
Aquí puede escucharse la clase dada por E. Eskenazi el 20 de diciembre de 2010 en la Librería Sto. Domingo, como parte del curso “Nietzsche: Nihilismo & Psicología”
23 Dic 2010

Aquí puede escucharse la clase dada por E. Eskenazi el 20 de diciembre de 2010 en la Librería Sto. Domingo, como parte del curso “Nietzsche: Nihilismo & Psicología”
24 Nov 2010
A través de cantidad de sacrificios y de evolución histórica el cristianismo se encargó sistemáticamente de desacralizar el mundo natural. En el siglo VII, por ejemplo, hay un acontecimiento decisivo que es cuando San Bonifacio tala en Alemania el roble sagrado de los Celtas, que durante siglos y siglos había sido la presencia viviente de la unión de lo divino y lo natural. Los cristianos lo talan, y lo importante -psicológicamente- no es el hecho de talarlo, no se tala solamente un árbol, sino que se destierra definitivamente un modo de consciencia, aquel tipo de consciencia que podía encontrar la divinidad presente en el árbol directamente, sin tener que decir por un lado "capto la divinidad del árbol" y por el otro lado ver el árbol sin la divinidad (porque para hacer eso ya había que ser cristiano). Para poder separar el árbol de los dioses en el árbol ya hay que captar el árbol como un objeto no divino que contiene una divinidad. Pero para el pagano, para el politeísta, no había por un lado un árbol y por el otro la divinidad del árbol, porque para poder pensar así hay que imaginarse que por un lado está la divinidad y por el otro lado un objeto vacío de divinidad puramente mecánico llamado "árbol". No lo había antes, se pudo ver un objeto vacío puramente mecánico llamado "árbol" y un significado aparte, a partir y mediante el cristianismo, y no antes. Y el cuerpo y el mensaje aparecen a la vez, la separación entre cuerpo y mensaje ocurre a una, y antes no había separación entre cuerpo y mensaje, el cuerpo era el mensaje y el mensaje era el cuerpo, no se podía hablar de dos. En cierto sentido la evolución -el proceso de transformación de la consciencia- es hacer un dos en donde antes había un uno y simultáneamente ver el uno en el dos. Pero donde antes estaba todo unido, simple e ingenuo -el hecho era lo divino y lo divino el hecho- se produce una ruptura y ahora vemos hechos por un lado y significados divinos por el otro. El pagano que sacrificaba ritualmente un animal o un ser humano no veía el sacrifico por un lado y el sentido del sacrificio por el otro, sino que el acto era el significado. Justamente, el sacrificio como acto que lo contiene todo se empieza a separar en un acto vacío de sentido y en un sentido separado del acto cuando muere el sacrificio, cuando ya el sacrificio se ha vuelto obsoleto, cuando se ha entrado en otra forma de consciencia. Por ejemplo cuando hablamos de "sincronicidad", que es una idea que jamás se le hubiera ocurrido a un primitivo, también partimos del dos. La idea de "sincronicidad" habla de como unir lo que está separado, y por lo tanto es una consciencia que -aunque tenga la hermosa y respetable nostalgia de restaurar la unidad- ya está tocada por la dualidad, porque si no hubiera experiencia de la separación ni siquiera surgiría el problema de la unión. La idea de separación y la idea de unidad van a la par, y cuando una persona habla de unidad es porque ya experimenta la separación, y no es que primero hay unidad y luego hay separación, sino que primero no hay nada y surgen a la vez en el acto de la ruptura la unidad por un lado y la separación por el otro. Estar instalado en esa grieta puede llevar a preguntarse "¿cómo lograr la unidad?" pero eso justamente habla, sin que uno lo diga, de la grieta en la que uno está instalado. No se puede hablar de reconciliación si no ha habido separación. Ni siquiera se puede hablar de no-separación sino por la experiencia de la separación. Por lo tanto, no es que hay la experiencia de la separación a partir de la experiencia de la unidad, sino que hay un estado en que no existe ni unidad ni no-unidad, y de repente un momento en que aparecen separación y unidad. No puede haber experiencia ni noción de unidad que no contenga en sí misma, lógicamente, la separatividad. Ni puede haber experiencia ni noción de separación que no contenga la noción misma ya de unidad. Y unidad y dualidad no son dos, sino que están convocadas por el mismo movimiento, y sólo aparecen como consecuencia de una lógica, que no es ni la una ni la otra sino las dos a la vez. Y cuando no hay esa lógica no hay ni la una ni la otra. Nosotros ya estamos ahí, por eso nos es tan fácil captar unidad sin separatividad y separatividad sin unidad, porque estamos de este lado de la escisión. Lo que nos es muy difícil es captar una dimensión donde ni lo uno ni lo otro. Esto es pensar, que no es poner rótulos. Este proceso por el cual se ve como una cosa convocaba ya a la otra sólo se puede entender pensando. Y el pensamiento no es "o esto", "o lo otro", sino el movimiento que hace aparecer a ambos. Esto no se puede imaginar, porque al imaginarlo me lo imagino junto o me lo imagino separado. Pero en cuanto pienso, ya no puede hablarse de unidad, porque si hubiera realmente unidad no habría pensamiento de la unidad. Sólo puedo hablar de la infancia cuando ya no estoy en la infancia. Pero cuando estoy en la infancia soy la infancia, no hay nombre para la infancia. Y cuando uno habla de la infancia -aún pretendiendo estar en la infancia- la consciencia ya no está ahí, se ha salido de ahí, y por eso es apuntable. Solo puedes tener al frente aquello en lo que ya no estás, pero mientras estás no está al frente. Entonces, si yo puedo hablar de un estado de unión entre lo físico y lo psíquico, o entre lo externo y lo interno, es porque eso ya está consumado, es porque hay una ruptura entre la consciencia y entre aquello de lo que habla. Pero si la unión fuera verdaderamente unión no habría ni siquiera una consciencia que pudiera hablar de la unión. Por lo tanto, en cuanto hay consciencia, en cuento hay reflexión, hay ruptura, no hay inmediatez. La inmediatez, el estado de identificación total, tal que ni siquiera se podría hablar de identificación total, es un estado de inconsciencia, es un estado del que no se podría hablar. La consciencia y la inconsciencia surgen a la vez, y eso es el "alma". Por lo cual, podríamos decir que el "alma" se hace, no está hecha, y antes de consciencia e inconsciencia no hay "alma", ni hay cultura, ni hay logos, no hay nada. Podríamos decir que el perro y el gato viven ahí, en esa nada, en ese ni arriba ni abajo. El gato y el perro son totalmente y completamente todo lo que son, y por lo tanto ni siquiera puede haber un nombrar lo que son. Esto cuesta mucho porque hay una especie de añoranza, la del místico que quiere recuperar la unidad. Pero el recuperarla no es volver a donde se estaba, porque sólo puede haber el deseo de recuperar desde la pérdida. La experiencia de la pérdida no se puede tirar por la borda, pues si se regresara se traería con sigo la pérdida, y no sería un regreso, sería un nuevo estadio. Y cuando vuelo a mi tierra no vuelvo a mi tierra porque el yo que vuelve no es el yo que no se había ido, y la tierra a la que vuelve no es la tierra que dejó. Sólo la idea de que hay un yo separado de la experiencia y una tierra objetiva separada de la experiencia puede hacer imaginar que yo regreso a aquella tierra. Pero si hablamos de la verdad viviente no se puede regresar, porque el que regresa no es el que se fue, y además no puede regresar porque a donde regresa no es de donde se fue. Por lo tanto, la idea del regreso ya supone que se ha perdido el regreso. No hay regreso, hay otra cosa, y cuando uno vuelve no es uno y a donde se vuelve es otra cosa. Reconocer que se ha producido un salto es aceptar la muerte, que es lo que la consciencia representativa no quiere aceptar, que es lo que el aferrado a la imagen de la unión, de la niñez incorrupta, no quiere aceptar, no quiere aceptar que ha habido un salto, un corte, una muerte, y ni siquiera puede pensar la muerte, porque sería pensar la negación. Pero justamente la negación es el proceso. Esto también lo dice Hegel en el prólogo a la Fenomenología del Espíritu: "La muerte, sí así queremos llamar a esa irrealidad, es lo más espantoso, y el retener lo muerto lo que requiere una mayor fuerza. La belleza carente de fuerza odia al entendimiento porque éste exige de ella lo que ella no está en condiciones de dar. Pero la vida del espíritu no es la vida que se asusta ante la muerte y se mantiene pura de la desolación, sino la que sabe afrontarla y mantenerse en ella. El espíritu sólo conquista su verdad cuando es capaz de encontrarse a sí mismo en el absoluto desgarramiento. El espíritu no es esta potencia como lo positivo que se aparta de lo negativo, como cuando decimos de algo que no es nada o que es falso y, hecho esto, pasamos sin más a otra cosa, sino que sólo es esta potencia cuando mira cara a cara a lo negativo y permanece cerca de ello. Esta permanencia es la fuerza mágica que hace que lo negativo vuelva al ser." Por lo tanto no trata de decir "no pasó nada, y es lo mismo", sino que sabe que ha pasado, y no sólo que ha pasado allí, sino que ha pasado en uno, y el poder mantenerse en este desgarramiento es justamente lo que lo transforma en espíritu, en esencia, en "perfume" (si queremos hablar alquímicamente), en algo que se ha sutilizado, que ya no está pegado a la cosa, porque puede ser sutil a través de todos los procesos de "machacamiento", de negación, que no quiere decir tirar por la borda lo que se fue, sino reconocer que ya no se es lo que se fue y sin embargo se es lo que se fue pero de otra manera. Esto es dialéctica. Pero el sentido común (la mente poco entrenada, la representación) dice: "o se es lo que se fue", o "no se es lo que se fue", pero no puede ser que se sea y no se sea. Pero el pensamiento dialéctico es el que dice, precisamente se lo es porque ya no se lo es. Es esta identidad de mismidad y de diferencia, es lo mismo sólo en cuento no es lo mismo. Pero si se quiere decir que es lo mismo porque no ha habido diferencia, esa mismidad es ilusoria. Se puede hablar, por lo tanto, de que sólo puede haber una continuidad en la ruptura. Sólo porque se ha roto forma parte de una historia. Pero no es lo mismo. No. Pero tiene vínculo. Sí, pero a través de la negación.
La pérdida de unidad
20 Nov 2010

Vale la pena leer CON ATENCIÓN (oh, bien escaso en estos días...) el siguiente texto de Nietzsche, incluido en su "El Ocaso de los Ídolos":
29 Oct 2010
“Lo que acontece quiere decir: lo que sostiene y constriñe a la historia, lo que desencadena los hechos contingentes y proporciona de antemano el espacio libre para las resoluciones, lo que dentro del ente representado objetivamente y en situaciones es, en el fondo, aquello que es. Lo que acontece no lo experimentamos nunca con comprobaciones historiográficas de lo que «pasa». Como bien lo da a entender esta expresión, lo que «pasa» es aquello que desfila delante de nosotros en el primer plano y en el fondo del escenario público conformado por los sucesos y las opiniones que surgen sobre ellos. Lo que acontece no puede jamás llegar a conocerse historiográficamente. Sólo es posible saberlo de modo pensante al comprender lo que ha sido elevado al pensamiento y la palabra por aquella metafísica que ha predeterminado la época” (M. Heidegger: Nietzsche)
10 Oct 2010
El descaro literal con el que hoy se espía y divulga la vida privada de la realeza y otras figuras públicas por parte del periodismo indiscreto e invasor, con el cual los individuos exponen en la televisión voluntariamente o por dinero los detalles de sus sentimientos y experiencias más íntimas, y se muestra la desnudez dentro y en las portadas de las revistas y el sexo en las películas, y el descaro literal manifiesto en la institución llamada 'reality show' - tal descaro literal puede interpretarse probablemente como el reflejo objetivo del descaro lógico de nuestra actitud psicológica general”
24 Sep 2010
22 Sep 2010
Nietzsche y el nihilismo europeo.

En su fascinante estudio sobre Nietzsche, Heidegger escribe que:
19 Sep 2010
No se trata de una preocupación por “los hechos pasados”, ni mucho menos por el “registro de los hechos pasados”, en verdad, no se trata de “hechos” sino de la comprensión de aquello que “habla” en la historia. La historia como “ciencia del registro de los hechos”, así como el tipo de conciencia que la justifica, bien puede llamarse “historiografía”. Pero como bien escribía Heidegger ya a finales de los años 30':
La historiografía está ligada a los hechos pasados, vistos en cada caso de esta u otra forma; la meditación histórica, sin embargo, está ligada a aquel acaecer, sobre cuyo fundamento apenas pueden devenir y ser los hechos. La meditación histórica está sujeta a una ley más elevada y más rigurosa que la historiografía, aunque puede parecer que ocurre a la inversa.
Este párrafo está tomado de su curso Preguntas fundamentales de la filosofía. “Problemas” selectos de “lógica” traducido por Ángel Xolocoatzi Yáñes, para la ed. Comares, Granada, 2008 (pág. 48 y ss. ), del cual acabo de publicar un fragmento en la web del Centro, bajo el nombre de Meditación histórica y consideración historiográfica. Allí, entre otras cosas, puede leerse(el subrayado es mío):
la consideración historiográfica es esencial solamente en la medida en que es portada por una meditación histórica, dirigida por ésta en los planteamientos de las preguntas y determinada por ella en la delimitación de sus tareas. Pero con ello se afirma también inversamente que la consideración y conocimiento historiográficos son indispensables. Esto mucho más para una época que tiene ella misma que liberarse de las ataduras de la historiografía y su confusión con la historia. Esta liberación es necesaria porque una época creativa debe estar protegida tanto contra una imitación, frecuentemente acientífica y débil, del pasado, como contra un atropello irreverente de lo sido, dos actitudes que aparentemente se oponen de manera mutua, que son unificadas muy fácilmente, pero que en sí se encuentran completamente enmarañadas.
Es bien conocido el hecho de que las ciencias naturales admiten la consideración historiográfica de su propio pasado meramente como una añadidura, pues en general lo pasado para ellas es solamente lo que ya no es. La ciencia natural misma considera siempre sólo la naturaleza presente (gegenwärtig). Con base en esta actitud hace tiempo un famoso matemático declaró, al estar a discusión la ocupación de una cátedra de filología clásica, que esa cátedra debía ser sustituida por una cátedra de ciencias naturales, con el siguiente argumento: aquello de lo que se ocupa la filología clásica es ya “pasado”. Por el contrario, las ciencias naturales consideran no sólo lo real presente, sino que incluso pueden predecir, calcular de antemano, cómo debe ser lo real y así pueden fundamentar la técnica. Contrariamente, lo historiográfico de la ciencia natural son los descubrimientos y teorías pasadas, las cuales han sido superadas desde hace mucho tiempo mediante el progreso. La “historia” de la ciencia, desde el punto de vista historiográfico, es para la ciencia aquello que la ciencia natural constantemente deja tras de sí en su progreso hacia siempre nuevos resultados. Lo historiográfico de la ciencia natural no le pertenece a ella ni a su proceder. Mediante la consideración historiográfica de la secuencia de doctrinas y descubrimientos pasados uno puede a lo mucho aclararse cuán estupendamente lejos se ha llegado ahora y cuán retrasadas han sido las épocas pasadas, en las que dominaban todavía la “filosofía” y la “especulación” con sus ensoñaciones insostenibles, las cuales ahora finalmente han sido quebrantadas mediante la consideración exacta y sobria de los “hechos”. Así, la consideración historiográfica puede constatar que un filósofo como Aristóteles era de la opinión de que los cuerpos pesados caen más rápido que los ligeros; mientras que los “hechos” de las ciencias modernas han podido comprobar que todos los cuerpos caen con la misma velocidad. La consideración historiográfica de este tipo es por ello una compensación del incremento del progreso, en donde lo nuevo en cada caso es visto como lo más progresivo.
La comparación y la compensación historiográficas del pasado y del presente conducen al resultado de la progresividad de lo actual. La meditación histórica sobre lo sido y lo futuro conduce a la intelección de la ausencia de suelo de la referencia o falta de referencia actual a la naturaleza, a la intelección de que las ciencias naturales como en general todas las ciencias se hallan, a pesar de su progreso -o quizás precisamente debido al progreso- en una crisis. Ciertamente, como se escucha ahora, deben “callarse por fin hoy las habladurías acerca de la crisis de la ciencia” (discurso de matriculación del actual rector, inicio de diciembre de 1937). Sin embargo, la “crisis” de la ciencia no consiste en que hasta ahora no haya sido representada en “cátedras” de paleontología, de etnología, de etnografía, y de otras más; tampoco consiste en que ella hasta ahora no estuviera suficientemente “cercana a la vida” -eso sí lo está demasiado-. Sin embargo, se puede dejar de hablar de estas cosas como “crisis” de la ciencia. Pues en el fondo estos hacedores de crisis están completamente de acuerdo con la ciencia actual y se entregan a ella, incluso llegan a ser sus mejores defensores, tan pronto tienen sus puestos correspondientes. Pero la “crisis” naturalmente es otra y no proviene de 1933 ni de 1918 ni siquiera del vituperado siglo XIX, sino del comienzo de la modernidad, lo que no fue un error, sino un destino y sólo mediante un destino será superado.
La crisis más aguda de la ciencia contemporánea podría consistir en que ella no sospecha en absoluto en qué crisis está envuelta; que ella cree estar ya suficientemente confirmada mediante sus éxitos y resultados palpables. Pero todo lo espiritual y todo lo que quiera dominar como poder espiritual, y que tendría que ser algo más que un trajín, nunca puede estar ya confirmado mediante el éxito y la utilidad. La meditación histórica pone en cuestión el presente y futuro de la ciencia misma y arruina su fe en el progreso, ya que tal meditación hace saber que en las cosas esenciales no hay progreso, sino solamente la transformación de lo mismo. La consideración historiográfica es para las ciencias naturales y para toda ciencia quizás sólo una añadidura externa que hace tomar conocimiento de su propio pasado como algo superado. Por el contrario, la meditación histórica pertenece a la esencia de toda ciencia, en la medida en que pretenda preparar y formar, más allá de los resultados útiles, un saber esencial de su campo y del correspondiente ámbito del ser.
Todavía las ciencias y la institución actual que por completo las sintetiza sólo de forma burocrática, -la universidad- están muy lejos de presentir algo del ser-necesario de la meditación histórica. ¿Por qué? Porque esta diferencia, presumiblemente sólo abstracta, entre la consideración historiográfica y la meditación histórica no es experimentada ni aprehendida, y de momento no quiere ser aprehendida en absoluto. Pues ya estamos acostumbrados desde hace mucho al hecho de que un científico dentro de su campo puede remitir a logros reconocidos y al mismo tiempo puede ser ciego, con una ignorancia conmocionante, frente a todo aquello que otorga a su ciencia el fundamento y la legitimidad. Incluso encontramos esto “maravilloso”. Desde hace mucho hemos resbalado en el americanismo más desolado, cuyo principio es que es verdadero lo que tiene éxito y todo lo demás es “especulación”, es decir, “ensoñaciones alejadas de la vida”.
El optimismo es una buena cosa, pero sólo es la represión del pesimismo; y el pesimismo así como su adversario crecen sólo sobre el terreno de una concepción de lo real y con ello de la historia en el sentido de un negocio, cuyas perspectivas son calculadas ora como esperanzadoras, ora como lo contrario. Solamente hay optimismo y pesimismo dentro de la consideración historiográfica de la historia. Los optimistas son aquellas personas que no pueden librarse del pesimismo, pues ¿por qué otra razón tendrían ellas que ser optimistas? Por el contrario la meditación histórica se halla fuera de esta oposición entre optimismo y pesimismo, pues no cuenta con la dicha de un progreso y tampoco con la desdicha de una paralización del progreso o incluso regreso, sino que la meditación histórica trabaja en la preparación de un Dasein (existir) histórico que esté la altura de su destino, de los instantes de la cima del ser.
En estos audaces y polémicos comentarios, Heidegger ya propone el problema de “la verdad”, cuando afirma, por ejemplo, que la progresiva y progresante ciencia moderna de la naturaleza“no es ni una pizca más verdadera” que la griega. Grave error sería interpretar esta afirmación como postulando la “falsedad” de la ciencia moderna frente a la “verdad” de la ciencia griega. Esto es falaz, puesto que Heidegger apunta aquí a la historicidad misma de “la verdad” -lo cual no implica en absoluto un renunciar a la verdad, sino más bien la necesidad de la apropiación histórica (no historiográfica) de esa verdad y de ese destino, en el cual consiste tal verdad.
En su Humano, demasiado humano, Nietzsche apuntó: Todos los filósofos tienen en su activo esta falta común: partir del hombre actual y pensar que en virtud del análisis pueden llegar hasta el fin propuesto. Involuntariamente, se representan al hombre como una aeterna veritas, como elemento fijo en todas las variantes, como medida cierta de las cosas. Pero todo lo que el filósofo enuncia respecto del hombre, es un testimonio acerca del hombre mismo en relación a un espacio de tiempo muy limitado. La falta de sentido histórico es el pecado original de los filósofos; muchos, en su ignorancia, llegan hasta tomar la forma más reciente del hombre, tal como se ha producido bajo la influencia de religiones determinadas y aun de tales o cuales sucesos políticos., como forma fija de que es necesario partir. No quieren comprender que el hombre, que la misma facultad de conocer, es resultado de una evolución.
16 Sep 2010
En su magnífico discurso de 1955, traducido usualmente como “Serenidad” (Gelassenheit), si bien podría acaso traducirse más efectivamente como “Dejidad”, Martin Heidegger habló de “la huida ante el pensamiento” que caracteriza al hombre contemporáneo. Cito a continuación un largo pasaje de esa conferencia: “No nos hagamos ilusiones. Todos nosotros, incluso aquellos que, por así decirlo, son profesionales del pensar, todos somos, con mucha frecuencia, pobres de pensamiento (gedanken-arm); estamos todos con demasiada facilidad faltos de pensamiento (gedanken-los). La falta de pensamiento es un huésped inquietante que en el mundo de hoy entra y sale de todas partes. Porque hoy en día se toma noticia de todo por el camino más rápido y económico y se olvida en el mismo instante con la misma rapidez. Así, un acto público sigue a otro. Las celebraciones conmemorativas son cada vez más pobres de pensamiento. Celebración conmemorativa (Gedenkfeier) y falta de pensamiento (Gedankenlosigkeit)se encuentran y concuerdan perfectamente. Sin embargo, cuando somos faltos de pensamiento no renunciamos a nuestra capacidad de pensar. La usamos incluso necesariamente, aunque de manera extraña, de modo que en la falta de pensamiento dejamos yerma nuestra capacidad de pensar. Con todo, sólo puede ser yermo aquello que en sí es base para el crecimiento, como, por ejemplo, un campo. Una autopista, en la que no crece nada, tampoco puede ser nunca un campo yermo. Del mismo modo que solamente podemos llegar a ser sordos porque somos oyentes y del mismo modo que únicamente llegamos a ser viejos porque éramos jóvenes, por eso mismo también únicamente podemos llegar a ser pobres e incluso faltos de pensamiento porque el hombre, en el fondo de su esencia, posee la capacidad de pensar, «espíritu y entendimiento», y que está destinado y determinado a pensar. Solamente aquello que poseemos con conocimiento o sin él podemos también perderlo o, como se dice, desembarazarnos de ello. La creciente falta de pensamiento reside así en un proceso que consume la médula misma del hombre contemporáneo: su huida ante el pensar. Esta huida ante el pensar es la razón de la falta de pensamiento. Esta huida ante el pensar va a la par del hecho de que el hombre no la quiere ver ni admitir. El hombre de hoy negará incluso rotundamente esta huida ante el pensar. Afirmará lo contrario. Dirá - y esto con todo derecho - que nunca en ningún momento se han realizado planes tan vastos, estudios tan variados, investigaciones tan apasionadas como hoy en día. Ciertamente. Este esfuerzo de sagacidad y deliberación tiene su utilidad, y grande. Un pensar de este tipo es imprescindible. Pero también sigue siendo cierto que éste es un pensar de tipo peculiar. Su peculiaridad consiste en que cuando planificamos, investigamos, organizamos una empresa, contamos ya siempre con circunstancias dadas. Las tomamos en cuenta con la calculada intención de unas finalidades determinadas. Contamos de antemano con determinados resultados. Este cálculo caracteriza a todo pensar planificador e investigador. Semejante pensar sigue siendo cálculo aun cuando no opere con números ni ponga en movimiento máquinas de sumar ni calculadoras electrónicas. El pensamiento que cuenta, calcula; calcula posibilidades continuamente nuevas, con perspectivas cada vez más ricas y a la vez más económicas. El pensamiento calculador corre de una suerte a la siguiente, sin detenerse nunca ni pararse a meditar. El pensar calculador no es un pensar meditativo; no es un pensar que piense en pos del sentido que impera en todo cuanto es. Hay así dos tipos de pensar, cada uno de los cuales es, a su vez y a su manera, justificado y necesario: el pensar calculador y la reflexión meditativa. Es a esta última a la que nos referimos cuando decimos que el hombre de hoy huye ante el pensar. De todos modos, se replica, la mera reflexión no se percata de que está en las nubes, por encima de la realidad. Pierde pie. No tiene utilidad para acometer los asuntos corrientes. No aporta beneficio a las realizaciones de orden práctico. Y, se añade finalmente, la mera reflexión, la perseverante reflexión meditativa, es demasiado «elevada» para el entendimiento común. De esta evasiva sólo es cierto que el pensar meditativo se da tan poco espontáneamente como el pensar calculador. El pensar meditativo exige a veces un esfuerzo superior. Exige un largo entrenamiento. Requiere cuidados aún más delicados que cualquier otro oficio auténtico. Pero también, como el campesino, debe saber esperar a que brote la semilla y llegue a madurar. Por otra parte, cada uno de nosotros puede, a su modo y dentro de sus límites, seguir los caminos de la reflexión. ¿Por qué? Porque el hombre es el ser pensante, esto es, meditante. Así que no necesitamos de ningún modo una reflexión «elevada». Es suficiente que nos demoremos junto a lo próximo y que meditemos acerca de lo más próximo: acerca de lo que concierne a cada uno de nosotros aquí y ahora; aquí: en este rincón de la tierra natal; ahora: en la hora presente del acontecer mundial”.
Hay una “huida ante el pensar” cuando nos refugiamos en una palabrería, la “cháchara” (lo que Heidegger en una ocasión llamara chiaccheria), que no es sino repetición más o menos banal de lo que en su momento fueron ideas, pero que han pasado ya a ser lugares comunes. También hay una huída ante el pensar cuando ya no re-memoramos sino que damos por supuesto que las imágenes y las palabras son tan evidentes de por sí que no requieren ninguna exploración. Así, dualidades tan usuales como “pensamiento/corazón”, “teoría/práctica”, “masculino /femenino”, “mente/cuerpo”, “proyección/introyección”, “espíritu /materia”, “interior/exterior” , “conciente/inconsciente” y tantas otras suelen darse por sentadas, como hechos, cuando el único “hecho” que menifiesta su uso es que ya no se piensa, ya no se presta atención, ya inadvertidamente se ha renunciado a desbrozar el camino y transitarlo, y se es compelido por una avenidahace mucho tiempo El mismo caso de que demos ya por supuesto que ya sabemos lo que es “la psique” oculta -y a la vez manifiesta- que no estamos en situación de hacer preguntas fundamentales. La progresiva identificación de psique con cerebro sigue este camino, pero también ocurre lo mismo con quienes hablan -sin poner en cuestión esas “imágenes”, y las ideas que implican- de “contenidos psíquicos” y hacen inadvertidamente de “la psique” un continente (un “espacio contenedor”) del cual emergen o en el cual se “contienen” algo así como “ideas ”, “imágenes”, “sentimientos”, etc. ¿Pero es así, en verdad, o más bien esta “evidencia” es producto de una falta de reflexión? Con el uso incuestionado de palabras aparentemente simples e inocuas (basta pensar en la abundante terminología psicológica: psique, complejo, función, imagen, idea, proyección, paranoia,histeria, ego, arquetipo, voluntad, impulso, emoción, sentimiento, salud, patología, inconsciente,delirio... para nombrar sólo unas pocas) quedan selladas así las preguntas primordiales. Pero las palabras nunca son inocuas, y el lenguaje reclama re-memoración. Si bien es posible hablar sin pensar -y en eso consiste no sólo la información cotidiana, sino el contenido de tantos congresos, publicaciones, manifestaciones culturales, ensayos y disquisiciones, páginas webs, blogs, etc.-, no es posible pensar detenidamente sin atender al lenguaje. Pero esta amorosa atención, como tantas otras dimensiones a las que esa atención -reflexión meditatia- se abre, reside hoy en la ya olvidado, ya presupuesto, ya inadvertido... Esto ocurre también a la hora de acercarse a la obra de un creador, y basta aquí recordar la declaración de Lacan cuando se le preguntó por Norman Brown: “Brown es un buen ejemplo de cómo puede hacerse una obra perfectamente aireada, sana, eficaz, inteligente, reveladora, con la sola condición de que un ingenio no prevenido (en efecto, Brown no se había ocupado nunca de estos temas) se tome la molestia de leer a Freud, de la misma manera que se leen otras cosas cuando no se está cretinizado previamente por mixtificaciones de baja vulgarizacion. Por ejemplo, hay gente que habla de Darwin sin haberlo leído nunca: lo que comúnmente se llama «darwinismo» es un tejido de imbecilidades, en el que no se puede decir que las frases que se citan no hayan sido extraídas de Darwin, pero que no son más que unas cuantas frases cosidas, con las que se pretende resolver todo, y en las que se describe la vida como una gran lucha y en la que todo funciona con el predominio del más fuerte. Basta abrir la obra de Darwin para darse cuenta de que las cosas son algo más complicadas. De la misma manera que hay una lectura de Freud, la que se enseña en los institutos de psicoanálisis, que impide leer a Freud con cierta garantía de autenticidad.” (en Paolo Caruso: Conversaciones con Lévi-Strauss, Foucault y Lacan, ed. Anagrama. También puede consultarse parte de esta entrevista aquí) Puede sustituirse en esta declaración el nombre de Darwin o de Freud por el de Jung, por ejemplo, o Heidegger, o Nietzsche, para encontrarnos con la misma situación. En todos estos casos el pensamiento ha sido reducido a una suma de vulgaridades disponibles, etiquetas empleadas justamente para evitar todo pensar y, con ello, todo abrir claros a la reflexión seria y comprometida
Serenidad (Heidegger)
Esta es una puesta al día de un artículo publicado en este blog en julio de 2008
Esta pobreza de pensamiento se hace presente hoy en todos los ámbitos y, cómo no, también en el de la psicología, que acaso surge como “especialidad” justamente cuando se abandona el pensar y se cae en la inercia de un pensamiento técnico (calculador) que ya da por supuesto lo que es psique, lo que es “interior”, lo que es “cuerpo” o “exterior”, entre muchos otros supuestos.
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