06 Nov 2008
El pollo del Gobierno
En un supermercado en Buenos Aires hay cosas que son de esperar, como el hiperdesarrollo de algunas secciones: la de carne, la de queso para pizza, la de soda, que haya toda una sección dedicada exclusivamente a la yerba mate (fuerte, suave, con palo, sin palo, paquete grande, chico, en bolsitas, etc.), la de pastillas de jabón (ya se mencionó que aquí no se usa gel de baño)…
Otra de las características es el ritmo aparentemente parsimonioso con que los felices compradores seleccionan los productos antes de pasarlos al carrito. Ésta es una de las atroces consecuencias de la hiperinflación. Un comentario típico en un supermercado español podría ser “¡Uy! Qué caros están los tomates”. Aquí una observación como ésa es simplemente redundante y fuera de lugar. Todo es caro y cada semana más. Uno empieza haciendo la compra de siempre pero prescindiento de ciertas marcas. A la semana siguiente le quita una capa al papel higiénico. A la siguiente vuelve a rayar la zanahoria en su casa y dice adiós al aceite de oliva. Para entonces hace tiempo que el queso es un producto de lujo y que desenredarse el pelo ha sustituido al gimnasio.
Da pena sobre todo por la gente mayor que, aunque curados de espanto, les cuesta más adaptarse a este ritmo de cambio vertiginoso y son los que más aferrados están a los productos de siempre. Los miran, los cogen, los ponen en el carrito, se van, vuelven y se justifican ante la persona que tengan al lado antes de volver a dejar el paquete de fideos en el estante original y llevarse el que está un poco más abajo.
Pero no se crean que todo es drama en el supermercado porque para eso está el Gobierno que, entre pollo y pollo, siempre consigue un ratito para preocuparse por sus ciudadanos y alivianarles sus pesares. Yo, la verdad, tenía muy mala imagen del Gobierno de este país, se dice que sólo dejan de robar cuando están dormidos y cosas así, pero nada que ver. Por ejemplo, entre todos los champús el hay uno de una marca nacional, a la que por supuesto de nacional sólo le queda el nombre, y en particular el tipo “capas resaltadas” que está subvencionado por el Gobierno. Para que luego diga la gente que no sabe adónde van a parar sus impuestos.
Es más, hay una medida que se anuncia también en todos los súper y dice así “Pollos del Gobierno, sólo dos por familia”. Se sabe de familias que se han visto afectadas por más de dos pollos de los que se montan ahí arriba, pero debe tratarse de una medida nueva y habrá que darle tiempo a que se aplique con normalidad.
Yo en cualquier caso estoy muy contenta por las facilidades de pago que ofrecen los súper. Hoy como es jueves pago con débito, que me hacen el 10%, y si no me pongo el carrito a tres plazos y ya veremos quién lo paga.
!--StartFragment-->17 Sep 2008
Buenos Aires, capital europea mundial
Cuando uno dice que viene de España, o de Europa en general, el porteño rápidamente se pone la camiseta rayada de gondolero y se ajusta el béret montmartriano. ¿Y cómo le trata Buenos Aires? Seguro que se siente como en casa, Buenos Aires es una ciudad muy europea, ¿no? Y es que, como todo el mundo sabe, los argentinos son más europeístas que Europa. ¡No lo vayan a comparar con un chileno o con un paraguayo! No, eso jamás.
Y no les falta razón. Buenos Aires tiene metro, universidades, calles asfaltadas, coches y semáforos, dos aeropuertos, buenos restaurantes, unos cafés viejos de un esplendor de otro tiempo, museos de arte moderno, viviendas de ladrillo y rascacielos de vidrio, supermercados con servicio a domicilio, El País y Le Monde diplomatique, spas, tiendas de lujo…
Sin embargo, me sorprende la insólita humildad del porteño en este punto. Porque, en realidad, cualquiera del viejo continente que se dé una vuelta por esta ciudad se dará cuenta en seguida de que Baires es una ciudad mucho más que europea, es una ciudad supra-europea.
En serio, el soho de Palermo es mil veces más cool que el soho de Londres, la agonizante movida madrileña es más bien no-vida comparada con la agitación nocturna aquí; gracias a la cochambrosa aunque eficiente red de autobuses urbanos hay más contaminación que en Atenas; hay más marihuana que en Ámsterdam, más tristeza industrial que en la cuenca minera de mi Asturiaspatriaquerida, un sistema de recogida de basura más efectivo que en cualquier parte del mundo (los cartoneros), farsas políticas mucho más grotescas que la de Blair y Aznar antes de la invasión de Iraq, una producción de pizzas descomunalmente mayor a la de Italia, más mercado negro que en Rumania, más huelgas, manifestaciones y protestas que en toda Francia, más tensión financiera que en la City, más exnazis que en Alemania...
Podría seguir pero no querría causar ningún tipo de complejo en los lectores europeos.
10 Sep 2008
El complejo del obelisco
Un argentino acaba de llegar a España, y sabe que uno de los primeros trámites que tiene que realizar es el empadronamiento. En la ventanilla de la Junta municipal correspondiente lo atiende la funcionaria de turno.
-- Nombre: Mario Scampola-- Nacionalidad: Argentino
-- Sexo: Dejcomunal, che
El argentinito causante de mi exilio me esperaba contento en la puerta de llegadas de Ezeiza. ¡Por fin! Hacía un día espectacular (aquí lo llaman día peronista ¿?), y decidimos dejar la culminación del reencuentro para más tarde y dar una vuelta por la ciudad antes de devolver el coche prestado. Es sabido que los argentinos tienen “la más ancha y la más larga” del mundo. Y varios taxistas me lo han recordado, excusándose por la grosería pero con el pecho hinchado, al atravesar avenidas centrales parecidas a la Castellana o los Campos Elíseos. Yo pensaba que esto era pura y vana palabrería. Sí, esos argentinos prototípicos que en el exterior reniegan de su país pero que recurren a todos los tópicos para venderse. Sorprendentemente, a veces les funciona. Sin embargo, el argentinito que conocí en Madrid no era de éstos. Pero ahora, después de veinte minutos en Buenos Aires, pensé: ¿me habré equivocado?, ¿qué le estará pasando? Y ya, cuando sugirió inocente: “¿Qué te parece si vamos a comer al río de la Plata, el más ancho del mundo?”, empecé a intuir que todo esto tenía que deberse a algo más que la pura fanfarronería que tanto enerva a quienes los escuchan. De vuelta a la city, adivinen, aparecimos en el extremo opuesto de la avenida más ancha del mundo. “Mirá, mirá allá adelante, ¿qué se ve?” Y yo me pregunto: 1. ¿Qué es el Obelisco? 2. ¿Para qué, en qué medida y a quién sirve de referencia? 3. Esa ridícula e infantil manía de "lo más del mundo", ese proverbial ego, ¿será alguna reacción a algún tipo de complejo o hechizo provocado por el Obelisco? 4. Si es así, ¿nadie se ha planteado alguna vez tirar abajo ese armatoste para, finalmente, vivir en paz?
Al abandonar la autopista, anunció triunfal: “9 de Julio, la avenida más ancha del mundo”. “Y al frente el Obelisco”, y admirada por ese gran palo erguido en medio de la avenida más ancha del mundo, exclamé “¡Aah!”. “Estamos cruzando Rivadavia, la avenida más larga del mundo”, “¡Ooh!”. Antes de llegar al Obelisco giramos a la derecha. “Plaza de Mayo y la Casa Rosada.” “Y mirá hacia atrás por la Diagonal. ¿Qué se ve? ¡El Obelisco!”.


