21 Jul 2012

INFANCIA FELIZ VS NEOLIBERALISMO

Escrito por: H.K. Xepultura el 21 Jul 2012 - URL Permanente

Voy a contaros algo muy personal, y después entenderéis por qué. Siguiendo mi regla de que el camino más fácil, el evidente, es la verdadera solución de los problemas, os daréis perfecta cuenta de que todo el mangoneo político al que estamos sometidos en el mundo, pero sobre todo en España, sólo tiene un único objetivo: medrar a costa del sacrificio de millones de personas, hacer ricos a los más ricos y pobres a los más pobres, y perpetuarse en un estatus de lujo y privilegios a todas luces inmerecido.

La calle en la que yo crecí -en la que viví cuando yo era pequeño y hasta no hace tantos años- era una calleja de fondo de saco, es decir, sin salida. Estaba sin asfaltar, y casi no había coches. Los pocos que había (Gordini, R-12, Seat 600 u 800, Citröen 8 o Break…) aparcaban contra la tapia de un viejo convento de las monjas Bernardas, hoy desaparecido y cuyo solar ocupa, ¡cómo no!, un moderno bloque de viviendas. Además, por suerte, al fondo era mucho más ancha y hacía unos quiebros. Esa gran superficie era la que empleábamos para jugar al fútbol. Nadie aparcaba allí, aunque sí se depositaban montones de cepas y maderos para leña (las cepas y los maderos que empleábamos para hacer casetas…) o había alguna caseta para guardar bicicletas y aperos. Un perfecto símbolo de la España pseudo-rural de principio de los 70.

No había peligro ninguno, y en aquel paraíso podías jugar a casi cualquier cosa.

A la salida del colegio, y cada tarde hasta que anochecía, no siendo que hubiera temporada de cromos (almendruño, alza el puño), de cartas, de chapas (o somateles) o de canicas (el gua, el cuadro…) era inexcusable un partidillo de fútbol. Lo normal era jugar con un balón de tómbola, o con uno de cuero-caucho, de esos de goma revestidos con puntitos, similares a los de baloncesto. Quién tenía un balón de reglamento (o sea, de cuero) era un privilegiado. Una noche de reyes, recibí la equitación completa del Bilbao, y un balón de reglamento. Con ese jugamos desde entonces, y por eso me quedé sin él, claro… Si no hubiera listos, ¿para qué estaríamos los tontos?

Se jugaba al que primero llegara a 10, y podía haber revancha o incluso un tercer partido. Después, se daba paso a la tiente (el pilla-pilla) y la noche daba paso al escondite. Peor había otros juegos: el cinto, el pañuelo, los dos pañuelos, “puzón”, tijera ojo de buey… Las largas tardes de verano se empleaban en jugar a marcas/pitas y dolas.

Los equipos se formaban echando a pies; los dos considerados mejores contendientes (ojo a este dato) se cuadraban a una distancia y avanzaban el uno contra el otro pie a pie hasta encontrarse. La frase clave era “monta y coge” (ojito al uso del verbo caber: yo quepo, tú cabes, él coge…) y si el pie sobrante montaba sobre los dos de los rivales y luego podías cruzarlo y hacerlo entrar en el hueco que quedaba, eras el que primero escogía. Si no era así, SE VOLVÍA A ECHAR A PIES (id tomando notas…). Se escogía por turnos; si éramos impares, había un equipo que disponía de un jugador más… o podía aplicarse la regla de “los pequeñajos”. Los últimos en ser escogidos eran los más pequeños o los peores jugadores, y entonces, POR CONVENIO, se redistribuían los equipos para que el resultado del partido no fuese de escándalo y NO HUBIESE ABUSOS.

Así pues, lo normal era que un resultado fuese 10-6, 10-7… La emoción estaba servida cuando podía llegarse a un 10-8 ó 10-9. Si se ganaba por 10-5 o mayor diferencia es que algo fallaba: o el equipo contrario estaba muy descompensado o tenía un mal día, y entonces procurábamos rehacer los equipos, volviendo a echar a pies

No había porterías, se hacían con dos gruesas piedras a cada lado y su tamaño era proporcional al nuestro, siempre a criterio de los más mayores, ya que si eran muy pequeñas no se metían casi goles y era muy aburrido, PERO RESPETANDO A LOS MÁS PEQUEÑOS, ya que solían ponerse de porteros hasta que aprendían a jugar de campo, y si aquéllas eran muy grandes se metían goles continuamente, y también era muy aburrido. En EL EQUILIBRIO ESTABA LA VIRTUD, y nosotros lo buscábamos POR CONVENIO. De estas porterías surgieron porteros espectaculares…

Conforme íbamos creciendo, el tamaño de las porterías se hacía más grande. Si en un área se hacía un gran charco… ¡no pasaba nada! Se movían las piedras dos, tres o cinco metros hacia adelante, y se jugaba igual.

Excepción hecha de los niños con “ausencia de buena fe” porque seguramente tenían ausencia de buena educación, todo el mundo teníamos claro lo que era un poste, un alto, un fuera de juego, un penalty y había dos máximas a seguir en condiciones especiales: la ley de la botella y la ley del garrafón.

Nadie discutía si un balón pasaba por encima de la piedra a cierta altura, era poste y punto. El rasero a emplear cuando se consideraba que un balón iba alto era la estatura de un portero normal, ni muy crecidito ni de un niño de 5 años, peo SIEMPRE TENDÍAMOS HACIA ABAJO, NO HACIA ARRIBA. Si el balón se iba lejos se aplicaba la Ley de la Botella: el que la tira, va a por ella, o sea QUIEN LA HACE LA PAGA. Si el balón se colgaba tras la tapia del convento, además, se aplicaba la Ley del Garrafón: el que la tira es un cabrón… Por tanto, le tocaba ir a pedírselo a las monjas. Solía ir acompañado, por mera cuestión de SOLIDARIDAD; entrábamos, tirábamos de la cadena que hacía sonar una extraña campana y había un torno de oxidados goznes. Sonaba a madera vieja…

- Ave María Purísima…

- Sin pecado concebida. Mire, hermana, que somos los niños de la calle de atrás, que se nos ha colgado el balón…

- ¡Ay, ay, ay! Siempre igual…

No me acuerdo de lo que hice hace tres días a las seis de la tarde, pero estos recuerdos de temprana niñez los tengo grabados a fuego en mi mente. Yo solía ir más acompañando que por colgar el balón, todo sea dicho.

Quien no seguía estas normas, era EXPULSADO DEL PARTIDO sin más. Ojo con la doble acepción de la palabrita… ;)

Al principio teníamos cuidado de no tirar ni alto ni fuerte para que no se nos colgara la pelota. De ahí salimos jugadores con un gran de toque de balón. Dónde poníamos la pelota, ahí que iba sin dudarlo. Puntería a la fuerza. De hecho, estaba prohibido el punterazo, para NO HACER DAÑO A LOS MÁS PEQUEÑOS de un balonazo. Eso sí fue un problema cuando salimos del barrio, a jugar a campos de verdad. Nos faltaba fuerza en la pierna. Afortunadamente, disponíamos de otros recursos…

Pero cuando crecimos, claro, se colgaban los balones con más frecuencia ya que nuestras patadas eran más fuertes y el campo igual de pequeño. Las monjas llegaron a hartarse, y claro, entonces, se nos ocurrió (realmente, se me ocurrió a mí…) la posibilidad de pedirles permiso para hacer algo bien: montar unos palos de hierro y una malla por encima de la coronación de la tapia, pagada por nosotros de nuestras propinas, siquiera de un metro de altura (ya que, estadísticamente hablando, el 90 % de los balones se colgaban rozando la tapia, nunca por una parábola exageradamente alta) y justo por el espacio detrás de la portería. Fue la primera vez que recuerdo que la Iglesia Católica se oponía al desarrollo social y técnico (risas) porque obviamente, nos dijeron que no.

Mirad una cosa: ¿no echáis en falta a alguien?

Venga, pensad un poco…

¿No?

¿Y el árbitro?

No hacía falta árbitro. Entre nosotros nos entendíamos perfectamente. Pelearíamos por muchas cosas, pero no por eso. Aunque a veces sucedía, y entonces el jugador afectado se amurriaba (enfadaba) y dejaba de jugar, con las consiguientes repercusiones que obviaré mencionar aquí…

Sólo por capricho, porque un niño estaba malito (un brazo escayolado, cosas así), porque estaba merendando o porque era tan malo jugando (o no le gustaba el fútbol, que los había, pero muchísimo menos que ahora) aparecía la figura del árbitro, y creedme, muchas de las veces no era para bien.

Bueno, vamos al grano.

Esto está extraído de la Wiki.

http://es.wikipedia.org/wiki/Neoliberalismo

El neoliberalismo es una corriente político-económica que propugna la reducción de la intervención del Estado al mínimo.1 Hace referencia a la política económica con énfasis tecnocrático y macroeconómico que pretende reducir al mínimo la intervención estatal tanto en materia económica como social, defendiendo el libre mercado capitalista como mejor garante del equilibrio institucional y el crecimiento económico de un país, salvo ante la presencia de los denominados fallos del mercado.

Entiendo que el Estado es un árbitro, es decir, deja que ambos equipos jueguen y sólo interviene en caso necesario.

Supongamos que el Estado se corrompe. Bajo cuerda y suculentas promesas, uno de los dos equipos (o los dos…) manipula al árbitro. El árbitro comienza a mirar para otro lado.

Entonces, pueden suceder varias cosas.

En mi barrio de antaño, NADA. Seguiríamos jugando con nobleza, autorregulando nuestro juego, divirtiéndonos y creyendo que lo que estamos haciendo es lo correcto. Auto-controlaríamos los ABUSOS y, llegado el caso, estoy absolutamente convencido de que tarde o temprano alguno de los jugadores más populares y mayores se dirigiría al árbitro y le espetaría: oye, ¿tú para qué sirves?

Pero en otros barrios, a medida que ciertos jugadores fuesen tomándose ciertas prerrogativas, que detectaran que al mirar al árbitro éste no dice ni pío, pues comenzarían las discusiones, el juego menos limpio, las faltas más duras… Jugadores abandonarían el campo; muchos partidos se decantarían a favor ya no de los mejores, sino de los que mejor han convencido al árbitro para que deje de intervenir y, finalmente, sucedería lo que está pasando ya no en España, sino en todo el mundo capitalista.

Se colgaría el balón. En nuestro caso, en la tapia de unas enfadadas monjas, y amigos, con la Iglesia hemos topado…

El balón NO SUELE SER DEL ÁRBITRO. El árbitro, finalizado el partido, sencillamente, se va a su casa (…) y además, cobrando mucho y bien (bajo cuerda). ¡Qué suerte cobrar sin trabajar!

El dueño del balón es quien más pierde, pero sobre todo, pierde el colectivo, que deja de jugar al fútbol por culpa de unos desaprensivos que lo único que quieren en esta vida es acumular victorias, aunque sea haciendo las trampas más inimaginables; y sin futbol, no hay vida.

¿Me he explicado bien?

Nosotros somos dueños de nuestras vidas. El pueblo es dueño de la Nación. No permitamos que un grupúsculo de malos empresarios y de políticos corruptos nos jodan el fútbol.

¡Y tú, Kenaniah, me preguntas por qué soy s……..ta (¿ininteligible?)! ¿Acaso no lo ves? ¿No ves cómo pienso en ti como el Padre piensa en nosotros sin descanso? ¿No dijo Él “amaos los unos a los otros como si fueseis hermanos”? ¿Y qué hacen los hermanos, sino compartir y ayudar los mayores a los pequeños, los más listos a los menos espabilados, los más fuertes a los más débiles? ¿Eres tan ciego que no ves que éste, y no otro, es el único modo de impedir que los privilegiados abusen de ti para perpetuarse en una clase, en verdad inmerecida? ¿Qué es el único modo para que un pueblo prospere? En verdad te digo que no debes permitirlo, pero mucho menos debes permitir que lo hagan empleando el nombre de Dios en vano. Porque si Dios es de alguien, es, sobre todo, tuyo. Es tu padre tanto como el de todos, y que nadie se atreva a decirte, ni tan siquiera insinuarte, lo contrario.

(Evangelio apócrifo…)

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Celestepv dijo

Muy entretenido, divertido y entrañable el relato del juego de fútbol de barrio. Pero me parece que en tu barrio también teníais Estado, érais vosotros, particpando en él sin delegar. Cuando se delega en el árbitro y éste pasa a ser el Estado, hay aque seguir controlándolo como muy bien hacíais: "En mi barrio de antaño, NADA. Seguiríamos jugando con nobleza, autorregulando nuestro juego, divirtiéndonos y creyendo que lo que estamos haciendo es lo correcto. Auto-controlaríamos los ABUSOS y, llegado el caso, estoy absolutamente convencido de que tarde o temprano alguno de los jugadores más populares y mayores se dirigiría al árbitro y le espetaría: oye, ¿tú para qué sirves?" Esta frase es para comenzar el control y si no sirve, los jugadores han de buscar otro mejor, qur no destruya el juego ni a nadie. Los jugadores no se deben dormir, han de estar alerta y ser ellos los que controlen a los que mandan.

Ojalá todo fuese tan fácil como ese bonito partido de fútbol por las tardes en el propio barrio. Ojalá todo el mundo comprendiese que no hay que abusar de los débiles como los comprendisteis vosotros.

Saludos cordialess.

H.K. Xepultura dijo

Buenos días, celeste, y muchas gracias por tu comentario.

Te diré, celeste, que mi crítica es demasiado corta en comparación al desarrollo de mi experiencia infantil y de adolescente.

Si depositas la confianza en un árbitro para que ejerza de tal, es decir, que controle el desarrollo de una actividad (en el ejemplo, deportiva; en la sociedad, su gobierno) y alguien inventa un sistema para seguir justificando las desigualdades y los desmanes de la clase más extravagantemente alta (léase, el neoliberalismo: usted, gobierno, no haga no nada, sólo mire y dígame si lo que hago es bueno o no para el país) y luego te falla del modo tan escandaloso que lo llevan haciendo desde hace años, hasta el punto que nos han dejado sin dinero y sin futuro (te pueden dejar sin dinero, pero existir trabajo para recuperarlo; ahora mismo no hay ni una cosa ni otra; se han cargado el partido de fútbol, las ganas de jugar y a los jugadores) pues es normal que te cuestiones ampliamente la presencia del árbitro. Tú, lo que quieres, es seguir jugando como siempre.

Si además, las clases más altas corrompen al árbitro (este partido tengo que ganarlo sí o sí, así que o compro al árbitro, o pongo uno yo de mi cuerda o, mejor aún, compro a la federación...) pues es normal que los jugadores, en su habitual nobleza, habituados a levantar la vista cuando meten la zancadilla para comprobar si el árbitro pita o no, y ven que no pita, que mira para otro lado, pues sucede que:

- los jugadores se reparten leña
- hacen acciones antirreglamentarias
- el público se enerva
- el público más escandalizado se vuelve agresivo y arroja objetos al campo
- después, invade el campo
- hay destrozos, lesionados, detenidos, e incluso muertos...

Heysel fue un claro ejemplo de estas circunstancias.

Y todo esto sucede en la vida real. El pueblo sale (y saldrá) a la calle a mucho más que manifestarse.

Afortunadamente, todavía quedan jugadores con valores, como aquel danés que jugando con su selección lanzó un penalty fuera deliberadamente porque no había sido, creo que contra Japón, Corea, o alguien así.

Si la gente fuese así, mi barrio sería ejemplo.

Muchos saludos, celeste, y de nuevo gracias por tu intervención. Te invito a leer más cosas escritas por mí y a opinar. Ayúdame, si te apetece, a corregir errores.

Un abrazo.

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