20 Abr 2014

Nunca leeré 'Cien años de soledad'

Escrito por: Marina Sanmartin el 20 Abr 2014 - URL Permanente

La última vez que me ruboricé fue por culpa de García Márquez. Estábamos en los Cien Montaditos, era una noche de miércoles de esta primavera que quiere ser verano, y en las pantallas gigantes de todos los bares el Barça caía rendido ante el Atlético de Madrid. Huyendo del fútbol, en un rincón del local con vistas a Orense, habíamos encontrado una mesa demasiado pequeña para los cinco que éramos. Compartíamos una tabla de salchichas y unos nachos, y lo estábamos pasando bien.

Había algo de Torre de Babel en aquel ambiente de luz rotunda, cargado de ruido, de cruce de conversaciones; también había un secreto.
En un momento determinado del encuentro, García Márquez salió a la conversación; un tema lógico si tenemos en cuenta que una de las razones que unía al grupo era la pasión por la literatura. Imma dijo: "Mi favorita es 'El amor en los tiempos del cólera', he releído varias veces 'Cien años de soledad' pero no he conseguido que me guste tanto". "A mí me pasa lo mismo", dije yo, "aunque 'Cien años de soledad' sólo la he leído una vez".
"Qué mentirosa".
Hubo un tiempo, no hace tanto, en que me prometí a mí misma que no leería nunca "Cien años de soledad", quizás porque las novelas y las películas que amamos no son más que una prolongación de aquellos que nos las descubren, que nos hablan de ellas. La vida de las palabras sobre la página depende exclusivamente del lector que las recomienda y quiere compartirlas, y, al menos para mí, cada historia va indisolublemente unida no tanto a su autor como a quien me conduce hasta ella, despertándome la curiosidad.
Yo escondía un dolor, una herida propia que ahogaba toda intención de lectura. La novela maestra de García Márquez iba a quedarse hace año y medio en una de las estanterías repletas del despacho de mi padre en Valencia. Aún sin abrirla, me recordaba demasiadas cosas tristes. Decidí que no volviera conmigo a Madrid, pero mi padre, que seguramente no se acuerda, cambió eso.
La víspera de mi marcha paseamos juntos por la Gran Vía Fernando el Católico y se interesó por mí. Estábamos en enero, hacía frío, él se apoyaba sin necesidad en su bastón y yo le conté mi desengaño con una confianza poco corriente entre padre e hija. Le hablé de García Márquez y de mi decepción.
Él fue muy claro: "a pesar de todo esa novela hay que leerla".
Así que le obedecí.
- Qué mentirosa.
- No, qué va, al final la leí...
Ayer pasamos el día hablando de García Márquez. Fuimos a comer y al cine. Nos sentamos en una terraza y charlamos hasta que el frío pudo con nosotros.
Hace año y medio me prometí que no nos volveríamos a ver.
Cuando nos despedimos, antes de llamar a Silvi y sumergirme en el curso imparable de la realidad, como las sirenas, me pregunté qué diferencia a los que se van de los que se quedan; me sorprendí identificando cada esfuerzo y cada cambio en esta línea de la trama.
García Márquez -sacrilegio- me da igual.
Lo que hemos puesto de nuestra parte. Eso es lo que merece la pena.

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06 Abr 2014

Últimas ocho horas en Villa Milagro

Escrito por: Marina Sanmartin el 06 Abr 2014 - URL Permanente

Llegamos misteriosamente sanas y salvas, siguiendo las instrucciones del navegador, en el que Villa Milagro aparece señalada con un globo verde y nosotras, cada vez más cerca, por una flecha azul. Durante el trayecto devoramos un par de porciones de pastel de zanahoria, al que no hemos podido resistirnos en nuestra parada para comprar el pan y, aunque hace ya mucho tiempo que aprendí que la realidad no existe, detecto que esta vez la familiar sensación de espejismo flota en el ambiente con una fuerza inhabitual, con la agresividad de los virus mortales, cuyos síntomas pasan al principio, al manifestarse en el paciente cero, desapercibidos.


Aún no han dado las doce.


Es sábado por la mañana y no hace frío.


La luz es rotunda y recuerda las novelas de Blasco Ibáñez que transcurren siempre cerca de La Albufera. Un paisaje ordenado de naranjos, arrozales y pinos se extiende a ambos lados del camino, que es de tierra en el tramo final, y se vuelve más cerrado y solitario conforme se va alejando del último pueblo y se aproxima a la casa: Villa Milagro no es ninguna meta, no remata ningún recorrido; la entrada principal, un portalón de hierro abierto de par en par, se ofrece discreta a la derecha de la senda arenosa y nos absorbe para apartarnos del mundo.


El viaje en el tiempo. Las fauces del cocodrilo.

Si alguien de por aquí ha leído 'Picnic en Hanging Rock', entenderá de qué clase de desidia hablo al referirme al sopor que se adueña de la mente humana en los lugares donde la naturaleza aún no ha sido desahuciada y permite nuestra presencia favoreciendo una impresión de calma ficticia.


Las últimas ocho horas en Villa Milagro transcurren como vetas de agua por sus estancias infinitas: tranquilas y apacibles, salpicadas por el olor a carne asada, la lentitud incomprensible de una cafetera gigantesca y roja, y las voces pequeñas de los niños, que son la única prueba de que el espectáculo no se ha detenido y debe continuar.


Eso sí, sienta muy bien saltar del escenario por unos segundos y contemplar el paso de los muebles y las cosas arrastradas por la corriente. Lástima que, justo cuando empiezas a pensar que podrías pararte y permanecer en ese lujar a salvo, desde el que observar con distancia los estragos de la tormenta, te traiciona la inquietud.


Mañana vuelvo.

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02 Abr 2014

Herida

Escrito por: Marina Sanmartin el 02 Abr 2014 - URL Permanente

"Ten cuidado, la gente herida es peligrosa. Sabe que puede sobrevivir"

Fotograma de 'Herida' (1992), de Louis Malle

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09 Mar 2014

Una jornada particular

Escrito por: Marina Sanmartin el 09 Mar 2014 - URL Permanente

Yo nací en 1977; el mismo año en que Ettore Scola dirigió a Sophia Loren y Marcello Mastroianni en 'Una giornata particolare'. Treinta y seis años después, la noche, casi madrugada, de un martes de marzo, programan la película en La 2 y me quedo en el sofá hasta pasadas las tres. Acostarme sin verla terminar hubiera sido un sacrilegio y, la tarde siguiente, mientras me escapo con Javi a La City para tomarnos el café de después de comer, le cuento el argumento y se la defino como imprescindible.

Mi favorita es la escena de la azotea, que acompaña a este post; un ejemplo claro de la facilidad con que lo cotidiano puede convertirse en extraordinario. El espectador ve a Sophia y a Marcello jugar entre las sábanas tendidas, contra esa mañana gris del día del desfile al que no han acudido, y adivina que los personajes, en un futuro, recordaran ese momento como algo excepcional en sus vidas, algo que les dio valor.

Es extraño donde reside a veces el sentido, el porque de las cosas; cómo en los lugares oscuros y pequeños se esconde el tesoro más brillante.

***
Dos días después de volver a ver 'Una jornada particular' viajo a Valencia con Reca y, desde el instante mismo en que cogemos el AVE, me adentro en mi propio estado de excepción. El viaje relámpago con mi amigo para presentar en la Fnac de San Agustín su primera novela, 'Deudas vencidas', se convierte en una expedición llena de altos en el camino: desde la playa de Las Arenas, donde se encuentra La Pepica, un clásico entre los restaurantes especializados en Paella Valenciana, al barrio de Ruzafa, al que llegamos siguiendo los pasos de mi hermana Ana, que nos lleva hasta una de las librerías más activas de la ciudad, Bartleby, en la que nos recibe la poeta Luci Romero, que ahora también se ha convertido en una librera excelente.

Todo sale bien, sin estridencias y, aunque todavía es pronto, no se nos escapan los primeros síntomas falleros: vemos algunos camiones con piezas de fallas camuflados entre el tráfico y la iluminación de las comisiones más importantes ya está preparada. Por todas partes hay puestos ambulantes de churros, chocolate y buñuelos y, a pesar de que nos la perdemos por minutos, esa mañana se dispara la mascletà.

Nuestra "jornada particular" es agotadora, pero merece la pena; y, como siempre que por una razón o por otra aterrizo en Valencia, siento lejos mis preocupaciones diarias, mis nostalgias habituales, esas que no se van nunca del todo pero que el cambio de escenario consigue apaciguar con el efecto de la morfina.

Y pienso en no volver, en qué pasaría si me quedara a este lado del espejo, donde todo parece más agradable y menos rápido.

Menos hiriente.

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02 Mar 2014

The Masterplan

Escrito por: Marina Sanmartin el 02 Mar 2014 - URL Permanente

Debería ser más honesta. Debería bastar con compartir un cigarro bajo la lluvia, con esa facilidad imprevista para arreglar el mundo a la que siempre recurrimos cuando nos desahogamos con los amigos.

Un cigarro y la lluvia, y la gente pasando de largo delante de nosotros en dirección desconocida; los paraguas abiertos, mojadas las puntas de los zapatos, desdibujada en los charcos la luz demasiado aguda de los semáforos, el frío hasta los huesos; todos con planes, todos con alguien a quien ver en el otro extremo de la ciudad, que se muestra reacia a aceptar las condiciones denigrantes del invierno.

Como nosotros, conformes con la promesa inmediata de un café, dispuestos a olvidar esa tarde de nuestra adolescencia que transcurrió escuchando a los grupos de moda y mirando por la ventana de la habitación partida en dos, contemplando la calle desierta con un silencio de ceremonia.

No recuerdo qué pensamos entonces sobre el futuro.

Hay un telón de citas y de cañas pendientes, de horas y horas de trabajo, de alguna ilusión por la que siempre nos dan la enhorabuena con cierta envidia. Resultaría imperdonable no dar las gracias, peligroso no callarse, no guardarnos esa pena soportable que últimamente nos acompaña y sobre la que nos resistimos a tomar una decisión.

Aunque no decidir es una decisión.

No hacerlo y asistir impasible a un alud de cosas imprevistas, que se desmoronan como gigantescas bolas de nieve y pasan rozándonos, sin vernos, sin detenerse a aniquilarnos.

Porque a la muerte no le importamos nada.


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24 Feb 2014

N investigación sobre el amor

Escrito por: Marina Sanmartin el 24 Feb 2014 - URL Permanente

Hagamos análisis de conciencia:

aquí nadie dice la verdad
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16 Feb 2014

Los bebés, los perros y los globos

Escrito por: Marina Sanmartin el 16 Feb 2014 - URL Permanente

“Es demasiado doloroso”.

Las tres palabras, como el anuncio enganchado a una avioneta publicitaria de las que sobrevuelan las playas en verano, cruzan una y otra vez por mi mente y me devuelven el cielo azul; aunque es de noche y hace frío, y me cuesta encontrar a Borja, que no acude al lugar de la cita, delante del Español, y se esconde en Con Tarima, una librería especializada en arte que acaban de abrir en la calle del Príncipe.

Toda la ciudad conspira.

Reconozco en el frío y en las luces agónicas de Santa Ana la media sonrisa de los que cuentan las cartas.

Cuando por fin doy con mi amigo, mi congestión nasal alcanza cotas inauditas. Él se entretiene charlando con los libreros (simpáticos) sobre las aspiraciones del nuevo local, en el que las noches de los sábados y los domingos tienen previsto programar teatro; compra un libro voluminoso, que contiene la historia en imágenes de un consolidado festival de cine y, mientras paga con tarjeta, yo llamo a mi madre y le cuento que se ha adelantado al 12 de marzo la salida de la novela. Ahora ya no hay día en el que no tenga noticias de mi propia ficción: la inminencia del lanzamiento de ‘El amor que nos vuelve malvados’ debería ser un motivo de alegría transparente pero, muy lejos de eso, se ha convertido en el grito de quien es enterrado vivo.

Silvi y Borja me felicitan en el Ginger. Nos reímos. Hacemos el tonto practicando ‘El baile del cuadrado’ en el que Silvi resulta ser experta (yo me pregunto cómo he podido vivir treinta y seis años ignorando su existencia); y acabamos la cena compartiendo un trozo de tarta de chocolate con helado y fumando un cigarro en la plaza del Ángel. Al despedirnos, o a lo mejor antes, le digo a Borja que estoy devorando la reedición ilustrada de 'Washington Square', que Henry James ha conseguido que abandone incluso a ‘Limónov’; y Borja me recuerda la versión cinematográfica de la novela, que se llamó ‘La heredera’ y le dio un Oscar a Olivia de Havilland, eternamente enfrentada a su hermana Joan Fontaine.

****

De repente ya es viernes y otra vez es de noche, porque los días no importan en esta especie de espiral de acontecimientos en la que vivo; los días se ajustan al orden de las estaciones y los rascacielos, pero algo venenoso se derrama sobre las madrugadas, un magma fluorescente y corrosivo, como la lava del volcán.

Se está quemando todo.

Es San Valentín y Raquel y yo cenamos juntas, fieles a nuestro status de ‘casi novias’: pizza de jamón serrano con tomate natural, vermú y vino tinto; los primeros episodios de ‘True detective’ en la televisión y la lluvia golpeando los cristales de la buhardilla. No se me ocurre mejor plan. Lo prolongamos hasta que nos da un respiro la tormenta, casi a la una. Entonces Raquel y Curro, que empieza a abandonar tímidamente sus hábitos de cachorro para adentrarse en la vida adulta, se ofrecen a acompañarme a casa y bajamos por Espoz y Mina, atravesando el callejón del Gato y Santa Ana, hasta la calle Huertas. Vuelve a lloviznar y Curro se siente atraído por las colillas de cigarro y las latas brillantes de cerveza vacías mientras nosotras nos protegemos con las capuchas de los abrigos. Parece no importarle el agua y juega con Raquel, corriendo cuando ella corre y deteniéndose cuando ella se para. A nuestro alrededor la gente vive una noche de fiesta y sonríe al paso del perro que, en medio de los repartidores de flyers y los chinos cargados de clandestinas bolsas de plástico, se convierte en un elemento exótico, el invitado que no esperaba nadie.

Hasta que en la puerta de un garito de Huertas, Curro conoce a Ron, impertérrito al lado de una mujer delgadísima, que en unos segundos se nos presentará como Rocío, la payasa tanguera, dueña de Ron, un perro de un desvaído color canela, adiestrado para transmitir la calma.

Es la una de la madrugada, llueve y estamos en la puerta de un bar porque Curro ha hecho un amigo, el equivalente perruno a David Carradine en ‘Kung Fu’.

Rocío fuma tabaco de liar manchado de pintalabios (su maquillaje es rotundo, de líneas gruesas), lleva unos vaqueros rojos ceñidos y con agujeros, cazadora de cuero y botas negras, de tacón; tiene un bolso de plástico azul, con las asas cortas y lunares blancos, y una trenza morena le cae sobre el hombro derecho. Observándola con interés, pienso que, a pesar del halo de consunción que acentúa su delgadez y el abandono de cada una de sus palabras, hay en ella cierto atractivo. Parece saber muchas cosas, pertenecer a esa noche en la que la descubrimos, no existir más allá de las horas sin luz. Le gusta Curro, se siente orgullosa de la actitud zen de Ron y no duda en empezar a caminar con nosotras cuando hacemos ademán de continuar la marcha.

Los perros avanzan muy juntos, por delante, sorteando los corrillos, dejando sus huellas pequeñas sobre los adoquines húmedos, y Rocío nos desvela los secretos del comportamiento canino. Hasta que en algún momento dice: “Hay tres cosas que no fallan con los enfermos de alzheimer: los bebés, los perros y los globos… bueno, y también están las pompas de jabón. Consiguen que reaccionen incluso cuando ya se ha dado todo por perdido”. Luego se despide a la entrada de una bocacalle, nos da su tarjeta, en la que se lee con claridad “Dolor es pain”, llama a Ron, que acude obediente, dejando a Curro con tres palmos de narices, y desaparece.

Qué extraño.

No existe la realidad. La nuestra se parece a una película de David Lynch.

¿Lo he dicho ya? Se está quemando todo.

Algo va a pasar; y el resplandor radiactivo que lo anticipa es, como las cadenas de los esclavos, una garantía de muerte. Nos mantendrá inmóviles durante el incendio.

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10 Feb 2014

Premios Goya 2014: El horror

Escrito por: Marina Sanmartin el 10 Feb 2014 - URL Permanente


El fin de semana empieza con Raquel y yo en el Gurú de Echegaray, delante de una cerveza Cobra, pendientes de la llegada a la mesa de unas gambas al curry y una ración para compartir de pollo Tikka Masala. Fuera, en el corazón de Huertas, una lluvia muy fina se hace visible a la luz de los faros de los coches y crece el frío, aunque el clima no parece ser un obstáculo para esa sobredosis de vida repentina que se dispara en el barrio cada noche de viernes.

Hemos visto en los Ideal ‘La Venus de las pieles’ y nuestra conversación, como los pasos del inocente que se adentra en el bosque al principio de una película de terror, tantea el terreno resbaladizo de las fantasías sexuales. Raquel es mi amiga y me quiere, lo sé, por eso no le reprocho la dureza de las palabras que me dedica durante la cena, cuando se esfuerza en hacerme distinguir entre el comportamiento con nosotros de las personas que nos quieren y las que no; con estas últimas no deberíamos malgastar ni un segundo, pero cómo saberlo. A pesar de que me esfuerzo en creerla y aplicarme el cuento, cierta ingenuidad en mi interior aguanta el martirio.

Mi pena es como el zorro en la trampa. Se revuelve en la soledad nocturna, antes de caer definitivamente en las manos del cazador.

Hablo con Raquel de lo que deseo y de lo que no tendré, entre otras cosas porque ni siquiera a ella le confieso del todo qué es lo que espero. Me parece demasiado sucio, demasiado fuera del guión. Pienso en los bebés ahogados en los charcos; en esa soledad buscada en la que me protejo y soy otra; y en el traje nuevo del emperador.

La peli de Polanski nos ha gustado mucho, supone una vuelta del director a sus espacios más grotescos, a sus imágenes más logradas. Creo que leeré la obra de Sacher - Masoch, que Tusquets acaba de rescatar. Tomo nota mental de sacármela de préstamo la próxima vez, cuando devuelva los libros que me he llevado esa misma tarde: ‘Autopsia’, ‘Mujer sin hijo’ y ‘Limónov’. Los dos primeros los empezaré a lo largo del fin de semana y también a lo largo del fin de semana los abandonaré. Me digo, eso sí, que no es culpa de las historias ni de los autores, sino de mi estado creciente de ansiedad literaria, que ya no se conforma con lo simplemente bueno y vaga desorientado, hambriento, en busca de lo excelente.

Soy yo la que no tolera; yo la cansada de la laxitud con la que aprobamos lo intermedio… cada vez me da más rabia que todo el mundo sea tan complaciente y, al mismo tiempo, me prometo a mí misma retomar las dos lecturas cuando mi estado de ánimo haya superado este periodo de irritación, que no será pronto, porque el entorno contribuye a avivar el fuego.

El domingo por la mañana Jorge y yo acompañamos a Vitu hasta su casa prácticamente lista. Comemos los tres juntos en la Pizzería Cervantes de la calle del León y bajamos protegidos por un solo paraguas hasta Alameda, donde nos despedimos. Por la noche serán Iñaki y Borja los que vengan a casa a ver la gala de los Goya, que acabaré bautizando con el subtítulo de ‘El horror’, aún a riesgo de quedarme corta en mi intención por transmitir la cutrez suprema del espectáculo.

¿Cómo es posible?

¿Es que nadie va a tomar cartas en el asunto?

No hay excusa, no es una cuestión de falta de presupuesto. Es una cuestión de falta de talento galopante. Nuestro cine y nuestros profesionales del gremio (los buenos, que son muchos) se merecen un escaparate mejor, que no de pie, como poco, a 180 minutos de burlas en las redes. ¿Cuántas cabezas deberían de rodar y no lo hacen por esa despótica, absorbente y políticamente correcta tendencia a valorar en exceso el esfuerzo sin dar importancia a la calidad de los resultados?

Hiperventilo.

Vuelvo a quedarme sola a la una. En TVE 1, donde intuyo que habían apostado por la victoria de Sánchez Arévalo, ponen ‘Azul oscuro casi negro’ y la veo hasta el final. En una escena de la película suena de fondo ‘Imaginarte’, una canción de Lantana que me apacigua por fin: despeja la niebla y me recuerda que sigo siendo yo, que mi desequilibrio emocional y yo seguimos bien, suspendidos en medio de una madrugada silenciosa y tomada por el viento, que golpea amenazador los cristales de la ventana.

Todos duermen; lo que hace que me alegre aún más, sin motivo aparente, de permanecer despierta.

Siempre es pronto para dormirse.

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03 Feb 2014

Las cosas terribles

Escrito por: Marina Sanmartin el 03 Feb 2014 - URL Permanente

Hago una lista de las cosas terribles.

Nadie tiene la culpa.

Pero ya han sido suficientes.

Intento remontarlas pero siempre están ahí, como una alarma activada por un motivo desconocido e imposible de apagar precisamente por eso, por el origen confuso de su puesta en marcha; las cosas terribles, que ya no me hacen ningún daño y sólo me provocan rabia.

El sábado se marchó Vitu. Le acompañé con las maletas hasta la casa de Iñaki, que tiene calefacción central y es más acogedora que la mía. El día era espléndido, un sábado de sol en medio del invierno, esa clase de días en los que nadie debería trabajar.

No tuve remordimientos.

Comimos los tres en un japonés que se llamaba Estrella Oriental. Luego Iñaki se fue a la librería y Vitu y yo nos despedimos en la Avenida de Barcelona. Con el tráfico de fondo, como en una foto desenfocada por culpa del movimiento, al darnos un abrazo me di cuenta de que nuestra amistad había sobrevivido. Estoy segura de que lo echaré de menos. Aún así, mientras me alejaba en dirección a Atocha, respiré hondo y disfruté ante la idea de haber recuperado por completo mi intimidad. No escondo ningún secreto terrorífico, pero mi cerebro, de vez en cuando, exige no estar con nadie.

Por eso estos últimos meses he caminado muy cerca del desequilibrio.

Durante mi paseo hasta Alameda, entre la luz y los árboles, y la soledad que toma la ciudad a la hora de la siesta, reflexioné sobre las cosas pendientes, continué dándole vueltas a la idea de las amistades que se salvan y las que mueren, y llegué a la conclusión de que todavía es pronto para emitir un diagnóstico sobre los afectos moribundos, aquellos que nos producen más dolor, porque la herida sigue abierta y, al menos por ahora, no tengo nada más que decir.

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29 Ene 2014

Elvira Navarro, la lógica de la ansiedad

Escrito por: Marina Sanmartin el 29 Ene 2014 - URL Permanente

Hace unos días, Elvira Navarro aceptó recorrer conmigo algunos de los lugares más significativos de su excelente última novela, 'La trabajadora'. Nos encontramos cerca del cementerio de Carabanchel Bajo, lloviznaba y, aunque los caminos próximos a la carretera eran un mar de barro, nos tomamos una caña y lo pasamos bien. Charlamos sobre literatura y Micro-Revista publica hoy el resultado de este encuentro, que fue un placer.
En el enlace que sigue, podéis leer el texto completo: 'Elvira Navarro, la lógica de la ansiedad'.

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Las palabras que pronunciamos no siempre suenan como creemos. Es posible que haya tantos idiomas como hombres, tantas gramáticas como centímetros de piel. ¿Y si las claves para llegar hasta nosotros se hubieran perdido en el momento en que nos hicieron daño por primera vez? Quizás entonces, en un intento por permanecer a salvo, permitimos que cayeran al abismo a la velocidad con que perdimos la inocencia. Es así como nos protegimos, pero también como nos quedamos solos.

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La Vida Después, relatos de Marina Sanmartín. Ed. Baile del Sol. Mayo 2009
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