08 Ago 2007

Viaje al pasado II

Escrito por: Roberto Vals el 08 Ago 2007 - URL Permanente

Las calles de Cuiheng aún conservan su trazado decimononico y sus habitantes parecen moverse con un ritmo diferente del de las grandes megalopolis del sur de China: una cierta morosidad y ritmo que añora aún el pasado. A mediodía, cuando el taxi se detiene a la entrada del gran jardin que rodea el edificio, objeto de nuestra visita, las calles están practicamente desiertas y los vendedores de los puestos ambulantes casi dormitan con los ojos abiertos.

No es muy diferente de los otros “Memorial” que he visitado en Hong Kong, Cantón, Macau y que practicamente son obligatorios en toda gran ciudad de la Republica China. El edificio es enorme, de dudosa concepción modernista de los años cincuenta y sobre todo feo. La única diferencia es que en alguna parte del frondoso jardín se situa una piedra que recuerda al viajero que “aquí” nacio el padre de la China moderna, Sun Yat-sen.

Las paredes de las salas están cubiertas de vitrinas con manuscritos y documentos de la época: las descripciones son escasas en chino e inexistentes en cualquier otro idioma. De pronto en una de las salas nos tropezamos con una clase de 30 niños soñolientos que se pasean como zombies detrás de una maestra que los guía inutilmente a través de las salas desiertas. Mi guía sonrie ante el raro interes que muestro por la niñez del señor Sun, Yat-sen era su nombre de pila. Sí, - me cuenta- : los campesinos de la época eran practicamente esclavos de los mercaderes de compra y venta de granos, sin los que no podían sobrevivir y ante quienes vivían eternamente endeudados. La mayoría de las fotos expuestas son de Sun en el extranjero, o ya mayor. Nacio en 1866, y mi abuelo contaba que lo había visto alguna jugando mahjong debajo de los sauces llorones que ahora abundan en los parques del sur de China, y que en esos años eran la sola fuente de sombra para las casas enanas en las que vivían los campesinos.

Eran más que sombra, también eran la leña de la que servían las mujeres para cocinar en esos lares minúsculos, me explica mi guía pacientemente, mientras visitamos la réplica de una casita de la época. Son 20 m2 con una sola ventana y una puerta, y un tabique la divide en salón, dormitorio y corral para los animales en invierno, y la cocina que no es otra cosa que una suerte de fogón hecho de barro y piedra que utiliza como chimenea un agujero en el techo. Los enseres eran casi inexistentes y se reducian a una escudillas y a los palillos de bambus que aún se utilizan en algunos restaurantes y que son los cubiertos de los vendedores ambulantes de comida del mercado de Cuiheng. En un habitáculo de estos podía hacinarse una a dos familias de 3 a 4 personas.

Un poco más tarde, en otro lado de Cuiheng visitamos un barrio que aún vive en esa época: la gente nos mira divertida, mientras mi guía me explica avergonzada que hay muchas, muchas personas siguen vivendo en barrios como estos. No es una chabola de Republica Dominicana, o una favela de Río, o un barrio del D.F de México o la típica barriada de Lima. Mantiene una especie de dignidad que averguenza al visitante que se pasea por esas calles sin alumbrado público, pero con un empedrado en sus calles que recuerda las ciudades medievales europeas. A esta hora de la tarde, cuando el sol se calma un poco y se siente aún más la humedad casi tropical, la mayoría de los habitantes de estas casas están sentados ante sus puertas, como si mirar la caida del sol fuera su único pasatiempo.

....(continuará)

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