23 Jun 2008

Las 17 virtudes.

Escrito por: EDUARDO RODRIGUEZ PEDROSA el 23 Jun 2008 - URL Permanente

Las 17 virtudes.

Aquella mañana extremadamente luminosa, era la mañana prevista, era el día elegido para el nacimiento del nuevo bebe. Todas las virtudes tenían una cita ineludible, ellas lo sabían bien, debían estar presentes en el nacimiento y así otorgar sus bendiciones a la nueva vida.

Siempre, sin excepción y desde el principio de los tiempos, se había procedido así. Con cada nuevo nacimiento, todas las hermanas, todas las virtudes, se reunían y presenciaban el alumbramiento mientras deliberaban a propósito de cual de ellas debía influenciar al bebe en mayor medida. Y siempre, desde el principio de los tiempos el resultado de la deliberación había sido el mismo, pero casi todas las virtudes incluyendo a las más jóvenes, debido a su propia naturaleza, olvidaban rápidamente que aquello se había repetido en innumerables ocasiones y vivían el momento como si fuera la primera vez.

Dos de ellas, las hermanas más mayores, las que por su propia naturaleza recordaban, ponían orden aunque en el fondo les gustaba ver a sus hermanas más jóvenes entusiasmadas por el acontecimiento. En definitiva sabían, que no se podía luchar contra la naturaleza de cada una de ellas pues Cada una era como era y eso no cambiaría nunca, no cambiaria en toda la eternidad.

La primera en llegar al punto de reunión había sido la virtud, llamada Formalidad Debidamente vestida, como era costumbre en ella, con vaporosas gasas de un blanco impoluto, floto graciosamente y ocupo su lugar en el hemiciclo de deliberaciones. Su pelo, perfectamente recogido en un moño con unas orquillas a juego con el vestido, acentuaba mucho más su expresión de seriedad. Un tanto nerviosa ante la posibilidad de haber llegado excesivamente tarde, confirmó que aún no era la hora, que aún faltaban unos minutos y aliviada respiro aunque lo hizo de una manera discreta y educada.

Alegría llego después de Formalidad pues ambas eran gemelas, aunque eran profundamente diferentes. Alegría siempre sonreía abiertamente dejando ver una dentadura blanca y perfecta, su vaporoso vestido tenia mil colores, cada mañana ella, visitaba el arco iris y tomaba un baño con lo que conseguía teñir su vestido y su pelo del color que se le antojaba, esta vez, y para aquella especial ocasión, ya que alegría era joven, lo había teñido de colores fuertes y vivos, naranjas, amarillos, verdes. Alegría floto junto a su gemela canturreando desenfadadamente y le dedico una amplia sonrisa a Formalidad, que contesto educadamente con otra sonrisa para después, nerviosa, volver a consultar nuevamente la hora.

-Hola, Formalidad, dijo Alegría, y su voz sonó aguda y graciosa.

-Hola, Alegría, le contesto Formalidad, educadamente, haciendo un gesto con su cabeza el cual acostumbraba a hacer siempre para saludar.

-Veo que las demás aún no han llegado, dijo Alegría sonriendo, mientras se atusaba su desordenado y colorido pelo corto, hasta dejarlo más de punta que antes.

-Aún es pronto, aunque esperó que no lleguen tarde, eso sería terrible, dijo Formalidad e intranquila se estiró mucho más sobre su asiento para poder mirar el horizonte.

-Porque no te sientas y ocupas tu lugar, dijo Formalidad instando a su joven gemela a comportarse como ella creía que debía hacerlo.

-Alegría, la sonrió profundamente y contesto, -No puedo sentarme, me aburro, creo que permaneceré aquí en pie y así esperare al resto. Además sentada no se podrá apreciar mi jovial y colorido vestido.

Formalidad continuo mirando el horizonte y tras unos segundos dijo, con voz sería. -Mira, aquí vienen Paciencia y Curiosidad.

Curiosidad floto hasta donde sus hermanas estaban, y al ver a Alegría allí, en pié, abrió los ojos tanto que parecía que se fueran a salir de su hermosa cara. Estaba tremendamente sorprendida por el colorido del atuendo de Alegría y además la intrigaba muchísimo, como Alegría conseguía tan vistosos colores.

-Hola alegría dijo Curiosidad, que bonitos colores tienes en tu vestido y en tu pelo, ¿significan algo?, ¿Cómo lo haces?.

Alegría sonrió nuevamente y le dijo en un tono cantarín, encogiéndose de hombros, -no sé, yo creó que no significan nada los elijo por que son divertidos y bonitos.

Curiosidad miró el colorido vestido de alegría y dijo, ¿Qué crees que pasaría si colorearas mi vestido como el tuyo? Y se quedo mirando fijamente a alegría con aquella expresión mezcla de picardía y sorpresa que tanto le caracterizaban. A alegría le pareció una idea sumamente divertida. Y dijo.- Claro, Curiosidad, cuando quieras, te puedes venir a bañar conmigo en el arco iris. Lo pasaremos bien.

Formalidad observaba concentrada a las dos jóvenes virtudes y con una expresión de desaprobación pintada en la cara se dispuso a decir algo cuando Curiosidad la miro directamente, y dijo

-¿Por qué tienes esa cara Formalidad?. La gemela de Curiosidad que se llamaba, Paciencia, floto tras ella, y se sentó junto a Formalidad. Paciencia era más mayor que curiosidad y siempre andaba dubitativa, era la más comprensiva de todas las hermanas virtudes, por eso le caía bien a todas ellas. Su cara era comprensiva y piadosa.

Entonces Paciencia le dijo a Formalidad susurrándole al oído, -no te disgustes, Formalidad, ya sabes como son. Formalidad, asintió, y sin mediar palabra, miró hacia el cielo con gesto de resignación.

Curiosidad al no encontrar respuesta, miró a Alegría nuevamente y subiendo sus perfiladas cejas dijo ¿y que colores me pondrías?, ¿cual crees que me sentaría mejor Alegría?, ¿donde queda el arco iris?, ¿cuando crees que podríamos hacerlo?.

Curiosidad hablaba tan rápido que parecía no le permitía a Alegría que contestará. Curiosidad no era muy mayor, era una de las más jóvenes junto con Alegría, su piel era tersa y suave. Y sus expresivos ojos muy a menudo decían mucho más de lo que ella pretendía.

Antes de que alegría contestara, otra de las hermanas mas jóvenes floto junto a ellas de manera abrupta, y se unió a la conversación irremediablemente, haciendo un gran ruido con su llegada, y llamando la atención para sí.

-¿No interrumpo nada?, ¿verdad?, dijo Naturalidad colocándose el sencillo vestido que llevaba que estaba retorcido sobre su cuerpo y a medio poner. Con sus manos, desordenó su pelo más de lo que estaba hasta dar la completa impresión de que acababa de levantarse de un largo sueño. Cuanto tuvo la total certeza de que su aspecto era completamente desaliñado, miró a sus hermanas más mayores que ya estaban sentadas a un metro de distancia de las jóvenes Alegría y Curiosidad, y después mirando hacía atrás dijo, bien, he conseguido llegar antes que mi gemela.

Formalidad, volvió a adoptar una vez más su expresión de disgusto, y paciencia suspiro profundamente, poniéndole la mano sobre el regazo en señal de comprensión y apoyo.

A alegría el aspecto de Naturalidad le hizo mucha gracia y empezó a reír a carcajada limpia, con una risotada clara y estridente que resultaba altamente contagiosa. Curiosidad le miró, y con su típica expresión de sorpresa, preguntó -¿No te has peinado, naturalidad?.

Naturalidad miró a Curiosidad y dijo categóricamente, -No, mi pelo me gusta así, y tras decir esto siguió descolocando el sencillo vestido que llevaba, pero sin mucho éxito, pues no conseguía que el cinturón estuviera torcido ya que parecía resistirse a ello y luchaba por ponerse recto.

Alegría volvió a reír, mientras decía, -hay que ver como eres naturalidad, y Curiosidad, riendo también dijo,-¿entonces, donde esta Coherencia, por que te empeñas siempre en venir antes que ella?.

Coherencia flotando a un par de metros de ellas dijo, aquí, aquí estoy, haciendo un gesto con su mano. Cuando llego al grupo de jóvenes les regaño diciendo, -no pensaríais niñas que faltaría la cita, y sin dar tiempo a contestar a los jóvenes, se dijo a si misma, no claro que no lo pensabais. Aquel era un rasgo típico de coherencia, parecía no escuchar al resto, ella misma preguntaba y ella misma contestaba. Esto a curiosidad le intrigaba muchísimo. A menudo se preguntaba como lo hacía. Ella preguntaba constantemente, pero habitualmente nadie contestaba a todas sus preguntas, y jamás se respondía a si misma.

-Hola Coherencia dijo, Naturalidad. Coherencia miró a su gemela y la regaño también pero esta vez con un tono de voz más duro, -siempre te empeñas en llegar antes que yo, y sabes que me gusta que vengamos juntas, es lo lógico, corres tanto para separarte de mi que ni terminas de vestirte. Y eso no es lógico.

Naturalidad miró a Coherencia y en un segundo que esta no miraba, le dedico una extraña mueca, provocando la risa de la jovial Alegría una vez más.

-Eso es lo que quería decirte, dijo Naturalidad, haciéndose oír por encima de la carcajada de Alegría, -podrías ayudarme a colocarme el cinturón, se empeña en ponerse recto y a mi me gusta torcido. Coherencia asintió y tras colocarle el cinturón a naturalidad dijo, creo que debería sentarme con las mayores como yo. Es lo correcto. Si, sin duda es lo lógico, ocuparé mi sitio.

Su esbelta y bien dimensionada figura floto hasta llegar junto a Formalidad y Paciencia, que le saludaron correcta y respetuosamente.

-Esta joven naturalidad, me vuelve loca, dijo Coherencia mientras se sentaba. Formalidad la miró con expresión sería pero no dijo nada aunque en el fondo pensaba en que aquella manera de tratar a Naturalidad no era la correcta, era demasiado consentida. Paciencia en cambió si se pronunció diciéndole, no te disguste coherencia, ya sabes como es.

Naturalidad, miró su cinturón horrorizada se percato de que Coherencia le había puesto el cinturón recto, completamente recto y ajustado a su cintura, y entonces, retomo de nuevo sus intentos por aflojarlo y torcerlo para que cayera sobre su cadera.

-Chissss, guardar silenció, dijo Paciencia, ahí vienen Prudencia y Valentía, como siempre discutiendo.

Flotando una junto a la otra venían las gemelas Prudencia y Valentía, ninguna de las dos eran tan jóvenes como Alegría, Curiosidad y Naturalidad, pero tampoco eran tan mayores como Formalidad, Coherencia y Paciencia. Esto hacía que ninguna de ellas dos dieran su brazo a torcer, y siempre estaban enzarzadas en discusiones. Valentía era alta y delgada, siempre andaba estirada, y su mirada era profunda y directa, incluso un poco desafiante en ocasiones. Prudencia, que era igual de alta y delgada que valentía, no caminaba tan recta y siempre lo hacía más despacio. Cuando ambas discutían, Valentía siempre hablaba irreflexivamente y demasiado rápido, en cambió Prudencia siempre pensaba las cosas antes de decirlas y exponía sus opiniones de manera pausada, preocupándose de no decir algo que pudiera ofender a cualquiera que la pudiera estar oyendo.

Haciendo caso omiso de las mayores en edad que estaban sentadas ocupando su puesto y las jóvenes que seguían en pié, se sentaron en sus asientos y siguieron discutiendo apropósito de sobre quien llevaba razón.

-Valentía deberíamos guardar silencio, y seguir con nuestra charla, después. Ahora podríamos molestar al resto de nuestras hermanas. Dijo Prudencia dándose cuenta de que sin quererlo ambas se habían convertido en las protagonistas de aquel momento.

Valentía miró a Prudencia con aquellos ojos desafiantes y tras unos segundos miró al resto de sus hermanas que veían la escena atentamente. Se puso en pié de nuevo y dijo, esta bien Prudencia, esta vez cederé yo. Guardaremos silenció. Pero tengo razón y lo sabes.

Entonces Formalidad, cansada de la discusión sin sentido dijo, -hermanas, por favor. Ambas miraron a formalidad y callaron, durante un segundo. Paciencia suspiro, y Coherencia dijo, -claro, discuten tanto por que ninguna de ellas es más mayor que la otra, es normal que al ser las dos tan jóvenes, y dejo la frase en el aire como si el resto de sus hermanas ya conocieran y compartieran su razonamiento. Si, es lógico, sentencio Paciencia y nuevamente suspiro, dando por terminada la frase de su hermana Coherencia.

Las jóvenes Alegría, Naturalidad y Curiosidad ajenas a la discusión que mantenían Valentía y Prudencia, saludaron con la mano a las nuevas gemelas que llegaban jugueteando la una con la otra.

Ingenuidad y Sinceridad, eran dos de las más jóvenes, eran casi unas niñas, ambas eran iguales, su cara, sus ojos, su pelo, su silueta y figura, ellas si que eran gemelas en el más estricto sentido de la palabra, no como el resto, que incluso tenían edades diferentes y a pesar de eso, también eran gemelas.

Lo único que diferenciaba a Sinceridad y a Ingenuidad era que la primera no podía callar, siempre decía lo que pensaba, esto incomodaba a alguna de las mayores, pero a ella le daba igual, se veía en la obligación de proceder de aquel modo. Por eso a pesar de su juventud no la gustaba mucho que ninguna de sus hermanas le preguntara cosas al respecto de opiniones personales.

La pobre ingenuidad, siempre se creía todo lo que le contaban, por absurdo que fuera, así que a menudo, se mantenía callada, escuchando a Sinceridad, muchas veces, las cosas que decía Sinceridad la resultaban tristes y decepcionantes pero tras unos minutos olvidaba lo que había escuchado, y volvía a ser la misma ingenuidad de siempre.

Junto a Ingenuidad y Sinceridad llegaron Inteligencia y Humildad, Inteligencia tenia unos grandes lentes de aumento, ya que de lejos no veía demasiado bien pero sus largos y profundos discursos siempre dejaba pasmada a su gemela Humildad, y a cualquiera que la escuchará.

Humildad a menudo pensaba en lo difícil que resultaba ser como Inteligencia, y en como ella misma no conseguiría hacerlo mejor, pensamiento que Humildad aplicaba a cualquier cosa que cualquiera de sus hermanas hacía o decía.

A su vez Inteligencia sabía que Humildad la admiraba profundamente. Aunque inteligencia era plenamente consciente que constantemente su hermana Humildad, le ensañaba sin querer, cosas que ella a pesar de ser tan inteligente ignoraba, y de las cuales daba buena cuenta, siempre que podía en el cuaderno de anotaciones que la acompañaba donde quiera que esta fuera.

Las más jóvenes, tomaron asiento, para satisfacción de las más mayores. Pero aún faltaban algunas de ellas. Los asientos de Perseverancia e Imaginación estaban vacíos, cuando todas excepto Naturalidad, guardaron silenció, ya que Formalidad insistió en ello. Al fondo se pudo oír:

-Lo ves, te lo dije, te lo he repetido miles de veces, era la voz de Perseverancia que reñía a Imaginación. Siempre llegamos tarde.

Perseverancia hizo un gesto de disculpa, era la más gruesa de todas las hermanas virtudes, y fuerte, sin duda era fuerte físicamente, aunque en ocasiones resultaba un poco tediosa pues le gustaba insistir una y otra vez en las mismas cosas, y ponía nerviosa a más de una de sus hermanas, además era casi imposible discutir con ella, pues siempre repetía los mismos argumentos, los repetía y repetía hasta la saciedad.

Perseverancia dijo, sentimos llegar tarde, pero Imaginación se ha distraído como siempre, y a pesar de mi fuerza me ha costado mucho traerla hasta aquí. Imaginación ajena a que su gemela estaba pidiendo disculpas en nombre de las dos seguía distraída e imbuida en sus pensamientos, con el más mínimo y pequeño detalle que Imaginación observaba, su mente volaba, lo que hacía extremadamente difícil que cualquiera de sus hermanas, jóvenes o mayores, entablarán una conversación con ella, tan solo su Gemela Perseverancia era capaz de controlar a la joven imaginación.

Paciencia suspiro y dijo, -no te preocupes, Perseverancia, ya sabes como son.

Las gemelas Perseverancia e Imaginación se sentaron. No antes de que la primera le insistiera en ello a la segunda muchas veces. Y entonces Formalidad dijo, la reunión empezará en cuanto Sabiduría y Experiencia lleguen.

-¿Y cual es la razón para que aún no hallan llegado,? Pregunto Curiosidad.

–Yo te contestaré dijo, Coherencia, -Ellas son las mas mayores de todas y no pueden flotar hasta aquí tan rápido como tu o yo Curiosidad, como es lógico por otro lado, y terminó la frase más para ella misma que para la preguntona de Curiosidad.

Tras unos segundos, Sabiduría y Experiencia llegaron. Como había dicho Coherencia, la cual estaba acostumbrada a tener razón siempre. Ellas eran las gemelas más mayores, sus caras estaban arrugadas debido al paso de los años y andaban un poco encorvadas.

El resto de las virtudes las tenían gran respeto, cuando alguna de ellas hablaba, el resto guardaba absoluto silencio escuchando atentamente, excepto naturalidad que siempre decía y hacia lo primero que se le pasaba por la mente sin importarle más nada y la pobre imaginación que de seguro estaba distraída.

-Bien dijo sabiduría, ahora que estamos todas.

Paciencia y Curiosidad, Ingenuidad y Sinceridad, Coherencia y Naturalidad, Perseverancia e Imaginación, Inteligencia y Humildad, Prudencia y Valentía, Formalidad y Alegría, Experiencia y yo misma Sabiduría, la reunión ha de empezar. Y permaneció callada en espera de que sus hermanas hablarán.

Naturalidad fue la primera en hacerlo, cosa que resulto lógica para Coherencia.

-Creo que debo ser yo quien influya más al joven bebe, mi influencia hace que los sentimientos fluyan, que las buenas intenciones sean reconocibles por todos y para todos, y creo que esto es bueno para la futura vida del bebe, creo que le llenaría de felicidad.

Entonces Coherencia que era la gemela de Naturalidad dijo, -si es cierto joven hermana, es cierto que tu influencia hace que los sentimientos fluyan, pero lógicamente, no podemos dejar que seas tu quien influya en mayor medida al bebe, si los sentimientos fluyen sin ningún tipo de control pueden ocasionar situaciones complicadas en la futura vida del bebe, por eso propongo que mi influencia ponga tope a la de Naturalidad.

Naturalidad, miró a Coherencia y le volvió a dedicar una fea mueca que escandalizo a Formalidad, e hizo reír a Alegría, tras esta mueca se sentó, pues para hablar se había puesto en pie.

Entonces fue Curiosidad quien hablo. Se puso en pie, y dijo:

-¿Y que serán de las metas?, ¿Qué pasará con las inquietudes?, ¿Qué ocurrirá con el bebe, se estancará, no querrá aprender, no querrá evolucionar, no habrá motivaciones?, ¿Qué será de su vida sin emoción?, pienso que todas estas preguntas tendrían respuesta si fuera yo la que influyera al joven bebe en mayor medida, ¿No lo creéis así?.

-Si, Curiosidad dijo paciencia, suspirando profundamente, -pero tienes que reconocer, que tu influencia sin la mía, seria un sin vivir para él. Muchos son los interrogantes que la nueva vida tendrá que desvelar, pero no de golpe, no de manera inmediata, muchos de ellos los desvelará con el paso de los años, sin mi influencia, la tuya le haría ser infeliz y vivir frustrado. Me temo Curiosidad que ni tú ni yo seremos las que influenciemos en mayor medida a la nueva vida. Supongo que será cuestión de esperar. Y una vez dicho esto se sentó.

A Curiosidad se le plantearon muchas y nuevas preguntas por las palabras de Paciencia, abrumada y pensando en todas ellas, se sentó para ordenarlas con la intención de plantearlas en un futuro muy inmediato.

Entonces fue Alegría quien hablo,

-Que os parece que sea yo, dijo de manera desenfadada, quizás si soy yo la que influencia en mayor medida a la nueva vida, la persona sea feliz así podríamos evitar todas esas palabras tan poco divertidas que habéis mencionado hace tan solo un momento, como frustración, e infelicidad. Y tras decir esto, un estruendoso estornudo la volvió a sentar de nuevo sobre su asiento, ya que y al parecer aquellas palabras tristes la daban alergia. Riendo por lo divertido que eran estos pensamientos no escucho la contestación de Formalidad, su gemela, que no se hizo esperar.

-Alegría, no creo que tú seas la más indicada para influenciarle en mayor medida, si eres tú la elegida, donde irán a parar la educación, las buenas maneras y el saber estar. -Alegría, ¿me escuchas?, ¿Alegría?, pero Alegría no la escuchaba solo reía. Y Formalidad con gesto de desaprobación dijo, veis, algo hay que hacer, yo compensaré la influencia de Alegría. Por lo tanto, ni Alegría ni yo debemos influenciar en mayor medida a la nueva vida.

Orgullosa por su discurso, que había sido del todo correcto Formalidad se sentó de nuevo.

Entonces fue sinceridad quien hablo, -pues si Formalidad compensa a Alegría la nueva vida del bebe será un aburrimiento, debemos encontrar una solución, y francamente, pienso que ni yo misma, ni Ingenuidad debemos influenciar en mayor medida al bebe, aún somos jóvenes y tenemos mucho que aprender, por eso nos compensaremos la una a la otra, dijo Sinceridad mirando a Ingenuidad, la cual asintió sin rechistar, sabiendo que Sinceridad siempre decía la verdad y que a pesar de lo crédula que ella era, su gemela jamás la mentiría.

Y que hay de imaginación dijo Valentía, entonces fue cuando Prudencia hablo, ¿Imaginación?, creó que no estoy conforme con eso. ¿No estas conforme? dijo Valentía, no estas conforme por que eso significaría darme la razón. Y tú nunca me darás la razón.

Imaginación que había oído su nombre, durante un segundo quiso decir algo, pero fue solo durante un segundo, porque luego se distrajo nuevamente con los vivos colores del pelo de Alegría.

Perseverancia dijo -esta muchacha es imposible, me gustaría insistir en compensar su influencia.

Valentía escucho el comentario de Perseverancia y haciendo caso omiso, le dijo a Prudencia pero no te das cuentas que ni siquiera la has dejado decir nada. Entonces Prudencia recapacito sobre el tema y dijo -Bueno oigamos lo que Imaginación tiene que decir.

-Imaginación, la llamo Prudencia, y al oír su nombre durante un segundo tuvo algo que decir, pero solo durante un segundo, por que luego se distrajo con la gallardía de Valentía.

Entonces, Perseverancia dijo esta muchacha es imposible, me gustaría insistir en compensar su influencia.

-Lo ves, dijo Prudencia,

-¿El que veo?, dijo Valentía en tono desafiante.

Y entonces sinceridad dijo. -Francamente, no creo que ninguna de vosotras dos sea apropiada para influenciar la nueva vida en mayor medida, ni siquiera sois capaces de poneros de acuerdo entre vosotras mismas.

Entonces Perseverancia dijo, si pero yo compensaré la influencia de imaginación.

-Ya te hemos oído, Perseverancia dijo Inteligencia, así que ni tu ni Imaginación seréis las que influenciéis en mayor medida al bebe. Y evidentemente, estoy en total acuerdo con Sinceridad, en que no serán ni Valentía ni Prudencia, y se me ocurren muchas razones de peso que no expondré para no alargarnos ya que el bebe no tardará mucho en nacer. Y dicho esto, creo que si he aprendido algo de mi gemela Humildad, y me consta que así es, es que nosotras tampoco debemos ser quien influya en mayor medida la nueva vida del bebe, pues a menudo ella me aporta a mi cosas que yo no sé, a pesar de ser tan lista como soy, y creo que ambas, unidas debemos seguir, ambas compensaremos nuestra influencia, es lo más práctico. Y tras decir esto Inteligencia miró a Humildad que sonrojada guardo silencio pensando en si realmente su gemela Inteligencia, no estaría equivocada, si realmente ella era capaz de enseñar algo a alguien.

Pero y entonces, niñas, dijo Sabiduría, todas y cada una de vosotras os habéis descartado. Sabía que esto ocurriría, y sonrió para sus adentros, si es verdad dijo Experiencia. Siempre pasa lo mismo. Pues tú y yo somos demasiado viejas para influenciar en mayor medida a un bebe. Quizás lo hagamos cuando sea mayor pero por el momento no deberíamos hacerlo.

-¿y entonces que haremos?, pregunto curiosidad.

Os diré lo que haremos, dijo una voz, una voz preciosa y calida, una voz que lo era todo, que llenaba todo de gozo y emoción.

Madre, dijeron todas, contentas y excitadas.

Silenció dijo la madre de las virtudes, el bebe va a nacer, observar, y todas las virtudes se quedaron pasmadas y maravilladas por el nuevo nacimiento. Y mientras miraban la nueva vida que había nacido reconocieron en aquel bebe algo nuevo, algo que no habían visto nunca, pero seguro formaba parte de ellas mismas.

-Niñas, mis niñas, os diré algo, dijo el amor, que era la madre de todas y cada una de las virtudes, y espero que no lo olvidéis, continuó diciendo riendo para si misma, pues sabía que así lo harían, por lo menos las más jóvenes.

-La que influenciará en mayor medida al bebe será vuestra nueva hermana Pureza. ¿La veis?.

Pureza que era tan pequeña como el bebe que había nacido, habitaba en los ojos del bebe que despiertos miraban de un lado a otro. Y la luz que emitía aquella pequeña virtud llamada Pureza deslumbro a sus hermanas, pues era una luz blanquecina, calida y preciosa como la voz de la propia madre. Una luz maravillosa y transparente, una luz que lo era todo, que llenaba todo de gozo y emoción.

- Ella es la única de las virtudes que no tiene gemela, así que su influencia es la única que no puede ser compensada. Es la menor de todas vosotras, la más joven, la más efímera.

-Pero Madre entonces, ¿que haremos el resto?, preguntaron todas al unísono aún maravilladas por la luz de Pureza.

-Veréis mis niñas, todas y cada una de vosotras ya formáis parte de la nueva vida, todas y cada una de vosotras junto con vuestra respectiva gemela habéis puesto vuestra semilla junto al nuevo y pequeño corazón que latirá con fuerza. Todas y cada una de vosotras os compensáis las unas a las otras y sois virtudes por que la otra existe.

-Paciencia y Curiosidad… Que sería la una sin la otra, quien aguantaría tus preguntas constantes, tu fuerza y tu vigor, Curiosidad, quien sino Paciencia, y tu Paciencia, tan comprensiva y conformista, que quieta y parada sin Curiosidad.

-Ingenuidad y Sinceridad…Ambas necesarias, fuertes y complementarias, dura y evidente sinceridad que despiadada serías sin la influencia de tu hermana Ingenuidad y tú Ingenuidad que desamparada, y crédula, sin Sinceridad.

-Coherencia y Naturalidad, mi traviesa Naturalidad, sin coherencia serías un desastre, inoportuna y un tanto mal educada y Coherencia sin naturalidad serías aburrida, tediosa, y obvia.

-Perseverancia e Imaginación, mi adorable imaginación que vuela y vuela y a la que nadie cuida y atiende, por falta de paciencia, nadie, excepto Perseverancia. Y tu perseverancia dime una de tus hermanas, solo una para la que sea estrictamente necesario que repitas todo una y otra vez, hasta la saciedad, hasta resultar tediosa, si, tu misma te das cuenta de lo que quiero decir esa es Imaginación.

09 Oct 2007

Las Grillas de Cardano. Prologo "El secreto".

Escrito por: EDUARDO RODRIGUEZ PEDROSA el 09 Oct 2007 - URL Permanente

Prologo

“El Secreto”

Año 1580, Bohemia.

“…y concluyo con mis notas, habiéndoseme revelado el gran designio, absoluta verdad al referente de las terrenales materias, lo que en sueños se me mostrase, no ha de ser de conocimiento común. Mi manuscrito no ha de ser traducido, el gran designio conoce los parámetros y sus razones. Aquel que nunca vio y cuya sapiencia es ajena, será la llave de la carga que fíeseme encomendada…”

Había finalizado la traducción y con ello concluía también el profundo sufrimiento al que le habían sometido. La fría y angosta celda en la que se encontraba desde hacía ya algún tiempo, estaba sumida en la penumbra, tan solo iluminada por el sutil resplandor de una vela, de manera tal, que los altos techos de la instancia permanecían en la más absoluta oscuridad. Era noche cerrada y el frío se había extendido por toda la sala apoderándose de todos y cada uno de los oscuros y mugrientos rincones. Los grandes muros de piedra caliza parecían observarle con una sonrisa mordaz. Irónicamente, la gélida e inerte roca que lo recluía privándole de su libertad, había pasado a ser su fiel y enlosado cómplice, ahora aquella roca, era el único y silencioso testigo del gran pecado que había cometido. En la penumbra, su silueta se proyectaba en la piedra creando formas fantasmagóricas que generaban difuminados contornos, moviéndose y mezclándose entre sí, al ritmo marcado por la tenue luz.

Jhon Dou se acaricio la larga y canosa perilla con suavidad. Cada vez que su analítica mente urdía un maquiavélico plan, sus huesudos y prolongados dedos manoseaban la enmarañada chiva casi de manera inconsciente. Su faz era pálida y delgada, casi cadavérica. Sus ojos, negros e insondables, estaban irritados y enrojecidos por las largas noches de insomnio, sostenidos por unas violáceas y oscuras ojeras que le concedían una expresión digna del más loco de los hombres. Vestía una rustica túnica oscura y pesada, que rasgaba y laceraba un cuerpo famélico y huesudo en extremo. En su cabeza, el decadente y oscuro gorro de dormir terminado en pico, ocultaba el indomable pelo canoso, que luchaba por escapar de la horrible tiranía de la prenda.

Una irónica y malévola sonrisa se dibujo en su demacrada cara, brilló solo durante un instante, tan fugaz como un destello metálico. Aquel típico gesto, tan delgado e hiriente como una daga de fina plata, reafirmo notablemente aquella expresión enajenada y en extremo pálida. Su estrategia funcionaría, el rey Rodolfo II jamás sabría del engaño. Jamás sabría de su plan.

Jhon Dou era uno de los principales magos y ocultistas del monarca. En su opinión, el mandatario era una persona pretenciosa, despótica y caprichosa. Opinión que hasta el momento de su encarcelamiento y posterior tortura, se había reservado para sí mismo, siendo especialmente cuidadoso a la hora de expresar sus ideas en público.

Rodolfo II de carácter cultivado y en extremo curioso, había recibido una educación completa y de gran profundidad en la corte de su tío Felipe II de España. El interés por las artes oscuras y en todo lo referente a lo arcano de Rodolfo era bien conocido en toda la corte, así como sobradamente criticado por la actual cúpula católica. A su vez, el mandatario, había conseguido el respeto de las actuales corrientes científicas que, en el más estricto secreto, habían comenzado a aflorar, ya que él representaba, en apariencia, el más formidable de los aliados tanto económica como socialmente. Dicho interés por la magia, la alquimia y la brujería, le había llevado a ser el precursor de una elite de alquimistas, astrónomos y refutados científicos, pero también de mistificadores y magos negros, como el propio Jhon Dou, los cuales se reunían periódicamente en su biblioteca a la que ellos mismos denominaban kunstkammer. Las largas reuniones que se sostenían en aquella pomposa estancia repleta de libros y manuscritos de alquimia y esoterismo, sita en el corazón del palacio de Bohemia, sólo servían, en opinión de Jhon Dou, para llenar la cabeza del imaginativo mandatario de burdas e irreales conclusiones que lo alejaban del sentido común y del estricto empirismo necesario para que las nuevas corrientes científicas fueran aplicables.

Él sabía que, casi en su totalidad, los magos y ocultistas asistentes a las reuniones eran unos completos farsantes, que engatusaban a Rodolfo II como si fuera un niño frente a un sabroso dulce. La mayoría de los pergaminos de hechizos, fórmulas de alquimia y demás temas de conversación en las trasnochadas y esotéricas reuniones, no eran más que, el fruto de la explosiva mezcla de la superchería e imaginación de los que se autodenominaban magos, los cuales obtenían una recompensa clara y explicita a sus estudiadas farsas, el beneplácito del mandatario. Para el rey Rodolfo II todo aquello solo significaba un juego. Juego que satisfacía su curiosidad y le libraba del más absoluto de los tedios en el cual se había sumido su vida desde su coronación en el año 1576 como Emperador. Tras la muerte de su padre Maximiliano II, los aburridos temas políticos a los que atendía, diariamente y de manera obligada, le resultaban soporíferos. Aquella afición por lo “desconocido” le servía como válvula de escape, pero ahora, el juego había resultado demasiado peligroso, esta vez había sobrepasado los límites de la cordura.

La extorsión al que lo había sometido Rodolfo era el podrido fruto de la incontrolable curiosidad del Rey, y el posterior encarcelamiento, el resultado de su absoluto mutismo al respecto de sus conocimientos ante las insistentes preguntas de este. Tras todo el sufrimiento, lo que realmente encolerizaba al mago, era tener que renegar, en nombre del bien común, de sus propias dotes, las cuales eran más verdaderas que toda la corte al completo, por esa razón había urdido un plan que le permitía no renegar de la verdad, había concluido su obra y accedido a las exigencias.

Jhon Dou, era conocido por todos como un hombre oscuro y serio, de parcas y escasas palabras. Se prodigaba poco o nada en las típicas y banales reuniones sociales de la época. Era inexpresivo en demasía y siempre parecía estar acompañado por un extraño alo de misterio. Su sola presencia generaba miedo y desconfianza en toda la corte. No era usual verle sonreír, pero su expresión, esta noche, escondía algo, algo mas intimo y obsceno.

Un acceso de perruna tos hizo que todo su escuálido cuerpo se convulsionara violentamente haciendo que se tambaleará peligrosamente sobre la butaca en la que estaba sentado. El hilillo de sangre encarnada y espesa que manó de su boca, resbaló de manera impúdica por la comisura de sus labios. Suavemente, deslizó sus huesudas y pálidas manos al bolsillo interior de su áspera túnica que ronroneó acartonada por la fría atmósfera reinante. Extrajo, con sumo cuidado, un fino pañuelo blanco de hilo ricamente bordado, regalo del propio Rodolfo, lo que le pareció, en extremo irónico. Tras limpiar su boca con la delicadeza propia de una amorosa madre primeriza, depositó el manchado pañuelo encima del gran escritorio que tenía frente a sí, dejándolo reposar cerca de su obra, entre los tubos de ensayo y multitud de frascos de variados tamaños, cuyo contenido era desconocido para cualquier persona que no fuera él mismo o su scrier*. Su ayudante se llamaba Edgard Kell, el muchacho se había convertido en el único lazo de unión entre la realidad y su oscura celda, durante el ya largo período de su encarcelamiento.

Su salud se había marchitado y apagado poco a poco, como se marchitarían los girasoles que tan cuidadosamente había dibujado en su obra, si estos fueran reales. Su lozano estado físico le había abandonado tan sutil y progresivamente que, al volver la vista atrás en el tiempo, no recordaba cuándo había empezado todo aquello. No podía rememorar el principio de su ardua y penitente tortura. Sabía que el fin se aproximaba. Era plenamente consciente de que el momento que tanto había temido, estaba cerca, tanto que podía ver como su inminente desaparición se entremezclaba con el vaho que manaba de su boca, diluyéndose y flotando por la inhóspita atmósfera. Era una sensación extraña, una certeza fría y punzante que le helaba y condensaba la sangre haciendo que esta fluyera de manera pesada y tediosa por sus ahora visibles venas.

A menudo y de manera consciente pensaba en la muerte. En su mente, se materializaba la imagen de un fantasmagórico jinete que, subido en su caballo negro de proporciones descomunales, galopaba fervientemente hacia él, con el fin único de arrastrar, voltear, y finalmente engullir su último aliento de vida, como una ola del mar engulle al insignificante cangrejo que lucha por vivir sobre la arena de la playa. Desde el primer instante en el que la gran verdad le fue revelada, Jhon Dou supo que su cuerpo y su mente no poseían la fuerza requerida para absorber, soportar y digerir tan descomunal certeza. Pero, una vez más, su anhelo por acaparar conocimiento, había sido más fuerte. Su curiosidad había ganado la encarnizada batalla librada entre su naturaleza y su inteligencia. Finalmente, había asumido esa carga, la misma que le había arrebatado su vitalidad. La misma que se había visto forzado a explayar en el libro, mediante la extorsión y el encarcelamiento. El mismo libro que ahora, rigurosamente escrito, permanecía inmóvil en la escribanía mostrando todo el colorido y esplendor de sus ilustraciones.

Jhon Dou consciente de la evolución de su mal, tenía la certeza, ahora clara, que aquella carga exigía ser expresada y plasmada día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, en detrimento de su propia vitalidad, exigencia que no provenía únicamente de tan alto y a la vez indigno personaje, también de su foro interno, de su propia necesidad de perseverar el conocimiento, de su obligación para sí de inmortalizar su sabiduría. Había escrito el libro y así terminado con el pago exigido. Pero él era un hombre orgulloso, había calculado y consumado su venganza. Había codificado el texto de manera tal que jamás pudiera ser descifrado. Nadie en el mundo sabría jamás la verdad. Rodolfo y el resto de los farsantes que le acompañaban nunca conocerían el gran designio, no conocerían lo que a él le había sido transmitido y, a su vez, había constituido su fin. Esto, sin duda, llevaría a Rodolfo II a la locura. Sería el precio que el mandatario pagaría por su extorsión.

1 Scrier: ayudante médium

La venganza estaba servida. Valiéndose del carácter intelectualmente inquieto del rey y con la certeza de que la curiosidad de este era mayor que la de cualquier ser con el que se hubiera topado jamás, estaba seguro que, el simple hecho de no poder leer el libro acabaría con los nervios del mandatario, el cual, encargaría su traducción al elenco de farsantes que lo rodeaba. Pero la traducción no podría ser culminada con éxito por ninguno de ellos, lo que favorecería a su total e inminente desprestigio. Sumido en estos pensamientos, que le reconfortaban sorprendentemente, depositó su pluma con sumo cuidado en la gran mesa de madera y se dispuso a dormir en su camastro. Aquel sueño se le antojaba de un sabor agridulce, ya que sabía, sin duda, que sería el sueño definitivo. Ahora que había concluido su libro, el abrazar la muerte, el descanso eterno, era la mayor recompensa que su ajado cuerpo y su torturada mente pudieran desear.

El viento sonaba a través de los ventanales de su celda. Rugía como si de una fiera iracunda se tratara, cuyo aliento golpeaba los pesados cortinajes de oscuro y ajado terciopelo, exigiendo la entrada a la estancia. Se tumbó en el camastro despacio con el monótono zumbido invitándole a dormir. El agotamiento le impedía moverse con agilidad, cada movimiento, cada gesto representaba un esfuerzo casi sobre humano. La vela que iluminaba la habitación fluctuaba como una elegante bailarina en un gran salón de fiestas proyectando formas informes sobre los fríos muros. Una fría corriente se filtró por todas y cada una de las minúsculas ranuras existentes en la caliza piedra que conformaban su celda, apagando sin remedio la pequeña vela y terminando así con el fantasmagórico baile.

La habitación se sumió en la oscuridad, en la más profunda e insondable oscuridad. No se podía oír ni un solo sonido salvo el zumbido del viento que en aquel momento se le antojó eterno, frío, casi helado, de manera delicada acariciaba su torturado cuerpo inspirando una somnolencia de dulce sabor. La quietud se apoderó de la noche. En aquella oscura y gélida soledad, Jhon Dou pensó por última vez en lo que implicaba todo aquello, las aplicaciones del conocimiento que él acaba de ocultar al mundo entero. El poder que le había sido revelado, y la poca fuerza que poseía para desarrollarlo, para estudiarlo, para comprenderlo.

El viento empezó a sonar con más fuerza. Parecía susurrar su nombre. Primero más sutilmente, mas fuerte después. Entonces, Jhon Dou supo que su hora había llegado. Lo anhelaba. Ya no temía al jinete fantasmagórico ni al gigantesco caballo negro de sus pesadillas. Esta vez, y por primera vez en su vida, no temía ser el insignificante cangrejo en la playa.

Ahora el viento le requería de una manera ensordecedora. Sus pies estaban entumecidos, inertes, parecían desaparecer, dejar de existir, poco a poco aquella sensación se fue extendiendo por todo su cuerpo, avanzando lenta y decididamente convirtiéndole en invisible. Cerró los ojos, los parpados le pesaban, los músculos de su cadavérica faz se relajaron. Ya no sentía ningún dolor, solo el tenue sonido de su corazón que bombeaba de manera tediosa, pausada. Se abandonó a su destino, se dejo llevar.

El cuerpo de Jhon Dou. yacía sin vida en el quejumbroso camastro de su fría celda. En la oscuridad, su legado, su venganza y a la vez su última y definitiva obra, permanecía inmóvil, encima del gran escritorio de madera, junto a la pluma y a los múltiples botes de ensayo, con múltiples contenidos de vivos colores. En el frío suelo, junto al escritorio, se encontraban las grillas de cardano* que había utilizado para encriptar tan irreverente y al mismo tiempo pasmoso conocimiento. No había nadie para apreciar los vivos colores de las ilustraciones. No había nadie para apreciar que el pañuelo de hilo blanco ricamente bordado, regalo de Rodolfo II, había desaparecido.

2 Grillas de Cardano: Tarjetas con ranuras recortadas en ella. Invento del Matemático Girolamo Cardano en el año 1550.

26 Sep 2007

“pas de deux”.

Escrito por: EDUARDO RODRIGUEZ PEDROSA el 26 Sep 2007 - URL Permanente

“pas de deux”.

Entre bastidores, bambalinas, ellas correteaban de un lado a otro, calentaban, estiraban frenéticamente, la función no tardaría en empezar y pronto demostrarían su valía. Corrieron a vestirse, ella ya estaba allí. Había estirado antes que nadie. Había calentado con más intensidad que nadie, y ya estaba allí.

Con el pelo recogido, en un moño, tan firmemente peinado y contenido, que ni uno solo de sus cabellos por fino o corto, osaba romper el yugo del cremoso y denso fijador, salteado con las blancas y sencillas orquillas que sometían la voluntad como el más cruel patrón. Frente al tocador, dispersaba la estrellada brillantina por sus cabellos, coronando el castaño firmamento de minúsculos fulgores plateados.

Estirada tan alta como era, superando la media notablemente, ella, se maquillaba con los sutiles colores, colores frágiles e indicados para el acontecimiento, para el estreno, una gama de suaves y tenues tonos pastel y añil. Transparente color melocotón para sus mejillas, esparcido y difuminado de manera desenfadada y refinada. Suave azul cielo para sus parpados, claro y profundo, casi cobalto. Algo de rimel, nada exagerado, un sutil toque, un comedido refuerzo que estilizaba las ya de por si largas pestañas que la naturaleza le había regalado separándolas, diluyéndolas, enmarcando de un bruno oscuro las nevadas pupilas, sin mancha, sin macula.

Con sus labios de rojo carmesí, vivaz y duro, insinuante y valiente que perfilaban a las mil maravillas sus sensuales formas, polvoreaba suavemente sus brazos, su terso cuello, con el algodonado, empapado en los albos polvos de talco para evitar los posibles reflejos y brillos de luz sobre su cana piel perlada de gotas de sudor, al obtener el pleno protagonismo bajo el foco de luz una vez todo hubiera empezado.

Sentada ahora, en la pequeña butaca, frente al alargado tocador sembrado de minúsculas y luminosas bombillas, junto al resto de bailarinas que parloteaban intranquilas, ella serena y expectante, con el nerviosismo contenido, atado de manera elegante con el flamante lazo de la experiencia, deslizo las vaporosas medias blancas por sus piernas, recordando como esas mismas pantorrillas, ahora alargadas y estilizadas, no siempre habían sido así, hacía ya algunos años de aquello, una liguera y etérea sonrisa se dibujo en su liviana cara perfilando aún más la expresión fina y punzante de sus sugerentes labios, recordó como, cuando ella era menor de doce y no levantaba demasiados palmos del suelo, aquellas piernas habían sido vestidas por los entrañables calcetines cortos o leopardos, que dejaban visibles sus músculos, para que su profesora, pudiera observar atentamente si estos estaban siendo trabajados correctamente, calibrando como un férreo inspector, minuto a minuto, segundo a segundo su grácil, menuda y sutil evolución.

El resto de bailarinas, alborotadas, con el habitual bullicio jaranero del estreno, miraban sin quitar ojo, admiradas por la templanza y el sosiego que su presencia trasmitía en cada ensayo, incluso ahora, en la metódica y armoniosa ceremonia al vestirse, y prepararse. La elegancia era su sello, su nombre, su identidad. Primera bailarina, con un historial de éxitos sobre su cabeza, como un luminoso alo, de carácter agradable, nada divinizada, compañera, amiga, silenciosa y profesional. Maestra sin hablar, sin dar consejos, solo haciendo gala de su distinción y profesionalidad. Mostrando su personalidad tal cual era. Demostrando a cada segundo su don, su obligada y pasmosa entrega con la danza, con el baile, con la música y con el arte. Mostrando en cada gesto, en cada paso, sus emociones y sentimientos mas profundos, mas íntimos. Demostrando que bailaba, que bailaba desde siempre, desde antes de siempre, que sentía emocionada el ritmo, la fuerza de los agudos en su corazón.

Bilingüe ante el sutil idioma de los instrumentos de cuerda, de viento, conversaba mediante sus brazos, sus manos, sus piernas, los gestos de su cara, con cada una de las partituras que a sus oídos llegaba.

Consciente de que era modelo a imitar por las más jóvenes e inexpertas, continuaba con la sistemática y precisa danza preliminar de la preparación antes de salir a escena. Ritual monótono y tedioso para algunas, básico, premonitorio para ella, la música era su pasional amante, ella, la fiel amada que se preparaba amorosamente para la entrega, para el intercambió, para el acto mas inconscientemente puro que su alma conocía.

Ajusto su “tutu”, aquel había sido especialmente confeccionado y elaborado para ella, vaporoso y aéreo, flotaba gaseosamente casi incorpóreo sobre su cintura, era blanco y algo transparente, casi metálicamente cristalino, típico de los tradicionalmente espectaculares “pas de deux”.

Corto, hasta la cadera, para poder lucir de manera apreciable el palpable aprendizaje de los movimientos, para poder mostrar el tallado y marmóreo esfuerzo de los músculos al contraerse, al expandirse, con cada una de las respuestas que su cuerpo emitía a las ondulantes y vibrantes cuestiones musicales.

Etéreo, volátil, ligero y corto, tan corto que enseñaba la absoluta y calibrada precisión de la música al materializarse ante los ojos del espectador usando como hilo conductor sus músculos, sus huesos, sus tendones poseyendo su alma y su cuerpo, haciendo participes de la conversación a los receptivos que impresionados admiraban sin condición alguna, sin premisas, sin resquemor.

Sus zapatillas de punta, de albino y brillante satén, con mas empeine de lo normal para no quebrarlas, dada su altura, la miraban inquietas desde el suelo deseando que ella colocará el elástico de una sola faz tal y como acostumbraba. Las miró fijamente entendiendo el silencioso lenguaje y respondiéndoles con el peculiar brillo de sus pardos y emocionados ojos, entendiendo sus anhelos, complaciéndolas, las cogió suave y amorosamente.

Aquello era una característica propia, una amistad íntima y honda, intrínseco en sí, una seña de identidad, una profunda cofradía para con sus zapatillas. Siempre cosía ella misma el elástico, en el justo y preciso momento, segundos antes de utilizarlas. Lo había aprendido de pequeña, formaba parte del ritual, era imprescindible, era su manera de mostrar respeto, de comunicar su apreció, su emocionante manera de decir, sois irremplazables, únicas, efímeramente singulares, fugazmente exclusivas.

Con una mano, dobló suave y certeramente la parte del talón de la zapatilla hacia delante, fijó la cinta donde terminaba el doblez, y con la otra agarró la fina y punzante aguja con el satinado hilo que esperaba su turno pacientemente sobre el tocador. Diestra y hábil, cosió la cinta con pequeñas y milimétricas puntadas, tomó la precaución de no darle ningún pespunte al cordón con el que se abrochaba la zapatilla. Repitió metódicamente la operación para la gemela. Ya estaban completas, perfectas, integras.

Alargando la extensa y dilatada pierna izquierda, sintiendo sus tendones rígidos y duramente flexibles, con un gesto grácil y esbelto, las elásticas y albas medias se expandieron marcando la bonita rodilla. Aguantando el peso de la inercia, haciendo caso omiso al castigo de la gravedad, sin temblar, sin dudar, sin opción para apocarse, se puso la primera zapatilla. Repitió el sutil y delgado gesto con su diestra, colocando a su amiga y confidente.

Cuando ambas zapatillas vistieron sus pies, se ajustaron como elásticos y elegantes guantes, ni muy anchas ni muy estrechas, ni muy sueltas, ni muy apretadas, el largo era el justo, el ancho también, se ceñían perfectamente a la particular forma de su empeine, de manera precisa y calculada, dejando los pulgares libres de movimientos, estirados, dándole una sujeción segura y firme.

Con las cintas colgando, se reincorporó, graciosa y ágilmente, giró sobre si misma, esparciendo las transparentes motas del fresco y lozano perfume por la atmósfera, posó el primer pie en la butaca, cruzo las cintas por delante del tobillo, tensándolas pero con cuidado de no hacerlo demasiado, las cruzo nuevamente hacia atrás, repitiendo el enérgico y controlado gesto, las pasó hacia delante una vez mas y las colocó de manera que una cubría la otra en la parte delantera de la pierna, anudo fuertemente los extremos en el lado interno del tobillo.

El vaso de agua en su tocador la miraba tan pasmado como el resto de las bailarinas, que no podían quitar ojo a tal despliegue de elegancia y experiencia. Introdujo el dedo índice y anular en el agua, y humedeció con un poco del frío liquido de manera suave y casi fugaz el nudo que acababa de cerrar, para evitar así que este se deshiciera y con ello que las cintas se soltarán al bailar.

Llegaba el turno de las tijeras, que esperaban ansiosas desempeñar su papel, tan milimétricamente medido, cortó el sobrante de las cintas y tras depositar nuevamente junto al vaso las afiladas y brillantes hojas gemelas, escondió el nudo y los extremos en el lado interno del tobillo para que las cintas tuvieran un aspecto liso y elegante consiguiendo así un acabado perfecto.

Muchas de las jóvenes, tomaron buena cuenta de sus metódicos y estudiados procedimientos arrepintiéndose de haber infravalorado los consejos de sus profesores y tutores. Era perfecto, sus zapatillas eran perfectas, no había más que verlas. El método y el amor con el que ella hacía las cosas daban un resultado que impresionaba al más ducho en tan por otro lado desconocidos menesteres.

Una pequeña caja, metálica, tallada, limpia, reclama su atención desde el tocador, su corazón había empezado a palpitar, la preparación terminaba, pronto empezaría todo. Tomó la caja con sumo cuidado, y vertió sobre el suelo la triturada pecantilla. El rosin de color ámbar pálido y de aspecto cristalino coloreo el suelo de manera palpitante y viva, formando un pegajoso polvo, allí mismo, ante todas sus compañeras. Con cuidado de no resbalar, froto las puntas de sus perfectamente anudadas zapatillas con aquella resina especial.

Estaba preparada, el ritual había terminado. El discordante sonido del timbre llamando a escena gritó dejando que sus ecos resonarán en cada una de las nerviosas y jóvenes bailarinas que corrieron, casi extenuadas en dirección al escenario. Ella ando, tranquila y pausada, inmersa en sus propios pensamientos, reconociendo cada una de sus propias emociones y sensaciones que le resultaban tan familiares y ajenas a la vez, reales, palpables, emociones que de manera latente campaban por su interior como furtivas forasteras, sensaciones foráneas, sin nombre, pero familiares y conocidas, no por ella, ni por su ímpetu, si no por la densa y arraigada experiencia.

El público, elegantemente vestido, ajenos al frenesí que se vivía tras el escenario, ya estaba acomodado en sus butacas, expectantes miraban con sus ojos puestos en el telón, en los palcos, en el pasillo, tratando de imaginar que ocurriría tras el grueso y aterciopelado escudo negro.

Los músicos de carne y hueso, encorsetados en sus asientos, serios, enjutos, inseparables de sus instrumentos, preparados y afinados, probados hasta la saciedad, esperaban atentos la orden del maestro, esperaban el gesto de salida, de inició. El disparó se produjo. La música empezó a sonar, el delicado sonido del violín inundo el teatro, despertando sensibilidades, rememorando recuerdos vagos y lejanos. El telón subió, despacio, muy despacio. La percusión se materializo zumbante, ronroneando sobre las cabezas del público, de los músicos, de los bailarines.

Las luces se encendieron, dando vida al decorado, elegante y majestuoso, como un bosque inanimado, estático, quieto, el cartón piedra, el corcho, las telas, el claro fondo artificial imitando un cielo abierto y despejado, desprovisto de nubes, aún olía a pegamento, a madera, a nuevo y a estreno.

Las blancas figuras de las bailarinas inundaron los tablones perfectamente barnizados. Se movían despacio, pausadamente, contoneándose con el ritmo, tomando altura sobre sus puntillas, como engranajes suizos, puntuales y eficientes. En fila, tres a un lado, tres al otro ocupaban el ancho de la madera. Bailaban, interpretaban, sentían la coreografía, recordaban mentalmente cada uno de los pasos, siendo el glacial y acompasado reflejo de los movimientos de sus compañeras.

Ella ocupo su sitió, aún no era su turno, moviendo sus muslos, sus rodillas, de adelante hacia atrás, expulsando de sí el posible acartonamiento, alzó la vista, con el corazón encogido de emoción, con el estomago contraído por la inquietud, se disponían a escenificar la batería de seis cruces “demi-plié”, el potente y ronco violonchelo marco el inició, apretando sus manos, cruzando sus dedos observó en silenció, la bella ejecución.

En la quinta posición, de frente el pie derecho, alargado, estirado, expectante ante la siguiente potente nota que sonó rauda y súbita, con un abierto y fuerte salto volaron, crecieron, en el aire abrieron las piernas a la vez, al unísono, cayeron silenciosas como gatos nocturnos, golpearon la pierna derecha tras la izquierda. Nueva nota, nuevo salto abriendo las piernas, por segunda vez, cayeron de nuevo, concentradas en el control del peso corporal, el volumen de la verticalidad, con los músculos calientes, golpearon la pierna derecha detrás de la izquierda una vez mas, saltaron, abriendo las piernas por tercera vez, formando ángulos perfectos, el violonchelo lloró, llegó el fin, terminaron, “demi-plié” en la quinta posición, con su pie derecho estirado detrás, con la pierna lisa, recta y estirada.

La música se relajo, la percusión calló, el violín sonó solo, melancólico, afligido, nostálgico, añorante, llenando la sala, vistiendo la atmósfera, emotivo, empapando el suelo, las paredes, las emocionadas caras del publico, sus impresionados ojos.

Quedaba menos, el segundo exacto se acercaba, pronto llegaría su turno. Los clarinetes irrumpiendo juguetones, tramposos, contrastando con el triste habla del violín, traviesos acompañaron al lloroso riendo vivaz y libertinamente, la mezcla vibró en sus tímpanos, en su oído interno. La luz perdió luminosidad, dejando en la penumbra todo, congelando el momento. Colocó sus brazos formando un círculo con las palmas enfrentadas y los dedos a la altura de los muslos, con los codos separados unos centímetros del cuerpo, sintió el fuego, la pasión, su corazón se prendió ardiente, encendido con la chispa de las notas musicales. Las bailarinas cayeron sobre el suelo, tan quietas como el corcho, como el cartón piedra, como el claro fondo artificial imitando el cielo abierto, formando el marco para recibirla.

Su turno llegó. Su momento preciso, su segundo exacto, su instante riguroso, verdadero. Sus pies reaccionaron como si tuvieran vida propia, ella no visualizaba la coreografía, ella era la personificación de cada uno de los pasos que ejecutaba, ella era el movimiento. Corrió casi de puntillas, casi sin tocar el suelo, sintiendo el aire que se colaba bajo sus pies, bajo sus zapatillas, dominando el escenario, consciente de cada tabla, de cada poroso nudo de la madera, con los ojos cerrados, siendo parte del ritmo, doblegando su alma al trance, al acto, al intercambio, sus piernas se flexionaron, el foco la esperaba, la seguiría fiel en su vuelo. Los violonchelos, violines, clarinetes, trompetas, sonaron al unísono, compactos, densos y macizos, dando el “Do”, pletórico, grandioso. Por el centro del escenario, entre las reclinadas figuras blancas, apareció su figura, su “échappé sauté”, en el aire, a un metro y medio de altura, vertiginoso y potente, refinado y fuerte, blanco y argento, con las piernas estiradas al completo al alcanzar la máxima altitud, con ambos pies a la misma distancia de su centro de gravedad, terminando en afinadas puntas, sin talones. Las pululantes motas de polvo al contra luz, flotaban inmutables marcando su luminosa e inalcanzable trayectoria.

Voló imperturbable, la barbilla alzada, la cabeza hacía atrás, los brazos paralelos a sus piernas.

Bajo ella, el aire, la atmósfera, detenida, parada, quieta, el público, pasmado, con sus bocas abiertas.

Sobre ella la luz, el techo, el cielo, su alma y su entrega, su esfuerzo casi inhumano, su sudor, sus lagrimas.

A su alrededor su don, la música, las notas, agudas, graves, brillantes y opacas, juguetonas y traviesas.

En su interior la danza, la vibrante emoción, la inconsciente verdad. Su verdadera naturaleza.

Posó la punta de su pie, firme y flexible, su fino pulgar libre de movimiento, absorbió el peso de su cuerpo, el peso del mundo, de la responsabilidad, de su profesionalidad, su zapatilla de punta, de albino y brillante satén se fijó en la tabla gracias al rosin. Tras la punta del pie, el resto del cuerpo, con el movimiento de la inercia controlada, transformada en algo bello, inequívocamente irrepetible, flexionó su rodilla, posándose silenciosa y frágil como una pluma, para terminar en “demi-plié” en posición abierta.

Ya no mandaba ella, en su cuerpo, en sus pies. Su cerebro embargado, controlado, poseído, era ajeno a los movimientos. Las notas mandaban, su corazón palpitaba, sus pulmones respiraban y sus pies, su cuerpo, sus manos, el gesto de su cara, simplemente baila.

Dedicado a "Trinidad Carrillo". A su "Don" y a su arte, a nuestra gratificante, inteligente y cada día mas profunda e intima amistad.

Eduardo R. Pedrosa.

copyright "©"26092007

24 Sep 2007

Frente al viejo espejo.

Escrito por: EDUARDO RODRIGUEZ PEDROSA el 24 Sep 2007 - URL Permanente

“Con animo de aceptar el reto de mi amiga y lectora “trini”, que fue lanzado públicamente en un comentario del relato anterior, he escrito este cuento de terror esperando que le guste, claro esta. He de decir que es un género difícil, que me merece el más absoluto respeto, pues no resulta fácil generar miedo, nerviosismo, malestar, etc. etc. A pesar de ser un gran fan de este genero cinematográfico, escribir, no es como una película, en la que enseñas lo que quieres, y de pronto, con un golpe de cámara sobresaltas al espectador, creo que el nivel descriptivo que exige es tan importante como el ritmo del texto, ritmo que yo espero haber conseguido. No me quiero poner pesado. Solo espero que no aburriros.

Por otro lado, y esto es lo importante, lo he dejado sin final, yo ya tengo el mío escrito, pero lo desvelare tras escribir los finales que vosotros me propongáis.

Trini, yo acepté el reto, ahora este, lo hago extensible para todo el que lea este texto, propón tú final, tu hipótesis al respecto de lo que ocurre, dame los detalles necesarios, y yo gustoso lo escribiré, ¿original verdad?, espero que vuestra imaginación supere a la mía, y que el final propuesto por uno de vosotros sea infinitamente mejor que el mío. Lo someteremos a debate, y el final ganador será el decisivo.”

Un saludo, y gracias por vuestra atención y participación.

Eduardo R. Pedrosa.

Frente al espejo.

Estaba completamente agotado, el cansancio empezaba a hacer mella en él, había sido un duro día de trabajo, el último de una dura semana de traslado. Sudoroso y cansado solo tenía deseos por llegar a su nueva casa para poder quitarse la engorrosa corbata que lo asfixiaba. Anhelaba el poder desembarazarse del atuendo de ejecutivo agresivo necesario para su trabajo y sustituirlo por algo mas cómodo. Si alguien merecía un descanso, ese era él sin duda alguna.

La mudanza había resultado un poco mas complicada de lo que había imaginado en un principio, había resuelto ser imprevisible, como todas las mudanzas pensó, mientras que el ascensor llegaba a su planta, pero ahora, por fin, podría disfrutar de esa tranquilidad tan merecida, ante él tenía un estupendo fin de semana, que se le antojaba hogareño y tedioso, lo que le agradaba profundamente. Aún tenía muchas cosas que colocar y organizar, pero eso lo haría mañana, hoy descansaría.

Llevaba una semana trasladando muebles en su tiempo libre y trabajando sin descanso en la oficina, pero ahora, por fin, había dejado definitivamente el viejo y mugroso piso que había ocupado para hacer posesión del nuevo hogar. Aquella noche sería la primera noche que dormiría en su nuevo piso.

Lo había alquilado a bajo preció, el encontrar aquel piso había sido un golpe de suerte pues era justo lo que siempre había soñado, a decir verdad en un principio le pareció demasiado grande para una sola persona, pero el precio era verdaderamente increíble, bastante menos de lo que su ajustado presupuesto mensual exigía, bastante menos de lo que había pagado por el alquiler del antiguo con humedades incluidas. Aquel nuevo piso había sido una ganga, por lo que no le costo lo mas mínimo obviar la ardua y por otro lado necesaria búsqueda de casa, no lo pensó demasiado, firmo el contrato y allí estaba.

Era barato, grande y bonito. Aquel había sido el criterio que había empleado en la búsqueda, y aquel cuarto con ascensor había superado con creces al resto de posibles viviendas visitadas, incluso había superado con creces sus propias expectativas.

Salió del ascensor raudo y jadeante, haciendo el ultimo esfuerzo por llegar, recorrió el descansillo en dirección a su puerta tirando del pesado maletín que siempre lo acompañaba y cuando estuvo frente a ella, algo llamó poderosamente su atención sacándole del ensimismamiento que hacía rato se había apoderado de él.

Al otro lado se podía escuchar un sonido leve y tenue, armónico, era música, pero aquellos ritmos no eran ni mucho menos actuales, si no mas bien parecía ser una canción de los años cuarenta, cantada por una de esas voces que todo el mundo reconoce en seguida, una voz de mujer, una voz fría y quebradiza. La escuchaba muy levemente, era casi inaudible y hueca. El sonido de las trompetas, y los ritmos cabareteros sonaban amortiguados a través de la gruesa madera.

Busco sus llaves en el bolsillo del traje, su primer pensamiento fue que por alguna extraña razón se había dejado la radio encendida cosa que rápidamente desestimo por improbable, ni siquiera había tenido tiempo de conectar la televisión y el resto de los aparatos eléctricos a la luz, tan solo los había colocado en el sitió que ocuparían según la nueva distribución.

Abrió la puerta sin dudarlo un segundo mas, la luz se colaba por las cristaleras de las puertas dobles que delimitaban el salón comedor proyectando su monstruosa sombra en el muro de la entrada e inundaba el bonito suelo de madera bañándolo de un brillo marrón casi ocre.

En un principio aquella luz le molesto en los ojos, pero tras un par de segundos su visión se adapto. Aquella música se escuchaba aún, aunque seguía siendo tenue y lejana, hueca e hipnótica, sonaba como si estuviera allí mismo, en su casa, resultando perfectamente audible aunque distante.

Empujó la puerta con el pie, y antes de cerrarse con un estruendoso portazo, los goznes de la plomiza y pesada puerta emitieron un quejumbroso chirrido que se clavo en sus oídos sin remedio.

Tras el sonoro golpe, la música se detuvo. Ya no escuchaba ruido alguno, ya no podía oír nada salvo el zumbante sonido de la quietud y la calma.

Contrariado y pensativo, se quedo allí un par de segundos mirando el largo pasillo que permanecía entre penumbras, el resto de las habitaciones tenían las puertas cerradas a cal y canto y la luz se filtraba por los bordes de cada una de ellas rebotando en el muro despoblado de cuadros y demás artículos decorativos.

Abrió las puertas dobles del salón y la luz entro con más fuerza que antes libre del yugo de los traslucidos cristales, los grandes ventanales que cubrían todo el muro frente a él se mostraron desnudos de cortinajes y le dieron la bienvenida mostrando las estupendas vistas que la altura de la cuarta planta le proporcionaba.

Nada, en el salón. Todo estaba en la calma más absoluta. Abrió uno de los ventanales para que el aire pudiera campar a sus anchas por los metros cuadrados que tan barato había arrendado. Se recrimino a si mismo por lo estúpido que era, ¿que esperaba encontrar?, una sonrisa burlona se dibujo en sus labios.

El sonido hueco e inconfundible de la aguja de un viejo tocadiscos al acabar la última vuelta del disco llego a sus oídos tras rebotar una y otra vez por el largo pasillo. Se giro rápidamente sobre si mismo con la cara desencajada, esta vez lo había oído claramente. No había duda. La canción de los años cuarenta, aquella voz quebrada de mujer, el zumbido del tocadiscos.

Permaneció un par de segundos mirando fijamente en dirección a las puertas dobles del salón, esperando inconscientemente que alguien apareciera bajo el umbral, nada ocurrió, nadie apareció bajo el cerco de madera, aún así, estaba asustado, ¿que había sido aquel ruido?, lo había escuchado con total claridad, era obvio que había alguien en su casa, miles de sensaciones y dudas se amontonaban en su cabeza luchando entre si, colapsando su cerebro. Tras poner sus ideas en orden, recupero la calma, lo único que tenía claro era que él no tenía tocadiscos, hacía muchos, muchísimos años y mucho menos discos de los años cuarenta, tras unos segundos dedicados a estos y otros muchos pensamientos de la misma índole, su curiosidad gano la batalla.

Se armo de valor y salió del salón comedor en dirección a la cocina no sin antes dedicarle una atenta mirada a cada una de las sombras que parecían observarle de manera incisiva desde el penumbroso pasillo. Se detuvo frente a la puerta de la cocina, al fondo, en el tendedero, la ropa tendida bloqueaba la luz del ventanal meciéndose suavemente con la refrescante brisa producto de la fría corriente que le acariciaba la coronilla y el cuello.

Prosiguió con su búsqueda tras verificar que la cocina estaba desierta, recorrió el largo pasillo entre cauto y temeroso, sus pasos resonaban en sus oídos como tambores poniéndole aún mas nervioso, con cada pisada suya el suelo de madera crujía irremediablemente, en su mente empezaban a materializarse miles de opciones que explicaban el ruido, la música, su sentido común le decía que era imposible que hubiera alguien en la casa, pero de manera inconsciente el resquemor se apoderaba de sus afilados nervios.

Se detuvo frente a la primera puerta, lo pensó un par de segundos antes de abrirla, agarro el dorado y frío pomo y finalmente la abrió violentamente, esperando sorprender al polizón de pésimo gusto musical en plena acción. Sus ojos buscaron por el cuarto de manera alocada, aquella habitación estaba vacía, completamente vacía, los muebles que él mismo había colocado días atrás le miraban extrañados por la violenta irrupción inmersos en el más absoluto mutismo, la quietud reinante le produjo desasosiego. Parecía como si el tiempo se hubiera detenido.

Dejo la puerta abierta de par en par, parte del pasillo se ilumino y aquella luz procedente de las ventanas del cuarto desterró la penumbra hasta ese momento reinante al fondo más oscuro, respiro profundamente y de manera decidida fue hacia la segunda puerta, su dormitorio. Repitió la operación, con el mismo resultado, vacía para su tranquilidad, completamente vacía, ahora todo el pasillo estaba bañado por la luz que entraba por cada una de las habitaciones.

No había más posibilidades, no había más puertas, La tercera puerta, la que ahora tenía ante sí, la del baño era la única opción lógica en aquel momento pues había registrado visualmente el resto de la casa, agarro el dorado pomo con suavidad, e intentando no hacer demasiado ruido, posó su oído sobre la calida superficie de madera. No podía oír nada tras ella, el eco del silencio zumbaba en su cerebro una y otra vez. El corazón le latía aceleradamente, su garganta estaba empezando a resecarse.

Suavemente giro el pomo y tan despacio como pudo fue abriendo la puerta dejando que la luz fuera inundando el baño paulatinamente.

Cuando la puerta estuvo abierta casi completamente, oteo ansioso el baño, la bañera, el sanitario. Todo el aseo estaba bañado por la luz excepto el espejo sobre el lavabo que estaba frente a él, aquella claridad no entraba completamente, dejaba en penumbras todo el esquinazo izquierdo tras la puerta. Miro el espejo, aquel espejo no era suyo, ya estaba en aquella casa cuando la alquilo, lo miro atentamente, parecía viejo, antiguo, recordaba haberlo visto manchado y sucio cuando visito el piso por primera vez, recordaba haber decidido cambiarlo en cuanto pudiera, aquel estilo antiguo no tenia nada que ver con el suyo mas moderno y minimalista.

Miro su imagen, su oscura forma allí reflejada, se quedo hipnotizado, no podía dejar de mirar el espejo, aquel espejo era extraño, diferente, su imagen era extraña y diferente también, se observaba a sí mismo, pero algo no le encajaba, la imagen, que en la penumbra, aquel viejo espejo le devolvía le resultaba ajena, sin apartar la vista de su reflejo, busco con su mano el interruptor de la luz, tardaría un momento en encontrarlo, aún no se había acostumbrado a la casa y no sabía donde estaban con exactitud, pero era incapaz de retirar la vista de su propia imagen, palpo, una, dos veces, dando sonoras palmadas en los azulejos de cerámica, palpo la tercera vez, aquella imagen de sí mismo le miraba desde el espejo, él se miraba desde el espejo, mientras palpaba, de pronto, topó con algo frío, palpó algo gélido y tirante, huesudo, un escalofrío recorrió todo su cuerpo sin remedio de la cabeza a los pies, dio un respingo asustado, con el vello erizado, miró tan rápido como pudo en dirección a su mano. Allí solo estaba el interruptor, no había tocado nada, salvo el interruptor.

Encendió la luz, y giro de nuevo su cabeza en dirección al viejo y manchado espejo, durante unas décimas de segundo sus ojos se clavaron en su reflejo, vio su cara extraña, casi deformada, sonriéndole, mirándole con aquellos ojos oscuros e inexpresivos, no era su imagen, aquel frente a sí no era él. Él estaba asustado, no sonriendo, lo veía con claridad, con total claridad. Solo duro un par de segundos, pero estaba seguro de lo que había visto, estaba seguro de que durante aquel par de segundos, la imagen que le miraba desde el espejo no era la suya, le había sonreído, se había sonreído a si mismo de manera maliciosa, pérfida y oscura. Había observado sus ojos, negros e insondables, llenos de odio y aquella sonrisa, aquella sonrisa tan horrible no podía ser la suya. Era su cara, pero no su expresión. No era él.

Su corazón latía a mil por hora, no podía moverse, las manos le sudaban, todo el vello de su piel estaba en máxima alerta, miro el espejo, se miro, observo la cara de susto que tenía ahora, pálido, tan blanco como la nieve. Era obsesivo, una sensación enfermiza, se acerco más al espejo con los ojos clavados en los de su propio reflejo, parecía que en cualquier momento fuera a volver a ocurrir, en cualquier momento su imagen tomaría vida propia y le sonreiría obscenamente. Continuó mirándose fijamente, se acerco mas aún, poniendo cada una de sus manos a cada lado de lavabo, frente a la imagen, frente a si mismo, a unos pocos centímetros de la fría superficie, tan cerca que el vaho producto de su entrecortada y nerviosa respiración le impedía ver su imagen con total claridad, pero no importaba, veía suficiente, fijó su vista en sus propios ojos, vio todo el aseo reflejado en sus pupilas de manera combada. Ahora estas brillaban, no estaban oscuras, no eran negras e insondables como las que había visto hacía tan solo un par de segundos.

El sonido estridente del teléfono móvil le devolvió de nuevo a la tierra de un sobresalto. Sonó una vez, lo escuchaba en el salón comedor, allí lo había dejado, junto al maletín que siempre lo acompañaba, volvió a mirarse fijamente, ahora se reconocía, aquel era él sin duda, aquella si era su imagen, el teléfono móvil sonó nuevamente, tenía que atenderlo, debía atenderlo, se repitió a si mismo, podía ser importante, pero su imagen en aquel viejo espejo era adictiva, dependiente.

Cuando el teléfono sonó por tercera vez, por fin y sin girarse, sin dejar mirar su imagen, consiguió retirarse del espejo haciendo un esfuerzo que se le antojó sobre humano. Caminando hacía atrás, sin retirar la vista, llegó al pasillo, y suavemente y sin apagar la luz, fue cerrando la puerta del baño poco a poco, hasta que estuvo casi completamente cerrada, tan solo dejo abierta una fina ranura suficiente para introducir su mano, sin pensarlo más, introdujo medio brazo por la ranura libre y apago la luz. El insistente teléfono no había dejado de sonar, cerro la puerta del baño de un estruendoso portazo y corrió al salón a responder a la llamada telefónica.

¡Una llamada de la oficina¡ era increíble no le dejaban tranquilo, atendió el asunto laboral de manera despiadada y decidida, tal y como acostumbraba debido a su puesto de trabajo, tomó la decisión que económicamente era mejor para su empresa, para su carrera, su fulgurante carrera de ejecutivo agresivo, sin tener en cuenta los factores humanos que le resultaban tan irrisorios y patéticos. Cuando colgó, estaba enfadado y frustrado. Apagó el móvil, nadie le molestaría, descansaría como se había prometido a si mismo que lo haría. Renegando de su jefe, de su puesto, y de su vida, se dirigió al dormitorio, y cerro la puerta tras de sí, sin percatarse de que la del baño estaba nuevamente entreabierta.

Se había quedado dormido, la oscuridad se había apoderado del dormitorio, y de toda la casa, el reflejo de su reloj despertador verde eléctrico perfilaba aún mas su silueta bajo el caro edredón de plumas, el resplandor reflejaba las tres, las tres de la mañana, todo estaba en silenció, el silenció mas absoluto, tan solo roto por su sonora respiración mientras dormía. Fuera del dormitorio el sonido de la aguja de un viejo tocadiscos al hacer contacto con el vinilo rompió el silencio furtivamente inundando el largo pasillo, los ritmos musicales típicos de los años cuarenta comenzaron a sonar de maneara apagada y quejumbrosa, la voz quebrada e inconfundible de mujer cantó en ingles con un marcado acento americano. Aquella música no le despertó, tan solo se dio media vuelta y siguió dormido, respirando profundamente unificando aquellos ritmos opacos con su respiración. La puerta del aseo se abrió emitiendo un chirriante sonido, la madera del pasillo crujió sonoramente al ceder bajo el peso.

Profundamente adormilado, integro aquella música en su sueño, tenía calor, estaba sudando, trato de quitarse el edredón de encima, pero no podía moverse, estaba atontado, aunque podía oír la música, aquella apagada y tenue música retumbaba en sus oídos, poco a poco fue despertando mezclando la realidad con el cansancio, la razón regresaba a su cuerpo tan despacio que le pareció una eternidad, un poco ajeno a todo, tumbado en la cama boca arriba, intento abrir los ojos, pero fue imposible, no se podía mover, sus músculos no reaccionaban a sus ordenes, trato de moverse una vez mas, y le fue nuevamente imposible, el calor era casi insoportable, notaba las sabanas mojadas, empapadas de sudor, se le pegaban a la espalda produciéndole una sensación desagradable. Con plena conciencia, intento abrir los ojos, una vez, otra vez, no sabía si lo había logrado o no, no sabía si sus parpados estaban abiertos o cerrados, lo único que veía eran formas oscuras, negras, ráfagas grises tintadas de todas las tonalidades existentes iban y venían sin descanso, mareándole, oprimiéndole.

Ahora completamente despierto trato de reincorporarse sin éxito, no podía mover los brazos, no podía abrir los ojos. El sonido de unas viejas zapatillas arrastrándose arduamente en cortos pasos por el pasillo de madera llego hasta sus oídos por encima del opaco sonido de la música, era un ruido sibilante, constante. Sudoroso, nervioso, trataba de zafarse de la invisible presa que le atenazaba, que le impedía moverse, sin éxito, era como si tuviera encima de su cuerpo un tremendo peso, un peso que le oprimía el pecho, los pulmones, la respiración comenzó a faltarle, gotitas de sudor perlaban su frente, formando surcos que le caían por la cara, la nariz, las mejillas.

El raspante sonido de las zapatillas al arrastrarse contra la madera, se freno en seco, al llegar tras su puerta. Intento gritar, gemir, sus dormidas cuerdas vocales emitieron un gutural sonido ronco, sin forma, sin sentido, un lastimero gemido que le lleno de ira e impotencia. El dorado pomo de la puerta de madera de su dormitorio, giro lentamente, y finalmente la puerta se abrió de manera lenta y tediosa.

Consiguió girar la cabeza hacía la puerta, con los ojos cerrados, sus parpados pesaban, pesaban tanto que no podía aguantarlo. Con el último titánico esfuerzo del que fue capaz, consiguió entre abrir los parpados, un par de milímetros, el reflejo verde de la luz de su reloj despertador se mezclo con sus pestañas entrelazándose formando una tela de araña que dificultaba la visión, junto a él, junto a su cama, pudo ver a alguien, con las piernas tan finas y escuálidas que parecía se fueran a quebrar en cualquier momento, llevaba unos calcetines blancos de gruesa lana sucios y roídos, putrefactos, que llegaban hasta casi la rodilla, mostrando el resto de la pantorrilla desnuda, su piel era blanca y huesuda con las rodillas arrugadas y nudosas. Nuevamente trato de gritar, tenía la boca seca y la garganta tan tirante que parecía se le fuera a romper, a agrietarse sin remedio.

El peso sobre él se incremento, incrustando su cuerpo contra el colchón de manera sobre humana, le faltaba la respiración, perdería la conciencia en cuestión de segundos. Un olor a perfume de mujer, rancio, tan fuerte que resultaba desagradable inundo sus fosas nasales produciéndole una arcada. Totalmente desesperado cerró los ojos, las lagrimas se mezclaban con el sudor de su cara, lloraba desconsoladamente, lloraba en silenció, como si fuera un niño.

Sintió como junto a él, el colchón cedió por el peso de alguien al sentarse. Aquel olor a rancio perfume, su pecho oprimido, el calor, estaba perdiendo la conciencia. Una sonora bofetada resonó en el silencioso dormitorio generando fantasmagóricos ecos, una blanca y huesuda mano le había golpeado en plena mejilla, su cabeza giro brutalmente tras el impacto. Sus dedos se cerraron fuertemente a las sabanas, crispados y tan tensos como un cable de acero.

Otra bofetada no tardo en llegar, y otra, y otra más, sintió como unas afiladas uñas rasgaban su piel, arañándole los brazos, el abdomen el pecho. El dolor se volvió insoportable. Su cabeza giraba una y otra vez brutalmente tras recibir los incesantes impactos, las bofetadas se sucedían de manera brutal, parecía no tener control sobre su propio cuello.

Perdió completamente el sentido quedando totalmente inconsciente tumbado en la cama, bajo el verde reflejo de su reloj despertador.

Un pitido insistente le despertó de manera abrupta, su despertador se había puesto a funcionar, el sonido de la radio inundó el dormitorio. Era de día, la luz se filtraba por la ventana iluminando la habitación de manera calida. Trato de mover su brazo, tenía que apagar aquel maldito despertador, giro su cuerpo, alargo el brazo, y el dolor fue intenso y profundo, invasivo. Miles de impulsos nerviosos llegaron a su cerebro portando la dramática información, todo el cuerpo le dolía, estaba lleno de arañazos, el pecho, los brazos, los muslos, la sangre reseca parecía acartonada sobre las heridas, recordó la pesadilla, aquella pesadilla, no había sido tal. No había sido una pesadilla, era real, su dolor era real. Se reincorporó rápidamente, tan rápidamente que se mareo, las costras se agrietaron, produciéndole un nuevo dolor, de sus múltiples arañazos manaron gotas de sangre, roja, tiñendo las sabanas que aparecían moteadas de manchas de sangre casi marrón, seca, sólida.

En su reloj despertador, el locutor anunciaba una nueva canción que empezó a sonar leve y tenue, armónica, era los ritmos típicos de una canción de los años cuarenta, cantada por una de esas voces que todo el mundo reconoce en seguida, una voz de mujer, una voz fría y quebradiza.

11 Sep 2007

Retales de la infancia

Escrito por: EDUARDO RODRIGUEZ PEDROSA el 11 Sep 2007 - URL Permanente

Retales de la infancia.

Mi abuela Teresa.

Aquella mañana me desperté cubierto de la gruesa capa de mantas que me tapaba casi por completo, incluyendo mi cabeza. El calor generado por mi pequeño cuerpo durante la noche se antojaba extremadamente acogedor. Las mantas pesaban considerablemente, pero eso, formaba parte del encanto. Me entusiasmaba encogerme y acurrucarme dentro de ellas. Bajo el peso de aquellas mantas me sentía seguro, era una sensación estupenda, dulce y olorosa, una sensación de quietud absoluta, de intima soledad.

En aquellos años, aprendí que la pereza es algo que no mucha gente sabe disfrutar. Ese duermevela remolón e indescriptible, todavía me persigue cada mañana de invierno. Es una sensación que mientras la saboreas te transporta de nuevo a la mágica y casi olvidada niñez de manera palpable. Una sensación que te fascina y atonta, que te secuestra y te niega la realidad.

El cuarto estaba totalmente a oscuras, a excepción de los tenues rayos de luz que se colaban furtivamente por las rendijas de las persianas de madera, proyectando sus blanquecinos reflejos sobre los escasos muebles, haciendo visibles las motas de polvo y despuntando en mil destellos sobre los dorados tiradores de la cómoda.

Recuerdo mis persianas viejas con especial cariño, ya que me gustaba como se enrollaban cuando tirabas de la cuerda, me alucinaba el mecanismo, pero lo que mas me gustaba era que, aunque estuvieran cerradas a cal y canto, dejaban pasar una tenue claridad a través de sus tablillas desiguales. Las de mi casa eran de un verde botella, y proyectaban sobre el suelo un dibujo intermitente de sombras de un intrigante color pistacho. Sombras que yo miraba embobado durante horas y horas. Me inspiraban el sueño pues sabían a siesta, a letargo, lánguidas y amodorrantes, siempre aparecían alfombrando los suelos de mi casa durante los amaneceres.

Era una mañana de invierno, del mes de diciembre, creo recordar, aunque tampoco lo sé con exactitud, lo que es seguro, es que por aquel entonces yo compartía habitación con mis hermanas mayores, pero ellas se habían marchado al colegio no hacía mucho.

Yo había fingido estar enfermo, no solía utilizar esas pequeñas argucias usualmente, ya que me encantaba la escuela, pero aquel día no quería ir, no recuerdo la razón exacta, a día de hoy tiendo a pensar que los síntomas de mi fingida enfermedad, eran producto del miedo a la tabla del ocho o alguna otra cosa que en aquel momento se me antojaba extremadamente complicada.

Tras desperezarme un poco, a mis iodos llego a través de la puerta levemente entornada, el sonido amortiguado de las noticias de la radio que sonaban lejanas y un tanto distorsionadas por el metálico y viejo transistor de mi abuela. Aquel transistor ya tenía demasiados años de vida, pero a ella le encantaba.

Estoy seguro que si hubiese podido cambiarlo por otro transistor nuevo, cosa impensable ya que éramos una familia extremadamente humilde, no lo hubiera hecho. Sinceramente, se que ella apreciaba y adoraba aquel metálico y ruidoso sonido por la misma razón sentimental que yo ahora lo rememoro.

En aquel momento, ese pequeño detalle se escapaba a mi entendimiento. Ahora y con la edad, lo reconozco como único e irrepetible, aquel sonido metálico y distorsionado forma parte del sabor y la esencia de aquellos años. Ese sonido metálico junto con tantas y tantas cosas, son los valiosísimos hilos que tejen la emoción que uno siente cuando recuerda algo del pasado, siendo especialmente importantes cuando se trata de un recuerdo de niñez.

La metálica voz del locutor me lleno de la sana e infantil alegría que tan solo un niño puede sentir, sin duda creo que se me iluminó la cara al escucharlo pues eso significaba que mi abuela ya estaba despierta. Ella madrugaba mucho todos los días y lo primero que hacía al levantarse, era encender aquel metálico chisme que le contaba las noticias y le hacía compañía mientras terminaba las tareas de limpieza.

Aquel olor familiar a pan tostado, inundaba la casa completamente pululando por los pasillos, llenando todas las habitaciones y atravesando el escudo de mis mantas, hasta llegar a mi nariz, el desayuno estaba preparado.

Retire con fuerza la gruesa capa de mantas, y sentí el frío, matutino que me resultaba tan gélidamente familiar ya que no teníamos calefacción, tan solo una vieja estufa de gas butano, que ajada y oxidada calentaba el salón comedor olvidando el resto de la casa dejándole al invierno vía libre en su implacable avance.

Tener el calor localizado en el salón comedor, nos hacía ahorrar dinero, pues la estufa no siempre estaba encendida, cuando la atmósfera resultaba acogedora, la apagábamos sin remedio. Para cuando el frío resultaba latente una vez mas, cambiábamos el vaso de agua que depositábamos por orden de mi insistente madre sobre la vieja estufa y la encendíamos de nuevo acurrucándonos tan cerca de ella que en alguna ocasión, recuerdo haberme quemado alguna pestaña.

En pijama, recorrí el pasillo casi trotando, con una sonrisa pintada en la cara. Y con los pies descalzos.

Recuerdo nítidamente aquello, me resulta curioso como nuestra propia imagen a esa edad se nos queda gravada en algún lugar de nuestro cerebro y en extrañas ocasiones salta sobre nosotros rememorando la ternura que en nuestro día a día de adultos no tenemos tiempo para recordar.

Tendría unos once años, el pelo de un castaño claro, casi rubio y tan de punta que parecía tener vida propia, era imposible peinarme, mi madre lo intentaba a menudo, pero a los cinco minutos, mi pelo tomaba cuerpo otra vez para descolocarse a su libre albedrío dando muestra de la mas absoluta rebeldía, supongo que no era mas que un mero reflejo del salvaje y vigoroso espíritu de la juventud. Aún hoy, a pesar de no ser tan joven, me resulta difícil peinarme si lo dejo crecer, a menudo mi pelo se desbarata irremediablemente, aunque con menos fuerza que antes. Esto, ya es como una autentica seña de identidad, pues los resquicios de aquellos castaños casi rubios remolinos persisten en mi cabeza como cada uno de mis recuerdos.

Estaba bastante delgadito, y con la piel tan blanca como la harina, tenía unas enormes gafas, que cubrían casi toda mi cara, sin las cuales no podía ver mas que bultos, usualmente mi nariz estaba llena de mocos que yo quería conservar, a juzgar por el revuelo que se montaba cuando veía a mi madre con el pañuelo en la mano, cosa que para mi disgusto, en aquel entonces, era bastante habitual.

Llegue al salón y efectivamente la estufa estaba encendida, el calor de aquella vieja estufa de gas junto con el olor a café recién hecho y a pan tostado, es una sensación que jamás olvidaré, a menudo imaginaba que en lugar de la vieja estufa metálica, lo que tenía en mi salón era una chimenea de esas que salían en las películas, una enorme y bonita chimenea de mármol color blanco.

Mi abuela se llamaba Teresa, no tengo muchos recuerdos de ella pues murió cuando yo aun era un niño, pero los pocos que tengo los guardo como oro en paño. Siempre vestía de negro debido al luto que le mantenía a mi abuelo al que ni siquiera conocí pues había muerto cuando yo solo era un bebe, pero ella a pesar del tiempo transcurrido, mantenía el luto y lo mantuvo hasta el final de sus días. No era una mujer que se ciñera a las costumbres y tradiciones, a decir verdad era bastante innovadora, lo que nos pasmaba continuamente a mis hermanas y a mi, tenía un carácter moderno y alegre, pero aquello de luto era, según sus palabras, de carácter definitivo. Me contaba que le hubiera gustado vestir con diversos colores, como en su juventud, pero que el negro era su manera de decirle a mi abuelo que seguía recordándole, que seguía amándole, que no lo olvida, que por mucho tiempo que transcurriera, seguía siendo su mujer y eso no lo cambiaría nada, ni siquiera la muerte.

Siempre llevaba un delantal con pequeños lunarcitos blancos, eran tan pequeñitos que de lejos y sin gafas no los hubiera visto. Era una mujer mayor de unos setenta años, tenia toda la cara llena de arrugas que a mi se me antojaban enormemente atractivas o por lo menos a sí lo recuerdo. Su cara afable, trasmitía muchas mas cosas de las que ella sin duda pretendía. Con cada una de sus miradas o expresiones que sus arrugadas adoptaban, la bondad, la alegría y la tranquilidad, te llenaban el alma de manera fascinante.

Estaba un poco “rechonchilla” como solía decir ella, lo que me hacía reír tímidamente. Jamás, ni una sola vez, la escuche quejarse por algo, era una mujer completamente increíble, todo le venía bien, fuera lo que fuera.

Lo que más recuerdo de ella era su olor, era sin duda algo especial, algo particular e irrepetible, flotaba en el ambiente cada vez que ella entraba en una sala, era dulzón y agradable, tenue y suave tan suave como su personalidad.

-¿Has visto lo que ha pasado Eguardo?, así es como me llamaba para hacerme rabiar, le encantaba ver como yo a tan corta edad sacaba el genio y frotándome los ojos con los puños torcía el gesto y le decía que no me gusta Eguardo, que mi nombre era Eduardo, eso le hacía especial gracia.

-¿ No el que ?, pregunte yo intrigado, tras la pertinente queja.

-Te lo diré ahora mismo pero antes, ¿que es lo que se dice? y dejo la frase en el aire flotando junto con el olor a pan tostado.

Yo sabía perfectamente cual era la respuesta esa pregunta, era un requisito imprescindible para hablar con ella.

-Buenos días, conteste yo con mi voz chillona.

Ella sonrió con aquella amplia sonrisa y contesto protocolariamente como cada mañana.

-Buenos días mi niño, y ahora asómate a la ventana.

Su voz era muy dulce, y siempre hablaba como si susurrará. Con los años comprendí que aquel tono de voz era debido a su avanzada edad, y a un tremendo cansancio por la vida de duro trabajo que había tenido, pero en aquellos momentos me encantaba oírla, me maravillaba como el resto de la familia siempre tenían que preguntar dos veces para entenderla y como para mí, su voz en mis iodos, sonaba alto y claro, mas claro que el sonido del viejo transistor que nos daba las noticias.

Corrí hacia la ventana del salón y mi sorpresa fue descomunal cuando descubrí que toda la calle, los jardines, los coches, la acera, estaban de color blanco, casi reluciente, era maravilloso, todo un espectáculo, no recuerdo haber visto una nevada antes y aunque mis recuerdos de aquel día andan borrosos, jamás olvidaré aquella maravillosa visión de la nieve blanca y pura, ocupando todo lo que alcanzaban mis vivos ojos marrones. Era colosal, era ajeno a la mano del hombre, era mas grande que todo lo que había visto en mis once años de vida. Me sentí pequeño, maravillado y acongojado, inconscientemente tuve la certeza de lo diminutos que éramos.

Aun caían copos enormes, incesantemente, al tras luz, se podía ver como se cernían sobre todas las cosas, como si de un millón de blancos mantos de seda cayendo graciosamente unos encima de otros se tratara.

Alucinado y pasmado por el acontecimiento, me gire hacia ella, debí decir algo típico de un niño muy impresionado, algo como “Alaaaaaa”, o “Tomaaaa”, pues ella se carcajeo sonoramente, rompiendo con su habitual y comedida forma de reír. Hay personas, como ella, que no necesitan una sonora carcajada para reír, hay personas que ríen con la cara, ella reía con su amplia sonrisa y con el brillo de aquellos grandes ojos grises.

-Eguardito……Eguardito…… dijo, tocándose el pecho con la mano, como si el reír a carcajada limpia le produjera dolor.

-Abu has visto esto, pregunte abriendo los ojos de par de par. Yo le llamaba Abu, en lugar de abuela, en mi joven opinión, “Abu” era mas corto y contundente, más cariñoso, mucho más intimo.

-Si claro que lo he visto, mi niño. Dijo ella, recuperando ese brillo en los ojos tan característico.

-Puedo salir para jugar, dije yo tan pegado al cristal que sentía el frío tacto en mis manos y cara.

-Pero tu no estabas malito, ¿ lo recuerdas ?, pregunto intrigada.

De pronto un dolor apareció en mi estomago, la tabla del ocho hizo acto de presencia, haciendo que me llevará la mano al estomago.

-Ah sí, dije yo entre sorprendido y ruborizado, pues acababan de descubrir mi argucia.

-me duele la tripa, dije tratando ilusamente de restablecer mi credibilidad.

Otra carcajada escapo de su boca.

-Iré a comprar el pan, pero has de esperarme aquí, si eres bueno te prometo traerte una regalo.

Recuerdo que me quede desayunando mientras observaba entusiasmado toda aquella nieve blanca, tomándome mi vaso de leche con una gótica de café, por que éramos demasiado pobres como para comprar algo así como colacao. Creo que de hay viene el gran vicio cafetero de todos mis hermanos. Las tostadas de pan duro caliente con aceite de oliva y ajo, eran lo mejor, siempre me gustaron casi quemadas, y mi abuela lo sabia, mientras mordía aquellas sabrosas tostadas pensaba en el tacto que tendría la nieve, en como sería tocarla, tenerla, guardarla.

Tardo tan solo cinco minutos mas o menos, ya que la panadería estaba cruzando la calle. Creo que desde que tengo uso de razón esa panadería ha estado cruzando la calle.

Cuando escuche la puerta desde el salón, no pude esperar. Corrí como alma que lleva el diablo hacia ella.

-¿Que me has traído?, ¿qué? ¿qué? ¿qué?, pregunte insistentemente.

-Espera no seas impaciente, me dijo ella sonriendo.

Dejo la bolsa de tela donde transportaba el pan encima de la mesa redonda del salón y saco del bolsillo su pañuelo, en aquel pañuelo estaba envuelto mi regalo y yo estaba embargado por la emoción, casi histérico. ¿Que gran misterio me traía mi abuela en su bolsillo?.

Con la barbilla posada encima de la mesa, pues yo era un poco más alto que el mueble, observé intrigadísimo como mi abuela abría el pañuelo despacio, el corazón se me saldría del pecho si no se daba prisa, estaba ansioso.

Cuando por fin termino de desenvolverlo, aquella visión, se me quedo grabada en la retina de manera implacable.

Era un poco de aquella nieve blanca, no tenía el mismo aspecto esponjoso que la que yo había vigilado a través del cristal, si no que era más dura y mas brillante, casi transparente.

-Es para ti, me dijo con aquella susurrante voz.

Recuerdo haber tenido la necesidad de tocarla. Cauto, pase la punta de mi dedo índice, comprobé que estaba fría y dura, que era tan gélida que adormecía los dedos. Era única y extraña. Su olor gris y claro inundo mis fosas nasales.

Al poco tiempo, y mientras la observaba y tocaba, ahora con toda la mano, se empezó a desvanecer y derretirse dejando el pañuelo de tela y el mantel de la mesa redonda empapados, su volumen fue disminuyendo, y su brillo también.

Cuando le pregunte a mi abuela que es lo que ocurría, ella me miro muy seria y dijo.

-Hijo hay cosas en el mundo que por bonitas que sean, inevitablemente desaparecen de tu vida, la nieve es una de esas cosas, pero no debes entristecerte por ello, suspiro y dijo - por ejemplo, tu bola de nieve se deshace para poder volver a subir al cielo, así se podrá convertir en nieve otra vez y caer en otro sitio del mundo, de este modo otro niño podrá tener la maravillosa bola de nieve y jugar con ella como tú lo has hecho.

Mi cara cambió de la curiosidad más pasmosa a la tristeza más abrumadora en un abrir y cerrar de ojos.

- ¿pero?, me rasque los ojos con los puños nuevamente, fruncí el ceño y le dije con aire de listillo y con los brazos en jarra.

-¿y si la meto en el frigorífico donde mama tiene el pescado?, ya sabes allí las cosas tienen un aspecto parecido al de mi bola de nieve.

Ella sé rió otra vez y dijo,

- pero eso no estaría bien, pues el otro niño no podría disfrutar de ella. Además no te serviría de nada ya que no podrías jugar con ella, al sacarla se derretiría como ahora.

Aquella mañana aprendí algo más importante que la tabla del ocho. Aprendí que algunas cosas debemos dejarlas marchar aunque no queramos, y que lo realmente importante es el recuerdo maravilloso que se nos queda. Aprendí que no debemos permitir que las buenas o malas experiencias nublen nuestro corazón colocando este en el congelador junto al pescado de mama.

Transcurrieron unos meses, y la primavera llego a mi ciudad. El jardín de mi bloque de pisos que adornaba la entrada estaba floreciendo, tiñéndose de miles de tonalidades verdes. El sauce llorón, que adornaba la estampa, comenzaba a mostrar su melancolía con todo el esplendor del que era capaz, alfombrando sus alrededores con las largas hojas caídas de un color ocre.

Con mi peto vaquero y el pelo castaño claro, casi rubio, completamente de punta, yo jugaba en aquel jardín como cada tarde. Recuerdo que llevaba puestas mis flamantes bambas azules sin calcetines. Con las rodillas llenas de heridas ya que siempre fui un poco “bicho”, o por lo menos eso aseguran.

Casi siempre jugaba solo, cosa que no me molestaba en absoluto, más bien me agradaba. No necesitaba a nadie, el mundo era mío, era lo que yo quería que fuera.

Entonces fue cuando me tope con ella, una joven rosa roja había nacido en aquel jardín, aún no se había abierto, pues la primavera acababa de llegar, pero nada más verla supe, que sería mía.

Salte la verja que la protegía, que no media más de medio metro, y llegue hasta ella. Era la única que había florecido, en aquel momento me pareció tan preciosa e irrepetible, recordé mi bola de nieve, la sensación de pasmo ante tal belleza era una sensación similar a la que sentí aquel invierno, pero aquello fue todo lo que recordé.

Cuando corté la rosa, me pinché con una de sus púas sin remedio. Sentí un dolor intenso y fijo, un dolor localizado, insistente. Mi debo palpitaba, una gota de sangre manó de el, no le di mas importancia a aquello y chupando la sangre, salí del jardín.

Me sentía contento con aquella flor en mi mano, se la regalaría a mi abuela, por aquel entonces ya estaba un poco enferma, y seguro que aquel regalo le alegraría como me alegró a mi su bola de nieve, aún hoy, cuando recuerdo aquello, sigo un poco convencido de que cualquier mal se le hubiera curado con aquella preciosa rosa roja.

Subí las escaleras del portal corriendo, casi de dos en dos, aún a riesgo de caerme, cosa que me ocurría bastante a menudo cuando las subía de aquella manera desbocada.

Aporreé la puerta con fuerza, ya que teníamos el timbre roto, a decir verdad, no recuerdo cuanto tiempo estuvo el timbre de mi casa roto en aquella época pero en conversaciones con mi madre actualmente, ella asegura que unos dos o tres años, ahora nos resulta entrañablemente cómico.

Cuando mi padre abrió la puerta, yo entre como una exhalación corriendo hacia el cuarto de mi abuela donde seguro estaría tumbada escuchando su viejo transistor. Abrí la puerta lleno de ímpetu y alegría con aquella flor en la mano.

-Abu mira, corre mira lo que te traigo, dije nervioso.

Supongo que pensé podría devolverle la sorpresa que me dio el invierno pasado con aquella maravillosa bola de nieve, ella me miro con aquellos ojos grises y enormes pero mas cansados de lo habitual. Las arrugas de su cara, ahora tenían una extraña tristeza, y distaban mucho de su habitual afabilidad. Recuerdo aquella mirada tan intensamente, que jamás se me olvidará, sus habituales ojos grises y vivos, ya no brillaban como siempre, estaban oscuros, apagados, marchitos. Un atisbo de sonrisa apareció en su cara, una sonrisa velada, escondida, oculta y difuminada, que en nada se parecía a su amplia sonrisa de siempre.

- Gracias mi niño, gracias, dijo ella jadeante.

Me acerque a la cama, y la dije -¿te gusta?,

-Caro que me gusta, pero no deberías haberla cortado,

Mi expresión cambió y me puse tan serio como el asombro me dejo,

- pero si yo quería regalártela a ti, dije casi gimoteando.

- Ya lo sé Eguardito, pero no deberías haberlo hecho por que aún es muy joven.

-¿Joven?, pregunte yo.

- Si, claro, no ves que chiquita es, aún no se ha abierto.

- Lo siento, la devolveré otra vez al jardín y la dejaré allí.

Una nueva sonrisa ahora más evidente apareció en su cara

-Pero no podrás devolverla, la cortaste y ya no tiene solución.

Entonces yo empecé a llorar desconsoladamente, me sentía apesadumbrado, no entendía nada, le regalaba una cosa que a mí me parecía la cosa más bonita del mundo y ella me reñía.

Entonces cogió mi pequeña manita y su tacto me resulto frío y terso, parecido al de mi bola de nieve. Entre jadeos me dijo susurrante:

- Escúchame bien, no pasa nada por que la cortaras, debes asumir tus actos aunque resulten erróneos, de todas maneras seguro que el año que viene incluso este mismo año, esta rosa florecerá otra vez, por que así es la vida, tu tenías una rosa en tu jardín y la has cortado, ahora no tienes rosa, pero otra crecerá, te lo aseguro solo hará falta tiempo.

Un poco más consolado la pregunte

-¿Pero y entonces esta?,

-Bueno, dijo ella suspirando, pues esta la pondremos en un vasito con agua y la disfrutaremos hasta que se marchite.

Estuve esperando mucho tiempo a que otra rosa roja volviera a crecer en el jardín. Y allí crecieron algunas rosas amarillas, y alguna blanca, pero jamás creció una roja. Jamás creció una tan roja como la que yo por ímpetu corte. Aquella rosa en agua junto a la mesilla de noche de mi abuela, se marchito en cuestión de días, como se marchito irremediablemente mi abuela

A menudo me gusta pensar que algo de polen de mi rosa roja fue a parar al jardín de alguien mas listo que yo, que nunca la cortó, motivo por el cual, ahora tiene un rosal.

Mi abuela murió en el año 1982, en aquel Otoño de un ocre claro, en aquel otoño en el que los rayos de luz se colaban furtivamente por las rendijas de las persianas de madera, proyectando sus blanquecinos reflejos sobre todos los que adultos que lloraban su ausencia. No recuerdo cuando ella salió de mi vida, no recuerdo haberla echado de menos, pero lo que tengo claro a día de hoy es que no volveré a permitir que una persona tan especial para mi salga de mi vida sin que yo me percate

Es posible que todos estos recuerdos, borrosos y confusos en mi mente de adulto no sean mas que la forma de ver la vida de un niño, puede que incluso difieran de la realidad de los hechos, pero es mi verdad y lejos de sentirme triste actualmente cuando pienso en ella, sé que su bola de nieve, y su rosa juntos con tantas y tantas cosas, son los valiosísimos hilos que tejen la emoción que siento cuando recuerdo algo del pasado, siendo especialmente importante para mi si se trata de un recuerdo de niñez.

En memoria de Mi abuela. Teresa.

Jamás olvidare tu tono susurrante, me enseñaste lo importante que es saber hablar a los niños.

Eduardo R. Pedrosa.

31 Ago 2007

Ausencia.

Escrito por: EDUARDO RODRIGUEZ PEDROSA el 31 Ago 2007 - URL Permanente

Hace tiempo que te escribo,

Aunque no te vea,

Hace tanto que no vivo, la alegría, el amor, la vida,

Ya no se lo que es sentir esa inquietud ciega.

Te marchaste,

Me dejaste,

Te fuiste,

y de pronto, no te sentía cerca.

El recuerdo de ver como tu alma se aleja.

Me mata, me asfixia, me muerde, me despedaza y me quema

Me impide llenar el insondable hueco que dejaste.

Esa oscuridad no se llena.

La misma que me mira,

Me analiza, me busca, y me encuentra

Me destroza, me zarandea.

Me tira y me arrastra,

Me odio, me hundo,

Tu ausencia me marea.

Le digo que se marche,

Que se valla,

Que olvide, y que viva.

Que aquí con migo nada la espera.

Me dice que se ira, cuando tu vuelvas.

O cuando yo llore, tu pena.

Mi orgullo me impide, llorarla

Pues de nada sirve,

Se que miente,

Pues aunque lloré aquí se queda.

Ya no recuerdo tu cara ni tu sonrisa,

Ni tu cuerpo, ni tu pena.

El recuerdo se nubla, se disipa y se mezcla.

Tu adiós aún me mata y me desespera.

La tormenta se desata,

El viento me azota y pega.

Olvide el sabor de tus labios, tus ojos,

El tacto de tu piel se marchita y se afea.

Con el tiempo, las horas, los segundos,

El recuerdo, se borra y se distorsiona,

Se evapora, me desespera.

Me preguntas como puedo seguir enamorado.

Insistes en que el tiempo todo lo cura.

Preguntas porque no olvido, por que no vivo.

Y es que ella no me deja.

Es tu ausencia la que me mata, me asfixia, me muerde, me despedaza y me quema.

La que impide llenar el insondable hueco que dejaste.

Esa oscuridad no se llena.

Es tu ausencia que me mira, me analiza, me busca y me encuentra.

Es tu ausencia lo que me destroza, me zarandea.

Me tira y me arrastra,.

es ella la que me odia, me hunde y me marea.

Nada sirve para echarla,

Ahuyentarla, asustarla, porque persistente, y aquí se queda

Agarrada fuertemente al hueco.

Soporta la tormenta que se desata,

El viento la azota y la pega.

En el hueco insondable que dejaste.

Ahí es donde vive tu ausencia.

La miro, la analizo, la busco y la encuentro

La destrozo, la zarandeo,

La tiro y la arrastro.

La odio y la hundo, y aun así me marea.

La digo que se marche,

Que se valla,

Que olvide, y que viva.

Que aquí con migo nada la espera.

Me dice que se ira, cuando tu vuelvas.

O cuando yo llore, tu pena.

Mi orgullo me impide, llorarla

Pues de nada sirve,

Se que miente,

Pues aunque lloro aquí se queda.

Cuando el día termina, y la noche empieza,

Cuando llego a mi casa,

Desde la esquina de la calle, me mira ella.

La veo con ojos tristes, sola y ciega.

Me convence y la acepto.

En cuestión de segundos, se convierte en una hiena.

Que me mata, me asfixia, me muerde, me despedaza y me quema.

Me destroza, me zarandea.

Me tira y me arrastra,.

ella me odia, me hunde y me marea.

Se como ignorarla, puedo vivir sin ella.

Me miento a mi mismo, me olvido, y se desespera.

Se agarra fuertemente,

Soporta mi indiferencia, ya no me acuerdo de ella.

El olvido la golpea,

La azota y la pega.

Calla y en silenció, purga su pena,

Y en un segundo de debilidad,

En un despiste

Salta sobre mi, y me lacera

Me mata, me asfixia, me muerde, me despedaza y me quema.

En el hueco insondable que dejaste.

Ahí es donde vive tu ausencia.

En el hueco que dejaste

Allí sigue ella.

La digo que se marche,

Que se valla,

Que olvide, y que viva.

Que aquí con migo nada la espera.

Me dice que se ira, cuando tu vuelvas.

O cuando yo llore, tu pena.

Mi orgullo me impide, llorarla

Pues de nada sirve,

Se que miente,

Pues aunque lloro otra vez, aquí se queda.

En la quietud de mi cuarto,

Antes de dormir, me busca y me encuentra.

Cae sobre mi, me hace sentir pena,

Peno por ella, por mi y por ti

Pues creo que la olvidaste,

creo que ni la recuerdas.

Se que no volverás, y ella sabe que esta huérfana.

Me he cansado de odiarla,

ahora soy amigo de ella.

Me recuerda, como eran tu cara, tu sonrisa.

Tu cuerpo, tu alma y con ello expone su pena

El recuerdo, ahora es nítido, se perfila, y se matiza.

Tu adiós aún la mata, la remata y la desespera.

Ya no siento la tormenta

Ahora el viento ni me azota, ni me pega.

Le digo que se marche.

Pero el sabor de tus labios y tus ojos aún la envenenan

El tacto de tu piel florece y ella

Ni se evapora ni se desespera.

Se agarra fuertemente al hueco.

el insondable hueco que dejaste.

Allí, persiste y purga su pena.

Juntos en la oscuridad, lloramos de tristeza

Recordamos tus gestos, y le ponemos tu voz,

A todas las anécdotas.

Vibramos los dos por verte,

Imaginamos que junto a nosotros te quedas.

Sabemos que no volverás,

Y ambos compartimos la pena.

Hace tiempo que te escribimos,

Aunque no te veamos ni de cerca,

Hace tanto que no vivimos, la alegría, el amor, la vida y la ausencia.

Ya no sabemos que es sentir esa inquietud ciega.

En el hueco insondable que dejaste.

Ahí es donde convivo con tu ausencia

Te marchaste,

Nos dejaste,

Te fuiste,

y de pronto, no te sentíamos cerca.

El recuerdo de ver como tu alma se aleja.

Nos mata, nos asfixia, nos muerde, nos despedaza y nos quema

Ya no queremos llenar el insondable hueco que dejaste.

Por que sabemos que esa oscuridad no se llena.

Ahora adoro a tu ausencia,

Pues de ti, es lo único que me queda.

Eduardo R. Pedrosa

Dedicado a E.A.S.E.

29 Ago 2007

El erudito de las palabras

Escrito por: EDUARDO RODRIGUEZ PEDROSA el 29 Ago 2007 - URL Permanente

El erudito de las palabras.

En la cima de una montaña, siempre fría, helada, blanca por las nieves perpetuas, puras y vírgenes. Allí, tan alto, donde la vista no alcanza y se nubla, donde los pájaros no se atreven a llegar por miedo a las fuertes corrientes, allí desde donde todo lo que ocurre en el mundo se ve a las mil maravillas, el pequeño erudito trabajaba sin descanso. Hacia ya mucho tiempo, casi desde tiempos inmemoriales, ni él mismo podía recordarlo, además, no tenía tiempo para detenerse a recordar, pues debía seguir concentrado en hacer su trabajo.

El pequeño erudito era un hombre que no medía más de medio metro de altura, su cara era redonda, adornada con unos mofletes grandes y rojizos, su pequeña nariz mas ancha de lo normal, también estaba roja por el frío. Siempre había estado roja, casi desde tiempos inmemoriales, de pronto, se percato que no podía recordar desde cuando su nariz era roja, pensamiento al que solo dedico unas décimas de segundo, pues tenía que seguir concentrado en hacer su trabajo.

Sobre su nariz, unas grandes gafas cuadradas que se le escurrían constantemente, le proporcionaban un aspecto más inteligente e interesante. Sus ropas eran de un rojo intenso y fuerte, era uno de esos rojos por que sí. Aquel rojo por que sí, contrastaba con la bufanda de un blanco impoluto que adornaba su cuello.

Él era tan bajito, que tenía la fría cueva de la gran montaña en la que vivía llena de escaleras, unas más altas y otras más pequeñas, de madera, de metal, daba igual, cualquier cosa le servía para alcanzar lo que buscaba. Rápidamente, pues se movía mucho mas veloz que cualquier humano, iba de un lado a otro, corriendo de una escalera a otra, y así entraba un poco en calor. Al ir corriendo de un lado a otro, tan veloz e incansablemente, su abundante y rizado pelo siempre estaba desordenado y abultado, dándole un aspecto desenfadado, y haciendo que pareciera más alto de lo que en realidad era.

La montaña en la que vivía, no era una montaña normal, era una montaña de libros, libros de todos los tamaños y colores, libros nuevos, viejos. Esto era una cosa que poca gente sabía, ya que con el transcurso de los muchos, muchísimos años, el polvo se había posado en la superficie para acabar siendo una dura capa de tierra, roca y nieve en la parte mas alta.

Tenía unos dedos pequeños y finos, que estaban blanquecinos debido al frío. Siempre habían estado blanquecinos, casi desde tiempos inmemoriales, no podía detenerse a recordar desde cuando, pues tenía que seguir concentrado en hacer su trabajo.

Aquellos ágiles dedos se movían más rápido todavía que él mismo. A veces se movían tan rápido que cualquiera que los hubiera visto, se habría quedado profundamente impresionado. Aquellos dedos iban muy por delante de sus pensamientos, cuando él pensaba en escribir una palabra, por que ese era parte de su trabajo, escribir, sus dedos ya lo habían hecho.

Su trabajo, era su vida, y además era de suma importancia, pensó él, pensamiento al que solo le dedico unas décimas de segundos, pues no podía distraerse, tenía que seguir concentrado en su trabajo.

El era el encargado de juntar letras para formar las palabras, era el encargado de eso y de mucho más. Cada una de las palabras que alguien pensaba en el mundo, él la consultaba en sus libros, si ya existía la escribía y cuando él la escribía, la persona en el mundo que la había pensado la pronunciaba. Por eso era tan veloz, tenía muy poco tiempo para realizar la operación pues eran muchas las personas en el mundo que pensaban palabras. Además no había descansado nunca ya que cuando en una parte del mundo la gente dormía en la otra parte del mundo estaban despiertos, y viceversa, así lo había dispuesto su jefe.

- Entiendo que tú, solo eres uno y los humanos que hablan son muchos, así que lo distribuiremos así, de esta manera, siempre una mitad de ellos, estarán dormidos y no hablarán, y podrás centrarte en la parte que está despierta.

Aquello le pareció todo un detalle por parte de su jefe que era profundamente comprensivo, pero en el fondo no se fiaba mucho de que aquella fuera una solución segura, pero eso no le tocaba a él decidirlo, además no tenía mucho tiempo para pensar en esas cosas, debía estar concentrado en su trabajo.

Alguien, en algún lugar del mundo, pensó una palabra. El erudito, se detuvo por unas décimas de segundo, se atuso la perpetua bufanda blanca que siempre rodeaba su cuello protegiéndole de molestos constipados, encajo sus grandes y cuadradas gafas en su nariz, y se quedó dubitativo, aquella palabra no la recordaba, alguien había pensado una palabra que no existía.

En aquellas décimas de segundo, recordó el principio de todo aquello, cuando él era mas joven, había escrito todas y cada una de las palabras que existían en sus libros, así había empezado su montaña, amontonando todos y cada uno de sus libros, los que contenían todas y cada una de las palabras. Pero no podía pararse a recordar eso, el tenía que mantenerse concentrado en su trabajo y ante si tenía una palabra que no existía.

En aquellas décimas de segundo recordó que, como era joven y quería hacerlo bien se había preocupado de que muchas de las palabras que había escrito tuvieran más de una acepción. Más de un significado. Y en su juventud también había resultado ser un erudito travieso, es por ello, que la misma palabra, sin acento o tilde, quería decir una cosa diferente a la que diría si tuviera su correspondiente acento o tilde. Pero debía concentrarse en su trabajo, ante si tenía una palabra que no existía y no podía pararse a pensar en eso ahora.

En aquellas décimas de segundo pensó que para colmo, y rizando el rizo, había introducido ritmo en las frases, por lo tanto, una frase sin su coma, no era lo mismo que una frase con ella. Los puntos y seguidos le gustaban mucho, los puntos y aparte mas aún. Todo aquello, ahora que él ya era un erudito de avanzada edad, dificultaba su labor considerablemente, pues tenía que emplear más tiempo en buscar cada una de las palabras, y ya no era tan veloz como en sus mejores tiempos, incluso hacía un par de siglos que había empezado a jadear. Pero no podía pararse a pensar eso, tenía que mantenerse concentrado en su trabajo y además ante si tenía una palabra que no existía.

En aquellas décimas de segundo recordó que durante, todos aquellos, segundos, minutos, horas, días, meses, años, siglos, nunca jamás, se le había escapado una sola que no existiera, siempre él, había buscado en la multitud de libros que conformaban su montaña cual era la que existía en base al significado que el humano había pensado, aunque los humanos eran seres curiosos, a veces no conseguía averiguar cual era el significado de la palabra que habían pensado, evidentemente por que ni ellos mismos lo sabían, entonces, cuando esto ocurría, el erudito, escribía la mas similar que encontraba, y el humano pronunciaba la que el erudito había escrito, dando lugar a frases incongruentes, y equivocaciones léxicas. Pero estas equivocaciones no eran de su competencia, pues ante si tenía una palabra que no existía, y él, debía seguir concentrado en hacer su trabajo.

Recordó en aquellas décimas de segundo un caso que le acababa de ocurrir, justo antes que el caso que le había hecho pararse durante solo, unas décimas de segundo, justo antes del que tenía ante si, justo antes del de la palabra que no existía. Justo antes de esto, había corrigió al joven que pensó en “eceptiones” sin saber lo que significaba, y escribió “excepciones”, por lo que el joven fue motivo de burla de sus compañeros por unos segundos. Así pasaba el tiempo, corrigiendo incansablemente a cada humano pensante, de manera tal que aún que alguien pensará alguna palabra que no existiera, cuando la pronunciaba, lo hacía correctamente ya que el erudito le había corregido.

Y aquellas décimas de segundo recordando, cuando no podía detenerse pues debía seguir concentrado en su trabajo, se unieron a otras y a otras. Y al final el humano que había pensado la palabra que no existía, que dormía placidamente, en la parte del mundo donde tocaba dormir, en aquella parte del mundo de la que según su jefe no debía preocuparse, no había podido esperar mas, pues estaba dormido, y había pronunciado una palabra que no existía.

Cuando el humano termino de pronunciarla, la montaña de libros rugió como un volcán, todo comenzó a moverse, las múltiples escaleras que poblaban su cueva, cayeron aumentando el estruendo. Todas y cada una de las palabras, que contenían los libros que formaban la montaña, habían oído aquella palabra que no existía, y todas y cada una de las palabras querían salir de su confinamiento, simplemente pugnaban por ser pronunciadas. Luchaban incontrolablemente. Tras los brutales temblores, la montaña se desmoronó, y todas las palabras escaparon de las páginas de los libros y permanecieron flotando en la atmósfera. De pronto y durante unos segundos todo el mundo en la tierra empezó a hablar diciendo miles de sinónimos y antónimos, a diestro y siniestro, sin comas, ni puntos, sin tildes ni acentos, sin poder parar.

-Esto es terrible, caótico, aterrador, espantoso, horrible, pavoroso, monstruoso, confuso, desordenado, trastornado, lioso, enredado, incoherente, turbio, embrollado, anárquico, dijo el pequeño erudito, y se percato de que a él también le ocurría lo que sin duda alguna era mucho peor pues él conocía todas y cada una de las palabras que existían.

Asustado, aterrado, atemorizado, espantado, impresionado, acobardado, despavorido, azarado, alarmado y temeroso, se llevo, condujo, porto, colocó, traslado, transporto sus manos a la cabeza y se dijo a si mismo. Tengo que arreglar, adecuar, aderezar, reformar, modificar, restaurar, organizar, regular, aviar, ordenar, acomodar, resolver, sanear, reparar, mejorar, conciliar, apañar, remendar, ajustar, enmendar, regularizar, corregir, desembrollar, solventar, recomponer, normalizar esta situación.

Raudo, presuroso, veloz, diligente, rápido, y febrilmente, comenzó a escribir, anotar, copiar, rubricar, transcribir, trazar, redactar, todas y cada una de las palabras nuevamente en los libros, haciendo de nuevo la gran montaña que llego a ser tan alta, que la vista no alcanzaba y se nublaba, tan alta que los pájaros no se atrevían a llegar por miedo a las fuertes corrientes. Tan alta que desde allí, todo lo que ocurría en el mundo se veía a las mil maravillas.

Cuando terminó de escribir, y la montaña estuvo terminada de nuevo, las palabras aún no se habían calmado, ya no querían ser controladas. Se dejaban registrar en los libros pero sus almas no regresaban al papel. Entonces, el erudito de la montaña de libros tomo una decisión, las prometió que a partir de aquel momento cada palabra podría ser mencionada cuando y como quien la mencionará quisiera, y que todas y cada una de ellas eran….., bueno que podían seguir flotando por la atmósfera haciendo lo que quisieran, además les propuso recoger y definir cada una de las nuevas palabras que irremediablemente surgirían y que en aquel momento, no existían, así vivirían para siempre, no solo cuando fueran nombradas.

Las palabras muy contentas se calmaron, y todo volvió a ser como al principio.

Entonces él pensó que si la palabra que no existía, había sido pronunciada, debía de ser registrada y así empezar su nuevo trabajo, y cumplir el trato que había suscrito, además, no existía palabra para definir lo que acababa de ocurrir, pero se sentía rejuvenecido ya que por fin descansaría, así que le dio tantos significados a la recién nacida palabra como pudo.

Libertad:

1. Facultad que tiene el ser humano, las palabras, o el erudito de la montaña de libros de obrar o no obrar según su inteligencia y antojo.

2. Estado o condición del que no está prisionero o sujeto a otro, o a la página de un libro.

3. Falta de coacción y subordinación al erudito de la montaña de libros.

4. Falta de obligación para con las comas y los puntos.

5. Confianza, franqueza, y tranquilidad.

6. Poder o privilegio que se otorga uno mismo por encima de los demás para poder descansar tranquilo.

Aún a día de hoy, el erudito de la montaña de libros sigue registrando todas y cada una de las palabras nuevas que libremente nacen en todo el mundo, he oído que algunos niños traviesos, y algún travieso escritor no tan niño, se empeñan en inventar palabras nuevas, para que él viejo erudito de la montaña la registre y no se aburra, de esta manera le hacemos correr y así entra en calor.

Este relato esta dedicado a Amparo, que siempre me corrige, con mucho cariño, y ademas a tenido a bien hacerme los comentarios y quejas menos agradables por mail, pero este relato también espero que sirva de homenaje, con mi mas absoluta y eterna admiración.¿no sabeis a quien?.

¿a quien os recuerda el erudito de las palabras, con su eterna bufanda blanca impuluta, sus grandes gafas cuadradas y sus ropas de un rojo por que sí.?. El mundo ha perdido que será irremplazable.

Eduardo R. Pedrosa

Agosto, 2007

24 Ago 2007

El conductor de rallies.

Escrito por: EDUARDO RODRIGUEZ PEDROSA el 24 Ago 2007 - URL Permanente

Espero que nadie se sienta ofendido. Este texto lo escribi en el año 1999 en julio. y como martaab había pedido algo de otro caracter pues aqui tiene, Aunque me gustaria dedicarselo a Marta, Jaime y Loli, para que se rian.

Por cierto respeto profundamente a los conductores de autobuses,

El conductor de “Rallies”.

Viernes, 16 de Julio de 1999, 40º a la sombra, esta siendo un verano muy caluroso, son las 15.30 h, acabo de terminar de comer, y aún tengo el pollo en la boca del estomago, pero he de ir a trabajar, creo que esto de venir a casa a comer no fue una buena idea.

Salgo media hora antes de la hora a la que mi amable, agradable y estupendo jefe me espera, ya que odia que lleguemos tarde. El trayecto suele ser de unos 20 minutos aproximadamente, en autobús, en condiciones normales, pero es verano y la EMT reduce servició, claro, es muy lógico, hay menos gente, pues hay menos servicio, ¿pero y los que nos quedamos aquí, que?. Al principio del verano me plantee seriamente la posibilidad de comprarme un monopatín, aunque francamente, no me veo, con el traje, la corbata y maletín en mano montado en el monopatín haciendo aspavientos con los brazos para mantener el equilibrio. “Equilibrio”, que bonita palabra, y que lejana a la vez. Podemos decir que entre las posibles profesiones que podía haber elegido, la menos óptima para mí, seria la de trapecista.

El sol me esta pegando en la cabeza directamente, de lleno, creo que las ideas se me van a evaporar si no encuentro un poco de sombra.

Acabo de llegar a la parada, y ¡pum¡, una pila de gente esperando el autobús, era de esperar, ya que como somos menos, pues reducen servicio, me gustaría insistir en esto, ¿y los que nos quedamos aquí, que?.

No hay ni un milímetro de sombra libre. ¿Por que no harán las marquesinas más grandes?

Entonces me acuerdo del padre, del tío que las ha diseñado, y le presento mis respetos, con ese me gustaría hablar a mi, a ver si me puede explicar cuales son las bases científicas para diseñar una marquesina. Cuando llueve, en invierno presumiblemente, si te acercas mucho a la carretera te mojas, si te metes en el fondo de la marquesina te mojas igual, porque no esta cerrada, así que a mojarse, pero, ¿y en verano?, pues en verano el techo de la marquesina no da mas de medio metro de sombra, sombra que sería suficiente para un número reducido de personas, pero planteémonos una pregunta. ¿en que para de autobús de Madrid, a hora punta, solo espera una persona?, pues si no lo sabéis os lo digo yo, la respuesta es un ninguna, pero como el diseñador, el alcalde y compañía viajan en coche pues no lo saben y automáticamente me surge una nueva pregunta. ¿Cómo se le puede pedir a alguien que no es diseñador de aviones y que ni tan siquiera ha viajado en avión nunca que diseñe un nuevo prototipo de Boing?. Pues esto es igual, resulta que la gente que no utiliza las cosas son quien normalmente las diseña. Este es un país de grandes ideas.

Ya son las 15.40 h y los autobuses de la línea de la EMT nº 9 no ha hecho acto de presencia, excepto en el sentido contrario, tres coches han subido y ninguno ha bajado, algo no me cuadra, y ya sabemos que las matemáticas, son exactas, o eso me decía mi profesor de EGB, pues a mi me parece que si tengo que utilizar la palabra “exacta” en esta frase, lo único que se me ocurre es que “exactamente, esto es una putada”, y perdonen por la expresión pero el calor me esta empezando a afectar, creo que moriré de combustión espontánea de un momento a otro. ¿Sabéis que es la combustión espontánea?. Pues yo tampoco lo tengo muy claro pero creo que en breves momentos lo averiguaré, la pena es que no se lo podré contar, por que estaré “exactamente combustionado”.

A lo lejos aparece un autobús, oh, Dios mío, que sea el nueve, que sea el nueve, juntos mis pies absurdamente ya que no me llamo justamente “Dorothy” y esto no es “Kansas City” y empiezo a repetir una y otra vez, que sea el nueve, ¿será?, ¿no será? ,si, no, si, no. ¡Leches¡ no es un nueve, si no un 72 y para mas “INRI” es el tercer 72 que pasa, será que la gente que monta en el autobús de la línea número 72 viven en un invierno perpetuo y creen que eso de “reducción de servicio” es una nueva idea de la empresa “Roca” para abaratar costes haciendo pequeñas tazas, y diminutos lavabos. Pero y el nueve donde esta el nueve. Pero cuanto tengo que sufrir.

Una gota de sudor surca mi frente, voy a desesperar, lo de la combustión espontánea empieza a ser una opción casi realizable, incluso la estúpida idea del monopatín me empieza a resultar atractiva. No soy el único que desespera, la típica anciana de parada de autobús comienza a murmurar y poco a poco el murmullo se convierte en “la voz del pueblo”, ya sabéis lo de siempre

-A esto no hay derecho,

-Esto es increíble.

Y como el afán de quejarse es altamente contagioso, en poco segundos todo el mundo como sardinas enlatadas bajo la pequeña y ridícula sombra de la marquesina mal diseñada, “también me gustaría insistir en esto”, se quejan y gruñen a diestro y siniestro, incluso se oye algún comentario atrevido del tipo de,

-Pues claro que se lo voy a decir.

-En cuanto suba, al autobús me quejaré al conductor.

¿Por qué nos empeñamos en hacer comentarios estúpidos cuando estamos cabreados?
Todo el mundo sabe que son muy pocos los que a la hora de la verdad, frente al conductor exponen su queja y los intrépidos que lo hacen se encuentran como respuesta un,

-pues coja usted el metro señora, o cualquier otra contestación totalmente desconcertante.

Son las 15.50 todos sudamos, y sudamos mucho, jamás pensé que vería un espectáculo semejante, unas 15 personas sudando como las cataratas del “Niágara”, y encima yo llegaré tarde y tendré que aguantar al amable y simpático de mi jefe.

Entonces, en la lejanía, vemos lo que parece ser un autobús, aunque es imposible estar seguro, quizás estemos empezando a tener una alucinación colectiva, ya sabéis eso que les ocurre a la gente, cuando se pierden en un desierto, que siempre creen ver un oasis a lo lejos, según las películas porque conozco a mas de uno que de oasis, nada, verían una buena jarra de cerveza fría y otras muchas cosas en las cuales no entraré.

En fin, sea lo que sea, se mueve y a una velocidad de vértigo, nadie se atreve a asegurar de que se trata, vete tu a saber, en Madrid pasan cosas tan raras. Una vez mande a mi primo el del pueblo, ese del que todo el mundo se acuerda cuando se enfada contigo, a comprar el pan y en cinco minutos subió con un reloj, y una pandereta. Reloj, que hora es, Dios mío, ya no me libra ni el mismo San Pedro, son las 15:50, mi jefe me mata.

El objeto no identificado se acerca. Bien, hemos tenido suerte, es un autobús, y matemáticamente es imposible que sea un 72, todo el mundo lo mira, aliviado, pero, pero que ocurre que no disminuye la velocidad, ¿Qué querrá que nos subamos en marcha?, ¿pues a ver como pico un billete tan pequeño en la finísima ranura de la canceladora?. Todo el mundo comienza a hacerle todo tipo de gestos, le hacen señales como posesos, como si fuéramos náufragos en una isla, ¡pare¡, ¡pare¡, por lo que mas quiera, pero no para, pasa de largo, observo que en lugar del numero de línea en la cabecera del autobús pone “ personal”.

-No ha parado, dice, la segunda típica señora de parada.

-No, señora, le dice un hombre con bigote, no ve que ponía “personal”.

-¿Personal?, ¿acaso el autobús es del conductor?

Como va a ser del conductor señora, madre mía, lo que hay que oír. De todas maneras la entiendo, pobrecilla, el calor.

Otras señora, la segunda típica señora de parada dice.

-¿A lo mejor va a cerrar?,

-Que no, señora, que era el autobús de personal, repite el tío con bigote mas cabreado ahora.

-¿Y Quien es ese personal, para tener un autobús?, dice la primera señora típica de parada,

-A esto no hay derecho, cuando me suba se lo digo.

El señor del bigote suspira, yo me atuso la corbata, y el resto mira para otro lado. Que es una cosa que siempre suele pasar en la parada del autobús cuando alguien de edad considerable habla, todo el mundo mira para otro lado, pues es sabido por todos los usuarios de la EMT, que seguirle la corriente a la “típica señora de autobús”, es mas peligroso que andar por un campo de minas, y es que tienen un don especial, para contarte toda su vida, la de su familia, sin que puedas cortar la conversación, incluso las hay mas peligrosas, que son las que tienen nietos. Esas son,…

Tontamente han pasado unos minutos mas, en breve entre el charco comunitario de sudor y el hombre con bigote, que no se donde le habrán enseñado educación, pero el tío guarro no para de esputar al suelo, nos podremos bañar todos, quien dijo que en Madrid no había playa. Ah si aquel grupo musical que cantaba a “Legina”, les vaticino una carrera fulgurante, que letra mas profunda, cada vez que la escucho agradezco la clase de geografía.

Y mientras mi mente desvaría con este tipo de pensamientos causados sin ninguna duda por la inminente lipotimia, aparece antes mis incrédulos ojos, el desfile de nueves, uno, dos tres.

Tres nueves seguidos, francamente, creo que nos toman el pelo, seguro que llevan diez minutos riéndose a carcajada limpia en las cocheras. Me están dando ganas de cogerlos y …..

Poco a poco van disminuyendo la velocidad y cuando todos nos disponemos a subir al primer autobús este nos ignora y pasa de largo, la gente comienza a ponerse nerviosa, el segundo y el tercero se paran, y el ruido que hacen las puertas del autobús al abrirse es la señal de salida de la carrera, comienza la marabunta, entre empujones y pisotones, todos empezamos a correr para subir a uno de ellos, algunos hacía el primero, otros se inclinan mas por el segundo, es increíble como, cuando no nos dan opción a elegir todo parece mas fácil, si es que somos como borregos.

Tienes que elegir rápidamente en cual montarte, me digo a mi mismo. Recuerda que son como estrellas fugaces, ahora están y ahora no están, ¿magia? no, mala leche, como diría el famoso y mentado primo del pueblo, si ya sabéis el del reloj.

Ya he elegido me montaré en el segundo, con la completa seguridad que he tomado la decisión adecuada me dirijo a él sorteando todo tipo de dificultades, De la cuadra salcedo, debería grabar esto, sin duda, se titularía, “la migración del usuarius autobusus y su supervivencia”.

Nos ponemos en marcha y que marcha madre mía casi beso el suelo, tengo la impresión de que este viaje será un viaje emocionante, bueno por lo menos, ya que llego tarde a trabajar, alguna emoción fuerte antes de morir a manos de mi simpático jefe, me vendrá bien, si no me quedo en el trayecto posibilidad real dada la manera de arrancar del conductor.

Entre giros, curvas, aceleraciones y desaceleraciones, parezco una pelota de tenis, me agarró como puedo, y rebotando de un lado a otro me siento en un sitio libre. ¿Qué le pasa a este hombre?, ahora con prisas.

El aire acondicionado del autobús me da directamente en la cara, creo que me constipare, seré un desempleado constipado. Poco a poco levanto la vista. -oh no, el semáforo se cierra. Por favor no Dios mío no que no se ponga en rojo , que no se ponga en rojo, trato de juntar mis pies, absurdamente por que como dije antes, no soy “Dorothy”, pero la fuerza centrifuga hace su función, y entre salto y salto, me viene a la mente aquella canción tan bonita, ya sabéis la de – Vamos de paseo, pi pi pi, en un auto nuevo, pi pi pi, pero no me importa, pi pi pi, porque llevo tortas. Pero vamos a ver. Por el amor de Dios, si vamos de paseo pues vamos y si te importa pues no vamos. Y eso de las tortas, que, eso es para contentar a quien, hoy en día quien se contenta con un par de tortas, además de que tipo son las tortas. Seguro que esta letra es del mismo compositor de antes, si hombre si, de los de las clases de geografía, el de la playa de Madrid.

Nos hemos parado, pero hemos alcanzado al primero de los autobuses, sabía que había elegido bien, poco a poco nos ponemos a la misma altura del primero, uno de los conductores abre la venta y el de mi autobús abre la puerta y ¡pun¡ se ponen a charlar.

-¿Que tal Juaníto?

-¿Bien gracias, y tu?

-Pues bien ya me ves.

Si, si, ya les vemos a los dos, están disimulando para que creamos que no se han visto antes en las cocheras mientras se reían de nosotros.

-Que sabes de manolo,

-Pues que se ha ido al chalé porque libraba.

No si aquí todo el mundo tiene chalé, habría que ver el chalé del tal Manolo, un terrenito, cuatro tablas.

Miro el semáforo, nada sigue rojo, Dios como odio el color rojo e inevitablemente vuelvo a la conversación de los conductores y como yo, todo el pasaje, estos dos caballeros no hablan, berrean y aunque no te importe si el tal manolo libra y creedme a mi no me importa un pimiento pues tienes que oírlo quieras o no quieras. Espero que la conversación no entre en mayores detalles.

El nerviosismo se apodera de mi, vuelvo a mirar el semáforo, con los ojos inyectados, sigue en rojo, venga bonito, venga ponte en verde.

¡Bien¡ se ha puesto en verde pero estos dos energúmenos siguen hablando tan tranquilos y yo soy un hombre despedido, me están poniendo negro, uno de los coches que esta atrás, empieza a pitar insistentemente, piiiiiii piiiiiiiiiiiiiiii piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

El sonido se introduce en mi cabeza y retumba una y otra vez, una y otra vez, pero ellos nada como si no fuera con ellos.

-¿pues ha visto a pepe últimamente?

-Que va, pero me han dicho que su mujer se encuentra bien.

Me lo temía la conversación ha ido a mas, creo que me va a dar algo como tenga que oír la historia de pepe también pienso gritar, no se si me podré contener.

¡POR FAVOR, SEÑORES¡,

¡QUE NO LO QUEREMOS OIR¡

NO CREEN QUE TENGO BASTANTE CON HABER OIDO LA HISTORIA DE ESE TAL MANOLO Y SU CHALE QUE ENCIMA TENGO QUE OIR LA DEL TAL PEPE Y SU MUJER.

Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, el tío del coche sigue pitando.

-Que ya voy, que ya voy, dice el conductor de mi autobús,

-Que prisas.

Anda, pero si no son sordos, si han reaccionado, ¿quien puso en duda la capacidad de reacción de estos increíbles y profesionales conductores?. ¿Quien puso en duda que manolo tiene un Chale, y que a la mujer de pepe…?, bueno eso gracias a Dios no lo hemos escuchado.

Nos volvemos a poner en marcha, ignoraba hasta hoy, que este modelo de autobús tuviera la capacidad y potencia de arranque semejante a la de un F14, porque el meneo que nos ha dado a todo el pasaje, ha sido histórico.

El otro conductor le hace señas al mío, sigue…………….sigue ……. Le dice, písale, hombre písale. Si vamos dos juntos.

Mira y el gracioso lo reconoce, hay que ver. Entonces el conductor ve el cielo abierto, frunce el ceño y le pisa , vaya que si le pisa, no se a cuantos kilómetros por hora iremos pero esta velocidad no puede ser legal, por favor, si se me mueve todo el autobús, todo tiembla y resuena, parece que vamos a despegar.

De reojo miro a la anciana del asiento de detrás, si hombre si aquella que decía lo de “a esto no hay derecho”, la típica anciana de parada de autobús, que ni que decir tiene, cuando subió, pico su billete y no dijo ni media. A la pobre se le mueven los mofletes como si fueran de gelatina. Pero por que corremos ahora tanto, si la siguiente parada esta a 200 metros. Los arbolitos están empezando a ser manchas verdes que se difuminan, el pasaje empieza a agarrarse donde buenamente puede, la velocidad va en aumento y de pronto, clint.

Craso error, alguien ha tocado la campana de parada solicitada, esto significa que

ñññiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiigggggggg

Un chirrido estridente, y el conductor frena, mi cuerpo se desplaza brutalmente hacia delante, pongo mis manos para que amortigüen el impacto inminente, mi cuello hace zis hacía adelante y luego zas, hacia atrás, ¡oiga que los seres humanos tenemos cervicales y a mi me gustaría conservarlas. Cuando me restablezco, de reojo, vuelvo a mirar a la anciana del asiento de atrás, sinceramente creo que me estoy empezando a preocupar, en uno de estos frenazos le va a salir la dentadura dispara y lo peor de todo es que yo soy el que esta delante.

Por fin frenamos del todo y como es lógico nos hemos pasado la parada como unos diez metros, la gente que quería bajar, entre los que se encuentra el gracioso que solicito la parada, que ya se podía haber quedado quietecíto, baja corriendo, las personas que esperaban en la parada como sardinas en dos metros cuadrados también corren, como posesos, pero estos para montar en el autobús, han estado 20 minutos esperando y no van a permitir que se les escape, pero no tiene ni idea de donde se están metiendo, aun no ha subido todos cuando aquí mi amigo “Carlos Sainz,” ya esta diciendo.

-A ver. Que cierro.

Una pobre señora con el pie en el segundo escalón se esfuerza por darse prisa,

-Señora que no tengo todo el día le grita el conductor.

Pero bueno esto ya es inaudito, este hombre esta fatal y en el tiempo que tardo en pensar esto ya hemos arrancado otra vez, con el consecuente desplazamiento brusco de los cuerpos hacia atrás, la señora que se disponía a picar el billete ha salido violentamente dispara, o por lo menos eso creo por que he visto pasar una mancha por el pasillo del color de su camiseta y la anciana de atrás esta medio morada.

Seguimos el trayecto comienzo ha oír a lo lejos como alguien murmura un padre nuestro. Un semáforo, carretera y otro semáforo, un arbolito, y otro y un cruce y ahora soy yo el que reza para que ninguno semáforo se cierre y para que en la próxima parada ni se suba ni se baje nadie.

Personalmente creo que no aguantaré parar otra vez y todo lo que ello representa. Y la típica señora de autobús mucho menos, me pregunto que habrá sido de la que salió disparada, pero mirar atrás es arriesgado.

Comienzo ha oír un zumbido que se hace cada vez mas y mas fuerte, miro a mi derecha, y lo identifico, es el autobús que venia detrás, nos ha alcanzado, esto es lo nunca visto, no quiero ni mirar que clase de escabechina habrá en su interior, si en este, estamos todos medio desmontados, todos menos el conductor, que parece estar disfrutando, imaginaos como ira el pasaje del otro autobús, sometidos a una velocidad mayor que la nuestra, en el mejor de los casos han sobrepasado la velocidad del sonido y se han transportado a una dimensión donde los conductores de autobús se toman litros y litros de valeriana liquida antes de ir a trabajar.

No puedo soportar la tentación de mirar, me odio a mi mismo por ser tan curioso, y miro, de reojo, pero miro. En el interior del otro autobús la gente esta pálida, esta como pasmada, en estado de shock, tan solo los veo por un segundo en el que me ha parecido ver que al conducto se le iluminaban los ojos como al muñeco diabólico.

Nos adelanta y a lo lejos Dios mío, no, que no frene, que no lo haga.

Ñiiiiiiiiiiiii gggggggggggggggg

Frenazo y ñjiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiigggggg frenamos nosotros también.

Casi me como el asiento de delante me ha faltado un centímetro para estampar mi dentadura en el caucho, pero esta vez me ha pillado agarrado, miro hacia atrás, es el momento, nos hemos detenido. la señora de la dentadura postiza ya no esta, pobrecita, seguro que la ha pillado desprevenida, y esta estampada contra el respaldo del asiento, por eso ni la veo pero no tengo tiempo de verificar si se encuentra bien, trato de localizar con la mirada a la que salió disparada hacia el fondo, ni rastro de ella, y en dos segundos, hemos vuelto a arrancar.

Me estoy empezando a plantear muy seriamente el hecho de que estos conductores no son humanos, si no que son un tipo de androides encargados de asesinar a todos los tontos que trabajamos en verano, ya sabes, la superpoblación, la selección natural, o bien tiene una especie de porra sanguinaria en las cocheras donde ponen cuantos dientes han roto o cuanta gente se desmayo, y al ganador de la porra le regalan un día entero gratis para dos personas en el parque de atracciones conduciendo la montaña rusa una y otra vez , quizás eso es lo que le pasó a la mujer pepe.

Creo que la siguiente es mi parada. Lo irremediable ha sucedido tremenda disyuntiva, le doy a la campanita, o no le doy, y el idiota de “Shakespeare” decía que lo suyo era jorobado, ser o no ser, aquí me gustaría verle a mí, con las mallas en lugar de pantalones, y una plumita en el ridículo gorro, diciendo, le doy o no le doy.

Por fin la cordura se impone por un momento al verdadero terror que nos produce a todos pulsar la campanilla, es mi parada, me tengo que bajar, llego tardísimo, y mi jefe….

Alargo el brazo todo lo que puedo, con mucho cuidado de no soltar la barra a la que estoy agarrado con la otra mano, pues puedo seguir los pasos de la señora que salió disparada que vete tu a saber a donde ha ido a parar, por que pasos, pasos, lo que se dice pasos no es que diera muchos, yo creó que voló, y Clint, la ha pulsado. Oh Dios mío la he pulsado.

Se que ahora mismo todo el pasaje me odia, me odia mucho, por haberlo hecho. Solo se me ocurre decir, con cara de disculpa.

-Lo siento es mi parada.

-Yo no quería pero es que, mi jefe,

Intento levantarme poco a poco me agarro con todas mis fuerzas a una de la barandillas, zarandeándome como si fuera un mono nervioso. Con la otra mano sujeto la chaqueta del traje haciendo alarde de un gran esfuerzo avanzó, puedo sentir todas las miradas puesta en mi deseando que me caiga por haberle dado a la campanilla de “parada solicitada”.

Agradezco profundamente no poder sentir también los dedos acusadores, mas quisieran ellos que poder acusarme con el dedo, pero no lo hace, por que saben que al que se suelte…….

Poco a poco emulando a un surfísta, voy avanzando hacia la puerta sujetándome donde puedo y como puedo, paso por el asiento de la tipica señora de parada, esta ahí, vive, esta acurrucada junto al respaldo. Estoy muy cerca creo que lo conseguiré, lo he conseguido henchido de gusto por mi triunfo aparece una leve sonrisa en mi cara pero no debo bajar la guardia, aún queda lo mas difícil no hay tiempo de elaborar una estrategia me preparo para el impacto inminente, tres dos uno, ñiiiiiiigggggggggjiiiiiiiiiiiiiii frenazo,

Mi cuerpo se desplaza hacia delante hasta que topa con la barandilla de salida que me frena clavándoseme en los riñones, creo que el diseñador del autobús si que se ha preocupado en montar, ya que ha puesto esta fantástica barra rompe riñones para frenar los cuerpos. Aunque ya puestos hubiera podido forrar el interior de almohadillas. La barra no ha sido lo único que ha puesto, también ha puesto mamparas por si alguien vomita que no salpique a los demás.

Pufffffffffffffffff las puertas se abren, tengo poco tiempo unos tres segundos aproximadamente, como una exhalación me apeo del autobús, de un salto arriesgado sin duda, poso mis pies en tierra firme y antes de me pueda dar la vuelta mis oídos perciben como se cierran las puertas me giro lentamente y como si de un episodio del corre caminos se tratará ya solo queda la silueta del autobús, que lentamente se va desvaneciendo. Por esta vez me he salvado pero y mañana, mañana definitivamente vendré en metro, pensando en esto, miro mi reloj y caspita vuelven a ser las 15.30, como es posible. Tan rápido ha ido este hombre que hemos vuelto al pasado, igual merece la pena esto de la EMT.

23 Ago 2007

Ella.

Escrito por: EDUARDO RODRIGUEZ PEDROSA el 23 Ago 2007 - URL Permanente

Sentada, en la butaca, frente a su tocador, pensaba en todo lo que había vivido. Se arrepentía de algunas cosas, de otras muchas, indudablemente, no. Aquel último pensamiento la reconforto. – Recuerdo cuando deje plantado a aquel director, en aquel café. Le decía a su maquilladora,- que cara de tonto puso y rió tímidamente, rió como solo ella sabía hacer, coqueta, insinuante, aquella risa había vuelto loco a mas de un hombre se dijo a si misma.

La música sonaba distante, amortiguada por los pasillos del teatro, llegaba a su camerino tan tenue que le resultaba casi inaudible, pero ella no necesitaba oírla a la perfección para saber de que canción se trataba. Aquella misma canción que sonaba, la había bailado en innumerables ocasiones, la había bailado e interpretado para todo el mundo que había querido verlo, para cualquiera que lo quiso oír.

-Sabes, le dijo a su ayudante, la cual callaba en el mas absoluto mutismo mientras trataba de maquillarla. -Yo, soy la primera estrella del espectáculo, yo he cantado y bailado sobre las mejores tablas de los mejores teatros y sobre las peores tablas de los peores tugurios también, pues no pienses que alguien me ha regalado nada. Todas estas jovencitas tienen mucho que aprender, algún día ellas tendrán mi camerino. Algún día las maquillaras a ellas, pero ese día aún no ha llegado. Aún estoy aquí, y me adoran, el público me adora. Dijo mirando a la joven buscando su confirmación.

-Si la adoran sin duda, dijo la joven, con tristeza.

-Si, sin duda, dijo ella, convencida. Porque esa soy yo, soy una artista consagrada, con muchos años de profesión. Soy vedette, cantante, bailarina, actriz, y artista, por encima de todo, soy artista. Mi nombre esta escrito en letras grandes y luminosas alumbrando la gran vía de Madrid, pero han alumbrado otras muchas calles de igual o mayor relevancia, en los más importantes teatros. Casi por todo el mundo.

La joden ayudante, deposito el lápiz de labios en el tocador, y se sentó a escuchar lo que ella tenía que decir mientras estuviera hablando, resultaba imposible darles color a esos labios casi morados.

-Me han dicho que es difícil publicitar este espectáculo, ¿te lo puedes creer?. La gente arranca los carteles al poco tiempo de ser colgados por que quieren tener una imagen mía. Es increíble. ¿verdad?, preguntó.

Pero su pregunta no recibió contestación, su ayudante agacho la cabeza, sin mediar palabra.

-Te he hecho una pregunta. Dijo ella irritada mirando a la joven, acaso no sabes quien soy. Acaso no has visto como la multitud se agolpa en la entrada del teatro, cada día de función.

-Si es increíble, dijo la joven. Dándole la razón para no discutir y mirándola fijamente.

-Recuerdo él revuelo que se montó con el estreno, y la cantidad de flores que recibí aquí. Cuando llegue al camerino, estaba lleno de ramos de flores, no se podía casi pasar. No se que habrán hecho con ellos las limpiadoras, seguro que se los han quedado. No me gustaría buscarles un problema, pero tendré que quejarme, es inadmisible.

-Si, sin duda es inadmisible, dijo la joven, y volvió a levantarse de la silla donde se había sentado para continuar con su trabajo.

-Los aplausos. Dijo ella, eso es lo mejor, los aplausos del publico. Anoche aplaudían y aplaudían debían tener las manos ardiendo, cinco, diez minutos aplaudiendo, una y otra vez el telón subía y bajaba. Y allí estaba yo reluciente, relampagueante, agradeciendo los aplausos, como solo yo se hacerlo, hay que mirar al público sin mirarlos. Ya sabes, dedicarle la mirada a todos, sin concentrarte en ninguno en concreto. Allí estaba yo bajo el calor del foco de luz que solo me iluminaba a mí, que me seguía por el escenario como un perrito faldero. Y rió, rió una vez mas como solo ella sabía hacer, tan tímidamente, tan insinuante y coqueta.

Mientras la maquilladora pintaba sus labios despacio con suavidad de aquel rojo vivaz y ardiente, su mano tembló y el lápiz de labios reboto contra el suelo sonoramente.

-No, no, dijo ella gritando a la joven, Así no, te he dicho miles de veces que así no se extiende bien el color. Déjame a mi, yo terminaré ya quedan pocos minutos y mira como estoy aún.

La joven se marcho del camerino con una mueca de tristeza dibujada en la cara.

Minutos antes de la actuación, allí sentada frente al tocador, las múltiples pequeñas bombillas que perfilaban aquel espejo picado y sucio la miraban entristecidas, emitían una luz tenue. Muchas de ellas no funcionaban y permanecían en la oscuridad, en silenció, fundidas como los años pasados que ella cargaba sobre sus hombros.

Mientras ella, trataba de colocar la pestaña postiza en el ojo la imagen que el espejo le regaló era la imagen de una anciana, ajada, arrugada. Una anciana a la que el colorete ya no le sentaba como antes, pues en lugar de favorecerla le hacía parecer mas decrepita y decadente aún. Miró su cara con atención. Incrédula, como si aquella no fuera su imagen, estaba sorprendida y horrorizada. Vieja, soy vieja, se dijo a si misma. Su corazón empezó a palpitar con fuerza, la tristeza se apodero de su alma arrasando todos y cada unos de los recuerdos, el éxito, los hombres, sus largas y bonitas piernas, nada de aquello era real. La juventud la había abandonado en cuestión de segundos, no podía recordar nada, que había pasado, el tiempo se difuminaba en su mente, se evaporaba como cada una de las perlas de rocío en la mañana, todo estaba borroso, confuso. Retales, pequeños retales que nada tenían que ver con su vida iban tomando forma en su mente, ella, haciendo cosas que no recordaba, ella con gente a la que no conocía. -No y no, se dijo a si misma, no soy yo. Yo no soy esa. Yo no soy ni vieja, ni fea. Con el pulso temblándole de la emoción trato de pintar sus cejas que ahora aparecían despobladas casi por completo tras tantos años de depilación, cejas que necesitaban el color del lápiz para ser visibles, su ceño arrugado hacía que cada una de las expresiones que su cara adoptara pareciera mucho mas decrepita. Con los ojos vidriosos, escoltados por grandes bolsas bajo ellos, miro aquel espejo, miró su imagen, miró su alma, con las pupilas casi dilatadas, vio que esos ojos que el espejo le mostraba, la miraban impunemente, recriminándola lo marchita que estaba, recriminándola todo el tiempo olvidado. Ya no podía escuchar la música, aquella música de aquella canción que había bailado en miles de ocasiones solo estaba en su cabeza. Miró espantada la redecilla que contenía el escaso pelo blanco, su bonita melena rubia que tan sugerentemente ella movía había desaparecido, bajo la redecilla un par de orquillas mal puestas le daban un aspecto mas enfermizo. El camafeo que decoraba el que fuera en un tiempo un bonito y terso cuello ahora lucía menos colgado de aquel cuello arrugado, definido y escuálido. Se posaba sobre su pecho marchito por encima del camisón blanco que llevaba, habían desaparecido las plumas de colores, habían desaparecido los bonitos vestidos de lentejuelas. Toda su vida se había esfumado.

Sensaciones que no reconocía la embargaban, pisaban y machacaban su conciencia, amontonándose, agolpándose en su mente, una a una pasaban por el pequeño y estrecho embudo que la negación había construido tras un par de segundos de lucidez.

Entre neblinas y penumbras recordaba al doctor, cuando la comunico el diagnostico, las lagrimas desbordaron los ojos surcando el arrugado mapa de su cara.

A lo lejos, la música comenzó a sonar de nuevo, poco a poco y paulatinamente fue creciendo en volumen. Al principio era tan solo un murmullo casi inaudible cuyos agudos marchaban al paso de cada uno de los latidos de su corazón. Tras unos segundos la música fue tan real como la vida misma. Aquel olor tan peculiar, aquel olor a teatro, volvió a llenar sus fosas nasales invadiendo sus pulmones irremediablemente. Con cada una de las notas musicales que sus oídos escuchaban cada uno de los recuerdos y certezas, desaparecían ocultándose en la penumbra, dando marcha atrás a través del embudo que hacía tan solo unos segundos habían traspaso. Los minutos de lucidez se extinguieron apagándose como las bombillas de su tocador. La cordura se replegó por completo y frente al espejo la bonita vedette, cantante, bailarina, actriz, y artista, sin duda y por encima de todo, artista, esperaba su turno para actuar, riendo como solo ella sabía hacer, tan coqueta, tan tímidamente insinuante.

Las tablas del escenario vibraron como nunca, con cada uno de los pasos que ella dio con sus bonitos zapatos de tacón sobre la madera, cada poro barnizado que vestía el escenario dio la bienvenida a la gran artista. El aterciopelado telón subió suavemente y a sus odios llegó el tenue y típico sonido de las poleas que lo hacían subir y bajar tras cada éxito. Esta soy yo, se dijo a si misma, y su corazón latió ahora con más fuerza y vigor. Los nervios de cada función se posaron en su estomago, aquella sensación la reconocía a la perfección. Esta soy yo, se repitió. El foco, aquel conocido amigo, le ilumino dándole su calor y mostrándole sus respetos, dejando a la vista las minúsculas partículas que solo eran visibles al tras atravesar el haz de luz, visibles durante unos segundos como su triste lucidez.

Entonces los aplausos estallaron como una explosión en todo el teatro. Uno de los mejores teatros de la gran vía de Madrid, y el eco de aquellos aplausos resonó como cada día resonaban, haciendo que su alma se alzará sobre el público. Y allí estaba ella reluciente, relampagueante, agradeciendo los aplausos, como solo ella sabia hacerlo, mirando al público sin mirarlos. Ya sabéis como, ¿no?, pues dedicándole una mirada a todos pero sin concentrarse en ninguno en concreto.

En la habitación, la joven que ayudaba a maquillarla, enfermera de profesión veía la escena entristecida, allí esta ella, reluciente, relampagueante, agradeciendo los aplausos como solo ella sabía hacerlo, frente a su estropeado espejo con las pequeñas bombillas que lo perfilaban apagadas, rotas, fundidas como los años que ella había olvidado. Allí estaba ella, sola en la habitación de la residencia, sobre las tablas de madera, y cada poro barnizado que vestía el suelo de su habitación en le daba la bienvenida a la madre, hermana, hija, abuela que era ella, le daba la bienvenida a la artista, porque por encima de todo “ella” era la artista principal del aquel espectáculo.

-pobrecita, dijo la joven enfermera, con lagrimas en los ojos. Esta enfermedad es horrible.

Una voz tras de sí. La corrigió. –Si ciertamente, es horrible. Dijo, pero, le tengo más miedo a los pocos segundos de lucidez que ella tiene. Ahora, ahí donde la ve, riendo como solo ella sabe hacerlo y agradeciendo a su estropeado espejo los aplausos como solo ella lo hace, ahora es todo lo feliz que una gran artista puede ser.

Dedicado con todo mis respetos a todos los E. de alzheimer.

21 Ago 2007

el chucho de resina.

Escrito por: EDUARDO RODRIGUEZ PEDROSA el 21 Ago 2007 - URL Permanente

Cuando nació no sabía nada, lo poco que aprendió lo aprendió en aquel bazar, allí, puesto durante largo tiempo, observó todo lo que pudo, era un perro de resina puesto en una estantería de un bazar no demasiado limpia todo sea dicho. Allí, miraba los días pasar junto con otros muchos artículos decorativos. Cada mañana cuando el cierre del escaparate se alzaba, y la luz del sol les bañaba, él trataba de ponerse lo más recto del mundo, cada mañana, él deseaba ser comprado, aquella era su función, aquella era su meta.

Su padre le había hecho de la mejor resina que encontró, tras darle forma había sido pintado amorosamente con marrones claros y delicados, su expresión perpetua denotaba cierta tristeza cosa que a él no le gustaba en demasía, sus ojos sin vida pero expresivos le hacían portador de una tierna mirada.

Su padre había tenido a bien, hacerle sentado, pensaba a menudo, si me hubiera hecho de pie, hubiera estado todo el día cansado, aquello le llenaba de gozo, lo único que tenía que hacer era esperar cómodamente.

Durante largo tiempo vivió en aquel bazar, mucha gente le veía, mucha gente se fijaba en él, cada vez que alguien pasaba por aquel pasillo, siempre le dedicaban una mirada, incluso algunos de ellos eran tan osados que le cogían y zarandeaban para luego dejarlo de nuevo sobre la estantería.

El pequeño pastor que estaba a su derecha, en la estaría, se había convertido en su mejor amigo, él también era de resina pero de una de menor calidad, el pastor siempre le decía, -pronto encontrarás tu propia familia, pronto alguien te comprará, eres muy bonito.

El perro de resina reía cuando su amigo el pastor le decía eso aunque él estaba de acuerdo con el pastor, en el fondo se veía bonito. Se sentía digno de admiración. Creía firmemente en sus posibilidades. –Bueno, tú también eres bonito, decía el perro de resina en parte por ser educado y en parte por que no quería admitirle a su buen amigo el pastor que sus colores eran mas vistosos, que su tamaño era mayor, y que seguramente, si alguien tuviera que elegir entre un pequeño pastor de resina y él, evidentemente le elegiría a él.

Ambos, en ocasiones, soñaban con ser comprados por la misma persona, soñaban con decorar la más bonita de las vitrinas de cristal, del más bonito de los salones comedores, de alguna familia adinerada, donde frecuentemente les quitarán el molesto polvo más a menudo que la dueña del bazar, que con sus rasgados ojos, lo hacía muy de pascuas a ramos. Soñaban con ser mirados y admirados por toda la familia, soñaban con ser el mejor objetivo decorativo de toda la casa, aquello es lo que tenía que hacer, para eso servían.

Aquel día el cierre del bazar se levantó, y el perro de resina trató como siempre, de ponerse todo lo recto que podía. La dueña del bazar no tardaría mucho en pasarles el plumero para retirarles el polvo, hacía ya varios días que no lo hacía. Efectivamente, la mujer llego plumero en mano. Limpiaba canturreando alegremente, cuando llego a él, el perro de resina apretó los dientes, el plumero le hacía cosquillas y su rígida expresión de resina le impedía reír a carcajada limpia, aquello no era muy agradable, a veces se arrepentía de que su padre no le hubiera hecho con una sonrisa en la cara para no tener que aguantarse las cosquillas, además su rabo era rígido, ni siquiera podía reír como reían los perros, moviéndolo de un lado a otro descontroladamente.

Cuando la dueña del bazar hubo terminado de limpiarle, él se aseguro de haber quedado reluciente, seguramente aquella mañana sería la mañana, aquella ilusión que sentía por ser comprado le ardía por dentro ablandando su resinoso corazón que quedaba día tras día casi derretido.

-¡Prepárate pastor¡ dijo el perro de resina, ahora te toca a ti, ahora el plumero te limpiará y te dejará limpio y reluciente. Pero aquello no ocurrido como todo el mundo pensaba, la dueña del bazar que canturreaba alocadamente, uso el plumero con más fuerza de la debida, y el pequeño pastor de resina de colores apagados cayó al suelo irremediablemente. El susto fue tremendo, la dueña del bazar con sus ojos rasgados grito, el perro de resina grito, y el pastor lloró amargamente, un trozo de su brazo se había roto, se había desprendido sin remedio. Cuando la mujer le cogió del suelo emitió un sonido no muy agradable, y se llevó a su amigo el pastor en voladas lejos del pasillo, mientras esto ocurría el perro de resina le grito, -¡pastor, pastor, podría haber sido peor te podrías haber roto en mil pedazos, seguro que te arreglarán y te volverán a traer¡. El pastor llorando amargamente, le contesto, no me arreglarán, mi resina no es como la tuya, además ya no serviría para ser vendido.

¿Que crees que le paso al pastor? le pregunto el perro de resina a la bailarina que le sustituía en la estantería. ¡Pues, no lo se perro¡ pero cuentan que cuando ya no servimos, vamos a una oscura bolsa con muchos mas desperdicios y dicen por allí, en las primeras estanterías que de esa bolsa ya nunca se regresa.

El perro de resina, perdió la esperanza de que su amigo pastor regresará a la estantería, y habría llorado su hubiera podido, pero su expresión era rígida y perpetua y las lagrimas se secaban antes de llegar a sus ojos. -Así que el pastor no regresará jamás, ahora por fin le pudo dar las gracias a su padre por hacerle con una expresión triste pues si le hubiera hecho con una sonrisa, tendría que haber disimulado la pena que es considerablemente peor.

Una luminosa mañana, un apuesto joven se paró junto a él, le miro, una vez, otra vez, miro a un lado del pasillo, después miro al otro, para mas tarde y tras unos segundos volver a mirarle nuevamente. El perro de resina estaba nervioso, aquello era síntoma de compra, ya lo había visto otras veces con algunos de sus amigos. Trato de guardar la compostura y acentuó su expresión de tristeza. Igual conseguía ablandar al joven apuesto. Aquel joven por fin se decidió y alargando el brazo, le cogió, le miro, le zarandeo, le puso boca abajo, ahora boca arriba, el perro de resina estaba un poco mareado pero aguanto sin moverse. Tras unos segundos el joven apuesto le sonrió y le dijo, ¡tu serás mi regalo¡.

¿Regaló?, aquello no lo había entendido, pero daba igual, parecía que por fin le habían comprado. El joven ni corto ni perezoso se llevó alejándole de la estantería que había sido su casa por mucho tiempo ya, sin darle tiempo de despedirse de la bailarina que miraba entristecida la escena. Cuando llegaron al mostrador la dueña del bazar miró al joven apuesto con sus ojos rasgados e inclino su cabeza en señal de consentimiento. Si, era cierto, no podía creerlo, había sido comprado, por fin tendría su limpia y elegante vitrina, por fin formaría parte de algo, por fin tendría su familia, todo lo que el había soñado, ahora parecía hacerse realidad, aquel día sería el día mas bonito de su vida. Eso pensaba el perro de resina, hasta que la dueña del bazar le envolvió con un horrendo papel que le impedía ver.

Envuelto en la bolsa, perdido como nunca antes había estado. Lloró amargamente.

Lo siguiente que vio fue al joven apuesto que rompió el horrendo papel, la luz le hacía daño en los ojos, pero pronto se acostumbro a la claridad. El joven apuesto le deposito en una mesa mientras escribía una carta, el perro la leía desde su posición, al parecer el “ser regalado” era lo mejor que a uno le podía pasar, el joven apuesto pretendía enamorar a alguien y él era el “regalo”.

El perro de resina estaba tan contento que parecía que fuera a salir corriendo de un momento a otro. El era el regalo de amor elegido, a través de él, el amor del joven apuesto se haría realidad. Acaso un enamorado no regala lo que considera mas bonito en el mundo. Acaso yo no soy lo mas bonito del mundo. Henchido de gusto por lo que aquello representaba siguió leyendo la carta, al parecer a su nuevo dueño le gustaban los perros, aquello era sencillamente inmejorable, seguro que sería bien tratado, empezó a fantasear con el tamaño de la vitrina en la que le pondrían, fantaseaba con ser el mejor perro de resina que jamás el mundo vio. Rezumaba felicidad por los cuatro costados.

Llegó el día esperando, y el perro de resina fue regalado, haciendo gala de la mejor de sus poses, paseo el amor del joven frente a la persona pretendida. Tras unos breves días en los que estuvo junto a un estúpido jarrón de diseño, que no paraba de decirle lo feo que era, se dio cuenta que la persona pretendida por el joven apuesto, no tenía ni la mas mínima intención de hacerle caso.

Un día apareció frente a él, lo cogió, lo miro, de un lado y de otro, boca arriba, boca abajo, bien pensó el perro de resina ahora veras, jarrón mal educado, esto es lo que hizo el joven apuesto y al final me compró, y al final fui regalo, regalo de amor, ahora veras como todo cambia.

Cual fue su sorpresa que tras unos segundos, fue colocado en el interior del más alejado y oscuro armario del más alejado y oscuro pasillo de la casa, con el resto de trastos viejos y rotos que a nadie le servían. Que nadie miraba. Que nadie recordaba, entonces fue cuando él recordó a su amigo el pastor, que horrible destino, pensó. Mucho peor que el mío, dijo entre lagrimas. Así fue como el perro de resina se resigno a vivir en la oscuridad de aquel armario oscuro y feo de aquel pasillo, lleno de trastos que nunca nadie mira, y de los que nunca nadie se acuerda.

No sabía cuanto tiempo había pasado, ya casi no recordaba la cara del apuesto joven cuando alguien le sacó del oscuro armario. Estaba sucio, lleno de polvo, y sus colores ahora ya no resultaban tan vistosos. Resignado y deprimido, vio como la persona pretendida por el joven apuesto le cogió y en voladas y le introdujo dentro de la bolsa donde el resto de los desperdicios campaban a sus anchas.

Lloro de nuevo amargamente, aquel destino era horrible, cruel, duro. Cuando el perro de resina fue tirado a la basura, creyó que allí terminaba su vida, había aprendido muchas cosas, había aprendido que no todo era tan bonito como su padre le decía mientras le moldeaba y pintaba. Cuando ya había perdido toda esperanza, las manos de un niño le rescataron nuevamente de entre los desperdicios.

Durante mucho tiempo el perro de resina no fue un bonito perro de resina, a veces fue un fiero león, otras fue un brutal animal gigante que se comía al resto de los muñecos con los que el niño jugaba, muñecos que olían a plástico, muñecos que se reían de él por ser de resina. Llamándole anticuado y feo.

Asumió amargamente todos y cada uno de los papeles que le tocaron desempeñar junto al joven, que le zarandeaba ya que por lo menos aquello daba sentido a su vida, si no servía para lucir en una vitrina, serviría para algo. Con la pintura desconchaba y picada, con el hocico roto por tan mal trato y su orgullo por los suelos, una vez mas, el perro de resina que ya no era perro si no chucho, fue rechazado y repudiado por su dueño, aquel niño insensible volviendo a la bolsa de donde le había sacado, aquella bolsa llena de desperdicios de donde no se regresaba.

Aquello fue el golpe final para el antes perro de resina y el ahora chucho de resina, incluso quien no apreciaba su estupenda resina, porte y colorido que eran las mejores de sus virtudes le rechazaba, que esperanzas tenia de que alguien con buen gusto se fijará en él. Acaso podía ser la vida mas cruel, acaso una figura decorativa podía sufrir mas.

Una mano arrugada y vieja lo recogió, aquella anciana, le dijo, ¡valla, que bonito perro de resina¡ ¡estas un poco sucio pero yo te limpiaré.¡ ¡Es una pena que tengas estos desconchones veremos que podemos hacer¡ ¡siempre quise un perro de resina como tu que me sirviera de pisapapeles¡ El chucho de resina fue llevado al escritorio de la biblioteca llena de libros de mil tamaños de la anciana, a la cual le gustaban los perros de resina.

Allí, aprendió mucho de todos y cada uno de los libros que pudo leer en compañía de la vieja y culta señora, Allí aprendió su ultima lección, allí comprendió que jamás había pensado por si mismo, que lo único que había hecho había sido ser lo que todo el mundo esperaba de él, primero pieza decorativa en la estantería del bazar, después regalo de amor, mas tarde bestia come muñecos de plástico, y ahora, cuando ya no era bonito, cuando ya estaba roto, desconchado y sucio, había encontrado a quien le gustaban los perros de resina. A quien le daba igual su desconchada pintura, pues lo único que le importaba era que fuera un perro, que era lo que realmente siempre él había querido ser, tratando de moverse, de llorar, de sonreír, de mover el rabo aún sabiendo que era de resina.

A menudo he oído que el perro de resina lee muchos libros, incluso dicen que ha publicado alguno con gran éxito. No lo sé, pero lo que si sé es que, el perro de resina jamás renunciará a ser chucho en lugar de perro pues lo que le convirtió en chucho fue su vida, y su vida es suya, es la única que tiene por eso no la olvida. Y no le importa ser feo o estar desconchado, o que sus colores ya no sean lo que fueron, que su padre le hizo con la mejor resina que encontró y lo único que le importa es ser él.

21/08/2008

Dedicado a E.A.S.E.

Eduardo R Pedrosa.

Sobre este blog

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EL CHUCHO DE RESINA

Cuantos retales de texto, cuentos, historias dramaticos, comicas, cuantas pequeñas cosas escritas se quedan en la carpeta de mi portatil, cosas nuevas, viejas, tan antiguas que ya no puedo ni recordar, cosas que no quiero corregir pues sería tocar al pequeño escritor que había en mi, y que durante tanto años no compartío nada.

Esa es la tematica de este bloc. Sacar a la luz lo que siempre estuvo escondido por verguenza a las criticas, por ser intimo y personal.

Me veía en la obligación de aclararlo por si ciertos juezes de ciertos concursos, o ciertas personas de ciertas editoriales a las cuales les debo exclusividad en trabajos puntuales, les da por ver mi última locura. O por las insistentes quejas al referente de las faltas de ortografía. Existe una belleza en lo creado frente a un papel, o un ordenador, que no quiero tocar. Esto es lo que salía cuando me sentaba, cuando aún hoy me siento pero de una manera más profesional y medida. Asi que todo el mundo tranquilo.

Por cierto todos mis trabajos estan registrados en el registro de la propiedad intelectual y poseen su estupendo copyrt.

Una vez me preguntaron que sentía cuando escribía, la pregunta fue osada, un docente intrépido pensé yo, la contestación fue más osada aún, no puedo explicarlo, dije, encogiendo mis hombros y poniendo cara de tonto.
¿Pues, como alguien que quiere ser escritor, reconoce no poder explicar algo?, me dijo él con gesto triunfante. No puedo explicarlo, dije yo, pues no habría en el mundo palabras cuyo significado explique lo que yo siento cuando escribo, pero que no pueda explicarlo a la perfección no significa que no pueda intentarlo o incluso mucho mejor que no pueda inventarlo, imaginarlo, transfórmalo, moldearlo para luego volver a cambiarlo. Le dije tan serio que yo mismo me asuste. Pues inténtelo, me insto él, aunque resulta pretencioso decir que no hay palabras suficientes en el mundo cuyo significado pueda explicar de manera veraz que siente al escribir. No señor, dijo yo asustado, lo pretencioso no es que yo asevere que no existan palabras, lo pretencioso es pensar que yo pueda explicar que siente usted al respirar, o que siente al parpadear, por que no siente nada, solamente lo hace. No puede dejar de hacerlo, no puede elegir cuando hacerlo, nadie puede hacerlo por usted, y a menudo lo hace tan rápido que no se da cuenta ni de que siente. –Así que, para ti, escribir es como respirar, dijo muy serio creyendo haberme entendido. No señor, dije yo entre enfadado y ofendido, no ha entendido nada

Actualmente, este chico de barrio que siempre fue, y que sigo siendo, muy a pesar de lo que todo el mundo pueda pensar, no hubiera sido ni la sombra de lo que soy sin que este "intrepido docente", hubiera conseguido despertar en mi el interes, sin que este "profesor", en todos los sentidos, no hubiera llegado a mi en la manera en la que lo hizo.

Muchas gracias, D.Manuel.

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