Hoy me he lavado las manos treinta y dos veces, me las he frotado con estropajos y cepillos. Las he rociado con petróleo y luego con lejía, las he restregado hasta la extenuación, y aún ahora, cuando te escribo, las tengo sucias... Me las quede mirando durante largo rato, y he llegado a ensimismarme tanto, qué cuando caí en la cuenta me estaba dejando resbalar por uno de mis pelillos curvados, hasta llegar a la gran boca, en forma de cráter de uno de mis más minúsculos poros...
El gran agujero negro de su centro me atrajo, con una fuerte corriente de aire caliente, que provenía de lo profundo de su precipicio, y dando disparatadas piruetas en el aire viciado de su interior. Fui cayendo vertiginosamente hasta lograr asirse a una de las rugosidades carnosas, que sobresalían por las resbaladizas paredes del poro. La sentía gelatinosa y húmeda contra mi piel, pero en un esfuerzo supremo logre encaramarme, como a caballo, sobre ella. La visión que se alzaba ante mí, era grandiosa. A mí alrededor, se extendía un universo laberíntico y sin embargo en perfecto equilibrio. Sudoroso y extasiado contemplaba todo un sistema galáctico con miles de soles, galaxias e infinitos planetas, algunos de ellos habitados...
En mi asombro, resbale y caí arrastrado por el sinfín de fuerzas gravitatorias de alguno de esos miles de cuerpos celestes que yacían bajo mis pies; bajé suave como una pluma y allí estaban... Horrendos, enormes, con apariencia de elefantes alucinógenos... Y lo que aún más me aturdió, fue que me festejaron, honraron y me trataron como a su Dios. Pues efectivamente así era por lo que ellos me tenían. Cualquier científico los hubiera definido como microplasmas de polvo depositados en mi piel, pero a mí, sinceramente, no me parecían tan insignificantes en aquellos momentos.
Anduve dando saltos de planeta en planeta, de galaxia en galaxia y donde fui, me adoraron como el hacedor de todas las cosas, y su Dios; para espanto mío. Había infinidad de habitantes y en tanta diversidad como planetas había. Algunos habitaban en mi sangre, otras galaxias gravitaban en mi epidermis y toda aquella inmensidad de micro seres vivía imbuida en la fe y la duda, encerrados en su minúsculo planeta orándome, pidiéndome, rengándome...
En todos los planetas y civilizaciones en donde estuve me habían intuido o al menos imaginado, y en cada uno de ellos se habían creado grandes instituciones y templos, y un verdadero ejército de sacerdotes pretendían saber mucho sobre el asunto; ¡Mí asunto!
Despavorido peregriné por infinitos micro mundos religiosos o filosóficos y en todos me ocurrió lo mismo. Alguno hubo en que se mataban criaturas todos los días, sacrificándose en mi memoria. Otros se cortaban una oreja, en mi gloria, al nacer y se hacían mil perrerías. Muchos tenían cientos de miles de páginas escritas en sus libros, describiendo mis privilegios y mis mandamientos...
¡Fue una pesadilla! Hay una pequeña luna en mi anular, en que para reproducirse unos micro-organismos de mis glóbulos rojos tienen que representar una obra teatral, ante lo que suponen que es mi imagen. Otros en cambio -más sensatos prohíben cualquier representación y las castigan contundentemente. Al fin y al cabo ellos saben tanto como yo, y es que cuando yo muera, ellos perecerán... también de alguna forma.
Vagué no sé cuánto tiempo, aterrorizado por los millones de mundos de mi mano. Hasta que pude encontrar la salida hacía mi cuerpo y desde entonces estoy desesperado, lavándome las manos sin tregua; he pensado en cortármelas, pero entonces me ha surgido la diabólica duda de qué, tal vez, no sea sólo en mis manos, sino todo el cuerpo, el que tengo infestado de micro mundos, y de que tal vez... toda nuestra galaxia. No sea más de un pequeño poro, un minúsculo grano, de un insensato jabalí, y yo un insignificante microorganismo.
Un microbio que adora un tremendo culo de cerdo...
2 comentarios Escribe tu comentario
Daniel Yáñez González-Irún dijo
¡Quién dijo que la física cuántica era un coñazo!
Gracias.
Daniel.
Judas el Viejo dijo
Gracias, a ti Daniel...
Un abrazo de oso.