16 Feb 2012
LA CEJILLA DE SEDA
Como solían decir Mamá y Papá, lo importante es la percha y mientras los modelos sanguíneos permanezcan sobrios, el patrimonio familiar permanecerá intacto. La característica principal de la elegancia es que sólo puede ser natural. Un arrebato plástico que se concilia entre la estructura de los huesos, el movimiento de los músculos y la caída de la tela que cubre o descubre, según se mire, el aparato locomotor.
Ambos eran profesionales de la moda, del corte y la confección. Mamá se dedicaba a la ropa infantil en Barcelona y Papá era un espectáculo, manipulando las piezas de tela en la sastrería más prestigiosa de Andorra. Predicadores del buen gusto, les bastaba una sonrisa para iluminar el probador y dos para que el cliente, frente al espejo, girase como una peonza con su nuevo traje.
A escasas dos semanas de la boda y ante mi determinación de acudir a la Iglesia en camiseta y vaqueros, Papá enfureció pero cedió al chantaje. No le quedó otra que costear el traje. Lo escogí de lino gris muy claro, pajarita de seda y zapatos a juego.
Todos parecíamos felices aquella tarde de verano, tomando el vermouth entre los almendros y paseando junto a la piscina. Embobados con los besos de los novios que de la mano, jóvenes y hermosos inauguraban el futuro. Ingenuos y pobres pero elegantes.
El 15 de mayo de 1984, durante la celebración de la boda de mi hermano, Mamá encontró el justo equilibrio tóxico para confesarme, en la mesa presidencial, que era un bastardo. La verdad es que se había pasado toda la vida llenándome de besos y recordándome que era especial.
La boda también lo fue. Papá y Mamá se presentaron con sus respectivas parejas y la mesa estuvo presidida por una pareja de novios y tres de padres.
Al fin y al cabo la traición como el amor, también es apasionada. Sin herencia, sin legado y sin recompensa. ¿Qué importa ser huérfano o ser bastardo?
Me serví una ginebra con tónica mientras Mamá no dejaba de sonreír y repetía una y otra vez, lo bien que me sentaba el traje. Cerré los ojos, me terminé el trago y sentí el calor insoportable de un latigazo en el alma.
La boda de un hermano no es el mejor momento para reflexionar acerca del origen de nada en particular, ni siquiera de la procedencia de uno mismo. La boda de un hermano es para celebrarla con intensidad. Una fiesta bolchevique, donde la sangre se mezcla generosamente sin necesidad de heridas físicas. Sólo manchas de vino en los manteles y miradas incendiarias.
No sé de donde salió la guitarra pero arengado por el batir de las palmas e hipnotizado por los tobillos inquietos de las hermosas sevillanas perdí la pajarita. Un detalle sin importancia, teniendo en cuenta que, la mayoría de los cosacos llevaba, antes de los postres, la corbata anudada a la cabeza.
Físicamente mis dos papás se parecían; ambos eran altos, rubios de ojos claros, irresistibles en las distancias cortas, fumadores, maestros del billar, bebedores, promiscuos y sumamente simpáticos.
No quedaba nadie con el culo quieto, todo el mundo estaba ebrio y bailaba alegremente. Aproveché que las sevillanas se habían ido en pelotón hacia el baño para regresar a la mesa presidencial. Mamá no dejaba de mirarme y me abrí paso hacia sus ojos. Una docena de besos, las palmas de sus manos sobre mi cara, un par de lágrimas...
Me serví una copa y le dije:
-Mamá...que no me voy a la guerra, sólo soy un bastardo elegante y además, Madre no hay más que una.
¿Qué más da?
Nada menos que un hijo barato, un dato técnicamente irrelevante, una pequeña mariposa a merced del viento. Un caso cerrado. Nada que deba preocuparte.
Me arrebató la copa de ginebra y con determinación respondió:
-Bailas mejor que tu padre.
-¿Cual de los dos? Pregunté.
Y empezamos a reírnos.
La noticia escandalizó a mi círculo social que, a partir de ese momento se conjuró para no hablar jamás de ello. No insistí en lo contrario y nunca se volvió a hablar del dato.
La confesión de Mamá, me liberaba de la presión de sentirme especial y certificaba la patología de mi delirio.
-Lo importante es que me siento como una fruta tropical a punto de ser devorada.
Y me fui con las hermosas sevillanas que, desde el fondo de la pista coreaban mi nombre y agitaban la guitarra; de cuyo mástil como una cejilla de seda, colgaba mi brillante pajarita.
10 Feb 2012
LOS PERROS DE MAZUNTE
Hay un lugar en la tierra donde el Sol se duerme y se despierta en la misma cuna, bajo el mismo cielo y sobre el mismo mar. Donde el agua frena la irreverente frondosidad de la selva. Y en lo más alto, una gigantesca chumbera que todo lo ve, que todo lo sabe y que todo lo calla.
Punta Cometa es el fragmento de México más alejado de la república, en el sur de lo imposible, frente al Océano Pacífico. 180º de complicidad. Una mirada angular al nuevo mundo con sombra propia, una decisión natural de entender el clima.
Tortugas eternamente enamoradas que follan flotando durante ocho horas, vertiginosas aletas que emergen y se sumergen, delfines negros salpicados de motas blancas, pequeñas matanzas de tiburones embarazados, narco-aviones estrellados en la costa, caballos que galopan felices y escriben a coces sobre el pergamino virgen de las nuevas olas.
La tarde del 31 de julio del 2011 estaba en la playa de Mazunte sentado sobre un coco, escribía notas en el cuaderno y fumaba mariguana. Contemplaba bajo una palmera como cinco escuálidos perros deambulaban frente a las olas mientras me preguntaba quien debió ser el responsable de calificar pacífico a este feroz océano. Una de dos; iba hasta el culo de peyote o se había tomado una botella de mezcal.
Los perros, pero, seguían justo en medio, entre las olas y mis teorías, su tristeza era tan infinita que me resultaba imposible concentrarme. Eran invisibles o leprosos, de tan afligidos parecían sobrenaturales, daba la impresión que el mundo que les rodeaba, su círculo social y su perímetro biológico se había puesto de acuerdo para ignorarlos.
La cola quieta, inmóvil como una rama seca, ni una caricia, ni un palo en el aire, la lengua seca...
Levanté la vista y vi un pescador que se acercaba. Los perros se aposentaron alrededor de una hoguera imaginaria, se sentó a mi lado y durante cuarenta y ocho olas permanecimos en silencio.
Mazunte alberga el Centro Mexicano de la Tortuga y cuenta con la Escobilla, la playa de anidación más importante del mundo. Hay que agradecer a los activistas que en los años noventa lograron frenar la matanza indiscriminada de estos simpáticos folladores acuáticos y especialmente felicitar al que se le ocurrió añadir a Mazunte, el repelente de mosquitos como un valor añadido y conseguir fabricarlo con la ayuda de productos naturales.
Perteneciente al Municipio de Santa Maria Tonameca, en la región Costa del Distrito de Pochula, Mazunte es una Reserva Ecológica Campesina, situada en el estado de Oaxaca, el 80% de la población viven descalzos, no hay bicicletas, la única docena de automóviles que existen son Wolskwagen que no circulan y se pudren a modo de decoración en el jardín. Justo antes de caer la noche, miles de luciérnagas, en grupos de a cien el fogonazo, llenan de luz intermitente las intersecciones polvorientas, la magia dura más o menos una hora y media; franja de tiempo más que suficiente para que los grillos afinen los violines y después el concierto sea imparable.
Mamíferos, aves y reptiles todos aportarán un sonido que junto al resto configurará la canción que te obligará a dormir con un ojo abierto. La música llega de noche y cuando el terciopelo oscuro de la selva te arropa es el mejor momento para encender una vela, iluminar el baño, embadurnarse de repelente y masturbarse en el interior de la mosquitera. De día la humedad se mantiene pero el sudor no se detiene. Si no vas a ir al mar lo mejor es quedarse en el interior de la mosquitera y soñar; si sales es probable que te cruces con asnos, cerdos, iguanas, argentinos, cabras, gatos, perros perdidos, hormigas gigantes, gallos y gallinas. Por la tarde las tormentas suelen ser apocalípticas y el poder se tiñe de claroscuros, cambia la textura de los deseos y la luz se derrite en el interior del vientre de las nubes. Si no vas a ir a cenar, lo mejor es quedarse en el interior de la mosquitera y darte repelente por el culo.
Después de llover el caos se resuelve y el orden regresa.
Mazunte está gobernado por el cártel de los cangrejos azules. Son la especie dominante. Soberbios y chaparros, el tamaño medio de los sicarios es de 25cm de anchura y el enfrentamiento puede desencadenarse en cualquier momento. En el baño, en la cama, en el interior de los calzoncillos...
San Agustinillo, Bermejita, Ventanilla, Zipolite, Huatulco configuran un vasto paraíso. Pasear es como habitar una novela de Gabriel García Márquez. Hace cincuenta años era simplemente selva y hoy es el sueño de los vagos, arquitectos italianos que viven descalzos, barriendo la playa, traficando con pasteles de crema catalana y fumando mariguana.
Empezó a llover como cada tarde y el pescador dijo:
-Si me lo permite...,tiene usted exactamente la misma mirada que los perros de Mazunte.
-Ahora que lo dice y si me lo permite..., parecen perdidos, ¿Están extraviados? No llevan collar, nadie los acaricia, parecen condenados...
-Efectivamente, nadie los ve porqué no son perros.
-Ah! ¿No?
-No.
Son siluetas perplejas, víctimas del maleficio irracional. No son perros. Son poetas traicionados, espíritus encharcados de tristeza. No es su estado natural, han sido maltratados, engañados, llevados al paraíso y sodomizados con piedras volcánicas.
-Entonces...¿Y yo?
-¿Por qué puedo verlos?
-Porqué usted querido amigo, es uno de ellos.
24 Ene 2012
EN BUSCA DEL FUEGO
El 5 de agosto de 1967 intenté prender una cerilla pero antes de lograr acercar la cabeza de fósforo a la caja, ya tenía la mía estampada contra la pared. Mamá nos lo permitía todo menos jugar con fuego. No en vano, diez años antes, embarazada de siete meses, se quemó el cuarenta por ciento del cuerpo y a pesar de ello, mi hermano mayor llegó al mundo como un pincel.
En la isla de Susana, durante 1989, recuperé el otoño; silbaba de felicidad mientras arrodillado limpiaba con mimo el zócalo de la chimenea, confeccionaba el lecho con pequeñas ramas, le daba aceite a los troncos y luego los forraba de noticias viejas. Asaba patatas y pimientos, hacía el amor con Mallorca, escribía poemas de amor, tocaba la guitarra y quemaba calcetines.
A su tiempo llegó la primavera, la relación se quedó sin oxígeno, el amor se consumió y regresé a Barcelona.
La línea de cosméticos Chen Yu, sacó a concurso, el slogan de la nueva línea de bronceadores. Me lo jugué todo al rojo y mi propuesta “No te quemes.” resultó la vencedora.
Y de puro milagro no me quemé. Caña de lomo, pimiento verde y patatas fritas. Puse el aceite a freír, con la tontería se me quitó el hambre y me olvidé del asunto. Media hora más tarde, enroscado en la esquina más mullida del sofá, sentí un escalofrío, desperté y recuperé la memoria, corrí hacia la cocina y me quedé idiotizado frente a la freidora. Las lenguas de fuego alcanzaban las vigas del techo y no se me ocurrió otra cosa, que llenar de agua un cubo y arrojarlo con precisión sobre el aceite. Menos mal que me arrodillé a tiempo y la nube de fuego que llenó la casa durante un par de segundos, pasó por encima de mi existencia sin cicatrizarla, menos mal que el apocalipsis se neutralizó repentinamente, dejando sólo un rastro de olor a milagro y humo negro que convirtió durante unos minutos, el cielo abierto de la finca en una chimenea industrial.
El 5 de agosto del 2011 estaba en México, cuando de noche cerrada, me encontré en calzoncillos, formando parte de una hilera de cincuenta personas, en el interior de un circo indígena, en Zacatecas, en el estado de Jerez. No tenía idea pero estaba a punto de meterme en un temazcal de guerreros. Cincuenta y tres piedras. Hoja de tabaco en la mano, saludas a las estrellas y luego la tiras al fuego, pides permiso para entrar en la tienda y a gatas buscas tu hueco en la obscuridad. No lo sabía pero me coloqué justo en la puerta del búfalo, perpendicular al fuego, con razón podía estirar una pierna. No se veía nada, cincuenta personas sudando bajo una lona suspendida por una estructura de cáñamo. Piel contra piel. Cantos en la oscuridad. Entran las piedras volcánicas. Al rojo vivo. El temazcalero goza y arroja, goza y arroja el agua sobre las piedras, una, dos y tres. Te presento el infierno. Aguanto. Soporto. No veo una puta mierda. Sudo. Grito. Canto. Segunda puerta. Permiso para salir. Para nada. Me siento bien, me siento capaz. Llegan más piedras. Un montón, su puta madre. Más poesía, más agua cabrón, más cantos. Regresa el infierno, no me lo puedo creer. Tercera puerta. Permiso para salir. Salen dos siluetas, lo pienso. Me quedo. Me quedo hasta el final. Más piedras. Me refriego de arena los huevos, la cara, el pecho y las piernas. No puedo pensar en nada. Cuarta puerta. Entra otra docena de piedras. Siento que una a una me las meten por el culo, me quemo, me quemo de verdad y grito, grito como nunca en mi vida, como un cerdo, grito como si estuviese a punto de perder la vida. Me agarro a las cañas como un mono, me cubro la cara, resulta inútil, siento que ardo y me quemo, no puede ser, me estoy quemando vivo, me revuelvo. Pienso en Mamà, pienso en mi hermano, siento el dolor. Desde el exterior los temazcaleros empujan el bulto: “Adentro hermano, adentro hermano” intentan acomodar mi enloquecida silueta. Voy ha salir. Voy ha nacer. Estoy en el útero de la tierra. Se acabó, no entran más piedras. Ceso de agitarme. Abren la puerta, el aire fresco sabe a cocaína. Me siento capaz de matar a un oso con las manos. Me acuerdo de un hombre llamado caballo. A tomar por el culo todo y su puta madre, después de seis años voy ha llamar a la mía. Nazco. Paso de abrazos. Paso de la puta hoja de tabaco. Voy a por la ropa y llego el primero a la cañería.
Agua fría en el desierto sobre mi piel perpleja. Soy un poeta de metal, duro y brillante. Me van a tocar la polla los zetas, cuando amanezca saldré a comprar tabaco. Me ha dicho un guardián que a cuatro kilómetros hacia el este, hay un rancho en San Juan del Centro que venden cigarros.
Durante todo el camino, el gobierno federal advierte de la prohibición de abandonar cadáveres pero las vacas están por todos lados, hinchadas como globos y con las patas hacia arriba. Hace horas que me sigue un coyote. Las águilas protegen el fuego sagrado y los buitres consensuan en círculos las piezas. La rutina del desierto. Arde la tierra.
Somos cómplices de Prometeo y descendientes directos del azufre, estamos sujetos al principio inflamable y sometidos a la ignición espontánea, podemos coexistir con el riesgo pero jamás lograremos asumir las quemaduras, las cicatrices no se borran y el dolor arde eternamente como un fuego sagrado en la memoria.
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