21 Ene 2008
Las Grillas de Cardano. Capítulo III. "Hospitalarios".
Capitulo III.
Hospitalarios
El hermano Rolando encendió las tenues luces de la pequeña capilla con la parsimonia con la que acostumbraba a hacerlo, para él aquello representaba todo un acto ceremonial al más puro estilo medieval. Cada uno de los grandes cirios colocados estratégicamente por el sacro y humilde edificio, comenzaron a emitir un ligero resplandor de luz de un opaco color pastel, proyectando la oronda silueta del monje en la fría piedra.
Había anochecido con sorprende celeridad aquella tarde, la luz del sol se había apagado lánguidamente mezclando los difuminados rojizos del atardecer con los oscuros azules, llenando el horizonte de múltiples tonalidades, las grandes nubes que se desplazaban con paso lento pero firme, se perfilaban como tachones oscuros rompiendo la armonía de la estudiada composición de colores y gamas.
Se acercó a uno de los pequeños ventanales de forma circular que decoraban los gruesos y fríos muros de piedra, a través del cual y a lo lejos, vio a la joven muchacha de rizado pelo negro, que frente a su flamante coche, permanecía inmóvil tras terminar su jornada laboral. Parecía estar ausente, abstraída en sus propios pensamientos.
Ella no le agradaba demasiado, en realidad no le gustaba nada, se corrigió a si mismo mentalmente. En múltiples ocasiones la había encontrado husmeando por zonas del hospital en las que su presencia no era ni requerida ni deseada. Era una mujer, en exceso, curiosa y preguntona, en su opinión se empeñaba en mantener conversaciones sobre cualquier cosa, aquella banal verborrea lo hastiaba profundamente, y así se lo trasmitía de manera educada, pero ella parecía no darse por aludida y perseveraba en el intento dilatando la conversación hasta alcanzar lo absurdo.
No perdía oportunidad para ir tras él o de cualquiera de ellos, exceptuando al hermano Carles, a ese viejo monje cuyo genio era endiablado, ni se acercaba. Aquel último pensamiento le hizo sonreír tímidamente.
La pequeña capilla de un dudoso estilo románico para cualquier purista historiador, se erguía en la oscuridad como si del decorado de una película se tratara. El contorno del edificio se perfilaba en el oscuro cielo nocturno generando un aura a su alrededor que le otorgaba una austera presencia. Pequeña e humilde, había aguantado el paso del tiempo, firmemente asentada, como si de un perro guardián se tratara. Su planta rectangular, se extendía en toda su longitud, formando una edificación compacta a primera vista, sensación que se rompía ya que la torre sin ser demasiado alta, pero poseedora de una belleza y carisma propio, sobresalía un par de modestos metros de altura alzándose victoriosa. Era el único edificio que seguía intacto desde tiempos inmemoriales. Estaba totalmente separada del destartalado edificio central acentuando su austera presencia.
Antes de la construcción del hospital, tal y como ahora lo conocían, allí, en la cima de aquel verde y prospero montículo solo existía, el pequeño y viejo edificio que originariamente había sido un remoto sanatorio pueril, la capilla y el huerto. Tras la construcción de la nueva edificación, el antiguo barro y ladrillo había pasado a ser una parte más del actual cuyas raíces habían sido firmemente cimentadas con hormigón y metal. A petición del viejo Carles, se había respetado la estructura original reforzando muros y lavándole la cara a la ajada fachada, distrayendo y ocultando en la medida de lo posible a la vista de cualquiera la antigua construcción, para finalmente y con la conclusión de las obras de remodelación enjaular uno dentro del otro.
El hospital y la capilla estaban separados por unos veinte metros de distancia, en los que sendas líneas imaginarias conformadas por robustos naranjos, delimitaban el huerto. Tierra de labranza en la que el hermano Carles había cultivado desde hacía mucho tiempo, lechugas y tomates, con estupendos resultados. Una destartalada caseta de madera, construida, por el improvisado agricultor, con desiguales tablones de diferentes medidas y tonalidades, recibía por orden expresa de este, el nombre de gallinero y aunque pedía a gritos un arreglo para no desplomarse, su constructor aseguraba, con el genio que lo caracterizaba, que aguantaría un terremoto si aquello fuera necesario. Entre los fornidos árboles, un pequeño camino de grava con aspecto de improvisado paseo serpenteaba con diferentes grosores hasta llegar a los firmes portones del sacro edificio.
La antigua piedra con la que se había construido la capilla, ahora aparecía cubierta del verde musgo que nacía en la parte norte del edificio forrándola con un abrigo protector de un verde botella que con la llegada del verano cambiaba como un camaleón, cambiando su vivo y herbáceo tono por marrones y pajizos, haciendo que cada uno de los muros pareciera mucho más antiguo de lo que en realidad era
La torre estaba coronada con una gran cruz de metal que estaba levemente torcida para tortura de Susana. Bajo ella, el modesto campanario en forma de arco de medio punto cobijaba y protegía la pesada campana de las inclemencias del tiempo. La bóveda de la capilla era estrellada y miraba al opaco cielo, originalmente aquella bóveda se había preocupado de dar cobijo a los difuntos ya que se construyo con el fin de ser una capilla funeraria, actualmente asumía las funciones propias de cualquier vieja iglesia de pueblo en la que se dicen intimas misas y secretas confesiones de conocimiento publico. Era un sitio de rezo, un sitio de oración y meditación, aunque los cuatro monjes hospitalarios que habitaban la institución le daban otros muchos usos de muy diferentes índoles. Ellos, lo utilizaban como lugar de reunión, ya que la vieja capilla les proporcionaba la discreción que necesitaban, para tratar asuntos presumiblemente de gran importancia. Allí, nadie les molestaba e interrumpía y creían poder hablar sin miedo a ser espiados evitando posibles interferencias de algún tipo. Al hermano Rolando, le molestaba tanto secretismo, pues en su subconsciente, secreto significaba malo, pero entendía que la nueva situación merecía toda la discreción que pudieran conseguir.
En el interior de la capilla, la piedra estaba mejor conservada. El suelo estaba limpio y lustroso a pesar de los desniveles existentes, aunque la latente pulcritud no cambiaba el frío aspecto que el edificio proyectaba. Dos estrechas naves longitudinales flanqueaban la paralela galería central, que con mayor anchura, culminaba con un magnifico retablo que alzado en el aire por tres escalones se erguía al final de la misma como un trono. Las dos naves laterales, más modestas que la nave central, permanecían en la penumbra otorgándole un aspecto íntimo. La galería central estaba delimitada por las grandes columnas de piedra que sostenían firmemente la bóveda estrellada. Hileras de bancos de lustrosa madera barnizada se situaban paralelamente a las columnas formando así un pasillo en el centro, pasillo más estrecho de lo normal, dado el modesto tamaño de la capilla.
El retablo en forma de arco de medio punto, ricamente esculpido en el muro creaba una oquedad en el interior de la piedra, adentrándose medio metro en el mismo. Los bordes perfilados con ribetes ricamente cincelados que emulaban a una planta trepadora, le otorgaban un porte extraordinariamente medieval, en su interior cobijado, el altar de mármol blanco que aparecía cubierto con un fino paño rojo con borlas que se deslizaban graciosamente hacía el vacío, desempeñaba inequívocamente su papel como anfitrión. La imagen del santo que Mario había visto en la puerta principal del edificio sobresalía bajo relieve en la parte superior. Era la imagen de San Juan de Dios que ofrecía su mano al enfermo y al necesitado.
Los cuatro monjes pertenecían a la orden de los hospitalarios de san Juan de Dios, orden que era conocida a nivel mundial por su labor social, labor que se centraba en el cuidado de los enfermos. Pero para ellos sus votos significaban mucho más que todo eso. Era un sentimiento interior, íntimo y personal, algo que no se podía expresar con palabras. La orden de los hospitalarios de San Juan de Dios cuyo origen se remontaba al siglo XIV, y que en la actualidad tenia presencia a nivel mundial, formaba parte de la iglesia católica aunque disentía de las doctrinas más férreas de la misma en algunos aspectos. Interpretaban, amaban y practicaban el Evangelio, como fuente de vida en el mundo de
Aunque ellos eran celosos de su intimidad, admitían y respetaban al padre Julián pero mostraban cierto recelo hacia él. El padre Julián no era de la orden hospitalaria, si no Franciscano, y tras algunos años de convivencia con él, no tenían muy clara cual era su función en el hospital. Su presencia había sido impuesta por las altas esferas haciendo que ellos desconfiarán más aún del afable Franciscano. A menudo mantenían grandes conversaciones teológicas en las cuales la Fe y el reconocimiento de Dios como única verdad era el denominador común, y aunque en los aspectos básicos estaban firmemente de acuerdo disentían en algunos detalles, que producían un sentimiento de desasosiego en los cuatro monjes. Ellos cumplían con todos y cada uno de los factores que les hacía ser Hospitalarios, pues no era una cuestión de elección si no más bien de propia identificación con la doctrina hospitalaria, lo que en esencia les reafirmaba como seres humanos y hombres de Fe. Recordaban las directrices que su orden dictaba a cada segundo de sus sacrificadas vidas, pero uno de los aspectos de la doctrina hospitalaria que recordaban diaria y mas fervientemente, era aquella en la que se hablaba de la obligación de defender el derecho a morir con dignidad de las personas a su cargo y a que debían respetar y atender los justos deseos y necesidades espirituales de quienes están en trance de muerte.
Dios les había puesto a prueba. Una dura prueba. Esto era lo que les había llevado a actuar como lo habían hecho. El respeto de las últimas voluntades del moribundo, aquello que en frases se resumía tan fácilmente, pero que ahora conformaba el mayor secreto de sus monásticas vidas.
La pesada puerta de madera de la capilla se abrió chirriando como el cristal lloriquea al ser arañado por el frío y duro metal. El hermano Ronaldo se giro para dar la bienvenida a los tres monjes a los cuales estaba esperando ansiosamente. El hermano Rolando era un tipo orondo, de unos sesenta años, grueso y robusto, su cara era redonda y sus abultados mofletes siempre mostraban un color rojizo. Vestía con el típico hábito marrón el cual era de un tamaño considerable dada la envergadura del hombre. En la parte superior del cráneo su pelo parcialmente canoso era escaso, más abundante en la parte trasera y laterales. Su alargada frente mostraba profundas arrugas de expresión lo que le daba un aspecto más bonachón aún.
El hermano Francisco, el más joven de los cuatro, entro el primero en la capilla, vestido con sendos ropajes, dedicándole mientras lo hacía una sonrisa amplia al hermano Rolando. Era un hombre de unos cincuenta años de edad, pero estaba muy bien conservado. Tenía una gran mata de pelo que siempre estaba desordenado, otorgándole un aspecto desenfadado. Siempre había sido el mas torpe y ruidoso de los cuatro monjes y a menudo tropezaba con cualquier cosa incluidos sus propios pies formando verdaderas catástrofes por donde él pasaba. Era un hombre risueño y demasiado hablador para ser monje, aunque con los años había aprendido a medir sus palabras, y a adoptar un carácter reflexivo para así controlar su alocada personalidad y su fluido verbo.
Tras él entró el hermano Roberto y el hermano Carles. Este último se sostenía en pie por mediación del brazo de Roberto y apoyado a su vez en un fino pero duro bastón, de color negro cuya empuñadura no tenia dibujo alguno y aparecía desgastado por el uso. El hermano Roberto era más mayor que Rolando pero no demasiado. Era un hombre serio, y de una estatura considerable, siempre andaba pensativo y meditabundo presumiblemente, a propósito de temas relacionados con los enfermos que tenia bajo su cuidado. Él era el encargado de acompañar al anciano Carles donde a este se le antojara ir, por petición de este último.
El hermano Carles, el más anciano de los cuatro, era conocido por los tres monjes restantes, así como por el resto del personal del hospital por su mal humor. Su avanzada edad había hecho mella en el. Tenía la cara pálida y demacrada en exceso, el pelo canoso y los ojos negros como la noche los cuales relampagueaban con cada acceso de ira. Siempre andaba encorvado, sufría grandes dolores de columna y riñones debido a los largos años de duro trabajo en el huerto. Esto ultimo agriaba mas el ya de por si carácter quejicoso que tenía el monje. Carácter del que hacía muestra en múltiples ocasiones para horror del resto de los hermanos. Al hablar siempre lo hacía con una voz contundente y en un tono mas alto de lo normal, pues su oído ya no funcionaba como antes. Cuando el hablaba sus interlocutores fueran quienes fueran guardaban silencio y le escuchaban en parte por la dureza y seriedad que este le imprimía a cada cosa que decía en parte temerosos del endiablado genio del monje.
Francisco tomo asiento en el lustroso banco de madera que quedaba a la derecha del pasillo central, y a este le siguió Carles ayudado por Roberto que tosió ruidosamente y ocuparon los bancos de la izquierda.
Rolando permaneció de pie junto al ventanal de la capilla en espera de que alguno rompiera el silencio. Tras unos segundos, y como ninguno de ellos parecía tomar la iniciativa, ya que sabían que probablemente habría llegado el momento de tomar algunas decisiones referentes a los últimos acontecimientos acaecidos en el hospital, el hermano Rolando fue el primero en hablar rompiendo así el mutismo en que los cuatro monjes se veían inmersos.
-Hermanos, tenemos que hablar sobre como procederemos ahora. No debemos posponer este asunto mucho más tiempo. Dijo entre jadeos, ya que su gran volumen corporal le impedía respirar con facilidad.
El hermano Carles, tosió una vez mas, tapando su desdentada boca con su huesuda mano. Rolando esperó respetuosamente a que este terminará. Cuando Carles aplacó el ataque de tos dijo.
-¿Como ha dicho?, con tono condescendiente, y mirando a Roberto que permanecía a su lado con actitud seria sin contestar al viejo monje.
El hermano Francisco sonrió tímidamente tras haber vaticinado de manera mental la interrupción del viejo monje.
Al no obtener respuesta de Roberto, Carles golpeó el frío suelo de piedra dos veces con su bastón y llevándose la mano al oído como si esto fuera a arreglar su sordera, dijo, con un tono que denotaba irritación en la voz.
-Hermano Rolando, no castigue a este viejo monje, hable usted más alto o mucho me temo que no oiré nada de lo que se ha empeñado en decir.
Francisco, agachando la cabeza hacía abajo para así poder ocultar su ya no tan tímida sonrisa con la manga del hábito, miro a Rolando de soslayo.
El hermano Rolando suspiró profundamente, como haciendo uso de sus ultimas reservas de paciencia.
Francisco al levantar la vista vio que Roberto le miraba con expresión de pocos amigos y sus ojos reprochaban la que bajo su juicio había sido una falta de respeto hacía el viejo Carles.
Francisco se encogió de hombros, en contestación a la furibunda mirada de Roberto.
El orondo y grueso Rolando prosiguió.
-Hermanos, sabíamos que esto podría ocurrir, con la llegada del muchacho al hospital, todo se complica aún más. Para nuestra desgracia esta husmeando en los sótanos y revolviendo los antiguos archivos, no creo que tarde mucho en encontrarlo.
Francisco con tono consolador. Dijo -No tiene por que pasar nada, el hace el trabajo que le han encomendado. No creo que se implique aunque lo encuentre. ¿No creéis? Y dejo la pregunta en el frío aire que ocupaba la poco iluminada capilla.
-Aun así, deberíamos pensar en algo, antes de que esto se nos escape de las manos, dijo Rolando.
-¿Que sugiere hermano Rolando que hagamos?. Esta vez quien pregunto fue Roberto, con un tono sarcástico, que empezó por poner nervioso a Rolando que respiro profundamente y sugirió.
-Podríamos recuperar la caja, podríamos esconderla en otro sitio, cualquier sitio será mejor que allí donde el muchacho husmea. Debimos quemarlo cuando tuvimos oportunidad de hacerlo.
Roberto carraspeo como molesto por el último comentario de Rolando y detuvo meditabundo la conversación.
Rolando y Francisco miraron a Roberto en espera que pronunciará aquello que parecía rumiar. Mientras tanto Carles mantenía su postura encorvada y miraba al suelo como si no tuviera nada que ver con todo aquello.
Por fin Roberto hablo.
-Estoy de acuerdo en que deberíamos evitar cualquier posible situación embarazosa, pero no debemos olvidar que lo que hicimos tenía un motivo, era su voluntad y aunque debe seguir siendo un secreto por el bien de todos, no podemos obviar sus deseos
Y apostillo en un tono más sarcástico de lo normal. -No podemos quemarlo. Así que, evitemos los comentarios que nada esclarecen nuestra situación y afrontemos el tema.
Rolando frunció el ceño, su respiración comenzó a ser ahora mucho más sonora y de manera entrecortada haciendo uso de un tono mas alto de lo habitual, que parecía rozar la ira, dijo haciendo visibles aspavientos con sus gruesos brazos.
-No Roberto, no lo hemos olvidado, recuerdo aquello cada noche. Recuerdo aquello cada vez que paso por la entrada del hospital y veo los girasoles. Y también recuerdo por que lo hicimos, se muy bien cree me que él lo quiso así, pero….Y dejo la frase en el aire como si de pronto el autocontrol se hubiera apoderado de él frenando irremediablemente su lengua, dejándole con una expresión de preocupación y culpa pintada en la cara, mientras masticaba mentalmente la certeza de que aquella última frase nunca debería haber sido pronunciado.
Entonces fue francisco quien apostillo, como pensando en voz alta, -Además debíamos respetar sus deseos, debíamos asegurarnos de que su voluntad se cumpliera, era nuestra obligación. Y su cara se entristeció notablemente.
La respiración del hermano Rolando ahora se asemejaba al ruido de un tractor en el campo, escuchándose en toda la capilla miró a Roberto, después a Francisco, y girando la cara para poder mirar a través del circular ventanal. Dijo. -A mi, también me preocupa la muchacha, la he visto husmear demasiado.
-No seas paranoico Rolando, Dijo Roberto, haciendo un gesto de desprecio.- Si alguien supiera algo habría utilizado métodos mucho mas disuasorios que andar detrás de ti haciéndote preguntas sobre la comida de las gallinas. ¿No crees?.
Rolando ahora mas irritado que antes miró fijamente al hermano Roberto el cual le mantuvo la mirada firmemente clavando sus ojos en los del grueso monje, con aquella expresión de seriedad típica en él que tanto le irritaba por la superioridad que esta denotaba.
-No me fío de ninguno, no me fío de nadie, dijo Rolando intranquilo haciendo caso omiso de la ironía de Roberto, el secreto debe mantenerse así, oculto no podemos revelar la verdad.
Francisco se incorporo ágilmente y de un respingo al oír la frase “revelar la verdad”. -¿Nadie esta hablando de revelar la verdad?. Pregunto con una expresión mezcla del miedo y la duda.
Un estridente y brutal estruendo que retumbo en la fría capilla, cuyo techo abovedado amplifico hasta limites insospechados, hizo que los tres monjes se sobresaltarán girándose hacia Carles.
El hermano Carles había golpeado en uno de los bancos de madera, con su bastón. Se había reincorporado, y reclamaba ser escuchado. Sus ojos relampagueaban y parecían haber recuperado la total frescura de la juventud, su expresión era una mezcla entre desprecio y enojo.
-Sois unos débiles, dijo con una voz casi sibilante. -Hicimos lo que teníamos que hacer, y su memoria debe seguir intacta, no permitiré bajo ningún concepto que esta cuestión cambie. No debemos perder los nervios, tenemos que ser valientes. Además como vosotros mismos decís hay demasiada gente por aquí husmeando, demasiados ojos viendo y demasiados oídos escuchando. Lo se como lo supe por aquel entonces. Respiro dificultosamente y prosiguió diciendo. -Lo note antes de la llegada del muchacho, el mal nos acecha, nos persigue y nos vigila. Debemos ir al archivo y recuperar, “la caja”, y ni la quemaremos, ni la esconderemos en algún lugar donde pueda ser encontrada. Yo mismo
-Y no quiero volver a oír ese tono irónico en Usted, hermano Roberto. Y a usted Hermano Rolando debería darle vergüenza, he percibido la ira en su tono y eso no me gusta lo mas mínimo, en cuanto a usted hermano Francisco, no sea tan asustadizo, me pone enfermo.
Los tres monjes, agacharon la cabeza ante semejante ristra de improperios procedentes de Carles.
-Se nos encomendó una misión, una misión divina a juzgar por los acontecimientos que sobrevinieron a su muerte, a juzgar por esos girasoles. Y la cumpliremos aunque nuestras vidas se escapen con ello. Y no escuchare más discusión de colegiales al respecto.
Con la orden del autoritario Carles termino la secreta reunión disfrazada de oración, y con ella también termino lo que empezaba ya a ser una acalorada discusión.
Todos abandonaron la capilla en dirección al ala norte del hospital. Excepto el hermano Rolando, que fue apagando todas y cada unas de las sutiles luces de la capilla, para terminar cerrando con llave las pesadas y ruidosas puertas de madera.
Cuando la capilla se sumió en la oscuridad, junto al retablo, en una de las oscuras galerías laterales, en el rincón más recóndito de la capilla, se escucho un sonido seco.
Alguien hasta aquel momento había permanecido acurrucado, en aquella esquina, en absoluto silencio, escuchando toda la conversación de los cuatro monjes hospitalarios.
Un rayo de luz de luna entro por el pequeño ventanal circular y produjo un tenue destello al reflejarse en la metálica montura de unas gafas que caían más de lo normal sobre la nariz de su portadora. Unos pasos acelerados se escucharon levemente atravesando el estrecho pasillo central de la humilde capilla en dirección a las puertas repiqueteando como tambores.
Sobre este blog
EL CHUCHO DE RESINA
EDUARDO RODRIGUEZ PEDROSACuantos retales de texto, cuentos, historias dramaticos, comicas, cuantas pequeñas cosas escritas se quedan en la carpeta de mi portatil, cosas nuevas, viejas, tan antiguas que ya no puedo ni recordar, tan modernas que ni las corrijo, esa es la tematica de este bloc. Me veía en la obligación de aclararlo por si ciertos juezes de ciertos concursos, o ciertas personas de ciertas editoriales a las cuales les debo exclusividad en trabajos puntuales, les da por ver mi última locura. todo el mundo tranquilo.
Por cierto todos mis trabajos estan registrados en el registro de la propiedad intelectual y poseen su estupendo copyrt.
Una vez me preguntaron que sentía cuando escribía, la pregunta fue osada, un docente intrépido pensé yo, la contestación fue más osada aún, no puedo explicarlo, dije, encogiendo mis hombros y poniendo cara de tonto.
¿Pues, como alguien que quiere ser escritor, reconoce no poder explicar algo?, me dijo el con gesto triunfante. No puedo explicarlo, dije yo, por que no habría en el mundo palabras cuyo significado explique lo que yo siento cuando escribo, pero que no pueda explicarlo a la perfección no significa que no pueda intentarlo o incluso mucho mejor que no pueda inventarlo, imaginarlo, transfórmalo, moldearlo para luego volver a cambiarlo. Le dije tan serio que yo mismo me asuste. Pues inténtelo, me insto él, aunque resulta pretencioso decir que no hay palabras suficientes en el mundo cuyo significado pueda explicar de manera veraz que siente al escribir. No señor, dijo yo asustado, lo pretencioso no es que yo asevere que no existan palabras, lo pretencioso es pensar que yo pueda explicar que siente usted al respirar, o que siente al parpadear, por que no siente nada, solamente lo hace. No puede dejar de hacerlo, no puede elegir cuando hacerlo, nadie puede hacerlo por usted, y a menudo lo hace tan rápido que no se da cuenta ni de que siente. –Así que, para ti, escribir es como respirar, dijo muy serio creyendo haberme entendido. No señor, dije yo entre enfadado y ofendido, no ha entendido nada
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1 comentario · Escribe aquí tu comentario
Camino dijo
En este capítulo ya estamos entrando de lleno en la historia. Cada final te lleva al siguiente con gran sorpresa. Sumerges muy bien al lector en la trama.
Así que seguiré con el siguiente capítulo.
¡¡Buena semanita!!
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