16 Sep 2010
LO QUE OPINA LA CRÍTICA DE «PLANETA Q»
«Qué buen rato me ha hecho pasar»
-Vinca.Moon-
«Como lector, encuentro una definitiva diferencia entre estas entregas de 'Planeta Q' y las cosas, por ejemplo, de Eduardo Mendoza o aquellos vetustos 'Viajes morrocotudos' de Pérez Zúñiga: Lo de Maif es mucho mejor»
-Don Sap-
«Es Literatura. Lobulito prefrontal poniéndole las medidas al mundo, microcódigo asentándose»
-znôrt-
«Joder, me está encantando. Agradezco la ligereza de la redacción, el aire entre párrafos, la frecuencia de los diálogos; y por supuesto que entre el jijí y el jojó haya encontrado pasajes -los que supongo son rigurosamente biográficos- en verdad emocionantes»
-Sapristi-
«¡Increíble que esto sea gratis!»
-Ramoncín Segae-
«En los tres primeros capítulos apenas habla de coños y tetas»
-Juan Manuel de Pravda-
«Después de leerme el tocho del tal Maif deduzco que está más colgado que yo mismo... lo mejor de haberlo leído es que si hacen una adaptación cinematográfica podré dormirme tranquilamente en el aburrido festival en el que la proyecten»
-Carlos Boyeuro-
«Mientras leia, lo hacia arrastrando una pregunta, que al final ha sido respondida»
-huntermatt-
«Este dúo de personajes de Maif en 'Planeta Q' es, como apócrifo quijotesco, infinitamente más moderno que el de Avellaneda»
-Miguel de Cervantes Saavedra-
«¡Este Maif es la bomba!»
-Osama Bin Laden-
«El 'Planeta Q' sí que es un gran "bazzinga!" científico»
-Dr. Sheldon Cooper-
«Maif es un máquina»
-Hal 9000-
«Mercedes, aquí se habla todo el rato de un tal Maif que me importa un pimiento: yo he venido aquí a hablar de mi libro»
-Francisco Umbrals-
«Le comería el parrús a una 'domi' de esas»
-Lucia Etxebarriga-
«Suit up, Maif!»
-Barney Stinson-
«El 'Planeta Q' es el postmilenarismo en estado puro, hips»
-Fernando Arrambal-
«En esta nofela es todo positifo, nada negatifo»
-Louis van Gaal-
16 Sep 2010
[Capítulo 1] Los colores del cielo
Recuerdo en mi infancia a aquel niño que fui, sentado en el pupitre de la escuela. El maestro nos indicó que teníamos que dibujar un paisaje.
Ante esta tesitura tracé una raya horizontal para dividir cielo y tierra. Sobre la misma edifiqué una casa de campo, con su altillo con un circulito que representaba una ventana redonda, abajo una puerta principal de entrada, una chimenea –con su humo- en el tejado y unos ventanales rectangulares.
El paisaje lo completé colocando unas cumbres montañosas al fondo, a la derecha, con sus picos nevados, cinco o seis. El lado izquierdo –que quedaba más vacío- lo rellené dibujando un sol, con sus rayos luminosos simbolizados por unas rectas, una grande y una pequeña, una grande y una pequeña, y así todo en torno a ese gran sol del ángulo superior izquierdo. Más a su derecha coloqué unas nubes, por rellenar.
Y por fin un detalle para completar la mitad inferior del horizonte: de la puerta de la casa nacía un caminito que iba serpenteando hasta perderse por la parte baja del folio, haciéndose cada vez más ancho para dar una cierta sensación de profundidad.
El caminito lo pinté de color marrón, como la tierra. Todo a su alrededor era verde, la hierba. El sol era amarillo. Las nubes las pinté grises. La casa de blanco quedaba bien, aunque la puerta era marrón, como los troncos de los árboles cuyas hojas eran verdes. Las montañas también iban en marrón, excepto las cumbres nevadas que las dejé blancas.
Sólo me quedaba por colorear el cielo. Allí metido dentro del aula no podía ver el color del cielo y no conseguía recordarlo.
De noche era negro y en los atardeceres naranja, ¿pero de qué color era durante el día? Tras pensarlo un rato tomé la determinación de que, dado que era muy luminoso y que el sol era amarillo, el cielo también había de ser amarillo, aunque no tan amarillo como el sol, claro. Así que me puse a colorear el cielo de amarillo.
En ello estaba cuando mi compañero de pupitre me dijo que el cielo era azul. Me costaba creerlo, pero miré su dibujo y su cielo azul parecía más real que mi cielo amarillo. No obstante me quedé con la duda.
Aún hoy, tantos años después, recuerdo que nada más salir de clase miré al cielo. Y aquella fue una de mis primeras grandes sorpresas en la vida... era cierto: el cielo era azul y hasta ese momento yo no había sido consciente de ello.
Mi compañero de pupitre me vio cómo contemplaba asombrado su cielo azul y riéndose de mí me propinó una sonora colleja:
- ¿Ves, tonto, como es azul?
Cuánto me gustaría encontrarme de nuevo hoy en día con aquel compañero del colegio y devolverle su colleja demostrándole que mi cielo amarillo no era tan descabellado como él pensaba. No al menos en otros planetas.
16 Sep 2010
[Capítulo 2] Cómo conocí a A.
Aquilino -le llamaremos así aunque tiene varios nombres- enseguida se convirtió en el Jack Nicholson de nuestro manicomio y pronto nos hicimos muy amigos, quizá porque se percató de que yo también era un suicida impostor.
-¿Y si dice usted que sabía que no lograría suicidarse por qué lo intentó de nuevo? -le preguntaría el psiquiatra.
-Pues, la verdad, no estoy muy seguro... quizá para llamar la atención de mi madre.
-Su madre. Pero en su ficha no consta que usted tenga familia alguna. Bueno, familia viva, tras el trágico accidente...
-¿Qué tiene de extraño que hable de su madre?
-Digamos que es muy peculiar
-¿De qué tipo de peculiaridad estamos hablando?
-Verá, ella no es como nosotros, ni siquiera vive aquí.
-¿Se refiere a que su madre es, tal vez, extranjera?
-Sí, podríamos decirlo así, bastante extranjera.
-¿Y qué tiene contra su madre para llamar su atención de una manera tan extrema, tan inapropiada?
-Pues, doctor, sé que ella me dio la vida y bien que se lo agradezco, pero ella es también la que me niega la muerte.
El psiquiatra, pese a que debía estar acostumbrado a escuchar todo tipo de fabulaciones y de majaderías, me figuro que trataría de componer su mejor rostro de asombro.
-¿Cómo puede ella negarle la muerte? No lo entiendo.
-Está bien, se lo contaré sin rodeos: mi madre es una diosa que hace dieciséis mil y pico años -he perdido la cuenta- copuló con un humano y fruto de esa unión nací yo. Y dada mi condición de semidiós -y en tanto que los dioses no decidan otra cosa- yo también soy inmortal.
-Pero eso –le diría el terapeuta- es estupendo. ¿Por qué alguien no querría ser inmortal?
-Ya, claro, entiendo sus objeciones. Al principio es muy alucinante, sí, pero como le he dicho tengo más de dieciséis mil años. ¿Se imagina vivir durante ciento dieciséis siglos viendo cómo -generación tras generación- van desapareciendo sus seres queridos? Ya llevaba varios siglos sin atreverme a entablar una relación sentimental duradera, hasta ahora. Me costó mucho comprometerme con mi última mujer, pero era tan feliz a su lado y con la niña... yo simplemente quería envejecer junto a ellas.
-Entiendo. El accidente de su mujer y su hija le han dejado sumido en un dolor insoportable.
-Efectivamente, por eso estoy harto de vivir y quiero acabar con esto: sólo deseo poder morirme como todos los demás.
-¿Y su madre qué opina?
-Ella llevaba más de doscientos años sin aparecer, hasta que contactó conmigo el otro día, tras mi primera tentativa de suicidio.
-¿Contactó con usted? ¿No vino a verlo?
-No, hace tiempo que no se le permite bajar a la Tierra.
-¿Ah, no? ¿Y de qué modo se puso entonces en contacto con usted? ¿Por teléfono?
-No, por internet.
-¿Le envió un correo electrónico?
-Apareció en mi Messenger
-Ajá. ¿Y qué le dijo?
-Que entendía por lo que estaba pasando, pero que aún no podía dejarme morir: me necesita.
-Si dice que ella lleva más de doscientos años sin visitarle, no entiendo cómo aparece ahora diciendo que le necesita.
-Ni yo, pero se supone que tendré alguna misión que cumplir.
-Pero usted la desobedeció y ha vuelto a intentar quitarse la vida.
-No, ella me dijo que pronto vendría a alguien a por mí para tomarme unas vacaciones y que mientras tanto podía hacer lo que quisiera.
-¿Unas vacaciones?
-Sí, para conformarme. A los niños los llevamos a Disneylandia y a mí me van a llevar por un tiempo a otro planeta.
-A otro planeta, ¿es que hay otros planetas habitables?
-Sí, hay muchos, habitables y habitados, aunque le confieso que yo nunca he salido de la Tierra. Cuando los dioses crearon este universo, esta dimensión, para ellos fue un divertimento: crear vida y ver qué hacemos, como si fuéramos un entretenido canal de televisión al que mirar y, claro, cuantos más canales, mejor. Así que este planeta es sólo uno más entre muchos. -Interesante. Bueno, ya es la hora, seguiremos hablando mañana. Pero antes, dígame una cosa. Si su hija era descendiente de un semidiós como usted, pero ella ha fallecido...
-Era mi hija, pero no biológica: yo no soy fértil.
16 Sep 2010
[Capítulo 3] La apuesta
Me pegué a él desde que lo internaron, porque me atraía magnéticamente. En aquel entorno deprimente del Sanatorio Esquerdo -frente a las ruinas de la cárcel de Carabanchel y el Centro de Internamiento de Extranjeros- necesitaba a mi lado a alguien que me ofreciese un poco de alegría de vivir y él cumplía exitosamente esa misión, pese a que me trataba con una molesta superioridad condescendiente.
Su sentido del humor me dio la vida, imitaba a los doctores, a los celadores, a las enfermeras y a otros pacientes con un gran ingenio. De un vistazo le cogía el punto a cada persona, le sacaba un defecto y lo explotaba cómicamente, a menudo con un punto de crueldad.
- Eh, puto pirado gay, ¿te apuestas cincuenta euros a que esta noche consigo que una anoréxica coma un poco de carne?- me desafió.
- Oye, A., -yo le llamaba así porque el nombre de Aquilino me parecía ridículamente anacrónico- el hecho de no querer secundar tu absurdo plan de colarnos esta noche en el edificio de las anoréxicas no me convierte en gay, es sólo que están a punto de soltarme y no quiero meterme en líos, ¿vale?
- Lo que tú digas, señorita Sancho, ¿pero hacen los cincuenta pavos?
- De acuerdo, pero estás enfermo. Muy enfermo.
Naturalmente el hecho de que mi apellido sea Barriga le hizo tanta gracia que decidió convertirme en su escudero:
- Sancho Barriga en vez de Sancho Panza, pero me valdrás igual como escudero interplanetario. ¿Eh, jodido loco, quieres venirte conmigo a otro planeta? Seguro que allí podré buscarte alguna insulita para que la gobiernes.
- Pues claro que sí, mi señor don Aquilinote, no dude que le seguiré en sus gestas espaciales para conseguirme una ínsula que poder legar a mi futura prole, que la tendré, porque no soy gay y sí soy fértil.
La cosa no pasaba de ser una más de sus excentricidades, hasta aquel día en el que se puso solemne al hablarme:
- Oye, Sancho, ¿en serio quieres venirte conmigo a otro planeta?
- Pues claro que sí- dije sonriendo siguiéndole lo que consideraba una de sus bromas.
La durísima expresión de su mirada me fulminó y volvió a preguntar con rostro severo:
- Te lo digo en serio, ¿te vienes o no? Porque si lo haces tendrás que pedirte una excedencia en el trabajo... no sé cuándo regresaremos, ignoro cómo funciona el tema del traslado en cuanto a la dimensión tiempo.
Lo de la excedencia me lo planteó porque él ya conocía mi situación y los motivos de mi internamiento.
En realidad nunca pretendí suicidarme.
Yo, Sancho Barriga, soy un treintañero madrileño de cabello moreno, complexión normal... está bien: algo bajito y quizá un poco pasado del peso ideal (y cada día con menos cantidad de cabello moreno, lo reconozco) que tras unos años de esfuerzo conseguí aprobar unas oposiciones de Auxiliar de Justicia. Y no soy gay, es sólo que he tenido poca suerte con las mujeres y desde que me dejó mi anterior novia no he querido volver a saber nada de ellas. Vale, mi anterior novia y mi primera novia son la misma persona, pero tampoco quiero dar una imagen de patético.
Tras vagar algún tiempo por la geografía española de destino en destino, al fin conseguí la anhelada plaza en un juzgado madrileño. Parecía que había llegado a la meta, a mi paraíso profesional, pero el Destino es travieso y mi juez resultó ser un auténtico tirano que nos trataba como a basura y muy dado a expedientar a sus trabajadores.
Hasta que al fin un día nos unimos y quedamos en darnos de baja todos los compañeros a la vez para llamar la atención sobre nuestra situación, dado que nuestras múltiples reclamaciones en las distintas instancias apropiadas para ello no habían dado ningún resultado, aparte de encabronar más al juez en cuestión, que cada vez nos trataba peor.
Resultado de nuestra insurrección fue que nos enviaron a todos los enfermos a unos inspectores médicos que revocaron una por una todas las bajas. Como la mía era una baja psicológica -y yo fui uno de los cabecillas de la rebelión- intenté dar ejemplo de resistencia comprometida ante mis camaradas con mi falsa tentativa de suicidio, ante la que los inspectores médicos se acojonaron y volvieron a dejarme en situación de baja psicológica. Eso sí, mi atrevimiento me valió una orden de internamiento judicial en el sanatorio Esquerdo. Parece ser que cuando luchas contra el sistema aunque parezca que ganas siempre pierdes.
Así que ya conocen el motivo de mi estancia en el Psiquiátrico.
Y aunque les parezca una locura por mi parte hice caso a A. y en una de mis salidas –ya me daban permiso varias horas al día para pasear fuera del manicomio- solicité la excedencia en mi puesto de trabajo. No porque pensase realmente que A. era un semidiós que me iba a llevar a otro planeta, pero sí sabía que aquel tipo no era normal. En cierta ocasión, en una de sus bromas con un loco se le fue la mano y el pirado objeto de burla le atacó repentinamente, infiriéndole unos importantes cortes en el culo con un trozo de un azulejo roto.
Esa misma tarde fui a verlo a su habitación, acababa de ducharse y mientras se cambiaba, de espaldas a mí, le miré el culo y vi que no tenía ni un solo rasguño, ni la más mínima marca de la bestial agresión que sufrió esa misma mañana.
- ¿Ves como eres gay? Me estás mirando el culo y parece que te gusta.
- No soy gay, estaba viendo que no te queda ni una señal de los cortes del pirado.
- Ya te dije que soy un semidiós, tontorrón. Y sí, eres gay: tenías la boca abierta, ¡vamos, sal del armario, casi babeas!
También A. desprendía un magnetismo y una seguridad extraña, no lo veías como a un tipo que hubiese conocido el hambre y las calamidades, y cuando le conté que soy huérfano y que no tengo hermanos ni familia alguna, él me aseguró que se ocuparía de mí cuando nos marchásemos si pedía la excedencia.
Y como quiera que se empeñara tanto en que lo acompañase y dado que en cuanto saliera del manicomio tendría que bajarme los pantalones y regresar al juzgado cabizbajo para que el abusón del juez Martín Cubo se saliera con la suya y siguiese humillándome junto al resto de los cobardes de mis compañeros... decidí darle el sí a A. (no soy gay).
Lo cierto es que ya anteriormente pensé en pedirme una excedencia, porque soy muy manitas con los ordenadores y por las tardes a menudo iba a la tienda de un amigo mío que tiene un pequeño negocio de informática. Él me invita a unas cervezas y yo le ayudo con las reparaciones mientras mato el tiempo a la vez que aprendo algo. Así que podría ganarme la vida de este modo -llegado el caso- hasta que pusiese fin a mi situación de excedencia.
A la mañana siguiente A. se acercó a mí con una sonrisa y me dijo:
- Chalado, tengo dos noticias: una buena y una mala.
- Primero la mala.
- La mala es que me debes cincuenta euros, mira -me dijo mientras me mostraba en su teléfono móvil un vídeo en el que una de las que sin duda era una anoréxica (por sus marcadísimas mandíbulas y las aconcavadas y tristes cuencas de los ojos) le practicaba una felación- ¿Ves cómo conseguí que comiera carne? Pero no, no te vayas aún, sigue mirando, que ahora viene lo mejor: cuando se va a tragar la leche y le digo que no lo haga porque está muy gorda.
Me quedé mirándolo con cara de horror y dijo:
- Que no, hombre, es coña: dejé que se la tragara toda, que la broma me costó veinticinco pavos.
- ¿Sabes, A-qui-li-no? Me sorprende que después de la terrible y trágica pérdida que acabas de sufrir tengas este comportamiento tan... sorprendente: todo el día de risas y bromas, colándote en el bloque de las anoréxicas para tener sexo. Es chocante.
- Pequeño Sancho –me dijo en tono serio, algo afectado por mi reproche- después de perder a mi mujer y a mi hija me quedaban dos opciones: o comportarme así y vivir la vida sin mirar atrás o suicidarme. Sabes que elegí suicidarme, pero no puedo hacerlo, así que permíteme que no vaya arrastrando penas eternamente y que intente disfrutar de la vida, que ya me cuesta... ¡Ah, y otra cosa! Estoy harto de que pongas esa expresión cómica cuando pronuncias mi nombre, entonándolo con acento antiguo e irónico, mira: te he recortado esta página de la guía telefónica y verás que te subrayado a tres usuarios que se llaman Aquilino ¡en una sola página! Así que queda demostrado que mi nombre no es anacrónico y me debes los cinco pavos que apostamos.
- Está bien, está bien, mis disculpas, no quería ofenderte. ¿Y por cierto, cuál era la buena noticia?- pregunté mientras le daba un billete de cincuenta y otro de cinco.
- La buena noticia es que esta misma noche nos largamos de este planeta, si es que no te rajas. No olvides traerme un periódico cuando salgas esta tarde de paseo.
- ¿Te acuerdas de Gandulfo, el pirado que ingresó esta mañana a primera hora en nuestro pabellón, el tipo con el pelo largo y blanco como su larga barba al que apodaste Gandulfo por su parecido a Gandalf?
- Sí, claro, el Gandulfo, vaya tipo raro.
- Pues él es el enviado que esperaba de mi madre para sacarnos de la Tierra. ¡Nos vamos a su planeta!
16 Sep 2010
[Capítulo 4] La última cena en el manicomio
Aquella tarde al volver de mi paseo le llevé a A. el periódico que me había encargado. Al entregárselo me dijo que esa noche, después de cenar, nos reuniríamos en su habitación con Gandulfo para largarnos del planeta Tierra.
Le pregunté con curiosidad para qué quería el periódico, si nunca le había visto hasta hoy leyendo la prensa.
- Siempre puede sernos de alguna utilidad en un planeta extraño, además así tenemos una referencia de la duración del viaje cuando se acaben nuestras vacaciones espaciales y finalmente regresemos.
- Bueno, –le dije poco satisfecho con su respuesta- me voy a mi habitación a hacer la maleta. Oye, ¿al planeta ese al que vamos llevo ropa de invierno o de verano?
- Ni idea, no te cargues mucho y echa lo que tengas, mi hermanastro proveerá.
- ¿Tu hermanastro?
- Sí, parece que Gandulfo es también hijo de mi madre y su padre era un mortal del planeta al que vamos- me respondió mientras empezó a rellenar las casillas del sudoku del periódico.
Una vez llegué a mi habitación, estando solo empecé a aterrarme.
¿Qué coño estás haciendo, Sancho?, me preguntaba a mí mismo. Te vas a fugar de una institución psiquiátrica, con nocturnidad, en compañía de un par de tarados que se creen semidioses, habiendo renunciado voluntariamente a ese puesto de trabajo que tanto te costó conseguir, ¡y en plena crisis económica mundial!
Llegué a plantearme si realmente el sitio más adecuado para mí no sería precisamente este manicomio.
También me sentí abrumado por la pereza, A. no me había dado ningún detalle del plan de fuga, quizá hubiera que serrar barrotes, saltar vallas, esquivar a guardianes, huir de la policía, hacer un largo desplazamiento hasta el escondite campestre en el ocultasen su OVNI o lo que sea que pensasen usar para huir del planeta. Uf, en qué lío me he metido.
Me tumbé en la cama intentando relajarme, pero sin poder evitar pensar en la gran mierda en la que se había convertido mi vida en los últimos meses, especialmente desde que me abandonó Marta, mi ex, la cual ni siquiera me puso los cuernos, sino que simplemente argumentó el día que se fue que yo era aburrido.
- Me aburres, Sancho -esa fue la explicación que me dio.- Todo el día en casa sin salir ni un solo fin de semana. No te gusta bailar, ni salir de compras, ni relacionarte con otras personas, ni simplemente pasear, tú nada más que leer en solitario, el ordenador y los malditos partidos de fútbol, ¡que ya te ves hasta los amistosos!
- Cari –protesté- pero si vamos muchas veces al cine...
- Sí, al cine, ¡menuda cosa! Para esa mierda nos quedamos en casa viendo la tele en tu maravilloso plasma de tropecientas pulgadas. ¡Y la basura de películas que me llevas a ver! Los rollos esos centroeuropeos o asiáticos subtitulados en los que se ve crecer la hierba, menudo tostón.
- Cari, Kaurismäki no es centroeuropeo, es finlandés, y me dijiste que te gustó la peli...
- Lo siento, Sancho, ahí te quedas, seguro que encontrarás a alguien compatible contigo y te hará más feliz que yo.
- Pero si yo estoy encantado contigo, Marta...
Me miró con cierta lástima, con un amago de lagrimillas en los ojos, pero se dio la vuelta y cerró la puerta de mi apartamento tras de sí. Desde entonces no he vuelto a verla, aunque sí me hice un perfil falso de tío guay en Facebook y he visto que su estado sigue diciendo que en la actualidad no está en una relación sentimental con nadie.
Le envié un e-mail explicándole que estaba dispuesto a cambiar para volver con ella, pero jamás recibí una respuesta.
No sé cómo se llegó a enterar de que me internaron en el psiquiátrico, pero esa misma semana me envió un sms que decía:
“Espero que te mejores pronto, Sancho, no vuelvas a hacer locuras, por favor. ¡Un beso muy grande!”
La llamé en cuandto leí el mensajito, pero no me cogía el teléfono. Finalmente decidí no presionarla para sacar provecho de mi penosa situación y simplemente le envié otro mensaje a su móvil:
“Me han metido en este manicomio porque estoy loquito por ti. Si alguna vez quieres volver a aburrirte llámame, que te estaré esperando”.
Al instante vibró mi celular y vi otro sms suyo:
“Recupérate pronto, de verdad, me duele que estés ahí así. Hasta siempre”
Y ahí acabó nuestra relación, que racionalmente ya doy por perdida, pero que secretamente sigo esperando y deseando recuperar. Aunque teniendo en cuenta mi comportamiento actual no voy muy encaminado...
Preparé una mochila con los enseres que pude meter y me dispuse a dejarme llevar por los dos majaretas semidivinos. Esto ha de ser forzosamente divertido, o al menos una gran historia que contarle a mis nietos (cuya abuela sería Marta, qué demonios, ¡arriba ese ánimo!)
Llegó la hora de la cena: una sopa insípida y una triste tortilla francesa con lechuga, qué asco.
- Oye, ¿qué tal es la comida del planeta ese al que vamos?- le pregunté a A., que miraba su bandeja de comida con unos ojos tan tristes como los míos.
- No tengo ni idea, Sancho, pero forzosamente ha de ser mejor que esta bazofia. Deja de preocuparte, ¿quieres? Y confía en mí.
- ¿Os vais a otro planeta? –preguntó un alcohólico que estaba sentado en el extremo opuesto de la mesa que ocupábamos-. Llevadme con vosotros, yo soy de Ganímedes.
- Lo siento, tío, nuestro platillo es biplaza, otra vez será.- le contestó A.
Nos levantamos y al pasar al lado del alcohólico me metí la mano en el pecho y le dije muy serio:
- Soy Napoleón y voy a invadir Ganímedes y a confiscar todo el vino de allí.
El borracho se me quedó mirando frunciendo el ceño mientras me señalaba con el dedo índice y luego se llevaba el pulgar al cuello con un movimiento horizontal, como amenazando con cortarme el pescuezo.
- No le cabrees, Sancho. ¿Qué te pasa, estás nervioso?
- ¡Vaya! El señorito puede vacilarle a todo el mundo y yo no puedo gastar una simple bromilla.
- Hay que saber a quién hacerle las bromas y en el momento oportuno, no tienes mucha gracia, tío.
- Ya, como tú el día aquel que te atacó el del azulejo, ¿no? Lo pillo, -le reproché con evidente sarcasmo- además que sepas que lo de Napoleón en un manicomio es todo un clásico.
Cuando llegamos a la habitación Gandulfo ya estaba allí.
- ¿Dónde vas con este tipo?- le preguntó a Aquilino con indisimulado fastidio.
- Él viene con nosotros.
- Pero mamá no me dijo nada de terceras personas, sólo he venido a por ti.
- O viene él conmigo o no me voy a ninguna parte, ¿vale? A ver cómo le explicas a mamá después que te has vuelto de vacío.
Gandulfo, tras meditarlo un momento -mientras se mesaba sus largas barbas blancas- al fin accedió:
- Está bien, sea como quieres, pero es tu responsabilidad.
- La asumo plenamente.
- Bien- intervine algo ansioso- ¿cómo vamos a conseguir salir de aquí y hasta dónde hemos de ir a por el platillo volante?
Gandulfo y A. se miraron sorprendidos por un instante y empezaron a reírse descontroladamente.
Al principio me sentí un poco incómodo porque se estaban burlando de mí descaradamente. Luego pensé que al fin A. reconocía que todo se trataba de una gran broma que había tramado contra mí y que al fin iba a descubrirse el pastel y a burlarse de mí cruelmente durante semanas. Cuando ya llevaban un rato muertos de risa, con lágrimas en los ojos, con sus ‘divinas’ mejillas sonrosadas y sobre todo cuando empezaron a revolcarse por suelo sin poder parar de carcajear, entonces sí que exploté:
- No tiene ni puta gracia, ¿sabes? ¡He pedido una jodida excedencia en mi trabajo! Mierda, yo ya sólo estoy aquí por no volver al juzgado, pero puedo salir de este manicomio en cuanto lo solicite, ¿sabes? Te has pasado varios pueblos, en serio, Aquilino. ¡Te has pasado mucho!
- No, jajaja. No, pfffff, espera. No me río de eso, pffff, ay, espera, que no puedo hablar. Dame un minuto, jajaja –trataba de explicarse intentando, sin mucho éxito, ponerse serio-. Sí nos vamos a ir, en serio, me río de lo del “platillo volante”, jajaja. Qué ocurrencia, si viajásemos por el espacio ese tiempo y a esa distancia moriríamos en seguida por las radiaciones. No te mosquees, en serio, sólo confía en mí como te pedí, pronto saldrás de dudas.
Gandulfo se tapaba el rostro con ambas manos intentando ocultar que aún seguía descojonándose de mí. La mirada de pocos amigos con la que le obsequié le hizo recobrar al fin la seriedad y se fue a cerrar la puerta de la habitación.
- Venga, ¿nos vamos ya?- le preguntó a Aquilino.
- Adelante, que de lo contrario al amigo Sancho le va a dar algo, al pobre.
Entonces lo depositó en el suelo, presionó otra combinación de botones y toda la superficie del interior de la correa pareció convertirse en un espejo raro, como de cristal líquido.
- ¿Dónde conecta el portal? – le preguntó A.
- No te preocupes el otro portal está dentro de mi casa, es seguro, no hay nadie.
Conforme con la respuesta, Aquilino se metió dentro del círculo, se agachó para agarrar con ambas manos la correa del reloj y la fue levantando lentamente a la vez que su cuerpo iba desapareciendo dentro del portal, cuando subió por encima de su cabeza, soltó la pulsera y esta volvió a caer al suelo sin que hubiera quedado rastro de A.
- ¿Él ya está allí?- le pregunté a Gandulfo realmente asombrado, sin poder cerrar del todo mi boca.
- Sí, es mejor que un OVNI, ¿eh? Jajaja. Vamos es tu turno.
Con algo de miedo me situé dentro del círculo y fui envolviéndome en el extraño líquido, una vez me cubrí del todo solté el reloj y al instante aparecí en una amplia estancia de una curiosa edificación con una arquitectura realmente hermosa. Allí estaba esperándome risueño Aquilino, que me dio un abrazo amistoso y se disculpó por las risas de antes.
- No te preocupes por eso -le excusé sin salir de mi perplejidad, abrumado por la insólita experiencia.
¿Saben? Lo primero que hice en cuanto Gandulfo se reunió de nuevo con nosotros fue asomarme a un hermoso ventanal y mirar hacia el cielo.
¡Había dos soles! ¡Y el cielo era amarillento!
16 Sep 2010
[Capítulo 5] Néctar y ambrosía con diamantes
Al día siguiente amanecí en mi peso ideal, sin ardores ni resaca, dispuesto a explorar por vez primera el Planeta Q.
16 Sep 2010
[Capítulo 6] La metáfora de la pelotita de goma
Yo escuchaba atentamente tan interesante conversación cuando de pronto un brutal estruendo me sobresaltó. Me giré hacia el lugar de donde procedía el ruido y allí vi una enorme polvareda. A unos veinticinco metros de donde nos encontrábamos había caído solidificada una nube. Por suerte no aplastó a nadie.
16 Sep 2010
[Capítulo 7] Una revelación, dos plenilunios y tres pipas
16 Sep 2010
[Capítulo 8] Q-Floïd y el flashback
Marta, alborozada, me besuquea y abraza. Tras la celebración del título me la llevo en brazos a la cama donde sellamos nuestra reconciliación en una apoteósica velada repleta de virguerías sexuales que el pudor me impide explicitar.
15 Sep 2010
[Capítulo 9] La ordalía basca
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