11 Oct 2008
RESERVAD FUERZAS
Esta protesta no es un capricho de setiembre. Es algo muy serio que se ha de afrontar no como una rabieta de niño pequeño, sino como un objetivo a cumplir.
Os pido por tanto, que no desperdicies fuerzas en los primeros dias, esto puede durar semanas, hay que ver quién puede más. Ir despacio, sin pausa y sin prisa.
Hay que exigir respuestas, que se impliquen, que expliquen lo que está pasando, que alguien se haga responsable de este infortunio.
No luchamos ni por nosotros ni por un post mas o menos, Luchamos aunque no se lo crean, por el buen nombre de "El Pais"
09 Oct 2008
EL CONFESIONARIO ADAPTADO (El Club de los Jueves)
Tengo que reconocerlo, soy un cura atípico, es decir, no es que no sea normal, ni nada de eso, sino que hay cosas que no me van, que no puedo con ellas.
Yo, cuando salí del seminario, acepté todo lo que implica ser cura. El voto de pobreza, este no hubiera importado que lo hiciera, pero bueno, lo hice. El voto de castidad, ¿a un cura se le supone no? Pues eso, voté por la castidad, aunque creo que no salió elegida, más bien salió el: "sálvese quien pueda", que el asunto de los bajos es territorio apache y allí no manda ni dio..genes.
Me aprendí bien la liturgia, los cantos gregorianos, los protocolos, lo del copón, lo de levantar los brazos, lo de bendecir...todo bien, muy bien, y además con arte, con parsimonia torera, vamos.
Pero lo que no soporto, lo que no puedo aguantar es lo del confesionario. Esto es superior a mis fuerzas, es agotador, insoportable, tedioso, porque te- dioso viene de Dios no? Como Te Deum, Pues eso, tedioso.
De entrada, meterme en un cajón, ya me produce un no sé qué, porque además es de madera, sabéis? No os dais cuenta, cajón – madera – madera –cajón, menos mal que uno está sentado dentro que igual lo ponen para que me acueste y me da un patatús.
Pero claro, entra dentro de los gajes del oficio, por lo que tuve que acostumbrarme a meterme en aquel lugar del demonio. Por lo tanto, por las mañanas, a las seis, cuando no había nadie en la iglesia, me sentaba ahí dentro, e intentaba habituarme a estar allí sentado. Fue difícil, lo reconozco, al final tuve que recurrir al truco de las estampitas, para que aquello fuera más llevadero. Puse en el bolsillo de la sotana, una foto de mi mamá, una de una playa muy bonita, con un mar azul precioso, y una de unas nubes recortadas en el cielo.

Y así, cada vez que tenía que confesar, me ponía enfrente las fotos con unas chinchetas y me parecía menos lúgubre el cuchitril, todo es hacerse a la idea que no estas allí, que estas en otro lugar. Con un cojín y un reposa pies, el cenicero de pié, no fuera a tirar la ceniza al suelo, y con la botellita de agua del Carmen por si alguien se desmayaba, pues quedaba bastante habitable.
Y es que, claro, hay gente que no respeta nada, te ven allí dentro, y sin consideración alguna, vienen a que les confieses.
Lo morbosa que es la gente, ¡cielos¡ no les basta con pecar, que vienen a contártelo con pelos y señales, como si te lo quisieran echar en cara, como diciéndote que eres un mal cura que no consigues que no pequen. ¡Que estudien mas en sus casas ¡, que cojan apuntes en las misas, que se las aprendan de memoria y pecaran menos, ¡leñe¡, ¡que no todo se puede hacer en la iglesia¡.
Pero por alguna extraña razón, el confesionario empezó a estar muy concurrido, y tuve que hacer algunos cambios.
De entrada, ponerle puerta y llave. Nada de cortinita. Iba a poner un confesionario de uso privado y personal, como dirían ahora, “adaptado”. También sustituí la celosía del ventanuco por un cristal que permitiera ver de dentro afuera pero no al revés. Y puse un micro con unos auriculares para la comunicación.
Pero lo más importante no era eso, lo más importante era la adecuación interior, mediante la cual, iba a lograr la necesaria tranquilidad de espíritu para oír la confesión en paz. Lo de las fotos y las chinchetas estaba pasado de moda, lo cambié por un portafotos digital que iba pasando secuencialmente las fotos. Así, tuve espacio suficiente para poner dos estantes. En el primero una botellita de vino de misa y una copa de cristal fino, en la superior un surtido de cajas de bombones.
A partir de aquel día, las confesiones fueron mucho más placenteras y agradables, feligrés que venía, copita de vino para limpiar la boca y bombón al canto.
Mientras oía la confesión, el manjar se diluía plácidamente en la boca, aportando dulces sensaciones a mis papilas gustativas. De vez en cuando un sorbito de vino aromatizaba y potenciaba el sabor del chocolate fundiéndose en el crisol del paladar. Al final, y antes de la absolución, otra copita para limpiar la boca y poder vocalizar debidamente la penitencia.
Todo iba de maravilla, hasta un día aciago, en el que vinieron mas confesantes de lo habitual. Estuve horas dándole que te pego, prácticamente acabé mis provisiones de bombones y tuve que sacar la botellita de vino de reserva que estaba escondida debajo de la butaquita.
Cuando al fin terminé, salí un poco piripi del garito.
También fue mala suerte que en aquel momento entrara aquel periodista a visitarme. Las fotos que me hizo con la barbilla sucia de babas de chocolate, la pechera de la sotana manchada, y la botella que llevaba cogida del gollete, porque aún quedaba un culín y pensaba acabármelo en la sacristía, fueron un acto de traición a la santa madre iglesia. Además me había dejado la puerta del confesionario abierta, y la gente que son unos desagradecidos, no entendieron que lo hubiera adaptado a mis necesidades básicas, las fotos del marco digital tampoco ayudaron mucho a demostrar mi inocencia.

El obispo pretendía que me recluyera en una celda de un convento para hacer penitencia. Tuve que darle con el candelabro en la cabeza. Uno al fin y al cabo, tiene sus prontos. Aquí estoy bien, estoy en la cocina, me ocupo de la pastelería y de los postres. Estoy en la cárcel.
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Bandama4
psiquiatra de familia
03 Oct 2008
La Etarra Beloki y su tratamiento de fertilidad.
La etarra beloki está en libertad para poder seguir un tratamiento de fertilidad.
La noticia, confieso que me ha cogido por sorpresa, de entrada, al leer Beloki, no sabía si era hombre o mujer, e ignoraba que tipo de tratamiento de fertilidad estaba usando.
De todas maneras, los detalles en sí, no son muy importantes, pongo los enlaces de las noticias para el que quiera informarse más ampliamente.
El tema en cuestión es que mis sentimientos, emociones y creencias han sufrido un latigazo doloroso.

Me considero demócrata, defensor de los derechos humanos de todos, no solo de los ciudadanos de a pié, sino también de los condenados por felonías diversas, no soy racista, defiendo la igualdad de los sexos, creencias, filosofías de la vida, defiendo la libertad para que todas la culturas se puedan ejercer en un marco de igualdad y respeto.
Pero me cuesta pensar que alguien como un terrorista, que desprecia su vida y la de los demás, busque en un tratamiento de fertilidad, dar vida a otro ser.
No puedo moralmente cuestionar su derecho, pero me cuesta horrores intentar comprender un hecho de esta naturaleza.
Mi otro yo, éste que me atosiga, este que es racista, xenófobo, cruel, egoísta, me dice que este derecho a ser madre, lo vaya a ejercer a la Conchinchina, que en nuestra sociedad, se respeta la vida, la libertad, y que si lo que quiere es que su hijo sea como ella, mejor que desista de su empeño.
Estoy por el perdón, por el dejar atrás rencillas, horrores y afrentas, que el modelo de sociedad que queremos debe ser abierto, plural, democrático, y que la reinserción de los terroristas es importante para todos.
Pero el “sostenella y no enmendalla” que es lo que predican algunos, no es una vía que conduzca a ninguna parte.
Dejo abierto, mi horror y mi estupor por la noticia. Que alguien me lo explique.
02 Oct 2008
El Abuelo Tancredo. (El Club de los Jueves)
Cuando mi abuelo Tancredo vino a vivir a casa, no fue bienvenido. Pero fue la única solución al morir mi abuela. Durante unos meses se había apañado solo con su asistente, pero su piso era de alquiler y amenazaba ruina por lo que fue desahuciado. Se negó en redondo a ir a una residencia, y lo tuvimos que meter en casa.
Era un viejo antipático, seco, cascarrabias, incordiante, malo por naturaleza. No hacía nada por ser o parecer agradable, sino que al contrario, parecía contento en ser un autentico estorbo.
Se instaló en mi cuarto, y yo fui desterrada a un plegatin del comedor. Mis hermanos compartían otra habitación, y lógicamente, mis padres, ocupaban la tercera habitación de la casa.
Cuando murió, todos nos mostramos muy compungidos, aunque en el fondo, estábamos felices. No se trataba de que le hubiéramos deseado la muerte, o de que la aplaudiéramos, sino de que estábamos muy agradecidos de que por fin se hubiera ido.
Y yo, además iba a recuperar mi cuarto, porque a los quince años, una chica necesita un cuarto para ella sola.
Incluso había un factor que le daba bastante emoción al tema y era que nadie conocía su testamento, y todos sabíamos que en el banco debería haber mucho dinero, no en vano había sido toda su vida un usurero y un avaro.
Su herencia, debería ser para mi madre, y ésta ya tenía muchos proyectos en ciernes con el dinero del viejo. Pero la primera sorpresa surgió cuando el notario nos citó a todos, a mi madre y a sus tres nietos para leernos sus últimas voluntades.
El testamento, tal y como dijo el notario, estaba muy claro, para mi madre la legítima que le correspondía por ser su única hija, el resto lo dejaba al nieto que le redactara el mejor epitafio.
Como jurado para decidir cuál sería el mejor y que por lo tanto figurase en su tumba, dejaba al cura, y al alcalde de pueblo, ellos decidirían quien sería el beneficiario de la herencia.
Durante el trayecto de regreso a casa, mi madre, se mostró callada y seria, pero solo cerrar la puerta, empezó a gritar y a despotricar como una posesa.
Mis hermanos, se encerraron en su cuarto, compinches como siempre, supongo para decidir el texto de sus epitafios y quién sabe si también para acordar algún tipo de reparto. Yo no pude hacer lo propio, ya que la habitación que era mía, estaba cerrada a cal y canto en espera de su “purificación”. Tuve que aguantar el chaparrón, su malhumor y esquivar a la vez sus alusiones sobre la conveniencia de llegar a un acuerdo, ya que la herencia debía ser suya, y que ella ya nos la daría a nosotros.
El consenso, ella lo sabía lo tenía que concertar con sus hijos mayores que seguían encerrados en su cuarto, yo no iba a poner ninguna pega, pero con lo egoístas que eran, no era previsible que ni siquiera se pusieran de acuerdo entre ellos.
Por lo tanto, quedaba la puerta abierta. Lo único que se podía hacer era empezar a pensar en algún buen texto que ganara el concurso.
Al cabo de dos semanas que era el plazo previsto, tanto yo como mis hermanos entregamos nuestras propuestas en la notaria.
Y por lo tanto, unos días más tarde, asistimos a la lectura del acta de veredicto de los jueces.
Solo entrar en el despacho, el corazón me dio un vuelco. El notario me miró con cara sonriente y me guiñó un ojo. Eso significaba que era la ganadora. No me lo podía creer, me parecía imposible que hubiera ganado yo, al fin y al cabo, solo había aplicado un poco de lógica al asunto.
Antes de leer el veredicto, leyó los tres epitafios:
El de mi hermano mayor, Juan, que era un tipo serio, disciplinado, despectivo y bastante gilipollas, decía:
Mi Hermano Santiago, que era un mamón de mucho cuidado, pelotillero, mentiroso, falso e hipócrita, se salió con lo siguiente:
Y yo, que no sabía muy bien lo que era un epitafio, y malditas las ganas que tenia de buscarlo en la wiki, y además, con la manía que le tenía al antipático de mi abuelo, lo único que se me ocurrió fue lo siguiente.
Pensé que al cura y al alcalde les gustaría, ellos tampoco le tenían mucha simpatía a mi abuelo.
El diseño de las tumbas, por supuesto, de Cristina.
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28 Sep 2008
EL FRUTO PROHIBIDO DEL ARBOL
Odón y Ana, estaban exhaustos. Sentados en una piedra, en la cima de una montaña, descansaban después de tres días de arduo trabajo subiendo víveres, herramientas y enseres desde un claro de la base hasta lo alto de la cima.
Desde allí, divisaban una gran extensión de tierra verde y marrón así como el cielo que se fundía con el horizonte. El sol, en declive ya, enviaba sus últimos rayos de sol amenazando con enviar la noche. Ellos eran los felices propietarios de la montaña que estaba a sus pies.
Como movidos por un mismo pensamiento, se desnudaron rápidamente, dejándose solo las botas, para sentirse plenamente en contacto con una tierra que era la suya y que a partir de aquel día, iba a ser su paraíso personal.
Habían tardado años en poder acumular el patrimonio suficiente para invertirlo todo en aquella tierra. Los preparativos para su marcha del mundo polvoriento y sucio también habían durado muchos meses.
Todo lo que pensaban que sería necesario para su nueva vida lo habían ido comprando poco a poco, habían instalado en el patio de su casa las placas solares, y las fotovoltaicas, habían aprendido a usarlas y a repararlas, luego lo habían desmontado para dejarlo listo para instalar en su nueva vivienda.
Un camión los había dejado junto con sus pertenencias, en un claro del bosque junto al camino de subida a “su” monte. De eso hacía ya tres días, ahora estaban arriba. Habían camuflado antes de la última subida el camino para que nadie pudiera verlo por casualidad
Habían cortado con todo y con todos, no habían dicho nada a sus amistades, ni a su familia, iban a vivir una existencia idílica lejos del bullicio del mundo. Ningún teléfono, ningún aparto de radio, ningún trasmisor, nada había subido con ellos, estaban solos, tierra, cielo, agua, aire, y ellos, eran los habitantes de un nuevo paraíso.
En la cima, resguardada por unos árboles gigantes, había una cabaña, iba a ser su vivienda, aunque no descartaban construir otra, por ello habían traído herramientas y útiles de construcción en madera, además de las placas fotovoltaicas para tener energía.
La puerta estaba atrancada, y tuvieron dificultades para abrirla, son momentos en que uno echa de menos una barra de hierro que desafortunadamente, no habían traído.
Al final, consiguieron entrar y después de abrir la ventana contemplaron el que sería su nuevo hogar. Era una estancia cuadrada de una sola habitación, a la derecha una mesa con una cubeta de plástico que en la que habían varios platos sucios. A la izquierda un catre con dos bancos, y al fondo dos butacas de eskay y una mesita con un televisor encima.

Se miraron con complicidad y echaron a reír, porque lo último que uno se espera encontrar en una cabaña de un monte a la que tardas un día para acceder, prácticamente a cuatro patas, son dos butacas y un televisor, pero la vida trae algunas sorpresas. La primera idea fue tirarlos, pero no querían empezar su nueva vida montando un sitio para desperdicios, ni ensuciando el aire con humo apestoso, las dos butacas en la cabaña les molestaban menos que verlas patas pa arriba en un trozo de su bosque, por lo que acordaron dejarlos allí, como símbolo de una vida que no querían.
Los vivieres que habían traído les bastaban para tres meses, prácticamente legumbres, agua y leche en polvo, habían descartado cualquier lata ni envase de cristal. Confiaban en ese tiempo tener ya frutos del huerto y en los productos naturales del bosque.
Empezaron su nueva vida al día siguiente, con ilusión y ganas, había mucho por hacer, instalar las placas, cavar los aljibes, preparar los huertos, el de verano y el de invierno, marcar rutas para recoger piñas, moras, y cualquier raíz comestible o útil para su vida.
A la semana ya tenían luz, que conectaron a la instalación del viejo generador de gasolina que no pensaban usar, ya que no pensaban quemar nada que no fuera madera.
Y quiso el destino, que por la noche, cuando se preparaban para acostarse, un pequeño piloto de la televisión les hizo ver que había vida latente en el aparato a la espera de que alguien pulsara un botón.

En la penumbra de la noche, solo con la iluminación de la luna, el televisor, con sus dos antenas en forma de uve en la cabeza, el piloto en la base, y con las patas de la silla que lo sustentaba, parecía una persona que estaba al acecho. Rápidamente Odón, desenchufó el aparato, y la débil luz, se apagó lentamente.
Pero la semilla había caído en la tierra, y el televisor, ocupaba impasible su lugar en aquella vivienda. Odón y Ana sabían que podía hacer cualquier cosa en aquel reducto que estaban habilitando como paraíso, podía subirse a cualquier árbol, comer cualquier fruto, cavar cualquier surco, pero que no debían acercarse al televisor.
Pero un día, mientras Odón estaba en el huerto de abajo, un colibrí, entró en la cabaña y se fue a posar sobre las antenas del televisor. Ana, estuvo observándolo un rato, divertida como iba de una a otra antena, y sin casi darse cuenta, puso el aparato en marcha para asustar al pajarito, el cual en vez de asustarse, se fue a posar sobre su hombro como si quisiera contemplar con ella la pantalla. El aparato era viejo y en blanco y negro, solo se veía un canal y no muy claramente, pero a Ana, le encantó oír después de muchos meses otra voz que no fuera la de su marido, y ver que el mundo seguía en el exterior.
A partir de aquel día, de vez en cuando volvía el colibrí a posarse sobre su hombro, y si su marido no estaba cerca, Ana encendía el aparato porque le parecía que era eso lo que el colibrí le pedía, y le hacía gracia la actitud del animal. Pero no siempre lo apagaba en seguida, sino que ella se ponía a ver y escuchar lo que se emitía.
Pero, algún día tenía que pasar, y pese a sus precauciones, de desenchufarlo cada vez y aparentar que no se usaba, su marido se dio cuenta una tarde que subió antes de lo normal, de que aún mantenía el calor de las lámparas y supo que había estado encendido.
Por la noche discutieron, ella confesó que a veces lo encendía y defendió el hacerlo como algo insustancial y que no impedía ni afectaba en nada a su aislamiento, Odón no estaba de acuerdo, pero ella consiguió no solo que aceptara usar el aparato sino que prometió que solo lo usarían estando juntos, para que no interfiriese en su relación.
Y así, al día siguiente, después de comer, por primera vez desde que habían llegado, se sentaron en el suelo, tal y como acostumbraban a ir, desnudos y con las botas puestas, apoyando las espaldas en las butacas y encendieron el televisor. Odón, aunque remiso al principio, no podía ocultar que también deseaba verlo.
Las imágenes que aparecieron en la pantalla solo encender el aparato, eran sobre una noticia de un pavoroso incendio de una zona boscosa. Se veían imágenes aterradoras de bomberos corriendo con las mangas enrolladas, hombres con ramas, bateando el fuego, helicópteros con sus ubres colgantes esparciendo agua, y aviones luchando contra el viento.
El locutor relataba los hechos con una fogosidad tal que parecía que estaban viviendo el suceso, incluso el aire olía a humo y el calor iba incrementándose por momentos.
Cuando se quisieron dar cuenta, las llamas estaban lamiendo su cabaña, y vieron consternados, que el incendio de que hablaba el reportaje de la televisión era en su montaña.
Apenas tuvieron tiempo de salir huyendo, montaña abajo, con las llamas en su espalda que les perseguían cual ángeles con espadas de fuego.
La imagen de dos personas desnudas, corriendo cogidas de la mano, con los cabellos al viento, quedo escrita en el libro de los tiempos.
Cuando por fin llegaron abajo, contemplaron consternados que habían sido expulsados del paraíso porque habían consumido la fruta prohibida. Un colibrí, piaba impávido en la rama de un árbol.
25 Sep 2008
CLAUDIO (El Club de los Jueves)
Claudio era un hombre de una especie muy peculiar que habita nuestras ciudades, y que son fácilmente distinguibles del resto. Acostumbran a ser altos, enjutos, calvitos, estreñidos y van siempre con un traje gris, roído, pero muy digno, y con una corbata azul marino. Llevan camiseta imperio y…no quieras imaginarte los calzoncillos que gastan porque suelen ser de los de la segunda guerra mundial.
Tienen madres que los quieren mucho, dominantes, gruñonas y que no han permitido que ninguna buscona engañe a su hijo, el cual es, por supuesto, soltero.
Y Claudio era un digno ejemplar de este tipo de personas. Cada día iba a su oficina con su cartera y su paraguas, con paso firme y decidido, y haciendo siempre el mismo recorrido. Se conocía no solo el trayecto de memoria, sino también cada uno de los adoquines de las cuatro calles que tenía que pasar hasta su oficina.
Salía de la calle del Perpetuo Socorro, donde vivía, giraba por la calle del Auxilio divino, que venía a continuación, y seguía por Providencia celestial, para acabar en la del Excelso amor, que era donde estaba su oficina. Cuatro calles entre dos polos opuestos, su casa y su oficina. Por aquí transcurría su mundo.
Y él, después de veinte años, ya había cambiado a su manera todos los rótulos de las calles.
Según él, vivía en la calle Perpetuo Claudio, y las demás, estaban cambiadas de una manera similar, Claudio Divino, Celestial Claudio, y Excelso Claudio.
Y consideraba en su fuero interno que las calles se llamaban así, aunque por vergüenza las simplificaba y eliminaba su nombre, para pensar solo en la calle del Excelso o del divino. El ya sabía a quién se refería.
Y no solo eso, en su breve trayecto diario, se ensimismaba en su personaje ficticio y vivía autenticas aventuras épicas, propias de un divino, excelso y celestial Claudio, el magnífico, el perpetuo.
Imaginaba que mientras andaba por la calle, veía un bebé que caía de un quinto piso, y que él corriendo, se lanzaba y conseguía cogerlo en su brazos salvándole la vida, pese a que al caer con el bebé en brazos, se rompía los codos contra el suelo y quedaba malherido y sangrante, ante la admiración de los que habían contemplado la escena.
Pensaba, mientras caminaba, que oía gritos de mujer en una ventana, y que se encaramaba al balcón, entrado en la vivienda de donde provenían, y que se enfrentaba a un peligroso violador al que le rompía la cara de un certero paraguazo.
Su imaginación era tan real que incluso identificaba las ventanas por las que podía caer el bebé, y buscaba con la vista los sitios por los que se agarraría para subir al balcón a salvar a la mujer atacada.
Y claro, después, venían a su cabeza todos los parabienes de los vecinos y el clamor popular para que pusieran su nombre a una de sus calles.
Solo cuando entraba en su oficina o llegaba a su casa, se cambiaba a funcionario gris, soso y aburrido y a solterón triste y patoso al que su madre reñía aún demasiadas veces, pese a que la tenía que cuidar ya que estaba totalmente impedida.
Diríamos que nuestro amigo, disfrutaba más de la calle y del trayecto que del origen y del destino. Mientras andaba vivía una vida mejor y más gratificante que la que tenía en su casa y en la oficina en la que era un perfecto cero a la izquierda. Incluso la asistenta que cuidaba a su madre le reñía y le daba órdenes.
Pero un día, algo iba a cambiar su rutina para siempre.
Al acercarse a la puerta de un Banco, se encontró con tu tipo que salía corriendo con una bolsa de deporte en la mano, y sin darse cuenta, tropezó con él. Rodaron los dos por el suelo, junto con el paraguas y la cartera. Y, en la voltereta, quedó sentado encima de su cara, mientras el fulano lloraba pidiendo clemencia.
En el suelo, la bolsa de deporte medio abierta, enseñaba fajos de billetes de quinientos euros.
Al poco tiempo llegó la policía, en un ulular intenso de sirenas, deteniendo al atracador, que estaba medio desmayado, porque el tufo a calzoncillo rancio lo tenía totalmente fuera de combate.
Pasaron unos días de autentica euforia, en olor de multitudes, todos le saludaban por la calle y le felicitaban, y como era lógico, hubo voces que pidieron que se le dedicara una calle, y el ayuntamiento accedió.
El día que descubrieron la placa, todo el barrio estaba expectante, Claudio, acompañado de su madre que se había puesto la mantilla, y que estaba exultante, en su silla de ruedas, llevaba también su mejor traje y había rescatado una sonrisa de cuando era pequeño de un armario, porque hacía mucho que no la usaba,
El alcalde de barrio, después de unas palabras de agradecimiento y explicando su gesta, procedió a quitar la cortinilla que cubría el nuevo nombre de la calle. Ponía en letras muy artísticas

“Calle del calzoncillo feroz”
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20 Sep 2008
EL HOMBRE QUE SE VOLVIÓ CALVO.
Aquella noche, Paco, soñó con que se volvía calvo. Fue un sueño tardío en una noche de verano, húmeda y pegajosa. El sueño, pertinaz, acabó por despertarle. Se pasó antes de abrir los ojos la mano por la cabeza, y notó aliviado, que su pelo seguía en su sitio.
El se sentía muy feliz de su cabellera, veía jóvenes de apenas treinta años con unas enormes “entradas” que daban a la cara un aspecto de pepino abotagado. En cambio él tenia una cabellera perfecta, negra, tupida, de cabello grueso y fuerte. Se peinaba hacia atrás y su frente quedaba despejada y libre.
Era una persona meticulosa con su aspecto físico, cada mañana se pasaba mucho tiempo frente al espejo, afeitándose concienzudamente y armonizando perfectamente su cabello.
Y aquella mañana, después del sueño, seguía preocupado, dedicó especial atención en la ducha al champú con el que se daba un masaje vigoroso, y no estaba preparado para encontrarse con la mano llena de cabellos después del lavado. Intentó no darle importancia, y siguió con su aseo matutino.
El día, transcurrió normalmente, pero cada vez que iba al baño, se miraba el cabello, pendiente de no perder ninguno más.
Pero por la noche, el sueño volvió. Y lo hizo con más fuerza todavía, soñaba que cada vez que se pasaba la mano por la cabeza, se desprendían mechones enteros que dejaban autenticas clapas en su cabeza. Y cuando por fin despertó, angustiado y sudoroso, se pasó de nuevo la mano, y descubrió con horror que se desprendían guedejas de cabello.
Frente al espejo, comprobó que un lateral de la cabeza, ya presentaba enormes escalones en los que faltaba el pelo. No se atrevió ni a tocarlo, como pudo, con el peine, se lo fue colocando para que no se notase. Por primera vez en muchos años, aquel día no se duchó, y su afeitado fue bastante superficial.
Durante el desayuno, intentó ver si su mujer notaba algo, pero como siempre, ella, ni siquiera le había mirado, llevaban ya mucho tiempo ignorándose y usando el menor número de palabras posibles en sus diálogos. Algunos años antes, quizá hubieran pensado en divorciarse, pero lo habían dejado estar, sus hijos, ya mayores y casados, y sobre todo sus nietos, esperaban de ellos que siguieran como siempre.
En la oficina, si notó alguna mirada, pero intentó no decir nada. De hecho, no era muy popular, aplicaba la misma meticulosidad en su trabajo que con su aspecto personal, y se había convertido en un autentico “toca cojones” que es como le llamaban. Descubría cualquier error que los demás cometían y lo comunicaba con bastante mala hostia.
Procuró, no mirarse al espejo en toda la jornada, temía ver lo que no deseaba, y la duda, en aquel momento era a lo único a que podía aferrarse.
Pero ya en su casa, se encerró en el baño, y se enfrentó al que se había convertido en su enemigo. La imagen reflejada era bastante explicita, se le estaba cayendo el cabello, y cuando se lo mesó con la mano, se dio cuenta con qué facilidad se abrían surcos de calvicie donde antes había un nido de cabellos. Con cuatro manotazos de rabia, acabó por despegar el resto de su melena. Luego, cogió la maquinilla de afeitar y se rasuró la cabeza. Se quedó como una bola de billar, ni siquiera la sombra de lo que antes había sido una hermosa cabellera.
Se desnudo y se fue a duchar. Todo el día se había sentido sucio y pegajoso, y el agua fue más agradable que nunca, la sensación en su cabeza era desconocida hasta ahora y agradable.
Llamó para concertar visita con el médico, contra la opinión de su mujer, que decía que eso era normal, que todos los hombres tarde o temprano se volvían calvos y que a él le había venido de repente en vez de poco a poco. El médico, ante su insistencia accedió a verle a última hora de la tarde.
En la consulta, aprendió una palabra que desconocía: “Alopecia”, que es lo que dijo el médico que tenia, y lo atribuía a un estrés o a algún desequilibrio hormonal. Le informó que el folículo piloso no estaba destruido, y que posiblemente le volvería a crecer el cabello.
Total, que lo envió a casa a esperar a ver si le volvía a crecer el pelo, pero: ¿Qué hacia mientras tanto?
Estuvo pensando en ir a comprarse una peluca, pero la idea no le seducía, él, que era tan pulcro y aseado, ponerse un complemento capilar de este tipo le producía grima, por lo tanto, decidió tomárselo con deportividad y apechugar con su calvicie.
Se levantó contento, sintió otra vez el placer de la ducha sobre su cabeza, se sintió más limpio que nunca, se puso su mejor traje y se fue a la oficina.
Primer fracaso. Cuando uno llega a la oficina rapado al cero, lo menos que espera es que le hagan algún comentario, que le pregunten qué mosca le ha picado, o algo por el estilo, pero nada,… silencio,… todo el mundo comportándose como si tal cosa, sin hacer nada fuera de lo común, evitando mirárselo fijamente.
El sabía que no era muy apreciado, que no tenía amigos entre sus compañeros, que era un poco mosca cojonera, que no le beneficiaba en nada el ser el más antiguo de todos, pero al fin y al cabo llevaba ya por lo menos cinco años trabajando con el ultimo que había entrado, y esto son muchas horas de relación y de estar juntos.
Se sentó en su mesa, y empezó a trabajar sin decir nada a nadie. La mañana seguía como siempre, había un tono cordial entre todos, y él, aunque no participaba en el diálogo, se notaba que escuchaba porque a veces, pese su tono adusto, se le escapaba una sonrisa. Todos sabían que no era tan cascarrabias como quería aparentar.
Pero hubo algo que rompió la rutina:
Se le cayó un lápiz al suelo.
En circunstancias normales, nadie hubiera hecho caso, y él, se hubiera levantado a recoger lo que se le había caído, un poco avergonzado porque aquello al fin y al cabo era un descuido, una mala praxis de oficinista, y esto era algo que el normalmente no se permitía.
Pero esta vez, los tres más cercanos, se agacharon presurosos a recogerle el lápiz, y eso le pareció de lo más extraño. No estaba acostumbrado a ese tipo de deferencias. Luego, mientras seguía trabajando, notó hacia él miradas furtivas, como observándole.
Y para broche, el Jefe, que cuando salía de su despacho, a él no le hacía ni puto caso, y comentaba o hacia broma con algún compañero suyo, esta vez, se dirigió hacia él, le dio un golpecito en la espalda y le dijo: ¿Qué, todo bien?
Contestó con un escueto “Bien Gracias”, pero no le gustaba nada el cariz que iban tomando los acontecimientos.
Cuando llegó la hora del almuerzo, en el buffet que había en el mismo edificio, también notó que había hacia él un trato diferente, le dejaban pasar en las puertas, le saludaban cortésmente, se lo miraban con simpatía… un cúmulo de pequeñas cosas a las que un oficinista gris, veterano y anónimo como él no estaba acostumbrado.
Mientras volvía a su casa, caminando como siempre para hacer ejercicio, de repente, se dio cuenta de lo que pasaba. ¡Sus compañeros pensaban que tenía un cáncer ¡ Que el pelo se le había caído a consecuencia de algún tratamiento agresivo contra ese mal. Y por eso tanta amabilidad, tanto miramiento, tanto interés.
De alguna manera esto le tranquilizó, y se permitió reír un poco mientras seguía caminando. Incluso, cuando llegó a su casa, se lo comentó jocoso a su mujer, riéndose de la candidez de sus compañeros.
Y al día siguiente, como en la oficina seguían en las mismas, se decidió a tomar el toro por los cuernos, y a media mañana, de repente, dirigiéndose a sus compañeros, les dijo:
-Bueno, ¿supongo que no van a creer ustedes que no tengo pelo debido a un cáncer verdad?
Y sus compañeros, todos al unísono, como si se hubieran puesto de acuerdo:
-No, por supuesto que no, claro que no.
-El médico que ha dicho que es una alopecia y que a lo mejor me vuelve a crecer el pelo, pero la verdad que esto es mucho más cómodo. ¿Verdad?
Nadie le entró al trapo, se limitaron a asentir, y todos siguieron con su trabajo, como si no les interesara el tema o que no lo quisieran tratar con él. Su intento de entablar conversación y explicarse no tuvo éxito.
Y, el trato hacia él siguió como el día anterior, mucho cuidado en no ofenderle, en no llevarle la contraria, en ayudarle, en sonreírle…, no, aquello no iba bien.
Para colmo, cuando salió el jefe, se dirigió de nuevo hacia él, nuevo golpecito en la espalda, y le dijo que a partir de mañana, tenía que enseñar a Silvia su trabajo, ya que algunas cosas solo las sabia hacer él, y que eso dijo textualmente: “Es un lujo que ninguna oficina se puede permitir”
Llegó a su casa furioso, de hecho, mientras andaba de regreso del trabajo poco a poco se iba enfadando más, y andando cada vez más rápido, llegó un momento en que casi corría, y su sempiterna cartera de piel, colgada de la mano, iba balanceándose como un péndulo. Al llegar al portal de su casa, tuvo que pararse, tomar aire y hacer algunos ejercicios de respiración, no fuera que su mujer lo viera sudoroso y jadeando.
Intentó desahogarse con su esposa, contándole lo burros que eran en la oficina y lo que le había dicho el cretino de su jefe. Su mujer, le escuchaba sin demasiado interés, era evidente que lo que a él le pasaba no le importaba demasiado, por lo que cogió el teléfono y llamó a su hijo mayor para explicarle lo que pasaba.
Este le escuchó al otro lado del hilo en silencio, y luego, aprovechando un momento en que se esperaba que respondiera, le cambió el tema preguntándole por si había encontrado una cámara de fotos antigua que tenía que haber en alguna parte de la casa.
Terminó la conversación cortésmente, y llamó a su hija.
Elisa estaba embarazada, y antes de contarle la historia, tuvo que preguntarle cómo se encontraba y dejar que le explicara cosas de los problemas que su estado gestante le ocasionaba. Hasta muy avanzada la conversación, no pudo contarle lo de su alopecia y el comportamiento de sus compañeros de oficina. Su hija se rió mucho cuando le dijo que iba pelado por la vida y le hizo algunas bromas, de alguna manera su alegría le reconfortó, pero quedo hundido cuando después de escuchar sus lamentos sobre los que pensaban sus compañeros, le espetó así de pronto:
- Bueno, vamos a ver, pero tu estas seguro que no tienes cáncer ¿no?
Y él respondió raudo: Si, claro que sí, es decir, claro de que estoy seguro de que no.
Pero se quedó con la mosca detrás de la oreja.
Al día siguiente, concertó cita con el médico y maldijo el que le diera una hora a media mañana, por lo que tuvo que pedir permiso para salir.
Dijo que tenía que solucionar unos asuntos, y el Jefe le dio permiso en seguida, sin preguntar nada y además, ¡Sonriendo ¡ Y, le dio otro golpecito en la espalda.
Escapó mejor que salió de la oficina porque le molestaba la compasión que notaba sentían por él.
El médico se rió un poco de él, le dio unos golpecitos en la espalda, -Vaya manía habían tomado con eso de su espalda- y le dijo que no se preocupara. Pero como el insistía, accedió a hacerle un chequeo general y unos análisis, y además, dijo con una sonrisa, vamos a ver cómo está esta próstata.
Durante la próxima semana, tuvo que salir varios días para el reconocimiento médico, y los análisis. Además, entendió la media sonrisa del médico cuando le dijo lo de la próstata. No fue solo que le metieran el dedo en el culo, que ya era, sino la inmensa sensación de humillación y ridículo que la posición y situación le hacían sentir.
Una semana después, los resultados médicos fueron impecables, ni colesterol, ni azúcar ni falta de hierro, el corazón como un reloj y hasta la próstata estaba como la de un chico de diez y ocho años.
Estaba tan feliz con los informes médicos, que puesto que a su mujer no le impresionaron demasiado y los ninguneó, se los llevó a la oficina.
Aprovechó cuando el Jefe salía de su despacho, para levantarse, y allí, en medio de todos, se dirigió a él, blandiendo en una mano los análisis, para decirle que le habían encontrado como un toro y que estaba perfectamente de salud.
Su anuncio, así de sopetón, en frio y con el jefe como destinatario y todos los demás como testigos, no fue recibido ni con aplausos ni con admiración, ni con sorpresa, ni con felicitaciones, simplemente quedó allí, en el aire, totalmente desangelado, como si nadie le creyera pero todos estuvieran dispuestos a creerse su mentira,
Y el Jefe, después de unos segundos de silencio, le dio unos golpecitos en… ¿a que no sabéis donde? Y le dijo que muy bien, que felicidades, y se fue como huyendo de allí. Y él se quedó allí, con los papeles en la mano con una irresistible sensación de ridículo. Era evidente que no le creían.
El regreso a su casa, fue lento, se sentía cansado, y respiraba trabajosamente, y no tuvo la precaución de pararse a descansar en el rellano de la escalera. Y, por consiguiente, su mujer le preguntó si se encontraba bien. Sonrió con amargura, estaba acostumbrado ya a que le considerasen un enfermo, la gente, definitivamente, era imbécil, y su esposa también.
Pero por la noche, antes de ir a dormir, frente al espejo, descubrió que le habían salido ojeras, y que tenía un dolor en la punta del esternón, y que este dolor era mucho más intenso cuando se lo presionaba con el dedo. También las vértebras lumbares le dolían, y estaba un poco mareado.
Durmió poco y mal, se sentía angustiado y triste. Mil veces estuvo tentado de despertar a su mujer, y mil mas se contuvo, de hecho lo único que tenía era miedo, pero por la noche, los miedos son mayores y más poderosos.
Se levantó con sensación de frio, y mecánicamente como siempre, se vistió y preparó para ir a la oficina. Había decidido no hacer caso a nadie, y seguir como siempre, al fin y al cabo, no le importaba la opinión de aquellos ignorantes.
Pero le fue imposible continuar como antes, sentía las miradas de los demás como si fueran puñales contra su salud, no aceptaba la condición de enfermo, no necesitaba ni lástima ni compasión, no quería ser en ningún momento centro de atención, el era un oficinista gris, anónimo, lento, seguro, impasible, ni estaba enfermo ni llegaba tarde.
La cosa no mejoró en las siguientes semanas, y cada vez se sentía más viejo, más cansado, las ojeras habían aumentado, le dolía la espalda, tenia picor en la garganta y le molestaba toser, y el no toser le consumía.
Ni siquiera tenía el placer de pasarse la mano por la cabeza, lo hacía instintivamente y se angustiaba al encontrar lisura en vez de cabello. Empezó a odiar su calva, ella era el origen de todos sus problemas, de su tos, de sus dolores de espalda, de la punzada de su esternón. Su tez, se volvió cada vez más pálida, y un día, al levantarse presuroso a coger un lápiz que se le había caído al suelo, para evitar que alguien lo hiciera por él, le dio un mareo y cayo desmayado al suelo.
Lo despertó el ulular de la sirena de la ambulancia y se hizo enseguida una composición de lugar y tiempo, lo llevaban al hospital, allí, demostraría a los descreídos de su oficina que no estaba enfermo.
Horas después, ya en la habitación del hospital, aun un poco trastornado por las atenciones médicas que había recibido, nuevos análisis, mascarilla de oxigeno, gotero con medicación, se sentía feliz porque estaba rodeado por los suyos, su mujer, mas sonriente que nunca, su hijo mayor con su mujer, y la pequeña con la barriga a punto de estallar.
La sensación de placer fue interrumpida por la entrada del médico, estaba serio y circunspecto, y no puso demasiados adornos a lo que tenía que decir.

Siento comunicarle –dijo- que tiene usted un cáncer linfático en fase terminal, le quedan solo unos días de vida.
18 Sep 2008
CUARENTA PUÑALADAS (El Club de los Jueves)
Llaman a la puerta con dos golpecitos breves. Es su manera de llamar cuando vuelve triste y avergonzado después de la última discusión. Roza con los nudillos la madera, y yo, que lo sé, voy corriendo a abrir y a arrojarme entre sus brazos. Llamar así a la puerta es como pedir perdón. Es una manera de no querer imponer su llamada, sino de suplicarla lentamente.
Viene normalmente sucio, y con la borrachera apenas dormida, con olor de perfumes malos y restos de carmín en el cuello. Pero yo lo amo, y su expresión, en la puerta, como pidiendo permiso para entrar me enternece tanto que no terminaría nunca de besarlo.
Lo llevo al cuarto de baño, lo desnudo y lo pongo en la bañera para limpiarlo con esmero, mientras, él me mira con lágrimas en los ojos y me pide perdón. Luego hacemos el amor, poquito, porque él está a muy cansado, y tiene ganas de dormir.
Y a mí me gusta mirarlo dormido, con su cara angelical y sin malicia. Me levanto al fin para preparar albóndigas con salsa de tomate y patatas fritas, para cuando se levante, que lo hace siempre con hambre de muchos días.
Después de cada regreso disfrutamos de los mejores y más felices días, el viene a buscarme al trabajo, provocando la envidia de mis amigas. Y yo, las dejo mirándome mientras me voy con mi novio cogido del brazo.
El es un hombre honrado y trabajador, pero tiene mala suerte con los trabajos, siempre hay alguien que le tiene envidia y que le hace la vida imposible, y como tiene un carácter un poco fuerte, pues acaba en la calle.
A mí me gustaría darle más dinero para sus gastos porque yo prefiero que se emborrache en el bar con sus amigos, en vez de hacerlo en casa, pero mi sueldo no da para mucho, y al final, acaba vaciando la nevera de cervezas. Y claro, el siempre ha tenido un mal beber, se pone fácilmente nervioso.
Y es que yo, a veces, tampoco tengo la suficiente paciencia, y acabo enfadándome y diciéndole cosas que no debo, y a él se le escapa alguna vez la mano.

No es que me pegue, no, eso él nunca lo haría, lo que pasa es que las circunstancias a veces llevan a eso, forcejeamos, yo le pongo nervioso con mis quejas y el no se puede contener.
Lo peor es que luego, avergonzado se va de casa, y pasan muchos días hasta que de nuevo oigo el leve ruido de unos nudillos en la puerta. Antes de abrir, me miro en el espejo a ver si se me han borrado ya las marcas de la cara, porque no quiero que se sienta culpable, quiero que sea feliz.
Pero ahora ya no puedo cuidarlo, lo he perdido para siempre, cuarenta puñaladas fueron demasiadas, sobre todo porque con una hubiera bastado para dejarme allí tirada, llena de sangre y de muerte…
Porque un día, después de muchos días de estar ausente, de madrugada, que era la hora en la que acostumbraba a volver, sonó el timbre, prolongadamente, con insistencia, y al abrir, entró tambaleándose.
Venia diferente, iba bien vestido, con un traje gris, la corbata aflojada sobre una camisa de seda. Pero tenía los ojos duros como el cristal, perdidos en el infinito, y sin apenas mirarme, me apartó del quicio de la puerta y fue directo a la cocina a por cerveza. Y yo, me puse muy triste, y le dije que ya estaba bien, que no aguantaba más, que aquello no era un bar, que se fuera a dormir la mona a otra parte…
Entonces, se produjo la tragedia.
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17 Sep 2008
Enrique, tu Post no es Xenófobo.
Este tenía que ser en principio un comentario, su extensión, me obliga a ponerlo como post, pero creo que es importante el hacerlo.
Enrique, ayer te leí en portada, y no quise entrar a hacerte ningún comentario. Cuando uno ya pasa con mucho de los cincuenta, aprende a no dejarse llevar por el primer impulso, sobre todo si se dirige a un persona de la que se presume que es inteligente y culta.
Esta mañana he leído tu post, y tampoco he querido contestar. Por la tarde he estado tentado de no hacerlo, pero creo que lo que no te mereces es que te ningunee, sobre todo cuando haces un post deliberadamente provocativo.
Tu post no es ni fascista, ni xenófobo. Es simplemente demagógico.
Dices que 180.000 inmigrantes cobran del paro y que 20.000 españoles van a la vendimia Francesa.
Y Preguntas: ¿Es mentira?. Cuando sabes que es verdad, pero dicha así, relacionándolo, como si una cosa fuera consecuencia de la otra, puede inducir a algunos descerebrados a sacar conclusiones erróneas. No es fascista ni xenófobo pero puede inducir a algunos a serlo o a aplaudir tus palabras.
Yo, francamente, no te imagino a ti y a José Alberto, por ejemplo, compartiendo barra de bar, y comentar con fastidio después del tercer carajillo de anís, que los cabrones de los inmigrantes, cobran del paro y que lo que tendrían que hacer es irse a su país si no hay trabajo. Pero tu post se parece demasiado a eso.
El cobro del subsidio de desempleo es algo inherente al trabajo realizado y a la cotización a la seguridad social, no es algo propio de una raza o de un pueblo. Esta es la verdad, limpia y a secas.
El que cobra es porque ha cotizado y entre los que cotizamos todos mantenemos el subsidio. A nadie se le puede negar por el hecho que sea negro o chino, y yo estoy seguro que tú estás de acuerdo conmigo en este punto.
El querer comparar el cobro del desempleo con los vendimiadores es una comparación que no tiene ningún sentido que no sea el de confundir y meter cizaña.
Rajoy, dijo estas palabras, y tuvo que retirarlas a las pocas horas, porque vio que había metido la gamba. O sus asesores le indicaron que lo había hecho. Y ahora, resulta que tú, por tu cuenta, tomas las riendas del tema. No me parece lógico Enrique, recapacita por favor, con estas alforjas, nadie irá a ninguna parte.
Piensa en los inmigrantes españoles que encontraron cobijo y trabajo en otros países en épocas Franquistas y que enviaron dinero a sus familias. Algunos de estos todavía cobran pensiones de estos países en función del trabajo allí realizado. Piensa en los que tuvieron que emigrar a Sudamérica por razones políticas, que fueron acogidos como hermanos.
El futuro del mundo, no está en la sobreprotección nacionalista sino en el mestizaje, en la unión de personas, sentimientos, culturas. En la hermandad y la solidaridad, en la amplitud de miras, en intentar evitar tanta hambre y tanta injusticia.
Los tordos vuelan a baja altura y solo ven una porción muy pequeña de tierra, su campo de visión es limitado. En cambio las águilas vuelan alto, tienen una visión de conjunto, de todo el panorama que les permite su privilegiada posición.
Y yo creo que tenemos que imitar a las águilas y ampliar nuestro punto de mira, en la visión de conjunto, y no en la mirada compungida a nuestro ombligo.
11 Sep 2008
EL CLUB DE LOS JUEVES. UN MUNDO MEJOR.
Hacía ya un mes que su rutina diaria no variaba. El despertador sonaba inmisericorde a las siete de la mañana. Se desperezaba lentamente y tardaba como unos diez minutos en levantarse.
En el cuarto de baño, mientras se aseaba, ponía la radio. Noticias frescas del día que le iban machacando los oídos mientras se duchaba y se lavaba los dientes. Luego bajaba a la cocina para prepararse el desayuno. No era frugal, por la noche no acostumbraba a cenar, por lo que su primera comida del día tenía que ser intensa. Solía freírse un par de huevos, bacon, café, tostadas y a veces incluso incluía un zumo de naranja.
Subía de nuevo a su cuarto, y se vestía lenta y ceremoniosamente. Cada una de las prendas que se ponía le ocupaban un espacio de tiempo importante, las medias, el jersey, todo quedaba exactamente en su lugar y posición precisa. Luego, se contemplaba largamente en el espejo. Pese a sus esfuerzos, la decepción se reflejaba en su cara, la realidad era cruel y tozuda, y se sentía infeliz.
Volvía al cuarto de baño para poner en su rostro las pinceladas precisas para afrontar el reto del mundo exterior, pero su semblante era ya serio y triste.
El ritmo de la parte del día trascurrido había empezado lánguidamente, había ido in crescendo con el momento álgido en su desayuno y luego había ido decreciendo poco a poco mientras se vestía.
Después, cogía su bolso, comprobaba que estaban las gafas de sol, la cartera y el móvil, y se plantaba frente a la puerta de la habitación dudando si atravesarla. Hacía ya un mes que en vez de cruzarla, abría el gran armario ropero, se sentaba dentro y cerraba la puerta.
Se quedaba allí, con los vestidos colgando sobre su cabeza, haciendo sitio para sus pies entre las cajas de zapatos. Dejaba el bolso en su regazo, como acunándolo y apoyando los codos en las rodillas, se tapaba las orejas con las manos, para que sus pensamientos no salieran de su mente. Cerraba los ojos para indicar que no era la oscuridad del armario la que le impedía ver. Su corazón latía muy lentamente, con una cadencia lenta y pausada, y su mente se dejaba mecer por el compás marcado.
Al cabo de muchas, muchas horas, su cuerpo iba recobrándose del letargo. Su corazón cambiaba el ritmo y dejaba que su estómago, sus pulmones y su vejiga reclamasen su atención.
Entonces, salía de su escondite, se levantaba lentamente, desentumeciéndose, se quitaba aquellos incómodos zapatos de tacón, dejaba el bolso tirado sobre la cama, y se iba desnudando lentamente, para someterse al masaje implacable de la ducha, que vigorizaba de nuevo sus músculos y daba de nuevo vida a sus sentidos.
Salía con la toalla alrededor de su cuerpo y ponía de nuevo la radio, que la devolvía al mundo exterior con aquellas sempiternas noticias emitidas por unas voces que cada vez eran más monótonas y más impersonales.
En la cocina, la asistenta, había lavado los platos del desayuno, y reabastecido el frigorífico. Era la hora de la segunda y última comida del día, cosa fácil de preparar y comer, alguna ensalada, una pechuga, una pieza de fruta y el café, cargado, fuerte, aromático y sin azúcar, arábigo cien por cien, nada de robusta ni de torrefacto, puro, absolutamente puro.
Después del almuerzo, era el peor momento del día, no sabía qué hacer, paseaba por su casa con inquietud, esperando que sonara de nuevo el segundo despertador, el de acostarse, el que sonaba cada día a las diez y diez de la noche.
Cuando por fin sonó, subió precipitadamente las escaleras hacia su dormitorio, y mientras se ponía el pijama y se cepillaba los dientes, apretó de nuevo el botón de la radio, pero se equivocó al hacerlo y la emisora que puso no daba noticias, solo se oía una canción, que le recordó tiempos lejanos,
decía el cantante:
Ten fe, es muy posible si tú estás decidido.
Sueña que no existen fronteras,
ni amor sin barreras no mires atrás.
Vive con la emoción de volver, a sentir, a vivir la paz.
Siembra en tu camino, un nuevo destino, y el sol brillará..."
y se quedó tal y como decía la canción, soñando, y repitiendo mentalmente una y otra vez la canción, y en vez del pijama se puso los tejanos, y las botas, y aquel jersey de lana que le venía ancho y largo, y que revelaba sutilmente sus pechos. Sacó el móvil del bolso y lo arrojó contra la pared. Se miró de nuevo en el espejo, vio su mandíbula recta y poderosa, su nuez, que una vez más le delataba, sus hombros demasiado anchos, pero, pese a todo, sonrió, y salió con paso decidido a la calle, cabello al viento, balanceándose sobre sus zapatos de tacón, mientras se oía aun el eco de la canción:
(Canción del Jorobado de Notre Dame)

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