26 Ago 2008

Marguerite Yourcenar: una vida, dos novelas para la eternidad

Escrito por: jomvese el 26 Ago 2008 - URL Permanente

Soy un lector desordenado y no recuerdo bien el momento de mi primera lectura de ‘las memorias de Adriano’. Pero no he olvidado la impresión que me causó saber que aquel libro denso que destilaba una sabiduría de siglos había sido escrito por alguien relativamente joven. Aunque las propias limitaciones amplifiquen los méritos ajenos aquella visión privilegiada de una vida tan impresionante como la del emperador romano respondió a muchas cuestiones que uno se plantea confusamente y tarda en responder, si alguna vez lo hace. El privilegio de Marguerite Yourcenar fue el haber vivido una vida dedicada a su formación de escritora, preocupada desde muy joven por conocer lo mejor del arte.

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Marguerite Yourcenar

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Nacida de una familia de la nobleza franco-belga, su madre murió al poco tiempo del parto y, huérfana a cargo de una abuela a la que no apreciaba especialmente, acompañó desde muy joven a un padre culto en sus viajes de formación. Lo mejor de la cultura francesa, germana, de la cultura clásica en especial, de la europea en general, fueron la base de su futuro de escritora. La joven Crayencour (Yourcenar es un acrónimo acordado con su padre, escritor menor) vivió para el arte y sobre todo, trató de llegar al conocimiento de la vida de otros, vivida como un arte. Estuvo también en España, país que amaba en especial y también en algunos aspectos odiaba, en particular el maltrato tradicional a los animales. Finalmente, Adriano era nacido en Hispalis y su ascendencia hispana tiene un importante peso en la novela.

Aunque es uno de mis autores favoritos su ‘Alexis’ no me resulta especialmente interesante. Tampoco lo fueron, hace ya años, ‘El denario del sueño’ y ‘Tiro de gracia’. Su obra sobre Mishima, sus cuentos orientales o sus memorias contienen pasajes espléndidos pero, como la mayoría de sus lectores, creo que son ‘Opus nigrum’ y sobre todo sus ‘Memorias de Adriano’ los que han hecho de ella una escritora universal que alcanza un puesto entre los ‘inmortales’ como humildemente se llaman a si mismos los académicos franceses. Más de quince años dedicó a cada una de ellas, recuperando para sus personajes lo mejor de su formación clásica, ahondando en la investigación de la ‘realidad histórica’, viviendo con ellos su propia vida.

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El enperador Adriano en el Campidogglio

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Admiro su sabiduría sobria, contenida, revelada como al final de un desengaño en el caso del emperador romano, casi escupida con desprecio por Zenón en ‘Opus nigrum’, médico renacentista, espíritu libre que ama a las personas y odia a una sociedad que las esclaviza.

Recuerdo haber entrado con pasión en mi primera lectura de las confesiones de Adriano y seguir maravillado el relato bello y creíble de una vida intensa y casi única, de una triste historia de amor de madurez y de un encuentro deseado con la muerte. Zenón, íntegro y austero, entre estudios y viajes iniciáticos recorre la Europa agitada de Carlos V en el tiempo de los fanatismos religiosos y el personaje se convierte en un símbolo luminoso de los espíritus independientes.

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Antinoo. Pergamonmuseum Berlin

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De Adriano a Zenón, Marguerite Yourcenar nos hace recorrer un camino en el que se adivina la continua vista atrás de la escritora hacia el tiempo de los grandes hombres tolerantes y sabios. Si en el primero es capaz de mostrarnos la grandeza y miseria del político y la del hombre, la felicidad del amante y la soledad tras la muerte del amado, en Zenón hay un bello homenaje a la independencia del pensamiento, a la integridad y finalmente a la vida entendida en su alcance universal. En el discurso de Zenón recoge su propio conflicto, que es el de tantos, reflejo de la lucha recurrente entre las viejas creencias y la ciencia. En frases que parecen dirigidas contra una religión aún dominada por integristas y dogmáticos, nos cuenta la inevitable condena al médico sabio e irreductible:

Sabía muy bien que no existe acuerdo duradero entre los que buscan, pesan, seccionan y se honran de ser capaces de pensar mañana de forma diferente a hoy y los que creen o dicen creer y obligan a sus semejantes a hacer lo mismo bajo amenaza de muerte.

Ante su posible ejecución en la hoguera, expone reflexiones que aún resultan vigentes para muchos cristianos, salvando las formas de la muerte, hoy sustituidas por balas, bombas o cuerdas.

Resulta extraño que para nuestros cristianos los pretendidos desórdenes de la carne constituyan el mal por excelencia….nadie condena con rabia o disgusto la brutalidad, el salvajismo, la barbarie, la injusticia. Mañana nadie se molestará en encontrar obscenas a las personas que vendrán a contemplar mis convulsiones entre las llamas…

En sus discusiones con el obispo, amigo poco fiable, éste le acusa de ‘haber perdido la fe en la sublime excelencia del hombre’ a lo que Yourcenar, por boca de su personaje, contesta exponiendo sus preocupaciones más actuales, en un mundo de cinco mil millones de habitantes, cinco siglos después de Zenón:

El hombre es una empresa que tiene en su contra el tiempo, la necesidad, la fortuna y la estúpida y siempre creciente prioridad del número... Los hombres acabarán con el hombre.

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Mausoleo de Adriano. Roma

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Retirada a una vida de estudio, reflexión y trabajo en su refugio de Maine en la costa noroeste de los Estados Unidos, profesora circunstancial en universidades, no olvida Francia que la convierte en la primera mujer académica de la lengua en 1980. La enfermedad y muerte de su traductora, secretaria y amante, reducen su mundo real casi en exclusiva a esa isla desde la que despliega su curiosidad insaciable. Su permanente interés por las filosofías orientales se intensifica y en sus últimos años sus preocupaciones ecologistas se trasladan principalmente hacia los animales que sufren al hombre ‘como una maldición’.

Envidio a la persona capaz de llevar consigo durante 15 años la hermosa idea cambiante de Adriano y la ilusión permanente de Zenón. Admiro a la escritora capaz de regalar al mundo historias universales que ignoran el tiempo y sobrevuelan en nuestra imaginación bellas vidas de hombres grandes y sabios. Marguerite Yourcenar, una vida de escritora, un destino de inmortalidad en dos obras.


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05 Jul 2008

Del desahogo a la indiferencia

Escrito por: jomvese el 05 Jul 2008 - URL Permanente

En un post de hace unos meses comenté con otros comuneros los motivos que llevan a escribir. Incluí citas sobre las razones de algunos escritores famosos y muchos estuvimos de acuerdo en que el impulso nace por motivos casi tan variados como las propias personas que escribimos. Varios confesamos no tener clara nuestra propia motivación. Unos meses después creo tenerlo más claro: escribía para desahogarme, porque estaba enfadado, así de simple. Y realmente no hacían falta complejos análisis para saberlo pero uno suele ser a menudo bastante lento para llegar a conclusiones sobre sí mismo.

No escribí únicamente sobre la causa directa de mi enfado. Había otros temas que aprovechaban el impulso y finalmente de una forma o de otra encontraba un camino de salida en el que aficiones y recuerdos volaban junto a rencores y lamentos camuflados. No creo que haya nada original en ello. Así acompañado vuela casi todo lo que escribimos. Pero con el tiempo mi enfado se ha ido enfriando y con él mi impulso de escribir. Al aceptar finalmente derrotas y desengaños, la indiferencia va sustituyendo al desahogo y termina por quedar sólo un silencio.

En ese tiempo me ha parecido ver un proceso parecido en otros que, como yo, pasan de una actividad frecuente, comunicativa, a un bloqueo inexplicado. Quizás me equivoco y en la mayoría es una simple cuestión de tiempo disponible, de prioridades. En mi caso no lo es. Pero uno sabe que la vida suele ofrecer ciclos y conoce el calor que duerme en sus propios rencores. Por eso imagino que pronto algo romperá la indiferencia y, de nuevo en la rueda que gira con nosotros, trataré de obtener respuestas a preguntas que casi nunca las tienen. También de eso va escribir y también por eso estamos algunos aquí, mal que bien. Cuestión de tiempo, si lo hay.


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18 Jun 2008

El aire y la tierra

Escrito por: jomvese el 18 Jun 2008 - URL Permanente

La muerte de alguien a quien quise,
el recuerdo de alguien a quien amé

Desde hace unas semanas contemplo de nuevo la muerte a mi lado, la de alguien cercano a quien apreciaba. Ella que fue tan hermosa, tan vital y apasionada, la que de cualquier instante hacía un momento de alegría, se ha ido consumiendo en su vieja envoltura mientras empujaba mi pesada nave, simulando que nada ocurría.

Contemplo ahora su rostro marchito y maldigo la vida que nos hace ser testigos impotentes del naufragio final. La veo aferrarse a sus últimos momentos en un escenario de dolor y de impotencia y sin embargo, como si de algo obsceno se tratara, no puedo evitar que tus imágenes vuelvan a mi mente.

Su decadencia y tu esplendor, la oscuridad y la luz, la terrible mueca de la vejez y la increíble, insultante belleza de tu juventud. Así apareces ante ella, desafiante en la seguridad de tu mundo confiado, con el ansia de llegar al límite de tus mejores años.

Las imágenes van incomprensiblemente unidas en mi mente, fugazmente se sustituyen una a otra y provocan algo parecido a un vértigo. Recorriendo mi vida en una secuencia enloquecida, mi pensamiento me devuelve una vez más a conclusiones que cuesta aceptar. Ideas que hieren la razón y graban en ella a fuego el incomprensible testimonio de nuestro paso por el mundo..

En un gesto inútil mi mirada se eleva hacia ti desde la tierra que casi ya la posee. Cuando ella baje a su descanso veré también tu avión despegando libre hacia un cielo azul y tu rostro perfecto sonriendo a la vida, que te ofrece cuanto tiene. Música oscura, las oraciones del oficio serán una despedida sin retorno, tan sólo iluminada por la esperanza absurda que tus imágenes traen hasta mí.


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16 Jun 2008

El olor de la desgracia

Escrito por: jomvese el 16 Jun 2008 - URL Permanente

Van y vienen, el oído atento, siempre buscando entre los conocidos. Preguntan, indagan sobre la vida de los demás, la suya está casi vacía. Empujados por sus certezas, obligados por sus dioses a buscar coartadas para ayudar a los otros, necesitan descargar sus dosis de compasión y olfatean a su alrededor tratando de localizar a alguien que la merezca.

Existen épocas, se pasan rachas, todos tenemos alguna vez una tristeza de plomo sobre nuestra vida. Pero el destino se ensaña a veces. Algunas personas parecen atraer todos los males. Una y otra vez la vida les golpea y hace sangre. Ellos paran los golpes como pueden y tratan de seguir su camino de asombro y tristeza. Cuando sufren un dolor intenso, su alma emite un aroma especial, compuesto de sorpresa y rencor, de renuncia y de miedo.

Pronto lo detectan los atentos sentidos de estas ‘buenas gentes’. Tan sólo la leve concentración de sangre que suponen unos lejanos y vagos rumores les basta a estos depredadores del alma para localizar a su víctima. Un día la encuentran. Sus preguntas le envuelven en un falso ambiente de simpatía. Sugieren esperanzas en las que no creen, le expresan buenos deseos que en realidad desprecian, le ofrecen una ayuda que jamás concederían.

Avergonzada y confusa, la víctima trata de despedirse, de librarse de ese abrazo forzado, de esos focos de luz que iluminan su dolor para la curiosidad de otros. Musita confundida una leve excusa y emprende una huida no confesada bajo el fuego de la compasión.

Ellos, descargada su conciencia y con la satisfacción del deber cumplido, dirigen sus vidas hacia nuevas heridas. A cambio de una breve representación creen haber salvado sus almas.


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22 May 2008

El talento sobre el talento

Escrito por: jomvese el 22 May 2008 - URL Permanente

Muchos de los que nos gusta la fotografía a menudo admiramos los trabajos de los grandes profesionales. Y hay muchos. Es un campo inmenso en el que cabe casi toda la creatividad de nuestro tiempo. Ya sea en fotografía creativa o bien en simples fotos de estudio encontramos en Internet material para navegar deslumbrados durante horas ante las imágenes de cuerpos y de objetos, de paisajes y de eventos. Muchas revistas de calidad presentan reportajes espectaculares en papel. El tiempo de la imagen no defrauda a ningún mirón.

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Cualquier creador pone su imaginación a trabajar sobre la idea de alguien. Una historia engarza otra, una pintura inspira otro cuadro, una melodía se reconstruye en una sinfonía o en una canción. Una imagen, sirve base a otra, por supuesto y eso ocurre en particular con este especialista francés que realiza trabajos espectaculares,Christophe Huet.

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Su trabajo es controvertido y casi siempre ocurre así con el éxito de los artistas. Es cierto que de algún modo destruye la obra de otros o mejor, hace que la olvidemos, la supera o la hace diferente, hace arte sobre el arte.

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A veces buscamos motivos originales. Pero la fuerza del entorno hace que, hoy como siempre, en la mayoría de los casos acabamos empezando donde otros terminaron. Desde el comienzo de la fotografía la originalidad tiene un mérito creciente a medida que nuestras mentes acumulan ideas e imágenes de otros. Por eso difícilmente cabe justificar un rechazo a quien construye sobre la belleza de otros. Siempre ha sido así y cada vez lo es más. Huet tiene ese toque mágico que hace que sus imágenes se disparen hacia el que mira. Sus trabajos producen admiración, envidia y quizás un impulso por avanzar a pasos forzados por la senda del Photoshop y sus hermanos mayores del retoque. En cualquier caso, la luz, el color y las formas pasan por sus manos y se transforman en algo tan bello a veces que bien vale el riesgo de ofender a los puristas.


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14 May 2008

Le llaman fama y a veces es sexo

Escrito por: jomvese el 14 May 2008 - URL Permanente

Un juicio reciente planteado por alguien cercano a la familia real vuelve a airear el tema de la intimidad y la fama. Los reyes y sus problemas familiares me interesan muy poco y si algo me puede preocupar de ellos sólo es la posibilidad de que sus carencias o sus ardores se transmitan a los vulgares mortales que somos sus ‘súbditos’ y acaben perturbando lo que deben cuidar. Olvidadas las hazañas que convertían en azul la sangre de los reyes, contemplamos sin añoranza como el ‘glamour’ de siglos en las bodas reales ha derivado en Europa hacia una puesta en escena de matrimonios de conveniencia simples. Algunos dicen que en ocasiones son incluso de amor, en todo caso, como los de los demás.

Como consecuencia, cerca de nosotros, alguien se rebela y dice pedir auxilio porque su hermana periodista casó con el heredero de la corona. Su fama resulta ser incómoda, adquirida, impuesta, quizás injusta, pero inevitable. Y la fama vende, aunque sea impuesta, la prensa compra y vende, la gente sueña, odia y ama sus propios sueños. Otros juegan con fuego y llaman en su ayuda al monstruo de la publicidad para vender una parte de su vida sin saber que se la venden casi toda. En algunos casos el sexo queda lejano, al fondo, casi inexistente. Pero hay otros.

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Esclavo de sus pasiones, cada uno alimenta sus fantasías con la leña que las hace arder. Hoy como siempre deseamos lo que no tenemos y quizás en lo único que se distingue verdaderamente nuestro tiempo es en que los medios de comunicación pueden mostrarnos sin compasión y sin descanso, por todas las vías imaginables, lo que nos falta y lo que nos sobra, cuanto ansiamos y cuanto perdimos.

Vemos que si algunos rechazan la fama impuesta otros repudian la que han sembrado. Como tantos, me declaro siempre admirador de la juventud, que es la belleza. Tan frágil, tan pasajera…y tan rentable. Por un falso pudor intelectual muchos hacen como si no la vieran, dicen ignorar las frivolidades en su camino y buscar sólo talento. Sin embargo, la belleza cuesta tanto adquirirla como el talento: ambos vienen instalados de fábrica. Hablando por mí, como debe ser, admito que no tengo el pudor de negar que disfruto con el espectáculo. Y que a menudo junto a la belleza también encuentro talento.

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Imágenes de las series 'El internado' de Antena 3 y 'Los Serrano' de Tele5

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Aunque tengo muy claro que una frontera casi infranqueable del periodismo rosa está en el umbral de la casa de su ‘víctima’, los jóvenes actores y actrices españoles, como otros cantantes o modelos que viven de la televisión y del cine, resultan en esto de la fama los más contradictorios. Para solaz de los mirones que somos todos, venden sus cuerpos gloriosos, felizmente desnudos cada dos por tres con cualquier excusa ya sea una película, una serie de televisión o publicidad de una ropa escasa. La revolución hormonal que se desprende provoca un ansia adolescente, juvenil y también de edades inconfesadas. Todos desean ver, conocer, algunos incluso tocar los cuerpos sagrados. Muchos sueñan húmedas fantasías con los adorados invasores de su intimidad. Y es entonces cuando ellos, que han vendido legítimamente su talento y sus cuerpos en el mismo lote, que han cobrado cantidades ingentes por ello y encima se han divertido, salen diciendo muy dignamente que de su vida privada nadie debe saber nada. Y en esta lucha justificada entre el deseo de ver y el de no ser visto, la fama resulta un estorbo que antes fue una ventaja. Pero no es fama. Le llaman así, una vez más, a la fuerza de los mil nombres: la atracción sexual. El sexo, quiero decir, vamos. Lo que mueve el mundo en casi todas sus direcciones.


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24 Mar 2008

Una película y una novela. De Piaf a Trueba

Escrito por: jomvese el 24 Mar 2008 - URL Permanente

Coinciden en mi tiempo una película y una lectura y uno mismo establece entre ambos relaciones que para otros probablemente no existen salvo por el lazo tenue del cine. La Mome (La vida en rosa) cuenta la historia dura y triste de alguien atormentado por una infancia terrible que pesa como plomo sobre su vida trágica. La de una niña destinada a la miseria en la Francia de posguerra, nacida de una relación accidental entre una madre deshecha que la rechaza y un padre brutal incapaz de amar. Descuidada y casi abandonada por su madre alcohólica, rescatada de ella por un padre despiadado, entregada a una abuela que regenta un burdel y que se ve forzada a aceptarla, fue finalmente criada por prostitutas que probablemente son las únicas personas a las que Edith Piaf amó en su niñez. Tan sólo su voz extraordinaria, capaz de conmover a cuantos la escuchan cantar, tira de ella hasta el borde de un pozo negro del que nunca termina de salir.

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Marion Cotillard en 'La vida en rosa'

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Ella, la voz de Francia, capaz de emocionar a multitudes, consiguió motivar a los mejores compositores de su tiempo que hicieron brotar para su voz canciones eternas. Edith Piaf, el espíritu de los desheredados, atrajo la atención de los más famosos artistas e intelectuales de su tiempo, triunfó en Europa y en Estados Unidos, amó sin suerte y entre medicamentos y drogas, arruinó una salud tan frágil como sus relaciones. La gran Piaf, reflejada en una película oscura y confusa, en la que sobresalen como joyas las canciones que nos dejó, el bello lamento de un alma herida para siempre que trae los sentimientos a flor de piel y nos recuerda la gran paradoja que supone esa extraña e inquietante relación entre sufrimiento y belleza.

Piaf, como eterna perdedora de la vida, trae de la mano el título de la última novela que leo de David Trueba, ‘Saber perder’. Admiro en David Trueba algunas cosas y tras su película ‘Soldados de Salamina’ me interesé por sus trabajos y los sigo regularmente. Admiro los escritos inteligentes, irónicos y a veces crueles del periodista, aprecio su ágil ritmo de novelista y su aguda percepción de algunos defectos de nuestro tiempo que refleja tanto en sus novelas como en sus películas. Pero cualquiera que escriba debe modular la inmediata tentación de insistir sobre lo que le gusta o sobre lo que desea de forma que no pese excesivamente sobre la trama, al menos si se trata de alcanzar a un mayor número de lectores, hombres y mujeres, y de nuevo sorprende en David Trueba su absoluta indiferencia por esta precaución esencial.

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David Trueba, entre los protagonistas de su película 'Bienvenido a casa'

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Tal es su seguridad en el efecto de lo narrado que ni tan siquiera se molesta en describir a sus protagonistas de los que, aparte la breve introducción, únicamente deja caer algunos rasgos esparcidos con cuentagotas a lo largo de toda la novela. Con excepción de los cuerpos de las hembras objeto de deseo ninguno de sus personajes obtiene más que unos breves adjetivos y la acción alterna entre machos de diferentes generaciones (abuelo, padre y joven futbolista) que circulan incesantemente entre la admiración y el deseo sexual ante unas hembras tan seguras de sí mismas como increíbles.

Ya en su novela ‘Cuatro amigos’ proyectaba una mirada complaciente, algo obsesiva y casi siempre cruel del ‘mundo macho’ y aquello resultaba paradójico en un padre como Trueba, que creo sólo tiene hijas. Ante ellas rechinan tantas historias de cuartel, contadas por y para hombres unidimensionales. Nada nuevo entonces ni ahora ya que ese enfoque vuelve a ser frecuente en cine y literatura. En ‘Saber perder’ también aparece esta idea fija, semioculta tras las tramas con perfiles simplistas de hombres obsesionados por el sexo, desorientados y débiles ante sus pasiones, que admiran y desean a mujeres en su mayoría generosas, inteligentes y con estrategias claras y definidas ante el amor, los hijos y la vida en general. Trueba parece despreciar tanto a los hombres como desea a las mujeres y esa impresión de algún modo devalúa su obra.

‘Saber perder’ se lee fácilmente y entre fútbol y mujeres se desliza una menor, la protagonista que quizás destila sus deseos de escritor y de hombre en un ideal que parece fuera de lugar y a la que tampoco el autor consigue que amemos, en esta historia amarga de frustraciones y sexo casi siempre sucio. Al final parece redimirse de sus obsesiones con una breve ventana de amor, con observaciones brillantes sobre la música, sobre la vejez y sobre la vida en general, aunque no nos identifiquemos con sus personajes quizás porque él tampoco ama a ninguno. En ocasiones cuando un ganador inteligente compone sobre perdedores suena con un ruido extraño.


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12 Mar 2008

La herencia podrida

Escrito por: jomvese el 12 Mar 2008 - URL Permanente

Tan sólo cuando uno hace un alto en el camino y se aparta para ver pasar a los otros puede juzgar bien sus vidas. Probablemente el simple hecho de pensar en valorarlas delata una inseguridad sobre la propia pero creo que esa es una debilidad en la que todos caemos con mayor o menor frecuencia. Nuestro tiempo fue de una forma que resultó de lo que recibimos y de lo que decidimos. El pasado es inamovible, frío y lejano. No debería perturbarnos y, sin embargo, a veces lo hace. Muchos estamos hechos así. En momentos de introspección tendemos a comparar lo que fue con lo que pudo haber sido, en las vidas de otros y en nuestras propias vidas. A menudo es un ejercicio inútil si no destructivo pero en ocasiones nos ayuda a valorar lo que tuvimos y lo que tenemos.

Con la ayuda inevitable de la experiencia y tomando la vida completa de alguien que pasó cerca de ti uno puede valorar su propia época y en ese juicio descubre que el tiempo casi siempre impone renuncias a cambio de nada. Tampoco en eso hay novedad. En la larga historia de los hombres leemos que con frecuencia quienes viven los cambios sociales llegan tarde para disfrutar del resultado.

Esto viene a cuento de la vida en la que ahora pienso. La de alguien cercano en la adolescencia y en la juventud, luego alejado durante muchos años y que hace unos pocos días ha muerto a una edad en la que la mayoría piensa en comenzar a descansar y a disfrutar el tiempo que le concedan. En el sorteo de padres le tocó un padre bueno, débil, amargado por la guerra civil y con perfil de alcohólico que murió relativamente joven. Una madre dura, estricta, católica devota, puritana y obsesiva. Eran casi estereotipos de una clase, de un tiempo, de un país. En el sorteo de cuerpos le tocó ser feo, pequeño, rellenito y con voz atiplada. Era inteligente, sensible, tímido y acomplejado, y si hubiera sido homosexual habría tenido casi todas las características que distinguían a alguien destinado entonces a la infelicidad permanente. Pero no lo era y su escasísimo éxito con las mujeres amargó su juventud. Y esto, en una amalgama infame con el resto de sus cargas, oscureció su vida hasta hacerla un camino duro y triste.

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El peso de unos padres obcecados que en vez de una ayuda para superar sus complejos fueron una desgracia, añadido al de una sociedad trastornada y a la mezcla letal del sentimiento de culpa y resentimiento por las propias limitaciones, fue un lastre excesivo. Entre todos le empujaron y él se dejó arrastrar al único vicio relativamente bien visto, entonces como ahora. Con la menor excusa, bebió hasta el exceso. Su cuerpo se resintió y el resultado fue que perdió un riñón y se encontró, al terminar sus estudios, con una vida aún más devaluada. Me contaron que llevaba en Madrid una existencia apartada, solitaria, oscura y resignada de trabajos y pequeños ocios.

Cuando en los últimos años muy de vez en cuando nos encontrábamos me impresionaban su aspecto demacrado y su desánimo. Ya forma parte de las sombras del pasado y su vida triste contrasta con la libertad de los tiempos. Probablemente hoy quienes nacen así marcados tienen al menos la oportunidad de vivir libres en una sociedad que se cree libre y hace lo posible por serlo.

Cuando juzgamos y comparamos las vidas de otros el asombro resulta inevitable. Aunque nadie sea capaz de conocer realmente la felicidad de una persona, vemos estas vidas, rotas por una herencia podrida que les fue impuesta, y en su contraste frente a las vidas plenas de algunos privilegiados surge un escándalo interior tan doloroso como inútil. A muchos nos lleva a interrogarnos sobre algo que no tiene respuesta. Otros, probablemente más egoístas o más sabios, simplemente miran hacia otro lado y siguen su camino.
Así es la vida. Y en las grandes cuestiones casi siempre resulta incomprensible.


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19 Feb 2008

Memoria falsa de otoño

Escrito por: jomvese el 19 Feb 2008 - URL Permanente

Un niño ansiaba la llegada del otoño. Con él vendrían las vacaciones del bosque. La libertad del cazador, la noche en el viejo hotel, la misa de Roncesvalles, el viento en las hayas, el vuelo de las torcaces desde Francia. Mentiras embellecidas, el mundo que quisimos.

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El final del verano


Los últimos días de Septiembre tenían una luz especial. La playa, el recurso del verano infantil, iba cambiando de aspecto a medida que avanzaban los días. La luz se suavizaba, el mar calmado del verano se agitaba. Las grandes olas llegadas de lejos, de los temporales atlánticos que volvían a despertar, nos obligaban a veces a cambiar nuestra rutina. Algunos días no podíamos entrar a bañarnos, era peligroso, incluso en aquellas playas cerradas. Playas sin vigilancia, libres para los riesgos, libres al fin.

El viento de tierra volvía. Cálido, seco. Sus ráfagas anunciaban el pronto final de nuestras vacaciones, el retorno de la lluvia, la vuelta al colegio. Quizás para otros niños aquello era algo triste, algo que suponía el final de la libertad, de las diversiones. Yo lo esperaba con emoción contenida. Traía consigo unos días mágicos en mi vida. Al final de las vacaciones oficiales, con el viento de otoño llegaban las escapadas que nos pertenecían sólo a nosotros, sólo a los iniciados, a los que añorábamos el espectáculo, repetido y nuevo cada año, de la pasa.

La nueva luz llegaba. La luz del Sur, violenta, fugaz, cambiante. Atravesaba el viento cálido y despertaba el color del mar y de las nubes. Anunciaba que pronto todo cambiaría. La rutina del colegio sería un día interrumpida. Un permiso especial me permitiría llegar hasta los bosques en otoño. Cuando los demás fueran camino del colegio, prisioneros en el aula, yo llegaría al final de una escalera de madera y subiría a una plataforma sobre un árbol, navegando, perdido en el mar de las hayas. Desde allí vería el sol del amanecer, las nubes encendidas por los primeros rayos, el bosque agitado por el viento de otoño y, por unas horas, me sentiría libre.

Mis hermanos y yo seguíamos con ansia sus idas y venidas. Le asaltábamos con nuestra impaciencia. Queríamos que nos llevara con él. Para cazar, para huir del colegio, para ver el bosque de otoño, para ser parte de una vieja ceremonia que nos fascinaba. Él sonreía y nos pedía paciencia, una paciencia que no es de esa edad. Mi padre pronto cedía. Fijaba unas fechas. Perder unos días de colegio no era entonces tan grave. Nos vendría a buscar o quizás iríamos en el viejo autobús hasta el pueblo.

El tiempo entonces pasaba despacio. Lentamente transcurrían las primeras semanas de clase, llegaba al fin el gran día. La aventura comenzaba en el propio autobús, solos, probablemente entregados, sin saberlo, a la atención del chófer. A veces, incluso sentados en los asientos del techo de aquellos viejos trastos, casi al aire libre, mirando bosques y nubes en busca de buenos augurios. Una distancia que hoy es corta entonces era un largo viaje. La impaciencia infantil lo hacía inacabable. Él nos esperaba al llegar, al pie de la puerta.

Llegaba el final del viaje, frente al viejo hotel. Sus compañeros nos saludaban. El niño tímido que era yo admiraba a aquellos hombres. Sus vidas, que hoy me parecerían vulgares, les ofrecían el privilegio más valioso, la libertad del cazador, libre para elegir sus días, libre para decidir que lo importante era estar allí, sobre el bosque, como sobre el puente de una nave que sobrevolara los valles.

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Roncesvalles. El silencio de la historia

Seguramente aún era muy temprano cuando él nos enviaba a dormir. Tendríamos que madrugar tanto, nos decía. La cena y su tertulia, los preparativos para el día siguiente, las esperanzas de sus compañeros, las estrellas de la fría noche, todo giraba en mi cabeza alejando el sueño. Las sábanas húmedas, heladas, olvidadas en la triste habitación abandonada que ocupábamos por unos días, eran sólo un pequeño sacrificio. Al cabo de un rato los pies entraban en calor, la imaginación volaba hasta el bosque, el sueño llegaba.

Quizás eran poco más de las cinco cuando él nos llamaba. El despertar era difícil, el sueño de los niños es profundo. Pero era domingo y la misa de los cazadores era la primera. Un desayuno sencillo, preparado en la cocina de aquel modesto hotel por alguien madrugador. Sin hambre, sólo sueño y emoción contenida. Pronto al coche, no olvidar nada, ya no se vuelve hasta la noche, nos decía.

Todavía puedo verlo. El pueblo duerme, sólo los iniciados se apresuran. Las casas de tejados inclinados, alineadas a lo largo de la calle, oscuras, silenciosas. Los faros de unos pocos coches nos siguen. La carretera es recta, casi sin una sola curva, solo unos minutos hasta la colegiata.

Al bajar del coche, el viento comienza a soplar con fuerza, las hojas rozan contra el suelo con un desorden áspero. Resuenan en el patio semivacío las puertas al cerrarse. Tantas estrellas...será un buen día, nos dice en voz baja. Caminamos detrás de él hacia la vieja puerta, junto a las tumbas de los Reyes, ocultas en su oscuro recinto.

Cuando entramos en la nave, tras él, la puerta se cierra con un golpe sordo que retumba en los gruesos muros. Luego, en el silencio, nuestros pasos hasta el banco. La iglesia está casi a oscuras. Algunos más, pocos, entran y la puerta vuelve retumbar. Se sientan. Vuelve el silencio, aquel silencio.

Un rito antiguo, repetido ante la historia, antes de amanecer. Oscuros canónigos murmuran oraciones que resbalan en un rumor sobre paredes ocultas por siglos de penumbra. Mi imaginación lo sobrevuela todo, todo menos el rito.

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Los pájaros azules

Pronto de me cansé de andar, aunque la distancia no era grande. El camino recorría el largo collado por la divisoria. En las primeras luces del amanecer, el bosque oscuro comenzaba a agitarse. Los pájaros, como peregrinos de otoño, tras su descanso de la noche, iniciaban su duro viaje contra aquel viento incesante que amontonaba las hojas a mis pies. No los veía bien, a veces solo eran sombras fugaces. Oía sus cantos que sonaban como gritos, deformados por el ruido del viento. Él marcaba un ritmo y lo mantenía, sin detenerse, mirando siempre adelante. Caminé en silencio tras sus pasos.

Vi la escalera del puesto desde lejos, un poco abajo del camino, hacia el barranco oscuro. Me pareció pequeño, frágil, descaradamente expuesto a la vista de los que pasaran, como si aquel pedregoso camino en las cumbres fuera un lugar concurrido.

La primera vez fue un descubrimiento. Él me hizo subir por la escalera de madera. Antes de decidirme, la miré desde abajo. Me pareció muy alta. A los diez años, ves el mundo tan grande. También tuve miedo. Los escalones parecían poco firmes. El viento soplaba fuerte y hacía ruido en las hayas que nos rodeaban. Todo se movía. Él venía un poco por detrás, debajo en la escalera, como para cogerme si caía. Sonreía, mi recuerdo fija su cara de satisfacción, tal vez de orgullo.

Al llegar a los últimos escalones, el valle comenzaba a dejarse ver entre las hojas. Quizás también viniera un bando, pensé. Rápido, arriba. Quería llegar y mirar hacia ese mundo fantástico. De pie ya en la plataforma, mi estatura no daba para ver nada que no fuera el armazón del puesto, cerrado por todos lados. Hojas y ramas impedían ver y que nos vieran, protegían del viento. Cuando él llegó me ayudó a subir a la tabla de la esquina, que servía de banco. Tomó mi mano, firmemente. No dijo nada. Me puse en pie sobre ella, cogido de su mano, miré al valle.

Las luces cambiantes del amanecer, los colores del otoño, gritos de pájaros que, altos, lejanos, luchaban en un vuelo cansado contra un viento incesante. La luz violeta de la noche que acababa aún cubría el valle. El bosque, inmenso a mis pies, se agitaba en todos los sentidos. Yo volaba sobre él. Al fondo, los montes comenzaban a iluminarse con el primer sol que reflejaba sobre ellos un mosaico de tonos rojos desde un cielo de nubes altas y rasgadas. Aquello es Francia, dijo él. Ya entonces supe que siempre querría volver allí, que aquel sería mi mundo secreto.

Pronto llegaron los primeros. Él me ayudó a verlos. Lejanos, en su vuelo decidido. Airosos, danzaban juntos, apretados, llevados por un viento que, a ráfagas, los movía a ras de los árboles. Pronto se alejaron y no fueron más que puntitos en el cielo, apoyados en las nubes del amanecer. Sus alas brillaron al sol unos momentos, luego ya no los vi más.

Vienen cerca, dijo de pronto. Escóndete, no deben vernos. Desconfían de cualquier cosa. Si nos ven, no pasarán por aquí. Me agaché, rebajé mi estatura casi hasta el suelo, tan sólo miraba hacia el cielo azul y blanco, un poco de costado, a través de aquella absurda ventana en la que convertía el puesto mi nerviosismo infantil.

Oí un agitado batir de alas, como unas sedas al viento. Miré hacia el cielo y los vi. Recortadas sus siluetas contra el cielo, bravos, decididos, salvajes. De repente noté el brillo del cañón, mi padre se incorporó. Bruscamente, pareció que quisieran alcanzar las nubes en un torbellino de alas. Un estampido, algo que cae, la magia desaparece.

Lo vi desde arriba, una mancha gris sobre el suelo de hojas, inmóvil. Bajé la escalera, nervioso, ansioso por acercarme, por tenerlo en mis manos. Llegué hasta él, tan frágil parecía ahora en el suelo, muerto. Un poco de sangre en su pico, sus bellas plumas grises desordenadas sobre el pecho. Entonces la sangre no me importaba. Era parte del rito, sólo eso.

Otros vinieron aquella mañana. Luego el viento arreció y nubes oscuras taparon el sol. Llevó los grandes bandos hacia los montes lejanos. Allá los veíamos, como sombras borrosas, raudas, sobre las manchas rojas de los helechos. Volaban sobre las laderas casi rozando el suelo y luego daban una rápida bordada, planeando como flechas oscuras justo sobre las lomas peladas, superando las cimas, camino de Castilla, me decía él.

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Anochecía. Las ráfagas de viento cálido levantaban torbellinos de hojas secas que subían hasta que, fuera del abrigo de la ladera, eran arrastradas a gran altura hacia centro del barranco. Allí caían como una suave lluvia oscura, brillando a veces con los últimos rayos de un sol que se marchaba para no volver hasta pasados días. La tempestad traería el viento del mar, la lluvia, la niebla que cubriría el bosque. Los pájaros descansarían, posados entre las hayas, inquietos, atentos al primer cielo entre la niebla, para seguir su absurdo viaje.

Hoy me pregunto, tan lejos de la magia de aquel tiempo, si volvería a hacerlo, si sería capaz de cazar las bellas torcaces. Sé que aquellos días solo fueron posibles entonces, no volverán. Cuando el mundo era nuevo, tan grande, el tiempo pasaba lento y los pájaros eran tantos, tan libres, tan salvajes.

Olvidando las razones más cercanas al cuerpo, la vulgar comida, quizás les dábamos muerte en nuestro despecho por no poder ser como ellos, por no poder danzar llevados por el viento de otoño, sobre los bosques de Francia y de Navarra, en la luz del amanecer.


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01 Feb 2008

Leve, leve palabra de crítico

Escrito por: jomvese el 01 Feb 2008 - URL Permanente

Mi incurable benevolencia hacia los actores me llevaba hasta hace poco a enfadarme con regularidad. Al fin y al cabo muchos llegamos a involucrarnos de algún modo en sus trabajos y, sin motivo aparente, casi todos desarrollamos filias y fobias en esta campo. Y entonces, con frecuencia ocurría que las críticas chocaban frontalmente con mi manera de valorar sus actuaciones.
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Durante largo tiempo he seguido los trabajos de algunos de ellos a través del cine y la televisión, de revistas y de periódicos y toda esa información me fue llevando a investigar un poco en el mundo de la interpretación. En mi caso, por algún extraño desvío de mi mente, mi interés se centra casi exclusivamente en los actores españoles. Imagino que de algún modo los veo más cercanos aunque a efectos prácticos casi todos los medianamente populares me resultan igual de cercanos que los australianos, por ejemplo. Volviendo a la interpretación y por una hábil deducción que además no me costó gran esfuerzo, concluí que, si existe una técnica actoral que se enseña desde tiempo inmemorial y hoy en día se sigue enseñando renovada en numerosas escuelas y centros, la única forma rigurosa de valorar los trabajos de los actores era mediante su comparación con lo que se enseña. He aquí el arma que destruirá a todos los malos críticos, pensé en mi ingenuidad.

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Hasta aquí todo iba bien. Pero anulando inmediatamente cualquier avance de la lógica, surge la palabra ‘subjetivo’ y desde ese momento resulta casi imposible avanzar por esta vía de lógica cristalina. Ya imagino que esa idea se les habría venido a muchos a la cabeza desde el principio, pero como soy cabezón, en sentido figurado, pensé que podría soslayarla durante un rato. Es inútil, los hechos son tozudos, más que yo. Y además para demostrarlo cualquier encuesta vale, excepto las realizadas en un club de fans. Mi teoría, claro, empezó a naufragar cuando comprobé decepcionado que no conseguía encontrar ni una sola crítica sobre actuaciones que estuviera basada en argumentos técnicos. ¿Y los premios?, pensé, ¿cómo se otorgan? Pues aún no lo sé, aunque lo intuyo. Tengo que investigar más y quizás acabe encontrando a alguien que me revele sus criterios de valoración para emitir un voto.



Subjetiva es la apreciación sobre la voz de un actor, sobre su belleza, sobre su dicción, sobre sus expresiones, caracterizaciones o transiciones, sobre su empatía y sobre todos sus recursos en definitiva. Subjetiva es la percepción que tenemos sobre su integración en la historia que nos cuenta y subjetiva es finalmente la emoción que nos transmite.
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Por favor pregúntense conmigo: pero, entonces, ¿por qué hay tanta rotundidad en las críticas y por qué existen los críticos rotundos? Y generosamente yo mismo les contesto tras haber leído durante años foros que frecuentan cinéfilos y gente del mundo audiovisual: todo esto es un juego tomado en serio por la mayoría. Siento decepcionarles pero he descubierto la gran coartada. Algunos ingenuos inundan la red con sesudos análisis de cine y televisión, creyendo hacer justicia con juicios de valor que no justifican nada, se indignan y sufren por tanta incomprensión como antes sufría yo.

Pero la realidad es otra. Al margen de estos bienintencionados jueces que juzgan ilusiones, la mayor parte de los críticos y sus asimilados participa en un juego secreto y apasionado consistente en exponer sus valoraciones totalmente injustificadas, para enfrentarlas a las de sus colegas, igualmente subjetivas. Hasta que no lo he comprendido no he descansado. Antes me lo tomaba en serio y era de los que se rebotaba. Luego he comprobado que ellos son juguetones y que lo que en realidad les divierte es contar sus impresiones y chocarlas con las de sus compañeros y rivales, como niños que mueven por la alfombra cochecillos o pequeños dinosaurios. Pero a cambio de tanto entretenimiento deben convivir con una realidad terrible: las valoraciones de sus colegas valen más o menos lo mismo que las suyas, y lo que es aún peor para el ego de algunos, también acaban valiendo lo mismo las impresiones de la inmensa mayoría de los simples mortales, las de los inadvertidos espectadores. Aunque eso es algo que jamás admitirán….



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Y una larga memoria, de la que nunca nadie podrá tener noticia, errará escrita por los aires...
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