07 Ago 2007
Cantón: Un viaje al pasado
La ciudad que se erige al borde del río de la Perlas perdió sus milenarias murallas a inicios de este siglo, pero sigue apareciendo imponente a los extranjeros que la avistan desde las naves provenientes de Hong Kong y Macao. Ya no existe la gran puerta que alguna vez dio acceso a la ciudad feudal que oficialmente posee ahora casi 7 millones de habitantes – otras cifras apuntan a 8 o 9 millones. Su crecimiento urbano es modélico y cuando alcaldes de otras urbes del mundo la visitan la comparan a una mezcla de Los Ángeles y París.
Pero para el extranjero que desciende en la Estación de trenes de Cantón la primera impresión es causada por lo hiperbólico de su construcción y por el caudaloso río humano que fluye entre los andenes y corredores y se dispersa por las grandes salidas del enorme edificio. Es una masa humana, compacta, como la que se agolpa a la salida de los estadios, la que se mueve lentamente y se va disgregando en las grandes avenidas contiguas al edificio de proporciones tales que el ojo humano no logra comprender del todo. El calor veraniego es insoportable, y uno de los pocos lugares que ofrecen refugio natural ante la canícula cantonesa es el museo municipal. Situado en la colina más alta de la ciudad, es el centro y mirador de un frondoso y enorme parque.
Por unos pocos yuanes el turista puede emprender un viaje en el tiempo desde el neolítico hasta los tiempos de la revolución comunista. Lo curioso es que en ninguna parte del museo hay noticia de la gran migración que comenzó en esta ciudad hace más de 150 años y que ha hecho de la cultura china una de las más conocidas del mundo, por lo menos en su forma gastronómica. Fueron millones de hombres y mujeres, hijos de esta tierra, y sin embargo las fotografías decimonónicas de la ciudad ocultan más que cuentan lo que el viajero quisiera preguntar. El último piso dedicado al siglo XIX es el más decepcionante de todos: muestra mobiliario de lujo, biombos primorosamente trabajados en finas maderas, pinturas y otros objetos artísticos. Pero no hay noticia de las guerras que asolaban la región, de las pestes que diezmaban las comarcas, de los tugurios en que se hacinaban los pescadores del puerto, ni de la ocupación extranjera durante la primera y segunda guerra del Opio. No existe testimonio de la miseria que empujó a esos seres humanos a abandonar sus casas, sus familias y su cultura.
Desde lo alto de esta torre construida en 1380 para poder escudriñar y controlar las naves del sur, en un balcón con mesitas enanas se aprecian los barcos que surcan las aguas del río y la urbe enorme que se pierde en el horizonte. Naves más pequeñas que esos lujosos trasbordadores y un puerto mucho más modesto marcaron buena parte de la historia de esta ciudad. Lo sé gracias a un libro de postales antiguas que la librera del hotel me ha prestado.
Sólo existe en chino –me dice apenada–, pero no importa porque las reproducciones de los daguerrotipos, fotos en sepia y la letra añosa de los viajeros ingleses, alemanes, franceses son más elocuentes que cualquier texto. En ese entonces, el río de las Perlas era uno de los estuarios más famosos del mundo. Navegable en la mayor parte de sus 2100 kilómetros, siglos antes, habían transitado por sus aguas los inventos que revolucionaron el mundo: el papel, la brújula, la pólvora. Por esas aguas en el siglo XIX, la armada inglesa con la ayuda de naves piratas de Hong Kong y Macao contrabandearon el opio necesario para postrar al 20% de la población de un país de 450 millones de habitantes. Como consecuencia de las guerras internas y externas, casi todos los países europeos habían conseguido enclaves y derechos en las ciudades del sur de China y habían forzado al país a abrir sus puertas al comercio mundial. Falto de otro producto mejor para exportar, sobre esas aguas, mercaderes de todo el mundo civilizado llevaron a cabo el segundo tráfico de esclavos a escala mundial más grande de la historia.
Aunque su destino final fue el Perú como lo había sido para más de cien mil paisanos suyos a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, la suerte de Isaías no fue la misma que la de sus predecesores. Si bien es cierto que, en 1895, el sur de la China era aún uno de los rincones más pobres del mundo, había transcurrido casi medio siglo desde que los primeros cantoneses iniciaran su viaje a tierras peruanas. Así, Isaías fue uno de los últimos del millón y medio de hombres y mujeres que abandonó China entre 1842 y 1900. Vendrían más en el siglo XX, hasta sumar 5 o 10 millones, en realidad nadie lo sabe a ciencia cierta.
Era mi abuelo, y en 1895, decidió ir a buscar su “montaña dorada”. En ese entonces, en este rincón del mundo, aún había que cuidarse de no caer en las garras codiciosas de los agentes europeos o chinos (en realidad traficantes de esclavos) que compraban la libertad a los campesinos durante 8 años a cambio de unos dólares que quedaban en manos de sus empobrecidas y a menudo endeudadas familias. De niño, seguramente habría escuchado con terror las historias de esos peruleros cantoneses que retornaron del infierno de las islas guaneras de Chincha, sólo para morir escupiendo sangre, aferrados a sus pipas de opio.
Enloquecidos, tratando de olvidar la afrenta de los azotes y las imágenes de sus compañeros suicidas, despeñados entre las rocas o que preferían morir ahogados antes que seguir soportando los castigos por no poder cumplir las 4 toneladas diarias de tarea asignada por persona.
Como a esos jóvenes de las novelas medievales, a los que su madre les cocían unas monedas de oro entre las ropas, mi joven abuelo embarcó en un zampan rumbo al puerto de Macao: llevaba la esperanza de aumentar los peculios familiares. En Macao debía buscar un vapor que lo condujera al Callao. El largo viaje hacia la tierra de promisión duraba 120 interminables días. La travesía no sólo era larga, sino también infestada de peligros, en los puertos se contaban historias terribles como aquella de los 800 cantoneses que viajaban a bordo de la barca de bandera peruana Grimenza, camino a las Islas de Chincha y que, el 4 de julio de 1853, terminaron ahogados en medio del pacifico después que el capitán y la tripulación abandonaran la nave usando los dos únicos botes salvavidas.
Sin embargo, aquí en Guangzhou, en la apacible ciudad de las cinco cabras, a miles de kilómetros de distancia de las costas peruanas, pocos sabrían de la feroz explotación ejercida por los caporales y mayordomos de las haciendas, tampoco sabrían de los levantamientos y fugas que a su vez costaban la vida a muchos de sus paisanos. En la escuela a la que el joven Isaías tuvo la suerte de asistir (en el museo se lee que acá funcionó una de las primeras del imperio) se hablaría de la construcción de los ferrocarriles en el mundo, y el primer periódico que comenzó a circular en esos años quizá diera noticia que en Perú se construía un ferrocarril entre las montañas, seguramente se sabría que en esa línea trabajaron 5000 cantoneses, pero en este calor tropical, nadie podía sospechar los fríos glaciales de la Oroya, el sentimiento
asfixiante que produce el soroche, o la muerte terrible que padecían los obreros devorados por la verruga o la malaria.
Quizá en las calles estrechas de Cantón, la gente supo o comentó alguna vez la historia de la hacienda Casa Blanca, propiedad de la familia inglesa Swayne, célebre entre los viajeros europeos por la productividad de sus cañaverales y algodonales. Allá, del otro lado del océano, en un pueblito llamado Cañete, durante varios años 1500 vecinos de estas tierras vivían y trabajaban, pero un buen día sus familiares en vez de recibir las escasas noticias de siempre, se enteraron que un millar de sus compatriotas habían sido masacrados, acuchillados, colgados, acusados de haber colaborado con el ejercito chileno durante la batalla de Chorrillos.
Aquí en la moderna Cantón, no existe un museo de los emigrados y el barrio de los chinos de ultramar no recuerda especialmente a aquellos desarrapados que llegaron a Perú medio siglo antes que mi abuelo. China pronto ingresará a la asociación mundial de comercio, y el proceso de privatización de la economía se da a pasos agigantados. Antes del 2008, año en que China será sede de los juegos olímpicos, el país deberá abrir sus puertas a empresas transnacionales financieras y de telecomunicaciones.
A unas horas de tren de Cantón, diariamente 30,000 personas atraviesan la frontera para ir a hacer sus compras a Hong Kong: uno de los más exquisitos paraísos capitalistas del mundo. En los gigantescos hoteles de cinco estrellas, hay tantos o más turistas chinos como de otras partes del mundo. Un agresivo plan de vivienda está construyendo torres multifamiliares para una población urbana que en algunos años alcanzará los 10 millones de habitantes. Es verdad, que el nivel de vida promedio todavía es muy bajo, pero perversamente gracias a ese bajo nivel de vida, que implica bajos salarios, ciudades como Shenzhen, Guangzhou y Shangai están recibiendo grandes inversiones de capital por parte de empresas europeas y americanas.
A pesar de ser domingo, muchos locales comerciales siguen abiertos y la gente en el mercado mayorista de hierbas y productos secos (uno de los más antiguos del país) sigue trabajando de manera enfebrecida. Al parecer los horarios de trabajo efectivos de muchos chinos en la nueva economía son de 10 y 12 horas diarias. Algunos dirán que es el precio de la libre empresa y la nueva economía globalizada y que es preferible al éxodo masivo de los tiempos de mi abuelo.
Sentado en la cabina de uno de esos enormes deslizadores blancos que surcan el río de las Perlas, imagino al abuelo tratando de fijar en su memoria las orillas milenarias de este río que lo vio nacer. Aparentemente soy el único extranjero en este barco que conduce a hombres de negocios y familias con niños en plan de compras a la lujosa Hong Kong. Ninguno de estos paisanos de mi abuelo se parece a los chinos de las postales de mi libro (que llevo conmigo gracias al espíritu comercial de la librera del hotel), muchos de ellos quizá no sepan que sus antepasados fueron a mi país a dejar sus vidas por un puñado de soles. Pero el Perú de entonces también ha cambiado: las islas de Chincha sólo deben contener fantasmas y la hacienda famosa es ahora un pueblo joven. Ya no llegan a nuestras costas trabajadores extranjeros, y ahora somos los peruanos, en muchas partes del mundo, los nuevos coolíes del mundo civilizado.
Hong Kong, 07 de agosto de 2007.
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4 comentarios · Escribe aquí tu comentario
José Vicente Dorado dijo
Te felicito por la rica mezcla de comentarios prácticos para viajeros y acotaciones personales ligadas a la herencia familiar. Me ha resultado muy ameno y sugerente. No conozco Asia pero tu texto invita al viaje.
Roberto Vals dijo
Muchas gracias por tu comentario! Jorge
jacqueline dijo
me gustaria saber si tienes alguna lista de los apellidos de las familias antiguas que conformaron en ese tiempo Canton. Mi abuelo llego de alla no se muy bien que año pero fue por los años 1920 o algo asi. Su nombre era Honorio Ly-chiock Tan
Si sabes algo como localizar descendencia te lo agradeceria.
rafael wug dijo
gracias por tu artículo, mi abuelo vino de Canton casi en las mismas fechas que el tuyo (1910 mas o menos) de una provincia que en un documento de él dice Kwongtung, se también que el apellido de mi abuelo no era Wug sino que NG. Si podes darme algunos tips o sitios de internet donde pueda encontrar información. Soy de Guatemala
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