Pasajeros al desnudo
Un aeropuerto da para mucho y a los pasajeros más aún. Desde las huelgas y cancelaciones de los vuelos como ocurre ahora con Iberia a ser confundido y retenido durante horas como le sucedió recientemente a una pareja española en Nueva York. Aunque este caso no es el único, sino que se lo recuerden a Ramón Calderón confundido hace dos años con un delincuente.
Carreras por el cambio de una puerta de embarque arrastrando la maleta –si no te obligan a facturarla cuando ya has sacado el billete-, gente que duerme en el suelo esperando su vuelo y otros que no les queda más remedio que descalzarse, en el mejor de los casos, cuando pasan el control de seguridad y recuerdan que esos calcetines tenían un tomate… Después de pasar por todo eso, ríete tú de Las doce pruebas de Astérix.
Ahora ha salido una nueva máquina de rayos X que tardaría sólo un minuto en llevar a cabo el control de seguridad. Sin embargo, estas nuevas tecnologías no librarán a los pasajeros de la odisea en la que se ha convertido coger un avión. Vamos, que en vez de ir al aeropuerto parece como si uno fuera a concursar en el Grand Prix.
Cuéntanos tus experiencias en un aeropuerto, desde el control de seguridad al embarque o la llegada y recogida de maletas.
“Agosto. Me calzo mis bermudas y mi gorra, que allá voy, Miami… Y acabo rondando las calles con sus palmeras, medio apestoso, en busca de un par de calzoncillos y un cepillo de dientes para sobrevivir mientras el aeropuerto recupera mi maleta que, al parecer, se quedó dando vueltas en la cinta errónea y acabó, verbigracia, en una gasolinera de Tordesillas”.
Hay aeropuertos mejores y peores, más equipados y menos, con más o menos caos, pero sobre todo, están llenos de historias. Según un estudio,