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Escrito por susana-pdp

28 Ago 2009 - Enlace

En busca del ocio perdido

No sé si se han fijado alguna vez en que justo debajo de la pantalla de su televisor hay un botón. Está al lado de una lucecita verde. Es el botón de apagado de la electricidad. Se tienen que levantar y pulsarlo con el dedo. No vale con el mando. Ahora ya lo saben. Si su pantalla es plana o ultraplana, lo mismo está en otro sitio, pero, por lo general, se encuentra donde les digo. Pulsarlo de vez en cuando tiene al menos dos ventajas. La primera es que les abre a un mundo de actividades a las que dedicar sus ratos de ocio, escogidas por ustedes, más allá de lo que les ofrezcan otros a través de la socorrida caja negra. La segunda es que ayuda a reducir el consumo de electricidad, con lo que, de paso, le puede venir bien, a su conciencia, que, en tiempos prolongados de ocio, suele dar más la lata. Pero esto último lo pueden (y deberían) hacer todo el año cuando no usen el aparato. Es la primera ventaja la que me ocupa.

Dicen los especialistas en ocio, -esto es, los sociólogos y psicólogos que han estudiado cuestiones como el uso del tiempo libre y la ansiedad que provoca a algunos mayores y niños no tener nada que hacer- que se ha convertido en un espacio tan ocupado como el laboral , incluso en el caso de los pequeños a los que ya se les llena la vida durante el curso escolar de numerosas actividades fuera de la escuela. El exceso de trabajo es el culpable de este modelo de vida absurdo en el que, entre otras consecuencias negativas, se vive básicamente para el trabajo y poco para uno mismo y se enseña a los niños (que aprenden sobre todo con el ejemplo) a hacer lo mismo. Unas veces precisamente porque no se tiene tiempo para ello y otras porque no se sabe cómo, no se les acostumbra a idear sus propios entretenimientos. Seguro que esto ocurre en muchos casos porque los mayores que les rodean tampoco lo hacen. Cabe entonces preguntarse qué sentido tiene pasarse la vida moviéndose, sin pararse nunca a pensar. Cargada de tareas laborales y de ese exceso de actividades de ocio programadas. ¿Acaso es esto aprovechar el ocio? ¿No se estará más bien perdiendo?

Para algunas personas, ese planteamiento tiene sentido ya por el simple hecho de poder contar sus grandes viajes a los colegas; para otros, es una distinción de clase social, les hace sentir más importantes. Pero los expertos sugieren (y seguro que no tienen más que mirar a su alrededor con detenimiento para comprobarlo) que este exceso de actividades esconde a menudo simplemente miedo. Por ejemplo, a pensar (y ya ni que decir, a hablar) en lo que no se quiere pensar. Contaba hace unos días una psicóloga que, al plantear este mismo tema, una alumna de un curso de verano, le replicó: “Es que no quiero pensar, a esta edad ya no tengo nada en lo que pensar, prefiero dejarme llevar”. Dejarse llevar es una opción, desde luego, a cualquier edad. Hay tantas situaciones particulares como personas.

Pero, a pesar del miedo, se gana más tiempo parándose a pensar que haciendo sin pensar. El ocio puede usarse para ganar tiempo. Muchas personas se sienten insatisfechas cuando vuelven de vacaciones, dicen esos expertos a los que me refería antes, aparte evidentemente de por el hecho mismo de que se acaben y tener que volver a la rutina, porque no les ha servido para avanzar en nada. Les ha entretenido. Les puede haber encantado e ilustrado, seguro, ver, por ejemplo, la ciudad maya de Tulum, pero cuando vuelven a casa tienen el mismo sentimiento de insatisfacción que cuando se fueron. La razón es que no han dejado ni una pequeña parte de sus días libres sin una ocupación organizada. Libres, ¿para qué?, se preguntará más de uno.

Para reflexionar, crear, idear... Resulta difícil de creer que a nadie se le ocurra una buena idea (bien sea para aplicarla al terreno personal, como un cambio de hábitos, de casa o de gustos, al laboral o a nada) mientras espera en una cola para coger el ferry que le va a llevar a la octava isla griega o a la séptima ciudad del Europa del Este programada en su tour. Nadie dice que no se pueda disfrutar de la puesta de sol en Oia (Santorini) o en el embarcadero de Tibau do Sul (Brasil), pero siempre hay una vuelta a casa. Y si sólo se hace eso, poco se avanza, se mejora o se desarrolla uno. Desconectar viajando o haciendo mil cosas es, por lo general, incompatible con estar conectado con el resto de las cosas que pasan en tu vida. De hecho, la idea en esos casos suele ser no acordarse de ellas.

En cambio, muchas veces la inversión de ocio más gratificante y mejor aprovechada es la que se dedica a uno mismo. Incitar a hacerlo a un niño acostumbrado a que el entretenimiento le llegue planificado puede parecer duro al principio, pero se adaptan mejor de lo que parece. Piensen que, de esas elecciones hechas en la infancia para llenar el tiempo libre, puede salir un gran pintor, escritor o músico. No sería el primero. Pueden descubrir el principio de una vocación que difícilmente averiguarán en el trayecto en autobús entre la clase extraescolar de yudo y la de refuerzo de inglés.

Los que hemos tenido la amenaza del aburrimiento pendiendo sobre nuestras cabezas en interminables veranos infantiles en una casa del pueblo, en otra perdida en el campo o en una playa semidesierta no sabíamos entonces que nuestra dedicación voluntaria de horas y horas a la escritura, al dibujo, a tontear con un teclado... se estaba convirtiendo en una afición y en un aprendizaje. Que esas habilidades nos podían servir para desarrollar otras cuestiones (la música, por ejemplo, para las matemáticas, y la lectura, para escribir y expresarnos mejor o para desarrollar ideas) y que incluso con el tiempo, algunas de esas elecciones infantiles que inicialmente, como decía antes, perseguían ganar la batalla al aburrimiento acabarían convirtiéndose en una profesión.

Hagan la prueba. Métanse este otoño o invierno una semana (con o sin hijos) en una casa apartada en una sierra o en una playa cualquiera sin televisión ni internet. Quizá pinten, quizá escriban o lean, o hagan un repaso de la música country (por decir una) que les gustó una vez. Quizá incluso empiecen a tocarla o quizá se pongan a pintar. Escribir y pintar sacan fuera de uno muchos demonios. O ángeles, a quien los tenga. Leer llena la mente e incluso la vida de historias reales o imaginadas y también promueve la aparición de ideas. Las actividades en las que se realiza una actividad creativa, de forma activa no pasiva, pueden dar satisfacciones que sí que no tienen precio ni comparación. También están las pasivas, como ir a un concierto o escuchar música. Es verdad que eso también puede considerarse ocio bien aprovechado. En especial, las improvisadas.

Se me ocurre poner como ejemplo de todo esto a los siete guitarristas a los que vi actuar por casualidad hace unos días en un local de Madrid, el Honky Tonk. Un lunes, de agosto además, con la ciudad medio vacía parecía difícil encontrar algo interesante que hacer a media noche, después del cierre del periódico. Pero no fue así. Un grupo de colegas que tocan la guitarra en diversos grupos (Los Secretos, Greenwich Village…) han decidido dedicar su tiempo de ocio (algunos lunes por la noche que no trabajan), según me contaron, a tocar juntos por gusto. El portero y uno de los encargados del local nos convencieron de que merecía la pena oírles. Se hacen llamar Ensayonara (los ensayos, quedó claro, no son su prioridad) y dieron un concierto informal, haciendo versiones de conocidas canciones de country y rock pero que, a pesar del relax y la diversión que impregnaban el escenario (o precisamente por ellos), sonaban realmente bien (con permiso de los expertos). Al final se subió Juanma del Olmo, ex cantante y guitarrista de Los Elegantes, que había ido a escucharles. Y la estética resultó fabulosa: desde el banco izquierdo se veían los siete mástiles inclinados en fila (cuatro guitarras, un bajo, una mandolina y un dobro). Todo un cuadro. Ocio bien aprovechado, por ellos y por los que caímos por allí. Nosotros repetiremos, por tanto. Es sólo una idea.

Escrito por susana-pdp

18 May 2009 - Enlace

“¡Papá, el ordenador es mío!”

¿Quiere usted que su hijo de 10 años tenga un ordenador suyo, que pueda hacer con él lo que quiera, usarlo las horas que le parezca, meterse en Internet cuanto quiera y recordarle además que el portátil es suyo porque se lo ha regalado el Gobierno? ¿Habrá pensado alguien que esta medida puede tener un lado antipedagógico?

Desde el punto de vista del aprendizaje de las nuevas tecnologías, no hay nada que discutir. Poner ordenadores en las aulas es una buena medida, así, vista en general. Pero darlos ya, en septiembre, para que se los lleven además los alumnos a su casa, a mes y medio de que acabe este curso, es algo ya más discutible. La mayoría de los profesores no ha recibido la formación necesaria para sacarle el debido partido a esta iniciativa, ni evidentemente se la darán en estas escasas semanas. Tampoco las clases están habilitadas con este fin. Pero los niños de 5º de primaria, tal y como ha anunciado el presidente, es decir, los de 10 y 11 años, sí van a tener su ordenador portátil propio a partir del próximo curso. Lo prometió Zapatero la semana pasada en el Debate sobre el Estado de la Nación.

Como decía en el primer post de este blog, qué bien quedan las promesas educativas desde una tribuna política. Es verdad que en esta ocasión aparentemente sí se van a pagar los ordenadores, las pizarras digitales y la formación de los profesores. Digo "aparentemente" porque aún no está claro si las familias deberán abonar algo por los aparatos. Pero, en este caso, el orden de los factores sí altera el resultado. Repartir primero los portátiles, ¿no es empezar la casa por el tejado? Lo que seguramente ha pasado tiene en realidad una explicación bastante sencilla: si el presidente hubiera anunciado una gran apuesta por la formación de los profesores para usar las tecnologías en el aula no se hubiera llevado ningún titular de primera página. Seguramente la noticia hubiera ocupado una columna, en lugar de cuatro, en la mayoría de los periódicos, unos diez segundos en la radio y nada en los informativos de televisión.

Las fuentes consultadas próximas al Ejecutivo y del propio Ejecutivo, si soy sincera (algunas de las cuales están de acuerdo con mi objeción) insisten en el mismo argumento: que se hace en otros países, desde el Norte de Europa hasta Latinoamérica. Vale, pero cada nación tiene su situación particular y, en el terreno de la educación, las hay tan dispares como países existen. En cualquier caso, el tema en discusión no es que esté mal poner ordenadores a los niños a partir de los 10 años, sino si deben ser suyos, si lo serán para siempre, para qué son, si no debería alguien haber pensado antes el papel (en muchos casos, el papelón) que van a tener los padres en casa cuando el niño quiera usar el portátil durante horas para chatear con sus amigos...

Preguntado el Gobierno sobre estos detalles, dicen sus portavoces que los están pensando. Lo hubiera jurado, digo prometido.

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Un espacio para intentar demostrar que los temas sociales, como la educación, la `school´ en el sentido amplio y universal de la palabra, sí es `cool´ y que otros temas sociales, como la inmigración también lo son. Opinaremos sin tapujos ni titubeos. Un blog para hablar de política social, para analizarla y demostrar que la política nos afecta a todos y sí puede ser atractiva. Abierto a curiosidades y frivolidades. Pero, sobre todo, abierto a todos. Con cabida de la literatura, el cine, la música… del arte. Sin aceptar descalificaciones. Nos ponemos el casco azul. Con él observaremos y contaremos. Con datos y con opiniones.
(Autor de las fotos de Susana: Gorka Lejarcegi)

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La autora


Ha sido Jefa de Sección de Sociedad y responsable de Educación de EL PAÍS desde 2000 a 2010. Actualmente lo es en la sección de Política Nacional del mismo diario y se ocupa de los temas de Inmigración. Ha ganado el premio Esteban S. Barcia de Periodismo Educativo de la Fundación de la Universidad Complutense y el Premio de Periodismo 2009 de la Fundación Conocimiento y Desarrollo. Ha publicado "El papel de los padres en el éxito escolar de los hijos" (Editorial Aguilar), prepara "La educación de los hijos contada con sencillez" para la editorial Maeva y un libro de cocina para jóvenes, "Recetas que se salen".

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