22 May 2013

Error de cálculo

Escrito por: Marina Sanmartin el 22 May 2013 - URL Permanente

Viñeta de "Los combates cotidianos"


Es lunes por la tarde y nos encontramos los seis en el Café Azul: Borja, Silvi, Diego, Cris, mi hermana y yo; un cónclave que últimamente se repite con frecuencia. No llegamos a la vez pero, poco a poco, las dos mesas de madera se van llenando de dobles, claras, patatas fritas y paquetes de tabaco, que entran y salen del local cuando prolongamos la conversación con un pitillo en la calle Fúcar, donde una noche fría, a salvo de la lluvia, se va imponiendo sin ninguna prisa. Cada uno tiene su lugar en el grupo; y un conocimiento íntimo de años, el haber compartido ese tiempo en el que crecimos y descubrimos tantas cosas, nos exime de la impostura.

Hay mucho que contar; mucho de lo que reírse y a lo que restarle importancia; hay decisiones que, de repente, imprevistas, se perfilan en el horizonte cuando no se las esperaba. La cena se convierte en una especie de alto en el camino, de paréntesis para el avituallamiento. Estamos a gusto y muy pronto se me olvida la tensión de la novela inacabada. Llama Merce. Llama Raquel. Llama Javi y quedamos en vernos.

Y pienso que tengo mucha suerte.

A lo mejor por eso he perdido el miedo.

No escogemos a la gente que se queda, que se descubre en el momento exacto y en el lugar exacto para nosotros.

Tampoco prevemos las pequeñas decepciones ni los besos en el portal. A veces elegimos mal pero incluso el error, ese fallo de cálculo que nos hace subestimar las consecuencias del salto al vacío, puede convertirse en una ventaja.

Es una ventaja.

Nos vemos en los otros, por eso importa tanto quién nos mira, quién interpreta cómo somos y se toma la molestia de prestarnos atención. Según quién sea, nos hará mejores o, sin darse cuenta, con la inconsciencia catastrófica de un gigante corriendo por la Gran Vía, tratará de aplastarnos y diluirnos en su huella. En ese caso, aunque no habrá intención (los gigantes son físicamente grandes pero poco listos), la ausencia de malicia no suavizará el daño.

Las chicas quedamos para ir a correr al Retiro, y Borja y Diego, ya a punto de despedirnos, nos dicen que nos saquemos una foto antes de empezar la carrera. Tenemos muchas fotografías de hazañas similares, hemos compartido antes muchas noches como esta y habrá más.

Habrá más secretos confesables, que nos harán más fuertes.

La excelente reseña de María Hernández sobre "Los combates cotidianos", que Ana y yo leemos antes de irnos a dormir, empieza con una cita de la novela gráfica de Larcenet que hago mía:

"La retirada es parte del combate".

Me hace pensar que la guerra no merece la pena, sobre todo si el contrincante no está a la altura.

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15 May 2013

Poemas pequeños

Escrito por: Marina Sanmartin el 15 May 2013 - URL Permanente

Un relámpago de Carmen Moreno, publicado por LVR

Antes pensaba que el sentimiento de ausencia del otro sólo podía ser mutuo, y me consolaba creer que, si yo echaba de menos a alguien, ese alguien, fuera quien fuera, al mismo tiempo me estaría echando de menos a mí, acordándose de los momentos compartidos. Ahora ya sé que no es verdad: el sentimiento de ausencia no es recíproco. Cuando dos personas se separan, el camino se bifurca y se multiplica: uno por dos.

Hay algo cuántico en el final de una historia de amor.

Estos últimos días de la excedencia hace más sol, e intuyo que me enamoraré porque, al menos en mi caso, el enamoramiento llega como una indigestión o una pulmonía mortal; hay avisos previos: un malestar intestinal apenas perceptible o un catarro que se cura mal y termina apoderándose del enfermo.

Ayer, después de dos años, me crucé con M y sólo me di cuenta al reconocer su voz, porque él iba hablando por teléfono y pasó muy cerca de mí, en el tramo de Augusto Figueroa que une Hortaleza con Fuencarral. Eran las dos y cuarto de la tarde de un lunes y yo había quedado para comer, tenía prisa y, aunque bajita, llevaba en el iPod la música que escucho cuando escribo sobre el doctor Jeremías Prun... pero la voz de M, que no es nada del otro mundo, se impuso al sonido ambiente con la fuerza de un viaje en el tiempo.

No le llamé. De hecho, estoy segura de que él sí que me vio pero no quiso detenerse. Más tarde se lo conté a Cris, y a mi madre cuando hablamos por la noche. Hoy también se lo he contado a Raquel y a Reca; y me he dado cuenta de que ellos tienen razón al decirme que es un síntoma de buena salud mental ese “pasar de largo”, con una inesperada indiferencia, ante alguien que representa en una vida relativamente corta tan elevado porcentaje de dolor.

Se impone el instinto de supervivencia.

Como única huella, sólo queda la evidencia del cambio de rumbo, provocado por la certeza de que esa historia también se había terminado, que me condujo a otras historias y me ha traído hasta aquí.

Leo los "Relámpagos" de Carmen Moreno, poemas pequeños que son como chupitos de tequila, porque su tamaño engaña e invita a consumir uno detrás de otro, sin pensar en el efecto inmediato de ese exceso de verdad en el corazón; e imagino a mi amiga escribiendo esos versos. Confirmo que nos hemos perdido veces innumerables en los mismos bosques, que somos portadoras de un virus parecido, no sé si saludable o no: el que aviva la necesidad de mantener con respiración asistida todas las derrotas, sin por ello renunciar al fuego que está por venir.

Hay que ser cadáver sin dejar de ser infierno.

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13 May 2013

Tristán Ulloa: "En construcción" o cómo hacer teatro en el lado oscuro

Escrito por: Marina Sanmartin el 13 May 2013 - URL Permanente


Tristán Ulloa fotografiado por Paz Gómez


Tristán Ulloa me abre la puerta del Teatro del Arte; una puerta pequeña, con un timbre similar al de cualquier portal de viviendas, que me hace dudar. Por fortuna se imponen las certezas, porque no tarda ni un segundo: abre y me encuentra allí, aterida en la acera de los impares de la calle San Cosme y San Damián, a la deriva en la mañana de un lunes de primavera, todavía de abril, que podría pasar, con su cielo nublado y su rastrera temperatura, por un lunes de febrero en Laponia.

El clima se ha vuelto loco, y es sólo un síntoma más del desorden en el que nos movemos: el mundo, si hay que guiarse por las protestas callejeras y las noticias de los telediarios, está perdiendo pie; y es en ese contexto y sobre ese contexto donde se levanta En construcción, la obra escrita e interpretada por Carolina Román y Nelson Dante, que cuenta las dificultades de una pareja de inmigrantes argentinos en este Madrid de recortes y desencanto; una propuesta que nació en 2007, en una milonga de Huertas, y ha ido creciendo y desarrollándose carente de ambición, hasta encontrar un tiempo, este en que los españoles volvemos a ocupar el rol del que tiene que irse, que ha reforzado su interés.

SIGUE LEYENDO EN MICRO-REVISTA: PINCHA AQUÍ.

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08 May 2013

La fallera cósmica vista por "El breviario"

Escrito por: Marina Sanmartin el 08 May 2013 - URL Permanente

Este es el dibujo de "La fallera cósmica" que me han regalado mis amigos de "El breviario" , el nuevo club de lectura y pensamiento político que, desde ya, os invito a visitar en la blogosfera y a seguir muy de cerca en su andadura, que sin duda va a ser larga e interesante.

Esta es su primera convocatoria: pincha AQUÍ.

Yo no me la pierdo.

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28 Abr 2013

Vitu y "El gran teatro del mundo"

Escrito por: Marina Sanmartin el 28 Abr 2013 - URL Permanente

La objetividad no es lo mío. Mis odios son viscerales y mis filias descansan sobre una fidelidad a prueba de bombas. A los primeros sólo los dejo sueltos en privado; ¿Qué necesidad hay de provocar dolor? Me conformo con destrozar novelas en las comidas y en las copas gratuitas de los saraos literarios de Madrid. Pero con las pasiones es distinto, porque merece la pena compartirlas, siempre que sean mínimamente comprensibles. Eso sí, intento no perder la perspectiva y me repito que un exceso de subjetividad tampoco es bueno: “Si el sabio no aplaude, malo; si el necio aplaude, peor”. En este refrán, como en muchas otras facetas de mi vida cotidiana, yo sería el necio.

Expuestos los antecedentes, trasladémonos a la tarde de ayer y detengámonos unos segundos en la figura de mi amigo Vituperio, al que también llamamos “Pozo de sabiduría” o “Epítome de sapiencia”, dada su cultura vastísima e inabarcable. Una vez, Jorge le preguntó a Vitu si ese fin de semana iría a ver el partido de Rugby a su bar de cabecera; y Vitu respondió: “probablemente vaya”.

Y no fue.

Cuando Jorge ya llevaba un buen rato esperando, llamó a Vitu por teléfono y este, desde su casa, le recordó que en su respuesta había especificado que iría “probablemente”, así que no tenía nada que reprocharle. Jorge no se podía enfadar porque, aunque no recordaba que Vituperio hubiera utilizado el adverbio en su conversación, le resultaba inconcebible que no estuviera diciendo la verdad. Vitu nunca miente y espero que esta anécdota sirva para ilustrar la exactitud que, en general, preside su existencia; por eso le propuse a él que me acompañara a ver “El gran teatro del mundo”, versión Carlos Saura, hasta el 5 de mayo en las naves del Matadero: por ser un asiduo espectador de teatro y por su ecuanimidad a la hora de emitir cualquier tipo de juicio. Si la obra no le gustaba, no me iba a engañar.

Por mi parte, me tiene ganada el cine de Almodóvar; la literatura sucia y transparente a la vez de los americanos vivos; la de los rusos muertos; el vermú en la terraza de Raquel; las tardes en las que voy a correr con mi hermana; lo último de Soderbergh; la labor de algunas editoriales pequeñas; la visita periódica a las Bodegas Alfaro con Silvi; y el trabajo de José Luis García-Pérez, que llegó hasta este blog por casualidad, con el papel de una estrella invitada, y terminó quedándose.

José Luis es Calderón en “El gran teatro del mundo” que reinterpreta Saura; y lo hace muy bien, como el resto de los actores del elenco (todos en la foto), sobre los que se imponen las interpretaciones de Ruth Gabriel, Antonio Gil y un sobresaliente Manuel Morón.

La propuesta de Saura encierra su mayor atractivo allí donde reside su error: que nadie espere ver la puesta en escena de un clásico. Se decepcionará. Esto es otra cosa: es acercarse a un escenario desde el punto de vista de un narrador de cine; es darle la vuelta a un texto tradicional y diseccionarlo, algo así como ponerse un suéter del revés o mirar en el interior de una bolsa de papel. Es teatro dentro del teatro y, otra vez, dentro del teatro.

Vituperio aplaudió mucho; Vargas Llosa, que estaba sentado justo detrás de nosotros, también.

Al guionista Javier Olivares no le gustó el diseño del cartel y yo, partiendo de los afectos que inhabilitan mi opinión, me olvidé durante una hora y cuarto de la ciudad que seguía fuera, de nuevo camuflada entre la lluvia, sufriendo la misma primavera que yo sufro, idéntica a la que perturbó a Calderón y perturba a Saura.

Ya en el metro, le dije a Vitu que ahora quiero ir más al teatro; y él, que me conoce, me miró con cara de caso perdido y me dijo: "Iremos todos los días".

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22 Abr 2013

La fiesta

Escrito por: Marina Sanmartin el 22 Abr 2013 - URL Permanente

Foto amablemente cedida por Agus Alonso, tomada desde la terraza de Raquel

La foto de Agus Alonso captura nuestras sombras en la azotea de enfrente.

Es domingo y el primer sol de abril me quema la espalda. Me he puesto la falda de flores. He llorado, mientras escribía la novela, con la verdad inevitable y revivida que se pasea fuera de la celda, pero no se me nota porque recurro de urgencia al rímel azul.

Fernando acude a la una y media con una botella de Campari y un libro de Godard para el bookcrossing (yo haré trampa y saldré de allí con "La hora violeta"); Vitu es el más tempranero e Iñaki lleva una camiseta de Superman. Aurea y Reca han comprado un pack de cervezas Desperados, que nos bebemos en la primera hora de la fiesta; y Raquel, guapísima, es la perfecta anfitriona. Por fin conozco a Javier. Me cae bien y me invita a un par de cigarros; síntoma inequívoco, el que yo fume, de que me lo estoy pasando bien.

De nada de esto me hubiera dado cuenta si no hubiera visto la fotografía.

Lo vivo, pero no soy consciente de esa tarde que se nos escapa en la terraza de Espoz y Mina, recuperando letras de Sara Montiel, planteándonos la utilidad de ir a correr al Retiro y comparando relojes iguales; ajenos a la protesta de los médicos, que se inmortalizan con los móviles en la calle, agitando las pancartas y repitiendo los lemas que han nacido, necesarios, con la realidad que nos espera cuando bajemos del ático.

Todo pasará.

Las mañanas de vestidos blancos y música; las buenas intenciones; las pretensiones literarias y la confianza en el porvenir. Cada uno de nuestros deseos más secretos se apagará. Nuestros sueños, como partículas, se mezclarán con el polen y se los llevará el viento. No podremos rescatarlos.

Este es el tiempo para cumplirlos, ahora que nos rodean con la insistencia de los fantasmas.

Las sombras, anticipándose, ya han desaparecido, pero quiero creer que a nosotros, merecidos o no, nos quedan pendientes momentos muy felices.

Vuelvo a casa y, víctima de una siesta tardía y etílica, caigo rendida en el sofá. Cuando me despierto, es para descubrir que Patricia Highsmith fue guapa una vez. Así, intuyo que sin pretenderlo, Edu me recuerda que todos nos movemos aún en ese instante de posibilidad.

Porque todavía no hemos envejecido.

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17 Abr 2013

Días de sol

Escrito por: Marina Sanmartin el 17 Abr 2013 - URL Permanente

Debería existir la posibilidad de arrepentirse por encima de todas las caricias.

La primavera, que nunca conocimos, siempre vuelve; y estos días de sol encierran una pena llevadera que morirá muy pronto, que habrá sido fugaz, como todas las flores; y que no se merece que de ella no se diga nada.

Las palabras.

Los pájaros azules.

La espera en las taquillas de los cines.

Todos mis dramas y todos mis amores son minúsculos, piedras pequeñas y brillantes que no terminan de desaparecer, migas en el camino.

Todos los guardaré.

Serán mi luz para volver a casa.

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13 Abr 2013

"La casa Emak Bakia", de Oskar Alegria

Escrito por: Marina Sanmartin el 13 Abr 2013 - URL Permanente

Un fotograma de la peli


La novela inconclusa y yo volvemos a Madrid a primera hora de la mañana del jueves, en el asiento número 2 del Auto-Res, justo detrás del conductor, que se pasa todo el trayecto comiendo pipas con la ventanilla abierta. El resultado, previsible, es un dolor de oído agudo, que ahogo a base de ibuprofenos un rato antes de acudir al pase en la Cineteca de la primera película de Oskar Alegría, “La casa Emak Bakia”.

Fernando insiste en que me va a gustar y queda conmigo en el Café Barbieri, cerca de la plaza de Lavapiés. Ya no se hace de noche tan pronto y, mientras bajo por Ave María, con medias negras y bailarinas, me pregunto si mi melancolía remitirá con el buen tiempo o seguirá creciendo más virulenta, fortalecida por la inminente invasión del polen de las gramíneas.

“Emak bakia” significa en euskera “Déjame en paz”, y es el título que Man Ray le dio a una película que rodó en 1926, muy cerca de Biarritz, cuyo escenario principal es una casa al lado de la costa, que también tiene ese nombre...

Emak bakia”.

El trabajo de Oskar, que empieza con una imagen del mar al revés, es desde el principio la historia de un homenaje al artista americano y de una búsqueda, la de esa casa extraña, casi fantasmal, que se insinúa en los planos de Man Ray en blanco y negro; y, sobre todo, es la carta de presentación de alguien que sabe mirar diferente y construir un relato único de una premisa en apariencia tan sencilla.

Contar, no importa la disciplina, tanto en el cine como en la literatura, es tirar del hilo, pero también es tomar decisiones y desbrozar el camino; contar es elegir con qué quedarse; y eso Oskar Alegría sabe hacerlo muy bien.

Aproximadamente cuarenta y ocho horas después de la proyección, Fernando, Patricia, Manuel, Oskar y yo nos encontramos en la Vinoteca, en Santa Ana. Es sábado, falta poco para la una de la tarde y el día es de verano. Las terrazas están llenas y discutimos delante de un Rueda y un cestito de patatas fritas sobre el alcance del documental, que podría gustar a mucha gente.

Hablamos de los prejuicios y del rechazo por el desconocimiento. Oskar me pregunta por los escritores jóvenes y yo pienso en el azar, tan presente en la peli, que se estructura a partir de los recorridos casi matemáticos de las liebres... el azar, se dice al principio del metraje, es buscar algo y encontrar otra cosa.

Yo habito en el azar de forma permanente.

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01 Abr 2013

Campo de trigo y amapolas

Escrito por: Marina Sanmartin el 01 Abr 2013 - URL Permanente

Van Gogh pintó en 1888 Campo de trigo y amapolas. Dos años más tarde se suicidó.

Después de tres meses sin pisar un museo, cuarenta y ocho horas antes de volver a Valencia, voy al Thyssen para ver a los hiperrealistas y termino en la sala que recoge la muestra de Impresionismo y aire libre, donde me llaman la atención los colores tan vivos de los paisajes de Van Gogh y me pregunto si él vería así las cosas; si su realidad sería tan extrema. Pienso en la pureza de determinadas percepciones, idéntica a la pureza de algunas drogas, cuyo consumo se traduce en una muerte segura.

Y salgo de Madrid.

Escribo por la mañana y por la tarde de cada día de Semana Santa, en la mesa de estudio de mi hermana, al lado de una ventana que da a la calle del Turia y por la que entra un sol que parece reconocerme; a mí, que lo había olvidado, acostumbrada ya a vivir bajo la lluvia.

Releo Los muertos y me adentro en la Decadencia y caída del imperio romano, de Gibbon. Poseída por un inusitado ataque de vigorexia, voy a correr cuando cae la tarde al jardín del río, aunque me autodiagnostico unas agujetas perpetuas, y avanzo por el pasillo larguísimo de la casa encorvada como un porteador camboyano de la época colonial. Además, milagro de los milagros, aprendo a organizar mi existencia sin Tele Cinco, porque la tele de mis padres no sintoniza ese canal.

Los astros se conjuran dotando a este periodo extraño de las características de un tratamiento de desintoxicación.

Los colores son más apagados; más tenue la luz a pesar de los cielos tan rasos y la banda sonora de Expiación, que escucho en bucle.

Son las palabras que utilizo para contar lo que no ha pasado las que me pinchan como alfileres el corazón.

Porque aquí sólo me acuerdo de una historia.

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26 Mar 2013

Beben dos señoritas

Escrito por: Marina Sanmartin el 26 Mar 2013 - URL Permanente

La ciudad se ha acostumbrado a la lluvia...

Algunas fidelidades se presentan solas. Cuando eso me ocurre, para sobrevivir, intento convertirlas en ficción, porque no tarda en resultar insoportable el peso de la fe en el otro. Sobre todo si sabemos que ha desaparecido.

Marzo pasa deprisa. La ciudad se ha acostumbrado a la lluvia, con todo lo que eso tiene de metafórico, y la ropa se seca en el tendedero perpetuamente abierto en el cuarto que antes ocupaba mi hermana. Ya tenemos Papa y Francisco II, intuyo, ha entrado en la decadencia... siento una compasión infinita por el ciclo meteórico de los bulbos y divido mi tiempo entre la novela, el complicado guiso de las lentejas rojas y algunas lecturas que, los caminos del señor son misteriosos, han llegado a mí como caídas del cielo para sorprenderme; autores españoles en la treintena, en los que no estoy yo muy puesta, pero que merecen mi atención porque vienen recomendados por la voz de la sabiduría.

Leo Luz de noviembre, por la tarde, de Eduardo Laporte, y Esto no es una pipa, de Javier Gutiérrez; más bien los devoro en un par de días. Son novelas que enganchan y, aquí está lo importante, prometen: la primera por lo que tiene de confesión desnuda entre sus páginas, de relación entre lo que vemos y los lugares que habitamos con lo que nos retuerce el corazón; la segunda, por su estructura extremadamente original y no impostada. De Gutiérrez ya había leído Un buen chico y he repetido para seguirle las huellas hacia atrás... y con los dos escritores me quedo con ganas de saber qué será lo próximo, porque estoy convencida de que lo único que les falta es encontrar una historia; una de esas fidelidades que no se pueden eludir pero sí se pueden disfrazar.

Hay que mentir.

Cuando cojo confianza suelo confesar mi tendencia a no decir por completo la verdad: “pero en lo esencial no miento”... menos mal que la amistad auténtica incluye en el pack una paciencia infinita, que tolera todas mis imaginaciones.

Nos emborrachamos como señoritas en La Caracola. Nos hemos puesto medias negras y rímel; nos hemos pintado los labios. Es sábado por la noche y nuestro comportamiento se parece al de los marineros de Moby Dick, porque nos conformamos con una mesa lejos del frío, varias cervezas y una copa para sumergimos en una conversación cargada de confidencias nuevas y planes absurdos de conquista sentimental, que se mezclan con nuestras opiniones sobre literatura y Oriente Próximo. Luego volvemos a casa por la calle de La Palma, recorriendo San Bernardo hasta Gran Vía bajo una lluvia que carece de importancia y que es más lluvia cuando la cuento para transformar la anécdota en tragedia griega.

Eso se me da muy bien.

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Las palabras que pronunciamos no siempre suenan como creemos. Es posible que haya tantos idiomas como hombres, tantas gramáticas como centímetros de piel. ¿Y si las claves para llegar hasta nosotros se hubieran perdido en el momento en que nos hicieron daño por primera vez? Quizás entonces, en un intento por permanecer a salvo, permitimos que cayeran al abismo a la velocidad con que perdimos la inocencia. Es así como nos protegimos, pero también como nos quedamos solos.

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La Vida Después, relatos de Marina Sanmartín. Ed. Baile del Sol. Mayo 2009
Antología Mujeres Cuentistas. Ed. Baile del Sol. Noviembre 2009
La Fallera Cósmica. Ed. Baile del Sol. Noviembre 2010
La Clave Está En Turgueniev. Ed. Eutelequia. Octubre 2012

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