trabajo.

El pequeño erudito era un hombre que no medía más de medio metro de altura, su cara era redonda, adornada con unos mofletes grandes y rojizos, su pequeña nariz mas ancha de lo normal, también estaba roja por el frío. Siempre había estado roja, casi desde tiempos inmemoriales, de pronto, se percato que no podía recordar desde cuando su nariz era roja, pensamiento al que solo dedico unas décimas de segundo, pues tenía que seguir concentrado en hacer su trabajo.

Sobre su nariz, unas grandes gafas cuadradas que se le escurrían constantemente, le proporcionaban un aspecto más inteligente e interesante. Sus ropas eran de un rojo intenso y fuerte, era uno de esos rojos por que sí. Aquel rojo por que sí, contrastaba con la bufanda de un blanco impoluto que adornaba su cuello.

Él era tan bajito, que tenía la fría cueva de la gran montaña en la que vivía llena de escaleras, unas más altas y otras más pequeñas, de madera, de metal, daba igual, cualquier cosa le servía para alcanzar lo que buscaba. Rápidamente, pues se movía mucho mas veloz que cualquier humano, iba de un lado a otro, corriendo de una escalera a otra, y así entraba un poco en calor. Al ir corriendo de un lado a otro, tan veloz e incansablemente, su abundante y rizado pelo siempre estaba desordenado y abultado, dándole un aspecto desenfadado, y haciendo que pareciera más alto de lo que en realidad era.

La montaña en la que vivía, no era una montaña normal, era una montaña de libros, libros de todos los tamaños y colores, libros nuevos, viejos. Esto era una cosa que poca gente sabía, ya que con el transcurso de los muchos, muchísimos años, el polvo se había posado en la superficie para acabar siendo una dura capa de tierra, roca y nieve en la parte mas alta.

Tenía unos dedos pequeños y finos, que estaban blanquecinos debido al frío. Siempre habían estado blanquecinos, casi desde tiempos inmemoriales, no podía detenerse a recordar desde cuando, pues tenía que seguir concentrado en hacer su trabajo.

Aquellos ágiles dedos se movían más rápido todavía que él mismo. A veces se movían tan rápido que cualquiera que los hubiera visto, se habría quedado profundamente impresionado. Aquellos dedos iban muy por delante de sus pensamientos, cuando él pensaba en escribir una palabra, por que ese era parte de su trabajo, escribir, sus dedos ya lo habían hecho.

Su trabajo, era su vida, y además era de suma importancia, pensó él, pensamiento al que solo le dedico unas décimas de segundos, pues no podía distraerse, tenía que seguir concentrado en su trabajo.

El era el encargado de juntar letras para formar las palabras, era el encargado de eso y de mucho más. Cada una de las palabras que alguien pensaba en el mundo, él la consultaba en sus libros, si ya existía la escribía y cuando él la escribía, la persona en el mundo que la había pensado la pronunciaba. Por eso era tan veloz, tenía muy poco tiempo para realizar la operación pues eran muchas las personas en el mundo que pensaban palabras. Además no había descansado nunca ya que cuando en una parte del mundo la gente dormía en la otra parte del mundo estaban despiertos, y viceversa, así lo había dispuesto su jefe.

- Entiendo que tú, solo eres uno y los humanos que hablan son muchos, así que lo distribuiremos así, de esta manera, siempre una mitad de ellos, estarán dormidos y no hablarán, y podrás centrarte en la parte que está despierta.

Aquello le pareció todo un detalle por parte de su jefe que era profundamente comprensivo, pero en el fondo no se fiaba mucho de que aquella fuera una solución segura, pero eso no le tocaba a él decidirlo, además no tenía mucho tiempo para pensar en esas cosas, debía estar concentrado en su trabajo.

Alguien, en algún lugar del mundo, pensó una palabra. El erudito, se detuvo por unas décimas de segundo, se atuso la perpetua bufanda blanca que siempre rodeaba su cuello protegiéndole de molestos constipados, encajo sus grandes y cuadradas gafas en su nariz, y se quedó dubitativo, aquella palabra no la recordaba, alguien había pensado una palabra que no existía.

En aquellas décimas de segundo, recordó el principio de todo aquello, cuando él era mas joven, había escrito todas y cada una de las palabras que existían en sus libros, así había empezado su montaña, amontonando todos y cada uno de sus libros, los que contenían todas y cada una de las palabras. Pero no podía pararse a recordar eso, el tenía que mantenerse concentrado en su trabajo y ante si tenía una palabra que no existía.

En aquellas décimas de segundo recordó que, como era joven y quería hacerlo bien se había preocupado de que muchas de las palabras que había escrito tuvieran más de una acepción. Más de un significado. Y en su juventud también había resultado ser un erudito travieso, es por ello, que la misma palabra, sin acento o tilde, quería decir una cosa diferente a la que diría si tuviera su correspondiente acento o tilde. Pero debía concentrarse en su trabajo, ante si tenía una palabra que no existía y no podía pararse a pensar en eso ahora.

En aquellas décimas de segundo pensó que para colmo, y rizando el rizo, había introducido ritmo en las frases, por lo tanto, una frase sin su coma, no era lo mismo que una frase con ella. Los puntos y seguidos le gustaban mucho, los puntos y aparte mas aún. Todo aquello, ahora que él ya era un erudito de avanzada edad, dificultaba su labor considerablemente, pues tenía que emplear más tiempo en buscar cada una de las palabras, y ya no era tan veloz como en sus mejores tiempos, incluso hacía un par de siglos que había empezado a jadear. Pero no podía pararse a pensar eso, tenía que mantenerse concentrado en su trabajo y además ante si tenía una palabra que no existía.

En aquellas décimas de segundo recordó que durante, todos aquellos, segundos, minutos, horas, días, meses, años, siglos, nunca jamás, se le había escapado una sola que no existiera, siempre él, había buscado en la multitud de libros que conformaban su montaña cual era la que existía en base al significado que el humano había pensado, aunque los humanos eran seres curiosos, a veces no conseguía averiguar cual era el significado de la palabra que habían pensado, evidentemente por que ni ellos mismos lo sabían, entonces, cuando esto ocurría, el erudito, escribía la mas similar que encontraba, y el humano pronunciaba la que el erudito había escrito, dando lugar a frases incongruentes, y equivocaciones léxicas. Pero estas equivocaciones no eran de su competencia, pues ante si tenía una palabra que no existía, y él, debía seguir concentrado en hacer su trabajo.

Recordó en aquellas décimas de segundo un caso que le acababa de ocurrir, justo antes que el caso que le había hecho pararse durante solo, unas décimas de segundo, justo antes del que tenía ante si, justo antes del de la palabra que no existía. Justo antes de esto, había corrigió al joven que pensó en “eceptiones” sin saber lo que significaba, y escribió “excepciones”, por lo que el joven fue motivo de burla de sus compañeros por unos segundos. Así pasaba el tiempo, corrigiendo incansablemente a cada humano pensante, de manera tal que aún que alguien pensará alguna palabra que no existiera, cuando la pronunciaba, lo hacía correctamente ya que el erudito le había corregido.

Y aquellas décimas de segundo recordando, cuando no podía detenerse pues debía seguir concentrado en su trabajo, se unieron a otras y a otras. Y al final el humano que había pensado la palabra que no existía, que dormía placidamente, en la parte del mundo donde tocaba dormir, en aquella parte del mundo de la que según su jefe no debía preocuparse, no había podido esperar mas, pues estaba dormido, y había pronunciado una palabra que no existía.

Cuando el humano termino de pronunciarla, la montaña de libros rugió como un volcán, todo comenzó a moverse, las múltiples escaleras que poblaban su cueva, cayeron aumentando el estruendo. Todas y cada una de las palabras, que contenían los libros que formaban la montaña, habían oído aquella palabra que no existía, y todas y cada una de las palabras querían salir de su confinamiento, simplemente pugnaban por ser pronunciadas. Luchaban incontrolablemente. Tras los brutales temblores, la montaña se desmoronó, y todas las palabras escaparon de las páginas de los libros y permanecieron flotando en la atmósfera. De pronto y durante unos segundos todo el mundo en la tierra empezó a hablar diciendo miles de sinónimos y antónimos, a diestro y siniestro, sin comas, ni puntos, sin tildes ni acentos, sin poder parar.

-Esto es terrible, caótico, aterrador, espantoso, horrible, pavoroso, monstruoso, confuso, desordenado, trastornado, lioso, enredado, incoherente, turbio, embrollado, anárquico, dijo el pequeño erudito, y se percato de que a él también le ocurría lo que sin duda alguna era mucho peor pues él conocía todas y cada una de las palabras que existían.

Asustado, aterrado, atemorizado, espantado, impresionado, acobardado, despavorido, azarado, alarmado y temeroso, se llevo, condujo, porto, colocó, traslado, transporto sus manos a la cabeza y se dijo a si mismo. Tengo que arreglar, adecuar, aderezar, reformar, modificar, restaurar, organizar, regular, aviar, ordenar, acomodar, resolver, sanear, reparar, mejorar, conciliar, apañar, remendar, ajustar, enmendar, regularizar, corregir, desembrollar, solventar, recomponer, normalizar esta situación.

Raudo, presuroso, veloz, diligente, rápido, y febrilmente, comenzó a escribir, anotar, copiar, rubricar, transcribir, trazar, redactar, todas y cada una de las palabras nuevamente en los libros, haciendo de nuevo la gran montaña que llego a ser tan alta, que la vista no alcanzaba y se nublaba, tan alta que los pájaros no se atrevían a llegar por miedo a las fuertes corrientes. Tan alta que desde allí, todo lo que ocurría en el mundo se veía a las mil maravillas.

Cuando terminó de escribir, y la montaña estuvo terminada de nuevo, las palabras aún no se habían calmado, ya no querían ser controladas. Se dejaban registrar en los libros pero sus almas no regresaban al papel. Entonces, el erudito de la montaña de libros tomo una decisión, las prometió que a partir de aquel momento cada palabra podría ser mencionada cuando y como quien la mencionará quisiera, y que todas y cada una de ellas eran….., bueno que podían seguir flotando por la atmósfera haciendo lo que quisieran, además les propuso recoger y definir cada una de las nuevas palabras que irremediablemente surgirían y que en aquel momento, no existían, así vivirían para siempre, no solo cuando fueran nombradas.

Las palabras muy contentas se calmaron, y todo volvió a ser como al principio.

Entonces él pensó que si la palabra que no existía, había sido pronunciada, debía de ser registrada y así empezar su nuevo trabajo, y cumplir el trato que había suscrito, además, no existía palabra para definir lo que acababa de ocurrir, pero se sentía rejuvenecido ya que por fin descansaría, así que le dio tantos significados a la recién nacida palabra como pudo.

Libertad:

1. Facultad que tiene el ser humano, las palabras, o el erudito de la montaña de libros de obrar o no obrar según su inteligencia y antojo.

2. Estado o condición del que no está prisionero o sujeto a otro, o a la página de un libro.

3. Falta de coacción y subordinación al erudito de la montaña de libros.

4. Falta de obligación para con las comas y los puntos.

5. Confianza, franqueza, y tranquilidad.

6. Poder o privilegio que se otorga uno mismo por encima de los demás para poder descansar tranquilo.

Aún a día de hoy, el erudito de la montaña de libros sigue registrando todas y cada una de las palabras nuevas que libremente nacen en todo el mundo, he oído que algunos niños traviesos, y algún travieso escritor no tan niño, se empeñan en inventar palabras nuevas, para que él viejo erudito de la montaña la registre y no se aburra, de esta manera le hacemos correr y así entra en calor.

Este relato esta dedicado a Amparo, que siempre me corrige, con mucho cariño, y ademas a tenido a bien hacerme los comentarios y quejas menos agradables por mail, pero este relato también espero que sirva de homenaje, con mi mas absoluta y eterna admiración.¿no sabeis a quien?.

¿a quien os recuerda el erudito de las palabras, con su eterna bufanda blanca impuluta, sus grandes gafas cuadradas y sus ropas de un rojo por que sí.?. El mundo ha perdido que será irremplazable.

Eduardo R. Pedrosa

Agosto, 2007

7 comentarios · Escribe aquí tu comentario

ampa1000

ampa1000 dijo

¡MUCHAS GRACIAAAASSS! Me emociona que me dediques un cuento como este. Me he reído un montón, me he sentido cómplice desde el principio. No podías rebelarte a mis críticas (que conste que siempre las hago fuera del blog, para no empañar ni condicionar al resto de lectores) de otra forma que no fuera escribir. Sabes que soy pesada y probablemente no podré evitar seguir señalandote siempre los mismos detalles, pero siempre te estaré agradecida por este cuento.

EDUARDO RODRIGUEZ PEDROSA dijo

En realidad, ampa1000000 millones, me alegro de que te gustará, pues esta dedicado a ti, de todas maneras me gustaría insistir en que yo considero la literatura elastica, creo que en algun momento hemos discutido sobre cierto movimiento literario muy reconocido, que consistia en no poner ni puntos ni comas, ni tildes ni acentos, pues pensaban que esto limitada la capacidad del artista, evidentemente no es mi caso, asi que agradezco todas tus criticas constructivas en este y en los muchos trabajos que ya tengo a las espaldas. Te doy la razón en que algunas laismos, leismos, etc. son un golpe para el lector. De todas maneras, entiendo que el cuento te hiciera gracia dada la batalla ortografica que mantenemos casi diariamente desde inmemoriable tiempo ya. Quiero que todo el mundo entienda que mis relatos, muchas veces no tendrán la calidad ortografíca que debieran, y la que sin duda el lector se merece, ya que, simplemente me pongo en Editar, y lo escribo, pues la idea empuja y empuja, no dejando pensar en otra cosa, hasta que finalmente sale aqui para todos, y por fin me deja pensar, leer, reir, respirar, etc. No hay escusa para las faltas de ortografia, niños, no sigais mi ejemplo en casa. Y yo pondré mas atención pero mis dedos, pero he tratado de explicarte con este cuento, que como al erudito de la montaña de libros, mis dedos escriben mas rapido que mi mente piensa.
Ampa 100000 milllonisimos, añoro mucho las lecturas en grupo que haciamos del libro que espero publicar proximamente, con premio incluido, y como discutiamos por algunos detalles, creo que en el fondo me gusta escribir cosas mal para que me riñas.
Un beso.

Tri

Tri dijo

Estamos deacuerdo que debe existir equilibrio entre contenido y forma sin embargo hemos leído todos tantas cosas con una formalidad estricta y a la vez tan vana y carente de emociones que han hecho darme cuenta de que del contenido surge la forma y no al revés.

Por otro lado me ha ENCANTADO! Sigue así Edu.

Ah! Creo que mi erudito de las palabras en ingles ha bebido demasiado...

Besos loco.

Marta

Marta dijo

Esto ya es repetitivo pero bueno te lo volveré a escribir. ¡ES PRECIOOOOOSO!. Me encanta la habilidad que tienes para poner en marcha la imaginación del lector. Cómo describes al erudito (que aunque te has disfrazado no me engañas), la montaña de libros.... todo. En definitiva, me da una envidia tremenda esas ideas tan superoriginales para escribir cuentos que se te vienen a la cabeza. El decirte de vez en cuando alguna peguilla sobre la forma de escribirlo, es para que pises el suelo de vez en cuando porque tanto elogio (aunque sean de corazón y de verdad) no puede ser bueno. Muchos besitos. ¡Ah! Gracias ccc1804

Caminito dijo

Está claro que la ortografía, el conocimiento de nuestra lengua es bien, bien importante para poder expresar las ideas con claridad y buen hacer. Pero el aprendizaje y uso que hacemos de la lengua, es algo bien, bien difícil de explicar, y en él influyen muchísimos duendecillos que mediante extrañas y divertidas asociaciones, despistes, falta de atención, memoria o tiempo para revisar, nos hacen cometer errores.
Hay gente que es experta en esto del lenguaje. También leí en algún sitio que García Márquez y tantísimos escritores consagrados, tenían muchos problemas con la ortografía. Editores y empeño consiguieron las obras maestras que hoy en día leemos.
Lo difícil de todo es tener algo que decir, que aportar a través de estrechos lazos entre nuestros pensamientos, sentimientos y palabras. La técnica, se va aprendiendo con el tiempo y para ello, tenemos grandes amigos y colaboradores que nos ayudan. Esta es mi opinión personal.
Eduardo, por lo que me he ido leyendo, creo que tienes un futuro muy, pero que muy prometedor. Haz caso de ampa1000 y de todos los lectores que tienes. Sinceramente. Otra vez, me ha sorprendido increíblemente este cuento.
Me volví a releer el de “Las 17 virtudes” ¡¡¡¡Magnífico!!!!!
¡Mucha suerte!!!

Loli

Loli dijo

Gracias por los ratos que paso leyendo tus cuentos.
- "El perro de resina" por su ternura.
- "Ella" porque he visto en él a mi querida amiga Pilar.
- "El conductor de rallies" porque me ha hecho reir muchísimo.
- "Las 17 virtudes" porque me ha recordado los cuentos de mi infancia.
- "El erudito de las palabras" porque me ha parecido muy bonito y original.

EDUARDO RODRIGUEZ PEDROSA dijo

Hola loli, antes de nada gracias por leerme, a ti a todos los que lo hacen, lo hago desde el mas absoluto cariño. Lo mejor que me puede pasar es tener quien escuche(en este caso lea), las cosas que siento(en este caso escribo.)..

Mis sinceras gracias..,

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EL CHUCHO DE RESINA

Cuantos retales de texto, cuentos, historias dramaticos, comicas, cuantas pequeñas cosas escritas se quedan en la carpeta de mi portatil, cosas nuevas, viejas, tan antiguas que ya no puedo ni recordar, cosas que no quiero corregir pues sería tocar al pequeño escritor que había en mi, y que durante tanto años no compartío nada.

Esa es la tematica de este bloc. Sacar a la luz lo que siempre estuvo escondido por verguenza a las criticas, por ser intimo y personal.

Me veía en la obligación de aclararlo por si ciertos juezes de ciertos concursos, o ciertas personas de ciertas editoriales a las cuales les debo exclusividad en trabajos puntuales, les da por ver mi última locura. O por las insistentes quejas al referente de las faltas de ortografía. Existe una belleza en lo creado frente a un papel, o un ordenador, que no quiero tocar. Esto es lo que salía cuando me sentaba, cuando aún hoy me siento pero de una manera más profesional y medida. Asi que todo el mundo tranquilo.

Por cierto todos mis trabajos estan registrados en el registro de la propiedad intelectual y poseen su estupendo copyrt.

Una vez me preguntaron que sentía cuando escribía, la pregunta fue osada, un docente intrépido pensé yo, la contestación fue más osada aún, no puedo explicarlo, dije, encogiendo mis hombros y poniendo cara de tonto.
¿Pues, como alguien que quiere ser escritor, reconoce no poder explicar algo?, me dijo él con gesto triunfante. No puedo explicarlo, dije yo, pues no habría en el mundo palabras cuyo significado explique lo que yo siento cuando escribo, pero que no pueda explicarlo a la perfección no significa que no pueda intentarlo o incluso mucho mejor que no pueda inventarlo, imaginarlo, transfórmalo, moldearlo para luego volver a cambiarlo. Le dije tan serio que yo mismo me asuste. Pues inténtelo, me insto él, aunque resulta pretencioso decir que no hay palabras suficientes en el mundo cuyo significado pueda explicar de manera veraz que siente al escribir. No señor, dijo yo asustado, lo pretencioso no es que yo asevere que no existan palabras, lo pretencioso es pensar que yo pueda explicar que siente usted al respirar, o que siente al parpadear, por que no siente nada, solamente lo hace. No puede dejar de hacerlo, no puede elegir cuando hacerlo, nadie puede hacerlo por usted, y a menudo lo hace tan rápido que no se da cuenta ni de que siente. –Así que, para ti, escribir es como respirar, dijo muy serio creyendo haberme entendido. No señor, dije yo entre enfadado y ofendido, no ha entendido nada

Actualmente, este chico de barrio que siempre fue, y que sigo siendo, muy a pesar de lo que todo el mundo pueda pensar, no hubiera sido ni la sombra de lo que soy sin que este "intrepido docente", hubiera conseguido despertar en mi el interes, sin que este "profesor", en todos los sentidos, no hubiera llegado a mi en la manera en la que lo hizo.

Muchas gracias, D.Manuel.

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