13 Abr 2012

Un poquito de desobediencia civil

Escrito por: Javier Sánchez. el 13 Abr 2012 - URL Permanente

Cada vez que me llegan facturas a casa tiemblo. A veces me cobran una cosa, y a veces otra. Repasando las facturas de la luz, resulta que en el mes de enero me cobraron 20 euros más que otras veces. ¿Por qué? Ni idea. Si quieres protestar, ya sabes: toca llamar a un 902, de pago, y pelearte con teleoperadores que tienen como parte de su trabajo el distraer y aburrir al personal. Ya me peleé con Gas Natural hace unos meses. Resulta que me cobran 20 euros todos los meses por una especie de extraña garantía de reparación. Cara garantía, añado. Y dar de baja el servicio es materialmente imposible hasta que ellos digan. Y así, con todo. Con la telefonía, el internet, los seguros. Facturas extrañas, llenas de datos, y en las que cada mes hay sospechas de estafa. El consumidor, desprotegido, sólo puede patalear con cara de circunstancias. Sólo si tiene tiempo, y dinero para pagar un abogado, puede hacer algo al respecto.
Esta semana se anunció la subida del precio del transporte público de Madrid. De media un 11%. Unos tres euros por billete. Desproporcionado y abusivo. De nuevo, el usuario y contribuyente, está condenado a pagar una mala gestión. En los últimos años, el Metro de Madrid se ha expandido desproporcionadamente. Se han instalado carísimas pantallas de televisión por toda la red. Se han reformado casi todas las instalaciones. Se han puesto trenes nuevos. Y ahora, resulta, que no podíamos pagarlo. Pues a lo mejor, digo yo, lo que no podemos pagar es al gestor político irresponsable de gastar un dinero que no teníamos. Si no había dinero para reformar el metro, no haberlo reformado. Así de simple. Pero claro, había que presumir antes de las elecciones de que Madrid tenía uno de los mejores metros del mundo. Estaremos arruinados, sí, pero nuestro metro es mejor que el de París, el de Londres y el de Nueva York. Malditos complejos.
Justo en estos días nace una asociación llamado Memetro. El fin es ayudar a la gente que sufre un trastorno en su memoria por el cual olvida en determinados momentos pagar para entrar al metro. El funcionamiento es sencillo: se paga una cuota cada mes, y si te multan, la asociación paga la multa. Algo parecido lleva años funcionando en París. Esto, que a mucha gente le parecerá indigno, inmoral y falto de ética, a mí me parece que es el camino. El cliente tiene la sartén por el mango. Aunque no lo creamos, vivimos en la sociedad más democrática de la historia. Si nos negamos a consumir, y a pagar por algo, ese producto tiene un problema muy grave. Y con el Estado pasa lo mismo. Bien organizados, y actuando juntos, se puede cambiar una gestión irresponsable y que hace pagar a justos por pecadores. Esto de lo que hablo, en teoría política se llama desobediencia civil: el acto de no acatar una norma de obligado cumplimiento. Sobre ella, han escrito autores como Thoureau, Habermas o Arendt. Y gente como Luther King, Nelson Mandela o Gandhi son algunos de los que lo han puesto en práctica. ¿Y si todos los consumidores nos ponemos de acuerdo y no pagamos algo que consideramos injusto? Quizás sea hora de empezar a darnos cuenta del enorme poder que tenemos.

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