29 Jul 2014

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Escrito por: Marina Sanmartin el 29 Jul 2014 - URL Permanente

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17 Jul 2014

Las gripes en julio no existen

Escrito por: Marina Sanmartin el 17 Jul 2014 - URL Permanente

LAS GRIPES EN JULIO NO EXISTEN

Un relato basado en hechos reales

Cuatro de la tarde, jueves 17 de julio de 2014. Calor infernal, sol implacable. Faltan dos horas para que, por segunda vez en el mismo año, se estrelle un avión de Malaysia Airlines en circunstancias más que ambiguas: el primero, a principios de marzo, desapareció; y el segundo habrá de caer en territorio ucraniano quizá derribado por un misil, pero eso nadie lo sabe cuando me adentro con mi dolor de cabeza palpitante en la silenciosa y ventilada sala de espera de un centro de salud cercano a Atocha, en la que, increíble pero cierto, no hay nadie más que yo.

Antes de que me de tiempo a sentarme, la puerta de la consulta número uno se abre y un hombrecillo con bata blanca y pelo gris, de facciones sin origen y cuello de pollo, pronuncia mi nombre en voz alta. Por su tono se diría que no nos encontramos en una sala de espera, sino en una iglesia.

También por las sombras.

Y es ahí, justo cuando me invita a pasar a su despacho minúsculo y quedamos sentados uno frente al otro, aislados de una realidad a la que no le importa lo más mínimo que en ese momento del tiempo y del espacio estemos juntos, donde comienza mi viaje.

- Algo pasa.

- Sí, yo creo que es la gripe.

- ¿Quién es el médico aquí?

- Usted.

- Exacto. Soy yo... -Lo dice y hace una pausa como si, lejos de confirmar su identidad, la estuviera descubriendo en ese mismo momento y no se la esperara. Repentinamente cohibido, baja la mirada, pequeña y rasgada, incisiva, casi china, y se concentra en una estilográfica plateada, que sostiene con las dos manos-. ¿A usted no le parece raro tener una gripe en julio?

- Todo el mundo me ha dicho que puede ser por los cambios de temperatura: el calor de la calle, el aire acondicionado de la oficina, las tormentas...

- ¿Y usted siempre se cree lo que le dice todo el mundo? ¿Cuántos años tiene? ¿Setenta?

- ¡No! Treinta y seis.

- Ah -admite un poco desilusionado- eso más o menos calculaba yo, pero nunca se sabe... las comprobaciones no por rutinarias dejan de resultar esenciales...cosas más raras se han visto... podría haberme sorprendido diciéndome que tenía noventa -suspira y se encoge de hombros, pone cara de pillo antes de continuar- ¿Cuántos cree que tengo yo?

- ¿Cincuenta?

- ¡Aja! -Grita satisfecho; y pega un manotazo sobre la mesa que me da un susto de muerte- Casi cincuenta y siete, pero es que corro... si usted tuviera setenta hubiera dejado que se fuera; le hubiera diagnosticado “gripe en julio”.

- ¿Y con treinta y seis?

- Con treinta y seis, no.

- Ah, ¿no?

- No, con treinta y seis no puedo. Tiene que quedarse. Debo hacerle una pregunta más.

- Pues hágala.

- ¿Está usted triste?

- ¡No!

- ¿Cómo está tan segura? A veces estamos tristes y no lo sabemos.

- Pero es que no lo estoy.

- Piénselo con más calma. No hay ninguna prisa. Si se diera el caso, la gripe sólo sería un síntoma -explica sin sonreír pero con una convicción que, de repente, me lleva a imaginarle encerrado en esa consulta durante décadas, acumulando una sabiduría médica a base de patologías extraordinarias y vidas anónimas, imposibles de encontrar en los libros.

Con una paciencia insólita da golpecitos con la estilográfica plateada sobre su bigotillo gris.

- Estoy cansada pero no triste; toso, estornudo, no tengo hambre, me duelen muchísimo los huesos y ayer me subió la fiebre... -espero que diga algo pero ni se inmuta-. Creo que seguiré tomando Espidifen -me atrevo a aventurar, consciente del carácter irreal que va adquiriendo la situación-.

- El cansancio es otro.

- ¿Otro?

- Otro síntoma de la tristeza.

- Es posible, pero todos los demás son síntomas de la gripe.

Esta afirmación en apariencia insustancial lo altera tanto que se lleva las manos a la cabeza no sin antes encajar con un cuidado extremo la dichosa estilográfica en el teclado del ordenador.

- Me parecía usted una persona inteligente, ¿de verdad piensa que todas las causas de muerte de este mundo coinciden con los diagnósticos que figuran en los certificados de defunción? Algunos síntomas son como pruebas falsas. Hay enfermedades que no se nombran.

- ¿Insinúa que me voy a morir?

- Pues lamento decirle que sí, ¿qué clase de médico se cree que soy? Pero no por ahora, todavía no; aparte de esta tristeza pasajera, la veo bastante fuerte.

- ¿Y qué hago?

- Puede hacer lo que le de la gana. Si yo estuviera en su lugar buscaría un remedio.

- Por eso he venido.

- ¿Sabe qué? En realidad tampoco creo que haya venido por eso, pero ahora ya puede irse. He leído en el ordenador que la última vez que se pasó por aquí fue en noviembre de 2010. Raro no haber caído enferma desde entonces...

- Usted lo ha dicho -concluyo dándome por vencida, levantándome y dirigiéndome hacia la puerta-, debo ser una mujer muy fuerte.

- Eso no lo dudo, por eso le voy a confiar un secreto, es mejor que lo sepa cuanto antes: aunque toda regla tiene su excepción, las gripes en julio no existen.

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15 Jul 2014

Todas las heridas sirven

Escrito por: Marina Sanmartin el 15 Jul 2014 - URL Permanente

Es muy pobre la memoria que sólo funciona hacia atrás”, a partir de esta revelación de la Reina Blanca en 'Alicia en el País de las Maravillas', Juan Gabriel Vásquez construye su nueva y brevísima novela, 'Las reputaciones', mi último descubrimiento. La prosa de Vásquez exige mi atención y me aleja de todos los demonios. Por eso es tan buena; por eso y porque extrae una ternura insospechada de las situaciones más grises. Me hace pensar que el buen escritor tiene mucho de buscador de oro: su convicción en el éxito de la caza del tesoro, incluso en el territorio menos propicio, es infinita.

Agradezco el hallazgo en una semana que se presentaba difícil y, finalmente, más que triste resulta extraña, llena de demasiadas cosas, sin tregua para sentarse, respirar hondo y constatar con cierta sorpresa la ausencia del previsto vacío en el estómago.

Aunque no tengo duda: llegará.

Esta calma de luces agradables y días largos será arrasada por la onda expansiva. Será como podar un árbol, tal vez algo más apocalíptico, habrá humo negro y gritos de dolor; y cierta paz en ese reconocimiento de la detonación; en la certeza de la muerte que pendía sobre nosotros.

Durante el primero de mis cuatro días libres, Javi, que lo sabe todo, me envía un whatsapp animándome a desconectar. Escribe: “Vive”. Lo leo tirada en el sofá, de vuelta de una productiva tarde con Iñaki, plagada de visitas a librerías de segunda mano. La obra selecta de Hemingway, saldada por RBA, descansa sobre la mesa y, desde la portada, el rostro furibundo, inescrutable de Ernest me observa con expectación.

Miro al techo.

Me pregunto cuáles son las palabras adecuadas.

Ninguna sobra.

Es el orden de los acontecimientos lo que les da valor; su ubicación en la línea del tiempo; su relación con el acontecimiento precedente y con el posterior... debería abordarse cada existencia con los parámetros que utilizamos para evaluar una partitura: Mozart compuso el Réquiem utilizando las mismas siete notas musicales que combinó Gustavo Pascual en 'Paquito el chocolatero'.

Debo emplearme a fondo en la “reconstrucción” de la realidad.

Y, mientras tanto, leo también a Markson. Termino 'Punto de fuga', que es un buen ejemplo del terreno común en el que habitan la música y la literatura. Subrayo lo que dijo Isak Dinesen: “todas las penas pueden soportarse si las plasmas en una historia”; recuerdo el comentario reciente de mi amigo el poeta Ángel Erro en el Ginger, que fue más o menos este: “lo bueno de dedicarse a cualquier campo relacionado con la creación es que resulta aprovechable cualquier dolor. Todas las heridas sirven”.

Lo que hicimos a continuación, después de comer y despedirnos, fue buscar, conectados por Facebook, mitos relacionados con el adulterio entre hermanos.

Todas las heridas sirven. Lo que importa es el orden de los acontecimientos.

Una parte del 'Sálvame' se graba en la tienda; al día siguiente Sílex Ediciones llena el Fórum con la presentación de 'Juana la Beltraneja'; Vitu me lleva el domingo a un bar de viejos al final de la calle de La Palma; me encuentro con Jorge y Claudia en mi trayecto hacia el supermercado; luego veo la victoria de Pedro Sánchez en la televisión y asisto con suspicacia al pase de madrugada de 'La lista de Schindler' en La 1. Me digo que no es casual y, no sé por qué, llego a la conclusión de que el mal tiene un carácter vampírico: aquel que lo sufre acaba infringiéndolo.

Las llamas se retroalimentan en el infierno.

Los asesinos están ciegos.

Me hallo bajo los efectos de una radiactiva amargura.


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07 Jul 2014

Los poderes mágicos del ninja volador y el sufrimiento inútil

Escrito por: Marina Sanmartin el 07 Jul 2014 - URL Permanente

Es sábado. En mi mesita de noche descansa la edición de Nevsky Projects de 'El maestro y Margarita'. No durará mucho ahí, porque la estoy devorando a traición. La lectura anterior, 'El enigma Flatey', me supo a poco y me dejó con ganas de literatura de la buena. Los días, como podéis intuir por las líneas anteriores, se suceden plácidamente en este verano que tiene los colores de septiembre. No es habitual que la superficie de la realidad permita entrever los remolinos y los agujeros que la corrompen por dentro. En apariencia nunca pasa nada.

Pero he llegado a la conclusión de que no se puede escribir dos veces la misma novela.

Me repito la idea mientras voy al encuentro de Borja Villalón, que en esta semana de decisiones importantes ha estado muy cerca. El miércoles por la noche me acompañó a ver 'Sólo los amantes sobreviven' y fue muy claro cuando, antes de entrar a ver la peli, nos zampamos en un bar de chinos un bocadillo grasiento de lomo con queso. Me dijo: 'sabes perfectamente cuál es la verdad, no deberías engañarte por más tiempo'; y ahora ya es sábado y voy en su busca con los vampiros de Jarmusch, excepcionales en su desidia, en su estar de vuelta de todo, todavía despiertos en mi cabeza.

Tanto es así, que con ellos abrimos la conversación al sentarnos en una terraza de Matute, hablamos sobre la increíble película que vimos y sobre la idea que plantea: la no pertenencia de la obra de arte, su carácter universal, precisamente por ser genial, por ser única; su vínculo inexistente con quien la crea, que no es más que un conductor del mensaje extraordinario que llega para quedarse.

Este ataque de intelectualidad nos dura aproximadamente tres minutos, luego pasamos a temas más serios y, delante de un tinto de verano del tamaño de un pomelo, Borja me enseña la cazadora de flamencos que acaba de comprarse en el Zara de Carretas y los playmobil a 3'50€ cada uno que ha conseguido para su colección no se sabe muy bien dónde. Uno es un soldado confederado; el otro, un ninja volador con el uniforme y las alas rojas, que me gusta desde el principio y con él que siento una necesidad imperiosa de fotografiarme.

Creo que tiene poderes mágicos.

Y yo necesito los poderes mágicos del ninja volador para mi asalto del día siguiente.

No quiero hablar del domingo -las cosas que duelen de verdad deben sobrevolarse primero, antes de proceder a su despiece con la meticulosidad de los buitres- , sin embargo gracias al día de ayer he descubierto que existen dos tipos de sufrimiento: el que encierra en su cuadro genético las claves de su propia extinción y el más peligroso, aquel que no conduce a nada, capaz de instalarse en nuestra vida cotidiana para, sin darnos cuenta, dejarnos ciegos.

Durante un tiempo, y no es culpa de nadie, yo he elegido recibir una descarga periódica de este último sufrimiento inútil, y ahora que se ha terminado todo me sorprendo, analizando minuciosamente los hechos, ante el orden perfecto de los acontecimientos. Cualquiera que los observara desde fuera no dudaría al afirmar que se han ceñido a las páginas intocables de un guión...

Me han hecho daño y sé que he hecho daño; y ya sólo queda aferrarse a ese otro dolor que nos conduce de forma lenta, casi imperceptible, hasta la casilla de salida, hasta una historia nueva que, confío, tiene que empezar. Ojalá el conocimiento del proceso lo hiciera más soportable e inocuo, menos hiriente, despojado de nostalgias y remordimientos...

ojalá no tuviéramos para las heridas que nos infringen aquellos a quienes queremos la permisividad de la memoria de los peces.

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01 Jul 2014

La frontera

Escrito por: Marina Sanmartin el 01 Jul 2014 - URL Permanente

¿Qué diferencia hay entre la idea y el hecho?


O, concretando aún más, ¿qué diferencia hay entre amar la idea y jugar con ella durante las veinticuatro horas del día, compatibilizando su presencia con todas las tareas y perturbaciones cotidianas, y amar el hecho?

Atravieso una infinita y resbaladiza superficie de hielo azul.

Despierto cada día con la sensación de estar consumiéndome lentamente, incapaz de renunciar a lamer las imaginaciones más terribles; aquellas que no se materializarán; entre otras cosas porque, si lo hicieran, es más que probable que no resultaran de mi agrado, que me provocaran el vómito.

Pero eso nunca lo sabremos.

Ignoro si es valiente o es cobarde contener el deseo. Sólo hay una cosa de la que estoy segura: la cultura, la formación, ese conocimiento de causa y de pasado que perseguimos en nuestro mundillo de intelectuales adictos a la literatura como quien busca el agua en el desierto, no es más que una trampa; una cárcel; las tijeras que nos han cortado las alas y nos han dejado caer en un lugar insalubre por lo ficticio, en el que predominan la contención y la vergüenza.

A veces me gustaría ser un poco más animal; algo más inconsciente.

Envidio a las mujeres que se dejan besar en los descampados, apoyadas en los coches tuneados de sus novios con cabeza rapada y chándal fluorescente. Envidio a las mujeres que se pintan los labios de rojo y a los hombres que besan sin pensar, porque ellos viven.

Y viven más que yo, aunque sea sin darse mucha cuenta.

Ya no quiero que me expliquen nada.

Leo más que nunca, sin embargo apenas tengo nada que decir. He notado estos últimos días que me voy encerrando poco a poco en mí misma.

Caducan los momentos, lo explica muy bien Natalia Ginzburg en 'Las pequeñas virtudes'. No se pueden guardar las emociones en un tarro de cristal: hay que gastarlas o pasan para siempre.

Las emociones no se explican porque no son insectos.

Ha llegado la hora de dejarse invadir. No importa demasiado, y esto es lo terrible, quién sea el enemigo.

Debería cruzar la frontera.

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23 Jun 2014

Lo que terminará por separarnos

Escrito por: Marina Sanmartin el 23 Jun 2014 - URL Permanente

A Iñaki le cuento mis días y él me dice: "no eres capaz de ver la suerte que tienes, deberías sentirte feliz".

Yo creo que no tanto.

Pienso, sin compartirlo con él, en las salas oscuras de los cines y me repito: "definitivamente, no".

Mi madre me manda un mensaje mientras estoy cenando con Raquel, y, cuando la llamo al llegar a casa y hablamos largo y tendido, se mantiene en sus trece. Lo que dice ella es: "yo de ti no esperaría nada".

Así que guardo en secreto mi fe patológica en lo que ha de venir.

Escribo y pienso que son largos los procesos destinados a concluir en las cosas más bellas; pienso en los acantilados, en los bosques y en los glaciares, y también en la razón minúscula, tal vez todavía inexistente, que terminará por separarnos.

Me gustó 'Violette', la vi ayer, pero al mismo tiempo me llenó la cabeza de ideas terribles; ideas que ya debían estar rondándome, como asesinos, y que la película prendió con la delicadeza de las colillas entre las ramas.

Ahora mi cerebro está lleno de fuego.

Nadie nota el incendio que crece en mi interior a la velocidad de los huracanes.

Escuché hace unas semanas, al asistir por obligación a la presentación de un libro de autoayuda, que tendemos a enamorarnos de aquellas personas cuya descarga neuronal se efectúa al mismo ritmo que la nuestra, y que la convivencia contribuye a la regulación de esas descargas; de modo que compartir la vida con quien queremos favorece que nuestras neuronas y las suyas transmitan información a una velocidad e intervalo de tiempo comunes. No elegimos.

Lo que no pregunté fue si hay algo que pueda romper esa simbiosis, qué catástrofe tiene la fuerza suficiente para hacer que esa coordinación se pierda y el amor acabe roto.

Me gustaría saberlo.

Recupero la imagen de Violette Leduc y su relativamente tardío triunfo literario, y me repito que no fue suficiente.

Me estoy convenciendo a mí misma de que nadie merece habitar para siempre un callejón sin salida.

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17 Jun 2014

Un domingo en la zarzuela

Escrito por: Marina Sanmartin el 17 Jun 2014 - URL Permanente


A veces creo que tengo entre las manos un regalo valioso y frágil, como una flor rara o un juguete de colección, que hay que preservar del mundo porque con tan solo una mirada más, distinta a la nuestra, podría romperse; otras veces, las más, me parece que mis manos están vacías y me siento ridícula observándolas ensimismada, esperando la reaparición del tesoro.

Lo extraordinario es que siempre vuelve, aunque sea de forma fugaz, por eso estoy aprendiendo a dejar de cuestionarme sobre lo que me hace feliz, porque si me hace feliz tiene que ser bueno.

Y no quiero darle más vueltas.

El domingo fuimos a la zarzuela.

Cuando era pequeña -con seis años ya tenía tres hermanos por detrás de mí y los celos no eran infrecuentes- pasaba mucho tiempo en casa de mis abuelos, donde también vivían mis tías. Ahora sé que eran dos mujeres increíbles, que nunca se casaron y se volcaron con los nietos de su hermana mayor. Yo fui la primera.

Siempre que me quedaba a dormir con ellas me hacían para cenar pollo con patatas fritas y aguantaban con una estoicidad que Séneca hubiera considerado excesiva mis ataques de miedo al sueño; porque yo nunca quería dormirme y desde que se ponía el sol no paraba de preguntar cuándo se volvería a hacer de día.

Hubo muchas tácticas contra mi paranoia infantil (las distingo hoy con la perspectiva de los años y las valoro en su justa medida, eran originales y contribuyeron sin duda a hacerme quien soy): una fue aficionarme a la lectura en la cama; otra, invitarme a cerrar los ojos y dejar pasar "un ratito"; y una última, darme conversación hasta verme caer rendida.

Supongo que así fue como me enteré de que a mi tía Maruja le gustaba la zarzuela, concretamente una, 'Luisa Fernanda' , de la que muy pronto me aprendí el tema principal, que era este:

A San Antonio como es un santo casamentero / Pidiendo matrimonio/ Le agobian tanto / Que yo no quiero / Pedirle al santo / Más que un amor sincero

Aquella pieza respondía al sugerente título de 'La mazurca de las sombrillas' y la acabamos bailando en el colegio, disfrazados los niños de dignos caballeros del XIX y pertrechadas las niñas con unas sombrillitas de plástico transparente, que no le sacaron un ojo a nadie de milagro.

Es curioso que recuerde eso.

Más allá de la anécdota, me acuerdo ahora de mi tía Maruja (todos la llamábamos Coca) y me pregunto por esos trozos de vida que compartí con ella, una gran parte en su habitación de muebles blancos y dos camas vestidas con colchas azules... Y creo que nunca nos contó nada, que se nos escapó sin que apreciáramos de ella más que la superficie: una vida discreta y en apariencia feliz, a la que le bastaba para llenarse una siesta rápida en el sofá, antes de irse a trabajar a la lotería; detalles pequeños, como la ropa nueva cada temporada y las películas en la tele (sus favoritas eran 'Sospechoso' y 'Hechizo de luna', le gustaba Cher); y la manicura de los domingos.

Los vecinos del barrio, incluso cuando ya pasaba de los setenta, solían decirle que tenía unas piernas de vértigo, y ella nunca renunció a las medias trasparentes ni el tacón.

Me viene a la cabeza el libro de Michon al sorprenderme ante la tremenda importancia de una vida minúscula y comprendo que sobre todos, sin excepción, hay una luz. Es una lástima que nos conformemos tan a menudo con conocer a los demás sólo a partir de lo que hacen por nosotros.

El domingo fuimos a la zarzuela.

Y fue bonito no sólo por el hecho en sí, una sorpresa acertada, sino porque, además, sin pretenderlo, las entradas para ver 'El diablo en el poder', una de las tres obras que componen la 'Trilogía de los Fundadores', hicieron crujir los mimbres de mi infancia.

En un momento de la representación, al insinuar yo que, por la letra de la composición, la obra parecía escrita ayer mismo, Pedro me dijo que, en nuestra época, la ingenuidad del tiempo en que se componían zarzuelas se ha perdido.

Y probablemente tenía razón.

Mientras terminaba la sesión, pensé en mi particular “tiempo de zarzuela” y regresé a la calle del Turia y a mis seis o siete años. Quería rescatar mi propia ingenuidad. Me di cuenta de que iba a resultar muy peligroso seguir adelante sin ella.

La necesito.

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09 Jun 2014

Conversaciones con mi geisho II: el enamoramiento y la Peña de Francia

Escrito por: Marina Sanmartin el 09 Jun 2014 - URL Permanente

Siempre hablo de amor con el geisho, aunque entre nosotros dos no existe. Creo que es precisamente por eso por lo que nos llevamos tan bien.

El día después de la boda es domingo y amanece con viento y sol, una combinación tramposa. La Alberca es medieval y parece bretona. En medio de un clima desapacible, que intercala nubes y claros, el novio nos explica que, siglos atrás, unos monjes franceses se asentaron cerca del pueblo, a mil metros de altitud, en la que desde entonces se conoce como Peña de Francia. Nos recomienda la visita al santuario y planeamos seguir su consejo antes de volver a Madrid, pero primero el geisho y yo acudimos al encuentro con Javi y Marta en la Abadía de los Templarios, el complejo turístico donde tuvo lugar la ceremonia, para meter el equipaje en el coche, que se quedó aparcado allí la noche anterior, con la intención de que todos pudiéramos disfrutar de los excesos del banquete.

Y es en ese trayecto de kilómetro y medio hasta la Abadía, que recorremos uno detrás del otro cargando con las mochilas y la resaca por el arcén de una carretera prácticamente desierta, hundida entre los árboles y las rocas, cuando el geisho, mientras sigue mis pasos a una distancia muy corta y sufre como yo los escarceos de la luz, me explica su técnica para medir la intensidad del enamoramiento.

Para él, la gravedad del asunto es inversamente proporcional a su necesidad de escuchar música y leer novelas. Cuanto más se enamora, menos puede concentrarse en los libros y en los discos; menos se lo pide el cuerpo, porque sólo piensa en el objeto del deseo, que devora su capacidad de concentración como un parásito.

- ¿A ti no te pasa? -Me pregunta sin detener la marcha, preocupándose en todo momento de que no me acerque demasiado a la línea que delimita el arcén.

- No, a mí no.

- Entonces a lo mejor es que no te has enamorado nunca.


Le escucho sin detenerme, en medio de ese fin de semana extraño, que aspira a ser eterno y encuentra excusas para prolongarse debajo de las piedras, y cuando subimos al santuario, cerca ya de la hora de la siesta, me sobrecoge un poco el aire de desierto de la montaña, la soledad de ciencia ficción en la que se encuentran sumergidas las ruinas, como cadáveres en formol.

El geisho, Javi y Marta avanzan más deprisa que yo por el terreno escarpado y las estancias con eco de la pequeña iglesia y el reloj de sol, plagado de agujeros y pasadizos. Les hago fotos con el móvil y me siento como el gusano que habita un cuerpo muerto, mancillándolo en secreto, ajeno por completo al fin del mundo.

Podría desaparecer.

En este caso, no estoy orgullosa de mí, porque el geisho, retomando las palabras del portugués primigenio, con quien acabo de hacer las paces, ha insinuado que soy incapaz de querer a nadie.

Y siempre me dice la verdad.

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03 Jun 2014

Conversaciones con mi geisho I: el día de la abdicación

Escrito por: Marina Sanmartin el 03 Jun 2014 - URL Permanente

El Rey abdica en mi día libre, todo un detalle por su parte, que me permite pasar la mañana debajo de la manta violeta, con el iPad encendido y Ana Rosa en la televisión, hablando por teléfono con Ansón y Alfonso Guerra.



Mientras en Tele Cinco todos los tertulianos intentan dar a entender que ellos lo sabían antes y lo sabían mejor, y en Twitter el 99% de mi TL cambia su foto de perfil por una banderita de la República, yo leo ‘La maravillosa O’, de Thurber, y pienso en que sólo faltan cinco días para la boda.



Así que, en el trayecto de mi casa al Kilómetro Cero, donde he quedado en encontrarme con Cris y Estela para ir a comer al indio de Lavapiés, le escribo por WhatsApp a mi geisho y esta es nuestra conversación:



YO: Recuerda que el sábado, más que nunca, tú serás mi geisho.

EL GEISHO (EG): Correcto.

EG: Zapatos comprados.

EG: Ya tengo americana.

EG: Sólo me falta la camisa.

YO: Ok.

EG: ¿Qué prefieres, con o sin barba?



Y es llegados a este punto (justo cuando le contesto, con la naturalidad del que elige carne o pescado, “¡con!”; y él responde, sin ningún tipo de perturbación, “perfecto”) cuando me doy cuenta de lo afortunada que soy por tener al geisho, que está dispuesto a convertirse, ya no en el acompañante perfecto, sino en “mi” acompañante perfecto: perfecto en cuanto a indumentaria; perfecto en cuanto a estética facial y, por supuesto, perfecto en cuanto a temas de conversación.



Es por esto último que tomo nota mental, aún en Espoz y Mina, más por prevenir que por curar, de que debo mantener con él una charla previa al banquete sobre el tema de la sucesión y la coronación inminente… no vaya a ser que el geisho tenga intención de proponer, entre plato y plato, que quememos al aire libre la foto del heredero y proclamemos la III república en nuestro rincón de la España profunda, al más puro estilo “Palleter”.



Y es que creo que soy monárquica.



A lo mejor me lo ha contagiado Vituperio durante nuestras no pocas semanas de convivencia; o a lo mejor se debe a que Letizia y el Príncipe forman parte de ese reducido número de personas, entre las que destaca el actor guapito, a las que me encuentro en todas partes sin pretenderlo… los he humanizado, he coincidido con ellos en una sesión de cine, tomando una copa en el Jose Alfredo, entre las estanterías repletas de una librería hace ya mucho tiempo…



Y a Pablo Iglesias, que me parece un poco la carnalización para los españoles del clavo ardiendo, no lo he visto ni una sola vez. ¿Quién sabe cómo cambiaría mi opinión si me lo cruzo por la calle o en el andén del cercanías de Nuevos Ministerios?



No sé yo...



Alguien me dijo no hace tanto: “Desconfía siempre de los recién llegados y los nuevos ricos. Te irá mejor”.

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27 May 2014

'La tristeza de las fiestas'

Escrito por: Marina Sanmartin el 27 May 2014 - URL Permanente

En 1963, Sylvia Plath, la primera mujer de Ted Hughes, se suicidó metiendo la cabeza en el horno. En 1969, la segunda pareja de Hughes, Assia Wevill, que había sobrevivido al Holocausto, puso fin a su vida del mismo modo. Raquel cita a Žižek para terminar su historia y dice mirándome a los ojos: “una vez es mala suerte; dos es negligencia”.

Estamos delante de un plato de fideos fritos y un par de cervezas japonesas, que bebemos directamente de la botella. Es casi la una de la madrugada del viernes al sábado y hemos llegado hasta el Sushi Bar de Comandante de las Morenas después de hacer un alto en una terraza de Martín de los Heros para tomar un vino y una ración de queso manchego que nos ha sabido a gloria. En la televisión del local pequeñísimo, extrañamente lleno a esas horas poco apropiadas para la comida asiática, están dando un partido antiguo, en el que Figo todavía lleva la camiseta del Real Madrid y corre sin despeinarse de un lado para otro del campo. Las televisiones de los bares y restaurantes ejercen sobre mí un efecto hipnótico.

Los rayos catódicos desinfectan la memoria.

Pero aún recuerdo lo que hemos estado haciendo antes de eso. Puedo remontar el tiempo como quien da marcha atrás en una ciénaga: Raquel y yo nos hemos encontrado esa tarde en la librería Alberti, donde se celebraba la presentación del libro de relatos de Mariano Peyrou, ‘La tristeza de las fiestas’.

Acompañado de Jonás Trueba y Abraham Gragera, encargados de presentar la primera incursión del poeta en la narrativa, Mariano ha leído un cuento, el que da título al libro, y nos ha tenido escuchando dócilmente, sentadas en los peldaños de la escalera.

Me resulta difícil concentrarme en las lecturas en voz alta. No importa lo bueno que sea un texto, un mal lector puede acabar destrozándolo, confiriéndole con un tono monótono la profundidad de la lista de la compra; pero no es el caso. Aquí las palabras ganan, sobre todo cuando Peyrou hace un alto, tal vez sorprendido ante su propia afirmación ya impresa, y lee:


'Siempre habrá gente que dedique todo su talento a violar los sueños de los demás'.


Esa frase me saca de mi ensimismamiento.

Horas más tarde, en el japonés, discutiré con Raquel acerca de la importancia de ser prioridad para alguien, de ocupar el primer lugar en su lista de 'apagar fuegos'. Familia aparte, no creo que yo sea la número uno para nadie. Es probable que sea la segunda, la tercera en muchas de esas listas no escritas pero reales en las conciencias, esenciales a la hora de tomar la decisión sobre qué mano soltar en el borde del precipicio.

No me importa.

Pienso en mis sueños perpetuamente violados, en ese rumor de acuífero que me dice que sí, que mis ilusiones están siendo enyuntadas, víctimas de mi propio, flagrante, consentimiento; y pienso en quien me humilla sin pretenderlo, y en la felicidad extraña, como una planta exótica, que todo este juego supone.

Luego dejo que la cerveza fría me congele la garganta y me obligue a concentrarme en las sensaciones de mi cuerpo, todavía vivo. Como un fogonazo, vuelve a mí la idea de la cabeza en el horno, la imagen de Ted, la imagen de los hombres egoístas pero no por ello menos buenos.

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La Fallera Cósmica

Las palabras que pronunciamos no siempre suenan como creemos. Es posible que haya tantos idiomas como hombres, tantas gramáticas como centímetros de piel. ¿Y si las claves para llegar hasta nosotros se hubieran perdido en el momento en que nos hicieron daño por primera vez? Quizás entonces, en un intento por permanecer a salvo, permitimos que cayeran al abismo a la velocidad con que perdimos la inocencia. Es así como nos protegimos, pero también como nos quedamos solos.

MEJOR BLOG NACIONAL DE CREACIÓN LITERARIA 2010. PREMIOS REVISTA DE LETRAS

SI TE GUSTA ESTE BLOG, TE GUSTARÁN ESTOS LIBROS:
El amor que nos vuelve malvados. Ed. Principal de los Libros. Marzo 2014
La Clave Está En Turgueniev. Ed. Eutelequia. Octubre 2012
La Fallera Cósmica. Ed. Baile del Sol. Noviembre 2010
Antología Mujeres Cuentistas. Ed. Baile del Sol. Noviembre 2009
La Vida Después, relatos de Marina Sanmartín. Ed. Baile del Sol. Mayo 2009

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