Pasajeros al desnudo
Un aeropuerto da para mucho y a los pasajeros más aún. Desde las huelgas y cancelaciones de los vuelos como ocurre ahora con Iberia a ser confundido y retenido durante horas como le sucedió recientemente a una pareja española en Nueva York. Aunque este caso no es el único, sino que se lo recuerden a Ramón Calderón confundido hace dos años con un delincuente.
Carreras por el cambio de una puerta de embarque arrastrando la maleta –si no te obligan a facturarla cuando ya has sacado el billete-, gente que duerme en el suelo esperando su vuelo y otros que no les queda más remedio que descalzarse, en el mejor de los casos, cuando pasan el control de seguridad y recuerdan que esos calcetines tenían un tomate… Después de pasar por todo eso, ríete tú de Las doce pruebas de Astérix.
Ahora ha salido una nueva máquina de rayos X que tardaría sólo un minuto en llevar a cabo el control de seguridad. Sin embargo, estas nuevas tecnologías no librarán a los pasajeros de la odisea en la que se ha convertido coger un avión. Vamos, que en vez de ir al aeropuerto parece como si uno fuera a concursar en el Grand Prix.
Cuéntanos tus experiencias en un aeropuerto, desde el control de seguridad al embarque o la llegada y recogida de maletas.
Tal y como meditaba ese simpático Guardia Civil al detener el Volvo conducido por los tres protagonistas de Airbag, gamberrada cinematográfica de Juanma Bajo Ulloa, “es un dilema, según cómo se mire…”.
La mítica y cómica película ya mostraba situaciones límite que pueden ocurrir en un avión bajo el subtítulo de “el avión iba a Chicago, el piloto a Nueva York y los pasajeros… ni se sabía”. Pero como suele suceder la realidad siempre acaba superando a la ficción porque ¿quién les iba a decir a los pasajeros que viajaban de San Diego a Minneapolis que acabarían viendo como
Dominguín & Ava versión 2010: 
¿Será Alarcón un nuevo lugar de peregrinación turista como los Dakota en
“Agosto. Me calzo mis bermudas y mi gorra, que allá voy, Miami… Y acabo rondando las calles con sus palmeras, medio apestoso, en busca de un par de calzoncillos y un cepillo de dientes para sobrevivir mientras el aeropuerto recupera mi maleta que, al parecer, se quedó dando vueltas en la cinta errónea y acabó, verbigracia, en una gasolinera de Tordesillas”.
La siguiente cita tiene lugar en la
Ni miramos precios, ni nos quejamos